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    <title>Newstad</title>
    <subtitle>Últimas noticias de Argentina</subtitle>
    <updated>2025-06-11T15:00:49+00:00</updated>
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            #VIVAELJAZZ
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                <![CDATA[Redacción Newstad]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/QHxuGE3X5Mqd6jXNpyd_O5coIx0=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2025/04/ray_charles_en_todo_su_esplendor_alma_de_soul_corazon_de_jazz_su_paso_por_argentina_dejo_huella_en_el_escenario.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>https://www.newstad.com.ar/talento-argentino-una-clave-del-auge-del-jazz-en-el-paishttps://www.newstad.com.ar/cuando-el-jazz-volvio-a-sonarhttps://www.newstad.com.ar/gigantes-del-jazz-en-buenos-aires-historia-secreta-de-una-pasionhttps://www.newstad.com.ar/una-noche-en-el-mississippi-jazz-familia-y-recuerdoshttps://www.newstad.com.ar/una-noche-en-el-mississippi-jazz-familia-y-recuerdos<p>&nbsp;</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/QHxuGE3X5Mqd6jXNpyd_O5coIx0=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2025/04/ray_charles_en_todo_su_esplendor_alma_de_soul_corazon_de_jazz_su_paso_por_argentina_dejo_huella_en_el_escenario.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>Especial sobre el Jazz.]]>
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                <published>2025-06-11T14:56:50+00:00</published>
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            Talento argentino, una clave del auge del jazz en el país
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                <![CDATA[Eduardo De Simone]]>
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                                <content type="html" xml:base="https://www.newstad.com.ar/talento-argentino-una-clave-del-auge-del-jazz-en-el-pais">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/V4oCCA8lEoSQbz3w-64FcHW-ZLQ=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2025/04/_4.png" class="type:primaryImage" /></figure><p>En la década del 50 y del 60 la gran mayoría de los músicos eran refractarios a la palabra “jazz”, acaso por cierto origen despectivo en la acuñación del término. Coltrane hablaba de sonido, otros de arte. Pero con el tiempo la denominación se asimiló y hoy es motivo de celebración en todo el mundo. El 30 de abril de cada año, con el impulso de Naciones Unidas, se festeja el Día Internacional del Jazz. Se multiplican conciertos, festivales, ediciones de discos. Hay una gran agitación en todo el mundo.</p><p>¿Y qué pasa en la Argentina? ¿Cuál es el panorama del jazz en el país? El talento y la perseverancia de los músicos argentinos y de los emprendedores que sostienen clubes de jazz en distintas ciudades son, antes que el apoyo estatal, las claves para una escena que se mantiene vibrante, con convocatorias respetables de audiencia y con proyección internacional.</p><p>El jazz en el mundo crece a paso firme con festivales, ediciones de discos, giras y cruces entre músicos de diferentes países. La Argentina tuvo épocas mejores, con festivales convocantes, pero -con todo- el brillo de este género no es menor y hasta ha permitido que muchos músicos locales hayan trazado un recorrido global que los empareja con las grandes figuras del mundo. Basta ver el encumbramiento de artistas como Leo Genovese, Guillermo Klein, Camila Nebbia o Mariano Loiácono, entre muchos otros, para advertir que nuestro país es un reservorio de talentos que pueden dar la talla en cualquier escenario.&nbsp;</p><p>“El panorama, como en tiempos de crisis estructural, es prolífico en cuanto a la enorme cantidad de músicos de nuevas generaciones”, reflexiona José Angelillo, pianista y compositor y uno de los referentes del género. &nbsp;“Los que ya estamos hemos transitado nuestro proceso seguimos por vocación y de entrega hacia lo que hemos elegido con pasión y amor”, agrega y admite que la Ciudad de Buenos Aires es la mejor pertrechada para avanzar. “Pero es importante destacar lo que ocurre en el interior bonaerense, Mar del Plata, Tandil y Olavarría, donde la tarea titánica con casi nula participación del Estado sostiene proyectos integrales de hacer y formar”. Angelillo tiene entre manos varios proyectos, uno de ellos con el grupo Sextante, otro que revisita la música del Gato Barbieri y una recreación de standards de jazz junto a Pablo Ledesma.</p><p>Ernesto Jodos, también pianista y compositor, destaca que en Buenos Aires “hay una cantidad inmensa de músicos, con diferentes niveles de experiencia y con estéticas muy variadas. Quienes nos dedicamos principalmente a tocar música original hemos visto cómo el espacio para esta música se fue reduciendo, en favor de estilos como el hard-bop y el swing. En la ciudad hay al menos seis clubes con piano, batería y amplificador de bajo. Esto es lo que realmente hace a un club de jazz, junto a una programación de al menos tres días a la semana. No hay ninguna ciudad así en Latinoamérica. Por lo que sé, en el interior no hay un solo sitio con estas características, por lo tanto se hace difícil que los músicos se queden en sus ciudades; eligen mudarse a Buenos Aires o irse del país. Por otro lado, hay muy buenos músicos en Mar del Plata, Santa Fe, Rosario y La Plata, con proyectos interesantes y mucho énfasis puesto en la autogestión”.&nbsp;</p><p>Jodos lleva adelante un trío “colectivo” con Mariano Otero y Sergio Verdinelli, con quienes está grabando un álbum. También tiene otros dos proyectos de música de repertorio y viene de exitosas giras por México.</p><p>Para Pablo Ledesma, saxofonista y compositor, “la proliferación de escuelas de Jazz y soportes educativos de toda clase ha logrado crear una plantilla abundante de músicos muy bien preparados y con alto nivel técnico. Como contraparte las nuevas camadas, en general, han perdido el apetito por la investigación y la búsqueda de una voz propia y se centran en la replicación de modelos de los años dorados del jazz, lo cual desde la perspectiva laboral es lo que el medio demanda, pero el jazz, como arte, sufre la falta de proyectos interesantes y novedosos. En cuanto a la cantidad de clubes, festivales, ciclos y actividades ligadas al género que están en funcionamiento no son suficientes y el Estado que debiera ser el principal sponsor ha ido retirando su apoyo en estos últimos años”.</p><p>Pablo integra el grupo Sextante y además participa en un trío con Angelillo, Martín de Lassaletta y Javier Puyol, más la travesía en torno de la música del Gato Barbieri que antes comentó Angelillo.</p>Pablo Ledesma y Pepe Angelillo en Virasoro Bar.<p>Martín de Lassaletta, contrabajista, compositor y docente, también lamenta la concentración que se verifica en Buenos Aires en materia de música creativa, aunque destaca el esfuerzo de plazas como Tandil y Olavarría. “En mi ciudad, Mar del Plata, luego de más&nbsp;de diez años continuamos sosteniendo la experiencia del&nbsp;ECEM, un colectivo de músicos y músicas que viene manteniendo actividad plena en pos de crear circuitos para el desarrollo de estos lenguajes en la región”.</p><p>De Lassaletta está pronto a presentar un disco con su cuarteto (con Valentín Garvie, Nataniel Edelman y Javier Puyol), en tanto tiene álbumes editados por el sello marplatense ICM y por Club del Disco. También forma parte del grupo Sextante.</p><p>Desde Rosario, el pianista y compositor Pablo Socolsky destaca el surgimiento de músicos jóvenes y talentosos con la expectativa de “sostener un legado, una renovación y un crecimiento de este espacio a nivel federal”. Entre sus iniciativas figura la grabación de un piano solo el año próximo y la planificación de dos proyectos de dúo, con guitarra y trompeta.</p><p>Es cierto que Buenos Aires es un faro, donde se concentran clubes de alta convocatoria como Bebop y Prez, que además programan a artistas internacionales y otros como Thelonious y Jazz Voyeur, igualmente activos. Un elemento insustituible para el recorrido que mostró el género en las últimas décadas fue el “cruce” entre músicos locales y visitantes internacionales. Esa confluencia permitió ampliar el panorama de los artistas locales a la vez que confirmó que el talento doméstico está a la altura de cualquier desafío.&nbsp;</p><p>Y si de convocatoria se trata hay un sitio indispensable que desde hace treinta años es una meca para los adoradores y aprendices del género. Se trata de Minton´s, la única disquería de puro jazz del país que, como ámbito de reunión e intercambio, ha resultado vital para la expansión de un género que aún tiene mucho camino por recorrer.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/V4oCCA8lEoSQbz3w-64FcHW-ZLQ=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2025/04/_4.png" class="type:primaryImage" /></figure>Sin subsidios ni grandes estructuras, el jazz local se consolida por la entrega de quienes lo hacen sonar cada semana en clubes, discos y giras.]]>
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                                <category term="vivaeljazz" label="#VivaElJazz" />
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                <published>2025-04-26T10:01:36+00:00</published>
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            Una noche en el Mississippi: jazz, familia y recuerdos
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                <![CDATA[Pedro Paulin]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/2OU0e3gHhQUViSGsWkxGMEN5gio=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2025/04/vida.png" class="type:primaryImage" /></figure><p>Es lógico, habitual que en Newstad suene jazz. En un volumen, bajo, casi contextual, para acompañar la redacción con café y charla, para discutir notas, avanzar en la agenda. Muchas veces suena jazz y este especial me llevó casi de forma pavloviana a una noche inolvidable hace más de treinta años.</p><p>Tenía nueve años, era 1994, y todavía me acuerdo como si fuera ayer. Mi papá había sido invitado a un congreso en Estados Unidos que nos permitía conocer Disney y pasar por una ciudad desconocida que no me interesaba demasiado, no tenía hasta ese momento nada para ofrecer. Emprendimos en 1994 un viaje con aviones que separaban fumadores de no fumadores, el humo llegaba igual a diez mil pies del piso. Todo normal. No existía la inflación, el liberalismo de Carlos Menem iba derecho al éxito que nunca nadie votó por segunda vez y el dólar valía un peso. Tener mil pesos era casi certificado de ascenso social.</p><p>La ciudad era New Orleans. Y yo, que venía de vivir entre colectivos, empanadas y cuarenta minutos de tele a la hora de la siesta en Coronel Brandsen, sentí que había llegado a otro planeta. Es decir, a otro ritmo. Porque New Orleans no es solo una ciudad, es música, todo el tiempo. En cada esquina había un negro tocando un trombón, un clarinete, una guitarra, o bailando como si el mundo no importara. Los tipos te miraban (nosotros éramos los más blancos de la cuadra) con alegría y jamás tuvimos miedo. Yo no podía dejar de mirarlos azorado, nunca había visto tanta música, mística y alegría junta.</p><p>Hubo una noche que se me quedó tatuada en la memoria. Subimos a un barco que navegaba por el Mississippi. Yo había leído vagamente y como toda mi vida a las apuradas, con ansiedad, a Tom Sawyer ,y me sentía en una novela. El barco era de esos antiguos, con ruedas de paleta, humo saliendo por la chimenea, y una banda de jazz en el restorán. El río parecía inmenso, oscuro, y la ciudad quedaba atrás, como si flotáramos en un túnel del tiempo.</p><p>El jazz empezó a sonar despacio. Un contrabajo marcaba el pulso, la batería entraba suave, y de repente el saxofón empezó a hablar. Porque en ese momento entendí que los instrumentos hablan. Dicen cosas que uno no puede poner en palabras. Yo no sabía nada de música, pero sabía que eso que estaba escuchando era importante, agradable, me convocaba.</p><p>Al otro día salimos a caminar por la ciudad. Todavía me acuerdo del olor a comida callejera, a especias, a humedad. Caminábamos por el Barrio Francés, y los músicos seguían ahí, en las veredas, tocando como si no hubiera otra forma de vivir. Sonaban con una fuerza que te hacía frenar. Uno se sacaba el sombrero mientras tocaba y lo ponía en el piso para que le tiren unas monedas. Yo me acerqué, le dejé unos centavos y me sonrió con todos los dientes blancos y la piel brillante de transpiración.&nbsp;</p><p>En una de esas caminatas, un taxi se nos paró al lado y nos subimos para ir a un mall mientras mi papá estaba en el trabajo. Era un negro enorme, de unos sesenta años, con una risa contagiosa. Tenía un sorbete en la boca. Me llamó la atención. Le pregunté qué era eso, y sin dejar de reírse me contestó: "Tiene baja nicotina". El tipo hablaba con ritmo, con swing. Como si hasta contar una dirección tuviera melodía.</p><p>Esa ciudad me marcó. Ese viaje me marcó. El jazz me tocó por primera vez ahí, en ese barco, en esa calle, en ese taxi lleno de risas. Y desde entonces, cada vez que escucho una trompeta, vuelvo por un rato a esa noche tibia del Mississippi. A esa semana que me enseñó que la música, cuando es de verdad, no se olvida nunca.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/2OU0e3gHhQUViSGsWkxGMEN5gio=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2025/04/vida.png" class="type:primaryImage" /></figure>Una viaje familiar y un recuerdo que despertó el placer por el jazz. Los negros y sus sonrisas insuperables con alegría.]]>
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                                <category term="vivaeljazz" label="#VivaElJazz" />
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            Carlos Inzillo: el hombre que hizo del jazz una cita porteña
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                <![CDATA[Tere Batallánez]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/QbVN0LXuQORX7Z_cssqnISAcDVs=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2025/04/carlos_inzillo_en_su_universo_de_libros_y_discos_sostiene_un_ejemplar_de_mono_dedicado_al_pianista_enrique_villegas.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>A veces la palabra “gestor” se queda corta. Porque lo que Carlos Inzillo hizo por el jazz en la Argentina no entra en una etiqueta. Comunicador, programador, curador, periodista, divulgador, coleccionista… y sobre todo, un entusiasta. De esos que no solo escuchan con devoción sino que contagian con generosidad.</p><p>Su nombre está irremediablemente asociado al ciclo Jazzología, que él mismo creó en 1984 en el Centro Cultural General San Martín. En plena posdictadura, cuando la palabra “gratuito” aún era sinónimo de desconfianza, Inzillo se atrevió a hacer del jazz un bien público.</p><p>“La creación de Jazzología ocurre en septiembre de 1984, en plena primavera democrática”, recuerda. “Se me ocurrió dar forma metódica a las reuniones que ya había en el Centro. Pensé en hacer un ciclo con el inolvidable violinista Hernán Oliva. Yo sabía que había un público cautivo para un ciclo abierto de jazz —y sus parientes musicales— sin distinción de estilos”. Y no se equivocó. Gracias al apoyo de músicos, público y autoridades culturales como Javier Torre, el ciclo se sostuvo... por más de 40 años.</p>Carlos Inzillo sobre el escenario del Centro Cultural San Martín, celebrando los 40 años de Jazzología.<p>Más de 1500 conciertos gratuitos, artistas de todo el mundo, y una comunidad que creció al calor de la música en vivo cada martes por la noche. Pero además de los números, están los recuerdos. Como aquel encuentro inolvidable entre el trombonista danés Erling Kroner y Jorge Luis Borges, al que Inzillo logró invitar junto a María Kodama: “Fue una noche de vibración impresionante, todavía tengo en mis oídos la magia de aquel concierto”.</p><p>O la noche en que la brillante cantante estadounidense Betty Carter dio una master class acompañada por tres voces locales: Marta Bellomo, Leda Valladares y María Volonté. “Fue impresionante y simpático ver cómo Betty captó el fraseo y la intencionalidad del tango. Un recuerdo imborrable”, cuenta Carlos, con memoria afinada y oído sensible.</p>Duke Ellington en Buenos Aires, rodeado de jóvenes admiradores, entre ellos un joven Carlos Inzillo (segundo desde la derecha).<p>Hoy, el jazz argentino vive un momento fértil, y nadie mejor que él para evaluarlo: “Lo veo muy promisorio. Hay un crecimiento del interés por expresiones nuevas, creativas y buenas. Las vocalistas y músicos que tenemos son impresionantes. A muchos los vi crecer. Veo un campo por delante que promete”.</p><p>A sus 80 años recién cumplidos, Inzillo no solo sigue escuchando con atención. Ahora también será escuchado en pantalla. Se viene el documental "Señor Jazz: la película de Carlos Inzillo”, dirigido por Federico Sotelo y Javier Hornos. Una producción que, lejos de ser un panegírico, busca retratar al personaje y al fenómeno. “Lo autorreferencial me incomoda un poco —admite— pero el foco está en el ambiente jazzístico de Buenos Aires. Es una película transparente, que muestra virtudes y defectos del ciclo, y me alegra que pueda contribuir a reavivar el género”</p>Carlos Inzillo junto a Federico Sotelo y Javier Hornos en la presentación de Señor Jazz, la película que recorre su legado y los 40 años del ciclo Jazzología. Estrenó en el BAFICI 25°, entre aplausos y acordes.<p>Desde las noches de Oliva hasta las cámaras de hoy, la historia de Carlos Inzillo es la historia de un puente. Entre generaciones, entre estilos, entre públicos. Con oído generoso y alma de anfitrión, logró que el jazz en Buenos Aires no fuera cosa de minorías. Fue —y sigue siendo— una conversación abierta.</p><p>Y como en toda buena improvisación, lo mejor quizá todavía esté por venir.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/QbVN0LXuQORX7Z_cssqnISAcDVs=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2025/04/carlos_inzillo_en_su_universo_de_libros_y_discos_sostiene_un_ejemplar_de_mono_dedicado_al_pianista_enrique_villegas.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>Fundador del ciclo Jazzología y figura clave en la difusión del género en la Argentina, Carlos Inzillo dejó una huella indeleble en la cultura musical del país. Ahora, una película en marcha promete contar su historia como se merece: con swing, pasión y mucho más que anécdotas.]]>
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            Gigantes del jazz en Buenos Aires: historia secreta de una pasión
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                <![CDATA[Tere Batallánez]]>
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        </author>
        
                                <content type="html" xml:base="https://www.newstad.com.ar/gigantes-del-jazz-en-buenos-aires-historia-secreta-de-una-pasion">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/FjEmOMWukEv4r-3E1-_1a867_YQ=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2025/04/louis_armstrong_el_gran_satchmo_con_su_inseparable_trompeta_conquisto_tambien_a_buenos_aires_con_su_carisma_y_su_swing_inolvidable.png" class="type:primaryImage" /></figure><p>Buenos Aires, alguna vez llamada la “París de Sudamérica”, recibió a lo largo del último siglo a una constelación de estrellas del jazz internacional. En las primeras décadas del siglo XX, mientras el tango reinaba en los salones porteños, los ecos del ragtime y el swing llegaban tímidamente en discos y películas importadas. Pero no fue hasta mediados de siglo que los grandes jazzistas extranjeros comenzaron a aterrizar en suelo argentino, encendiendo la chispa de una edad dorada del jazz en Buenos Aires.</p><p>La década de 1950 marcó el inicio de las visitas históricas. En 1956, el célebre trompetista Dizzy Gillespie desembarcó en Buenos Aires para una estadía prolongada que los amantes del jazz aún recuerdan con asombro. Gillespie llegó como parte de una gira latinoamericana auspiciada por el Departamento de Estado de EE.UU., y su presencia fue toda una novedad en una ciudad donde el bebop era prácticamente leyenda. Durante una semana de shows en el Teatro Casino, Dizzy deslumbró con su trompeta y su carisma, y cada noche después de las funciones se lo podía ver de jarana en las jam sessions porteñas hasta la madrugada. En uno de esos encuentros nocturnos, ocurrió una escena digna de película: el saxofonista local Bebe Eguía, recién escapado del hospital, tomó prestado el saxo del norteamericano Billy Mitchell y se puso a improvisar *Body and Soul*. “Che Luzbe, traeme el saxofón del negro”, pidió Eguía antes de tocar, dejando al propio Mitchell emocionado hasta las lágrimas.</p><p>El buen humor de Dizzy también quedó en el folclore porteño: cierta noche apareció disfrazado de gaucho y a caballo para grabar unos tangos junto a la orquesta de Osvaldo Fresedo, en la boite *Rendez Vous*, interpretando clásicos como *“Vida mía”* y *“Adiós muchachos”*. Fue, según testigos, una travesura o un homenaje de Dizzy a la Argentina.</p><p>Al calor de esta visita fundacional, no tardaron en llegar otros gigantes. Louis Armstrong, quizás el músico más famoso de su época, vino al poco tiempo con su inconfundible sonrisa y su trompeta. La ciudad se rindió ante Satchmo, que entre recitales también disfrutó de la hospitalidad criolla: almorzó en casa del baterista argentino Leo Vigoda, saboreando comida judía casera, y terminó improvisando allí mismo. La velada fue tan entusiasta que la policía se presentó por denuncias de “ruidos molestos”, llevando a Armstrong a dar explicaciones en una comisaría porteña.</p><p>Por esos años también nos visitó el elegante Nat “King” Cole, quien conquistó al público cantando boleros en español con su voz de terciopelo, y la “Primera Dama del Jazz” Ella Fitzgerald, que debutó en Buenos Aires como número vivo antes de una función de cine – una modalidad de la época – dejando boquiabiertos a los espectadores del Teatro Gran Rex con su prodigiosa voz scat.</p><p>La lista de luminarias siguió creciendo en las décadas del ’60 y ’70. El pianista Duke Ellington llegó con su orquesta y, nada más pisar Ezeiza, preguntó con curiosidad: “¿Dónde está Oscar Alemán?”. Ellington conocía la fama del guitarrista argentino, y ese gesto de respeto anticipó un cálido encuentro. De aquella visita surgieron grabaciones en las que sus músicos registraron sesiones junto al pianista criollo Enrique “Mono” Villegas, fusionando swing yanqui con ritmo porteño.</p><p>También recaló en Buenos Aires el saxofonista Stan Getz, acompañado por un joven vibrafonista Gary Burton; ambos quedaron deslumbrados al escuchar al quinteto de Astor Piazzolla, que por entonces revolucionaba el tango con aires de jazz. En honor a la visita, Piazzolla les dedicó improvisaciones bandoneonísticas, creando un mágico cruce de lenguajes musicales bajo el cielo bonaerense.</p><p>No faltaron tampoco figuras como Ray Charles, quien hizo vibrar al público con su mezcla de jazz y soul, o el legendario showman Cab Calloway, cuya breve aparición en un teatro porteño – con su repertorio de *hi-de-ho* – tomó por sorpresa a quienes no imaginaban verlo en Argentina.</p>Ray Charles en todo su esplendor: alma de soul, corazón de jazz. Su paso por Argentina dejó huella en el escenario.<p>Las anécdotas pintorescas abundan. Sarah Vaughan ofreció un concierto de gala donde deslizó un tango en inglés, ganándose ovaciones. Charles Mingus sufrió una descompensación y terminó internado de urgencia en el Hospital Fernández, generando titulares que mezclaban jazz con crónica policial. Bill Evans, delicado arquitecto del piano moderno, dio en 1973 un recital íntimo en un cine de San Nicolás ante apenas un puñado de aficionados; los pocos presentes aún cuentan, con orgullo casi secreto, que escucharon a Evans tocar como en el living de su casa.</p><p>Incluso los músicos de la mítica Orquesta Count Basie llegaron de gira y se animaron a zapar con colegas locales. En una memorable sesión de estudio, integrantes de Basie grabaron con la banda del argentino Rodolfo Alchourrón en un clima de mutua admiración musical. Y cuando Johnny Hodges, saxofonista de Ellington, probó la cerveza artesanal Río Segundo, se inspiró tanto que compuso al vuelo un *blues* en honor a sus bondades espumosas – alegando en broma que aquella cerveza tenía swing propio.</p><p>Hacia fines de los ’70, la atmósfera comenzó a cambiar. La visita de Dizzy Gillespie en 1979 para un frustrado festival en Luna Park cerró simbólicamente un capítulo. A partir de entonces, la escena local enfrentó años difíciles, pero el jazz siguió su curso. En los ’80 irrumpieron nuevas fusiones: virtuosos como Chick Corea, John McLaughlin y grupos como Weather Report electrizaron al público. Aunque las figuras clásicas se espaciaran, la Argentina continuó recibiendo visitas ilustres: Miles Davis, Stan Getz, Herbie Hancock, Diana Krall, Wynton Marsalis y otros.</p><p>Hoy, el panorama es distinto. Las visitas relámpago reemplazaron a las estadías extendidas de antaño. Pero cada noviembre, el Festival Internacional de Jazz de Buenos Aires reaviva ese espíritu. Y en tono nostálgico, viejos melómanos evocan aquellas noches en que Armstrong tocó hasta que la policía dijo basta, o cuando Dizzy cabalgó vestido de gaucho. Relatos que suenan a mito, pero están documentados en fotos sepia y memorias fervorosas. Porque si el jazz es el arte del instante, Buenos Aires fue – y sigue siendo – un escenario donde ese instante brilló con luz propia.</p>]]>
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                <published>2025-04-26T10:00:00+00:00</published>
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            Cuando el Jazz volvió a sonar: del elitismo a la celebración popular
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Muchos lo amamos, todos lo pueden conocer y disfrutar.</p><p>Su origen, sin embargo fue bastante distinto. El jazz nace a fines del siglo XIX en Estados Unidos, parido por la experiencia afroamericana, entre el dolor del racismo y la necesidad de expresión profunda. Era grito, resistencia, libertad. Y con el tiempo, se sofisticó, sí. Pero nunca perdió el alma.&nbsp;</p>La huella argentina: entre el tango y las jam sessions<p>En nuestro país, el jazz echó raíces temprano. La primera banda se formó en 1914, y desde entonces convivió, y muchas veces charló, con el tango. En los años '50 y '60, Buenos Aires vivió una edad dorada donde ambos géneros eran protagonistas. Pero hacia los ‘80 y ‘90, el panorama cambió: muchos clubes cerraron, y la noche se rindió al rock y al pop. Eran tiempos duros para encontrar esos rincones de que cobijaban los sonidos que enamoran a los jazzeros.</p><p>Y sin embargo, todo vuelve. Como el vino, el jazz hoy vive un renacimiento. Se lo escucha en bares, festivales y terrazas. Ya no hace falta saber de armonía modal ni tener una copa carísima en la mano. Hoy, ambos, vino y jazz, se integraron a experiencias compartidas, sin etiquetas ni solemnidad. Una vez más, el todo fue más que la suma de las partes.</p><p>Un ejemplo emblemático es el Festival Internacional de Jazz de Buenos Aires, organizado anualmente por el gobierno porteño, que encabeza Valentín Díaz Gilligan desde el Ente de Turismo. Gratuito, abierto y con una grilla de artistas de todo el mundo, logró que miles de personas se acerquen a esta música sin prejuicios. El jazz dejó de ser culto y se volvió popular otra vez, como en sus inicios, como nunca debió dejar de ser.</p>Clubes míticos y nuevos templos del swing<p>No se puede hablar de jazz en Buenos Aires sin mencionar al legendario Jazz &amp; Pop, primero en Chacabuco y luego en la calle Uruguay, cerca de la redacción de Newstad. Fundado por tres enormes músicos —Jorge González, Néstor Astarita y Gustavo Alessio—, fue escenario de noches inolvidables. En especial durante las famosas jam sessions, bautizadas en la jerga como “pizzas”, donde los músicos se subían sin partitura ni plan. Sólo intuición, oído y pasión. Ahí, dicen, ocurrían las mejores improvisaciones.</p><p>Hoy, esa llama sigue viva en espacios como el Bebop Club, en Uriarte 1658, Palermo. Proyecto del sommelier y empresario Aldo Graziani, combinando cocina de alto nivel, una carta de vinos envidiable y una programación que reúne a figuras locales e internacionales del jazz. Un verdadero templo moderno del género.</p>Una trompeta, una barra, un recuerdo<p>En otro rincón de Palermo, en el extinto The Blues Brothers Club, viví una de esas noches que no se olvidan. Estaba sentado en la barra, como tantas veces, cuando apareció Enrique Norris con su trompeta. Nunca lo había escuchado en vivo. Fue un momento revelador. Ese bar, que en sus últimos años se volvió referencia de la escena porteña del blues y el jazz, fue refugio de músicos de conservatorio y almas bohemias que convertían el caos nocturno de Buenos Aires en belleza pura. Eso es lo que falta hoy: más música en vivo, más escenarios para que los artistas puedan volar.</p>Grandes nombres, nuevas generaciones<p>Tuve el privilegio de escuchar a Wynton Marsalis en el Teatro Colón, en una edición del festival de la ciudad. Sí, Wynton, uno de los grandes trompetistas del mundo, tocando jazz en el Colón. Eso ya lo dice todo. Pero no hay que irse tan lejos para encontrar talento. En nuestro país brillaron leyendas como Oscar Alemán, Mono Villegas, Enrique Norris, Walter y Javier Malosetti, Luis Salinas. Y la tradición sigue con nombres como Yamile Burich, saxofonista salteña con una carrera sólida, intensa, que vale la pena descubrir.</p>Que siga sonando<p>Hoy, lugares como Prez, Thelonious Club, Virasoro Bar, Ser y Tiempo, Jazz Voyeur, entre otros, siguen sosteniendo la escena con pasión y constancia. En todos ellos, el jazz suena. Y mientras suene, Buenos Aires seguirá siendo una ciudad con alma.</p><p>Porque si hay algo que el jazz enseña, más allá del virtuosismo, es la belleza de lo irrepetible. Como una noche que no vuelve, como un solo que nace y muere en el mismo compás.</p><p>¡Que viva la música en vivo! ¡Que viva el Jazz!</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/TZwdF-2Si0XRQOhaZEJxQy4ntKQ=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2025/04/noche_portena_de_jazz.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>Buenos Aires vuelve a ser escenario del maridaje entre un género que respira libertad y una ciudad que busca más música.]]>
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                <published>2025-04-26T10:00:00+00:00</published>
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