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    <title>Newstad</title>
    <subtitle>Últimas noticias de Argentina</subtitle>
    <updated>2026-08-31T18:03:48+00:00</updated>
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            D10S
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                <![CDATA[Raúl Vázquez]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/2xWN9IMD32Pyd9eODgu76dMwcEg=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/08/d10s.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Las despedidas suelen ser desconcertantes. En principio, no llegamos a comprender si tenemos que ponernos tristes porque algo se termina o si debemos ser agradecidos por lo que hemos vivido. Hay una zona gris, una suerte de niebla espesa que se instala en el pecho justo en el momento exacto en que la aguja del reloj marca el fin de una era. Hoy es 31 de agosto de 2026. Y esta fecha, sin dudas, quedará fijada en el calendario con la precisión quirúrgica e imperdonable del tiempo que no retrocede. Lionel Messi se saca para siempre la camiseta argentina, y la escena nos encuentra desarmados, delante de la pantalla, con esa mirada perdida que solo reservamos para las cosas verdaderamente sagradas.</p><p>Durante dos décadas, Messi fue una constante en nuestras vidas. Estuvo ahí cuando éramos más jóvenes, cuando las arrugas en el rostro comenzaban a ser más profundas y cuando teníamos menos ausencias alrededor. Pasó el tiempo, cambiamos de casa, se nos fueron seres queridos, envejecimos, crecieron nuestros hijos y sin embargo, cada tanto, en una pantalla cualquiera o en el cemento helado del Monumental, el número 10 flameaba en la espalda del mismo muchacho de Rosario, heredero único de la magia de Maradona, Bochini, Alonso y tantos otros que nos hicieron sonreír y amar a la pelota.</p><p>Messi era nuestro ancla, la certeza absurda de que, pasara lo que pasara en este país impredecible y pendulante, la magia de ser argentinos nos daba la posibilidad de ver a un genio frotar la lámpara para regalarnos noventa minutos de pura fantasía. Hoy esa certeza se rompe. Y en este silencio espeso que deja su partida, la nostalgia no viene sola, sino que llega acompañada de un espejo implacable que nos devuelve nuestra propia imagen. La imagen de lo que fuimos con él. Nos cuesta admitirlo, porque el argentino promedio tiene una memoria selectiva y una capacidad asombrosa para reescribir su propio pasado. Pero la gratitud de hoy exige un acto de honestidad brutal y reconocer de una vez que no siempre fuimos sus devotos. Durante años, hay que decirlo, los argentinos fuimos sus verdugos.</p><p>Hubo una época (oscura, mezquina, casi incomprensible a la distancia) en la que nos creímos con el derecho de señalarlo con el dedo. Cuando el tipo acumulaba balones de oro en Europa y destrozaba récords en canchas de ensueño, acá, en su propia tierra, montamos un tribunal de café para juzgarlo. Decíamos que no sentía la camiseta. Que era frío. Que no cantaba el himno con suficiente vehemencia, como si la patria fuera una cuestión de decibeles y no de entrega. Exigíamosque fuera Diego, que gritara, que insultara a las cámaras y que llevara sobre sus hombros el peso de nuestras propias frustraciones colectivas. Le recriminamos las finales perdidas con una crueldad inexplicable. Lo transformamos en el chivo expiatorio de nuestros males futbolísticos y, tal vez, de nuestras propias miserias cotidianas. Lo vimos caminar con la cabeza gacha, masticando la bronca en silencio, sobrevolado por la sombra de una exigencia descabellada. Nos ensañamostanto que un día de 2016, exhausto, nos dijo que no daba más, que la selección no era para él. Tuvimos que empujarlo hasta el abismo del retiro para darnos cuenta del monstruo que habíamos creado. Messi fue el reflejo de nuestra propia neurosis y fue también el blanco de esa costumbre tan nuestra de exigirle al otro el heroísmo que nosotros mismos somos incapaces de ejercer. Pero no fue sorpresa. Al fin y al cabo, siempre tuvimos esa manía pelotuda de destrozar a nuestros ídolos antes de ofrecerles un abrazo.</p><p>Pero si algo definió a Messi, más allá de sus gambetas imposibles y sus pases filtrados entre una selva de piernas, fue su silenciosa terquedad. Esa dignidad de hierro moldeada en la distancia hizo que no bajara los brazos. Porque tenía todo para quedarse en la comodidad de su trono europeo, disfrutando de sus glorias y mirando desde lejos a este país neurótico que lo cuestionaba. Sin embargo, volvió. Volvió por él y, permítanme creer, también volvió por nosotros.</p><p>La resiliencia de Messi terminó por educar al pueblo argentino. En un país acostumbrado al éxito efímero, al atajo, a la magia sin esfuerzo, nos enseñó el valor de la perseverancia. Nos demostró que para llegar a la cima a veces hay que tragar barro, besar el suelo y levantarse con la frente en alto una y otra vez.</p><p>Ahí ocurrió la metamorfosis. Nos fuimos despojando del prejuicio, de la estupidez chauvinista, y aprendimos a quererlo sin condiciones. No porque nos deba nada, sino porque entendimos la dimensión de su calvario y la grandeza de su perdón. Un día, cansados de la soberbia, los argentinos nos adueñamos de su dolor, lo comprendimos y terminamos abrazados a su alegría.</p><p>Lo que vino después, más que fútbol, fue una especie de redención colectiva. Las copas levantadas al cielo de la Finalísima, Río de Janeiro, Qatar y Miami no fueron más que la consecuencia natural de un amor que maduró a fuerza de tropiezos. Cuando lo vimos explotar de felicidad con la Copa del Mundo en sus manos, no llorábamos solo por la gloria deportiva. Llorábamos porque sabíamos que habíamos sido injustos y porque, por fin, le habíamos dado el abrazo que le debíamos desde hacía quince años.</p><p>Hoy el estadio se va vaciando de a poco. Las luces del campo de juego empiezan a apagarse y el eco de los cánticos comienza a disiparse en la noche fría. Messi camina hacia el túnel. Se da vuelta, nos mira a los ojos, levanta la mano, regala su última sonrisa tímida y desaparece en la penumbra de los vestuarios. Es una escena dolorosa, casi irreal. Cuesta procesar que a partir de mañana, la lista de convocados no llevará su nombre. Cuesta aceptar que la 10 quedará huérfana de su magia, que los tiros libres al ángulo ya no tendrán su firma indeleble y que las noches de eliminatorias perderán aquel aura de milagro inminente.</p><p>Nos quedamos un poco más solos, un poco más viejos y un poco más desamparados. Pero en medio de esta melancolía que se nos mete por las rendijas del alma, aparece esa segunda opción de la que hablaba la primera frase de este humilde puñado de palabras: la gratitud. Y no nos queda otra posibilidad, si es que realmente somos hombres de bien, que agradecerle por la paciencia infinita. Por no habernos soltado la mano cuando más lo merecíamos. Por enseñarnos que la verdadera grandeza se construye sin estridencias, con trabajo, con humildad y con un amor inquebrantable por la camiseta. Por darnos la dicha de decirles a nuestros hijos o a nuestros nietos, con el pecho lleno de orgullo: "Yo lo vi jugar".</p><p>Nos queda el consuelo de saber que el perdón fue mutuo. Que la historia se escribió con el mejor de los finales posibles y que el pibe que un día se fue a Barcelona con las valijas llenas de ilusiones para pincharse las piernas con las hormonas de crecimiento que acá le negamos, hoy se retira siendo, para siempre, el dueño absoluto del corazón de todo un pueblo.</p><p>Las despedidas, es verdad, suelen ser desconcertantes. Nos dejan tiritando en el borde del camino, mirando cómo el pasado se aleja. Pero hoy, mientras el trago amargo se hace nudo en la garganta, y vemos por última vez esa camiseta con el número diez en la espalda, la tristeza se rinde ante la evidencia. No hay lugar para la amargura. Solo queda ponerse de pie y aplaudir hasta que las manos duelan.</p><p>Apagamos la tele, nos quedamos a oscuras y sonreímos. El viaje fue largo, a veces injusto, pero el final fue perfecto. Hasta siempre, Leo. Nos volveremos a ver en cada recuerdo.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/2xWN9IMD32Pyd9eODgu76dMwcEg=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/08/d10s.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Un legado. El mito en vida y un país que cambia desde mañana.]]>
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                                <updated>2026-08-31T18:03:48+00:00</updated>
                <published>2026-08-31T18:03:46+00:00</published>
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