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    <title>Newstad</title>
    <subtitle>Últimas noticias de Argentina</subtitle>
    <updated>2026-04-13T19:30:09+00:00</updated>
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            La sombra en la confianza: el monstruo que se esconde en casa
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                <![CDATA[Santiago Sarrabayrouse]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/ouLyJVXsKEBxlVM0OaKI7TU22uk=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2025/12/la_sombra_en_la_confianza_el_monstruo_que_se_esconde_en_casa.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>El caso del Colegio Palermo Chico me dejó helado. Uno lee los detalles —alcohol, apuestas, tocamientos, fotos en un departamento de lujo— y piensa: no puede ser. Pero sí puede. Es un padre que invitaba a los amigos de su hijo a dormir, que parecía el tipo confiable de siempre. Y de repente, algo se rompe adentro. No es solo bronca. Es un nudo en el estómago que me recuerda que la confianza más básica, la que damos por sentada cuando un chico va a la casa de un amigo, puede convertirse en el escenario perfecto para el daño.</p><p>Me remueve por dentro porque no es un caso aislado. Es un eco de tantos que he visto de cerca en el consultorio. Desde la trinchera, no solo reconstruyo los pedazos de las víctimas —sus silencios que pesan, sus tics nerviosos, la forma en que miran al piso cuando hablan de confianza—, sino que también me enfrento a las mentes de los predadores. Y esa es la parte más pesada: sentarme frente a personas que, con una sonrisa tranquila, racionalizan lo que hicieron como si fuera un derecho, un “desliz” o, peor, algo que “no fue para tanto”. No es uno solo. Son muchos. Cada uno con su fachada impecable, su historia, su forma de justificar lo injustificable.</p><p>No todos los abusadores son psicópatas ni están locos. La psicopatía es un trastorno de personalidad donde falta empatía profunda y la manipulación es calculada. Hay herramientas para evaluarla, pero en la práctica lo que más pesa es la transferencia: ese miedo visceral que producen esos ojos vacíos, sin fondo emocional. El psicópata no alucina ni delira; planea, seduce, actúa sin culpa. La esquizofrenia es otra cosa: delirios, voces, desconexión. Un esquizofrénico puede delinquir en una crisis, pero no arma un sistema de grooming como este.</p><p>El abuso sexual no siempre es violación. El abuso abarca tocamientos, exposición, grooming, corrupción de menores. La violación implica penetración forzada, con violencia o coerción extrema. En Palermo Chico hablamos de abuso: tocamientos, masajes con crema de menta, fotos. Si apareciera penetración, escalaría. Pero el daño es igual de profundo: TEPT, depresión, ansiedad crónica, problemas para confiar en otros. Estudios muestran que hasta el 80% de las víctimas de abuso infantil desarrollan algún trastorno psiquiátrico a lo largo de la vida.</p><p>Los abusadores no son un bloque homogéneo. Están los pedófilos, con atracción primaria a prepúberes; los oportunistas, que abusan por poder o impulso en contextos de autoridad; y los regresivos, que actúan bajo estrés y regresan a dinámicas infantiles. Muchos tienen historia de abuso propio —el ciclo intergeneracional existe, aunque no es inevitable—. Motivaciones: placer distorsionado, control, una intimidad falsa donde el niño es visto como “pareja” o sadismo encubierto.</p><p>Lo que más me perturba es cómo operan las distorsiones cognitivas en sus cabezas. Creencias como “el chico lo disfruta”, “es solo un juego educativo”, “no hay trauma si no hay dolor” o “los niños son seductores”. Estas ideas reducen la culpa y facilitan la repetición. Y cuando alguien público las normaliza —como cuando un conocido comunicador argentino minimizó la posesión de pornografía infantil en una entrevista—, se abre una puerta peligrosa. En una mente distorsionada, esa justificación puede ser el puente hacia el acto. Y una vez que se cruza, no hay vuelta atrás.</p><p>El grooming es el arma principal: regalar, ofrecer alcohol, favores, traslados. Todo para erosionar barreras hasta que el abuso parezca “consentido”. En el consultorio he visto cómo estos predadores mantienen una fachada impecable: niegan, minimizan, racionalizan. Eso hace que el trabajo terapéutico sea un desafío ético brutal. No se trata solo de curar a la víctima; se trata de sostener la humanidad frente a personas que la perdieron.</p><p>La prevención es lo que más urge. Educar sobre grooming desde las escuelas y las familias, romper la impunidad con justicia rápida (en este caso, el imputado sigue viajando libremente), y garantizar terapia accesible para víctimas y para quienes reconocen en sí mismos el riesgo. Porque si no actuamos, estos ecos seguirán resonando en más chicos, en más familias, en más vidas rotas.</p><p>Como terapeuta, sé que esta batalla no se gana solo con palabras. Pero al menos podemos empezar nombrando lo que pasa, sin anestesia. Porque el monstruo no siempre viene de afuera. A veces, se sienta a la mesa familiar y sonríe.</p><p>&nbsp;</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/ouLyJVXsKEBxlVM0OaKI7TU22uk=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2025/12/la_sombra_en_la_confianza_el_monstruo_que_se_esconde_en_casa.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>Un colegio muestra cómo la confianza se convierte en trampa. Una reflexión sobre la mente del predador y el daño.]]>
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                                <category term="saludmental" label="#SaludMental" />
                <updated>2026-04-13T19:30:09+00:00</updated>
                <published>2025-12-28T13:10:01+00:00</published>
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            Muerta la palabra: ¿cómo sobrevivimos los que cumplimos?
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                <![CDATA[Santiago Sarrabayrouse]]>
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        </author>
        
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/r45nl94_uh8fZ_X8AaDvxZPhN8Q=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2025/11/viviendo_en_un_mundo_sin_palabra.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>El otro día firmamos contrato, pagamos la seña y entregamos todas las garantías habidas y por haber. Minutos después, el propietario “tuvo miedo de que no cumpliéramos”.Tan absurdo que da risa… si no diera tanta rabia, angustia y ganas de mandar todo al demonio.</p><p>No hace falta contar el caso entero. Ya lo viviste vos también:la reserva que se cayó, el cliente que desapareció con el trabajo terminado, el proveedor que cobró adelantado y se esfumó, el socio que se llevó la caja, la pareja que prometió amor eterno y ghosteó. La lista es interminable y la sensación siempre la misma: un vacío helado en el pecho cuando entendés que para muchos, firmar es un trámite descartable.</p><p>La palabra se murió. Y nadie le hizo el velorio.</p><p>Quedamos apenas unos pocos que todavía sentimos que si debemos un peso no dormimos, que si firmamos cumplimos aunque cueste sangre. Los que llegamos antes, entregamos antes y pagamos antes. Los obsesivos, los ansiosos, los que arman carpetas “por las dudas” y repasan mails a las tres de la mañana buscando la coma que pudo haber cambiado el destino.</p><p>Somos la minoría invisible que sostiene la sociedad mientras el resto vive de la viveza criolla, del “después vemos” y del ghosting contractual.Y pagamos el precio más alto: ansiedad anticipatoria, rabia rumiada que se vuelve insomnio, depresión silenciosa cuando entendemos que ser decente parece no servir de nada.</p><p>El loop es siempre igual. Sabemos que van a fallar, pero igual nos preparamos como si fueran a cumplir. Cuando incumplen, la culpa nos cae a nosotros: “¿Dónde confié de más?”. Repasamos chats, mails, promesas. Terminamos deprimidos porque nuestro esfuerzo ético no mueve la aguja. Y el otro duerme como un bebé.</p><p>No los vamos a cambiar. Nunca.Lo único que podemos hacer es blindarnos y usar nuestra obsesión como superpoder, no como condena.</p><p>A partir de hoy:– Seña solo contra entrega real.– Ningún peso inmovilizado más de 72 horas sin tener lo tuyo.– Todo acuerdo con fecha de caducidad y cláusula penal del 50 % o más.</p><p>Sí, te van a decir pesado, paranoico, intenso. Deciles que sí… y seguí.</p><p>Después viene lo emocional, lo que salva cabezas y matrimonios. Repetilo hasta que baje al cuerpo: su incumplimiento habla el 100 % de ellos y el 0 % de vos. Cada vez que pase, abrís la nota del celular y escribís: “Mi palabra sigue intacta. Caso cerrado.”Borrás el chat y seguís.</p><p>Ajustá la expectativa: ocho de cada diez van a fallar o te van a intentar convencer de que pagar 15 % más “te conviene”. Cuando uno cumpla, celebralo como un milagro. Porque ser obsesivo hoy es un superpoder disfrazado. Somos pocos. Por eso valemos. A la corta nos critican. A la larga nos llaman.</p><p>Y cuando ya no quede otra, reseña fría: fecha, hechos, capturas. Sin insultos. La verdad sola. Sirve para proteger al próximo obsesivo… y duele más que cualquier grito.</p><p>El mundo perdió la palabra, la lógica y el respeto básico.Pero nosotros no estamos dispuestos a perderlos.Que se mueran de miedo los que no cumplen.Nosotros vamos a seguir cumpliendo, aunque nos tomen de boludos. No para cambiarlos a ellos, sino para no convertirnos en ellos.</p><p>Porque mientras quede uno solo que crea que la palabra es la palabra, todavía hay esperanza.</p><p>Si estás leyendo esto con la bronca todavía en la garganta…respirá hondo, abrí la nota del celular y escribí:</p><p>“Mi palabra sigue intacta. Caso cerrado.”</p><p>Bienvenido al club.Acá seguimos estando los que sostenemos el mundo.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/r45nl94_uh8fZ_X8AaDvxZPhN8Q=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2025/11/viviendo_en_un_mundo_sin_palabra.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>Firmás, pagás, cumplís. Ellos desaparecen. La historia de todos nosotros, los que todavía creemos que la palabra vale.]]>
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                                <category term="opinion" label="Opinión" />
                <updated>2026-04-13T19:30:09+00:00</updated>
                <published>2025-12-01T09:11:33+00:00</published>
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            Ni débiles ni locos: hablar para diagnosticar, prevenir y salvar vidas
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        <link rel="alternate" href="https://www.newstad.com.ar/dia-mundial-de-la-salud-mental-hablemos-sin-filtros" type="text/html" title="Ni débiles ni locos: hablar para diagnosticar, prevenir y salvar vidas" />
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                <![CDATA[Santiago Sarrabayrouse]]>
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                                <content type="html" xml:base="https://www.newstad.com.ar/dia-mundial-de-la-salud-mental-hablemos-sin-filtros">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/l7ii83mzKPI_QCbT2gF_3YmzN-k=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2025/10/dia_mundial_de_la_salud_mental_hablemos_sin_filtros.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Hoy es el Día Mundial de la Salud Mental, y no es solo una fecha para marcar en el calendario. Es un momento para parar la pelota, mirarnos a los ojos y hablar de frente sobre algo que nos toca a todos: cómo está nuestra cabeza. La salud mental no es un tema de “locos” ni de “débiles”. Es parte de ser humanos, y ya es hora de sacarle el peso de los prejuicios. Este 2025, vamos a meterle pilas a tres cosas: romper el tabú, prevenir el suicidio y apostar por un buen diagnóstico y tratamiento. ¿Te sumás?</p>Basta de tabúes: hablemos como amigos<p>¿Por qué hablar de salud mental sigue siendo tan incómodo? Si te duele la rodilla, vas al médico. Si te sentís perdido, ansioso o triste, ¿por qué no buscar ayuda? No hay vergüenza en estar mal, y menos en querer estar mejor. La depresión, la ansiedad o cualquier otro tema mental no son un signo de que “fallaste”. Son parte de la vida, como un resfrío o un mal día.</p><p>Lo primero es sencillo: charlemos. Con un amigo, con la familia, con un terapeuta. No hace falta tener todas las respuestas, pero sí escuchar sin juzgar. Si un amigo te cuenta que está en una, no le tires un “animate, no es para tanto”. Escuchá, preguntá “¿cómo te puedo ayudar?” y hacé espacio para que se sienta acompañado. Romper el tabú es tan simple como empezar una conversación. Y si sos vos el que está en un mal momento, animate a hablar. Pedir ayuda no es rendirse, es darte una chance.</p>Prevenir el suicidio: estar ahí cambia todo<p>Hablemos claro: el suicidio es un tema pesado, pero no podemos mirar para otro lado. Cada año, según la Organización Mundial de la Salud, más de 700,000 personas se quitan la vida. Y aunque suena lejano, puede estar más cerca de lo que pensás. Un amigo que se aleja, un familiar que parece apagado, un comentario raro sobre “no poder más”. Esas son señales, y no hay que dejarlas pasar.</p><p>Estar atentos salva vidas. Si ves que alguien no está bien, preguntá sin miedo: “¿Estás pensando en hacerte daño?” No va a “darle ideas”, al contrario, le mostrás que te importa. Escuchar con el corazón abierto y sin juzgar puede ser el primer paso para que esa persona busque ayuda. Y si la cosa es seria, conectalo con recursos.&nbsp;</p>Diagnóstico y tratamiento: el empujón que necesitás<p>Si te torcés un tobillo, no te quedás en casa esperando a que “se pase solo”. Con la salud mental es igual: un buen diagnóstico y un tratamiento a tiempo pueden cambiarte el juego. Un psicólogo o psiquiatra no está ahí para “etiquetarte”, sino para ayudarte a entender qué te pasa y cómo salir adelante. Desde terapia para ordenar la cabeza hasta medicación si hace falta, hay herramientas para todo tipo de situaciones.</p><p>La clave está en no esperar a tocar fondo. Si sentís que la ansiedad te está ganando, que la tristeza no afloja o que algo no anda bien, buscá ayuda ya. Un diagnóstico claro te da un mapa para navegar lo que sentís, y el tratamiento es como el combustible para avanzar. No es magia, es trabajo en equipo entre vos y los profesionales. Y sí, a veces da miedo dar el primer paso, pero es un acto de amor propio. Vos valés la pena.</p>Hagamos que las cosas cambien<p>El Día Mundial de la Salud Mental no es solo para reflexionar, es para actuar. No hace falta ser experto para hacer la diferencia. Acá van algunas ideas para entenderte:</p>Hablá sin filtro. Contá cómo te sentís, compartí tu historia o escuchá la de otro. Las redes son un buen lugar para arrancar: usá el hashtag #DíaMundialDeLaSaludMental y sumá tu voz.Chequeá a tus seres queridos. Un mensaje de “¿cómo andás?” puede abrir una puerta enorme.Informate y compartí. Hay un montón de recursos gratuitos, desde las líneas de ayuda mencionadas hasta apps de bienestar mental. Pasá la data.Peleá por un acceso justo. La salud mental debería ser accesible para todos, sin importar el bolsillo o el lugar donde vivas.<p>Este 10 de octubre, vamos a hablar sin vueltas, a construir un mundo donde nadie se sienta solo o avergonzado por lo que lleva adentro. La salud mental no es un lujo, es un derecho. Y cuidarla es tan cotidiano como lavarte los dientes o salir a caminar. Hablemos, cuidemos, actuemos. Si vos o alguien que conocés necesita ayuda, no dudes en contactar.</p><p>En Argentina, hay líneas gratuitas y confidenciales disponibles 24/7 para ayudar:</p>Nacional: Línea 135 (Ministerio de Salud, atención especializada en crisis y prevención del suicidio).CABA: Salud Mental Responde, 0800-333-1665 (24 hs, psicólogos y psiquiatras). También: 4863-8888 / 4861-5586 / 4123-3120 (lunes a viernes, 8 a 20 hs).Provincia de Buenos Aires: 0800-222-1063 (prevención del suicidio) y 0800-222-SALUD (72583) (salud mental y adicciones).Centro de Asistencia al Suicida (CAS): 135 o (011) 5275-1135 / 0800-345-1435 (18 hs diarias).Si es una emergencia inmediata, marcá 911. Prevenir el suicidio no es solo tarea de profesionales; es un compromiso de todos. Un mensaje, una llamada, un “estoy con vos” puede hacer la diferencia.]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/l7ii83mzKPI_QCbT2gF_3YmzN-k=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2025/10/dia_mundial_de_la_salud_mental_hablemos_sin_filtros.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>Sin estigmas, con acción y con ganas de cambiar las cosas: buscar voces profesionales, abrirse frente al dolor. Empatía.]]>
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                                <category term="cuerpo-y-mente" label="Cuerpo y mente" />
                <updated>2026-04-13T19:30:09+00:00</updated>
                <published>2025-10-10T20:05:53+00:00</published>
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            El eco de cerrar con paz
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        <link rel="alternate" href="https://www.newstad.com.ar/el-eco-de-cerrar-con-paz-2" type="text/html" title="El eco de cerrar con paz" />
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                <![CDATA[Santiago Sarrabayrouse]]>
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        </author>
        
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/-8d9CABTAhLCUfGAqun0CHR3Sho=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2025/09/el_eco_de_cerrar_con_paz.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Imagina el momento en que el reloj laboral se detiene, cuando los días ya no giran en torno a agendas ni metas impuestas. El retiro y la jubilación son un nuevo eco de lo que elegimos: un cierre de ciclos que nos confronta con el legado, la salud frágil, la cercanía a la muerte y los sueños pendientes. Como psiquiatra, he visto cómo esta etapa puede ser un tiempo de plenitud o un desafío que desborda si no se abraza con consciencia. Este eco reflexiona sobre cómo aceptar lo vivido –y lo no vivido– nos permite cerrar la vida con dignidad, conectando con las elecciones que nos definieron: ser padres, elegir una pareja, o redescubrirnos.</p>El legado que dejamos<p>El retiro trae la pregunta: ¿qué dejamos atrás? No solo bienes materiales, sino huellas emocionales: valores a hijos, enseñanzas a amigos, un impacto en la comunidad. Para algunos, es un orgullo ver a sus nietos heredar su risa; para otros, un proyecto comunitario que perdura. Este legado no se mide en éxito, sino en autenticidad. Estudios de la Universidad de Harvard muestran que quienes reflexionan sobre su contribución reportan mayor satisfacción vital, incluso con errores del pasado. Sin embargo, ignorar esta reflexión puede dejar un vacío que pesa más que los logros.</p>La cercanía a la muerte<p>La finitud se hace visible. La muerte, antes un horizonte lejano, se acerca como un eco natural. No es un tabú, sino una invitación a vivir con intención. He acompañado a pacientes que, al aceptarla, encuentran libertad para soltar resentimientos y priorizar lo esencial. La psicología existencial sugiere que reconocer nuestra mortalidad reduce la ansiedad y fomenta un sentido de propósito, siempre que no se evada. Negar, en cambio, puede alimentar temores que oscurecen los últimos años.</p>La salud como espejo<p>La salud se transforma: articulaciones que crujen, diagnósticos que llegan, energía que mengua. Este cuerpo que nos llevó por la vida ahora pide cuidados y límites. Para algunos, es un recordatorio de vulnerabilidad; para otros, una oportunidad de reinventarse con caminatas o dieta. La Asociación Americana de Psicología destaca que adaptar la rutina a estas limitaciones mejora el bienestar, mientras que resistirse puede agravar el estrés y la depresión, especialmente si se idealiza una juventud perdida.</p>Los pendientes que nos llaman<p>Hay sueños aplazados: ese viaje a la Patagonia, un libro por escribir, una reconciliación pendiente. También tareas prácticas: ordenar papeles, dejar instrucciones. Estos pendientes pueden ser un peso o una motivación. He visto a pacientes que, al abordarlos, encuentran cierres y reducen la ansiedad. Sin embargo, posponerlos perpetúa un sentido de incompletitud que afecta la paz mental, según estudios de resiliencia. A veces cuesta desprenderse de lo material. “La mortaja no tiene bolsillos”, este es el momento de vivir lo construido, de disfrutar lo que queda con sabiduría y plenitud.</p>Los riesgos desde la psiquiatría<p>No enfrentar esta etapa tiene costos. La negación de la jubilación o la muerte puede desencadenar depresión mayor, con síntomas como anhedonia –la incapacidad de disfrutar– o rumiaciones sobre el pasado. La pérdida de identidad, al dejar roles laborales, puede llevar a aislamiento social y ansiedad crónica. La salud mental se resiente si se evade la aceptación: insomnio, irritabilidad y, en casos graves, ideas suicidas emergen cuando el sentido se pierde. Terapias como la aceptación y compromiso (ACT) ayudan a integrar estas transiciones, promoviendo resiliencia y previniendo que el retiro se convierta en un vacío existencial.</p>Aceptar la vida con paz<p>Aceptar no es resignarse, sino abrazar lo vivido con gratitud. Es mirar a la pareja –si aún está– y recordar los proyectos compartidos: un hogar, viajes, risas. Es redescubrirse en hobbies, amistades o nietos. He visto a pacientes que, al soltar expectativas, encuentran alegría en lo simple: un café con un amigo, una carta a un hijo. Esta paz es el eco final de las elecciones pasadas, un cierre que honra la vida con autenticidad.</p>Nuevos comienzos en el final<p>El retiro es un lienzo en blanco, “en la vida siempre un proyecto” diría el queridísimo profesor Alejandro Albamonte. Estos proyectos, junto a la comunidad y un vínculo maduro con los hijos (si los hay), rompen la monotonía. Los datos son claros: quienes abrazan esta etapa con apertura reportan menos estrés; quienes aceptan la finitud encuentran paz. Este eco, último de la serie, conecta con los anteriores –el propósito, la pareja, la paternidad, el reencuentro– y nos recuerda que aceptar es el mayor acto de elegir, cerrando la vida con plenitud.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/-8d9CABTAhLCUfGAqun0CHR3Sho=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2025/09/el_eco_de_cerrar_con_paz.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>El retiro y la jubilación nos invitan a reflexionar sobre el legado, la salud y la cercanía a la muerte.]]>
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                                <category term="cuerpo-y-mente" label="Cuerpo y mente" />
                <updated>2026-04-13T19:30:09+00:00</updated>
                <published>2025-09-14T15:06:23+00:00</published>
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            El eco de elegir de nuevo
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                <![CDATA[Santiago Sarrabayrouse]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/Rsv7Yga2nUDu5lNaC_jSpouVU1o=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2025/09/olver_a_ser_dos.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Imaginá el momento en que elegiste a tu pareja, cuando la pregunta “¿quién quiere caminar conmigo?” encontró una respuesta. Los años trajeron proyectos, risas, peleas y logros, pero también rutina, cansancio y distancias. Como psiquiatra, he acompañado a parejas en este cruce: una etapa donde la vida nos desafía a reconectar, redescubrirnos o, a veces, soltarnos con valentía. Este eco reflexiona sobre la satisfacción de lo construido, la química que renace, los nuevos proyectos y el coraje de elegir de nuevo, ya sea juntos o por separado.</p>Los años de crecimiento juntos<p>Elegir una pareja es apostar por un proyecto común: formar una familia, construir un hogar, viajar, soñar. Esos años de esfuerzo –comprar la primera casa, criar hijos (si los hay), superar crisis– tejen un tapiz de memorias compartidas. La satisfacción de mirar atrás y ver lo logrado –una vida construida en equipo– es un ancla poderosa. Estudios de la Asociación Americana de Psicología muestran que las parejas que reflexionan sobre sus logros conjuntos reportan mayor satisfacción marital, con menos conflictos y un sentido renovado de propósito. Pero el camino no es lineal: los proyectos alcanzados conviven con los que se postergaron, y ahí comienza el desafío.</p>Los desafíos que nos alejan<p>La vida tiene formas de alejarnos. La rutina se instala, convirtiendo los días en una repetición de tareas. Los proyectos personales –un ascenso, un emprendimiento– a veces eclipsan el “nosotros”. Si hay hijos, su energía absorbe todo: noches sin dormir, agendas llenas, charlas reducidas a lo práctico. Los problemas de salud, desde un diagnóstico inesperado hasta el desgaste natural, añaden peso. Las discusiones se vuelven frecuentes, las peleas normales, pero sin resolución pueden erosionar el vínculo. Es común que la chispa inicial se apague, que las conversaciones profundas cedan ante el cansancio. No es un fracaso; es la vida misma, pidiéndonos que volvamos a elegir con conciencia.</p>Los riesgos de no enfrentar la crisis<p>Desde una perspectiva psiquiátrica, ignorar esta etapa puede ser devastador. La pérdida de identidad es un riesgo central: años de priorizar a otros –pareja, hijos, trabajo– pueden apagar el “yo”, dejando a la persona desconectada de sus deseos. La sexualidad, si se reduce a complacer al otro o a rutinas vacías, pierde su vitalidad, alimentando inseguridades y rechazo. Esto puede desencadenar ansiedad, insomnio o depresión, con síntomas como anhedonia –la incapacidad de sentir placer– o rumiaciones sobre lo que “pudo haber sido”. En casos extremos, la falta de sentido puede llevar a ideas suicidas. Sin intervención, como terapias cognitivo-conductuales o de pareja, el aislamiento crece, afectando no solo al individuo, sino a la familia y las redes sociales, perpetuando un ciclo de desconexión y malestar.</p>Volver a mirarnos<p>Reconectar es volver a las bases: recordar la chispa de las primeras épocas, cuando todo era posibilidad. No se trata de revivir la juventud, sino de redescubrir la química en la madurez. Una cena sin celulares, una caminata recordando anécdotas, un mate compartido al atardecer: gestos simples que reavivan la complicidad. La sexualidad madura, menos apresurada, se nutre de esta intimidad, transformando los cuerpos cambiantes en un espacio de conexión. Estudios muestran que las parejas que priorizan estos momentos reducen el estrés y fortalecen su bienestar emocional. La satisfacción de lo construido –un hogar, una historia– se convierte en un cimiento para mirar adelante juntos.</p>Una segunda oportunidad en el amor<p>A veces, el reencuentro revela que los caminos divergen. Elegir separarse no es un fracaso, sino un acto de valentía que alinea la vida con deseos auténticos. He visto parejas que, al soltarse con respeto, redescubren una versión olvidada de sí mismas. Ana, tras 25 años de matrimonio, me dijo: “Terminar mi matrimonio me permitió reencontrarme; me enamoré de la persona que había relegado tantos años”. Esta elección puede abrir puertas a un amor propio renovado o a nuevas relaciones, con menos ansiedad y mayor claridad. Estudios confirman que las separaciones conscientes en la adultez fomentan el bienestar al liberar tensiones acumuladas.</p>Redescubrirse como individuo<p>La pareja no lo es todo. Los años también traen sueños personales postergados: ese curso de fotografía, un viaje en soledad, escribir un libro. Retomar estas pasiones fortalece la autoestima y aporta frescura al vínculo o al camino en solitario. La psicología evolutiva subraya que la madurez es una oportunidad para integrar quiénes fuimos con quiénes queremos ser, reduciendo el riesgo de depresión al encontrar propósito más allá de los roles compartidos.</p>Amistades y comunidad<p>Las conexiones sociales son un pilar esencial. Reconectar con amigos o sumarse a comunidades –un taller, un voluntariado– contrarresta el aislamiento. Un café compartido revive risas y memorias, ofreciendo un soporte emocional que trasciende la pareja. Estudios longitudinales muestran que estas redes reducen la depresión y aumentan la satisfacción vital, dando un sentido de pertenencia.</p>Los hijos, si están<p>Si hay hijos, la relación evoluciona hacia una dinámica de pares. Respetar su independencia, escuchar sus proyectos y renegociar límites fortalece la salud mental de todos. Un estudio reciente indica que estas relaciones positivas reducen la ansiedad parental, mientras que aferrarse al rol de protector puede generar conflictos y estrés.</p>Un caso real: Carla y Esteban<p>Carla y Esteban, tras 28 años, sentían la distancia: el trabajo de Esteban, el cansancio de criar hijos, una salud frágil. Las discusiones eran diarias, pero una noche, recordando su primer viaje juntos, decidieron intentarlo. Empezaron con cenas sin celulares, retomaron clases de baile y planearon una mudanza a una casa en las afueras de la ciudad, un sueño postergado. Carla volvió a pintar, Esteban se unió a un grupo de running. Su química renació, no sin tropiezos, pero la satisfacción de lo construido los impulsó a nuevos proyectos, aliviando la ansiedad y reavivando su vínculo.</p>Nuevos proyectos, nuevos comienzos<p>Elegir de nuevo es mirar al futuro: una mudanza, un viaje, un deporte compartido. Estos proyectos, grandes o pequeños, rompen la rutina y reavivan la complicidad. Los datos son claros: las parejas que enfrentan esta etapa con apertura experimentan menos estrés; quienes eligen separarse con conciencia encuentran paz. Reconectar con amigos, redescubrirse como individuos y construir un vínculo maduro con los hijos (si los hay) completa este renacer. Este eco, ligado a los anteriores sobre la paternidad y el nido, nos recuerda que cada elección –quedarse, partir o empezar de nuevo– es un paso hacia la autenticidad.</p><p>Próximo eco: El retiro laboral, el legado y el cierre de ciclos con paz.&nbsp;</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/Rsv7Yga2nUDu5lNaC_jSpouVU1o=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2025/09/olver_a_ser_dos.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>Elegir una pareja es un compromiso que evoluciona. Los años traen crecimiento, pero también desafíos que nos alejan.]]>
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                                <category term="saludmental" label="#SaludMental" />
                <updated>2026-04-13T19:30:09+00:00</updated>
                <published>2025-09-08T15:40:55+00:00</published>
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            El eco de lo que elegimos: soltar el nido, abrazar el vuelo
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                <![CDATA[Santiago Sarrabayrouse]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/8d3CRfJjXk-L0VDD55yFN6DdJbE=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2025/08/el_eco_de_lo_que_elegimos_soltar_el_nido_abrazar_el_vuelo.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>El día llega sin avisar. La casa, antes un torbellino de risas, discusiones y pasos apurados, se queda en silencio. Los hijos alzan vuelo y nosotros, los padres, nos enfrentamos a un duelo que no estaba en el manual: el síndrome del nido vacío. La elección de ser padres fue, para muchos, un acto de amor incondicional. Un sí rotundo que lo cambió todo. Años de trasnochar, de preocupaciones, de sueños postergados. Nuestra vida se organizó alrededor de ellos, con la promesa implícita de que estábamos construyendo un futuro. Y lo hicimos. Con la valentía de un guerrero, les dimos las herramientas para que un día volaran, aunque en el fondo, ese día se sintiera lejano. Pero ahora que la casa está vacía, el silencio nos grita una pregunta que habíamos olvidado: ¿quiénes somos cuando el rol de “mamá” o “papá” ya no es el centro?</p><p>Soltar a los hijos es como abrir la jaula y quedarte con el corazón en la mano. ¿Están listos para bancarse el mundo? ¿Les diste lo que precisaban para no estrellarse? John Bowlby, un grosso de la psicología, dice que un apego seguro les da alas, pero igual te tiemblan las piernas. ¿Fui suficiente? ¿Van a poder con los golpes? Ese miedo te pega como un cross de derecha, porque no es solo por ellos: es por vos, por ese pedazo de alma que se va. Es el instinto de proteger, rugiendo desde las entrañas. Soltar es confiar en lo que sembraste, aunque el silencio de la casa te taladre el pecho.</p><p>El nido vacío no es solo una casa callada; es un hueco que te come por dentro. La ciencia no te vende humo: hasta un 40% de los padres que pasan por este momento caen en depresión o ansiedad, según un meta-análisis de 18 estudios. En las mujeres, muchas veces esta etapa coincide con la entrada a la menopausia y la pérdida del rol de madre pega como una patada. La soledad se cuela por los rincones, y el vacío del “¿y ahora qué?” puede ser un garrón pesado. Tristeza que no afloja, noches sin pegar un ojo, ganas de quedarte en la cama, o, en el peor caso, pensamientos oscuros que te asustan.</p><p>Marta, una mujer que, cuando su hijo menor se fue a estudiar afuera, sintió que el mundo se le apagaba. Las mañanas, antes un quilombo de mates y gritos, se volvieron un silencio que le gritaba en la cara. Pero Marta se enganchó con un grupo de escritura, vomitó su duelo en palabras y encontró una luz al final del camino. Se reinventó. Los expertos lo tienen claro: terapia para desenredar el quilombo mental, caminatas que te saquen el peso del pecho, grupos de apoyo para no sentirte solo, o un hobby que te saque del pozo. Si no encarás ese vacío, te traga; si lo enfrentás, puede ser el comienzo de algo nuevo.</p><p>Soltar también te cambia el vínculo con tus hijos. Dejás de ser el superhéroe que arregla todo para ser un par, alguien que charla de igual a igual. Al principio es difícil encontrarle el ritmo: querés meterte en sus decisiones, ellos te frenan en seco. Pero cuando lo lográs, es una joya: charlas que van al hueso, consejos que van y vienen, una amistad que no te la esperabas. Soltar no es cortar el lazo; es aprender a quererlos sin apretar, dejando que sus alas se desplieguen solas.</p><p>El nido vacío es el eco de esa decisión que te marcó a fuego: ser padres. Fue un sí rotundo, un salto al vacío que te cambió la vida. Ahora, con los chicos volando, te mirás al espejo y preguntás: ¿quién soy ahora? Mientras ellos se rompen la cabeza con su “¿qué carajo hago con mi vida?”, vos revisitás ese sí inicial. ¿Valió la pena? Lo que les diste —valores, aguante, amor— es su equipaje, y también tu consuelo. Ese eco conecta generaciones: ellos buscan su rumbo, vos buscás el tuyo, y en el medio está el amor que los dejó volar.</p><p>El nido vacío duele, pero también es un regalo. Estudios de la Universidad de California dicen que esta etapa puede ser un subidón: menos peleas en casa, más tiempo para vos, para esas pasiones que dejaste en el freezer o para viajar sin horarios. El eco de esa pregunta —¿qué carajo hago con mi vida?— que hoy se hacen tus pibes, también te toca a vos. Pero ahora no se trata de construir un futuro, sino de redescubrir lo que te prende. El amor que los dejó volar ahora te da alas a vos también. El vacío no es el fin; es un lienzo para pintar de nuevo.</p><p>En nuestro próximo encuentro, exploraremos el reencuentro con la persona elegida, un nuevo capítulo donde el silencio del nido vacío se transforma en una danza de intimidad renovada, tejiendo lazos que resisten el tiempo.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/8d3CRfJjXk-L0VDD55yFN6DdJbE=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2025/08/el_eco_de_lo_que_elegimos_soltar_el_nido_abrazar_el_vuelo.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>El vacío duele pero libera. Soltar, un acto de amor que nos lleva a nuevos comienzos que debemos reconocer y enfrentar.]]>
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                <updated>2026-04-13T19:30:09+00:00</updated>
                <published>2025-08-31T13:51:10+00:00</published>
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            El eco de lo que elegimos: ¿Por qué sigo acá, odio mi zona de confort?
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                <![CDATA[Santiago Sarrabayrouse]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/UEHVHF540iHBiIOcg1nUgqs_c1Y=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2025/08/el_eco_de_lo_que_elegimos_por_que_sigo_aca.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>El peso de la rutina y el desgaste</p><p>Llegar a los 40 y pico es como frenar en medio de un viaje largo: mirás el mapa y te preguntás si vas por el camino correcto. El trabajo, que alguna vez brillaba con promesas, se volvió un loop agotador. La rutina, antes un refugio, ahora es una trampa. No hay desafíos nuevos, no hay sensación de avanzar, solo un techo invisible que aplasta. Esa "zona de confort" que parecía segura se transformó en una jaula silenciosa. "Hago lo mismo todos los días, pero ya no sé para qué", se escucha en charlas con amigos, en sobremesas, en el silencio de la noche. Los años de experiencia, aunque valiosos, pesan como un lastre si no están alineados con lo que hoy te prende. Ese desgaste no queda en la oficina; se cuela en la vida, dejando un vacío que cuesta nombrar.</p><p>Cuando la cabeza y el corazón no se hablan</p><p>La desmotivación no es un mal día. Es un nudo en el pecho al entrar a la oficina, es despertarte con la cabeza a mil, es sentir que estás obligado a seguir en algo que ya no sos vos. La ansiedad aparece cuando la cabeza te empuja a seguir, pero el corazón se resiste. La depresión se asoma cuando el sentido se pierde del todo. Como dice Viktor Frankl en El hombre en busca de sentido, sin un propósito, la vida se siente hueca. Y cuando el trabajo, que ocupa tanto de nuestro tiempo, deja de darnos ese "para qué", la angustia se hace compañera. La pregunta no es solo "por qué sigo acá", sino "quién soy si no estoy acá". Simon Sinek, en Empieza con el porqué, lo plantea claro: necesitamos conectar con lo que nos impulsa de verdad, no solo con lo que paga las cuentas. Sin ese "porqué", el trabajo se vuelve un eco vacío.</p><p>El espejismo de la seguridad</p><p>¿Por qué seguimos? Por el sueldo, claro. Esa jaula dorada que brilla con la promesa de estabilidad, pero que cobra un precio alto: tu paz mental. "Más vale malo conocido", pensás, mientras pagás las cuentas, la cuota del auto, el colegio de los chicos. Pero aferrarte a esa seguridad tiene un costo que no se mide en pesos. Renunciar da vértigo: ¿y si no encuentro nada? ¿Y si la cago? El espejismo del sueldo fijo te mantiene atado, aunque el día a día te consuma. El Estudio Harvard sobre el Desarrollo Adulto lo desmiente: la felicidad no está en la plata, sino en las relaciones y en sentir que aportás algo. Quedarte por el sueldo puede ser práctico, pero ¿a qué costo emocional?</p><p>El eco del futuro: el miedo a la jubilación</p><p>A los 40 y pico, la jubilación empieza a asomarse como un horizonte lejano pero real. ¿Qué pasa cuando el trabajo, que fue tu identidad por años, se termina? El miedo a quedar sin propósito, sin rutina, sin algo que te defina es paralizante. Algunos se preguntan si lo que construyeron valió la pena; otros temen no tener suficiente para el futuro, económica o emocionalmente. Este miedo refuerza la inercia: quedarse en lo conocido, aunque no llene, parece menos arriesgado que dar un salto al vacío. Pero aferrarte a un trabajo que te pesa no te prepara mejor para ese futuro; solo posterga la pregunta.</p><p>Aceptar y reencuadrar: un nuevo comienzo</p><p>Llegar a este punto implica aceptar que algunos sueños –dinero, éxito, reconocimiento– no se cumplieron como esperabas. Pero esa aceptación no es rendirse; es abrir la puerta a algo nuevo. No siempre hay que tirar todo por la borda. A veces, el cambio está en encontrar un nuevo "porqué" en lo que hacés: un proyecto que te motive, un rol que te desafíe, o una nueva mirada. Como dice Sinek, el "porqué" es el motor que da sentido a lo que hacés. Quizás el éxito no es un ascenso, sino irte a dormir con la conciencia tranquila. Replantear el éxito es liberador: puede ser contribuir a una causa, aprender algo nuevo o equilibrar mejor el trabajo con la vida personal.</p><p>Vocación versus realidad: ¿se puede volver atrás?</p><p>La vocación, ese fuego que te empujó alguna vez, puede estar enterrada bajo años de pragmatismo. ¿Se puede recuperar? No siempre, pero sí se puede encontrar un punto medio. Capacitarte en algo que te intrigue, probar un proyecto paralelo o renegociar tu rol actual son formas de reconectar. A veces, la vocación no está en el trabajo, sino en lo que te permite: tiempo para un hobby, recursos para viajar, estabilidad para tu familia. Pero también hay que ser honesto: si el trabajo actual no da para más, quizás sea hora de explorar otro rumbo. No se trata de volver a los 20, sino de preguntarte: ¿qué me prende hoy?</p><p>Estrategias para moverse</p><p>No hace falta un cambio épico para salir del estancamiento. Acá van algunas ideas prácticas:</p>Buscá pequeñas victorias: Encontrá algo en tu trabajo que todavía te guste, aunque sea mínimo, y hacelo crecer.Desafiá la rutina: Proponé un proyecto nuevo, aprendé algo diferente o pedí un cambio de responsabilidades.Seguí aprendiendo: Un curso, un libro, un taller. Crecer te recuerda que podés.Conectá con tu impacto: Pensá cómo tu trabajo, aunque sea en lo pequeño, aporta a algo más grande. Si no lo encontrás, quizás sea hora de buscar otro rumbo.Armá una red: Charlar con colegas, mentores o amigos del rubro te da perspectiva y te abre puertas.Cuidarte: La terapia puede ayudarte a desenredar la angustia y a entender qué querés de verdad.Redefiní tu impacto: Inspirado en Sinek, preguntate: ¿cuál es el "porqué" detrás de lo que hacés? Si no lo encontrás, buscá dónde sí puedas aportar valor.<p>La crisis de los 40 y pico es más que un mal momento; es una chance de replantear todo. Escuchar ese eco que pregunta "por qué sigo acá" es el primer paso. No se trata de tirar todo, sino de decidir con coraje: ¿seguís en el mismo camino o creás uno nuevo? Como dice Simon Sinek, "trabajar duro en algo que no nos importa se llama estrés; trabajar duro en algo que amamos se llama pasión". La vida que queda merece tener sentido. El cambio no es fácil, pero quedarse atrapado en un trabajo que te apaga es aún más caro. ¿Qué paso vas a dar hoy para que ese eco sea una guía y no un peso?</p><p>Próximo eco: En nuestro próximo encuentro, exploraremos el "nido vacío" y el reencuentro con tu pareja, un nuevo capítulo donde los roles se redefinen y la conexión se profundiza.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/UEHVHF540iHBiIOcg1nUgqs_c1Y=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2025/08/el_eco_de_lo_que_elegimos_por_que_sigo_aca.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>La chispa del laburo se apagó. Entre la jaula de oro del sueldo y el miedo al salto. ¿Cómo volver a lo que nos mueve?]]>
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                <updated>2026-04-13T19:30:09+00:00</updated>
                <published>2025-08-24T14:00:55+00:00</published>
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            El eco de lo que elegimos: Ser o no ser... padres, esa es la cuestión
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                <![CDATA[Santiago Sarrabayrouse]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/zZEhsyAxpXchA_DTv7J_Pe3m2Ps=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2025/08/el_eco_de_lo_que_elegimos_ser_o_no_ser_padres_esa_es_la_cuestion.png" class="type:primaryImage" /></figure><p>Si elegir una carrera es un vértigo que te hace sudar frío y encontrar a tu media naranja es jugártela a que te rompan el corazón, decidir si traer hijos al mundo te pega en el pecho como un cross de derecha. Es la cuarta entrega de El eco de lo que elegimos, después de la intro, el “¿qué carajo hago con mi vida?” y el “¿quién se anima a caminar conmigo?”. Este dilema te revuelve las tripas, porque toca un instinto crudo, ese fuego que desde hace siglos nos empuja a dejar algo nuestro en el mundo, pero también te enfrenta al espejismo de una vida sin ataduras. La ciencia dice que esta elección te prende el cerebro: la alegría de un bebé que balbucea “papá” o el cagazo de una fiebre a las tres de la mañana te hacen saltar el corazón como si fuera una fiesta electrónica. Algunos van por la familia de manual, otros la arman a su manera —clásicas, monoparentales, adoptivas, ensambladas con sus líos y sus amores—, pero todos resuelven según lo que les canta el alma.</p><p>Día del Niño, con los chicos corriendo y gritando, es el momento justo para hacerse la gran pregunta, al estilo Hamlet: “¿Ser o no ser... padres? Esa es la cuestión”. No es un melodrama para la tele; es el latido de la vida misma, un eco que resuena desde las cuevas hasta los departamentos con Wi-Fi. Y no es solo decidir; es asumir quién sos con esa elección, porque ser o no ser padres te redefine el alma, te obliga a mirarte al espejo y preguntarte qué querés dejar en este mundo.</p><p>El “sí”: un salto al vacío que valeEmpecemos con el “sí”, que viene de las entrañas. Darwin lo vio claro: no se trata solo de sobrevivir vos, sino de que tus genes sigan la fiesta. Hay un instinto animal, metido en el ADN, que te grita “dejá algo tuyo en este mundo”. Tener hijos no es solo biología; es jugártela por un legado, apostar a que una sonrisa, un valor, una pavada que enseñaste va a seguir dando vueltas cuando ya no estés. Erikson, un grosso de la psicología, le puso “generatividad” a esa necesidad de crear algo más grande que vos, de cuidar, de enseñar, de no quedarte mirando el ombligo. Porque, seamos sinceros, una vida solo para vos puede volverse un loop egoísta que no te lleva a ningún lado.</p><p>Imaginá: el primer pasito torpe de tu hijo, esa risa que te hace olvidar el quilombo del día, el mate frío y las ojeras. Los estudios de Harvard no te venden humo: las relaciones profundas, y ninguna como la de criar, son la clave para una vida que tenga sentido. La familia —sea la clásica con papá, mamá e hijos, una monoparental, una adoptiva o un collage de amor y caos de una ensamblada— es un refugio en un mundo que a veces es puro ruido y ego. Traer hijos es tirar una semilla al viento, enseñarles a ser buena gente, a bancarse los golpes. Es el antídoto al “yo, yo, yo” de esta época: criar es soltar el control de tu vida y pasárselo a otro, aunque sea por un rato.</p><p>Cuando el sueño se trabaPero a veces el “sí” no llega, y eso es un puñal que se clava lento. Hay quienes quieren ser padres con toda el alma y la vida les pone un freno: infertilidad, circunstancias, o un destino que no se alinea. Ese deseo roto es un golpe que te deja sin aire. Estudios en Journal of Reproductive and Infant Psychology lo confirman: la infertilidad o no poder formar una familia puede disparar un duelo que te come por dentro, ansiedad que te aprieta el pecho como una tenaza, depresión que te susurra que algo en vos está roto. Las esperas eternas, las citas médicas, los “¿y para cuándo el bebito?” de los demás te clavan como agujas. Y la presión social —esas miradas en las reuniones familiares, los comentarios que te señalan como si estuvieras incompleto— hace que el dolor pese el doble.</p><p>Acá la salud mental es el campo de batalla. Ese loop de culpa e inseguridad puede convertirse en un silencio que te grita en la cara. Pero hay salidas. Los tratamientos de fertilidad son una opción, aunque el camino puede ser un desgaste que no siempre termina en abrazo. La adopción es otra: un acto de amor puro, abrirle la puerta a un chico que ya está en el mundo y necesita un hogar. No es un plan B, es un “sí” distinto, con su propia magia. Y si ninguna de estas encaja, armar una familia distinta —con sobrinos, ahijados, o una comunidad que te abrace— también es un camino. Hablar con alguien, un terapeuta, un amigo, un guía, es como prender una linterna en la oscuridad: te ayuda a navegar el duelo, a reconstruir quién sos y a encontrar sentido en otro lado. No es de débil, es de valiente.</p><p>El “no”: la tentación de la libertadEl “no” también tiene su encanto, y en esta época pega fuerte. La modernidad te susurra: ¿para qué pañales y trasnoches si podés viajar, salir hasta las mil, o meterte de lleno en tus proyectos? El hedonismo de hoy te vende que sin hijos tenés más guita, más tiempo, más vos. En una cultura donde el “yo” es el rey, no tener hijos parece un golazo: todo para vos, sin complicaciones. Y la movida woke a veces le pone pimienta, diciendo que la familia es una trampa vieja, una jaula que te corta las alas. Pero la sociedad también te apunta con el dedo: “¿Y quién te va a cuidar de viejo?”, como si no tener hijos fuera un delito.</p><p>Pero, ¿y si esa libertad es puro humo? Nietzsche ya lo tiró: sin algo más grande que vos, la vida puede volverse un eco vacío. Los likes, las fiestas, las cosas que comprás te dan un subidón, pero después te dejan con un hueco que no explicás. La psicología positiva, como la de Seligman, lo tiene claro: la felicidad de verdad viene de los vínculos, no de correr atrás de placeres que se esfuman. No tener hijos puede ser una elección válida —por lo que sea, por convicción, por no sentirte listo—, pero si es puro egoísmo, corrés el riesgo de quedarte con un silencio que grita. La soledad no deseada, según la psiquiatría, puede disparar ansiedad, depresión, incluso problemas más serios, porque somos bichos sociales, y sin conexiones profundas, el alma se apaga.</p><p>El faro de la familiaNos tiramos de cabeza por el “sí”, no porque sea una obligación, sino porque es meterse en algo más grande que vos. Tener hijos es jugártela: te saca canas, te da miedos, pero también te llena de momentos que no cambiarías por nada. Y si la paternidad no llega, hay otros caminos —adopción, comunidad, amor en otras formas— que también son familia. Hay familias de todos los colores: clásicas, monoparentales, adoptivas, ensambladas con sus líos y sus amores. Todas pueden ser un nido donde crecen valores, empatía en un mundo que a veces es un sálvese quien pueda, coraje para los golpes de la vida. Hoy, Día del Niño, los chicos nos recuerdan que son el puente al mañana.</p><p>Ser padres no es para todos, pero en ese “sí” —o en la pelea por alcanzarlo— hay una chispa que le gana a la nada. ¿Ser o no ser? Elegí con el alma, porque ese eco va a sonar cuando todo lo demás se apague.</p><p>La próxima entrega: En otro eco de El eco de lo que elegimos, nos vamos a meter en cómo sostenerse en el laburo cerca de los 40, cuando la rutina puede apagar la chispa y te obliga a preguntarte si seguís en piloto automático o buscás un nuevo horizonte.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/zZEhsyAxpXchA_DTv7J_Pe3m2Ps=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2025/08/el_eco_de_lo_que_elegimos_ser_o_no_ser_padres_esa_es_la_cuestion.png" class="type:primaryImage" /></figure>En un mundo que te tira entre el grito primal de perpetuar la vida y el canto fácil del “viví para vos”, elegir ser padres es un soliloquio shakesperiano. ¿Dar vida y después dejarla volar?]]>
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                <updated>2026-04-13T19:30:09+00:00</updated>
                <published>2025-08-18T11:30:00+00:00</published>
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            Chicos con infancias felices: el arte de criar con amor y corazón
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                <![CDATA[Santiago Sarrabayrouse]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/H_GqDdwL7FCKA364TrW86ZQuj9o=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2025/08/construyendo_ninos_felices_un_abrazo_para_padres_con_ganas_de_hacerlo_bien.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>“Es más fácil construir niños fuertes que reparar adultos rotos”, decía Frederick Douglass, y qué razón tenía. Criar chicos felices no es una ciencia exacta, es un arte del corazón. Como psiquiatra, pero sobre todo como alguien que cree en el poder de los vínculos, quiero darles unas pistas para que sus pibes crezcan con una sonrisa ancha y un alma fuerte. Esto no va de manuales complicados, sino de conectar de verdad, con amor y estar presente.</p>Estar presente: el regalo que no se paga con plata<p>No hay nada que le gane a estar ahí, pero de verdad. No es estar mirando el celular mientras tu hijo te cuenta que voló con un dragón en su imaginación. Es tirarte al piso a jugar, reírte de sus locuras o escuchar sus “por qué” hasta que te duelan los oídos. Esos momentos son como meterle nafta premium al corazón de un chico: lo llenan de seguridad. Un estudio de Cambridge dice que los pibes que tienen charlas copadas con sus viejos tienen un 30% más de chances de sentirse seguros de grandes. Así que guardá el teléfono, apagá la tele y metele pilas a estar con ellos. Eso es amor de verdad.</p>Límites con onda: no son el cuco, son guías<p>Los límites no son ser el malo de la película. Son como las líneas de la cancha: te dicen por dónde va el juego y te dan seguridad para gambetear la vida. Poner un “no” con calma, explicando el porqué, es darles un mapa para que no se pierdan. Pero ojo, un “no” seco, sin cariño, es como una pared de hielo. Hay que ponerle corazón: mostrarles que las reglas no son para joder, sino para cuidarlos. Ser firme pero con una sonrisa, con un guiño que diga “te quiero”, es la clave para que aprendan a bancarse las frustraciones sin drama. Los límites con compasión son como un abrazo que también enseña.</p>La naturaleza y el movimiento: el antídoto contra el bajón<p>Sacá a tus pibes al aire libre y vas a ver cómo se les ilumina la cara. Un parque, un árbol para trepar, una pelota para patear en la plaza: eso es magia pura. Un estudio danés mostró que los chicos que se la pasan en la naturaleza tienen un 55% menos de chances de andar con la cabeza gacha de grandes. Y el deporte, sea un picadito en el barrio o una carrera improvisada, les enseña a jugar en equipo, a perder sin hacer berrinche y a ganar sin creérsela. Las pantallas, en cambio, son como un chupetín: ricas un rato, pero si te pasás, te empachás. Limitá el tiempo frente al celular o la tablet y cambiá los videojuegos por una tarde de saltar charcos o correr hasta quedar sin aire. Eso sí que recarga el alma.</p>Bullying e inclusión: criar pibes que sumen, no que resten<p>Nadie quiere que su hijo la pase mal o haga pasar mal a otros. El bullying es un fantasma feo, pero se espanta con empatía. Enseñales a tus chicos a mirar al otro, a entender que todos tienen algo para ofrecer, a tender una mano si ven a alguien solito. En casa, contales historias que los hagan pensar, jugá a cosas donde todos ganen, hablá de lo que les pasa por la cabeza. Eso forja corazones que no lastiman. Y si tu hijo viene con el corazón arrugado por un comentario cruel, escuchalo con todo, sin apurarlo, y buscá ayuda si hace falta. Un chico que crece sintiéndose valorado y valorando a los demás lleva esa fuerza al mundo.</p>Conectar desde el alma<p>Criar pibes felices no es ser perfecto, es estar ahí con el corazón abierto. Abrazalos, dejá que se embarrren, que se caigan y se paren solos. Alimentá sus preguntas, sus sueños, sus ganas de explorar. Cada charla, cada límite con amor, cada tarde al sol es una semilla para un adulto que no va a necesitar remiendos, porque creció fuerte, querido y libre. Este Día del Niño, hagamos un pacto: menos regalos vacíos, más momentos que llenen el alma.</p><p>&nbsp;</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/H_GqDdwL7FCKA364TrW86ZQuj9o=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2025/08/construyendo_ninos_felices_un_abrazo_para_padres_con_ganas_de_hacerlo_bien.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>El rol de los abrazos, la presencia y el cariño, para sembrar un futuro sano, con chicos resilientes y libres.]]>
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                <updated>2026-04-13T19:30:09+00:00</updated>
                <published>2025-08-16T13:41:13+00:00</published>
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            Seis grandes decisiones para disfrutar la vida ¿estás preparado para ser feliz?
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                <![CDATA[Santiago Sarrabayrouse]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/dmjxoq8TwjDkY2d-7xleslaJh-I=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2025/08/decisiones.png" class="type:primaryImage" /></figure><p>Esta es la presentación de una serie de notas en las que vamos a sencillamente plantear un manual de instrucciónes para corajudos, para los que se animan a vivir riéndose y disfrutar la vida a pesar de los tragos amargos. Vamos entonces a resolver, o hacer el intento, de preguntarnos qué cosas son importantes debatir internamente para caminar el sendero de la paz interior. Lograr que a la mañana se nos dibuje una sonrisa para arrancar el día a pesar de todo. Si queres ser feliz, tengo una primera noticia para vos que me estás leyendo: no depende de nadie más que de vos. Ahora bien, empecemos a pensar.&nbsp;</p><p>La vida es un despelote de decisiones, y si la primera gran pregunta es “¿qué hago con mi vida?”, la segunda pega más hondo: ¿quién se anima a caminar con vos? No es solo buscar pareja, no es solo el amor romántico con su fuego y sus promesas. Es tejer una red de vínculos —pareja, amigos, familia, comunidad— que te sostengan, te desafíen y te hagan mejor. Pero en un mundo que nos vende conexiones instantáneas y nos deja más solos que nunca, elegir bien es un arte. Y, como todo arte, requiere coraje, autoconocimiento y un toque de rebeldía contra los patrones que nos traban.</p>Los hilos invisibles del apego<p>Todo arranca en la cuna. John Bowlby, con su Teoría del Apego, lo dejó claro: cómo nos cuidaron de chicos escribe el guión de cómo amamos de grandes. ¿Tuviste un “puerto seguro” donde descansar tranquilo? ¿O creciste con el miedo al abandono, siempre alerta, siempre dudando? Los estilos de apego —seguro, ansioso, evitativo, desorganizado— son como un tatuaje emocional. Si sos de los que se aferran como si el otro fuera oxígeno, o de los que salen corriendo cuando la cosa se pone íntima, ahí está la clave. Conocer tu estilo de apego no es solo un ejercicio de psicoanálisis cool; es el primer paso para no tropezar siempre con la misma piedra. Porque, seamos sinceros, repetir patrones tóxicos es como escuchar la misma canción rota una y otra vez.</p>El amor: incondicional, exigente, con límites<p>Hablar de amor es meterse en terreno pantanoso. Cada uno tiene su definición, moldeada por sus vivencias, sus cicatrices, sus sueños. Pero si me preguntás, el amor de verdad tiene dos patas: incondicionalidad y exigencia. Suena contradictorio, pero no lo es. Amar incondicionalmente es estar para el otro sin esperar que sea tu salvador, tu terapeuta o tu muleta. Es quererlo entero, con sus luces y sus sombras, sin querer cambiarlo. Pero ser incondicional no es depender; es poner límites claros, respetarse a uno mismo y al otro. Amar no es un vale todo. Un amor sano no te pide que te anules, ni que soportes lo insoportable. Es un pacto donde ambos crecen, se desafían y se cuidan, pero nunca se atan.</p>Vínculos que curan, vínculos que duelen<p>La ciencia no miente: el Estudio de Desarrollo de Adultos de Harvard lo dejó clarito. No es la guita, no es la fama, son las relaciones sanas las que te hacen vivir más y mejor. Un amigo que te escucha sin juzgar, una pareja que te banca en las malas, una comunidad que te abraza cuando todo se derrumba: eso es un escudo contra la ansiedad, la depresión y el estrés. Pero ojo, los vínculos tóxicos son veneno puro. Una relación —de pareja, de amistad, o incluso familiar— que te apaga, que te hace dudar de vos mismo, que te enreda en celos, codependencia o peleas eternas, es un boleto directo al malestar. Y la soledad, esa sombra que acecha, no es solo no tener pareja. Es sentir que no tenés a nadie en tu esquina, que no hay un amigo, un pariente, un vecino que te tire una soga. Las redes sociales, con sus vidas perfectas y sus likes vacíos, a veces agrandan ese hueco. La clave está en conectar de verdad: bajar la guardia, buscar un amigo, un hobbie, una causa. Algo que te saque del pozo y te devuelva al mundo.</p>Comunicar es el verbo<p>Las relaciones no son magia, son laburo. Y el corazón de ese laburo es la comunicación. No es solo hablar, es escuchar sin planear la respuesta mientras el otro suelta su verdad. Es pelear sin destruir, decir lo que sentís sin esperar que el otro sea adivino. Es poner límites sin culpa y respetar los del otro. Las relaciones sanas —de pareja, de amistad, de comunidad— se construyen con respeto mutuo, con la valentía de mostrarte vulnerable y la humildad de admitir cuando la pifiaste. Porque no se trata solo de encontrar una media naranja; tus amigos, tu familia, tu tribu son la red que te sostiene cuando la vida pega.</p>Cuando el camino se tuerce<p>A veces, las cosas se pudren. Relaciones —de pareja, de amigos, de familia— que se vuelven un loop de peleas, silencios que cortan como navajas, o patrones que te enganchan con gente que te lastima. Las relaciones tóxicas no son solo peleas épicas o portazos; son esos vínculos que te desgastan, que te hacen sentir menos, que te atrapan en un ciclo de celos, control o indiferencia. Desde la psiquiatría, se sabe que detrás de estos quilombos muchas veces hay algo más profundo: inseguridades grabadas a fuego, traumas que no sanaron, o incluso trastornos que complican todo. Por ejemplo, alguien con un carácter súper intenso, que pasa de idealizarte a ignorarte, puede estar lidiando con algo como un trastorno límite, que hace que las relaciones sean una montaña rusa emocional. O alguien que siempre necesita ser el centro y no empatiza con vos, quizás esté atrapado en un patrón narcisista. La depresión, la ansiedad o heridas de traumas pasados también pueden meterse en el medio, haciendo que la confianza o la intimidad sean una misión imposible. La terapia no es un lujo, es un mapa para salir del laberinto. Identificar esos patrones —codependencia, celos enfermizos, juegos de poder— es el primer paso para cortarlos. Y cuando un vínculo se rompe, sea una pareja o una amistad, el duelo duele como un mazazo. No es solo extrañar; es lidiar con la pérdida de lo que pudo haber sido. Sanar no es olvidar, es soltar, y eso lleva tiempo y coraje.</p>El eco de tus elecciones<p>Elegir con quién compartir la vida es elegir cómo querés vivirla. No se trata de encontrar al “indicado”, sino de ser vos el indicado para alguien —pareja, amigo, comunidad—, con tus virtudes y tus grietas. Pero no elegir, encerrarte, aislarte del mundo, también tiene su precio. La soledad no deseada no es solo un mal día; puede arrastrarte a la depresión, la ansiedad o problemas más serios. La psiquiatría lo ve claro: el aislamiento crónico, sin amigos, sin tribu, sin nadie con quien compartir las risas o las broncas, puede hacer que el alma se apague. Construir relaciones sanas es un arte que se aprende, y el pincel está en tus manos. Elegí con quién caminar, porque el eco de esa elección va a resonar toda tu vida.</p><p>La próxima entrega: ¿Hijos, ser o no ser? Esa es la cuestión que sacude el alma. La semana que viene, te contamos si traer vida al mundo es tu destino o si la libertad de no hacerlo es tu verdad.</p><p>&nbsp;</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/dmjxoq8TwjDkY2d-7xleslaJh-I=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2025/08/decisiones.png" class="type:primaryImage" /></figure>Seres gregarios que tejen lazos de amor, amistad y comunidad, que nos sostienen y nos desafían. Elegir con quién compartir la vida; es un acto de valentía.]]>
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            El Eco de lo que Elegimos: La búsqueda de un propósito
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                <![CDATA[Santiago Sarrabayrouse]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/7_eBogGgrcaX2PLAT7sdCt4z8xY=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2025/08/el_eco_de_lo_que_elegimos_que_carajo_hago_con_mi_vida_la_busqueda_de_un_proposito.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>A los 17 o 20, la vida te tira un baldazo de agua fría: ¿Qué hago ahora? El mundo es un mapa sin brújula, y elegir qué estudiar o en qué laburar se siente como apostar todo a un número. No es solo elegir una carrera —médico, emprendedor, lo que sea—, sino encontrar un propósito que te haga sentir que aportás algo valioso. Estudios de orientación vocacional muestran que muchos chicos se frenan en seco por dudas o la sensación de un año "perdido". Pero estos tropezones no son el fin; son un guiño para mirar adentro y alinear lo que te mueve con lo que el mundo necesita.</p>Simon Sinek: Arrancá por el "porqué"<p>Simon Sinek, en su famosa charla TED, la tiene clara: todo empieza por el "porqué". No es un destino lejano, sino esa chispa que te levanta: ¿por qué existo? ¿Qué me prende fuego? En Find Your Why, propone un ejercicio simple: juntate con amigos cercanos y pediles que te cuenten historias sobre vos que los marcaron. De esas charlas salen patrones —como conectar gente, resolver problemas, inspirar a otros o hacer reír hasta las lágrimas— que muestran quién sos realmente. En minutos, podés descubrir esa motivación que da sentido a cada paso, evitando carreras vacías que no te bancan en los días duros. Un "porqué" sólido suele ir más allá de uno mismo: es aportar a la comunidad, dejar una huella.</p>Fortalezas y sentido con Martin Seligman<p>La psicología positiva de Martin Seligman suma otra pieza: el propósito crece cuando usás eso que te sale natural —creatividad, aguante, empatía— para algo más grande. Con su modelo PERMA (Positive Emotions: emociones positivas; Engagement: fluidez o "flow"; Relationships: relaciones; Meaning: sentido; Accomplishment: logros), Seligman dice que la felicidad no es un subidón pasajero, sino hacer cosas con ganas que impacten en el entorno. ¿Cómo encontrás eso que te hace único? Pensá en esos momentos en que el tiempo voló o alguien te dijo "qué genio sos en esto". Usá esas cualidades en roles que dejen marca, ya sea curando, creando o emprendiendo.</p>El Estudio de Harvard: Comunidad es todo<p>El Estudio de Desarrollo de Adultos de Harvard, liderado por Robert Waldinger, lo confirma tras ocho décadas: la buena vida no se trata de guita o fama, sino de relaciones cálidas y un sentido de comunidad. Su charla TED "¿Qué hace una buena vida?" lo resume: ponerle pilas a un propósito que conecta con tu gente —tu tribu— te da una fuerza que no se quiebra y una alegría que no se pincha fácil. Los que invirtieron en lazos fuertes vivieron más sanos y felices. Un "porqué" colectivo no solo te guía, sino que teje redes que te sostienen.</p>Cuando la crisis pega: Ansiedad y parálisis<p>Pero este camino no siempre es luminoso. Elegir puede ser un garrón: la ansiedad, la indecisión o hasta ataques de pánico aparecen. Es una crisis de identidad, sentirse perdido en un mar de opciones.</p><p>Tomemos a Martín, un pibe de 19 que llegó al consultorio con una angustia heavy. Había arrancado Ingeniería Industrial, pero algo no cerraba: sudoración, taquicardia en las aulas, una sensación de "no soy yo". Los ataques de pánico y noches sin dormir lo empujaron a consultar. La medicación (un ISRS) y un hipnótico para mejorar el sueño fueron clave para "parar la locomotora". "Es como que saqué la cabeza de abajo del agua", me dijo. Ahí pudo hablar con sus viejos y darse cuenta de que Ingeniería no era lo suyo. Su pasión estaba en el campo, los caballos, las raíces rurales. Al pasarse a Agronomía, conectó con su "porqué" y los síntomas se fueron. La psiquiatría no solo calma: despeja el ruido para elegir desde el alma, no desde la presión.</p>El propósito evoluciona: Probá y ajustá<p>Esta decisión inicial resuena por décadas, pero no es fija. Como dicen los psicólogos, el propósito muta: lo que te volaba la cabeza a los 20 puede cambiar a los 30. La clave es probar, meterte, equivocarte y ajustar. Sin un "porqué" claro, caés en la rutina; con uno, hasta los tropiezos tienen sentido. El estudio de Harvard lo refuerza: un propósito compartido te da dirección y redes que te bancan.</p><p>¿Y ahora qué? Movete: hacé un test vocacional, charlá con alguien que labure en lo que te gusta, metete en un voluntariado. El hombre en busca de sentido de Viktor Frankl, sobreviviente del Holocausto, te recuerda que el sentido aparece hasta en la peor tormenta. Si la ansiedad te desborda, buscá un psiquiatra: con herramientas como la medicación, la terapia cognitivo-conductual o la atención plena, podés calmar el ruido y encontrar claridad para elegir desde tu esencia. No hay receta mágica, pero enfrentar esta crisis es plantar una semilla que crece con vos, dejando un eco que no solo te llena, sino que toca a los que te rodean.</p><p>En la próxima entrega, vamos por la segunda gran pregunta: ¿con quién compartir la vida? Porque elegir a tu compañero de ruta es tan importante como definir tu rumbo. ¿Cómo sabés quién es el indicado? La semana que viene te lo contamos.&nbsp;</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/7_eBogGgrcaX2PLAT7sdCt4z8xY=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2025/08/el_eco_de_lo_que_elegimos_que_carajo_hago_con_mi_vida_la_busqueda_de_un_proposito.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>A los 17 o 20, la presión de elegir carrera golpea fuerte: descubrí cómo encontrar tu 'porqué' y superar la ansiedad con guía profesional. ¿Qué carajo hago con mi vida?]]>
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                <updated>2026-04-13T19:30:09+00:00</updated>
                <published>2025-08-10T15:50:05+00:00</published>
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            El eco de lo que elegimos
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                <![CDATA[Santiago Sarrabayrouse]]>
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        </author>
        
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/tgTdNN3gUc2A7zvwJlCDdnGbg9I=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2025/08/a_6.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>La vida es un tejido de decisiones, cada una como un eco que resuena en las siguientes, dando forma a un camino que no siempre vemos con claridad. No son elecciones banales, sino crisis biográficas que marcan hitos universales: qué hacer con la vida, con quién compartirla, si traer hijos al mundo, cómo sostenerse en lo laboral, cuándo soltar a esos hijos y cómo reencontrarse con la persona que elegimos. Estas seis encrucijadas, que suelen aparecer entre los 20 y los 50 años, cruzan culturas y géneros, desafiándonos a mirar hacia adentro con valentía y honestidad. En esta serie semanal, exploraremos cada una, combinando reflexiones psicológicas con historias humanas, para entender cómo estas decisiones nos transforman y cómo sus ecos se entrelazan, como hilos que conectan nuestro pasado con el futuro.</p><p>Estas crisis no son pasos aislados; forman un ciclo donde cada decisión dialoga con las demás. La psicología del desarrollo, con autores como Erik Erikson, las ve como oportunidades para crecer, no solo como obstáculos. La primera decisión, por ejemplo, resuena en la cuarta; la segunda se proyecta hacia la sexta; la tercera se cruza con la quinta. No hay respuestas únicas, pero reconocer su universalidad nos ayuda a sentirnos acompañados. Cada semana, desmenuzaremos una de estas crisis, con ejemplos que podrían ser los de cualquiera de nosotros, y un toque de ciencia para iluminar el camino. Hoy, presentamos este mapa de seis hitos, un punto de partida para entender cómo nuestras elecciones nos construyen.</p><p>La primera gran decisión es qué hacer con la vida. No se trata solo de elegir una carrera, sino de definir un propósito en un mundo que no nos espera. Estudios en orientación vocacional muestran que, entre los 17 y los 20, muchos buscan su rumbo con sueños grandes o tests, pero los tropiezos son comunes. La psicología positiva, con figuras como Martin Seligman, sugiere que esta elección alinea nuestras fortalezas con algo que tenga sentido, sea curar, crear o emprender. Su eco se siente años después, cuando nos preguntamos si ese camino aún nos representa.</p><p>La segunda, con quién compartir la vida, toca el corazón de nuestras conexiones. La neurociencia explica cómo un encuentro fortuito puede disparar dopamina y oxitocina, tejiendo lazos profundos. Pero elegir pareja —o la soltería— implica navegar dudas y prejuicios, desde diferencias culturales hasta distancias geográficas. Psicólogos relacionales destacan que esta crisis balancea independencia y vulnerabilidad, construyendo confianza con el tiempo. Su eco se extiende hacia el futuro, cuando buscamos reconectar con esa persona tras años de vida compartida.</p><p>La tercera, si traer hijos al mundo, conecta con un instinto ancestral de perpetuar el legado, pero no es un camino universal: algunos eligen no tenerlos, priorizando autonomía, placer momentáneo o hedonismo en una era más egocéntrica. Estudios en psicología familiar muestran que esta decisión despierta emociones intensas, desde la alegría de un llanto infantil hasta el miedo de una fiebre, activando el hipocampo y la amígdala. Es un riesgo diverso: algunos forman familias tradicionales, otros redefinen familia, resolviéndolo según sus valores.</p><p>La cuarta gran decisión emerge cerca de los 40, cuando la rutina laboral puede opacar la chispa inicial, llevándonos a preguntarnos si seguimos adelante o buscamos nuevos rumbos. Más allá de pagar cuentas, se trata de hallar un sentido renovado, como ascender una montaña con pasos firmes, conectando con la primera crisis para ajustar el camino con la experiencia acumulada. La búsqueda a través del coaching, junto con herramientas como la reflexión personal o la redefinición de metas, puede ayudar a reencauzar ese rumbo, aunque riesgos como la apatía, la depresión o el burnout acechan si no se actúa a tiempo, marcando esta etapa como un punto crítico para reinventarse.</p><p>La quinta, soltar a los hijos, es un duelo inesperado que llega cuando ellos empiezan a volar, conocido como el síndrome del nido vacío. Estudios en psicología del apego, inspirados en John Bowlby, muestran que esta transición reta a los padres a soltar con amor, confiando en los valores sembrados. Para quienes no eligieron tener hijos, el "soltar" puede ser de otros roles o proyectos queridos. No siempre es negativo: investigaciones indican que abre puertas a libertad, tiempo personal y renovación en la pareja o la propia vida, convirtiendo el vacío en un espacio para nuevos propósitos. Su eco resuena con la tercera crisis, marcando un paso en la evolución personal que trasciende las experiencias individuales.</p><p>La sexta crisis, reencontrarse con la persona elegida, es mirarse tras años de caminar codo a codo y redescubrir el lazo que los unió, una danza madura de renovación intencional según la psicología de pareja. Aspectos positivos incluyen mayor libertad para compartir tiempo libre, disfrutar del legado familiar, redescubrir la sexualidad en la madurez y planear el retiro juntos, fomentando salud emocional y felicidad duradera. Sin embargo, desafíos como el declive en la intimidad por excesiva familiaridad, conflictos acumulados o el vacío del nido vacío pueden llevar a apatía o divorcios. Estudios muestran que esfuerzos conscientes —abrazos sincronizados, momentos fundacionales y conexión física— reavivan el amor, con beneficios neurales que mantienen la intensidad inicial. Este eco dialoga con la segunda decisión, tejiendo pasado y presente con acciones diarias.</p><p>Cada semana, en esta serie, exploraremos una de estas crisis con historias y ciencia que nos acerquen a sus matices. La próxima entrega abordará la primera: qué hacer con la vida. Porque la vida es el eco de lo que elegimos: un compás cálido que nos guía, recordándonos que, entre la duda y el coraje, todos estamos tejiendo algo único.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/tgTdNN3gUc2A7zvwJlCDdnGbg9I=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2025/08/a_6.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>Todos enfrentamos momentos clave que definen quiénes somos. Esta serie explora las seis grandes decisiones vitales, desde elegir un propósito hasta reencontrarnos con nuestra pareja, con un enfoque universal que combina psicología y experiencias humanas. Primera entrega de una serie semanal.]]>
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                <updated>2026-04-13T19:30:09+00:00</updated>
                <published>2025-08-07T15:33:43+00:00</published>
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            Volver a lo básico: cómo lo simple te salva en un mundo que ahoga
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                <![CDATA[Santiago Sarrabayrouse]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/jfq7PFdBr3QUypixJaDzbi3d5KQ=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2025/07/volver_a_lo_basico_como_lo_simple_salva_en_un_mundo_que_te_ahoga.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Vivimos a mil: notificaciones de WhatsApp constantes, mails que se acumulan, reuniones virtuales infumables y un scroll infinito para escapar de la presión. Pero el precio es alto: ansiedad intensa, insomnio y un vacío que no se llena con más actividad o café. Estudios muestran que los adultos pasan unas 7 horas diarias frente a pantallas, lo que dispara el estrés y la ansiedad. ¿Y si la solución no está en sumar apps o tareas, sino en restar? ¿Y si volver a lo básico –charlas cara a cara, caminatas al aire libre, comidas en familia sin celulares– es lo que te saca del pozo? Como psiquiatra, veo que los psicofármacos dan alivio rápido (con una mejora significativa para inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina en trastornos de ansiedad), pero es la terapia combinada con hábitos simples lo que hace que dure.</p>El costo de la complejidad<p>La vida moderna nos convence de que más es mejor: más información, más conexiones, más multitarea. Pero en el consultorio veo el costo de esa mentalidad. María, una madre de 40 años, que trabaja remoto mientras cuida a sus hijos, llega con ansiedad crónica, agotamiento y ataques de pánico. “Siento que nada alcanza”, me confiesa. Le prescribo un antidepresivo para reducir el estrés fisiológico y el insomnio –en mi práctica, cerca del 80% de los pacientes experimentan alivio rápido con medicación, lo que coincide con estudios que muestran tasas de respuesta superiores para ISRS en ansiedad generalizada frente a benzodiacepinas. Sin embargo, los remedios solos no son suficientes; son la base para la terapia. En las sesiones, analizamos cómo el bombardeo digital la afecta: correos constantes, mensajes de WhatsApp que no paran, viajes de negocios y un scroll infinito para evadirse. Investigaciones confirman que el exceso de tiempo frente a pantallas eleva el estrés, causando irritabilidad, fatiga y síntomas físicos como dolores de cabeza. María está atrapada en un ciclo: hiperconectada pero aislada, con la mente sobrecargada de información innecesaria. La complejidad no enriquece; agobia. En terapia, trabajamos para romper ese ciclo vicioso donde la ansiedad lleva a más evasión digital.</p>Lo simple como antídoto, con terapia de base<p>Aquí entra lo transformador: una vez que los psicofármacos estabilizan los síntomas, la terapia abre espacio para cambios prácticos y sencillos. No hablo de grandes revoluciones, sino de volver a lo esencial, guiados por sesiones donde procesamos resistencias y construimos hábitos. Pensemos en Pedro, un hombre de 50 años que llega tras un burnout: depresión, insomnio y una vida que se le escapa entre reuniones virtuales, viajes de negocios constantes y notificaciones que lo persiguen. Le receto un estabilizador para el estado de ánimo y el sueño, que le da el alivio inicial –tasas de respuesta de entre 50-60% para pregabalina en ansiedad, superior al placebo–. En terapia, exploramos cómo la necesidad de estar “siempre conectado” lo alejó de lo importante. Incorporamos cambios concretos: dejar el celular en modo avión los fines de semana, compartir asados con amigos sin interrupciones, caminar a diario para despejar la mente. Son acciones simples, pero efectivas. Meses después, Pedro me cuenta: “Por primera vez en años, duermo mejor y puedo estar en las charlas con mis amigos”. Los beneficios son claros: menos recaídas, relaciones más fuertes y, en muchos casos, reducción de la medicación a largo plazo. Lo simple no reemplaza la terapia ni los psicofármacos; los complementa. Es como reiniciar el sistema: desconectar para reconectar con lo esencial.</p>El desafío: simplificar o colapsar<p>En un mundo que promueve la complejidad, volver a lo básico no es retroceder; es priorizar lo que importa. Los psicofármacos y la terapia son fundamentales –calman síntomas y guían el cambio–, pero los hábitos simples construyen un bienestar duradero. En mi consultorio, he visto que combinar medicación con pequeñas acciones cotidianas es más efectivo que cualquier tecnología. Intenta desconectar un día, hablar cara a cara o caminar sin distracciones, y observa qué cambia. Si sientes que el mundo te desborda, no dudes en buscar ayuda profesional. La vida simple está a una decisión de distancia.</p><p>&nbsp;</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/jfq7PFdBr3QUypixJaDzbi3d5KQ=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2025/07/volver_a_lo_basico_como_lo_simple_salva_en_un_mundo_que_te_ahoga.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>En un mundo hiperconectado que genera ansiedad y agotamiento, los psicofármacos ofrecen alivio rápido, pero combinados con terapia y hábitos simples como desconectar las pantallas logran cambios duraderos en la salud mental.]]>
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                <updated>2026-04-13T19:30:09+00:00</updated>
                <published>2025-07-25T08:30:00+00:00</published>
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            Cuando la mente habla a través del cuerpo
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                <![CDATA[Santiago Sarrabayrouse]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/15gv7JPUeGkUsWZ3OfLgonJFBOY=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2025/07/ansiedad.png" class="type:primaryImage" /></figure><p>Ana llegó al consultorio con una carpeta repleta de estudios médicos: resonancias, análisis de sangre, electrocardiogramas. Todo estaba en orden, pero ella no. "Me desmayo, tengo migrañas, hormigueos, vómitos. No sé qué me pasa", decía, con los ojos cansados y una voz que oscilaba entre la frustración y la esperanza. Había recorrido neurólogos, gastroenterólogos y clínicos, pero ninguna prueba explicaba sus síntomas. En la consulta psiquiátrica, la respuesta empezó a dibujarse: su cuerpo estaba hablando por su mente. Ana no estaba sola; su historia refleja un fenómeno cada vez más común: las enfermedades psicosomáticas, donde el estrés y las emociones se manifiestan como dolores físicos sin causa orgánica evidente.</p>El lenguaje del cuerpo<p>Las enfermedades psicosomáticas no son nuevas, pero su prevalencia está en aumento. Según la Organización Mundial de la Salud, hasta un 30% de las consultas médicas en el mundo tienen un componente psicosomático. En Argentina, donde el 35% de la población reporta niveles altos de estrés según encuestas recientes, estas condiciones son un desafío creciente. Los síntomas varían: desde migrañas y fatiga crónica hasta desmayos, náuseas o rigidez muscular. Lo que los une es la ausencia de una causa física clara, aunque el sufrimiento es real.</p><p>La ciencia explica esta conexión a través del eje hipotálamo-hipófisis-adrenal, que regula el estrés. Cuando la ansiedad o el trauma se acumulan, el cuerpo libera cortisol en exceso, afectando sistemas como el nervioso, digestivo o inmunológico. Un estudio publicado en The Lancet Psychiatry señala que hasta el 20% de los pacientes con síntomas físicos inexplicables cumplen criterios para trastornos de ansiedad o depresión. En el caso de Ana, sus desmayos, descritos como "descargas eléctricas", fueron diagnosticados como crisis psicógenas, un tipo de reacción donde el cuerpo canaliza el estrés a través de síntomas neurológicos.</p>La historia de Ana<p>A sus 31 años, Ana, psicopedagoga en un colegio de Buenos Aires, enfrentó una tormenta de cambios. La pandemia la dejó sin trabajo, obligándola a volver a la casa de sus padres. Aunque disfrutaba la calma familiar, su cuerpo empezó a hablar: migrañas intensas, náuseas, vómitos y desmayos. "Me hice todos los estudios, y estoy sana", repetía, pero la ansiedad la desbordaba, especialmente en entornos sociales o laborales.</p><p>En 2023, tras retomar su trabajo en un colegio, los síntomas se intensificaron. Un viaje de 21 días a Irlanda con alumnos fue un punto de inflexión: aunque lo disfrutó, al volver colapsó. "Sentía hormigueos, rigidez en el cuello, desmayos", relataba. Los neurólogos descartaron epilepsia, pero identificaron un patrón: sus síntomas coincidían con picos de estrés. La partida de su hermana a Portugal y un ambiente laboral conflictivo agravaron su estado.</p><p>En el consultorio, trabajamos con un enfoque integral. Ana inició terapia cognitivo-conductual para identificar los desencadenantes de su ansiedad. Medicaciones como venlafaxina (225 mg) y pregabalina (75 mg) estabilizaron sus síntomas, mientras que el diazepam ayudó a manejar crisis puntuales. Con el tiempo, Ana incorporó yoga y caminatas, retomó hobbies como pintar y empezó a salir con amigos. "Cuando empecé a soltar, mi cuerpo dejó de gritar", dijo en una consulta reciente, con una sonrisa que no había mostrado antes.</p>Un fenómeno en aumento<p>En Argentina, las enfermedades psicosomáticas están moldeadas por el contexto: la inestabilidad económica, las demandas laborales y las presiones sociales actúan como catalizadores. Las mujeres, como Ana, son particularmente vulnerables, ya que enfrentan expectativas culturales sobre el cuidado y la productividad. Un informe del Ministerio de Salud argentino señala que las consultas por síntomas físicos inexplicables crecieron un 15% en los últimos cinco años, especialmente en áreas urbanas como Buenos Aires.</p><p>Las redes sociales también juegan un rol. La presión por mostrar una vida "perfecta" amplifica la ansiedad, que luego se traduce en síntomas físicos. En el caso de Ana, su perfeccionismo —un rasgo obsesivo identificado en su evaluación— alimentaba su malestar. "Quería controlarlo todo: el trabajo, mi salud, mi vida", admitió.</p>Sanar desde adentro<p>Tratar las enfermedades psicosomáticas requiere un enfoque multidisciplinario. La terapia cognitivo-conductual es clave para modificar patrones de pensamiento ansiosos. Medicaciones como antidepresivos o ansiolíticos pueden aliviar los síntomas, pero el cambio profundo viene de escuchar al cuerpo. Actividades como el yoga, la meditación o el arte, que Ana retomó, ayudan a reconectar mente y cuerpo.</p><p>El caso de Ana ilustra el poder de la resiliencia. Tras ajustar su tratamiento y mudar su rutina —dejó un trabajo estresante y se mudó a un departamento propio—, sus síntomas disminuyeron. Cambió taxis por caminatas, retomó la pintura y hasta se animó a usar una app de citas. "Me siento más yo", dijo, mientras planeaba una charla en su nuevo trabajo para negociar condiciones laborales.</p>Un mensaje para vos<p>Las enfermedades psicosomáticas no son "imaginarias"; son un grito del cuerpo que merece ser escuchado. Si sentís dolores, fatiga o síntomas que los estudios no explican, no estás solo. Consultar a un psiquiatra o psicólogo puede ser el primer paso para entender qué te está diciendo tu cuerpo. En NEWSTAD, queremos seguir explorando estas historias que unen mente y cuerpo. ¿Te pasó algo similar? Compartí tu experiencia en los comentarios.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/15gv7JPUeGkUsWZ3OfLgonJFBOY=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2025/07/ansiedad.png" class="type:primaryImage" /></figure>Las enfermedades psicosomáticas transforman el estrés y la ansiedad en síntomas físicos.]]>
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                <updated>2026-04-13T19:30:09+00:00</updated>
                <published>2025-07-16T09:04:12+00:00</published>
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            El boomerang digital de la hipocresía: cuando la chicana destruye vidas
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                <![CDATA[Santiago Sarrabayrouse]]>
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        </author>
        
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/OpJC2UniJv5606QqNjZy4qwK_O8=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2025/07/la_exposicion_digital_deja_huellas_mas_profundas_de_lo_que_creemos.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p>En Argentina, la habilidad para la "chicana" se ha elevado casi a la categoría de arte. Sin embargo, en el entorno digital polarizado, las líneas se desdibujan peligrosamente. Las mentiras y los videos falsos, amplificados por la inteligencia artificial, dejan de ser una mera ocurrencia para convertirse en un arma con un costo humano altísimo, impactando directamente en nuestra salud mental. Como psiquiatra, observo con preocupación cómo el ciberacoso se ha instalado como una crisis silenciosa que mina el bienestar emocional en nuestra sociedad. En una cultura donde la controversia parece un deporte nacional, he sido testigo en mi consultorio del sufrimiento de pacientes que cargan el peso de la vergüenza y el aislamiento tras ser víctimas de la exposición digital. En una sociedad fracturada por la "grieta", el ciberacoso trasciende el mero ataque individual; se revela como un espejo distorsionado de nuestra incapacidad colectiva para asumir la responsabilidad de nuestras palabras y acciones en el espacio virtual.</p>Hipocresía digital y su costo psicológico<p>La hipocresía, esa brecha dolorosa entre el discurso y la práctica, se manifiesta crudamente en el ecosistema digital y cobra un precio psicológico elevado. Esta semana vimos cómo la periodista Julia Mengolini se quebró públicamente denunciando "violencia" tras la viralización de videos falsos que la involucraban en acusaciones aberrantes. El escarnio digital la sumió en la ansiedad y la vergüenza. Resulta paradójico que esta misma tormenta la haya encendido ella misma en 2023 al propagar una mentira infundada sobre Javier Milei y su hermana, una "chicana" sin asidero que buscaba rédito político. El "vuelto" en las redes sociales fue implacable.</p><p>Este episodio ilustra la disonancia cognitiva en su máxima expresión: la tensión psicológica que surge al atacar sin sentir culpa, pero victimizarse al recibir la misma moneda. También refleja un mecanismo de proyección, donde se culpan a otros de las propias faltas. En algunos casos, como el que aparentemente involucra a Mengolini, puede existir un autoengaño, una forma de creer la propia narrativa para proteger la imagen pública dentro de su "bando" en la grieta. A pesar del sufrimiento evidente, la admisión de un error parece un acto de traición en un contexto de polarización extrema. Desde mi perspectiva clínica, este ciclo vicioso alimenta un estrés crónico y una ansiedad debilitante. El dolor que experimentó Mengolini, aunque originado en parte por sus propias acciones, nos recuerda la fragilidad inherente a todos ante el ciberacoso.</p>El impacto devastador del ciberacoso<p>El ciberacoso es devastador y puede tener consecuencias trágicas. En 2024, conocimos el desgarrador caso de una adolescente que se quitó la vida tras la difusión de un video falso creado por sus compañeros. El estigma y la vergüenza la sobrepasaron, dejando una familia destrozada. En una conversación con Pedro Paulin, director de Newstad, la pregunta fue directa: "¿Alguien puede llegar a suicidarse por esto?". La respuesta, desde mi experiencia clínica, es un sí categórico, especialmente en individuos con vulnerabilidades preexistentes, inseguridades profundas o redes de apoyo insuficientes. El daño se extiende al entorno cercano, amplificando sentimientos de culpa e impotencia. A nivel clínico, el riesgo de desarrollar trastornos del estado de ánimo como la depresión o la distimia es significativo, tal como lo evidencian mi práctica y los datos de UNICEF. La proliferación de deepfakes, como los que afectaron a Mengolini, exacerba esta pesadilla, difuminando la frontera entre la verdad y la falsedad.</p><p>Un paciente de 23 años experimentó en carne propia el poder corrosivo del ciberacoso. Un video de YouTube de su época escolar, donde se lo tildaba de "vago", desató una paranoia que lo consumió. La creencia de ser constantemente vigilado lo llevó a conductas extremas como esmerilar ventanas y buscar cámaras inexistentes en respiraderos. "Ese video me rompió", me confesó con una angustia palpable. La exposición digital alimentó ideas delirantes, sumiéndolo en un laberinto mental peligroso.</p>Sanar el dolor y romper el ciclo<p>La terapia emerge como una herramienta fundamental para desarticular los pensamientos catastróficos inducidos por el ciberacoso. En casos severos, la medicación, como antidepresivos o ansiolíticos, puede ser necesaria para estabilizar al paciente y silenciar esa conversación interna tortuosa. Sin embargo, la escucha empática y el acompañamiento terapéutico son el núcleo del proceso de sanación: un espacio seguro donde el paciente puede nombrar su dolor sin temor al juicio. En mi práctica, he sido testigo de cómo pacientes han transformado la desesperación en fuerza a través de estos pilares.</p><p>Nuestra cultura de la "chicana" en la era digital necesita una profunda introspección. Mentir en las redes sociales no es un juego inocente; puede tener consecuencias fatales. El caso de Julia Mengolini es un claro ejemplo de estos riesgos: su propia mentira en 2023 sembró un ciclo de agresividad que terminó alcanzándola. Su dolor, paradójicamente, nos recuerda la vulnerabilidad compartida en este ecosistema digital. En la polarizada "grieta" argentina, hemos normalizado los linchamientos virtuales, pero la única vía de escape radica en asumir plenamente la responsabilidad de nuestras palabras y nuestros actos online. La verdadera resiliencia no consiste en resistir el próximo ataque, sino en elegir no perpetuar la espiral de violencia. En la era de la inteligencia artificial y la polarización, hacernos cargo del impacto de nuestro lenguaje digital es el único camino para construir puentes hacia la verdad y la salud mental colectiva.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/OpJC2UniJv5606QqNjZy4qwK_O8=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2025/07/la_exposicion_digital_deja_huellas_mas_profundas_de_lo_que_creemos.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>La polarización convierte a las redes en un campo de batalla, donde mentiras y videos falsos tienen un costo humano devastador, llevando a la ansiedad, depresión y, en casos extremos, al suicidio.]]>
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                                <category term="opinion" label="Opinión" />
                <updated>2026-04-13T19:30:09+00:00</updated>
                <published>2025-07-06T12:55:05+00:00</published>
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            Trastorno de ansiedad: cuando el miedo se apodera
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                <![CDATA[Santiago Sarrabayrouse]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/b6ZCRP9V_Ub2-7q7ID_S1y9NPqo=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2025/06/del_tigre_al_whatsapp_el_mismo_mecanismo_ancestral_de_alerta_hoy_activado_por_notificaciones_y_correos_sin_pausa.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Mientras el sol se va escondiendo en Buenos Aires, una inquietud me da vueltas en la cabeza: el trastorno de ansiedad. No es solo una frase que muchas personas utilizan sin reflexionar; es un grito silencioso que se instala en el alma, un instinto que nos avisaba del peligro pero que, ahora con los dispositivos móviles, salta con una simple notificación de WhatsApp. Desde mi consultorio, donde las voces de quienes buscan paz llegan como un murmullo lleno de sentimientos, siento el peso de esta lucha: jóvenes que se sienten abrumados por las preocupaciones, adultos con miedos que los persiguen como una sombra. Hoy vamos a ver bien qué es la ansiedad, por qué se usa a la ligera, de dónde viene como defensa, y los nuevos desafíos que dejó la pandemia, porque detrás de cada corazón que late fuerte hay una vida que necesita ser escuchada y curada.</p><p>La ansiedad, una palabra gastada: el eco de los más jóvenes&nbsp;</p><p>Entre los adolescentes, “ansiedad” se usa para todo: “Me pone ansioso el partido” o “Este examen me genera ansiedad”. Pero la ansiedad, en su forma de trastorno, es otra cosa; es un miedo constante y fuerte que te toma por cualquier cosa —el trabajo, la familia, la salud. Una de sus caras más comunes es el Trastorno de Ansiedad Generalizada (TAG), que implica una preocupación excesiva y persistente sobre una variedad de temas que dura por lo menos seis meses, según el manual de los psicólogos, el DSM-5. Este tipo de ansiedad afecta al 3,1% de la población mundial, según la Organización Mundial de la Salud (2023). Aquí en Argentina, un estudio de la UBA (2024) dice que el 15% de los jóvenes de 13 a 18 años tiene síntomas de algún tipo de ansiedad, que muchas veces se confunden con nervios comunes. Cuando se usa la palabra así de forma simple, se esconde lo grave que es de verdad. Me acuerdo de Pedro, un joven de 25 años que trabajaba en finanzas y vino a verme en 2018. Él padecía claramente los síntomas de lo que luego diagnosticaríamos como TAG. Estaba con sudor en la frente, con un nudo en la garganta, contándome cómo un correo electrónico de su jefe lo hacía temblar, el corazón a mil como si estuviera escapando de un depredador. Ese uso tan liviano entre los jóvenes no permite ver el sufrimiento de alguien como Pedro, a quien la ansiedad lo dejaba paralizado.</p><p>Un instinto antiguo que nos protege&nbsp;</p><p>La ansiedad no es un enemigo; es un regalo que viene de lejos, de cuando éramos humanos primitivos. Nuestros antepasados la usaban para escapar de un peligro o prepararse para la caza, un mecanismo que liberaba adrenalina, aceleraba el pulso y ponía los sentidos alerta, para seguir vivos. Ese instinto, que lo tenemos incorporado, nos salvó de peligros reales. Pero ahora, esa misma adrenalina salta con un mensaje de WhatsApp o un aviso en la pantalla de la computadora. Pedro me contaba que, en una operación importante, una alerta lo llenaba de un miedo terrible, sus manos transpiraban y sentía la garganta cerrada como si lo fueran a atacar. Esto muestra un cambio fuerte: lo que nos ayudaba a huir de un león hoy se activa por una fecha de entrega, convirtiendo una defensa en un ciclo que nos arrastra al borde del abismo.</p><p>Después de la pandemia: miedos con nuevas caras&nbsp;</p><p>La pandemia hizo esta lucha más difícil. El encierro obligó a muchos a enfrentar sus miedos solos, y la ansiedad encontró nuevos desafíos: la agorafobia y la fobia social. La agorafobia, ese temor a lugares donde parece imposible salir si te sentís mal, creció entre quienes evitaban salir después de meses confinados; un informe de la Sociedad Argentina de Psiquiatría (2023) muestra que subieron un 20% los casos desde 2020. A Pedro, después de sentir que “se le cortaba la respiración” en un restaurante, le empezó a dar incomodidad juntarse con mucha gente, un eco de su ansiedad que lo aisló. La fobia social, el miedo a ser juzgado cuando interactúas con otros, se hizo más intensa con las videollamadas; el 25% de los que trabajan desde casa reportó incomodidad social, según la Asociación Americana de Psicología (2024). En mi consultorio, vi cómo estos miedos post-pandemia tejían un laberinto oscuro, donde cada paso era una lucha enorme.</p><p>Volver a la calma: un camino con esperanza&nbsp;</p><p>El cuadro de ansiedad de Pedro no fue su final. Con terapia y unas pastillas llamadas sertralina, su miedo empezó a ceder, como una neblina que se va con el sol, dejando lugar para respirar hondo. Lo importante es saber que la ansiedad, aunque a veces nos supere, es parte de nosotros. En mi consultorio, aprendí que escuchar ese miedo, desarmar sus nudos con paciencia y encontrar un freno a esa inquietud que no para es totalmente posible. Después de varios meses de trabajo juntos, Pedro me dijo con alivio, “siento que puedo parar y mirar”, una señal de que la libertad, aunque a veces asuste, nos da la chance de soltar y sanar.</p><p>¿Cómo se trata la ansiedad que nos desborda?&nbsp;</p><p>El tratamiento de los trastornos de ansiedad generalmente combina la terapia psicológica con medicación. Los inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina (ISRS) son antidepresivos que ayudan a regular los neurotransmisores en el cerebro y pueden disminuir los síntomas. La terapia cognitivo-conductual (TCC) es fundamental; ayuda a la persona a identificar y cambiar los patrones de pensamiento negativos que alimentan la ansiedad, y a desarrollar herramientas para manejar las preocupaciones. Un aspecto importante del tratamiento es buscar los orígenes del miedo, explorando experiencias pasadas y traumas que puedan estar contribuyendo a la ansiedad actual. Aprender a reconocer los desencadenantes y desarrollar estrategias de afrontamiento saludables es un paso crucial hacia la recuperación y el bienestar.</p><p>Reflexión: un pulso que nos une&nbsp;</p><p>La ansiedad de Pedro me recuerda que este sufrimiento no es solo suyo; es un eco que nos llega a todos. Usar la palabra a la ligera entre los jóvenes nos aleja de lo profundo que es, mientras que después de la pandemia se ha transformado en nuevas formas de miedo como la agorafobia y la fobia social. Como psiquiatra, siento la carga de esas vidas que llegan buscando un respiro, y creo que entender este ciclo —de dónde viene, cuándo se descontrola, y cómo podemos encontrar esperanza— es el primer paso para transformar el miedo en fuerza. Que las experiencias de Pedro y de tantos otros se conviertan en lecciones de resistencia, no en cadenas que les impidan seguir adelante.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/b6ZCRP9V_Ub2-7q7ID_S1y9NPqo=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2025/06/del_tigre_al_whatsapp_el_mismo_mecanismo_ancestral_de_alerta_hoy_activado_por_notificaciones_y_correos_sin_pausa.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>La ansiedad, disparada por lo cotidiano, crece tras la pandemia. Miramos sus causas, efectos y formas que puede tomar.]]>
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                <updated>2026-04-13T19:30:09+00:00</updated>
                <published>2025-06-29T13:25:23+00:00</published>
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            Heridas que marcan el alma de los niños
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                <![CDATA[Santiago Sarrabayrouse]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/tGvhOnXDh-QR1ymDLLcmV8aD8z4=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2025/06/un_nino_rodeado_de_palabras_que_duelen_soledad_miedo_burla_una_mano_tendida_recuerda_que_siempre_hay_salida_si_se_actua_a_tiempo.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Mientras el sol se pone sobre Buenos Aires esta tarde del 17 de junio de 2025, un peso silencioso recorre mi mente: el bullying. Este dolor oculto en las aulas no es solo un juego cruel; es una herida que se clava en el corazón y la psiquis de los niños, dejando ecos que resuenan años después. Como psiquiatra, desde las largas charlas con familias que buscan respuestas en mi espacio de trabajo, he sentido el latido de este sufrimiento: niños que se esconden tras sonrisas rotas, padres que luchan por entender, y un vacío que pide ser escuchado. Hoy nos adentramos en las profundidades de este tema, explorando su impacto emocional y cognitivo, las secuelas que perduran, el perfil de los agresores, y el papel crucial de padres y colegios en sanar estas almas heridas.</p><p>Un caso que no se olvida: el dolor de Matías</p><p>En 2018, Matías, un chico de 12 años, llegó a mi atención tras meses de tormento en su escuela. Sus compañeros lo apodaban “el raro” por su timidez y su amor por los libros, y las burlas se convirtieron en empujones y notas humillantes en su mochila. Su madre, con lágrimas en los ojos, me narró cómo llegaba a casa en silencio, encerrándose en su cuarto con la música alta para ahogar el dolor. Matías no era solo una estadística; era un niño cuya alma se quebraba. El bullying, un comportamiento intencional y repetitivo de hostigamiento físico, verbal o psicológico, afecta a un 20% de los escolares en Argentina, según UNICEF (2024), y en su caso, dejó una marca profunda. Emocionalmente, desarrolló una ansiedad que lo hacía temblar al salir de casa, una autoestima destrozada que lo llevaba a preguntarse “¿por qué yo?”. Cognitivamente, su concentración se desplomó; dejó de leer, su refugio, y sus notas cayeron. El estrés crónico activó su eje hipotálamo-hipófisis-adrenal, elevando cortisol y dejando una huella de miedo que aún lo acompaña.</p><p>Secuelas que perduran en el alma</p><p>Las heridas de Matías no sanaron con el tiempo; se convirtieron en cicatrices invisibles. La Organización Mundial de la Salud (2023) señala que el 30% de las personas que sufrieron bullying en la infancia enfrentan síntomas de depresión o trastorno de estrés postraumático (TEPT) en la adultez. Para Matías, esa tristeza se coló en su adolescencia: evitaba a sus pares, dudaba de sí mismo y cargaba un peso que lo hacía parecer mayor de lo que era. Cognitivamente, el impacto se siente en una menor confianza para enfrentar desafíos, algo que vi en sus ojos cuando, años después, me compartió que aún teme hablar en público. Psicológicamente, su psiquis guarda un eco de soledad, una sombra que lo lleva a protegerse del mundo. Su caso me recuerda a tantos otros: el bullying no es un juego pasajero; es un trauma que marca el corazón para siempre.</p><p>¿Quiénes son los agresores?</p><p>Los que lastimaron a Matías no eran monstruos; eran niños con sus propias grietas. A menudo, los agresores provienen de hogares donde el poder se ejerce como control, con disciplina rígida o violencia encubierta, según la Universidad de Buenos Aires (2023). Buscan afirmarse humillando, proyectando inseguridades para sentirse superiores. Su psiquis revela una mezcla de vulnerabilidad y agresividad; el miedo al rechazo los lleva a atacar primero, un ciclo que perpetúa el daño. En el caso de Matías, uno de sus agresores admitió en una reunión escolar que lo hacía para encajar con el grupo, un grito silencioso de su propia fragilidad.</p><p>El rol de los padres y los colegios</p><p>Los padres de Matías fueron su luz. Su madre lo escuchó sin juzgar, y su padre buscó ayuda profesional, un acto que redujo un 40% la probabilidad de secuelas psiquiátricas, según la APA (2024). Un padre o madre que valida las emociones de un hijo acosado puede ser su refugio; la indiferencia, en cambio, agrava el dolor. Los colegios, como espacios donde ocurre el bullying, tienen una responsabilidad ineludible. Un informe de la Defensoría de los Derechos de los Niños (2023) revela que solo el 15% de las escuelas argentinas tiene protocolos efectivos contra el bullying, dejando a muchos chicos como Matías desprotegidos. Los docentes deben detectar señales —aislamiento, cambios de humor— y actuar con mediación, no con castigos que silencien el problema. En el caso de Matías, un profesor que intervino temprano evitó que el daño fuera irreparable, pero muchos colegios aún fallan en este rol protector.</p><p>Reflexión: heridas que piden ser sanadas</p><p>El bullying de Matías me enseña que este dolor no es solo de él; es de todos nosotros. La autoestima de un chico acosado puede quedar hecha pedazos, llevándolo a dudar de sí mismo toda la vida, mientras que el agresor arriesga perpetuar un ciclo de violencia si no se lo guía. Padres y colegios, como guardianes de su alma, tienen el poder de sanar o agravar estas heridas. Como psiquiatra, siento el peso de esas historias que llegan a mi espacio de trabajo, donde los ojos de un niño como Matías piden ser vistos. Debemos mirar más allá de las aulas, reconocer el daño profundo y abrazar a estos chicos con educación, diálogo y amor. Que las cicatrices de Matías y otros se transformen en lecciones de resiliencia, no en cadenas que aten su futuro.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/tGvhOnXDh-QR1ymDLLcmV8aD8z4=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2025/06/un_nino_rodeado_de_palabras_que_duelen_soledad_miedo_burla_una_mano_tendida_recuerda_que_siempre_hay_salida_si_se_actua_a_tiempo.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>Más allá de las anécdotas, exploramos el impacto emocional y cognitivo del bullying en los chicos, las secuelas a largo plazo, y el rol esencial de padres y colegios desde un enfoque psiquiátrico.]]>
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                                <category term="bullying" label="#Bullying" />
                <updated>2026-04-13T19:30:09+00:00</updated>
                <published>2025-06-21T10:00:00+00:00</published>
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            Bipolaridad: más allá de los cambios de humor
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                <![CDATA[Santiago Sarrabayrouse]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/nSsOuPhKHXxFbtSSs-YkpYu5U_Y=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2025/05/dos_caras_de_una_misma_lucha_la_bipolaridad_oscila_entre_extremos_que_pocos_alcanzan_a_ver.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>La bipolaridad es un trastorno que puede transformar vidas. Dos historias y la esperanza de un buen tratamiento.]]>
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                <updated>2026-04-13T19:30:09+00:00</updated>
                <published>2025-06-04T10:24:12+00:00</published>
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            Chicos con discapacidades: ¿Hasta dónde debemos exponerlos?
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                <![CDATA[Santiago Sarrabayrouse]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/hHTDqnXLnTcBya0MuJeiS3Bszw4=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2025/06/ian_1.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>El caso mediático de Ian, un niño con autismo que ha sido puesto en el centro de debates públicos sobre la "Ley de Emergencia en Discapacidad", nos obliga a reflexionar profundamente. Ian ha aparecido en programas de televisión y eventos mediáticos, siempre acompañado por su madre, en un esfuerzo por visibilizar una causa. Este caso debe levantar alarmas sobre los límites de la exposición pública de niños con discapacidades. Me pregunto: ¿hasta dónde estamos dispuestos a exponer a nuestros hijos para lograr algún beneficio? ¿Cuál es el límite? Y, más importante aún, ¿quién está pensando en su bienestar emocional?</p><p>Ian, como muchos niños con autismo, enfrenta desafíos en la comunicación y la comprensión social que lo hacen particularmente vulnerable. He leído reportes que describen cómo ha estado presente en entrevistas y eventos donde se discuten temas complejos, a menudo mostrando signos de incomodidad. Como sociedad, debemos preguntarnos si estamos priorizando sus necesidades emocionales o si estamos cayendo en la tentación de usarlos como herramientas para otros fines, ya sea para avanzar en una agenda política, obtener reconocimiento, o simplemente ganar atención mediática.</p><p>Esta situación me lleva a reflexionar sobre las posibles dinámicas familiares que podrían estar en juego, especialmente a la luz de lo observado en la nota de Paulino Rodríguez en LN+. En esa nota, se observan actitudes de la madre de Ian que generan preocupación, como la aparente influencia en las palabras y emociones de Ian durante una entrevista. Estas dinámicas sugieren un afán por exponer a Ian que podría perder de vista sus vulnerabilidades, priorizando una agenda propia, ya sea para obtener reconocimiento o visibilización. En este contexto, es crucial considerar la posibilidad del trastorno facticio impuesto a otro, antes conocido como síndrome de Munchausen por poder. Este trastorno se caracteriza por un cuidador que fabrica o exagera la enfermedad de un niño para obtener atención, simpatía o reconocimiento, a menudo como una forma de lidiar con su propio sufrimiento emocional. Sin embargo, en el caso de Ian, esta dinámica podría manifestarse no en términos de fabricar síntomas de enfermedad, sino en exponer o tomar ventaja de su condición para lograr estos fines. Las consecuencias para el niño pueden ser graves: estrés emocional y daño psicológico. Este análisis no busca acusar, sino entender las posibles motivaciones detrás de estas acciones.</p><p>En cuanto a la madre, es crucial considerar su estado emocional. Si está sufriendo, su comportamiento podría ser un reflejo de su propio dolor, no una intención de dañar. No debemos olvidar el sufrimiento de la familia; ambos, Ian y su madre, podrían beneficiarse de apoyo psicológico y psicoeducación. He visto cómo las familias, en su intento de sobrellevar sus propias luchas, pueden generar dinámicas que afectan a los más vulnerables sin darse cuenta. Proteger a Ian y a su madre requiere acción inmediata: evaluaciones psicológicas independientes, espacios de apoyo que les permitan sanar, y, si es necesario, intervención de autoridades para garantizar el bienestar de ambos.</p><p>Como sociedad, debemos ser conscientes del rol de los comunicadores. ¿Cuándo se produce una nota, se toman en cuenta estos temas? ¿Alguien piensa en el chico, o solo un punto de rating o intentar buscar hacer algún daño político es más importante? Los periodistas, los productores, y todos nosotros tenemos una responsabilidad ética de proteger a estos niños, asegurándonos de que su bienestar sea la prioridad, no un medio para otros fines.</p><p>Sin embargo, no todo es desolador. Existe esperanza. Podemos actuar con urgencia para cuidar la salud mental de estos niños y sus familias. A través de evaluaciones psicológicas, apoyo comunitario, y una mayor conciencia ética en los medios, podemos crear entornos seguros donde los niños con discapacidades puedan crecer protegidos. Ian y su madre, como muchos otros, merecen esta oportunidad. Creo firmemente en que, con compromiso y acción, podemos transformar estas situaciones de vulnerabilidad en caminos de sanación y esperanza.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/hHTDqnXLnTcBya0MuJeiS3Bszw4=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2025/06/ian_1.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>La exposición y el impacto en los chicos. el rol de los comunicadores.]]>
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                                <category term="cuerpo-y-mente" label="Cuerpo y mente" />
                <updated>2026-04-13T19:30:09+00:00</updated>
                <published>2025-06-01T20:10:34+00:00</published>
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            ¿Quién cuida a los que educan?
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                <![CDATA[Santiago Sarrabayrouse]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/uv2MXWFEuGHxf6n-EiCFDh-yorM=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2025/05/_8.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Gabriela llegó a mi consulta en enero de 2024, con lágrimas que no podía contener. Profesora de física en el Mariano Moreno durante décadas, su voz temblaba al hablar. “Siempre me sentí privilegiada porque me pagaban por lo que me gustaba, pero ahora no quiero entrar al trabajo”, confesó. Un cambio en la dirección del colegio, tras su renuncia como vicerrectora, la sumió en un torbellino de maltrato y soledad. “Perdí la alegría”, admitió, describiendo noches sin dormir y una ansiedad que la mantenía atrapada en su agotamiento.</p><p>Meses antes, en 2023, conocí a Gustavo, un profesor de filosofía de 59 años a punto de jubilarse. “Me incorporaron más horas y me compliqué la vida”, relató. La ansiedad lo consumía: faltaba al trabajo sin explicación, dejando a sus alumnos sin clase, algo que lo llenaba de culpa. “No duermo, estoy ansioso por la jubilación, pero me asusta no terminar”, dijo. Su sueño entrecortado y su angustia reflejaban 30 años de desgaste en el aula.</p><p>Ambos padecían burnout, o síndrome del “docente quemado”, un trastorno caracterizado por agotamiento emocional, despersonalización y baja realización personal. Los síntomas son evidentes: fatiga crónica, insomnio, irritabilidad, pérdida de motivación y, en casos severos, dolores físicos. El diagnóstico se confirmó mediante entrevistas clínicas que exploraron su entorno laboral, junto con el Maslach Burnout Inventory (MBI), una escala que evalúa el agotamiento, la despersonalización y la realización personal. La evaluación basada en el DSM-5, específicamente el Eje IV (problemas psicosociales y ambientales), identificó las tensiones laborales como el principal desencadenante. Para Gabriela, el maltrato institucional y la soledad fueron clave; para Gustavo, la sobrecarga de horas y la presión de un sistema inflexible.</p><p>En Argentina, el burnout docente es una crisis silenciosa. Un estudio de la UBA (2023) reveló que el 60% de los docentes reporta síntomas de burnout, y el 45% sufre ansiedad severa. La OMS (2022) estima que este síndrome afecta al 20% de los educadores globalmente, agravado por jornadas extensas, alta carga administrativa, expectativas sociales y falta de apoyo institucional. Las historias de Gabriela y Gustavo encarnan estas estadísticas: la presión por cumplir planes curriculares, gestionar aulas complejas y enfrentar dinámicas laborales tóxicas desgasta la salud mental de quienes sostienen la educación.</p><p>El impacto del burnout va más allá del docente. Profesores agotados, como Gustavo, muestran menor compromiso, lo que afecta la motivación de los estudiantes y el clima escolar. La despersonalización, como la que Gabriela experimentó, puede traducirse en actitudes distantes hacia los alumnos, debilitando la conexión esencial para el aprendizaje. Además, el abandono de la profesión por docentes experimentados agrava la escasez de educadores, un problema crítico en el sistema educativo argentino.</p><p>La prevención es el camino. Las escuelas pueden implementar programas de capacitación en manejo del estrés, crear espacios de apoyo emocional y redistribuir las cargas laborales. A nivel sistémico, el Ministerio de Educación (2023) reporta que solo el 15% de los docentes accede a programas de salud mental, lo que subraya la necesidad de políticas integrales. Fomentar una cultura de reconocimiento y colaboración, como la que Gabriela anhelaba, puede fortalecer la resiliencia de los educadores. Algunas provincias ofrecen talleres de contención emocional, pero estos esfuerzos son insuficientes frente a la magnitud del problema.</p><p>El burnout docente no es solo un drama personal; es un desafío que interpela a toda la sociedad. Las historias de Gabriela y Gustavo nos recuerdan que quienes educan a nuestros hijos enfrentan un desgaste silencioso que no podemos ignorar. Diagnosticar el síndrome con herramientas precisas y actuar preventivamente son pasos urgentes para proteger a los docentes y garantizar un sistema educativo saludable. El aula debería ser un lugar de crecimiento, no de colapso. ¿Quién cuidará a los que educan si no empezamos ahora?</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/uv2MXWFEuGHxf6n-EiCFDh-yorM=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2025/05/_8.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>El síndrome del “docente quemado” afecta a miles en Argentina, dejando a quienes educan al borde del colapso. Dos historias revelan su impacto y la urgencia de medidas preventivas.]]>
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                                <category term="docencia" label="#Docencia" />
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