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    <title>Newstad</title>
    <subtitle>Últimas noticias de Argentina</subtitle>
    <updated>2026-10-17T13:50:32+00:00</updated>
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            Una muerte sencilla
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        <author>
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                <![CDATA[Raúl Vázquez]]>
            </name>
        </author>
        
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/Ra-P0pMFJyCDMh_xEpT1O6xgq9Y=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/10/confe.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>No conocí a Fernando Confessore. Pero, más allá de la distancia a la que nos ubica la vida, está claro que hay noticias que nunca entran por la puerta de la lógica o el entendimiento. Y no entran porque la cabeza, como todos sabemos, es un lugar de lógica pura, de secuencias, de causas y consecuencias que sólo permite el tamiz de la razón. Y estas cosas que pasan cuando suena el teléfono fuera de hora no tienen nada que ver con eso. Es una sacudida brutal en el centro del pecho. Un frío seco, instantáneo, que baja de golpe por la espalda y te deja inmóvil en el medio del pasillo o con la mano congelada sobre el teclado.</p><p>Alguien te dice una frase corta. Cuatro o cinco palabras. Alguien te dice "Se nos fue Fulano o Mengano" y el mundo, que hace diez segundos rodaba con la prepotencia habitual de un día cualquiera, se frena de golpe.</p><p>Una muerte sencilla, la de un personaje desconocido para mí, pero que generó mucha tristeza y asombro, despertó la incomodidad y el deseo de dejar en este foro algunas humildes ideas. Una muerte sencilla, como la de Fernando Confessore, es la muerte de alguien que se hizo amigo por la cercanía de la pantalla. Casi treinta años diciendo cómo te deberías vestir en la mañana para que no pases frío o calor durante el día es un amigo, sin dudas. Y ese amigo se fue. Y sé de otros amigos que sufren su pérdida. Tal vez estas líneas se puedan disfrazar de abrazo de consuelo a la distancia.</p><p>Cuando el mundo se detiene con estas crueles novedades, el cuerpo reacciona antes que las ideas. Primero es la negación, la respiración que se traba. Y después, los ojos que buscan un punto fijo en la pared a la espera de que sea una broma de mal gusto, un malentendido, un error en los nombres, una fake de las redes. Pero no. Murió un amigo. Así, a secas. Sin previo aviso, sin anestesia, sin darle tiempo al alma para acomodarse a la idea.</p><p>Tenía cincuenta y ocho años. Y ahí es donde la cabeza se rebela con rabia. Cincuenta y cuatro, cincuenta y tres, qué más da la cifra exacta cuando suena a trampa, a despojo impune. A esa edad uno no está preparado para despedir a un par de la vida. A los cincuenta y pico uno está en la mitad del río, nadando con fuerza, con la sensación implícita de que la otra orilla todavía queda lejos. Es la etapa donde deberíamos estar planeando la próxima comida, discutiendo sobre fútbol o política con la misma pasión ingenua de los veinte años, o cargándonos entre nosotros por esos achaques que empiezan a asomar como pequeños avisos sin importancia.</p><p>Cuando alguien de tu propia generación se apaga de golpe, lo que se rompe de fondo es esa ilusión anestésica que construimos para poder salir a la calle todos los días. La ilusión de tener el control. Nos pasamos la vida proyectando a diez, quince, veinte años. Pensamos en los viajes que haremos cuando haya tiempo, en las charlas postergadas para cuando afloje el trabajo, en los abrazos que dejamos suspendidos porque siempre asumimos que mañana habrá otro día idéntico a este. Nos movemos por la rutina diaria con la soberbia del que se cree inmune, tratando al calendario como si fuera un cheque en blanco sin fecha de vencimiento.</p><p>Y de pronto, un manotazo invisible tira la mesa abajo, rompe la vajilla de un golpe y hace crujir la estructura de nuestro metro cuadrado.</p><p>La ausencia de un amigo no es solo un dato biográfico; es un desorden profundo en la geografía sentimental. Un amigo de toda la vida es, en el fondo, un testigo de quién fuiste antes de convertirte en esto que sos. Es alguien que conoce tus derrotas sin juzgarte, que se acuerda de tus primeros ridículos, que guarda la clave de risas viejas que ya nadie entiende. Cuando ese amigo parte antes de tiempo, no solo te arranca su presencia; se lleva consigo una porción de tu propia memoria. Hay anécdotas que quedan desiertas, chistes con código que quedan huérfanos, historias compartidas que ya no tendrán al otro partícipe necesario.</p><p>Durante los primeros días, el dolor se manifiesta en las cosas más mínimas y cotidianas. En la costumbre mecánica de tomar el celular para mandarle un meme y frenar el pulgar a mitad de camino al recordar que del otro lado ya no hay nadie. En el silencio denso que queda en el grupo de amigos, donde todos hablan despacio, como pidiendo permiso y esquivando el lugar vacío en la mesa. Es un luto que no se lleva en la ropa, sino en la pesadez de los pasos, en esa mirada que se pierde en la ventana del colectivo mientras la ciudad sigue girando ajena a la herida que se abrió en tu vida.</p><p>Sin embargo, en el fondo de esa tristeza rabiosa, cuando el impacto inicial empieza a asentarse, aparece algo imperativo. Aparece la esperanza, esa gran invitada a la mesa del dolor. Llega como una certeza sorda, urgente, casi violenta que se impone por encima de la nostalgia. Y te invita, casi en un susurro, a volver a mirar la vida de frente.</p><p>Porque la partida de alguien querido a mitad de camino no viene a pedirnos que nos rindamos al miedo o que nos encerremos en la amargura. Viene a darnos un sacudón en los hombros para recordarnos la verdad más elemental, la que tapamos a diario bajo la montaña de urgencias inventadas, de facturas por vencer y del amor no correspondido. Ese sacudón positivo nos dice que la vida no se posterga. Que no es el destino al que vamos a llegar cuando todo esté ordenado; la vida es esta tarde gris, es este café que se va enfriando en la taza, es el abrazo despeinado que le diste a tu hijas en la mañana, es la llamada que le debés a esa persona que tanto querés y que siempre dejas para después.</p><p>Estar vivos no debería ser un estado automático. No debería ser simplemente respirar, pagar las cuentas y dejar que las hojas del almanaque caigan por inercia. Estar vivos es honrar el privilegio enorme y frágil de seguir acá. Es entender que el tiempo no es un recurso infinito y que la única urgencia real es el afecto.</p><p>Llegará el momento, como a los amigos de Confessore, en que tocará sobrellevar la pena, encarar el vacío y aprender a convivir con ese silencio con forma de amigo. Nos quedará la rabia de todo lo que no pudo ser, de los proyectos que seguirán flotando en el aire, de los abrazos que quedarán debiéndose. Pero también nos quedará un compromiso ético con la memoria. Nos quedará entender de una vez y para siempre que no deberíamos desperdiciar el tiempo que nos queda.</p><p>A los que se van demasiado pronto no se los honra volviéndose sombras. Se los honra viviendo con más ganas, sintiéndonos más fuertes, aflojando con las rencillas menores que no importan y buscando a los que queremos sin esperar a que haya una excusa en el calendario.</p><p>Porque al final del día, cuando el ruido se apague y nos quedemos a solas con nosotros mismos, nos daremos cuenta de que no hay mayor misterio ni mayor urgencia que estar vivos. Y mientras estemos vivos, sencillamente, deberíamos celebrar cada segundo. Ni más ni menos.</p><p>No conocí a Confessore. Pero le agradezco el sopapo de su muerte que me permitió entender que tengo que abrazar a ese amigo que hace unas cuantas semanas que no llamo. Andá y hacé lo mismo. No seamos boludos.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/Ra-P0pMFJyCDMh_xEpT1O6xgq9Y=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/10/confe.webp" class="type:primaryImage" /></figure>La partida de Fernando Confessore invita a reflexionar sobre la amistad, el tiempo y la urgencia de vivir.]]>
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                                                <category term="opinion" label="Opinión" />
                                <updated>2026-10-17T13:50:32+00:00</updated>
                <published>2026-10-17T13:50:30+00:00</published>
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            Milei y el insulto como política de estado: Patricia teje y el PRO espera
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        <link rel="alternate" href="https://www.newstad.com.ar/milei-apuesta-a-los-convencidos-el-insulto-como-politica-de-estado-y-volvio-duran-barba" type="text/html" title="Milei y el insulto como política de estado: Patricia teje y el PRO espera" />
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                <![CDATA[Pedro Paulin]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/oqZoWYeeKpjpcnCk4RPQRtn8nWc=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/10/milei.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Javier Milei nació pescando votos en todas las lagunas donde hubiera descontento y agotamiento de un ecosistema de partidos roto. Gritó, rompió maquetas en vivo, lo echaron de programas de televisión, creó un estilo que ni Eliseo Verón vio venir. Santiago Caputo creó la guerrilla digital y la historia es conocida: fue todo éxito. Dos veces exitoso. El ingeniero del caos global más próspero de su tiempo, ahora busca revalidar título, pero con una base votante que se achica y endurece para avivar sus insultos como política de Estado. No insulta opositores, sino cualquiera que no coincida en un 100% con su doctrina.&nbsp;</p><p>En 2025, la estridencia violeta sedujo más que los eufemismos del PRO, por eso logró Javier Milei incorporar a Patricia Bullrich a su tropa junto con Luis Petri. Las diferencias entre ambos líderes son nítidas: Bullrich encarna la política clásica de calidad institucional, respeto por la división de poderes y una grieta lógica en un país culturalmente binario, mientras que Milei sólo conoce y busca ser el que violenta el sistema y sus actores para lograr su objetivo o irse por la puerta que encuentre, sin importarle el tamaño. Una convivencia democrática entre dos pesos pesados, pero que empezó a dividir aguas: a más violencia presidencial, mayor autonomía de Bullrich como estandarte de la política del respeto al disenso y la tolerancia. Su equipo de trabajo entero tiene la directriz de discutir con vehemencia pero sin cruzar la línea del respeto.</p><p>Patricia Bullrich trabaja para ser Presidente y desprecia la vulgaridad, la falta de cultura en la clase dirigente y cree que la grieta sólo aplica para con el populismo. En su think thank ICONA se diseñan semana a semana los planes de políticas públicas que requiere Argentina para ser próspera y libre de populismo. Es interesante pensar que ese manual de políticas le sirve a Milei, o a quien elija la sociedad por el no populismo el año que viene.&nbsp;</p>Final. En 2023 los votos del PRO hicieron presidente a Milei.<p>Un banquero, un petrolero y un textil representaron en IDEA días atrás el pensamiento de muchos: “lo importante de 2027 es que no vuelva el populismo, pero no tiene por qué ser Milei”. Es la consecuencia lógica que trae por inercia el desprecio en mayúsculas de un jefe de estado que inspira violencia pensando que puede generar algo positivo. Un caso de estudio. Así es que las acciones de la oposición crecieron en todas las encuestas, pero no las de Axel Kicillof, aún hoy ligado a Cristina Kirchner. Sergio Massa analiza ser gobernador de Gerardo Zamora como candidato a Presidente. El líder de Santiago del Estero encarna banderas mileistas de baja de impuestos, disciplina fiscal, pro vida y prohibir nuevos empleados públicos, pero sin insultar ni perseguir la prensa.</p><p>La violencia de un líder sólo genera violencia en las calles, por eso Gonzalo Andueza, ese profesor de boxeo fusilado de un tiro en el abdomen en Colegiales, murió a manos de un demente para dirimir una discusión estéril que en otros tiempos no pasaba de un debate de chicanas. La inoculación sistemática de odio al que piensa distinto es una pieza de domino con el peso de la palabra presidencial, cataliza más rápido y más fuerte que cualquier grito, y las consecuencias son una sociedad más violenta e irascible, como su jefe de estado.</p>Encuentro. Santilli y Zamora, parte del diálogo que necesita el Gobierno.<p>Jorge Brito también sueña junto a Jaime Durán Barba, el PRO también y crece la idea de romper con el Gobierno, Dante Gebel también y se prepara para su gran show de fin de año, y todos buscan nutrirse del color violeta. Daniel Hadad logró el efecto deseado: no será candidato, pero será un empresario más grande el año que viene. Todos quieren ser, pero por ahora el Gobierno tiene sólo a Patricia Bullrich como plan B, la oposición empieza a perfilar con jugadores diversos.</p><p>El tiempo cambió, Javier Milei cimentó una base electoral transversal, de ricos y pobres, rurales y citadinos, radicales, peronistas y macristas, todos se encontraron rechazando la vieja política para apoyar un cambio y lograr el 56% histórico. Eso ya no existe, es hoy un núcleo de convencidos que no dudan y legitiman la violencia presidencial como método de aislamiento. Raro, creen que insultando se construyen mayorías, algo inédito en política. Santiago Caputo insiste en privado con que agrediendo y consolidando los propios se va a lograr un triunfo contundente el año que viene.&nbsp;</p><p>Patricia Bullrich no lo quiere ni cerca, sabe que Caputo no será de la partida el año que viene y prefiere reforzar su perfil republicano. Contundencia no es lo mismo que violencia, y con su estilo, Patricia pesca en una laguna amarilla, cosa que Milei perdió en términos masivos. Caputo cree que el antipopulismo es más fuerte que el rechazo a los piropos &nbsp;que diariamente libera Milei.</p>Enojado. Mauricio Macri, sin dialogo con su primo Jorge.<p>El mayor socio de Javier Milei hoy es Jorge Macri, que se consolida como aportante de votos en la Capital, ahí donde Manuel Adorni iba a ganar caminando y donde Pilar Ramirez camina en nombre de Karina Milei. Jorge Brito sería una amenaza real en la Ciudad, pero por ahora con Jaime Durán Barba (con quien se reunió ayer) analiza la hazaña nacional. Algun mal pensado de su equipo cree que todo este movimiento es para sondear humor social y prepararse para gobernar el país en 2031. Jorge Macri ya es más violeta que Milei y con su primo no habla ni le interesa hablar, ahora resta calcular el tamaño del vuelto.&nbsp;</p><p>Este fenómeno no es neutro. Milei achicó y endureció, Jorge Macri parece que se agranda, pero habrá que ver si coinciden sus estrategias políticas con las ganas de votar a Milei en la Ciudad el año que viene. El porteño votó durante 16 años dirigentes que hicieron del respeto una política pública, lo fueron Mauricio Macri, Maria Eugenia Vidal, Horacio Rodríguez Larreta y Diego Santilli. El insulto nunca fue bien visto por el PRO, y menos que menos lo escatológico y desde el lumpenismo que rodea a Javier Milei.&nbsp;</p><p>Para pensar en Milei reeligiendo, hay que repasar la batería de sectores insultados sin piedad: el periodismo tildado de "basura"; el empresariado, señalado como "prebendario"; el sindicalismo, calificado de "mafioso"; la Iglesia Católica, cuya doctrina fue tildada de "aberración" y el Papa Francisco como el representante del maligno en la tierra; el peronismo, estigmatizado en bloque; el radicalismo, acusado de "traidor"; la comunidad científica, desacreditada; el sector cultural, tildado de "vividor"; los gobernadores, sometidos al ninguneo; y la dirigencia política, englobada en "la casta". Alguien que le avise quién es Daniel Scioli.</p>Ignífugo. Daniel Scioli, candidato a Presidente de Cristina Kirchner.<p>El ejercicio del poder exige articular y persuadir a los no convencidos. Al convertir el insulto en el lenguaje cotidiano, el Gobierno dinamita puentes con la clase media independiente y los sectores productivos que reclaman previsibilidad. Si la agresión es la única constante, el proyecto libertario enfrenta un interrogante crucial: ¿alcanza con el fervor de los militantes digitales para lograr la reelección, o la violencia verbal sistemática terminó poniendo en riesgo la continuidad del propio proyecto político?</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/oqZoWYeeKpjpcnCk4RPQRtn8nWc=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/10/milei.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Milei no busca mayorías, confía en el núcleo dogmático mientras el resto del tablero político se rearma]]>
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                                                <category term="politica" label="Política" />
                                <updated>2026-10-06T16:40:14+00:00</updated>
                <published>2026-10-06T16:13:28+00:00</published>
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            ¿Se lanzó?: Zamora condenó a Milei por las agresiones a una periodista
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        <link rel="alternate" href="https://www.newstad.com.ar/se-lanzo-zamora-condeno-a-milei-por-las-agresiones-a-una-periodista" type="text/html" title="¿Se lanzó?: Zamora condenó a Milei por las agresiones a una periodista" />
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                <![CDATA[Chiara Lucerna]]>
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        </author>
        
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/H8-BacgBiSNu2Wdu54g7LBPFemY=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/10/pastoral.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Javier Milei insultó 1762 veces la prensa en 47 días sólo en X, son hechos. En la política argentina, los tiempos de confrontación total suelen obturar las lecturas de fondo. Sin embargo, el reciente cruce protagonizado por el líder de Santiago del Estero, Gerardo Zamora, frente a la escalada de descalificaciones presidenciales y la violencia verbal hacia la prensa —evidenciada en los ataques contra la periodista Maru Duffard—, no es un hecho aislado. Funciona, más bien, como el síntoma de un movimiento subterráneo mucho más amplio que hoy sacude al Círculo Rojo, a la Iglesia, al sindicalismo y a sectores heterogéneos de la oposición.</p><p>La pregunta que empieza a despuntar en despachos empresarios, mesas sindicales y cúpulas partidarias es directa: ¿existe una alternativa capaz de disputarle el poder a Javier Milei desde una lógica no populista, con volumen político, equilibrio fiscal y, al mismo tiempo, pleno respeto institucional? Para una porción cada vez más nutrida del establishment y del ecosistema político, la respuesta empieza a concentrarse en figuras con capacidad de síntesis federal.</p><p>https://x.com/GZamoraSDE/status/2105434908587966538?s=20</p><p>La figura de Gerardo Zamora sintetiza una serie de atributos que desafían los moldes de la polarización estéril. Con más de diez elecciones ganadas a cuestas y un respeto consolidado entre sus pares gobernadores y todo el arco político, el mandatario santiagueño transita con comodidad por los andariveles de una multisectorial de acuerdos poco frecuente en la Argentina actual.</p><p>Con origen radical, su capital político actual se nutre de una convivencia compleja en el ecosistema político vigente: conserva el respeto y el aval de Cristina Kirchner, pero dialoga con fluidez y pragmatismo con el peronismo no kirchnerista, los gobernadores de distintas extracciones y diversos sectores opositores. Su praxis se sustenta en un activo clave que hoy escasea: el respeto estricto por las decisiones y la autonomía de sus adversarios políticos.</p>Gestión, economía y visión geopolítica<p>En el plano económico, la gestión provincial desarma los dogmatismos. Gerardo Zamora sostiene el equilibrio fiscal en Santiago del Estero y enarbola banderas económicas que pueden encontrar puntos de contacto con los objetivos de orden macroeconómico de Javier Milei, pero aplicadas con una impronta propia y diferencial. Lejos de concebir un Estado ausente o ineficiente, cree en un Estado dinámico que resuelva las demandas estructurales, se asocie estratégicamente con los empresarios y garantice previsibilidad jurídica. Es, en esencia, un candidato no populista.</p><p>A esto se suma una clara sintonía geopolítica: es un dirigente que cultiva una excelente relación con los Estados Unidos, alineado sin ambages con los valores occidentales, y que sostiene una postura provida clara, conectando de manera directa con las convicciones profundas de gran parte de la sociedad y de la Iglesia.</p><p>El factor que hoy lo posiciona en el radar de quienes buscan un contrapeso competitivo al oficialismo no pasa solo por la gestión o la ingeniería electoral, sino por las formas republicanas. Frente a un escenario de crispación permanente, donde el agravio a la prensa y la descalificación personal se han vuelto moneda corriente, Gerardo Zamora encarna un liderazgo que reivindica la calidad institucional, el debate civilizado y el respeto al periodismo.</p><p>Cuando el mandatario santiagueño advirtió que "no se puede seguir naturalizando esta violencia" presidencial hacia las mujeres y los trabajadores de prensa, no solo fijó posición ante un agravio puntual, sino que marcó el contraste con una forma de ejercer el poder que desprecia los consensos básicos de la convivencia democrática.</p><p>La carrera hacia el futuro político argentino no se resolverá con consignas vacías, sino con capacidad de gestión, volumen federal y gobernabilidad. Que el Círculo Rojo, el sindicalismo, la Iglesia y amplios sectores opositores comiencen a advertir en Gerardo Zamora a una figura con aptitudes reales para terciar y competir de igual a igual con Javier Milei demuestra que el tablero se está moviendo. Hay quienes entienden que el orden fiscal no está reñido con las formas republicanas, y que el centro del ring político exige templanza, institucionalidad y vocación de diálogo. En ese mapa en plena ebullición, el gobernador del norte profundo pisa cada vez más fuerte.</p>]]>
                </content>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/H8-BacgBiSNu2Wdu54g7LBPFemY=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/10/pastoral.webp" class="type:primaryImage" /></figure>El líder de Santiago del Estero se posiciona como opositor con apoyo transversal. Disciplina fiscal, respeto institucional y el pragmatismo que puede cerrar la grieta.]]>
                </summary>
                                                <category term="politica" label="Política" />
                                <updated>2026-10-01T15:28:58+00:00</updated>
                <published>2026-10-01T15:23:17+00:00</published>
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            El despertador de la finitud
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        <author>
            <name>
                <![CDATA[Raúl Vázquez]]>
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        </author>
        
                                <content type="html" xml:base="https://www.newstad.com.ar/el-despertador-de-la-finitud">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/oe0rlOaqQ-2tYS0ymYeYAYWZgXE=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/09/finitud.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Hay un momento, que por lo general transcurre cuando el calendario cruza esa inesperada raya de los cincuenta, en el que la vida deja de ser un territorio a conquistar para convertirse en una cuenta regresiva. Uno lo comprende de golpe, sin anestesia. Vas transitando por la vida como si la conocieras desde siempre y ella, tan campante, se empecina en un instante en demostrarte que las cosas cambian. Que lo que creías de una forma, muta para siempre. Y que lo que parecía una vida apacible, amable, cambia para poner a prueba la resistencia de tu corazón.</p><p>En estos últimos tiempos tomé conciencia de algunas cosas a partir de algunos dolores ajenos que se fueron haciendo propios. Sospecho que a vos te puede pasar lo mismo. El dolor de los amigos, a fuerza de compartir la vida, también lo sentimos nosotros. Es así como confirmamos algo tan maravilloso, único, como el amor por los amigos y, al mismo tiempo, la angustia que nos generan sus pesares.</p><p>Tengo un amigo de esos que vale como un hermano al que le hicieron un trasplante de corazón. Y tengo otro hermano de la vida que cada día enfrenta el inmenso dolor de transformarse en olvido. Ser testigo de esos sufrimientos ayuda a tomar conciencia del amor por los amigos y a entender que hemos vivido bastante más de lo que nos queda por vivir.</p><p>¡Pero ojo! No tomemos esto como un pensamiento trágico, sino como una alarma imperativa que nos obliga a despertar. Debería ser ley la obligación de ponernos de pie cada mañana y vivir con la certeza de que la finitud es la única garantía para no desperdiciar ni un solo minuto de lo que nos queda.</p><p>Cuando la angustia te abraza renegamos hasta de nuestras creencias. Le preguntamos a nuestro Dios (le preguntamos, no le rezamos) qué carajo tiene en la cabeza para poner en la vida de alguien un trago tan amargo, capaz de modificar su existencia para siempre. Cuál es la razón para que sufra tanto. Cómo se le ocurre agregar un peso tan grande sobre las espaldas de gente tan buena. O qué hacía mientras elegía con el dedo del destino a personas que no merecen sufrir.</p><p>Lo cierto es que hay un instante, casi imperceptible, donde uno intuye la arquitectura secreta del tiempo. Descubre, sin dramatismos, que todo se está moviendo hacia un final. Pero lejos de ser una advertencia lúgubre, esa certeza aparece como un relámpago de lucidez: un despertador que nos sacude del letargo.</p><p>Durante años, la cultura moderna nos ha adiestrado en una suerte de sonambulismo confortable. Construimos ciudades de hormigón, contratamos planes a treinta años, buscamos autos y heladeras con fama de duraderos y acumulamos objetos con la ingenua fe en que la eternidad es la norma y la finitud una excepción. Vivimos como si tuviéramos un crédito infinito en la cuenta bancaria de los días. Postergamos las palabras que importan, aplazamos cientos de abrazos para una ocasión especial y dejamos que la rutina devore las horas en la sala de espera de un futuro hipotético. Nos comportamos como propietarios eternos de un tiempo que en realidad lo tenemos en alquiler.</p><p>Sin embargo, la finitud no es una condena que ensombrece la existencia, sino el resorte sagrado que la pone en marcha.</p><p>La ciencias exactas, lejos de ofrecernos una visión desoladora, nos brinda una lección de asombro. Un ingeniero francés (de quien no recuerdo el nombre y tampoco me importa porque me cansé de googlear para no saber nada) asegura en lo que llamó Segunda Ley de la Termodinámica que el universo avanza inexorablemente hacia la transformación y la disipación. Nada permanece estático. En sus meditaciones sobre la naturaleza del tiempo, propone algo conmovedor: las cosas no existen, sino que suceden. No somos estatuas de piedra que atraviesan el calendario; somos eventos, procesos, espasmos de energía. Somos como una ola que cobra forma en el océano, alcanza su cresta, refleja un destello de luz del Sol y vuelve a disolverse en el agua. Exigirle a una ola que dure para siempre es malinterpretar su naturaleza. La belleza arrolladora de la ola reside justamente en que es única, movediza y fugaz. Si fuera eterna, perdería la fuerza de su impacto.</p><p>Viktor Frankl, desde los abismos de la experiencia humana, comprendió que la existencia adquiere un sentido insustituible precisamente porque sus días están contados. Si fuéramos inmortales, cada decisión podría aplazarse indefinidamente. No habría urgencia en el perdón, ni valor en el coraje, ni fortaleza en la palabra empeñada. La eternidad se encarga de vaciar de gravedad a cada uno de nuestros gestos, porque siempre hay un mañana para reparar lo postergado.</p><p>Sigmund Freud relata en uno de sus ensayos una caminata veraniega por el campo junto al poeta Rainer Maria Rilke. El escritor, en un exceso de romanticismo tremendista, se afligía &nbsp;al contemplar las flores y los paisajes hermosos, abrumado por la idea de que toda esa belleza desaparecería con el invierno. Freud, con lucidez clínica y profunda empatía, le respondió que la finitud del goce aumenta su valor. La flor que dura una sola noche no es menos hermosa por el hecho de que va a morir al amanecer. Su brevedad es, de hecho, el motor que enciende nuestra fascinación, nuestro goce y hasta nuestra vida.</p><p>En la tradición cristiana, la brevedad de la vida no aparece como una condena, sino como una llamada urgente a despertar la conciencia y habitar la fe desde la gratitud. Hay un salmo que contrasta la eternidad y grandeza de Dios con la fragilidad y brevedad de la vida humana. Describe la vida de los hombres como un destello breve, comparándola con la hierba que crece por la mañana y se marchita por la tarde, recordando que nuestros días pasan rápido. Y condensa esa sabiduría en una plegaria luminosa: «Enséñanos a contar de tal modo nuestros días, que traigamos al corazón sabiduría». No se trata de contarlos con la angustia del que ve agotarse un reloj de arena, sino con el asombro del que reconoce cada amanecer como un don inmerecido, una gracia viva. Dios prometió el perdón, pero no prometió el día de mañana. No sufrimos porque el tiempo pasa, sino porque vivimos postergando el amor, olvidando que el presente es el único territorio donde la vida se encarna y se celebra.</p><p>Los romanos transformaron la memoria del fin en una potente herramienta de activación vital. Marco Aurelio se repetía cada amanecer: «Puedes dejar la vida en este preciso instante; deja que eso determine lo que haces, dices y piensas». No era una consigna macabra, sino un filtro de claridad absoluta. Esta idea no busca sepultar el goce bajo la lápida del temor, sino limpiar la mirada de lo accesorio: el rencor menor, la vanidad efímera, la prisa absurda y las discusiones estériles. Es un llamado a despertar y habitar el día con el entusiasmo de quien sabe que la gran oportunidad es hoy.</p><p>¿Qué ocurre, entonces, si decidimos escuchar esa alarma? ¿Qué pasa si elegimos, de manera consciente, vivir (como me iluminó alguna vez un entrañable amigo) en “modo despedida"?</p><p>Lejos de lo que podría sugerir, vivir en “modo despedida” no es andar por la calle con el rostro apesadumbrado, ni escribir el testamento cada noche, ni desvincularse de los afectos. Todo lo contrario: es una postura de celebración pura. Es habitar el presente con la devoción de quien sabe que cada encuentro tiene el valor de lo irrepetible. Es tomar el café de la mañana sintiendo el aroma como si fuera la primera o la última vez. Es mirar a los ojos a las personas que amamos y comprender que el hecho de coincidir en este rincón del universo, en este preciso fragmento de tiempo, es un milagro descomunal.</p><p>Cuando uno asume que la muerte no es una enemiga que acecha en las sombras, sino la compañera silenciosa que le otorga relieve a la vida, la realidad sufre una transmutación maravillosa. Se disuelven las tensiones innecesarias. El orgullo desmedido revela su ridícula inutilidad. La postergación cobarde se transforma en acción decidida. Y mirar a los demás sabiendo que todos compartimos la misma condición fugaz despierta una empatía inmediata con la vida.</p><p>En la cultura japonesa existe una idea poética que describe la sensibilidad de lo efímero. Plantea que la vida es comparable con la emoción dulce que se siente al contemplar los cerezos en flor, aún sabiendo que la brisa se llevará sus pétalos en unas pocas semanas. No hay amargura en esa contemplación; hay una gratitud profunda por haber estado allí para presenciar el espectáculo. Nos conmueve lo que no se puede retener. Un juguete de la infancia guardado en un cajón, la caligrafía pausada de tu viejo, la mano suave de una caricia de mamá o el sonido de las hojas secas debajo de las zapatillas en las calles de tu barrio. Todo eso no vale por su resistencia al paso de los años, sino por la cantidad de vida que lograron condensar en su finita fragilidad.</p><p>Hay una paradoja luminosa que debemos rescatar del olvido: la conciencia de la muerte no apaga la vida; la enciende. Funciona como una lente que nos devuelve la nitidez. Nos recuerda que no hemos venido a este mundo a aprender a usar el Excel, ni tampoco a acumular rencores, o a esperar el momento perfecto para empezar a ser felices. El momento es este, con sus imperfecciones, sus grietas y su luz.</p><p>Vivir en “modo despedida” es, en su sentido más profundo, el acto supremo de la gratitud. Es levantarse cada mañana, mirar alrededor y gritarle a nuestra existencia que sabemos muy bien que esto no dura para siempre. Pero precisamente por eso, porque va a terminar, no me lo voy a perder. Es atreverse a decir lo que sentimos sin calcular tanto, a perdonar sin exigir garantías, a emprender ese proyecto postergado, a disfrutar del abrazo de nuestras hijas, del beso amable de tu mujer, del camino con tus hermanos o de una charla con amigos sin mirar el reloj.</p><p>La vida es un regalo de una generosidad desmedida. Pero es un regalo con fecha de vencimiento. Ignorar esa fecha no nos hace inmortales; solo nos hace insensibles. Aceptar el límite, en cambio, nos devuelve la capacidad de asombro.</p><p>Al final, nuestra existencia no se mide por la cantidad de páginas del libro, sino por la intensidad y el amor con que hemos leído cada línea. Saber que la obra tiene un acto final no arruina la función; le otorga a cada escena, a cada diálogo, a cada silencio, el peso brillante de lo sagrado.</p><p>Se apagarán las luces algún día, sí. Y el teatro quedará en calma. Pero mientras la música siga sonando y el telón esté arriba, no hay forma más bella, inteligente y apasionada de habitar el escenario que hacerlo con la elegancia serena, agradecida y atenta de quien sabe que cada instante es una fiesta.</p><p>Brindo por eso. Y en modo despedida, los saludo hasta la próxima.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/oe0rlOaqQ-2tYS0ymYeYAYWZgXE=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/09/finitud.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Vivir el presente, disfrutar la vida. El estado de eterna despedida y el sentido de Victor Frankl.]]>
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                                <updated>2026-09-12T10:00:04+00:00</updated>
                <published>2026-09-12T10:00:00+00:00</published>
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            Desarrollos virtuosos
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                <![CDATA[Juan José Cugliandolo]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/w7nv9ImcXEYnlkJYNQLbwBgySwQ=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/09/miguel_angel.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>A la hora de hablar de desarrollos inmobiliarios, sea para uso residencial, hotelero u oficinas, se presta principal atención a los planos, la inversión requerida, los metros cuadrados a construir, el ROI esperado y, por sobre todo, la locación, lo cual en parte es correcto. Sin embargo, tras años de acompañar desarrollos desde su estado embrionario hasta su materialización, comprobé que la diferencia entre un proyecto logrado y un caso de éxito en toda su cadena de valor radica en el capital humano que le da vida al activo día a día.</p><p>Liderar y formar equipos de trabajo requiere recurso humano honesto y profesional. Pero hay un elemento que constituye el auténtico ADN organizacional y que debe guiar cada acción e idea cotidiana: el servicio como filosofía de gestión. Al final del día, el que no vive para servir no sirve para vivir.</p>Algunos pilares del ADN Organizacional<p>Para que una organización o negocio —no solo de Real Estate— encuentre la excelencia, genere valor y disfrute del hacer cotidiano, es necesario consolidar pilares fundamentales como ser:</p>Formación y aprendizaje continuo: La capacidad de adaptarse a la evolución del mercado y capacitarse constantemente. Eso sí... con la Inteligencia Artificial al servicio de los Recursos Humanos.Colaboración entre pares: El fomento de dinámicas donde el intercambio de conocimientos potencie cada área del proyecto. Best practices compartidas y premiadas.El cliente en el centro: La convicción de que la satisfacción de las demandas del cliente —el verdadero «jefe» de la organización— es la prioridad.Rentabilidad basada en una mirada de largo plazo: Entender que el ROI no solo debe verse por proyecto, sino por Empresa en Marcha.Corporate Governance: Un directorio con virtudes que potencie y tenga en su agenda todo lo anterior.<p>Cuando estos pilares se arraigan en la cultura de una empresa, los resultados operativos y financieros surgen como consecuencia natural.</p>La sinergia entre Marca, Locación y Gestión<p>A lo largo de mi trayectoria, he tenido la oportunidad de poner a prueba este enfoque en entornos de alta exigencia a través de marcas referentes de la industria.</p><p>Un caso emblemático fue la expansión de NH Hoteles fuera de Europa, que encontró en Argentina su plataforma inicial de desarrollo internacional. Formar parte del equipo directivo que lideró ese crecimiento regional significó un desafío vertiginoso: bajo un modelo de gestión enfocado en la eficiencia y el servicio, alcanzando un promedio de dos aperturas hoteleras por año entre 2000 y 2012, llevando la presencia de la marca desde Ciudad de Buenos Aires, Mar del Plata, Mendoza, Córdoba, Uruguay, Brasil y Chile.</p>Gestión. NH Provincial en Mar del Plata.<p>La versatilidad de este modelo también se refleja en el ámbito logístico. Ser parte del grupo directivo inicial de Norlog, la plataforma logística del Grupo Andreani, me permitió ver materializar la visión de Oscar Andreani en un proyecto desde cero. Cien hectáreas de pastizal que en sus inicios solo se podían recorrer a caballo, hoy representan uno de los parques logísticos más consolidados y exitosos del país.</p><p>Ser parte del desarrollo de la Torre Trump en Punta del Este me permitió evidenciar cómo una marca global de Real Estate potencia locaciones dándole un valor extraordinario, donde incluso tienen un poder de atracción por encima del destino. Eric Trump lo llamó en una de nuestras reuniones de trabajo Ultra Exclusive Residences.</p>Uruguay. Torre Trump en Punta del Este.<p>Por otro lado, la innovación claramente no siempre implica construir desde la hoja en blanco. Edificios como el Hotel Savoy en Buenos Aires, construido para el primer centenario de la Argentina, ponen de manifiesto el valor del patrimonio histórico. Haber recuperado y puesto en valor su arquitectura Art Nouveau con servicios modernos y sofisticados permitió responder a un público que busca tomar distancia de propuestas edilicias modernas, priorizando la identidad, la historia y una propuesta gastronómica y hotelera de lujo y excelencia.</p>Tradición y renovación. Hotel Savoy, en el centro porteño.Reflexión e invitación final<p>Desarrollar virtuosamente, sea en Hotelería, Logística, Branded Residences e inmuebles con impronta patrimonial distinguidos, la lección es unívoca: los activos inmobiliarios ganan valor no solo por su arquitectura, diseño, marcas o su ubicación, sino principalmente por la solidez e integridad de los equipos que los conciben y los operan.</p><p>Construir, desarrollar y gestionar para las generaciones presentes y futuras es integrar la estrategia del negocio con una cultura de servicio enfocada en mejorar la experiencia de quienes habitan e interactúan cada espacio.</p><p>Así como Miguel Ángel liberó El David que estaba atrapado dentro del bloque de mármol, te invito a compartir y agregar otros pilares para este camino de desarrollar virtuosamente como una manera de esculpir el mármol que nos toque.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/w7nv9ImcXEYnlkJYNQLbwBgySwQ=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/09/miguel_angel.webp" class="type:primaryImage" /></figure>El factor humano como capital esencial en el día a día. Casos donde el aprendizaje continuo determina el éxito.]]>
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                                                <category term="economia-negocios" label="Economía &amp; Negocios" />
                                <updated>2026-09-02T17:41:58+00:00</updated>
                <published>2026-09-01T23:00:20+00:00</published>
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            Pérdidas y ganancias
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                <![CDATA[Raúl Vázquez]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/l8XeRCGsR--GcjlyP3L_TPXcpdg=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/08/perdidas.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Pérdidas y ganancias</p><p>Tener cincuenta y pico nos regala la posibilidad de pausar la marcha y silenciar el apuro. A esta altura del partido, uno empieza a mirar el recorrido no con la urgencia de quien quiere conquistarlo todo, sino con la pausada serenidad de quien se sienta a constatar lo aprendido. Hay una sensibilidad nueva, más fina y menos tolerante al artificio, que nos atraviesa sin pedir permiso. Escribo estas líneas desde la frontera donde el pasado deja de ser una acumulación de anécdotas para convertirse en una lección silenciosa, y donde la vida nos exige balances que, saludablemente, elegimos no postergar.</p><p>No se trata de ponernos solemnes ni de dar cátedra sobre cómo vivir, sino de ponerle palabras a eso que nos embarga cuando miramos hacia atrás. Quienes vivimos los 80 y los 90 a toda velocidad, hemos descubierto que la reflexión no es un ejercicio intelectual, sino una necesidad del alma para acomodar los recuerdos en su estante definitivo. Es el momento en que entendemos que todo lo que perdimos, lo que mantuvimos y lo que dejamos ir no fue producto del azar, sino la materia prima con la que fuimos construyendo esto que somos.</p><p>Hay un momento en la vida, casi siempre amparado por la soberbia de los veinte años, en el que estamos convencidos de que el tiempo es un pozo sin fondo. En esa época, los días se estiran con una elasticidad tramposa y las noches parecen refundarse a cada rato en la mesa de cualquier bar. Acumulamos gente con la voracidad de un coleccionista impulsivo. Guardamos números de teléfono en libretas que jamás volveremos a abrir, sumamos nombres a las mesas de café, nos abrazamos con desconocidos en la cancha o en los piringundines baratos de ciertas madrugadas, y llamamos a todo eso amistad. Creemos, con una fe ciega y casi infantil, que la vida es una tribuna que se va llenando para siempre y que la dimensión de un hombre se mide por el nivel de ruido que lo rodea.</p><p>Éramos ricos en cantidad, pero profundamente analfabetos en la ciencia del tiempo. Vivíamos con las puertas abiertas de par en par, dejando entrar a cualquiera que tuviera una anécdota a mano o una carcajada disponible casa estaba siempre llena. La agenda desbordada y la sensación de pertenencia se alimentaba del murmullo constante. En esa juventud ruidosa, la soledad era percibida como un fracaso, un defecto de fábrica, una señal de aridez emocional. Nadie quería quedarse a solas con sus propios pensamientos, por lo que tapamos el silencio con cualquier tipo de compañía. Compañías masculinas para arrugar manteles y femeninas para arrugar las sábanas.</p><p>Pero la vida, que es una gran maestra en el arte de la paciencia, empieza a ajustar sus tuercas sin pedirnos permiso. Al principio no te das cuenta. Las primeras pérdidas ocurren de manera imperceptible, casi elegante. Es el amigo del secundario con el que dejás de coincidir porque sus horarios ya no encajan con los tuyos. O aquel compañero de batallas universitarias con el que, de pronto, en el café de la avenida, te descubrís mirando el reloj porque las frases hechas ya no alcanzan para tapar el abismo de dos mundos que se alejaron. No hay pelea, no hay un portazo dramático ni insultos de por medio; hay simplemente un distanciamiento tibio, una marea suave que lleva a uno para un lado y a otro para el otro.</p><p>Después vienen los romances. Aquellas promesas solemnes susurradas en la penumbra de un auto viejo o en el balcón del departamento de soltero, donde nos jurábamos amor eterno sobre cimientos de papel. Amores que parecían el centro de gravedad del universo y que, con los meses o los años, terminaron desgastándose en la rutina, en las expectativas cruzadas o en la simple constatación de que éramos dos extraños viajando en la misma dirección por puro accidente. Se van los amores, y con cada despedida se apaga una luz en ese lugar amable que habíamos diseñado para iluminar el futuro.</p><p>A decir verdad, debemos reconocer que de los viejos romances siempre quedan algunas huellas y, tal vez, el recuerdo más o menos esclarecido de una o dos mujeres que nos dura toda la vida. Puede ser. Pero el tiempo nos ayuda a comprobar que eso que creíamos amor eterno resulta ser simplemente una herida que nació en un pasado obnubilado y murió en el desencanto. En el desengaño que surge cuando comprendés que, muchas veces, dos vidas que se cruzaban por amor son en realidad trazos que se bifurcan por dos senderos que se alejan hasta el infinito.</p><p>Y luego llega el golpe verdadero, el que desacomoda la arquitectura del alma: la pérdida de los familiares. Es el momento en que la muerte deja de ser una abstracción filosófica o una noticia en la contratapa del diario para golpear a la puerta de nuestra propia casa. Se van los abuelos, se van los tíos que eran como padres y madres sustitutos, y un día, en la estocada más feroz que nos asesta la existencia, se nos van los padres. Se van las voces que sostenían nuestra infancia, las manos que nos ataban los cordones, el aroma a tuco de los domingos y esa mirada única que nos leía sin necesidad de palabras. Con su partida, nos quedamos en la primera línea de fuego. Nos descubrimos repentinamente adultos, mirando hacia atrás y viendo que el paisaje de la infancia y la juventud se transformó en un terreno poblado de ausencias.</p><p>En ese trance, la reacción primaria es el espanto. Sentimos que nos estamos desmoronando, que la vida es un proceso cruento de despojo sistemático. Miramos alrededor y vemos la mesa cada vez más chica, las sillas vacías acumulando polvo, la libreta de contactos convertida en un pequeño cementerio de nombres que ya no van a responder. Nos domina una sensación de intemperie. ¿Qué nos pasó?, nos preguntamos en la soledad de la noche. ¿Cómo fue que nos quedamos con tan poco?</p><p>Sin embargo, si uno tiene la fortuna y la templanza de dejar pasar los años sin cerrarse al dolor, empieza a germinar una sensibilidad distinta, más honda y serena. Con el tiempo, la mirada se limpia de la urgencia juvenil. Y es ahí cuando comprendemos que hay una lógica profunda en este camino, una especie de selección natural afectiva que el alma ejecuta de manera casi inconsciente para salvaguardar lo esencial.</p><p>No se trata de un proceso de endurecimiento ni de cinismo. Todo lo contrario: es el resultado de un refinamiento espiritual. En la biología de las especies, la selección natural elimina lo superfluo para garantizar la supervivencia del organismo. En la biología del alma ocurre exactamente lo mismo. A medida que nos acercamos a la madurez, descubrimos que el tiempo no es ese pozo infinito que creíamos a los veinte años, sino un recurso escaso e infinitamente valioso. Y cuando entendés con qué moneda estás pagando cada hora de tu vida, te volvés un administrador ferozmente lúcido de tus propios afectos.</p><p>Esa selección natural que hacemos sin darnos cuenta no es más que un filtro de calidad. La vida nos va quitando lo que era de utilería para obligarnos a mirar lo que es de madera noble. Las amistades que se cayeron no eran malas; simplemente eran de una estación determinada. Cumplieron su ciclo, nos enseñaron lo que tenían que enseñarnos, nos dejaron un recuerdo y siguieron su curso. Los romances que no prosperaron fueron el borrador eficaz y necesario para entender qué buscábamos realmente cuando le abrimos el corazón a esa persona que amanece con nosotros. Y las pérdidas familiares, aunque duelan con un filo tenaz e insoportable, nos heredan una sensibilidad madura, un sentido agradecimiento hacia la memoria y una comprensión absoluta del valor que tienen aquellos que todavía están.</p><p>Llegar a esta altura del partido con la agenda limpia de compromisos vacíos no es una derrota. Es una victoria deslumbrante. Es la conquista de la autenticidad. Nos damos cuenta de que ya no tenemos ganas ni energía para sostener charlas superficiales, para sonreír por cortesía en reuniones que nos aburren o para tolerar neuronas ajenas que solo traen ruidos molestos. Aprendemos a decir no sin culpa y a gritar sí con la entrega absoluta de quien sabe que está regalando su bien más preciado.</p><p>Hoy la mesa es más chica, claro que sí. ¡Pero qué mesa! Quienes se sientan a ella no necesitan presentaciones ni artificios. Son personas con las que se puede compartir un café en silencio sin que ese silencio resulte incómodo o haya durado años. Son los amigos que conocen nuestras miserias y nuestros fracasos, y que sin embargo eligen quedarse. Son los amores que sobrevivieron a las tormentas y se convirtieron en un puerto sereno, un lugar donde sacarse la armadura y respirar. Son los pocos parientes o afectos entrañables con los que un abrazo de tres segundos basta para ponernos de pie otra vez.</p><p>Cambiamos la pirotecnia de las fiestas por la luz tibia de un quincho con siete u ocho imprescindibles. Cambiamos los cien mensajes de cumpleaños por tres llamadas de voz que nos quiebran la garganta de la emoción. Ganamos en densidad lo que perdimos en volumen. Y esa permuta es, quizás, el negocio más extraordinario que hacemos en la vida.</p><p>Mirar hacia atrás y contar las ausencias sigue provocando una mueca de nostalgia, es innegable. Las cicatrices están ahí y nos recuerdan el precio de haber vivido. Pero hoy sabemos que no somos lo que perdimos, sino lo que supimos conservar después de que el viento hizo su trabajo. La madurez nos regala la sabiduría silenciosa de comprender que la vida no consiste en acumular personas como si fueran trofeos en una repisa, sino en destilar los afectos hasta quedarnos con la esencia más pura.</p><p>Al final de la jornada, cuando la tarde empieza a caer y las sombras se alargan sobre el patio, descubrimos que no importa cuántos había en la tribuna durante los momentos de fiesta. Lo único que realmente importa es quiénes siguen sentados a nuestro lado, en silencio, cuando el ruido ha terminado y solo queda lo que queda.</p><p>Ahí es cuando la vida te dice quién sos. Cuando mirás a los costados y no son tantos. Pero igual vas a la guerra. Sosteniendo con inquebrantable convicción las banderas del amor verdadero y de la amistad de fierro. Esas banderas, como todos sabemos, se izan y flamean después de los cincuenta. Y son las que te llevan a disfrutar de la victoria más grande de todas.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/l8XeRCGsR--GcjlyP3L_TPXcpdg=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/08/perdidas.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Los vínculos y apuestas. El corazón y la reflexión a mitad de la vida.]]>
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                                <updated>2026-08-30T17:31:00+00:00</updated>
                <published>2026-08-30T13:51:07+00:00</published>
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            Una pregunta incómoda: ¿Quién educa hoy a nuestros hijos?
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                <![CDATA[Mauro Berenstein]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/xSbKtsPC44U7tNXoQSaWDR4A1ZM=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/08/desafios.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Durante mucho tiempo, cuando nos preguntábamos quién educaba a nuestros hijos, las respuestas parecían claras: la familia, la escuela, las instituciones, los medios de comunicación. Hoy tenemos que incorporar una respuesta mucho más incómoda: también los educan los algoritmos.</p><p>Los algoritmos deciden buena parte de lo que vemos, lo que escuchamos, lo que repetimos y hasta aquello sobre lo que discutimos. Seleccionan contenidos, los jerarquizan y determinan cuáles llegan a millones de personas.</p><p>Por eso, uno de los grandes desafíos de nuestro tiempo es garantizar información de calidad.</p><p>Necesitamos estimular la creación de contenidos responsables, pero también asumir una responsabilidad sobre su distribución. Porque ya no alcanza con preguntarnos quién produce un mensaje. Tenemos que preguntarnos quién lo amplifica, por qué lo amplifica y hasta dónde puede hacerlo llegar.</p><p>Durante décadas nos preocupó el discurso de odio. Hoy debemos preocuparnos también por los sistemas que lo amplifican.</p><p>El problema ya no es solamente quién genera una mentira, un prejuicio o un mensaje antisemita. El problema es cómo esa mentira puede multiplicarse, repetirse y alcanzar a millones de personas hasta comenzar a percibirse como verdadera.</p><p>Este es un desafío para las plataformas, para los medios, para las instituciones, para quienes producimos contenidos y también para cada ciudadano que decide compartirlos.</p><p>Desde la DAIA tenemos una responsabilidad: combatir el antisemitismo, pero también contribuir a construir una sociedad con mejores herramientas para reconocerlo, enfrentarlo y no reproducirlo.</p><p>Porque educar en este tiempo también significa enseñar a mirar críticamente aquello que los algoritmos deciden mostrarnos. La tecnología puede elegir qué vemos. Pero nosotros tenemos que seguir eligiendo qué valores queremos transmitir.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/xSbKtsPC44U7tNXoQSaWDR4A1ZM=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/08/desafios.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Discursos de odio y algoritmo, claves del futuro cercano. El rol de la familia y garantizar la calidad de información.]]>
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                                                <category term="opinion" label="Opinión" />
                                <updated>2026-08-18T18:44:53+00:00</updated>
                <published>2026-08-18T18:38:48+00:00</published>
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            San Martín
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                <![CDATA[Raúl Vázquez]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/WyhjNh9JxeGZ8KdEwj3USYyV5L8=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/08/san_martin.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>El invierno en los años ochenta no era este simulacro tibio que nos toca gambetear ahora. En los ochenta, el frío era una materia densa, casi sólida, que se metía por las costuras del guardapolvo blanco y te congelaba los tobillos sobre las medias de lana azul. Tenía, sin embargo, una dignidad silenciosa. Se olía en el vaho de la mañana y en ese vapor dulzón que salía de la cocina del colegio cuando una o dos veces al año, como un pequeño milagro, las porteras revolvían las ollas gigantes de aluminio cargadas de chocolate espeso.</p><p>Había en aquellos actos escolares una mística artesanal que hoy parece extinguida. No había pantallas gigantes, ni presentaciones en Canva, ni parlantes con bluetooth, ni pistas editadas en alta fidelidad. Todo se sostenía sobre la tracción a sangre y el amor abnegado de un puñado de maestras que multiplicaban el pan y los peces con cartulinas, Plasticola de colores y rollos de papel crepé. A decir verdad, y si nos ponemos rígidos, eran actos bastante pobres, a veces aburridos y siempre largos. Sobre todo, cuando el Director leía su discurso y vos sólo pensabas en el partido de la tarde, en la Plaza Don Bosco de Lope de Vega y Elpidio González, atrás del Hospitalito. Aunque el recuerdo, siempre amable, le dan a aquellas fechas patrias del colegio primario un tinte de añoranza perdida que los hace inolvidables.</p><p>Cada 17 de agosto, aunque en rigor de verdad nunca me tocó, pensaba que ser seleccionado para interpretar al General José de San Martín en el acto era un detalle que sería recordado para siempre. O, al menos, durante unos años. Lo cierto es que Jorge Gómez o Alejandro Molina, y siempre ellos dos, eran los compañeros elegidos, uno u otro, para interpretar al Padre de la Patria. Siempre creí que eran los favoritos de la maestra. El tiempo ahora hace justicia y reconozco que nadie dividía por dos cifras como Jorge y que las composiciones de Alejando eran verdaderos guiones cinematográficos.</p><p>Por mi lado, el fracaso que suponía no ponerse la investidura sagrada de San Martín, la soportaba con la ventaja de no verme obligado a aguantar heroicamente una barba de lana negra cosida a mano que pinchaba como mil agujas, o llevar un sable de madera envuelto en papel de aluminio que se deshojaba al primer movimiento de esgrima contra el aire, o encajar la cabeza en un sombrero bicornio de cartón negro que a la primera ráfaga de viento del patio se volaba ante las risas contenidas de los compañeros.</p><p>Ahí estábamos, parados en filas rigurosas sobre las baldosas calcáreas del patio, tiritando de emoción y de frío, mientras el pasacasetes Philips escupía con fritura los acordes de la Marcha de San Lorenzo. El sonido salía distorsionado por el uso, interrumpido por el chirrido de la cinta vieja, pero a nadie le importaba. Había algo profundamente honesto en la escena. Una fe colectiva, casi candorosa, en que esos símbolos patrios nos cobijaban a todos por igual.</p><p>Quién sabe, tal vez en esas mañanas de frío aprendí a mirar la figura del Libertador con un respeto sagrado. En aquella época, San Martín no era un concepto abstracto ni una bajada de línea ideológica de turno; era la encarnación del esfuerzo desinteresado y de la entrega absoluta a una causa superior. Nos hablaban del cruce de los Andes, de la austeridad de un hombre que dormía en un catre de campaña, de un soldado enfermo que rechazaba sueldos, que declinaba honores y que prefirió el destierro voluntario en Boulogne Sur Mer antes que manchar su espada con la sangre de sus propios compatriotas en las guerras civiles que ya empezaban a desangrar al país.</p><p>Hay una melancolía luminosa en recordar aquellas mañanas de agosto. Éramos chicos con las manos rojas por el frío, con las puntas de los zapatos mocasín gastadas por efímeros partidos de fútbol en el recreo, pero teníamos la certeza involuntaria de estar aprendiendo a ser parte de algo más grande. Nos íbamos a casa con el gusto amargo y reconfortante del chocolate escolar en el paladar y una escarapela de tela prendida al pecho con un alfiler de gancho que nuestras madres nos ponían con un cuidado casi quirúrgico.</p><p>El tiempo pasó, como pasa siempre en este país: atropellando. Y al mirar desde esta terraza del presente hacia aquel patio de los años ochenta, el contraste no solo produce nostalgia, sino un estupor doloroso. Resulta muy difícil hoy, al encender la televisión o repasar las noticias en las apps, no sentir algo de vergüenza ajena al comparar la estatura moral de San Martín con la insoportable pequeñez de las dirigencias políticas que gobiernan desde hace décadas y nos oscurecen el destino.</p><p>¿En qué momento cambiamos el catre de campaña por las jubilaciones de privilegio? ¿Cuándo fue que la patria dejó de ser un ideal de libertad para transformarse en un botín a repartir entre indeseables?</p><p>Los políticos de hoy, o el 95% de ellos, para usar un porcentaje conocido, padecen de un vértigo inverso al de San Martín. Mientras el General renunció al poder supremo cuando lo tenía servido en bandeja, la fauna política contemporánea es capaz de vender el alma, la bandera y el futuro de las próximas tres generaciones por mantener un fuero, una caja de financiamiento o una cuota miserable de protagonismo mediático. El Libertador rechazó los homenajes en vida y se fue a morir en silencio, cuidando que su nombre no fuera utilizado para profundizar la discordia. Hoy, cualquier papanatas con pretensiones de estadista gasta fortunas del erario público en campañas de imagen, pautas oficiales y ejércitos de trolls para erigirse monumentos en vida mientras gran parte del país se hunde en la pobreza.</p><p>San Martín no tenía asesores de comunicación, ni expertos en neurociencia aplicada al marketing político, ni focus groups para saber si le convenía o no cruzar la cordillera de los Andes. Tenía convicción, ética y una devoción inquebrantable por el deber ser. Sabía que la grandeza no se mide por la cantidad de likes de militantes contratados, sino por la trascendencia del legado.</p><p>En aquellos actos de los ochenta, cuando la maestra de séptimo leía con voz temblorosa el testamento del General o recitaba sus máximas para su hija Merceditas, en realidad nos estaba entregando un código moral implícito. Nos decían que la palabra valía más que un contrato firmado ante escribano; que el respeto a la autoridad no se imponía con soberbia sino con el ejemplo; y que el verdadero patriotismo no consiste en envolverse en una bandera para tapar la corrupción propia, sino en servir a la comunidad sin pedir nada a cambio.</p><p>Hoy asistimos a un espectáculo dantesco donde la política se redujo a una disputa de varieté, un teatro de operaciones donde se gritan consignas vacías, se inventan grietas artificiales y se apela al odio como única herramienta de construcción electoral. Se utiliza el nombre de los próceres con la impunidad de los profanadores de tumbas: citan a San Martín para justificar un decretazo, una transa parlamentaria o una contorsión ideológica de último momento. Si el General viera a este elenco estable de cortesanos, lobbistas y oportunistas disputarse las migajas de un país empobrecido, probablemente volvería a subirse al mausoleo de la Catedral para esconderse de vergüenza.</p><p>Sin embargo, a pesar del desencanto que nos aplasta la nuca, prefiero quedarme con la luz de aquella infancia. Prefiero agradecer a aquellas maestras que nos enseñaron a ponernos de pie cuando entraba la Bandera de Ceremonias, a la portera que preparaba el chocolate con más buena voluntad que leche entera, y a los compañeros que tiritaban a nuestro lado sin importar si en sus casas se pensaba de una u otra forma.</p><p>En ese patio de escuela primaria de los ochenta residía, tal vez sin que lo supiéramos, lo mejor de la Argentina. Una Argentina humilde, golpeada por la historia, pero intacta en su dignidad y en su deseo de ser una nación respetable.</p><p>Me asombro cotidianamente viendo a los libertarios de hoy, que confunden la posibilidad de ser libres con el sálvese quien pueda y la codicia del mercado. O a los que se robaron el peronismo, que convirtieron a la justicia social en un negocio de caja y obsecuencia. San Martín les queda infinitamente grande a unos y a otros. Mientras la política actual vende la patria al mejor postor por unos dólares o por una cuota miserable de poder, el General nos enseñó que la verdadera libertad no cotiza en bolsa ni se reparte en ventanillas estatales.</p><p>Ojalá algún día, entre tanta charlatanería de cafetín y tanto cinismo profesional, volvamos a mirar hacia ese escenario improvisado del patio del colegio. Y tal vez podamos entender que un país no se construye con encuestas, con algoritmos ni cinismo, sino con el rigor, la austeridad y la renuncia desinteresada por el bien común. Mientras tanto, nos queda el recuerdo y la certeza de que, al menos por un rato, enfundados en un guardapolvo blanco, fuimos guiados por hombres que no le temían al sacrificio ni vendían su honor al mejor postor.</p><p>El problema, claro, es que San Martín hubo uno solo. Y está muerto y enterrado.</p><p>&nbsp;</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/WyhjNh9JxeGZ8KdEwj3USYyV5L8=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/08/san_martin.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Del nacionalismo austero a la fiesta populista. El Peronismo ultrajado y liberales del patriotismo digital del "like".]]>
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                                                <category term="sin-hashtag" label="Sin Hashtag" />
                                <updated>2026-08-17T10:41:29+00:00</updated>
                <published>2026-08-17T10:34:27+00:00</published>
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            Turismo de recuerdos: chapa vieja, alta tensión y un gusano en Luján
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                <![CDATA[Raúl Vázquez]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/i0ZkWyBfJ8CGCKgWBPdlLwfR_M0=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/08/entrada.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Mi hermano se casó cuando los años 80 recién iniciaban. Y ahora recuerdo que, con mis recientes diez o doce años, lo que me sorprendió, más que el casamiento, fue el lugar que eligieron para vivir con mi cuñada. Claramente, yo desconocía de plano el concepto de alquiler y no distinguía en absoluto si el bolsillo de los jóvenes que se casaban en aquella época daba o no para ser propietario. Eso era cosa de grandes. Lo cierto es que para mí la novedad tampoco era que dejaba la casa de mis padres en Villa Luro, algo que ya había hecho mi otro hermano, el mayor, unos años antes. La verdadera sorpresa era que se iba a vivir a un departamento en Junín y Juncal. Para quienes el centro era una suerte de Rubicón inexpugnable, tener un hermano viviendo en pleno Recoleta era un detalle central, sobre todo para aquellos que crecimos en un barrio de arrabal y empedrado con musgo.</p><p>Sin embargo, después de la iglesia y de la fiesta, bastante antes de la llegada de mis sobrinos y en medio de una preadolescencia donde lo único importante era jugar, yo tenía un hermano a menos de diez cuadras del Italpark. Eso, y el recuerdo de ir casi todos los fines de semana, constituyen una de esas vivencias que te permiten crecer con una sonrisa dibujada para siempre.</p><p>Hay una generación entera de argentinos a la que Orlando le quedaba más lejos que la Luna. Para nosotros, Disney no era una ciudad de hoteles lujosos, ratones gigantes y pasajes en dólares, sino un concepto abstracto que veíamos cada tanto en la televisión los domingos a la mañana, mientras tomábamos la leche y antes de escuchar a Independiente por la radio.</p>Inolvidable. El Pulpo, los chicos, la infancia de todos.<p>Teníamos algo mejor. Mucho más real y posible. Teníamos un pedazo lejano de la ciudad que olía a pochoclo rancio, a aceite quemado y a cable a punto de sobrecalentarse: el Italpark. El templo porteño de la nostalgia mecánica, donde la infancia de toda una generación aprendió a volar entre el vértigo y las luces. Para un pibe de barrio con zapatillas de lona y el boleto capicúa guardado en el bolsillo, traspasar los famosos arcos de Avenida del Libertador y Callao era, sencillamente, entrar al lugar más mágico de este planeta.</p><p>No había algoritmos que midieran nuestra felicidad ni pantallas de alta resolución. En mi caso, la adrenalina se medía en la cantidad de fichas de metal que lograba apretar en la palma de la mano sudada, después de juntar las monedas que me regalaba mi inolvidable tía Elvira.</p><p>El Italpark, un verdadero imperio de hierro sobre el césped de Recoleta, abrió sus puertas en 1960, traído por los hermanos Zanon, dos italianos que entendieron antes que nadie que el porteño necesitaba desahogar sus neurosis al aire libre. En esos tres mil metros cuadrados donde hoy descansan los transeúntes del Parque Thays, se levantó durante tres décadas una catedral de chapa, tubos de neón y esforzadas poleas.</p><p>Ir al Italpark, gracias a la elección inmobiliaria de mi hermano y mi cuñada, se transformó con los meses en una suerte de liturgia familiar. Me ponía la ropa de salir, esa que no debías manchar, pero que inevitablemente terminaba teñida por la extrañísima nube color rosa del algodón de azúcar. Almorzábamos en el dos ambientes que daba al contrafrente de Junín y, luego, arrancaba una caminata veloz hacia el bajo.</p><p>Antes de cruzar Libertador, después de la sorpresa que suponía el paisaje de un cementerio visitado por turistas o del Café de la Paix compitiendo con la aristocracia de La Biela, el sonido que te pegaba de lleno en el pecho era ese inolvidable y singular chirrido metálico de los rieles, mezclado con los gritos histéricos que bajaban de la montaña rusa, la música estridente emanada de parlantes gastados y el rugido inconfundible de la pista de los autitos chocadores.</p><p>Ni bien entrabas, reinaba el Súper Volador, una estructura circular que subía hasta donde los ojos de un nene de doce años ya no distinguían los edificios. Y, por supuesto, el Samba, donde un operador con vocación de verdugo y DJ frustrado disfrutaba sacudiendo a los adolescentes al ritmo de algún éxito de la época. Recuerdo a los más audaces intentando mantenerse de pie en el centro de la pista, desafiando las leyes de la física y el sentido común solo para impresionar a la chica que los acompañaba.</p><p>Aún parece resonar en la penumbra el eco sordo de aquellos gritos de asombro, cuando la inmensa pantalla curva del Cinema 180 nos robaba el aliento y nos hacía caer al vacío sin despegar los pies del suelo. Para quienes fuimos testigos de esa magia, ese domo abovedado no albergaba simples imágenes, sino una ilusión perfecta donde el vértigo de volar y la velocidad cobraban vida bajo el destello de una luz casi hipnótica. Me imagino en este instante a los lectores de mi generación con la certeza amarga de que, aunque las luces del parque se hayan apagado para siempre, en algún rincón de la memoria todavía se escucha el murmullo de la gente esperando que comience la función.</p><p>Y, por supuesto, estaba el Tren Fantasma, un recorrido a oscuras donde los monstruos eran tipos disfrazados con máscaras de goma bastante tristes que te tocaban el hombro o te tiraban un soplo de temor en la nuca. La idea era salir a la luz sintiéndote un héroe homérico, pero no era mi caso. Odiaba el Tren Fantasma y, ahora que lo pienso, tal vez ahí nació mi irrefrenable temor a la oscuridad. Ya lo veré con psicólogo, si voy alguna vez.</p><p>Lo cierto es que había una poesía brutal en esa mecánica. En el Italpark todo era analógico, ruidoso y tangible. Si tocabas la estructura metálica de algunos juegos, sentías la vibración del motor diésel latiendo en tus huesos. Ahora descubro que la belleza de esos juegos, sin dudas, radicaba en su franca imperfección.</p><p>Si el Italpark era la elegancia pop injertada en pleno corazón de Recoleta, la década del 80 trajo su contraparte megalómana: Interama, rebautizado después como Parque de la Ciudad. Inaugurado en 1982 en el sur profundo de la capital, en Villa Soldati, era una mole de hormigón armado y ambición futurista. Prometía ser el parque más grande de Latinoamérica. Tenía montañas rusas colosales con nombres como Aconcagua o Wildcat, y en el centro, como un mirador futurista, se elevaba la Torre Espacial, una aguja metálica que aún hoy se recorta contra el horizonte porteño como el esqueleto de un sueño que no pudo ser.</p><p>Interama tenía todo a una escala tan descomunal que abrumaba. Caminar por sus infinitos playones de cemento bajo el sol de enero tenía algo de distopía espacial. A los ojos de los chicos, la elección era muy sencilla. El Italpark era apretado, cálido y caótico, y le ganaba por varios cuerpos a Interama, que era monumental, sí. Pero también frío y lejano.</p><p>Para los chicos de los 80, la experiencia del vértigo no se agotaba en los grandes predios de la capital. Estaba la versión itinerante, la que llegaba a los baldíos del conurbano o a las plazas de las ciudades del interior: la kermese de paso, el parque de diversiones nómada.</p><p>Y ahí, en el vértice superior de esa mitología popular, figuraba el Gusano de Luján, una sencilla montaña rusa infantil construida con más fe que ingeniería civil. Las vías crujían con un chasquido seco a cada paso del vagón con cara de oruga sonriente. Sus frenos consistían en una palanca de hierro operada manualmente por un muchacho con la camiseta de Boca que fumaba al lado de la vía. Y la barra de seguridad era un caño de gas pintado de amarillo que te bailaba sobre las piernas.</p><p>Había en ese gusano infame una mezcla irrepetible de inocencia pura y peligro inminente. Sabías que la probabilidad de que algo saliera mal existía, pero esa pequeña dosis de riesgo real era precisamente lo que volvía a la aventura inolvidable. Si volvías a tu casa con un chichón en la frente por haberte golpeado contra el respaldo de formica en un frenazo seco, no volvías dolorido: volvías graduado.</p><p>Hoy observo a los chicos sumergidos en sus mundos digitales. Tienen en la palma de la mano gráficos en 4K que simulan universos enteros con una fidelidad que supera a la imaginación más frondosa. En sus consolas y computadoras pueden pilotar aviones de caza, construir ciudades futuristas, ganar la Champions o sobrevivir a epidemias de zombis sin despeinarse, sin pasar frío y, sobre todo, sin salir de la climatizada comodidad de su habitación adolescente.</p><p>Es un entretenimiento perfecto, aséptico, diseñado por psicólogos y matemáticos para administrar dosis exactas de dopamina a cada segundo. No hay imprevistos. Si te equivocás, apretás Reset. Si te caés, ponés Play Again. La muerte no existe. O, lo que es peor, la vida no vale nada.</p><p>Pero a esta nueva generación que abre su camino cabalgando sobre la perfección digital le falta algo. Hay un par de cosas que esa ecuación tan impecable no tiene. Le falta el olor a combustible, la textura áspera de la pintura gastada y el raspón en la rodilla. Y, sobre todo, le falta el deseo. Las ganas de que el tiempo pase para que llegue el fin de semana y la hora de la aventura. No hay caso: los que superamos los cincuenta no podremos explicar jamás que la vida en los ochenta era una cadena infinita de deseos por cumplir. Y que no importaba tanto que se cumplieran o no. Porque disfrutábamos el camino, más que la meta.</p><p>En la época donde reinaba el Italpark, nosotros aprendimos la gravedad cayéndonos de la Super Silla; aprendimos la tolerancia al mareo en las Tazas Giratorias; aprendimos a manejar arriesgando en los autitos chocadores; aprendimos lo que era el cortejo adolescente en la cola interminable para subir a la Montaña Rusa. Y doblegamos al miedo en los recovecos oscuros del Tren Fantasma. La experiencia del viejo parque de diversiones no nos llegaba a través de un cristal de cuarzo. Era tan real que nos atravesaba todo el cuerpo. Salías del Italpark con las orejas retumbando, la cara sucia de hollín y una fatiga en las piernas que te hacía dormir en el asiento del colectivo de regreso, apoyado en el hombro de mamá.</p><p>El Italpark cerró sus puertas en noviembre de 1990, de manera trágica y repentina, cuando la fatalidad mecánica demostró que el peligro no era solo una fantasía decorativa. La ciudad cambió. El terreno se convirtió en parque público; los juegos se subastaron o se pudrieron en galpones olvidados. Se dice por ahí que varios de esos prodigios de la mecánica, que hoy le quitan la tristeza a los chicos de Luján, son del viejo Italpark. No lo sé. Pero si es así, ojalá mantengan aquel espíritu tan único y especial. Lo cierto es que un día, sin darnos cuenta, la infancia de varios millones de personas quedó sepultada bajo el césped impecable del Parque Thays.</p><p>El vacío dejado por el Italpark tardó siete años en llenarse. El Parque de la Costa, en Tigre, nació bajo una lógica empresarial totalmente distinta: privatizado desde el origen, ligado al desarrollo inmobiliario y turístico de la zona y concebido bajo estándares corporativos modernos. Desde ya, nunca tuvo la mística que caracterizaba a la esquina de Callao y Libertador.</p><p>Sin embargo, mientras llega el fin de este encuentro de hoy, descubro que en realidad no extrañamos los aparatos de chapa, ni la fila interminable donde podría nacer un beso furtivo. Extrañamos la época en que el mundo era analógico, inmenso y lleno de sorpresas por descubrir. Extrañamos esa capacidad de asombro que no necesitaba de placas de video de última generación, sino apenas un vagón de madera deslizándose a veinte kilómetros por hora sobre unas vías oxidadas.</p><p>No viajamos a Orlando hasta el uno a uno, ya más grandes. Pero desde Villa Luro, casi adolescentes, fuimos los dueños de Recoleta durante las tardes de domingo. Fuimos reyes, cortejados por nuestros hermanos y nuestros viejos, que cuidaban celosamente el tesoro que fuimos para ellos, antes de crecer sin que nos demos cuenta.</p><p>Nos vemos la próxima. Me esperan mis hermanos para abrazarnos fuerte en el recuerdo de mamá y papá.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/i0ZkWyBfJ8CGCKgWBPdlLwfR_M0=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/08/entrada.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Raúl Vázquez y una pincelada por ese momento único del deseo de jugar. El cambio en la Ciudad y la magia intacta.]]>
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                                                <category term="sin-hashtag" label="Sin Hashtag" />
                                <updated>2026-08-09T13:47:00+00:00</updated>
                <published>2026-08-09T13:42:51+00:00</published>
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            Matrimonios y algo más: dos creativos old school que apuestan al cara a cara con los clientes y se expanden
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                <![CDATA[Pedro Paulin]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/tG1KwLX3hr9gfknJut-ZNOFQsrE=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/08/matrimonio_y_algo_mas.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Todo cambió. La tecnología y esencialmente ahora la IA cambió todo. Cómo nos enamoramos, cómo nos conocemos, qué plomero buscamos y la forma de comunicar. La IA tiene sus rivales, y no son fáciles: los que hacen desde los valores, el método, la creatividad y la dedicación personal, eso que entró en vía de extinción. El cara a cara, el seguimiento y la personalización de las cuentas corporativas como personas, buscando generar soluciones creativas para cada uno. De eso se trata el trabajo de MON Creatividad, una agencia que convoca por su forma: un matrimonio creativo que crece y se expande en el exterior.&nbsp;</p><p>El histórico Savoy, hoy remodelado y convocante por su arquitectura, su historia y su vigencia, fue el marco para el encuentro con Maria Viglione y Emilio Fernández, dos creativos que tras una extensa trayectoria en sector privado decidieron fundar la agencia que hoy los encuentra unidos en matrimonio y trabajo, un desafío colosal. El Savoy está en manos de Juan José Cugliandolo, el experto en Real State y proyectos de dimensión que administra el Savoy entre otros y que cuenta en su cartera el desarrollo de proyectos hasta con Donald Trump.&nbsp;</p><p>En un ecosistema publicitario crecientemente saturado por la inmediatez, las métricas de redes sociales y la irrupción masiva de herramientas de generación por inteligencia artificial, conversar con María y Emilio resulta un ejercicio gratificante, desde los primeros minutos de charla, se ve la premisa conceptual que vertebra toda la filosofía de su estudio: "Una buena idea lo sostiene todo". Esa frase, que adorna la portada institucional de su dossier de presentación, no es un simple recurso publicitario; es una convicción operativa.</p><p>1. LA DUPLA CREATIVA Y EL ORIGEN DE MON CREATIVIDAD</p><p>María Viglione y Emilio Fernández se definen formalmente como "una dupla creativa -y matrimonio- que desde la empatía, pensamos y concretamos ideas para responder eficazmente a los desafíos de comunicación que se les presentan a empresas e instituciones".&nbsp;</p><p>Esta particular condición de ser socios en el trabajo y compañeros en la vida personal otorga a MON Creatividad una dinámica de trabajo singular. No existe entre ellos la barrera formal de las grandes estructuras clásicas que a veces molestan; tienen una sincronía natural construida sobre la confianza, la complementariedad técnica y una profunda capacidad de escucha tanto mutua como hacia el cliente.&nbsp;</p><p>"Le damos a las marcas una base sólida para su comunicación, ayudándolas a descubrir o redescubrir su identidad, desarrollar una narrativa corporativa que los represente y enriquecer sus recursos gráficos", sintetiza la dupla al explicar el núcleo conceptual de su propuesta técnica.&nbsp;</p><p>En su dossier institucional, MON Creatividad plantea una analogía visual impactante: una bicicleta apoyada sobre la palabra MON y la imagen histórica de la rueda, recordando que desde los albores de la humanidad —pasando por los utensilios para el procesado de comida, la caza, la medicina y la ropa—, los grandes avances surgieron de ideas fundamentales que resolvieron problemas esenciales. Así, en el plano empresarial contemporáneo, una idea bien concebida es el eje sustentador de cualquier estructura de negocio próspera.&nbsp;</p><p>2. CAMBIO DE EPOCA: DE LA MOTO Y EL CD AL ALGORITMO Y LA IA</p><p>Al repasar la transformación del sector de la publicidad y el diseño en las últimas dos décadas, María reflexiona: "Hace más de 20 años que estamos rodando en este ecosistema de la comunicación y lo vimos transformarse radicalmente. Cuando arranqué en la carrera, mandaba a escanear una foto a un centro especializado que al día siguiente te devolvía un CD que venía en moto. Hoy vemos lo que pasa con la inteligencia artificial, pero la conclusión a la que llegamos es que siempre se nota cuando te ahorrás al que piensa."</p><p>Esa frase —"siempre se nota cuando te ahorrás al que piensa"— sintetiza la postura de MON Creatividad frente a la ola de automatización actual. Mientras que muchos actores del mercado caen en la fascinación irreflexiva por las herramientas de generación de contenido automático, Emilio y María insisten en diferenciar la herramienta del pensamiento estratégico subyacente.</p><p>https://youtube.com/shorts/qLvx3Z6HKbc?si=JrIaH8zgKenniW0F</p><p>Emilio aborda la relación con la IA desde una perspectiva de integración y optimización del flujo de trabajo, marcando con claridad sus límites éticos y creativos:</p><p>"Para mí la inteligencia artificial es un socio que te ayuda, te facilita el trabajo y te acelera algunos procesos. Igual, siempre prefiero debatir estas cosas con una persona. La IA te ayuda a acelerar un proceso que está bueno, pero después hay que redondearlo."</p><p>Para la dupla, la aceleración tecnológica no invalida la necesidad del concepto; por el contrario, la vuelve aún más apremiante. En palabras de María:</p><p>"Pasa en arquitectura, en diseño de indumentaria, en una película o en un comercial: cuando te ahorrás al que piensa, se nota. Hoy estamos saturados de contenido sin intención, de contenido sin un llamado a la acción. ¿Qué estás construyendo? ¿A dónde vas? Esta batalla la van a ganar los que mejor sepan contar historias. El talento, las buenas ideas y la creatividad no hay prompt que los reemplace; la IA te puede potenciar o ahorrar tiempo, pero jamás reemplazar."</p><p>3. LA TRANSFORMACIÓN DEL CLIENTE: DEL CORSÉ CORPORATIVO AL PULSO PYME</p><p>A lo largo de sus más de veinte años de ejercicio profesional, la dupla ha dejado su huella creativa en instituciones de primer nivel internacional y en gigantes corporativos de la Argentina. Su portfolio abarca firmas y marcas de enorme envergadura, entre las cuales figuran:&nbsp;</p>Organizaciones Internacionales y Financieras: IDB / BID (Banco Interamericano de Desarrollo), Banco Provincia, Provincia NET, Santander, La Caja de Ahorro y Seguro, Generali. Industria y Consumo Masivo: PepsiCo, Ledesma, Andrómaco, Urien-Loza Carnes Argentinas, Albano, Ozzuol, Gotlip Natural Beef, PAMSA Logística Integral de Graneles. Instituciones y Servicios: Municipio de Lomas de Zamora, Escuela Austral de Educación, Consudec, Hotel Villa Argentina Ronzone, Biobacter, Clicpaq, Octopus, ILAT, Affari Optimizadores Cárnicos, Mom Sport.&nbsp;<p>Sin embargo, a pesar de este impecable recorrido corporativo, Emilio y María experimentaron un viraje en su foco estratégico, reorientando parte fundamental de su energía hacia las pequeñas y medianas empresas (PYMEs) e instituciones emergentes.&nbsp;</p><p>María relata esta transición con absoluta honestidad periodística:</p><p>"Nuestra ilusión inicial era trabajar para las empresas gigantes, ese trabajo súper glamoroso que todo el mundo ve. Pero lo que nos pasó trabajando con empresas corporativas es que nos sentíamos muy encorsetados. En la corporación tenés comunicación interna, marketing, recursos humanos... y cada departamento tiene su presupuesto y su rigidez. Ahí nadie se mueve por intuición."</p><p>Fue esa rigidez burocrática la que los llevó a conectar con la realidad de las PYMEs argentinas, descubriendo un espacio donde la creatividad y la estrategia pueden tener un impacto directo, humano y transformador:</p><p>"Descubrimos el maravilloso mundo PYME, que es el motor productivo de este país. Nos encontramos con el dueño que hace un producto desde que nació, que conoce su negocio a la perfección pero que está construido a base de intuición, olfato, corazón y tesón. Ese empresario no tiene tiempo ni estructura para armar un departamento de comunicación, pero hoy necesita contarse porque no sobrevive nadie que no lo haga. A ese cliente le ofrecemos todos los servicios de una agencia de primer nivel que no podría contratar de forma tradicional, adaptándonos a su realidad."</p><p>Emilio refuerza este punto al referirse a la estructura comercial que adoptaron en MON Creatividad, pensada para liberar a las PYMEs de los costos fijos innecesarios y enfocarse plenamente en el valor real generado:</p><p>"Nosotros no cobramos un fee mensual de agencia porque sabemos que a la PYME no le gustan los costos fijos que terminan siendo un gasto. Nosotros establecemos un método: 1) Investigación, 2) Propuestas creativas, 3) Validación y 4) Acción y entregables. Te conocemos, conocemos a tu audiencia, probamos tu producto, te prescribimos un plan de acción y te dejamos la base para que tu equipo lo haga caminar. Y nos volvés a llamar cuando tenés un hito, una feria o un lanzamiento."&nbsp;</p><p>4. LA FAMILIA COMO ESCUELA DE VIRTUDES Y MOTOR PROFESIONAL</p><p>Resulta imposible comprender la solidez de MON Creatividad sin mirar el trasfondo humano de sus creadores. Emilio Fernández y María Viglione no solo comparten un estudio de diseño y estrategia; comparten un hogar y la crianza de sus seis hijos.&nbsp;</p><p>Lejos de considerar que una familia numerosa representa un obstáculo para el crecimiento laboral en un mercado competitivo, María sostiene que la vida familiar es la principal fuente de disciplina, pragmatismo y empatía que vuelcan diariamente en sus clientes:</p><p>"Nunca nuestra familia fue una excusa, ni para no llegar, ni para no cumplir, ni para presionar a un cliente. Nuestra familia es nuestro gran motor. La familia es una escuela de virtudes: te enseña a compartir, a negociar, a cuidar lo que tenés. Tener una familia grande nos determina una constancia, un compromiso y una eficiencia absoluta del tiempo."</p><p>Emilio rememora cómo los cimientos de la agencia se gestaron de manera paralela al nacimiento de su proyecto familiar:</p><p>"Desde los inicios del noviazgo ya teníamos planificada esta agencia. Primero armamos la familia y fuimos desarrollando este camino. En el trabajo nos complementamos un montón: yo reconozco estar más cerca del delirio estratégico y de ver el crecimiento a futuro, y Mari es sumamente creativa y apasionada. Pero sobre todo, fuimos amigos antes de ser pareja, nos divertimos mucho trabajando juntos y eso los chicos lo ven en casa."</p><p>5. LA NARRATIVA CORPORATIVA Y LA REPUTACIÓN EN LA ERA DE LA TRANSPARENCIA</p><p>En un momento de la charla, la discusión vuelve sobre el concepto de identidad de marca y cómo las empresas construyen reputación a largo plazo. Para MON Creatividad, dar respuesta a los desafíos de comunicación implica entender que las marcas ya no pueden sostenerse sobre discursos vacíos o apariencias estéticas sin contenido.&nbsp;</p><p>"Le damos a las marcas una base sólida para su comunicación, ayudándolas a descubrir o redescubrir su identidad, desarrollar una narrativa corporativa que los represente y enriquecer sus recursos gráficos".&nbsp;</p><p>En este sentido, Emilio reflexiona sobre la ética profesional y la coherencia a la hora de seleccionar los proyectos con los que se involucran:</p><p>"Nosotros no trabajamos para marcas o causas que vayan en contra de nuestros principios. Afortunadamente, nunca nos vimos en la situación de tener que rechazar algo por compromiso ético extremo, pero la gente que nos conoce sabe cómo pensamos. Generamos un ambiente de trabajo transparente y honesto, y por eso mantenemos un equipo de colaboradores que nos acompaña desde hace más de veinte años."</p><p>María concluye sintetizando el diferencial del talento argentino y el compromiso de MON Creatividad tras bambalinas:</p><p>"Cuando trabajamos para clientes del exterior, lo que más valoran es nuestra creatividad y la rapidez de respuesta. El argentino tiene un ritmo distinto, una chispa única para la narrativa. Ya sea para una gran empresa o para una PYME que la pelea todos los días, nuestro trabajo es ponernos tras bambalinas, hacer que el cliente se luzca y darle a las marcas una narrativa corporativa auténtica, que emocione y que permanezca."</p><p>CONCLUSIÓN: LA VIGENCIA INALTERABLE DE LAS BUENAS IDEAS</p><p>Al terminar el encuentro en el Savoy Hotel, queda flotando en el aire una certeza profunda. En un ecosistema hiperconectado donde abundan las herramientas tecnológicas y las tendencias efímeras, el verdadero valor estratégico sigue residiendo en la capacidad humana de pensar, sentir y conectar empáticamente con el otro.&nbsp;</p><p>MON Creatividad encarna esa síntesis idónea: la madurez profesional de quienes han trabajado con las marcas más exigentes del mercado , el método ordenado de cuatro pasos que otorga certezas al empresario , y la calidez humana de una dupla que entiende que, en la publicidad como en la vida, una buena idea lo sostiene todo.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/tG1KwLX3hr9gfknJut-ZNOFQsrE=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/08/matrimonio_y_algo_mas.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Dedicación, personalizar y desarrollar cercanía. Volver a charlar, usar la IA si hace falta. Una familia creativa.]]>
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                                <updated>2026-08-03T12:14:41+00:00</updated>
                <published>2026-08-03T11:34:04+00:00</published>
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            El fútbol grande: Fuimos Felices
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                <![CDATA[Raúl Vázquez]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/QIl4aSnhNjf_igHM3PcttwX5k_M=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/07/campeon.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Las historias verdaderamente grandes son aquellas que mejoran el alma de quien las protagoniza. Y si bien perdimos la oportunidad de ver el final de la película que soñamos, es importante entender que los últimos diez minutos de esta película no empañan el guión que nos trajo hasta las lágrimas que nos secamos hoy. Esta historia que pareciera tener su punto final, no se mide por el brillo del metal que se cuelga al cuello ni por el estallido final de los fuegos artificiales que iluminan un cielo ajeno. Se miden en el barro de la persistencia, en la dignidad de la derrota y en esa capacidad tan nuestra, tan dolorosamente argentina, de mirarnos a los ojos en el minuto ciento veinticuatro, con el pecho quebrado, sabiendo que lo dimos todo hasta que no quedó nada.</p><p>Hoy el fútbol nos devuelve a su costado más cruel. El silbato final en este Mundial 2026 resuena como un portazo en una casa vacía. Hay un dolor espeso que baja desde las tribunas, cruza el mapa hacia el sur y se instala en cada esquina de Buenos Aires, en los clubes de barrio, en los cafés y en el living de cada hogar donde hace apenas unas horas habitaba la ilusión. Es un dolor seco, que debemos transitar y que se clava en la boca del estómago hasta quitarnos el aire.</p><p>Perder una final del mundo no es perder un partido; es ver cómo el castillo de naipes que construimos durante un mes, con la fe de los desposeídos, se derrumba en un segundo. Sin embargo, en este suelo sabemos desde siempre que el fútbol no es un camino hacia la felicidad plena, sino una ecuación sentimental basada en el sufrimiento. Un pueblo que no sabe sufrir no puede entender jamás la dimensión de lo que este plantel ha construido. El dolor de hoy no nos empequeñece; nos devuelve la verdadera estatura de lo que somos. Porque para llorar con esta hondura, primero hubo que amar con una intensidad que asusta a los tibios.</p><p>En el centro de esta epopeya inconclusa emerge, una vez más, la figura colosal de Messi. El capitán que desafió al tiempo, el hombre que ya no tenía nada que demostrarle al mundo pero que eligió seguir vistiendo nuestra camiseta simplemente porque no concibe la vida sin defender nuestra bandera. Verlo caminar por el césped con la mirada gastada, masticando la bronca del verdugo implacable que es el destino, no genera lástima. Genera una devoción religiosa. Messi nos enseñó a ganar, nos regaló la gloria eterna en Qatar, pero hoy nos da su lección más humana y desgarradora: la foto del final, con las lágrimas surcando sus recuerdos, y su figura recortada contra la frustración de la derrota, es el monumento vivo a la nobleza deportiva.</p><p>Este grupo de jugadores, que se quedó sin combustible pero que corrió cada pelota como si en ello fuera la vida de sus familias, ha mejorado nuestra alma colectiva. Nos devolvieron la certeza de que el esfuerzo vale la pena, incluso cuando el desenlace es injusto. En un mundo que premia el éxito inmediato y descarta el proceso, esta selección defendió una idea de pertenencia, un sentido del deber y un amor propio que trasciende cualquier vitrina. Lloramos por el gol que no entró, por la jugada fortuita, por el destino esquivo, pero bajo ninguna circunstancia lloramos de vergüenza. El orgullo que sentimos por ellos es un fuego que la derrota no puede apagar. Y es también un sopapo de realidad para aquellos imbéciles que afirman que el segundo es el primero de los perdedores.</p><p>Para el pueblo argentino, el fútbol es el espejo donde miramos nuestras virtudes y nuestras miserias. Es el idioma común con el que nos abrazamos con desconocidos en la calle y compartimos la misma angustia en la tribuna los fines de semana. Sabemos sufrir porque nuestra historia nos ha entrenado en la resistencia; sabemos lo que cuesta levantarse al día siguiente con el cuerpo cansado pero el orgullo intacto. Por eso, este subcampeonato no es el fin de nada, sino la confirmación de una estirpe. Somos los que insisten, los que vuelven a creer contra toda lógica, los que guardan la camiseta en el placard sabiendo que, tarde o temprano, la volverán a sacar para gritar un gol con el alma.</p><p>Mañana bajará la espuma de la amargura. Los chicos volverán a patear en los potreros vistiendo la diez con el nombre del capitán, los viejos discutirán las jugadas en los mostradores de los bares y la vida seguirá su curso. Pero algo habrá cambiado en nosotros. Esta derrota duele porque estuvimos ahí, acariciando la gloria una vez más, demostrando que pertenecemos a la élite del fútbol mundial por derecho propio y por prepotencia de trabajo.</p><p>Las grandes historias no siempre terminan con una vuelta olímpica. A veces, las más profundas, las que se graban a fuego en la memoria de las generaciones, son las que nos enseñan a perder con la frente alta y el escudo limpio. El país entero se abraza en el dolor, pero con la certeza absoluta de que el orgullo que nos hicieron sentir estos jugadores es mucho más grande y duradero que cualquier torneo.</p><p>Fuimos felices. Durante años habitamos un oasis de alegrías compartidas, un tiempo bendito donde la selección era una fiesta y el pecho andaba inflado de un orgullo casi irreal. Esta selección nos regaló el derecho a la sonrisa, nos unió en abrazos interminables y nos hizo sentir, al menos por un rato, los dueños legítimos del mundo. Esta selección nos regaló la victoria con los ingleses, dándole a una generación la posibilidad de sentir un poco de aquello que nos regaló Diego. Por eso hoy la caída es tan digna y el dolor se siente tan espeso; porque se ha terminado ese viaje hermoso donde la felicidad parecía garantizada. Nos queda el vacío de la gloria que se escapó entre los dedos en este último suspiro, pero también la certeza inquebrantable de haber vivido una época dorada. Lloramos el final de una era, es verdad, pero con la gratitud eterna a quienes supieron tocar el cielo antes de volver a pisar la tierra.</p><p>Termino con un enorme “Gracias Messi!”. Te vas gigante, con la bandera del fútbol que jugamos en la vereda bien arriba. Y con el alma de todo un país guardada en tu botín izquierdo.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/QIl4aSnhNjf_igHM3PcttwX5k_M=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/07/campeon.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Raúl Vázquez y la despedida de la selección más brillante de los tiempos. Messi, un profeta y una ilusión que no termina]]>
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                                                <category term="newstad-mundial" label="NEWSTAD MUNDIAL" />
                                <updated>2026-07-20T14:06:26+00:00</updated>
                <published>2026-07-20T14:06:24+00:00</published>
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            No era un partido más: era una final contra el dolor y la memoria
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                <![CDATA[Raúl Vázquez]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/sUkcK0dVALfB1jcL59b_qIUxDIw=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/07/partido.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Para un argentino, el fútbol nunca fue un simple juego. Es la infancia que se niega a morir, el abrazo que nos quedó debiendo la vida y también la única religión que no exige santidad, sino fe ciega. Es el hilo invisible que nos ata a los que ya no están y la excusa perfecta para llorar de felicidad en un país experto en generar nostalgias.</p><p>Hablar de lo que ocurrió ayer será tarea de los periodistas deportivos. Sólo me permito describir que el partido contra Inglaterra fue una verdadera batalla que quedará grabada para siempre en el alma del país. Cien minutos de pura tensión, donde cada pelota se disputaba como si fuera la última y el corazón se nos salía del pecho con cada avance rival. Cuando sonó el pitazo final y se confirmó el pase a la final, la tensión acumulada estalló en un grito de desahogo colectivo, lágrimas de emoción y un festejo ensordecedor en cada rincón de la Argentina. Dejamos en el camino a un rival histórico con sello argentino, a puro coraje, mística y alma, transformando el sufrimiento en una gesta épica que nos dejó a un solo paso de la gloria eterna. Otra vez.</p><p>Por eso, cuando el árbitro pitó el final y la certeza nos golpeó el pecho, la noche de Buenos Aires se suspendió en un paraíso irreal. En un asombro reverente y litúrgico. Los autos crecieron en las esquinas con sus bocinas inmediatas, los balcones dejaron escapar el grito eterno y el aire de la ciudad se espesó con el perfume de las lágrimas. Acaba de ocurrir. Otra vez. La historia, esa vieja caprichosa y circular que suele ensañarse con estas tierras del sur a fuerza de crisis recurrentes y destinos truncos, hoy se vistió de celeste y blanco para dictar una sentencia definitiva: Argentina es finalista del mundo. Y en el camino, despatarrado sobre el césped liso y perfecto de la épica moderna, quedó el orgullo británico.</p><p>No nos engañemos, porque el cinismo de la modernidad es incapaz de entender lo que late en el barro de nuestra identidad. Esto no era un partido más, nunca lo fue y nunca lo será. El fútbol, cuando se juega contra la camiseta blanca de los tres leones, se despoja de su traje de mero entretenimiento de masas, rompe los contratos millonarios, ignora los análisis tácticos de pizarrón y se calza el uniforme pesado y solemne de la memoria nacional. Hay una gravedad distinta en el aire cada vez que la pelota rueda ante ellos; la pelota parece pesar el doble, el césped se vuelve el barro simbólico de una trinchera espiritual y cada cruce tiene el eco ensordecedor de un pasado que no se olvida, que late con dolor y orgullo en los costados más sensibles de la patria, allí donde la cicatriz se hizo eterna y la nostalgia es el pan de cada día.</p><p>Este equipo que hoy comanda los destinos de la ilusión colectiva posee una virtud que lo vuelve inmortal antes de tiempo: no juega solo. Quien se limite a ver once tipos corriendo detrás de un cuero inflado padece de una ceguera incurable. Estos muchachos llevan en las suelas el polvo reseco de las canchas de tierra de nuestro interior indómito, el murmullo eterno de los potreros de barrio que el cemento y la especulación inmobiliaria no pudieron sepultar, y el mandato invisible de aquellos próceres con botines gastados que, desde algún rincón o desde una tribuna celestial cubierta de neblina, empujan con el hombro cuando las piernas ya no responden y el corazón parece estallar. Es la mística de los ausentes que se corporiza en el esfuerzo de los presentes.</p><p>La victoria de hoy tiene la textura áspera y maravillosa de la épica más pura de la literatura deportiva. Fue el sufrimiento extremo como antesala obligatoria del desahogo absoluto; fue la templanza granítica para aguantar el triunfo cuando el rival, herido en su amor propio sajón y con la altanería de sus viejos mapas imperiales, empujaba con el rigor de su herencia física y su manual de centros al área. Pero este grupo de futbolistas, templados en la fragua de la adversidad y acostumbrados a que nadie les regale un centímetro de gloria, puso algo más que un esquema táctico. Puso alma, ese elemento inclasificable que los laboratorios del primer mundo no pueden sintetizar. Puso esa rebeldía tan nuestra, tan de arrabal, que florece con mayor fuerza justamente cuando el destino parecía ponerse cuesta arriba y el viento de la fatalidad soplaba de frente.</p><p>Por eso, la clasificación a la final del mundo no es simplemente un logro deportivo que se anotará en los registros estadísticos; es, ante todo, un abrazo postergado entre generaciones. Es el llanto contenido de un padre de 50 y pico que evoca en la penumbra de la cocina aquellas viejas tardes de radio a transistores, reviviendo fantasmas que creía dormidos. Es, al mismo tiempo, el grito desbocado de un pibe en una esquina que tal vez no entiende de geopolítica, ni de soberanía territorial, ni de tratados diplomáticos, pero intuye, con esa sabiduría sagrada y casi mística de la infancia, que ganarle a Inglaterra es ganarle también al olvido. Es ganarle al tiempo, es demostrar que los pequeños y los postergados del mundo guardan en sus pies la belleza oculta del universo.</p><p>La historia pesa. Claro que pesa. Sentarse a mirar este partido fue cargar en las espaldas el peso de las ausencias, los recuerdos de los caídos, las tardes de gloria de 1986 y la certeza de que hay cuentas que el fútbol, en su mágica justicia poética, se encarga de saldar en cien minutos de catarsis colectiva. Pero hoy esa historia no nos hundió; hoy la llevamos sobre los hombros con la ligereza andarina de los que se saben tocados por la varita de la justicia divina. El triunfo fluyó como un río de emociones que inundó las avenidas de la capital y las calles polvorientas de los pueblos lejanos, transformando el frío del invierno en una primavera anticipada y furiosa que brota del pecho de cuarenta y siete millones de almas.</p><p>La crónica fría dirá que hubo goles, que hubo un arquero monumental que voló para descolgar las pretensiones británicas, y que hubo un mediocampo que corrió hasta el límite de la extenuación física. Pero la crónica de la sensibilidad, aquella que se escribe con la tinta de los sentimientos, recordará la mirada de los jugadores al terminar el partido: una mezcla de cansancio extremo y una devoción casi religiosa hacia la camiseta que defienden. No eran profesionales celebrando un bono por objetivo cumplido; eran soldados de una causa popular, conscientes de que habían devuelto la sonrisa a un pueblo que la necesita para seguir caminando.</p><p>Nos queda un paso, el último y más difícil, ese abismo estrecho que separa a los hombres terrenales de las leyendas esculpidas en bronce. La final del mundo espera en el horizonte inmediato, con toda su carga de ansiedad, de insomnio y de promesas susurradas a los santos del hogar. Sin embargo, pase lo que pase el domingo, este equipo ya se ha ganado un altar definitivo en el templo de los elegidos. Nadie podrá quitarles el derecho a la eternidad. Porque nos devolvieron el orgullo cuando el escepticismo ganaba terreno, porque jugaron cada pelota con el corazón en la mano, y porque nos demostraron, en una lección de coraje que excede los límites, que la memoria sigue viva, que el pasado no se archiva en los anaqueles del desinterés y que el fútbol, en estas latitudes sufrientes y apasionadas, sigue siendo la única y más hermosa patria posible.</p><p>Las crónicas de los diarios del mundo intentarán explicar lo inexplicable mediante números y esquemas, pero nosotros nos quedamos con el eco de este triunfo eterno. Un triunfo que viaja por el aire como un tango, melancólico y triunfal, recordándonos quiénes somos, de dónde venimos y por qué el fútbol, para un argentino, es la forma más pura y dolorosa de la felicidad.</p><p>Ahora que por fin se apagó un poco el eco de los bocinazos en la avenida, que la euforia le dio paso a la calma del día después y que caímos en la cuenta de que somos finalistas, queda flotando en el aire lo único que verdaderamente importa. Porque el fútbol, al final, no es más que un hermoso puente para encontrarnos y sentirnos cerca. Tal vez por eso, y por los que ya no están, voy a volver a abrazar a mis hijas hasta el llanto. Para explicarles, sin palabras y en un solo gesto, de qué se trata esta bendita locura que se llama fútbol argentino.</p><p>Nos vemos el domingo. Y buen viaje, Inglaterra.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/sUkcK0dVALfB1jcL59b_qIUxDIw=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/07/partido.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Argentina cumple y avanza. Una herida que cicatriza. Un país que sueña con el domingo.]]>
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                                <updated>2026-07-16T15:44:01+00:00</updated>
                <published>2026-07-16T15:42:14+00:00</published>
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            Argentina vs Inglaterra: La historia también juega a la pelota
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                <![CDATA[Raúl Vázquez]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/8n5bS85UcGwhqrisBtW0AshHLp0=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/07/batalla.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Hay una liturgia invisible que se activa en el pecho de cada argentino cuando el fixture, caprichoso o guiado por un destino tallado a mano, nos pone de frente a una camiseta blanca con tres leones en el pecho. No es una bronca ordinaria. No es el folclore rústico del fútbol de cabotaje ni la rivalidad vecinal que nos conecta con los colores de Brasil o Uruguay. Lo que se genera antes de un cruce con Inglaterra es un silencio espeso, una vibración que viaja por el asfalto caliente, entra por las ventanas de los viejos cafés de barrio y se instala en la mesa de los domingos.</p><p>Ahora que la Selección viene de confirmar su destino de grandeza en el Mundial 2026, el calendario nos ubica en las semifinales justo frente a ellos. Faltan algunas horas. Y desde estas humildes líneas de Newstad, despojados de la urgencia de la noticia y de la primicia y del griterío estéril de los paneles de televisión, me veo obligado a poner una pausa y sostener que lo que vamos a jugar el miércoles es mucho más que un partido de fútbol. Negarlo sería una hipocresía propia de algunos burócratas. No hay dudas, al menos para mi: este no es un partido más. Nunca lo fue y nunca lo será.</p><p>Para el hincha argentino, el fútbol jamás ha sido un deporte de once contra once detrás de una pelota. Es, desde nuestra génesis misma, un gigantesco espejo retrovisor. Un mecanismo de compensación emocional, una puesta en escena dramática donde volcamos nuestras ausencias, nuestros orgullos heridos y nuestras mitologías colectivas. Cuando la pelota ruede en la semifinal, no estarán en juego solamente noventa minutos y un pasaporte al partido definitivo. Estará en juego, otra vez, esa necesidad imperiosa de reescribir la historia con los pies. Eso es bueno y es malo. Pero también es materia de otra reflexión.</p><p>Para entender este cordón umbilical que nos une en el espanto y en la fascinación con los ingleses, hay que bajarse del paravalanchas e ir a la memoria. La relación entre Argentina e Inglaterra es un tejido complejo que incluye la admiración inicial, la subordinación económica y, finalmente, un quiebre dramático que quedó sellado a fuego en la memoria colectiva.</p><p>Ellos trajeron el juego. Como una paradoja bellísima y cruel, los marineros británicos, los empleados de los ferrocarriles que nos dejaron sus venas de acero en la pampa húmeda, los alumnos del Buenos Aires English High School de Alexander Watson Hutton fueron los que pintaron la líneas de cal de las primeras canchas, trajeron las primeras pelotas de cuero cosidas a mano y dictaron las leyes del juego. Nos enseñaron el orden, la disciplina del fair play, el pase largo y la cabeza levantada.</p><p>Pero el argentino, en ese proceso de apropiación cultural que define nuestra identidad, agarró ese juguete perfecto y lo transformó. Le quitó la rigidez militar y le metió la viveza del potrero. Reemplazó el atletismo por el amague; transformó la línea recta en una gambeta sinuosa, casi tanguera, nacida en los baldíos de los suburbios y en las calles de tierra de los barrios periféricos. El fútbol inglés nació para templar el carácter de los jóvenes de la era victoriana; el fútbol argentino nació para sobrevivir a la intemperie. Aprendimos a jugar para burlar al más fuerte. Y esa matriz quedó grabada en nuestro ADN mucho antes de que la geopolítica tiñera las camisetas de sangre y épica.</p><p>El siglo XIX ya nos había advertido que el Atlántico Sur sería un territorio de tensiones. En 1806 y 1807, las Invasiones Inglesas marcaron el bautismo de fuego de una Buenos Aires que todavía no era del todo argentina, pero que ya intuía el sabor de la resistencia. El aceite hirviendo desde las terrazas, los regimientos de Patricios defendiendo las calles contra las casacas rojas de Beresford y Whitelocke son la primera medida que tuvimos de la épica del triunfo. Aquella epopeya fundacional, estudiada en los manuales escolares con la distancia que dan los años, fue el primer indicio de una constante histórica: el gigante que llega con la suficiencia de su imperio y un pueblo indómito que, con lo que tiene a mano, le discute el territorio.</p><p>Sin embargo, el verdadero punto de no retorno, la herida que permanece abierta y que late con una regularidad asombrosa cada vez que el sorteo de la FIFA nos cruza en el camino, es Malvinas. Sin dudas.</p><p>Hay que ser extremadamente respetuosos y precisos en este punto. Mezclar el sacrificio supremo de los jóvenes que quedaron en las islas, el dolor de las madres que todavía lloran en silencio frente al frío del cementerio de Darwin, con un resultado deportivo, sería una simplificación de una enorme bajeza moral. Un gol no devuelve una vida. Un triunfo en semifinales no altera los mapas de la diplomacia internacional ni devuelve la soberanía efectiva sobre las islas que nos robaron. Los héroes de la gesta de 1982 habitan un altar sagrado que no necesita de la validación de un triunfo en una copa del mundo.</p><p>Pero el fútbol, en su inmensa y a veces divina irracionalidad, opera como un canalizador. Lo que el argentino hace en la tribuna o frente a la pantalla no es confundir una guerra con un partido, sino sublimar un dolor. Es la búsqueda de una justicia poética que el mundo real, tan pragmático y desalmado, nos suele negar. El fútbol nos permite el milagro de la equivalencia: en la cancha somos iguales. Ahí no importa la flota de la Royal Navy, ni los presupuestos militares, ni el peso de las libras esterlinas en los mercados globales, ni las alianzas con el traidor. En el césped son once voluntades contra once voluntades, y la única ley válida es la de la destreza, el coraje y la astucia.</p><p>Por eso la forma en que los argentinos vivimos este partido es incomprensible para un observador europeo. Para el británico promedio, el cruce con la Argentina es seguramente un partido importante, sazonado por la rivalidad de los años ochenta y noventa, pero tamizado por una frialdad sajona que archiva el pasado con pragmatismo. Para ellos, el fútbol y la historia son dos carpetas separadas en el gran archivo del Imperio.</p><p>Para nosotros no hay carpetas separadas. Todo está interconectado en una misma cosmogonía de la resistencia. El hincha argentino que se pasa la noche previa al partido cantando en las adyacencias del estadio no está pensando únicamente en la táctica del entrenador o en el estado físico del equipo. Está invocando a sus fantasmas. Está jugando por el primo que fue al sur, por el vecino que volvió cambiado para siempre, por la frustración de saberse históricamente postergados por los centros de poder mundial.</p><p>Es la estética del desquite. El fútbol argentino es esencialmente dramático porque se nutre de la escasez. Nos reconforta saber que, aun en las peores crisis, aun cuando el país cruje bajo el peso de sus propias tempestades económicas y políticas, la pelota sigue siendo nuestra moneda de oro. El único territorio donde nadie nos puede mirar desde arriba. Frente a Inglaterra, esa sensación se multiplica por mil. Es el débil que mira a los ojos al poderoso y, en lugar de bajar la vista, le sonríe con la suficiencia del que sabe que tiene el truco de la gambeta guardado en la manga.</p><p>No podemos obviar el antecedente absoluto, el mito fundacional de esta era moderna que ocurrió el 22 de junio de 1986 en el Estadio Azteca. Aquella tarde, Diego estalló el fútbol en dos mitades y sintetizó, en apenas unos minutos de genialidad y picardía, las dos almas del futbolista argentino. El primer gol, el de la "Mano de Dios", fue la viveza criolla elevada al rango de arte; la burla al orden establecido, el carnet de identidad del pícaro que le roba la billetera al gendarme sin que se dé cuenta. El segundo, el del barrilete cósmico esquivando camisetas blancas como si fueran postes, fue la belleza pura y absoluta, la demostración indiscutible de una superioridad lírica y técnica.</p><p>Diego lo dejó claro en sus memorias: aunque repetían ante los micrófonos que era solo un partido de fútbol, en el vestuario sabían perfectamente que estaban jugando por algo más. Jugaban por los pibes. Jugaban con un orgullo que excedía los manuales de la táctica. Esa herencia constructora de mitos es la que hoy pesa sobre los hombros de esta generación que, en este 2026, vuelve a encontrarse ante el mismo espejo.</p><p>Los tiempos han cambiado, es cierto. Los jugadores de hoy son profesionales globales, muchos de ellos compañeros de equipo de los propios ingleses en la Premier League. Se conocen, se respetan, comparten vestuarios y rutinas de entrenamiento en Manchester o en Londres. La globalización ha limado las asperezas del odio superficial, y eso es sano. El respeto profesional entre los planteles está garantizado. No habrá espacio para las batallas campales de antaño ni para las declaraciones incendiarias.</p><p>Sin embargo, cuando suenen los himnos y la camiseta celeste y blanca se recorte contra el césped, vos y yo sabemos que el hechizo se activará de manera inevitable. Las tribunas conectarán con el cordón umbilical de la memoria colectiva. Cuarenta y siete millones de personas en sus casas, desde la Quiaca hasta Ushuaia, pasando por cada esquina de Buenos Aires, sentirán ese nudo en el estómago que solo este partido es capaz de provocar.</p><p>No es odio. El odio es un sentimiento menor, destructivo, que no encaja en la nobleza del juego. Es algo mucho más profundo: es memoria. Es el recuerdo de quiénes somos, de dónde venimos y de todo lo que tuvimos que pasar para estar ahí, disputando el derecho a ser felices frente a quienes, alguna vez, pretendieron ser los dueños de todo.</p><p>El que viene no será un partido más. Cuando el árbitro dé la orden de inicio, la historia, con toda su carga de barcos, islas, potreros y leyendas, bajará a jugar la semifinal con nosotros. Y en cada pelota dividida, el fútbol argentino volverá a demostrar por qué, para nosotros, la vida siempre se define dentro de una cancha.</p><p>Por eso, un segundo antes de ese pitazo inicial, cuando el silencio se adueñe del estadio y el destino quede en manos de los once que visten la celeste y blanca, habrá que levantar la mirada. Y aunque el discurso políticamente correcto proponga lo contrario, aunque las islas, frías y lejanas en su tierra soberana, no entren a la cancha y la geopolítica se quede del otro lado de la línea de cal, cada pibe que quedó en las islas, cada soldado que se convirtió en viento y en turba defendiendo lo nuestro, va a asomarse entre las nubes. No para exigir una venganza que el fútbol no puede dar, sino para ver jugar a su pueblo. Estarán ahí, mirando desde el palco más alto, cuidándonos las espaldas, empujando en cada pelota dividida y recordándonos que, si ellos entregaron todo por la Patria, nosotros no tendremos derecho a rendirnos. Porque no es un partido más. Aunque nos ganen por goleada.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/8n5bS85UcGwhqrisBtW0AshHLp0=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/07/batalla.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Argentina va a la semifinal por la gloria con Inglaterra. Un silencio espeso, un país parado, sin grieta y con orgullo.]]>
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                                                <category term="newstad-mundial" label="NEWSTAD MUNDIAL" />
                                <updated>2026-07-13T18:00:50+00:00</updated>
                <published>2026-07-13T17:58:24+00:00</published>
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            La épica argentina de siempre: milagro y sufrimiento para seguir vivos
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                <![CDATA[Raúl Vázquez]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/qys6nkDWtzkcotDfwM8X8g17i_U=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/07/messi.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Egipto golpeaba con la frialdad de las pirámides y el partido se nos iba de las manos, como tantas veces se nos fue el destino. Transcurrían los últimos minutos y la derrota nos dejaba afuera del Mundial. Era el abismo. La esperanza se diluía con el segundo gol de ellos hasta que de pronto, en solo 13 minutos, la vida cambió en un grito que estalló en nuestra garganta y desgarró la modorra de una tarde que se hizo inolvidable. Ganamos. Clasificamos. Contra toda lógica, y contra el libreto escrito en un partido esquivo, complejo y poco amable, estamos en cuartos.</p><p>Quienes habitualmente se acercan a estas líneas saben muy bien cuál es el territorio que nos resulta cómodo. Esta columna está pensada, casi por definición, para recordar el pasado, homenajear nuestras historias y disfrutar de la buena melancolía. Nos hamacamos con gracia en el ayer, buscando en los viejos cafés, en la memoria y en las glorias blanco y negro el refugio tibio que la realidad nos niega. Luchamos contra el olvido. Somos una especie de arqueólogos del recuerdo. Pero esta vez, el Mundial nos obliga a un volantazo imprevisto, a cambiar el discurso por completo. La urgencia de la pelota nos empuja a abandonar la comodidad del lamento, a sacudirnos el polvo de la nostalgia para empezar, por una vez, a disfrutar del presente y a esperar, con el pecho abierto y los ojos limpios, un guiño del futuro.</p><p>El martes pasado, mientras las bocinas empezaban a quebrar el aire denso de las avenidas, volví a pensar en la arquitectura invisible de nuestra identidad. Porque el triunfo ante los egipcios no fue un simple resultado deportivo. Fue, me parece, un hecho rigurosamente argentino. Una nueva puesta en escena de nuestro drama predilecto: la épica del milagro que brota, reluciente y prepotente, del barro del sufrimiento más oscuro.</p><p>A nosotros no nos sienta bien la prosperidad lineal. Nos aburre el progreso previsible de los manuales escandinavos. Somos, después de todo, los herederos de un suelo que lo tuvo todo y prefirió el abismo; el único país del mundo que conoció el desarrollo del primer orden y decidió, por una misteriosa pulsión colectiva, desandar el camino para habitar la incertidumbre. Nos forjamos entre los fogonazos de la opulencia de principios del siglo pasado y el derrumbe sistemático de cada ilusión.</p><p>Los argentinos no sabemos qué hacer con la calma; cuando la economía amaga con estabilizarse o la política amenaza con volverse previsible, el cuerpo nos pide una zancadilla, un volantazo hacia el caos, como si la normalidad fuese una llanura gris incompatible con nuestro ADN. Necesitamos el riesgo, la víspera de la catástrofe, para que el instinto de supervivencia nos devuelva la lucidez. Somos habitantes de la cornisa, equilibristas sin red que necesitan sentir el vértigo del vacío para recordar que estamos vivos. Llevamos décadas (o acaso siglos) ensayando el arte del naufragio. Construimos crisis con la misma facilidad con la que otros países levantan autopistas; devaluamos certezas, dilapidamos legados y nos hamacamos en un péndulo macabro de frustraciones y desencantos colectivos. Si miramos la historia con el frío lente de la economía o de la ciencia política, somos el territorio del desacierto crónico, el laboratorio perfecto para probar lo que nunca va a funcionar.</p><p>Sin embargo, aquí estamos. Somos sobrevivientes profesionales.</p><p>El misterio de esto que somos se trasladó ayer de manera matemática al césped. Cuando salimos a la cancha con el viento a favor y la lógica de nuestro lado, solemos encerrarnos en nuestra propia soberbia o diluirnos en la intrascendencia. Necesitamos la soga al cuello. Necesitamos que el rival nos someta, que la prensa nos condene, que el árbitro nos juegue en contra y que el destino parezca sellado bajo siete llaves. Recién ahí, cuando el hincha se agarra la cabeza y empieza a sentir la llegada de la angustia en lágrimas, se enciende la chispa sagrada. El gol agónico contra Egipto fue la enésima prueba de que el milagro es nuestra única política de Estado eficiente.</p><p>¿Por qué nos cuesta tanto lo sencillo? ¿Por qué el camino hacia la gloria debe estar pavimentado de espinas, taquicardias y promesas a la Virgen imposibles de cumplir? Quizás porque el dolor le otorga al triunfo una pátina de nobleza que la comodidad jamás podría comprar. Un triunfo holgado, un tres a cero pacífico y previsible contra una potencia de segundo orden, nos resulta insípido, casi una ofensa a nuestra tradición melodramática. Necesitamos el gol con la mano, el penal atajado con las uñas, el remate en el poste en el último segundo del tiempo suplementario. Necesitamos sentir que le ganamos a la muerte.</p><p>La épica argentina es, en el fondo, una declaración de rebeldía contra la realidad. Un país que ha visto fracasar a gobiernos de todos los signos, que ha soportado planes económicos delirantes, que ha enterrado sueños colectivos con una frecuencia alarmante, encuentra en estos noventa minutos de catarsis la justificación de su fe. No una fe racional, desde luego. Sino una fe mística, casi pagana, que se alimenta del desastre. El triunfo ante Egipto nos devuelve la ilusión de descubrir, otra vez, ese gen de talento oculto que nos rescata del último vagón del último tren.</p><p>El peligro, desde ya, será la romantización del sufrimiento. Nos hemos vuelto tan habitués a la épica del rescate milagroso que a veces olvidamos la importancia de la planificación, del orden, del trabajo silencioso que evita, precisamente, tener que apelar a la magia en el minuto final. Y no hablo de Scaloni ni de los jugadores. Hablo de nuestra vida diaria. Trasladamos la lógica del potrero a las instituciones, esperando que un golpe de suerte o un líder providencial solucione lo que no supimos construir en los años de calma. Vivimos esperando un pelotazo largo que nos salve del descenso cotidiano.</p><p>Hoy, con el eco de los festejos todavía flotando en las calles de la ciudad, resulta difícil ponerse el traje de analista riguroso. El fútbol tiene una suerte de permiso impune para suspender la incredulidad. Ver a esos once muchachos abrazados en el centro de la cancha, con los ojos húmedos y el pecho inflado, es reconciliarse con la parte más noble de nuestro ser nacional. Es entender que el sufrimiento no es en vano, que cada frustración acumulada es solo el combustible necesario para que el estallido final sea más hermoso, más ensordecedor, más eterno.</p><p>Egipto ya es historia. Un hito más en este mapa de la desmesura. Nos quedan por delante nuevos sufrimientos, nuevos abismos y, si la providencia nos sigue mirando de reojo, nuevos milagros. Porque somos un pueblo condenado a padecer, pero bendecido con la gracia de la épica inesperada. Un país que, cuando todos lo dan por muerto, se levanta de la lona, se limpia la sangre de la cara, mira al mundo a los ojos y, con una sonrisa canyengue, vuelve a ganar un partido imposible. &nbsp;</p><p>Hasta la próxima. Me voy al cardiólogo.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/qys6nkDWtzkcotDfwM8X8g17i_U=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/07/messi.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Gargantas explotadas. Lagrimas y la necesidad de volver a vivir para ganar el Mundial.]]>
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                <published>2026-07-09T20:30:35+00:00</published>
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            Messi, el espejo invertido y la revolución de la cordura
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                <![CDATA[Raúl Vázquez]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/t1NSIZ3i1K16vRqh8EUY5SyLZEQ=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/06/normal.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Hay momentos que parecen determinantes. Escribir sobre Messi, cosa que sucede todos los días en todo el planeta, es un desafío en sí mismo. Sentarse frente al indómito teclado luego de un hat-trick extraordinario, pero antes del segundo encuentro de este lunes, puede ser un buen momento para desglosar algunos pensamientos sobre este pibe que vino a mostrarnos cómo deberíamos ser y no podemos. Acá va un intento, humilde, que tal vez nos ayude a descubrir entre todos por qué la Argentina se mira en espejos que desentonan.</p><p>Caminamos descalzos sobre un piso de vidrios molidos que nosotros mismos nos encargamos de romper. El argentino suele habitar sus días con una urgencia que no admite dilaciones. Vivimos colgados de una soga que se deshilacha, fascinados por el abismo, convencidos de que la única verdad es el grito, la astucia del rezagado y la epopeya trágica de los que caen de pie solo para volver a tropezar. Nos gusta el héroe roto, el mito desgarrado por sus propios demonios, porque en sus grietas justificamos nuestras propias miserias cotidianas. Si el dios de nuestro Olimpo doméstico cae, entonces el barro que nos cubre las rodillas pasa a ser una condecoración y no un descuido.</p><p>Pero de pronto, en la persistencia del tiempo, se nos plantó un espejo invertido. Un hombre menudo, de andar parsimonioso y mirada esquiva, que prefiere el silencio al trueno y la constancia al arrebato. Lionel Messi, quien lleva más de dos décadas habitando las pupilas del planeta, no vino a refrendar nuestra mitología del exceso. Vino, más bien, a proponernos un tratamiento psiquiátrico a escala comunitaria. Su verdadero milagro no reside en la parábola imposible en un tiro libre ni en la velocidad mental indescifrable con la que esconde la pelota en una baldosa. El milagro, el que nos interpela y nos desnuda, es el milagro de su normalidad.</p><p>El talento, al menos en esta tierra, suele ser visto como una herencia divina que nos exime del esfuerzo. Es el "lo atamos con alambre" elevado a la categoría de bellas artes. Pensamos que ser talentosos es una patente de corso para saltarse las vallas, para burlar al sistema, para gritarle al mundo que somos los mejores sin haber limpiado la cocina. Messi es la antítesis absoluta de esa soberbia analfabeta. Su genio no es un relámpago que ilumina la noche y deja el tendal; es una lámpara votiva, una llama que se alimenta del aceite diario de la disciplina, el respeto por las formas y una extraña y casi conmovedora docilidad ante las reglas del juego. El pibe que gambeteó gigantes en los potreros rosarinos entendió, acaso por instinto o por la sabiduría elemental de los hombres de pueblo, que el talento sin eje no es arte, sino apenas un desorden de la naturaleza.</p><p>Detengámonos un instante en la acústica de nuestra era. Vivimos una época ruidosa, gobernada por charlatanes de feria y profetas del escándalo. Luzu es un ejemplo de tantos. El mérito contemporáneo parece medirse por los decibeles del agravio y la espectacularidad del desplante. El argentino medio siente que, si no impone su voz por sobre el murmullo general, deja de existir. El silencio nos aterra porque nos obliga a escucharnos por dentro. Y ahí aparece él. Un tipo que posee el monopolio absoluto de la atención ecuménica y que, sin embargo, cuando tiene un micrófono enfrente, elige las palabras más sencillas, las menos altisonantes. Casi como si pidiera disculpas por haber modificado el eje de rotación de la Tierra con solo un soplido de su pie izquierdo.</p><p>Ahí radica la primera y más urgente lección que nos regala: la dignidad del perfil bajo no es debilidad, sino la máxima expresión del poder real. Cuando sabes quién sos, no es necesario que vayas a los gritos revoleando el documento.</p><p>A esta altura, me parece necesario un par de renglones a modo de ruego para el lector distraído: no confundan estas líneas con un agravio al mito de Fiorito. Diego sigue siendo único para nuestra generación. Un volcán humano irrepetible. Es para mí el futbolista más grande de todos. No por números, sino porque jugó en esa época donde fuimos felices: nuestra juventud. Y no por resultados, sino por ese gol, y tantos otros, que modificaron para siempre nuestra vida mientras él destruía la suya. Al fin y al cabo, es un espejo de nuestras propias imperfecciones y pasiones. Maradona es como somos, con el barro y el cielo a cuestas; mientras que Messi representa, creo, en su pulcritud silenciosa, todo aquello que jamás podremos ser. Maradona es inmenso. Pero también es nuestro mejor retrato.</p><p>Hay una templanza en la postura de Messi que nos resulta profundamente perturbadora. Nos incomoda porque desmantela nuestro manual de liderazgo. Nosotros, que tantas veces nos postramos ante los caudillos gesticulantes, nos topamos con un líder que conduce sin ego. Un capitán que no necesita humillar al vencido para consolidar su victoria; que abraza al rival derrotado con la piedad genuina del que conoce el peso del fracaso; que no busca el plano corto de la cámara para inflar el pecho, sino que busca la mirada de sus compañeros para compartir el festejo.</p><p>Hay una dimensión casi teológica en los años de calvario que debió atravesar Messi con la camiseta de la Selección. Un proceso de purificación que la sociedad argentina siguió con la crueldad típica de los que exigen en los demás la perfección que ellos son incapaces de ensayar en sus propias vidas. Lo insultamos. Lo acusamos de frío, de extranjero, de no sentir la pertenencia de la tierra, de carecer de ese fuego sagrado que nosotros confundimos groseramente con la histeria o el desborde emocional. Le pedimos que fuera otro. Le exigimos que imite a los fantasmas del pasado, que repita los ademanes del mito fundacional, porque no sabíamos qué hacer con un héroe que procesaba el dolor hacia adentro y que no devolvía el golpe con un exabrupto.</p><p>Cualquier otro, desgastado por la ingratitud crónica de un pueblo soberbio, hubiera dado un portazo definitivo, refugiándose en el olimpo dorado de los palacios europeos. Él lo hizo una noche, es cierto, con la voz quebrada y la mirada perdida en los pasillos de un estadio norteamericano. "Se terminó para mí", dijo, y en ese susurro se concentró la tristeza de una nación que acababa de romper su juguete más precioso. Pero allí comenzó el verdadero sendero, la hoja de ruta que todavía nos cuesta transcribir en el día a día. Ahí comenzó la incomprensible persistencia del regreso. Porque volver también es renacer.</p><p>Messi es casi una pedagogía del afecto que choca de frente contra nuestra propensión histórica a la fragmentación y el canibalismo. Mientras nosotros nos dividimos en facciones irreconciliables por un partido de fútbol, por una línea de pensamiento o por la simple dirección del viento, este enano junta las mitades rotas de un país, uniendo los bordes filosos de nuestra grieta a fuerza de amagues, talento y noble sensatez.</p><p>Messi volvió no por revancha, no para tapar bocas ni para cobrar facturas pendientes. Volvió simplemente porque su relación con el juego y con su país no estaba medida por el rencor, sino por la lealtad. Nos enseñó, con la parsimonia de un artesano que reconstruye una vasija rota, que el fracaso no es una mancha indeleble ni un destino manifiesto, sino algo indispensable para alcanzar la madurez. En una Argentina que vive obsesionada con el éxito inmediato, con la receta mágica y el atajo providencial que nos saque de la crisis, la trayectoria de Messi es un elogio de la paciencia histórica. Nos dice, con la elocuencia de los hechos, que las cosas grandes no se conquistan con un zarpazo de suerte, sino insistiendo una, dos, tres, cien veces, allí donde los demás ya se dieron por vencidos.</p><p>Resulta fascinante observar cómo este hombre, expuesto a las tentaciones más colosales del capitalismo, mantiene una ecuanimidad que roza lo monacal. En un mundo donde los deportistas de élite son excéntricos coleccionistas de escándalos y portavoces de una opulencia obscena, Messi sigue eligiendo, aunque podría no hacerlo, las vacaciones con los amigos de la infancia, las tardes de mates con su mujer de siempre, el asado familiar y la timidez del vecino de Rosario que baja a comprar facturas a la vuelta de la esquina. No hay impostura en su sencillez. Hay una decisión ética.</p><p>Esta es la veta que nos resulta más ajena y, por ende, la más revolucionaria. El argentino suele creer que el estatus otorga impunidad. El que llega a un podio siente el derecho inmediato de estacionar en doble fila, de mirar desde arriba al que limpia la vereda y de considerar que las leyes comunes son para los giles. Messi, el tipo que tiene las llaves de todas las ciudades del mundo, hace la fila, espera su turno y respeta los protocolos con una mansedumbre que debería darnos vergüenza. Su comportamiento es un tratado de civismo elemental, un civismo olvidado que no se declama en los atriles sino que se ejerce en el trato con el utilero, en el saludo al hincha anónimo y en la preservación sagrada de los vínculos primarios.</p><p>Los argentinos vivimos buscando culpables afuera para no hacernos cargo de nuestros descalabros colectivos. Culpamos a la historia, al imperialismo, al vecino, al Gobierno que pasó, al actual y hasta al encargado del edificio por la mugre que nos tapa los desagües. Sin darnos cuenta de que haríamos bien en contemplar detenidamente esa postal del capitán limpiando sus propios botines o pidiendo permiso para ingresar a un lugar. Hay más patria en esa decencia minúscula y cotidiana que en todas las marchas patrióticas y los discursos inflamados con los que solemos tapar nuestra desidia.</p><p>Es válido decir que no se trata de pedirle a las nuevas generaciones que jueguen al fútbol como él; eso sería una utopía estéril y biológicamente imposible. Se trata, creo, de algo mucho más complejo y desafiante: pedirles, pedirnos, que intentemos vivir con la dignidad, el respeto y la sobriedad con la que él habita el planeta. Messi nos propone refundar la argentinidad desde la templanza, el rigor profesional, la bondad sin aditamentos, el esfuerzo y el talento.</p><p>La revolución que nos plantea este enano no es una revolución de barricadas ni de consignas vacías; es la revolución de la cordura. Es la certidumbre de que el verdadero talento es aquel que se pone al servicio de los demás con la humildad de los grandes, desprovisto de la neurosis del aplauso y centrado en la belleza del trabajo bien hecho.</p><p>Cuando el eco de los estadios se apague y las crónicas deportivas pasen a los libros de historia, el verdadero legado de Lionel Messi no se medirá en copas, ni en goles, ni en estadísticas de leyenda. Se medirá en la capacidad que tengamos de recoger el guante que nos dejó en el fondo el arco. El guante de un hombre que nos demostró que se puede caminar por el infierno del éxito sin quemarse las alas. Y que el mejor camino para ser argentinos no es el de la soberbia que nos aísla, sino el de la decencia silenciosa que nos une.</p><p>Ojalá, alguna vez, estemos a la altura de su normalidad. Más allá del resultado de mañana.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/t1NSIZ3i1K16vRqh8EUY5SyLZEQ=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/06/normal.webp" class="type:primaryImage" /></figure>La coherencia como norte. Un tipo querible, de familia, barrio y mundo. Un normal que rompió con todo y logró todo.]]>
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                                                <category term="newsports" label="Newsports" />
                                <updated>2026-06-21T13:09:16+00:00</updated>
                <published>2026-06-21T13:07:57+00:00</published>
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            Falsas denuncias: una solución para terminar con una tragedia social
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                <![CDATA[Pedro Paulin]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/aVx5G36RJp5MfHY6ogMFrEEPlA4=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/06/falsa_denuncia.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Son las ocho de la mañana, las mesas de Tabac se van llenando, Pepin Rodriguez pasó y se fue, Horacio Rodriguez Larreta saludó amable como siempre y siguió viaje. Un juez amigo me pregunta cómo veo el Gobierno, &nbsp;todo normal hasta ahí. Me escribe un amigo, preso, para ver cómo anda todo. Hablamos de algunas cosas y me manda el saludo de los hijos por nota de audio, una rutina diaria que sostiene con ellos y su mujer. Me manda el audio y lo abro sin pensar mientras leo diarios y charlo.</p><p>- Hola pa, acá estamos tomando mate con mamá, se empieza a ir la tarde, esta muy nublado, te quiero mucho mucho mucho pa, faltan pocas horas para verte.&nbsp;</p><p>El audio termina, y no puedo respirar. Me voy al baño a respirar, a buscar aire y lloro, transpiro. No puedo escribir. Lloro sin parar en Tabac mientras hablo con mi amigo, un buen tipo inocente que está preso en un penal bonaerense hace más de dos años, ochoscientas noches preso por algo que no hizo. Los hijos le mandan besos todas las noches, la mujer se duerme rezando para que vuelva a casa. Una familia atravesada por una falsa denuncia que con fe y esperanza creen que Papá va a volver y así va a ser.&nbsp;</p><p>Mi amigo se separó muchos años atrás de una mujer muy complicada con un matrimonio que se fue tornando oscuro y que derivó en divorcio. Se volvió a enamorar, formó una familia nueva con su nueva mujer e hijos y un día le llegó una citación. Sin haber tenido antecedentes, sin haber sido violento, sin haber tenido problemas con la ley nunca en su vida, lo acusaban de las peores cosas. Su ex le inventó una causa que no prosperó, lo sobreseyeron, no una, dos veces. Un día Casación reabrió y casi en un trámite exprés lo metieron preso con pena de 25 años. Un tipo inocente se sometió la autoridad y le dijeron que era inocente, y después lo metieron preso.&nbsp;</p><p>Pero eso no es todo: la jueza fue destituida por mal desempeño después. Hasta el procurador general de la Provincia, Julio Conte Grand, un técnico que no es discutido ni por opositores, emitió un dictamen contundente explicando errores y sombras en la causa. Ahora decide su suerte en la Corte Bonaerense. Por qué no lo liberan, nadie sabe. ¿Qué hace preso un tipo inocente sobreseido dos veces, con dictamen favorable y sin pruebas que lo condenen? Una cámara Gesell con recuerdos implantados que no concuerdan, que son visiblemente implantados, con errores groseros, fueron la materia prima de la denuncia. Veamos qué hacen otros países para entender cómo estamos.</p><p>Si en España alguien inventa que su ex pareja abusó de sus hijos y se comprueba falsa, lo penan con cinco años de cárcel o una multa de 45.000 euros, es decir, en un país donde la media orilla los dos mil euros, ensuciar la imagen de una persona y dañar su honor y lograr cercenar su libertad cuesta 22.5 sueldos, algo que casi nadie podría pagar para evitar los años de cárcel por mentir.&nbsp; Mentir es caro.En términos de Thomas Hobbes, acá el Leviatán no aplicando la violencia legitima que corresponde, por lo que la sociedad entonces en su conjunto vuelve al caos primitivo, es decir, a las falsas denuncias que reglaron el mundo durante siglos. Hoy sin darnos cuenta habitamos ese caos primitivo, cuyo nombre aggiornado es el wokismo.&nbsp;</p><p>En Argentina las cosas son más fáciles. Una mujer no soportó que no la quieran, pensó que su marido era poco para ella o simplemente es una mala persona. O todo junto. Entonces cuando su ex marido rehizo su vida y reencontró el amor (eso que le pasa a los buenos tipos) , decidió en sociedad con su padre, un empresario adinerado, destruir la vida de su ex. Así aparecieron contactos informales con parte de la justicia, una denuncia sucia y sin gollete que cayó en saco roto y un periodo de angustia para este amigo mio. Dos veces la justicia lo sobreseyó, pero el Leviatán no fue por la mujer, es decir, no tuvo una sola consecuencia haber embarrado el honor de un buen tipo. Pero ahí estuvo la Justicia para volver atrás, condenarlo de forma exprés y meter preso un hombre padre de familia, eso que destruyó la falsa denuncia y la agenda woke.</p><p>&nbsp;En EEUU no se jode, menos que menos. Tanto el perjury como el false statment ante la Justicia son muy graves y te pueden llevar a diez años de cárcel o peor, toda la condena del delito que falsamente endilgaste a un inocente. Eso es lo que en Argentina se pide a gritos y lo que este humilde periodista cree que sería la cura para la falsa denuncia. Como autor de esta nota, aclaro por las dudas: cualquier hombre que sea capaz de violentar, pegar, violar, abusar de su mujer o sus hijos, tiene que morir preso. Las cosas claras, acá estamos analizando la mentira, no la violencia. Si un hombre es capaz como el rugbier Patricio Albacete que se vio días atrás pegándole sin asco a su mujer, tiene que ir preso, sin debate, sin opinión, sin vueltas y con el mayor de los castigos.</p><p>Si un padre o madre (eso que hizo la mamá de Lucio Dupuy) abusa de su hijo y lo viola sistemáticamente (como hacía la novia de la mamá de Lucio Dupuy porque una juez mujer le entregó el hijo a las dos sin ingresos estables ni examen socioambiental coherente) la pena es de 20 años o reclusión perpetua. Como autor de esta artículo, quiero que las mujeres u hombres que inventen delitos sexuales vayan presos la misma exacta cantidad de días que si hubieran cometido la violación o el abuso o la violencia. Ese día se terminan en Argentina las falsas denuncias, no tengo una sola duda.&nbsp;</p><p>Ahora volvamos a Argentina: acá la condena por inventar una violación a un menor es una multa equivalente a una empanada pero barata, no las que come Ricardo Darin. Entre 750 y 12 mil pesos cuesta cagarle la vida a una persona inocente. Es decir, llevarte puesto un proyecto de vida, una familia, terminar la vida laboral y el prestigio de una persona inocente se resuelve con dos de humita. Ese es el presente de las penas para quienes ensucian y arruinan vidas por rencor o problemas de salud mental. O simplemente por malas personas. ¿Cómo no vas a ensuciar la vida de tu ex si la multa es menos que un litro de leche?</p><p>Si bien el artículo 245 del Código Penal tipifica el delito de Falsa Denuncia con penas de dos a doce meses de cárcel o multa, es un marco penal que el establishment judicial califica de "inexistente", porque no disuade la acción. Es decir, es más barato arriesgarme a arruinarle la vida a un tipo inocente y que me descubran, a tener que ver cómo mi ex rehace su vida con su nueva mujer e hijos en paz.&nbsp;</p>El debate legislativo: Losada y Lemoine buscan endurecer penas y exhibir el desastre vigente<p>En el Congreso hay movimientos claves. La comisión de Justicia y Asuntos Penales del Senado le dio dictamen favorable a una iniciativa impulsada por la senadora Carolina Losada para elevar las penas de 3 a 6 años de prisión cuando la simulación involucre supuestos contextos de violencia de género o abuso sexual contra menores. En sintonía, Lilia Lemoine y Patricia Vásquez hicieron lo propio en Diputados, que empujan el mínimo del delito general a tres años y establecen topes de hasta 10 años para falsas acusaciones que involucren a menores de edad.</p><p>Sin embargo, desde una perspectiva de estricta justicia retributiva y técnica jurídica, estas reformas siguen sin generar disuasión, es decir, no cambian el escenario. La verdadera reforma estructural exige aplicar el principio de simetría penal: los que simulan la comisión de un delito con el objetivo de destruir a un tercero tienen que afrontar de manera exacta la escala penal para el crimen inventado.&nbsp;</p><p>&nbsp;La persona que hace una denuncia penal sabiendo de su falsedad, busca de forma voluntaria e inequívoca que el Estado aplique sobre un inocente una condena específica; por ende, el dolo criminal y la lesividad de su conducta deben ser medidos con la misma vara con la que pretendía condenar a su víctima. No podes por rencor, porque no te quieren, o porque lisa y llanamente estás roto o rota, dar por terminada la vida de una persona, que es lo que pasa cuando alguien pasa 25 años preso por algo que no hizo.</p>Una reflexión final: no quieren a sus hijos<p>Las mujeres que inventan delitos sexuales, violencia, lo que sea contra su ex pareja para arruinarles la vida, no pueden querer a sus hijos. Es imposible amar a un hijo sabiendo que si se inventa una denuncia de abuso, un chico tendrá que pasar por peritajes, cámaras Gesell, estrés pos traumático insoslayable por el contexto al que va a pasar. Todo el periodo de proceso con la angustia, el desgaste del padre por recuperarlos, la pérdida de la figura paterna en detrimento de un nuevo guión falaz cargado de rencor y de la aborrecible ideología de género que tanto daño le hace al mundo. Esas mujeres, no quieren a sus hijos. Pueden decir que los aman, pueden llamarlos con voz tierna y decirles los piropos más queribles, pero no los quieren. Nadie que ame a su hijo como corresponde permitiría que su padre o madre desaparezcan de su vida por rencor personal. Es un crimen, es un delito, es una forma de asesinato de una persona.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/aVx5G36RJp5MfHY6ogMFrEEPlA4=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/06/falsa_denuncia.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>Penas inferiores a una empanada. Una juez corrupta destituida y un hombre que quiere volver a casa.]]>
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                                <updated>2026-06-09T16:30:09+00:00</updated>
                <published>2026-06-09T14:24:15+00:00</published>
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            Querido Javier: YOL$ALP (Ya Odian Lo $uficiente A Los Periodistas)
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                <![CDATA[Pedro Paulin]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/YtoyVVtzL_E7rJ7bxfD-jJ_mlW8=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/04/franco_1.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Javier, querido Presidente que tanto desprecia el periodismo, en este Día del Periodista ofrezco mi medio para que diga lo que quiera. Es interesante pensar juntos un par de temas que pudieran ser útiles para mejorar la relación entre nosotros, es decir, los malos, y ustedes, es decir, los políticos o que ejercen cargos políticos de envergadura.&nbsp;</p><p>Primero: sí, el periodismo está corrompido como nunca antes. Empecemos por lo más importante, tienen razón los políticos cuando dicen que los periodistas agarran sobres, hacen operaciones de prensa, inflan temas, bajan candidatos, extorsionan a través de editoriales. Me consta. Hasta ahí estamos de acuerdo. Ahora bien, ¿quién financia la corrupción periodística? Cómo llegó el periodismo a tener empresas gigantescas capaces de voltear un Gobierno. Quién inyecto miles de millones en comprar la prensa durante las campañas y crisis que nuestro país atraviesa hace décadas. &nbsp;(Recomiendo “El tobogán de la decadencia”, hoy en Newstad.com.ar )</p><p>Cristina Kirchner, con esa facilidad para recordar que no tuvo ni tendrá pertenencia ni organicidad ni para con su familia, aclaró apenas muerto Kirchner que la relación con Clarín siempre fue responsabilidad de Néstor. Con el talento de la ex Presidenta de entregar hasta su marido con tal de que nadie la mire, aclaró que si Clarín creció, fue culpa de Néstor, no de ella. Sabrá Cristina que Néstor era Clarinista, y no viceversa. El instruía a un tal Alberto Fernández para que coma con Van deer Kooy en Iñaqui y sostener buena relación. Por eso se fue Alberto también. Siempre soltando manos por las dudas, pero sin despegar los dedos, sino no estaría donde está.</p><p>Por otro lado, volvamos al debate: sí, somos una escoria corrompida, de a acuerdo. Ahora bien, ¿somos menos o más corruptos que un director de área de Transporte que existe porque un acuerdo político con un sector del Peronismo le da sobrevida? Cuán menos corrupto es un Diputado que no presenta un proyecto de ley por año y que le cuesta al Estado, es decir, a los periodistas también, cientos de millones por mandato.&nbsp;</p><p>Los sindicalistas, eso que este Gobierno ni la Justicia investiga, manejan autos blindados de 300 mil dólares. Crean empresas prestadoras de servicios de los propios gremios y nadie dice nada. Chiqui Tapia es la máxima expresión de la corrupción y Pablo Toviggino acompaña. Quién cree que si la familia Mahiques festeja los cumpleaños con Toviggino y ahora es ministro de Justicia no hay una evidente situación debatible desde lo ético, mínimamente. Son parte del problema.</p><p>¿Y Arsat? Alguien se imagina si durante la gestión de Mauricio Macri encontraban cocaína, balanzas, 2.500.000 dólares y no pasaba nada? El Gobierno no opinó, no emitió una sílaba sobre algo que es un delito. Un delito grave, que involucra a Santiago Caputo y su entorno, pero que nadie quiere ver. Quién dirá algo sobre Facundo Leal y un sistema viejo, conocido y esencialmente coordinado por la política. Guillermo Dietrich administró a lo largo de su vida más de cien mil millones de dólares de los argentinos en distintos presupuestos. No tiene una denuncia. ¿Qué cambió?</p><p>Santiago Caputo se llevó puesto con una operación de prensa a Demian Reidel, el único que entendia de la materia en su cargo. Le mezclaron casi ochenta tarjetas de crédito para echarlo al tipo que entendía, resolvía y venía a ordenar su parte del Estado. Ahora hay un militante que tres más tres le da persiana, pero no importa.</p><p>El hijo de Mauro Viale acepta cambiar preguntas entrevista y lima al gobierno sistemáticamente desde TN, ahí donde también estaba Manu Jove, otro colega de excelente relación con Santiago Caputo y que también descalifica sistemáticamente a tu hermana Karina, una mujer que viene dando clase de política aunque la subestimen. &nbsp;El hijo de Mauro… es Viale, la sangre tira. Mauro Viale fue un sistemático operador de todos los espacios políticos a la vez, con esa facilidad de sostener armonía con todos los sectores y financiarse con todos a la vez. Multimillonario con productores en negro que renunciaban porque no cobraban.</p><p>Pensemos en la Justicia. Tengo un amigo preso, una ex despechada, eso que Churchill prefería no enfrentar, compró una jueza recientemente destituida para meterlo preso inventando abuso de su propia hija. Mi amigo está en un penal bonaerense hace más de dos años y depende del Juez Sergio Torres su liberación. Esa jueza le arruinó la vida a mi amigo por plata. ¿Es ella menos corrupta que el periodismo? Esta generación de mujeres que son capaces de quemar una ensalada y no tienen talento para criar chicos, son las que después inventan denuncias.&nbsp;</p><p>Tengo un amigo con perimetral, otro un mes sin ver al hijo, otro preso, dos con denuncias de violencia de género. En estos cuatro casos, me consta que son falsas y que las madres son un peligro para los hijos. ¿Nadie investiga nada?</p><p>Cuando el periodismo da primicias judiciales: quién le pasa los archivos al periodismo. Cómo se hace de los videos inéditos de allanamientos, los anticipos, etc.. Son jueces y fiscales que, entre causa y causa, entregan temas delicados a la prensa. ¿Lo hacen por algo en especial? Lo harán gratis, quiero pensar.&nbsp;</p><p>La Causa Cuadernos mostró que la corrupción era política y del sector privado. Alguna vez se podrá ahondar en el vínculo entre los medios y el círculo rojo. Ahí donde cada partido tiene sus máculas. Todos eh, esto no es cuestión azul, violeta o amarilla. El PRO de hecho probablemente sea el espacio que más periodistas logró cooptar. Muchos de los que hoy se ríen del PRO, no hubieran conocido Las Gaviotas si no era por la pauta de Horacio Rodriguez Larreta. Ahora hablan de Paris como si fuera Miramar.</p><p>El Periodismo es hoy poco riguroso y menos culto. No tengo dudas que yo como director de este diario soy inferior a Mariano Moreno, al inolvidable Natalio Botana y al mismísmo Mitre, que si hoy viera los que le dan rating a su canal y cómo funciona, preferiría seguir en su tumba para siempre.&nbsp;</p><p>Ahora bien, los médicos de hoy, ¿son mejores o peores que los de antes? Propofest, coimas de laboratorios para recetar medicamentos, retornos por operaciones evitables y prótesis. reutilizadas con recursos del Estado. Militancia en los hospitales, un Garraham que se desangró producto de la corrupción de los médicos, militantes, políticos y delegados gremiales. Ese mal necesario que arrastra la Argentina.</p><p>Insisto, somos corruptos. Ahora bien, si una cerealera se lleva la soja de noche a Paraguay para exportarla sin impuestos, ¿es menos corrupta que un periodista que hace una nota patrocinada para cambiar el auto? El periodista busca sobrevivir en una sociedad rota, donde la ruptura del contrato social generó un sistema darwiniano donde también habita la política, eso que todos desprecian pero de donde nadie se va. Algo bueno debe tener.&nbsp;</p><p>Tiempo atrás Martin Menem me contaba que cada vez que hablaban de cerrar los FISU, los fondos de promoción, los diputados de Entre Ríos saltaban de la silla para que no se toque una coma de esos fondos. Ahí, donde se produce Nuez Pecan con subsidios estatales, pero sin que se note porque es toda gente adorable.</p><p>El otro día hablaba con Ricardo Roa en Plaza Mitre, un periodista de fuste, ácido, inteligente, pícaro que encuentra en el final de su carrera un despliegue de niveles difíciles de empardar. Nunca vimos tanto clima de violencia contra el periodismo. Yo creo que era necesario, nos bancamos los ataques porque hicimos muchas cosas mal. Nos amenazaban de muerte en 2008 durante el kirchnerismo, así que tampoco es original desear tragedias por X, como hacen los guapos eunucos de las brigadas de Santiago Caputo, apenas un monotributista de una empresa sin actividad que asiste a viajes oficiales y reuniones de Gabinete sin un cargo.&nbsp;</p><p>Santiago Caputo representa la impunidad de la política. Sin cargo echa ministros, sin cargo decide la suerte de periodistas. Un amigo del área de Educación fue amenazado directamente después de dejar el área por posible filtración de información. Caputo, creame señor Presidente, es tal vez más peligroso que lo peor del &nbsp;periodismo.&nbsp;</p><p>Dicho esto, si los médicos, los delegados, los políticos, los periodistas, los arquitectos a la hora de comprar materiales dirigidos al mismo proveedor, las embajadas, los gremialistas. ¿No será que la sociedad está rota y tenemos que rearmarla entre todos? Necesitamos bajar cinco cambios, nosotros, vos, ustedes, todos. A disposición para colaborar en lo que necesite.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/YtoyVVtzL_E7rJ7bxfD-jJ_mlW8=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/04/franco_1.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>La mirada del director de Newstad en el Día del Periodista. Una sociedad rota que necesita consensos.]]>
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                                                <category term="diadelperiodista" label="#DíaDelPeriodista" />
                                <updated>2026-06-07T13:00:10+00:00</updated>
                <published>2026-06-07T11:57:16+00:00</published>
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            Tandil: El tobogán de la decadencia
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                <![CDATA[Jorge Luis Paulin]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/l32ZlJGBTuRUcrrJHBZLCEPXbVk=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/06/valores.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Una muestra más de la decadencia educativa argentina. Corría marzo de 1957 y después de una adaptación de unos treinta minutos, mi padre me confirmó que se iniciaba mi periodo escolar. En ese año el Colegio San José de Tandil, a cargo de Hermanos de la Sagrada Familia, se aprestaba a celebrar sus 50 años de existencia valorada por toda la comarca.</p><p>Claramente no fue fácil ni simple para mí llevar a cabo la tarea diaria pero con el paso del tiempo pude ver que de manera subliminal nos fueron aportando elementos básicos para nuestra vida. Todos los días una máxima que el cura ponía en el frente guiaba nuestro quehacer: “Haz bien sin mirar a quien” y miles más. Trabajar en equipo a diario. El deporte como integración imprescindible para toda la vida. Y el respeto. El respeto al otro y más a padres y autoridades como consecuencia de una manera de vivir con valores.</p>Cambio de época. Tandil, de los valores a la violencia en las escuelas.<p>Todo eso siempre aparece sin buscarlo y está incorporado a la manera de vivir de aquellos que recibimos ese mensaje. Es por todo eso que la noticia de la agresión física a un profesor&nbsp; por parte de un alumno de sexto año me conmocionó.</p><p>Creo que algo se ha quebrado severamente en la educación de los jóvenes desde hace mucho tiempo y sin dudas expresa un evidente déficit en la transmisión de valores más allá de los endebles contenidos que muestran las evaluaciones.</p><p>Siempre reconozco que la responsabilidad de nuestra generación fue dejar espacios vacíos que fueron ocupados por otros valores que no han apuntado a engrandecer nuestra patria.&nbsp;</p><p>El explícito deterioro educativo ya está instalado y es competencia de autoridades, padres y aquellos como yo que a los 75 años somos la memoria activa de una Argentina que educó y actualmente se desvela en el conflicto de rectificar el camino extraviado o seguir en el tobogán interminable de la decadencia.</p><p>Sin buscar a los responsables ni aventar viejos conflictos, nos compete a todos con inteligencia y creatividad refundar una nueva forma de educación con visión clara de valores comunes para iniciar una nueva aventura educativa para los que vivirán la próxima Argentina.</p>Valores. Un colegio con tradición y legado que hoy enfrenta un desafío dentro de una sociedad violenta.]]>
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                                                <summary type="html">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/l32ZlJGBTuRUcrrJHBZLCEPXbVk=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/06/valores.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>Violencia en una escuela. Los valores de San José en los sesenta y el legado de una generación.]]>
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                                                <category term="opinion" label="Opinión" />
                                <updated>2026-06-07T11:20:05+00:00</updated>
                <published>2026-06-07T11:04:48+00:00</published>
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        <title>
            Vecinos
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                <![CDATA[Raúl Vázquez]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/001j9TuuRhv1ppoDXRexGpPsM-E=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/05/vecinos.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>El fin de semana suele ser un momento en el que el tiempo juega a nuestro favor. Caminás con la falta de atención justa como para no sucumbir debajo de un colectivo, mirás a media altura, sin el pensamiento enfocado en lo que sigue o en lo que te espera en la oficina. En el medio de ese tiempo donde no sabés si disfrutás a medias o si esperás la tortura del lunes, me crucé en el ascensor con un hombre cuyo semblante era, por definirlo rápidamente, oscuro como de martes lluvioso. Mirada al piso, silencio incómodo, oídos sordos al saludo del sábado y tres pisos hacia abajo que duraron una eternidad. Se bajó, salió presuroso hacia la puerta de calle, abrió y se fue. Lo mandé a cagar internamente y ahí me di cuenta de que era uno de mis vecinos que vive algunos pisos más arriba.</p><p>Las tormentas diarias que nos aquejan funcionan como excusa para olvidar el saludo o la sonrisa. Lo entiendo. Como también entiendo que cada uno tiene sus luchas personales y que, encima, el país no ayuda demasiado para sonreírle al gordo que vive metros más abajo. Es verdad.</p><p>Tomé Larrea hacia el este y seguí caminando. A los dos o tres pasos, pensé en eso que más de una vez aseveramos y que no siempre comprobamos. La ciudad de hoy te aísla. Somos millones de soledades peleando por lo nuestro. La distancia que nos separa del prójimo es cada vez más amplia. Aunque nos choquemos en el palier y nos saludemos con una sonrisa impostada.</p><p>Pase el tiempo que pase, hay cosas que no cambian. O, mejor dicho, hay cosas que tienen una memoria tan fuerte que se resisten al olvido. Los años 80, con su mezcla de aire de cambio y esa pátina de lo que ya no estaba, tuvieron en los barrios una expresión única, un micromundo donde la vida se desplegaba como un gran escenario a cielo abierto. Y los protagonistas, claro, eran los vecinos.</p><p>Eran tiempos donde el portero del edificio, que eran menos que los de hoy, más que un empleado, era el guardián de todas las historias. El que sabía quién venía, quién se iba, a quién le habían roto el corazón o quién había llegado con un auto nuevo. Doña Rosa, la de Planta Baja y no la de Neustadt, con sus persianas siempre entreabiertas, era la cronista de la cuadra. Su vida entera transcurría detrás de ese vidrio, observando y comentando con una precisión digna de un periodista de investigación.</p><p>En Villa Luro, barrio de casas bajas, los edificios eran potestad de las avenidas. Sobre la calle Camarones, los umbrales y las casas con fondo eran el escenario más común. Eran como mundos amurallados por ligustrinas y medianeras de ladrillo a la vista. La casa con fondo de los años 80 no era solo una tipología edilicia; era la declaración de principios de la clase media que supo ser el motor de la Argentina, y era también el escenario de una vida que hoy parece extinguida. Una higuera de hojas ásperas, un limonero que abastecía a todo el barrio, una parra moscatel de sombras amables y un níspero pegajoso completaban el escenario.</p><p>El almacén de la esquina, de paredes pintadas de un ocre viejo y con olor a pan recién horneado, era el centro de operaciones. Allí se intercambiaban recetas, se comentaban las noticias del informativo del mediodía y hasta se armaban los planes del fin de semana. El almacenero, con delantal blanco y un lápiz detrás de la oreja que se usaba solo cuando pedíamos que lo anotara para mamá, era el gran confidente, el que escuchaba los secretos de todos y los guardaba celosamente.</p><p>En los 80, la vecindad era una red de afectos y conflictos, una familia extendida donde todos se conocían, se ayudaban y, a veces, se peleaban con el mismo fervor. No importaba si eras de derecha o de izquierda, si te gustaba el tango o el rock. Lo que importaba era la cercanía, la seguridad de saber que si te pasaba algo, siempre habría una mano amiga o una silla en la vereda para charlar. Los vecinos eran un universo en sí mismo, un reflejo de la vida, con sus luces y sus sombras, pero siempre, siempre, con las puertas abiertas.</p><p>Siento una nostalgia particular por aquellos años. No solo por la música, la ropa, los amores de la primaria o los autos, sino por una forma de vida que se fue desdibujando. En esos días, el barrio era una extensión de la casa, y los vecinos no eran solo los que vivían al lado, sino que eran verdaderos protagonistas de nuestra vida cotidiana. El concepto de red social no existía, pero su esencia estaba ahí, en la señora que te prestaba una taza de azúcar, en el vecino que te arreglaba la canilla que gotea y en la vecina que nos miraba mientras mamá hacía las compras.</p><p>Con pocos más de diez años, los chicos éramos una parte fundamental de esa trama. Las calles eran nuestro estadio, nuestro campo de batalla futbolero y también nuestro escenario para jugar a la Mancha, al Poliladron, al Quemado o al Elástico. Las madres nos llamaban a los gritos desde la puerta de calle, y la respuesta era una señal de que la jornada de juego había terminado. Los vecinos actuaban como una especie de tíos o abuelos sustitutos. Te retaban si te subías a una medianera, pero al mismo tiempo te daban agua de la canilla del pasillo cuando te morías de calor. Era una crianza comunitaria, donde todos se sentían responsables de nuestro crecimiento. El barrio era un escenario vivo, un lugar donde los lazos sociales se tejían de forma natural y espontánea. No había necesidad de agendas o citas. Simplemente se salía y la vida sucedía.</p><p>La vereda ya no es lo que era. Y aunque esto se parezca al lamento de un viejo tanguero, es más bien la constatación de una grieta invisible que el tiempo fue cavando entre el empedrado y el alma de los barrios. Porque si uno se detiene hoy en cualquier esquina de Buenos Aires a ver discurrir el hormiguero humano, cuesta creer que seamos los mismos que habitamos aquella intemperie feliz de los ochenta.</p><p>Estas líneas no suponen una invitación a mirar el ayer con nostalgias baratas, sino con los ojos del que sabe que perdimos algo valioso en el trueque con el progreso. Porque no me vas a negar que hoy la vereda es como un desierto apurado. Caminamos con la mirada clavada en una pantalla de cinco pulgadas, esquivando baldosas flojas y miradas ajenas. Los frentes de las casas, antes abiertos al saludo y la sonrisa, con Pugliese o Julio Iglesias brotando de sus combinados, hoy se esconden detrás de rejas y cámaras de seguridad que desconfían del que pasa. Hoy las persianas bajas blindan secretos que a nadie le importan, y el silencio de las tardecitas se llena con el zumbido de los motores y el apuro por llegar a ninguna parte. Nos ganamos la comodidad de la cerradura electrónica, es cierto. Pero entregamos la llave de la confianza.</p><p>En estas líneas descubro, una vez más, que la memoria es el rastro del sol sobre las baldosas calientes del patio del abuelo; y el olvido, la sombra silenciosa que avanza cuando la tarde se apaga. Quizás el error sea buscar el barrio en el mapa y no en nuestra memoria.</p><p>Miro la vereda vacía mientras suenan las teclas. Está iluminada por el neón frío de una pantalla pública, y no puedo evitar la nostalgia de aquel territorio de puertas abiertas, donde el destino era un asunto colectivo y la felicidad se medía en sonrisas bajo la sombra de un árbol que servía de arco en la placita Don Bosco. Nos queda, al menos, el desafío romántico de volver a mirarnos a los ojos cuando nos crucemos en el palier. Aunque creo que, por cómo inició esta nota, debería mudarme. Al fin y al cabo, el barrio no eran las casas, las esquinas ni las lejanas vidrieras de la avenida. El barrio éramos nosotros.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/001j9TuuRhv1ppoDXRexGpPsM-E=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/05/vecinos.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>La pluma de Raúl Vázquez en su homenaje a esa familia que e gesta al compás de las tardes y los años en familia.]]>
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                                                <category term="opinion" label="Opinión" />
                                <updated>2026-05-17T16:34:36+00:00</updated>
                <published>2026-05-17T16:33:05+00:00</published>
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        <title>
            Figuritas
        </title>
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        <author>
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                <![CDATA[Raúl Vázquez]]>
            </name>
        </author>
        
                                <content type="html" xml:base="https://www.newstad.com.ar/figuritas">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/yv56ILPFlyoU1knX_clHEMHCkk4=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/05/figuritas.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Desde hace unos pocos días somos testigos del renacimiento del furor por las figuritas del mundial. Como ocurre cada cuatro años, seremos testigos de cómo el comercio y la pasión estarán unidos por el deseo de tener pegadas en el álbum la imagen del lateral derecho de Uzbekistán o del arquero suplente de Cabo Verde. Una vez más, el fútbol (que, como todos sabemos, de las cosas menos importantes es la que más nos importa) será la excusa para llenar nuestros bolsillos de rectángulos con fotos y nombres desconocidos para que nuestros hijos, sobrinos y (¿por qué no?) nosotros, lleguemos a completar los 48 equipos que jugarán desde junio el Mundial 2026.</p><p>Quienes hemos pasado los 50, tenemos el gran privilegio de haber visto a la Argentina campeón del mundo tres veces y, en consecuencia, tenemos los mejores recuerdos de las tres estrellas. Eso, además de convertirnos indefectiblemente en viejos, nos hace también personas con la experiencia suficiente como para recordar y entender lo que significaba abrir un paquete de figuritas y sonreír silenciosamente cuando veías emerger del sobrecito la inigualable figura de Mario Kempes o Daniel Bertoni.</p><p>Recuerdo mi pequeñez y el sol de la tarde pegando de costado en las veredas de Villa Luro, recortando sombras largas sobre esas baldosas arenosas estilo vainilla. No era un sol cualquiera; era el reflejo de un escenario donde se dirimía el prestigio, la fortuna y el honor de la infancia. En el bolsillo del pantalón corto, o inclusive en la mano, el pilón de "repes" atado con una bandita elástica funcionaba como el pasaporte a un mundo de transacciones febriles. El Merval, la Bolsa de New York o los mercados de Tokio eran nada al lado del comercio que se generaba en recreos, esquinas y quioscos.</p><p>Hoy, cuando veo esos sobres metalizados, brillantes como fuselajes de naves espaciales, no puedo evitar sentir que algo se rompió en el camino. No es solo el paso del tiempo, que actúa como un viejo cartero que siempre golpea dos veces. Es la textura de la emoción que cambió y que nos trajo hasta aquí.</p><p>Abrir un paquete de figuritas en los años 80 era vivir la liturgia del sobre y el aroma del misterio. Era un ejercicio de misticismo laico. El sobre era de un papel humilde, algo rugoso, que se resistía un poco al tirón de los dedos. Al rasgar el borde, lo primero que nos asaltaba era un aroma particular, una mezcla de tinta fresca y ese pegamento seco que hoy parece haber desaparecido de la faz de la tierra. Allí nacía un microsegundo de suspenso absoluto. Entre las manos sucias de vereda y casa chorizo, podía aparecer el rostro heroico de un arquero con buzo de lana o, con suerte, la difícil, esa figurita que por alguna alquimia del destino y de la imprenta, se negaba a aparecer en los quioscos del barrio pero que, según juraban en la escuela, un primo de un amigo de un vecino había conseguido en una excursión lejana a Mataderos, Liniers o Ciudadela.</p><p>Hoy, la tecnología ha domesticado la sorpresa. Los álbumes modernos son maravillas del diseño gráfico, con efectos holográficos, realidades aumentadas y códigos QR. Pero, paradójicamente, esa perfección les quita el alma. El niño de hoy abre el sobre con la velocidad del que consume un contenido de TikTok: rápido, eficiente, descartable. La expectativa se ha vuelto industrial. Ya no hay lugar para la leyenda urbana de la figurita imposible porque el mercado, en su afán de permitir que todos intentemos llenar el álbum sin tropiezos evidentes, ha eliminado el misterio para darle lugar a la efímera alegría que supone una página completa y que pasa al recuerdo en un instante, justo cuando el desafío de la siguiente página incompleta se hace protagonista.</p><p>Juntar fichus era para nosotros en los 80 solo la mitad del asunto. La verdadera épica se escribía cuerpo a tierra. Porque la verdadera razón por la que todos nos desvivíamos por tener figuritas era el juego. No el que aparece en los celulares, promocionado como casinos digitales y que puede enfermar a nuestros hijos para siempre. No. No era ese. Jugar a las figuritas, como todos sabemos, era una disciplina deportiva que requería técnica, psicología y una resistencia física envidiable para nuestras rodillas hoy maltrechas.</p><p>Los más destacados, dignos de formar parte de los Juegos Olímpicos, eran tres. La Tapadita o El Chupi, que sucedía al instante de un golpe seco con la palma de la mano, buscando el vacío, el efecto succión que diera vuelta el cartón ajeno. El Punto, un juego pensado para los más rústicos, donde la puntería y la distancia lo eran todo. Y El Espejito, último de la trilogía perfecta, que era una verdadera danza de reflejos y astucia que por lo general se jugaba cuando las repes eran muchas y el peligro de quedarse pelado (que era quedarse sin figuritas, y no sufrir de calvicie) era lejano.</p><p>Enfrentarse al enemigo circunstancial del grado era poner en juego el patrimonio. Perder una figurita brillante del escudo de nuestro club amado dolía más que una mala nota en matemáticas. Y salir derrotado de ese encuentro representaba una pérdida de prestigio sólo comparable con aquellos que esgrimían figuritas limpias y relucientes, que dejaban entrever que eran hijas más del dinero de los tíos del centro que de las batallas en el campo del honor. Porque las figuritas con las que jugabas se gastaban, se les redondeaban las puntas de tanto trajín, se curtían en la batalla del piso áspero del colegio. Y esa pátina de uso era la marca de un verdadero veterano de guerra.</p><p>Hoy, el juego parece haber migrado a la pantalla. Los chicos intercambian cromos digitales en aplicaciones o juegan partidas en consolas donde los jugadores son polígonos perfectos. El tacto ha sido reemplazado por el clic. Se gana y se pierde en un vacío aséptico, sin el olor a tierra, sin la fricción del cartón contra la piel, sin la mirada fija en los ojos del rival para adivinar su próximo movimiento. La milagrosa llegada las figuritas del Mundial vino, en parte, a destruir pacíficamente un mundo de algoritmos donde, a fuerza de desengaños digitales, perdimos la inocencia que nos daba la frenética búsqueda del volante tapón de Chaco For Ever. Dios quiera que nuestros hijos o nietos jueguen y vivan este álbum 2026 con el entusiasmo que lo vivimos nosotros. Y que reconozcan para siempre aquellas reglas no escritas, verdaderos códigos de honor que se transmitían de generación en generación en los patios del colegio o en el umbral de nuestras casas.</p><p>Acumular para completar el álbum era el equivalente infantil a terminar una carrera universitaria. Y pegar cada figurita, además de experimentar como nunca la sensación del deber cumplido, era un acto de precisión quirúrgica en la que jamás nos hubiéramos imaginado que en estos tiempos podría resolverse con figuritas autoadhesivas. Usábamos plasticola o, en los casos más rústicos, un rollito desprolijo de cinta Scotch. El álbum iba engordando, cobrando vida propia, convirtiéndose en un objeto de consulta permanente.</p><p>&nbsp;</p><p>En aquellos días, la industria de las figuritas también contemplaba asociaciones. Juntar con alguien y ser socios en el llenado de las páginas, era la respuesta del mercado a la falta de recursos. Por lo general, algunos compraban un álbum sabiendo de antemano que no iban a contar con suficientes figuritas. Ahí nacía la idea de compartir los gastos, generar ganancias en tándem y ahorrar dinero. Se unían y trabajaban por el objetivo. El problema era resolver quién se quedaba con todo una vez que se llenaba el ejemplar. ¿Se sorteaba? ¿Se lo llevaba uno cada semana? ¿Se lo quedaba el que más aportó a la causa? ¿Lo definían a los golpes? Nunca lo supe. Lo cierto es que tal vez en esas rencillas de primaria estábamos descubriendo sin querer las injusticias del mercado y hasta la convivencia de clases.</p><p>Pero volvamos a las figuritas, la verdadera esencia de nuestra vida de primaria, previa a los amores esquivos que llegarían después. Mirar las caras impresas en el cartón de los jugadores en los 80 era asomarse a la estética de la resistencia: bigotes espesos, melenas al viento sin el rigor del gel, camisetas de piqué empapadas de sudor y botines invariablemente negros. Eran hombres que parecían más grandes de lo que eran, estrellas de un fútbol que todavía olía a barrio y a domingo de radio. Ídolos cercanos que se parecían a lo que soñabamos ser.</p><p>Hoy, el álbum es un producto de marketing global. Los futbolistas pegados en sus hojas delgadas son modelos de pasarela con cortes de pelo milimétricos, barbas dibujadas y tatuajes que parecen diseñados por computadora. Ya no hay espacio para el error, para la figurita descentrada o el color desfasado por errores de imprenta. La nostalgia nos dice, sin dudas, que preferimos aquella imperfección humana sobre este impecable presente digital.</p><p>¿Por qué nos sigue doliendo el recuerdo de aquel sobrecito de figuritas? Quizás porque en ese trozo de cartón estaba contenida toda nuestra capacidad de asombro. Éramos dueños de un imperio que cabía en una caja de zapatos. No necesitábamos algoritmos para ser felices; nos bastaba con un "late-nola" gritado con los nervios que nos da la incertidumbre. El coleccionista de hoy, muchas veces un adulto que intenta recuperar el tiempo perdido comprando cajas cerradas por internet, busca en el brillo del cromo un reflejo de su propia infancia. Pero la magia no se puede comprar al por mayor. La magia de nuestros días residía en la escasez, en el deseo postergado, en la caminata hasta el quiosco rogando que hayan llegado los paquetes y que no me toque otra vez el Conejo Tarantini.</p><p>Hoy, cuando el mundo nos exige ser productivos, eficientes, prolijos y estar siempre conectados, el recuerdo de las figuritas aparece como un refugio. Nos lleva a ese momento en el que lo más importante en la vida era conseguir la cara del puntero derecho de Platense. Y aunque el álbum de nuestra vida ya pasó por varias hojas la mitad, nos queda al menos la nostalgia teñida de ese aroma a tinta y cartón que todavía flota en algún rincón de la memoria.</p><p>Por más que el juego haya cambiado, aquel niño que fuimos todavía sigue ahí, esperando que el próximo sobre contenga, por fin, la figurita más difícil de todas. Esa que, a fuerza de deseo, se resume simplemente en la imagen de nuestros viejos abrazándonos para siempre.</p>]]>
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                                <updated>2026-05-03T15:26:03+00:00</updated>
                <published>2026-05-03T15:22:52+00:00</published>
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