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    <title>Newstad</title>
    <subtitle>Últimas noticias de Argentina</subtitle>
    <updated>2026-04-13T19:30:09+00:00</updated>
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            Malvinas
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                <![CDATA[Raúl Vázquez]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/3tXnbGdTMMDhPmEfWJOdOtiFtUI=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/04/malvinas.png" class="type:primaryImage" /></figure><p>Recuerdo con una mezcla de estupor y nostalgia la mañana en que nos juntamos con mis compañeros de primaria a juntar chocolates. Recuerdo también la inocencia con la que tratábamos de enviar en cada envoltorio la misma cantidad de gramos, como para ser justos con cada soldado. Con el tiempo, me di cuenta de que ese acto de justicia fue tal vez el único o el último que la sociedad había tenido con esos chicos que nos defendían del invasor.</p><p>La Escuela Gendarmería Nacional de la calle Juan Agustín García, en la que se cobijaba mi infancia, se había hecho eco, como tantos otros colegios, de la idea de dedicar algunas jornadas a enviar chocolates y cartas a los soldados. Necesitaban armas, abrigo, órdenes coherentes y nosotros les enviamos chocolates y dibujitos.</p><p>Con la inocencia de los doce años, llenos de esperanza, en la certeza de que estábamos ganando y envueltos en la ignorancia de creer que el imperio británico no iba a venir desde tan lejos a reclamar lo que habían robado, algunas decenas de chicos de primaria resolvieron hacer patria de la manera en que podían. En mi caso, además, era la oportunidad de estar cerca de Ana María, aquel amor esquivo del que ya hablé en esta columna. Lo cierto es que esa mezquina idea de armar paquetitos de dulces al lado de la compañera que me gustaba, más la posibilidad de dejar de sufrir con las matemáticas, puso un poco de manifiesto esa idea de que la guerra nos parecía a todos algo distante. Como un juego que, amparados en la seguridad de Buenos Aires, nunca íbamos a padecer. Porque estábamos lejos.&nbsp;</p><p>Tan lejos como el principito de Buckingham o la casa de Alexander Haig. Para nosotros, la guerra era una aventura lejana, una película de las de antes, pero con nuestros colores. Y esos chocolates en bolsitas de nylon, y esas cartas, iban a ser recibidas por soldados que eran para nosotros gigantes invencibles protagonistas de una película que iba a tener final feliz.</p><p>A medida que la mañana pasaba con Ana María siempre distante y mientras las Titas y las Rhodesia se iban en tándem con los alfajores Milkybar, había algo en el aire de ese otoño que no terminábamos de entender, pero que nos llenaba el pecho de orgullo. Mis compañeros y yo teníamos la edad en la que dejábamos de jugar a los soldaditos para empezar a mirar el mapa con una seriedad impostada, creyendo que el destino del mundo pasaba por el patio de la escuela. Después, cuando meses más tarde la derrota nos puso delante de la verdad revelada, todo fue desengaño.</p><p>Recuerdo el frío de esa mañana que, más que para bufanda y guantes de lana, era como un frío conceptual que salía de la radio, de las voces graves que hablaban de una gesta mientras nosotros, en el recreo, jugábamos a ser Kempes en el Mundial 82. Recuerdo también, aunque vagamente, ver al director de la escuela, un tal Tomasi, ayudando con alegría en la logística de los chocolates. Y, en un instante, emerge de mi memoria su imagen en la Dirección. Leía el diario en silencio, encorvado sobre la tinta, con el ceño fruncido impuesto por lo que sucedía en Puerto Argentino, mientras el humo de su pipa dibujaba formas que a mí me parecían barcos hundiéndose en el techo del colegio.</p><p>En Villa Luro, las ventanas comenzaron a vestirse con las banderas que estaban guardadas desde el Mundial 78. Pero igual había una vibración sorda que no llegábamos a comprender. Creíamos en la victoria con la fe ciega de los que todavía no conocen la trampa de las palabras. De a poco, la sensación fue cambiando. El chocolate que mandábamos sabía más amargo. Las noticias empezaron a llegar con cuentagotas y el tono de la tele se volvió bastante más denso, más oscuro, parecido al cielo antes de la tormenta. Como ya no jugábamos a los soldaditos, empezamos a mirar a los pibes de veinte que caminaban por la calle con otros ojos, porque sabíamos que ellos podían ser los de las fotos. La inocencia se nos estaba escurriendo por las costuras de los bolsillos.</p><p>Desde nuestros doce años, lo que más nos costaba digerir no era la estrategia militar o el alineamiento de Estados Unidos con el enemigo, sino la prepotencia de lo ajeno. Para nosotros, el mapa de la Argentina en el manual de Geografía no era una opinión política, era una suerte de dibujo sagrado, como el patio de casa o el frente de la escuela. Y de repente, ese imperio que sólo conocíamos por los Beatles o por las invasiones de 1806 y 1807 que luego leeríamos en el libro de Ibañez, se volvía real, tangible y gélido. Era la sensación de que alguien, con la fuerza y la soberbia de quien se sabe superior, ponía un dedo sobre nuestro mapa y decidía que ese pedazo de turba y frío le pertenecía por un derecho de fuerza que nuestra lógica infantil no lograba procesar.</p><p>Lo que dolía, además de la muerte, por esa sensibilidad a flor de piel de la preadolescencia, era la indiferencia de esa maldita bandera cruzada. Para ellos éramos (hoy también lo somos) un punto perdido en el Atlántico Sur. Un trámite administrativo. Para nosotros, Malvinas fue el despojo de un pedazo de identidad. El colonialismo es, en el fondo, una forma de decirnos que nuestros sentimientos no valen nada frente a los intereses de la corona y el acero. El imperio británico no solo nos ganó una guerra; nos robó la idea de que el mundo era un lugar donde las cosas pertenecían a sus dueños. Nos enseñó, y de la peor manera, que la geografía se escribe con la tinta de los que mandan, aunque no tengan razón. Por eso arriesgo y digo que quien admire a ese imperio merece mi desprecio.</p><p>Volvamos a la escuela. Promediando junio y séptimo grado, el invierno se nos instaló adentro para siempre. Recuerdo la cara de Tomasi, quien debía enfrentarnos mientras izábamos la bandera sin saber qué decir. Recuerdo a Ana María llorando porque el alma de su primo se había quedado para siempre en las Islas. Recuerdo un silencio largo, espeso, que cubrió el patio del colegio y las calles del barrio con una neblina que no se iba con el sol. En esos días comprendí que se podía llorar por gente que no conocías. Aprendí que los mapas también duelen. Y que la derrota era mucho más que perder unas islas que nunca habíamos pisado. Perder también fue descubrir que nos habían mentido con la misma facilidad con la que nos cuentan un cuento antes de dormir.</p><p>A los doce años, la derrota de Malvinas tuvo para nosotros un agrio sabor a hierro y sal marina. En el momento exacto en el que supimos que los chocolates y las cartas jamás llegaron, nos dimos cuenta de que el mundo ya no era un lugar seguro, que los gigantes también caen y que, a veces, los barcos no vuelven. Nos quedamos ahí, sentados en el patio del mástil, con las banderas guardadas y el alma un poco más vieja, mirando hacia el sur, mientras el frío de Malvinas se nos quedaba a vivir en los huesos. Aquel otoño, sin darnos cuenta, y aunque el almanaque decía lo contrario, dejamos de ser chicos.</p><p>El tiempo, siempre hostil y autoritario, pasó. Para algunos, mientras tanto, las heridas de la guerra fueron sanando. Pero no para todos; porque los muertos viven en la memoria indeleble de sus familias y en el lejano cementerio de las islas.</p><p>Por vergüenza, por desinterés, por miedo, por ignorancia, por política o por lo que sea, nos fuimos olvidando de la guerra y, lamentablemente, también de los veteranos y de aquellos que murieron en ella. Recordamos su valentía y su dignidad eternas sólo en días como hoy, cuando tomamos la bandera en un puño y juramos defenderla en el café de la esquina.</p><p>En fin. Así somos. Pido perdón por la parte que me toca.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/3tXnbGdTMMDhPmEfWJOdOtiFtUI=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/04/malvinas.png" class="type:primaryImage" /></figure>El fin de la niñez y un recuerdo entre chocolates, amor no correspondido y un gusto amargo de carácter nacional.]]>
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                                <category term="opinion" label="Opinión" />
                <updated>2026-04-13T19:30:09+00:00</updated>
                <published>2026-04-02T10:12:38+00:00</published>
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            Los muchachos de antes de antes no usaban corpiño
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                <![CDATA[Raúl Vázquez]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/-8ZMkSKpsbhxxoaoGJdR70n00j0=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/03/hombres.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Todo comenzó una mañana de estas, cuando hablamos con un amigo, mitad en broma y mitad en serio, de algunos hombres que han volcado sus costumbres. O que han volcado, directamente. Me contó, y tal vez no sea novedad para muchos de ustedes, que la moda masculina impone de a poco el uso de una suerte de corpiño para evitar que los pectorales, y su gravedad hija de los años, se marquen demasiado. Así es: algunos hombres de mi generación, y de la tuya, querido lector, usan corpiño para que la camisa se vea mejor.</p><p>Claramente, hay algo en el hombre de hoy que desconcierta a primera vista. Uno entra a cualquier oficina, bar o reunión y descubre un fenómeno curioso: tipos prolijos, perfumados, con la camisa impecable y debajo (en algunos casos, seamos justos) se adivina una prenda que hasta hace no tanto pertenecía a otro universo. No es una metáfora, es cierto. Hombres que usan una suerte de remera ajustada (llamémoslo sin pudor por lo que realmente es: un corpiño masculino) para que no se marque nada, para que la tela caiga perfecta, para que el cuerpo no interfiera en la estética. Y para que el mundo, definitivamente, sea otro.</p><p>Enseguida aparece la tentación: la risa, el comentario rápido, el chiste fácil, el “mirá adónde hemos llegado” y hasta las antiguas comparaciones fuera de moda que contemplan la elección de género. Inclusive te aventurás a pensar en el desengaño de la mujer conquistada, que verá con sorpresa a su amante con una suerte de vendaje salvador antes del amor. En fin. Todo eso. Como si el pequeño detalle de un corpiño en un hombre fuera la prueba irrefutable de la gran decadencia universal. Como si un elástico debajo de la camisa, a modo de liposucción artificial, explicara todo un cambio de época.</p><p>Como suele pasar, al rato descubrís que el síntoma es más interesante que la burla. Porque ese hombre que hoy cuida su imagen al extremo, que se mira, que se ajusta, que se revisa, no es simplemente más blando o más coqueto. Es, en muchos casos, producto de un tiempo que exige cosas distintas. Un tiempo donde la exposición es constante, donde la cámara es un Dios que todo lo ve, donde la belleza del cuerpo dejó de ser secundaria y pasó a ser lo único. Un tiempo donde no alcanza con estar, sino que también hay que mostrarse.</p><p>Este rincón en el que cada quince días intentamos rescatar algunas cosas del pasado, se nubla definitivamente y se sorprende ante la noticia de un masculino Natalia Natalia que va por la vida con corpiño. Podríamos dar por terminada la nota acá. Podríamos decir que el mundo puede explotar tranquilo, que es hora de partir y que las tinieblas por fin han tocado a nuestra puerta.</p><p>Pero no. Ahí empieza la comparación inevitable. ¿La Generación de Cristal o la de Hierro?</p><p>Los invito a analizar algunas cosas que, quién sabe, desemboquen en una nueva forma de entendernos. No hagamos foco en el corpiño. Intentemos centrarnos en una suerte de humilde análisis sociológico del hombre de hace 50 años y el hombre de hoy. Vos y tu viejo, por ejemplo. Sincerémonos un poco y veamos qué resulta. Desajústese el ñocorpi y venga, hombre. Póngase cómodo. Tengo unas pocas certezas pensadas y un puñado de postulados imperfectos para empezar.</p><p>Los hombres de antes venían sin manual. Y no es una metáfora romántica. Venían sin manual emocional, sin GPS afectivo, sin botón para la configuración de sentimientos. En todo caso, venían con una brújula medio rota que siempre apuntaba al mismo lugar: No te quejes y seguí, era el norte.</p><p>En los 70 y 80, el hombre promedio era un sobreviviente de lo cotidiano. Laburaba (elijo no decir se deslomaba para no generar rispideces), llegaba a su casa, comía y se sentaba frente al televisor como quien llega de una guerra que nadie le había declarado. No hablaba mucho. Tampoco hacía falta porque el silencio era el idioma de la época. Si algo le dolía, se lo guardaba. Si algo lo emocionaba, también. Había una épica del aguante. Una épica áspera, de ojos entrecerrados y puños apretados. Pero épica al fin.</p><p>Hoy es protagonista la Generación de Cristal. Ahí es donde muchos levantamos la ceja, fruncimos el ceño y sentenciamos: “Estos pibes no se bancan nada”. Pero ojo. Porque tal vez no es que no se bancan nada, sino que no están dispuestos a bancarse todo. El hombre de antes se rompía y seguía. El de ahora, cuando se rompe, pregunta por qué. Y en esa pregunta se esconde algo incómodo para el viejo mundo: la conciencia. La duda de esa pregunta es ya la certeza de que algo no está bien y debe ser revisado.</p><p>Cuando éramos chicos, llorar era un accidente. Los grandes no lloran, era la frase. Hoy llorar puede ser hasta una decisión estratégica. Antes, cuando un grande pedía ayuda, era casi una confesión de derrota. Ahora, una lágrima se parece más a un acto de transparencia que es muy bien visto por todo el mundo.</p><p>Claro que hay exageraciones. Siempre las hay. Hay sensibilidades que rozan lo frágil, susceptibilidades que se inflaman por cualquier cosa. Pero también hay algo que el viejo modelo no tenía, el registro de uno mismo y de sus sentimientos. Porque el problema de los hombres mayores en nuestra adolescencia no era la dureza, ni la educación, ni el sufrimiento que implicaba ser hijos de una Europa sangrante y pobre. El problema era el costo. El precio silencioso y eterno de no hablar, de no procesar, de no parar, de no sentir. Familias enteras sostenidas por tipos que nunca dijeron “me pasa algo”. Y eso, tarde o temprano, pasa factura.</p><p>La Generación de Cristal, con todas sus contradicciones y con sus adelantados de nuestra edad que usan corpiño o se depilan el pecho, vino a romper ese pacto tácito que implica el silencio y seguir. Y sí, a veces se pasa de rosca. Pero en ese exceso también hay una búsqueda. En ese exceso aparece la idea de vivir un poco más conscientes, un poco menos anestesiados.</p><p>Entonces, ¿quiénes son mejores? Mala pregunta. No se trata de mejores o peores. Se trata de contextos. Los hombres mayores que habitaban en el Villa Luro de mi infancia eran duros porque el mundo lo exigía. Los de ahora son sensibles porque el mundo lo permite. Tal vez el desafío no sea elegir entre dos modelos, sino lograr algo más difícil: hombres que puedan resistir sin romperse y sentir sin avergonzarse. Ni de hierro. Ni de cristal. De carne y hueso.</p><p>El problema es cuando el péndulo se va demasiado para un lado o para el otro. Como en la política argentina, que votamos para que el pasado no se repita, vienen en nombre del futuro y resulta que son el espejo de lo que vinieron a combatir. La grieta es el problema. Acá también. El equilibrio, como siempre, es lo más difícil.</p><p>El error quizás sea plantear esta discusión como una guerra entre generaciones. Como si hubiera que elegir un bando. Como si los hombres de antes fueran héroes incomprendidos y los de ahora víctimas exageradas. La realidad es bastante más compleja. Excede el corpiño masculino. Y es también bastante más interesante. Porque los hombres de antes hicieron lo que pudieron con las herramientas que tenían. No había espacios para hablar de emociones, no había modelos alternativos, no había discursos que habilitaran otra forma de ser hombre. Había que ser fuerte. Admirablemente fuertes. Pero también, muchas veces, eran profundamente solitarios. Los hombres de ahora, en cambio, tienen más herramientas. Más información. Más discursos. Más opciones. Pero también tienen más ruido. Más exigencias. Más presión por definirse, por posicionarse. Y eso también agota.</p><p>Si antes el problema era no sentir, hoy el problema es sentir demasiado. ¿Quién está mejor preparado entonces? ¿El que aguanta todo o el que cuestiona todo? La respuesta es incómoda: ninguno. El mundo real, y tal vez la vida, termina exigiendo una combinación de ambas cosas. Capacidad de resistir y capacidad de registrar. Fortaleza y sensibilidad. Acción y reflexión. El desafío es construir algo nuevo. Un modelo que tome lo mejor de ambos mundos. Un hombre que pueda sostenerse en momentos difíciles sin desmoronarse, pero que también pueda sentirse superado sin creer que pierde valor ante el desconsuelo.</p><p>Tal vez la clave esté en un hombre algo más humano, más imperfecto, más real. Con cicatrices y con el registro indeleble de esas cicatrices. Con la capacidad de avanzar, pero también de detenerse cuando haga falta. Con la oportunidad de revisar lo que heredó. De elegir qué vale la pena conservar y qué conviene soltar. Porque no todo lo de antes era mejor. Pero tampoco todo lo de ahora es necesariamente superador. Como es lógico, hay valores que no deberían perderse. La responsabilidad, el compromiso, la lealtad, la capacidad para sostenerse, de cumplir y de hacerse cargo.</p><p>Si algo muestra este cruce de épocas es que el modelo de hombre está en transición. Y como toda transición, es incómoda, movilizante, insegura. Genera ruido, resistencia, exageraciones. Y, por fin, genera evolución.</p><p>En esta búsqueda todavía imperfecta, todavía en construcción, hay algo que, incluso con sus contradicciones, merece ser valorado: la intención de ser un poco más honestos con lo que nos pasa. Aunque a veces incomode. Aunque a veces duela. Aunque nos deje sin manual ni botones de arrepentimiento. Un poco menos de lo que debemos ser y algo más de lo que queremos ser.</p><p>Los dejo. La seguimos en un par de semanas. Y usted, Domínguez, sáquese el maquillaje que su mujer lo está mirando, hombre!</p>]]>
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                                                <summary type="html">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/-8ZMkSKpsbhxxoaoGJdR70n00j0=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/03/hombres.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>Entre ironía y observación social, una mirada sobre cómo cambió el modelo de hombre: del silencio y la dureza a la exposición y la sensibilidad.]]>
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                                <category term="opinion" label="Opinión" />
                <updated>2026-04-13T19:30:09+00:00</updated>
                <published>2026-03-29T15:12:08+00:00</published>
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            Angustias
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                <![CDATA[Raúl Vázquez]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/KoWVqH_HuyTx1skiYpAqtkmhbQA=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/03/raulo.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Argentina es un país contrahecho. Si bien esta frase tiene el peso de una sentencia facilista en una charla de café, afirmar que estamos contrahechos no es decir que estamos rotos. Pero parecido. Es admitir que fuimos armados a contramano, con las piezas que sobraron de un naufragio o, peor aún, es como sostener que fuimos proyectados desde un plano que alguien leyó al revés mientras nos prometía el primer mundo.</p><p>Somos una estructura que se empeña en caminar torcido. Tenemos el PBI de un país rico atrapado en las mañas de una pulpería de mala muerte y de una clase dirigente que, en lugar de enderezar la columna vertebral de la nación, le pone un almohadón al bulto para que no se note tanto la deformidad. La sensación es que, cada vez que intentamos dar un paso hacia la modernidad, la propia fisonomía de nuestras instituciones, viciadas, vacías, y deformadas por décadas de anomia, nos hace trastabillar.</p><p>Somos el país que tiene todo para ser derecho, pero que se siente extrañamente cómodo en su propia asimetría, celebrando la imperfección como si fuera un rasgo de identidad y no el síntoma de una enfermedad que nos impide, finalmente, ponernos de pie.</p><p>En esta columna, donde humildemente intentamos darle valor a los recuerdos, desbarrancar al olvido y mostrar algunos detalles del pasado que forjaron esto que somos, se suceden luchas constantes entre el homenaje a la memoria y la inevitable comparación de ese pasado romántico con lo que llegamos a ser. Más de una vez, mientras tipeo sobre el pasado, estoy al borde del precipicio que termina en el reconocimiento de un presente esquivo, complicado.</p><p>Así, cada 15 días estamos vos y yo dándole valor al colectivo 34, a la delantera de Independiente de los 80, a la amistad en el secundario, a los amores que nos rechazaron y marcaron para siempre, al barrio, a la juventud y a aquellos que ya no están de este lado del cielo, pero que siguen caminando a nuestro lado. Sin embargo, en la épica que supone vencer al olvido, vuelvo al presente de este instante y veo un país que nada tiene que ver con eso que soñamos. Nada.</p><p>Hubo un tiempo en el que fuimos felices porque éramos todo proyecto, todo futuro, pero hoy parece narrado por un cronista de la antigua Grecia, donde la palabra moral se usa para llenar discursos y no para fortalecer los cimientos de la casa. El país de mis viejos se sostenía sobre tres o cuatro pilares que hoy son casi ciencia ficción: el respeto al guardapolvo blanco, el valor de la palabra y la vergüenza de que te señalen por haber hecho algo que no correspondía. En aquel entonces, si alguien se mandaba una macana, no lo veías en la tele ni lo leías en los diarios explicando lo evidente con frases dictadas por un coach; se escondía en el fondo de su casa porque el juicio social pesaba más que un código penal. Hoy, ese edificio sólido se nos vino abajo y estamos viviendo entre sus escombros, tratando de convencernos de que el polvo en los pulmones es parte del paisaje.</p><p>Miremos la política, el gran teatro de sombras donde la grieta se ha convertido en el negocio más rentable de la historia nacional. De un lado, te venden la épica de la justicia social mientras gestionan la pobreza con un cinismo que asusta; del otro, te prometen la libertad absoluta mientras se olvidan que la libertad, sin un plato de comida en la mesa, es apenas el derecho a elegir cómo morir de hambre. Ambos bandos se retroalimentan como un matrimonio tóxico. Se necesitan para existir, se insultan frente a las cámaras y después, cuando las luces se apagan, comparten el mismo catering que fue pagado con la nuestra. La moral política de hoy es una plastilina que se moldea según la encuesta del día. Si los datos dicen que hay que ser conservador, se vuelven monjes; si dicen que hay que ser rebeldes, se ponen la remera del Che. No hay convicciones, hay focus groups.</p><p>El pasado que juntos evocamos desde hace un tiempo en estas líneas es un pasado que enamora, pero que no es terminante. Es un pasado que nos devuelve una luz envuelta en esperanzas que, a fuerza de sentimiento, lo teñimos de armonía y nos regala una sonrisa mientras recordamos a la maestra de primer grado. Es un tiempo que nos ilumina desde lo romántico, pero que destila angustia. El tema es que si te metés en lo profundo, si evocamos algunas historias de barrio y recordás cómo era la gente y su contexto en ese tiempo, reconocés de verdad lo que perdimos. Descubrís que no hay palabra, que no hay educación y que no hay país. Recordar demasiado, a veces, puede ser letal.</p><p>No intentan estas líneas ser una oda al pesimismo. La vida nos regala hijos, amores, unos padres que nos aman, amigos que se la juegan y hermanos capaces de dar la vida por nosotros. Eso estuvo, está y estará. El tema es otro. Es el país. Su gente, sus angustias. La debacle de casi un siglo.</p><p>Por dar un par de ejemplos, sencillos, livianos y sin mucha rigurosidad periodística, podríamos hablar del Vascolet o de las galletitas en cajas de lata. Esas que tenían un vidrio redondo en una de sus caras. Eso sería romántico y serviría para evocar los años felices. Pero si caemos en la cuenta de que Argentina produce alimentos para 400 millones de personas y tiene a casi la mitad de su población bajo la línea de pobreza, la nostalgia de la merienda en Villa Luro se hace bronca. Porque tenemos suelos bendecidos que exportan granos a todo el planeta, mientras en el conurbano o en el norte profundo un pibe no llega al vaso de leche. La asimetría entre la riqueza potencial y la incapacidad distributiva que deriva en la indigencia es tal vez nuestra contradicción más obscena.</p><p>Supimos tener la tasa de alfabetización más alta de la región y cinco premios Nobel. Buenos Aires se autopercibe como la París de Sudamérica, llena de librerías y teatros, pero hoy convivimos con una realidad donde 7 de cada 10 chicos de zonas vulnerables no comprenden un texto básico al terminar la primaria, si es que la terminan. Es la distancia entre el brillo del Colón y la oscuridad de una escuela que se cae a pedazos.</p><p>Nuestra Constitución dice que somos un país federal, pero su corazón late (y gasta) en el Puerto. Todo pasa por Buenos Aires: los subsidios, el poder político, la rosca, las oportunidades. Es la asimetría de un país macrocefálico, donde el interior produce la energía, el gas y los granos, pero tiene que mendigar en los despachos de la Capital para que le devuelvan un porcentaje de lo propio.</p><p>Somos el único país del mundo que no añora lo que va a venir, sino lo que fue. Nuestra época dorada siempre está en el pasado (el 1900, los años 40, los 60, los 90, según quién te cuente la historia). Vivimos caminando hacia adelante, pero mirando por el espejo retrovisor, una contradicción que nos impide construir un proyecto a largo plazo porque estamos demasiado ocupados discutiendo quién tuvo la culpa de que se nos rompiera el juguete hace un siglo.</p><p>Tenemos leyes de avanzada para casi todo. Desde derechos civiles para hombres y mujeres hasta protección ambiental. Pero nuestra cultura del "viva la pepa" hace que la norma sea algo que se negocia. Es la asimetría entre una institucionalidad de papel que se parece a Suiza y una práctica cotidiana que, por momentos, se parece a una republiqueta. O a la AFA.</p><p>Pero el dolor más agudo, el que te quema el pecho cuando pasás por la puerta de cualquier colegio, es la crisis de la educación. La escuela supo ser el gran igualador, el lugar donde el hijo del doctor y el hijo del canillita compartían el mismo banco y el mismo sueño de ascenso. La educación pública es hoy un campo de batalla de ideologías baratas y edificios que se caen a pedazos, con docentes en silencio y paredes manchadas de grafitis vetustos, imposibles o irrelevantes.</p><p>Perdimos el respeto por el maestro, un prócer de barrio que antes era una autoridad indiscutida. Ahora, si el pibe se saca un 1, los padres van al colegio no a preguntar qué fue lo que no entendió su hije, sino a prepotear al docente. Convertimos el aula en una guardería de lujo o de miseria, según el código postal, donde el mérito es una mala palabra y el esfuerzo se percibe como una opresión. Estamos fabricando analfabetos con título secundario mientras hasta hace pocos meses los políticos discutían si la solución es el lenguaje inclusivo o el voucher, cuando lo que en realidad falta es tiza, presupuesto y, sobre todo, la decencia de entender que sin educación no hay futuro, sino un triste y eterno presente de planes sociales y frustración comunitaria.</p><p>Nos hemos vuelto una sociedad de jueces implacables para algunos y abogados caros para otros, sin que la verdad sea el fin último. Vivimos en una Argentina donde progresar significaba romperse el lomo y no enganchar un curro. Antes, el valor estaba en la construcción; hoy está en ser más vivos. Perdimos la capacidad de enojarnos por lo que está mal, y solo nos indignamos si el que se equivoca es de la ideología contraria. Si el nuestro roba, es por una necesidad política; si el otro roba, es el fin de la República. Esa hipocresía es el ácido que terminó de corroer los cables de nuestra ética colectiva.</p><p>Vivimos en la era de la post verdad, que no es otra cosa que una forma elegante de decir que somos unos mentirosos incurables. El principio de autoridad se esfumó para siempre en el momento en que el alumno le pega a la maestra, el conductor le tira el auto al peatón y el funcionario nos toma por idiotas desde una pantalla de 50 pulgadas. Nos acostumbramos a que la honestidad, el trabajo o el estudio, sea visto casi como una debilidad.</p><p>Nos falta ese espejo en el que solíamos reflejarnos, y que nos devolvía una imagen de gente digna, aunque de zapatos gastados. El espejo se rompió y cada uno se quedó con un pedacito de vidrio, creyendo que su pequeña verdad es el universo entero.</p><p>Al final, la grieta no es entre derecha o izquierda, es entre la decencia y la desfachatez. Y me temo que, por ahora, la desfachatez viene ganando por goleada. Con la tribuna aplaudiendo un gol que fue en offside, mientras al VAR lo opera un ciego de saco y corbata al que le dicen Aguarrás. Porque, de lejos, parece solvente.</p><p>Así estamos.</p><p>Pero volvamos a la columna quincenal en la que descubrimos la nostalgia y le damos un poco de brillo al pasado. Mi idea era escribir sobre el deseo. El de nuestros padres y nuestros deseos. Sobre cómo eran aquellas miradas hacia el futuro y cómo son ahora nuestras maneras de ver el porvenir.</p><p>Mejor lo dejo para otro día, ¿no?</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/KoWVqH_HuyTx1skiYpAqtkmhbQA=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/03/raulo.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>Crónica de una sociedad que dejó de mirarse al espejo.]]>
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                                <category term="opinion" label="Opinión" />
                <updated>2026-04-13T19:30:09+00:00</updated>
                <published>2026-03-15T13:50:31+00:00</published>
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            Clubes de barrio, el refugio de los sueños
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                <![CDATA[Raúl Vázquez]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/kOSQMTIIS_QXXX5HwH4ryVbp3PI=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/03/barrio.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>El fútbol es, sin dudas, el acontecimiento cultural más grande de la historia. Aquellos que hemos vivido con una Pintier número 5 pegada a los cordones de los botines Fulvence, soñamos con vestir alguna vez la camiseta de nuestro club amado y defenderla como a la patria. Es tal vez ahí que nacen las pasiones y la historia se hace grande. En el momento en que un pedazo de poliéster cae sobre nuestros hombros, entendemos lo que representa el fútbol para las sociedades.</p><p>Sin embargo, antes de entender cómo una sociedad puede latir al ritmo de una pelota y de descubrir que un club de primera puede dejarte sin dormir, todos tuvimos un deseo previo: jugar. En mi caso, antes de soñar con ser el 5 de Independiente, soñé, como todos, con ser titular en el equipo de los amigos. Ser parte de ese once inicial significaba que alguien, entre el caos de las mochilas o los buzos haciendo de postes, había pronunciado tu nombre con la solemnidad de quien convoca a un guerrero.</p><p>Era la convocatoria de los dioses. Y mucho más cuando dejabas la plaza de la vuelta y armabas el partido en el club del barrio. Ahí sí que la cosa cambiaba. Era tan profesional que la seriedad del encuentro era equivalente a un contrato de trabajo. Es fascinante ver cómo el mismo deporte puede sentirse como dos universos paralelos dependiendo de si hay una línea prolija debajo de tus pies o simplemente un árbol marcando el límite. Pasar de la plaza al club era, en esencia, pasar de la libertad absoluta al sentido del deber. Y, además, formar parte de ese equipo era también ser protagonista de una historia que iba a transformarse en recuerdo. Ni más ni menos.</p><p>En mi Villa Luro de los 80, cuando no necesitábamos Wi-Fi, los clubes de barrio eran un refugio de baldosas flojas en el que aprendíamos el verdadero valor de la pertenencia. Donde descubríamos que la patria no era un mapa ni una bandera, sino un pedazo de cartón plastificado con una foto 4x4 pegada con Plasticola. Ese rectángulo gastado nos daba derecho a pertenecer. Era el pasaporte para los sueños.</p><p>En el club no eras un usuario, ni un perfil, ni un cliente; eras el hijo de, el nieto de, o simplemente el pibe que raspa en el medio y que se sabía de memoria el camino al bufet. Hoy, cuando el individualismo nos encierra, deberíamos volver la vista atrás para recuperar aquello que perdimos en el camino.</p><p>Recuerdo con especial cariño al Club Villa Luro Norte, al Club Juventud, al Club Cervantes y al Club Atlético General Lamadrid, que jugaba en la D y era parte de la AFA. También recuerdo a All Boys, aunque allí era más grande y se había perdido el encanto de las primeras gambetas. Jugar sobre esa mezcla de pasto, tierra y piedras de la cancha de Lamadrid, con sus ondulaciones inesperadas y el arco que daba a la cárcel de Villa Devoto, era para nosotros un poco menos que gambetear en el Santiago Bernabéu. Recuerdo haber errado un penal en esa cancha y, desde una de las ventanas diminutas de la cárcel donde miraban algunos detenidos de buen comportamiento, pidieron a los gritos que el preso debía ser yo, y no ellos.</p><p>Nunca fui socio de ninguno de los clubes del barrio, pero siempre sentí que pertenecía a ellos. Ahora pienso y descubro que muy posiblemente había dos razones que me permitían jugar en sus suelos de baldosa de granito. Una, porque en los 70 y los 80 la felicidad era gratis. Y la otra, seguramente más verdadera y menos romántica, porque me colaba. Lo cierto es que jugábamos hasta fallecer y, entre partido y partido, fui descubriendo que el alma del club de barrio estaba más entre el olor a café quemado y al ruido de los platos de loza que en las batallas dentro de la cancha de líneas borrosas que representaban, al mismo tiempo aunque con colores diferentes, una cancha de papi, una de vóley y una de básquet.</p><p>Poco a poco, tal vez por esa idea nostálgica de la vida que me iba invadiendo, dejé de escuchar los reproches post partido de mis compañeros al costado de la cancha y comencé a teñir la mirada de memoria, acumulando para el futuro esas notas costumbristas que intento reflejar en estas líneas. En el bufet no se iba a consumir, se iba a ser. Los viejos, sentados en las sillas de madera de la época de Perón o Frondizi, arreglaban el país con una autoridad que hoy ningún analista twittero podría soñar. El socio vitalicio iba a leer el diario o a jugar a los dados para no sentirse solo en su casa, y los chicos corrían a comprar una Teem con las monedas que les sobraban y con la camiseta todavía sudada. Había una sabiduría de mostrador, una red invisible de contención donde el "Gallego" o el "Tano" sabían si andabas con el corazón roto, sólo por cómo pedías la Coca-Cola de vidrio.</p><p>El bufet era el alma del club. Sus vitrinas, un verdadero cementerio de glorias pasadas, mostraban copas oxidadas, fotos en sepia de equipos del 52 donde todos parecen tener 40 años (aunque tuvieran 20), y cuatro o cinco banderines que habían perdido el color original por el humo de los cigarrillos. Las mesas eran de fórmica, las sillas de madera a punto de quebrarse y el televisor siempre estaba apagado porque no andaba o era blanco y negro. El bufet era, quizás, el último lugar donde el fracaso no importaba. Porque podías haber perdido 5 a 0, pero en el bufet, después del primer sorbo de bebida, ese gol que erraste se volvía una anécdota y la derrota dolía un poco menos porque estabas rodeado de los tuyos.</p><p>Hoy hablamos de comunidades digitales y de seguidores, términos fríos que huelen a silicio. En el club, la red estaba en el arco y tenía un sonido tan particular cuando la pelota entraba que aún hoy deseo patear para volver a sentir su murmullo inigualable y glorioso. Esa red nos unía a todos. Nos cobijaba sin saberlo y se hacía fábrica de recuerdos sin que nos diéramos cuenta. En esa red no hacía falta un algoritmo para saber quién necesitaba un par de zapatillas o quién se estaba quedando solo. Imagino también que esa red contenía a los padres y les dejaba la tranquilidad de saber que sus hijos no eran de la calle, sino que estaban en el club. Jugando. Siendo felices. Forjando historias y sólidos recuerdos que luego, a fuerza de vida, se irían desvaneciendo.</p><p>La tragedia silenciosa de nuestra era no es solo la crisis económica, moral o de educación, sino la desintegración del encuentro. El individualismo, donde lo digital hace una buena parte, nos ha encerrado en el living de casa. Allí podemos saber todo lo que ocurre en el planeta. Ya no hay que moverse para saber qué pasa. Pero en ese aislamiento perdimos el roce, el sudor compartido, la frustración de la derrota colectiva y la gloria de un trofeo de plástico que sentíamos de oro puro.</p><p>El club de barrio era el lugar donde las clases sociales se diluían: el hijo del médico y el hijo del obrero compartían la misma ducha de agua helada en el invierno. Y compartían también la misma camiseta, el mismo club, aunque todos supiéramos que sus vidas iban a forjarse de manera diferente. Esa mezcla, una verdadera gimnasia de la tolerancia, es exactamente lo que el tiempo, y también el algoritmo, nos ha quitado. Hoy nos encerramos en burbujas de gente que piensa exactamente igual que nosotros. Y si por casualidad vemos a alguien diferente que pasa a nuestro lado, en lugar de dejarlo ir, tocamos bocina para que sepa que no somos como él. Que somos bien distintos y que está parado del otro lado de la grieta. Y lo cancelamos. Y nos destacamos. Y nos quedamos solos. Así estamos.</p><p>Igual que nuestra juventud, la vida de los clubes está con las paredes descascaradas. Ya casi no quedan. Y si alguna esquina de barrio todavía se esfuerza por sostener las puertas abiertas de alguno, seguro que en su interior hay, además de una comisión directiva que hace malabares con las facturas de luz, un puñado de románticos que se resisten a salir del pasado. Que se resisten a pensar que la vida ha cambiado y a entender que sus hijos quieren más un auto importado que un picadito en la canchita. Un puñado de soñadores que pretenden evitar, sabiéndose derrotados, que el club se convierta en un depósito de muerte.</p><p>Extrañar el club no es solo nostalgia por la juventud perdida; es el hambre de volver a sentirnos parte de algo más grande que nosotros mismos. Es el deseo de que las baldosas vuelvan a rechinar cuando el 7 amaga y que el grito de gol no sea un emoji, sino un abrazo sudado con un desconocido que, por noventa minutos, es nuestro hermano para siempre.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/kOSQMTIIS_QXXX5HwH4ryVbp3PI=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/03/barrio.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>Un recorrido íntimo por esos espacios donde se aprendía a jugar, a perder y a ser parte de algo más grande.]]>
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                                <category term="opinion" label="Opinión" />
                <updated>2026-04-13T19:30:09+00:00</updated>
                <published>2026-03-01T14:56:12+00:00</published>
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        <title>
            Carnaval
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                <![CDATA[Raúl Vázquez]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/dVGaSVQCtmmIUEXORZjUX7rYr0c=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/02/carnaval.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Todavía recuerdo, casi 50 años después, un mediodía de febrero caluroso y húmedo en el que salí a comprar no sé qué cosa al quiosco de la Pocha, en la calle Camarones. Nunca supe su verdadero nombre, pero para el barrio entero era la Pocha. Tenía una hermana que la ayudaba en la venta, a la que le decían la Pirucha. Y un sobrino (Ernesto, tal vez mi primer mejor amigo) que completaba el paisaje.</p><p>La Pocha y la Pirucha. Con solo pronunciar sus nombres, me invade el recuerdo de una tira que se leía en Billiken o Anteojito, Pelopincho y Cachirula. Pero esa es otra historia. Había también un Rastrojero desvencijado, pero orgulloso, que descansaba en la puerta, cuyo dueño era el esposo de la Pocha y que, a decir verdad, no tenía demasiado protagonismo.</p><p>Los quioscos, desde ya, no eran esas esquinas iluminadas y diseñadas por artistas que interrumpen nuestra caminata con sus luces y ofertas de todo tipo. El quiosco era simplemente una ventana que daba a la calle, que a su vez era parte de un ambiente extraño, tal vez una pieza que le sobraba a la casa, o un garaje que nunca llegó a ser y que se usaba para cualquier cosa, además de vender caramelos por entre las rejas. Desde afuera, veías al que compraba tocando un timbre desafinado y se abría una ventana. Eso era un quiosco. Eso eran los ochenta.</p><p>Lo cierto es que aquella tarde de febrero, calurosa y vacía, crucé Camarones hacia el quiosco y me encontré con algunos desconocidos pero amenazantes vecinos que portaban baldes llenos de agua. Tenía puestos los botines Sacachispas que me habían regalado para mi cumpleaños y que usaba hasta para dormir. Recuerdo muy bien que pedí clemencia. Alegué los botines nuevos y me propuse hacerles comprender que no estaba jugando al agua, que buscaran a alguien que sí fuera parte del juego. No sirvió. Más de veinte litros de agua (ahora recuerdo que me rodeaban cinco baldes) cayeron como catarata sobre mi cuerpo.</p><p>“Carnaval”, me dijeron justificándose. “La puta madre”, me dije en silencio a modo de desahogo. Y crucé de vuelta a casa. El timbre del quiosco que sonaba para que vengan a vender no alcanzó siquiera a ser alarma. Y no solo volví sin comprarle a la Pocha, sino que además me ligué el injusto reto de mi vieja.</p><p>Será por eso que nunca me agradó el Carnaval. O será por eso también que ahora recuerdo los retos de mi vieja y quisiera volver a escucharla, aunque sea enojada.</p><p>Hay una memoria que no se borra con el asfalto nuevo ni con el aire acondicionado. Aquellos febreros de agua se mezclan en los grises recuerdos de las veredas prestadas. Y con el de los jardines que olían a albahaca, las calles de brea caliente y ese aroma químico e inconfundible de la “nieve loca” que te raspaba la garganta y que solo compraban los que podían. Los baristas del carnaval.</p><p>Cuando éramos chicos, nuestro carnaval, el de las casas bajas y el saludo de vereda a vereda, transformaba el barrio en un territorio liberado para la alegría.</p><p>Todo empezaba temprano. No hacían falta redes sociales para autoconvocarse; bastaba con la primera bombucha o el grito de guerra de algún pibe desde una terraza. La guerra del agua era un deporte nacional en febrero, una disciplina que mezclaba la ingeniería hidráulica con la picardía criolla.</p><p>La bombucha no era el nombre de un simple globo que se llenaba de agua; era un verdadero proyectil de precisión que se complementaba con baldes y palanganas. Pasábamos horas frente a la canilla del patio, intentando nudos con los dedos ya arrugados de tanto remojo y acumulando “municiones” en viejos baldes (algunos de chapa) como si estuviéramos preparándonos para una invasión.</p><p>La leyenda urbana decía que las bombuchas blancas eran las más duras y, en consecuencia, provocaban más dolor al estrellarse con nuestras espaldas. El mito incluía que, si se las llenaba con agua y algo de tierra o arena, eran letales. Nunca lo comprobé.</p><p>Lo que sí pude corroborar es aquella suerte de jerarquía invisible que existía en la guerra del agua (la del carnaval, no la de Lilita), que suponía tres plataformas de lanzamiento: el ataque desde la terraza, donde el francotirador esperaba silencioso y paciente el paso de un caminante desprevenido; el baldazo a traición, que constituía el bautismo de fuego para el que se asomaba a la vereda demasiado arreglado; y el rompimiento de la tregua del mediodía, momento en que las veredas quedaban chorreando y el sol de las dos de la tarde secaba las remeras de algodón antes del próximo asalto. En esta última estaban los arriesgados. Los que no cumplían las órdenes superiores de tomar la siesta y hacían su guerra. Eran soldados sin patria. Fue en este lapso de tensa calma que me atraparon cruzando hacia el quiosco de la Pocha. Ahora lo recuerdo: iba a comprar bombitas de agua con la plata que me había dado mi inolvidable tía Elvira.</p><p>El carnaval de barrio era una democracia absoluta: mojabas tanto al colectivo que pasaba con las ventanillas bajas (el riesgo era la puteada o el bocinazo) como a la vecina que volvía de las compras. Y, por supuesto, mojabas a esa chica que te gustaba. Porque en los carnavales de los 80 no había mejor forma de decir “me gustás” que una bombita certera en la espalda. Era un lenguaje rudo, sí, pero terriblemente honesto. Mi objetivo en ese rubro se llamaba Cristina, la hermana de Maico, hijos de la familia rica del barrio.</p><p>Sin embargo, ahora recuerdo que mi logro más importante, el más recordado, fue lejos de Villa Luro, en la terraza de mis primos preferidos, en la esquina de Espinosa y Paysandú. Y no fue con Cristina. Fue mucho mejor. Más épico. Más inolvidable. Un 504 de techo corredizo recibió certeramente el contenido de un vaso grande con agua en medio de las piernas del conductor. Todavía recuerdo la cara de asombro y satisfacción de mi primo cuando acertamos a ese blanco móvil. Fue una verdadera demostración de estrategia, talento, cálculo y distancia. Y también fue un triunfo de la paciencia y del azar, que nos regaló un moderno 504 pasando por las calurosas calles de La Paternal.</p><p>El carnaval también suponía una fiesta popular de la que nunca fui amigo. Eso de ser felices de 18 a 23 nunca me gustó, menos cuando los bailes le dejaban su lugar a una música de dudoso gusto. Cuando caía el sol, los barrios cambiaban de piel. Se cortaba la calle principal y aparecían los tablones y las guirnaldas con luces de colores que parpadeaban con una precariedad espantosa.</p><p>Y aparecía la murga, con un estruendo que se sentía en el pecho antes de escucharse en los oídos. El tipo del bombo con platillo, el director con ropa de raso brillante y esos pibes que bailaban a fuerza de espasmos no eran lo mejor del carnaval. Todos sabíamos que la fiesta se escondía en un balde con agua y no mucho más.</p><p>Visto desde este 2026 que acaba de nacer, el carnaval de los 80 parece una postal en color sepia. Hoy los chicos juegan con pantallas, nadie conoce al vecino y las calles están blindadas por la desconfianza. Cuando éramos chicos, el carnaval te encontraba en la vereda, con la bombita de agua escondida en el balde y la radio del vecino sonando bajito; hoy lo buscamos en la pantalla del celular. No es que la fiesta haya muerto: simplemente se mudó del barrio al algoritmo. Pero para los que estuvimos ahí, para los que todavía sentimos el frío del agua en la espalda y el éxtasis de haber dado en el blanco con tu bombucha, el carnaval sigue siendo ese lugar donde fuimos profundamente libres.</p><p>Aquellos que llenamos bombitas y baldes con el agua tibia del tanque de verano vivimos el tiempo donde el barrio era una casa grande, sin rejas, y donde la única ley que importaba era la de pasarla bien, empapados de pies a cabeza, antes de que el final de fiesta nos devolviera a la realidad del guardapolvo. En los 80, el carnaval era anárquico y territorial. El escenario era la calle, así como estaba, sin filtros. Sin permisos. Los protagonistas eran el vecino, el amigo de la esquina y vos.</p><p>Hoy, la guerra del agua —un rito de vereda con baldosas flojas que nos empapaba hasta el alma— es casi una contravención. El carnaval está en el calendario. Pero antes, cuando éramos felices sin saberlo, el carnaval se escondía en un balde lleno de emoción.</p><p>Dejá de leer, dale. Estamos a tiempo. Hagámonos los desprevenidos. Dejémonos empapar por un balde lleno de recuerdos, volvamos por un rato a nuestra infancia y regresemos a casa mojados hasta las medias. Vas a ser feliz. Aunque mamá se enoje desde el cielo.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/dVGaSVQCtmmIUEXORZjUX7rYr0c=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/02/carnaval.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>Una memoria de veredas mojadas, infancia libre y un barrio que ya no existe, pero todavía late en febrero.]]>
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                                <category term="opinion" label="Opinión" />
                <updated>2026-04-13T19:30:09+00:00</updated>
                <published>2026-02-15T03:00:00+00:00</published>
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            ¡Esto es un asalto!
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                <![CDATA[Raúl Vázquez]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/FNOtGaUljBKKAGW3gMe9gPTftuQ=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/01/asalto.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>El amor, sobre todo cuando vivís inmerso en el tsunami de emociones e inseguridades de la adolescencia, se nutre de actitudes y aptitudes que con el tiempo pierden sentido. Así, en los años 80, podíamos deslumbrarnos y enamorarnos solo con apreciar en el otro algunas habilidades de las que carecíamos y que constituían un imposible. Tocar la guitarra, destacarnos en Educación Física, ser el último en ser atrapado en el Poliladron, entender matemáticas, estar en el coro, caminar solo por la avenida Lope de Vega o simplemente tener el cabello sedoso o una sonrisa blanca y cómplice solían ser motivo suficiente para que los corazones juveniles galopen al ritmo del amor.</p><p>Está claro que las virtudes más importantes, aquellas que la vida se encarga de darles importancia y transformarlas en imprescindibles, a los 14 años, no interesan demasiado. Ni un trabajo estable, ni la bondad por sobre la belleza, ni el amor por los niños, por nombrar solo tres, eran muy tenidas en cuenta cuando lo que importaba era experimentar y descubrir quiénes éramos en el espejo del otro.</p><p>Para entender el amor adolescente de los ochenta, hay que entender primero el silencio. No el silencio de la timidez, sino el del vacío tecnológico. En esa época, querer a alguien era una actividad analógica marcada por un ritmo mucho más lento, donde el amor se cocía a fuego lento y la inocencia era el lenguaje común. Sin la inmediatez de las redes sociales, el romance dependía de gestos tangibles y esperas prolongadas que convalidan el paso del tiempo. El amor no buscaba la validación pública, sino la conexión privada. Era una mezcla de misterio, paciencia y la fe ciega en que esa mirada furtiva en el pasillo del colegio podía significar absolutamente todo. Ese breve instante en que las miradas se cruzaban era el combustible para soñar durante semanas. Sin la posibilidad de revisar perfiles o fotos digitales, nuestro romanticismo se alimentaba del misterio efímero del recreo o de la plaza como única forma de conectarnos.</p><p>El amor en los 80 tenía su templo máximo, su campo de batalla definitivo: el asalto. Y si era en una terraza, mejor. Era una suerte de fiesta clandestina, pero con permiso de los padres y organizada desde la mediatarde, donde la luz del sol dejaba caer las sombras de costado. El aire olía a Blem y los sándwiches de miga que se empezaban a doblar en las puntas convivían con una botella de Coca, Teem o Pomelo Neuss para nosotros y la malograda Tab para ellas. Los bizcochuelos de la tía solían ser la mesa dulce.</p><p>Nunca fui un gran bailarín. Siempre desprecié las habilidades de la danza. Hasta que descubrí que la posibilidad del amor estaba más cerca de quienes sabían moverse al ritmo de la música que de quienes, como yo, disfrutábamos escuchando con los huesos quietos.</p><p>En los ochenta, el hecho de no tener las mínimas habilidades para el baile era casi motivo de destierro. Sin embargo, con un entusiasmo hijo de los primeros deseos, trataba de moverme como para no ser el peor.</p><p>Pero era el peor.</p><p>Tal vez allí, tempranamente, desarrollé el sentido del humor que me acompañó en cada propuesta indecente como única arma de conquista. El humor, más una incipiente capacidad de hablar más o menos de corrido, era el artilugio para llegar al corazón de las mujeres que solo parecían ver a los pequeños aprendices de Travolta bailando sobre las baldosas rojas y brillosas de las terrazas. De más está decir que mi primer beso tardó unos años en llegar. Pero eso será tema de otro fin de semana.</p><p>Bailar mal en la adolescencia es como aprender croata en una semana. Es el cuerpo creciendo a destiempo, es tener una camisa que queda grande en los hombros y corta en las mangas. Es no tener idea de qué hacer con las manos y con los pies. Es soportar la vergüenza que sube por el cuello como una fiebre mansa. Y aun así, salir a la pista. Aunque sea al arrabal de la terraza, lejos del otro, para dejar que la música por fin te empuje, como empuja el viento a una cortina.</p><p>Es moverse con torpeza y, sin embargo, sentir que algo adentro se acomoda. Que el mundo, por un rato, no te exige explicaciones. Nadie te pide una postura exacta. Solo tenés que estar ahí, respirando fuerte, con el corazón siguiendo su propio compás.</p><p>En la adolescencia, bailar era para mí un acto de fe. Que no te importe el ridículo ni la mirada ajena. Creer que el deseo de gustar, de pertenecer, de ser visto, puede más que el miedo. Y a veces, entre pasos desparejos y vueltas mal calculadas, sucede lo único importante: por un instante, dejás de pensar y empezás a vivir el momento y a entender que un paso de baile es un sacrificio necesario para lograr una mirada femenina. Aunque esa mirada tenga un pequeño porcentaje de lástima.</p><p>La logística del asalto suponía conseguir que alguien ponga la casa. Por lo general, se intentaba que lo organizara aquel que tenía los padres más jóvenes, más liberales o más distraídos. Los varones llevábamos la gaseosa y las chicas, la comida. La banda sonora era simplemente un grabador de doble casetera en el que alguien había grabado un enganchado casero que, irremediablemente, debía terminar con una oportuna serie de lentos. Era allí, con los lentos y no en otro momento, donde podrían nacer o confirmarse los romances.</p><p>Relacionar el amor con la terraza es hablar de la libertad ganada a diez metros del suelo. Subir a la terraza era alejarse del radar de los adultos. Ahí, entre los tanques de agua, los cuartuchos de herramientas y las sogas de la ropa, el mundo se volvía nuestro y el amor se disfrazaba de algo que podía durar para toda la vida.</p><p>Cuando bajaba el sol, después del rock, empezaban los lentos y el aire cambiaba. Era el momento de la verdad. El roce de las manos, el perfume Paco o Mujercitas mezclado con el olor al cemento caliente de la tarde suponían la posibilidad más concreta del amor. En la terraza, bajo el cielo de Villa Luro, el amor adolescente no necesitaba filtros de Instagram; le alcanzaba con la penumbra y la esperanza desesperada de que esa canción no se terminara nunca.</p><p>Aquel amor era una mezcla de torpeza y épica urbana. Eran besos robados en el lavadero, con el miedo latente y constante a que alguien subiera a buscar un repasador y rompiera el hechizo. El asalto en las terrazas de Villa Luro era nuestra versión del paraíso: un espacio ganado al cemento donde aprendimos, casi sin darnos cuenta, lo que significaba el amor.</p><p>Aunque el tiempo, ingrato e infalible, nos mostró después que un beso en la terraza pasa tan rápidamente al olvido que se hace tan efímero como la vida misma.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/FNOtGaUljBKKAGW3gMe9gPTftuQ=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/01/asalto.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>Una postal íntima del amor adolescente en los años 80, cuando bailar mal, mirar de lejos y esperar un lento podían cambiarlo todo.]]>
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                                <category term="opinion" label="Opinión" />
                <updated>2026-04-13T19:30:09+00:00</updated>
                <published>2026-01-24T11:00:00+00:00</published>
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            Las olas y el viento
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                <![CDATA[Raúl Vázquez]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/W0_iBpwNYY9kdjg-rrD1ZKMCY5Q=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/01/viaje.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Doce del mediodía. Cielo azul. Sol abrasador. Jeans, camisa y los 35 grados de nuestro diciembre porteño que se empeñan en colarse por cada rincón de mi cuerpo. Salgo de la radio y, mientras camino por la avenida 9 de julio, me digo a mí mismo que es hora de cruzar; el verano se decide a carcomer mi cerebro y a dibujar en mi mente el sueño de teletransportarme hacia el aire acondicionado de la oficina. Me alejo del Obelisco hacia el norte, miro de reojo esa avenida que, casi como el Jordán, divide lo que fui de lo que seré y entiendo por fin que no queda otra. Hay que cruzar en medio del calor infame que indefectible y sostenidamente tortura a los porteños.</p><p>La avenida más ancha del mundo será un logro para la argentinidad, pero es un sufrimiento para los transeúntes de verano. Cruzar sobre el asfalto hirviendo, más allá del descanso que sugiere el Metrobús en medio de la épica, no es para aquellos que sufren las altas temperaturas. Sería más beneficioso ser la ciudad con el asfalto más frío del planeta, o con los árboles más oxigenados del hemisferio sur, o con el túnel urbano más refrigerado de la historia. Pero no. Tenemos la avenida más ancha del mundo. Y eso, cuando diciembre cumple con su promesa de sudor y cortes de energía, es más un castigo que un premio.</p><p>Cruzo. El calor aumenta y, vaya a saber por qué, nace en mi cabeza el recuerdo de los veranos de la niñez.</p><p>El verano de hoy, seamos sinceros, es un hipervínculo perpetuo. Es una foto editada en Instagram con un filtro retro que jamás podría capturar la aspereza real, la textura ineludible de nuestra felicidad analógica. El verano de los ochenta era una verdad de puño y letra. Una épica donde la máxima expresión de la tecnología era un walkman a pilas, y la máxima urgencia, que las aguavivas desaparezcan hasta marzo.</p><p>El destino era la modestia orgullosa de Santa Teresita, la punta de lanza del Partido de la Costa, un balneario popular donde la ostentación no tenía lugar y el Sol brillaba más que el lujo de Mar del Plata o Pinamar.</p><p>El neoliberalismo menemista no había llegado y la ruta era de dos manos. Una para allá y la otra para acá. Así, sin carriles. Tan triste y peligrosa como las que todavía hoy quedan en gran parte de la Argentina. El Dodge Polara surcaba los vientos al mando de mi hermano mientras parecía levantar vuelo en cada curva. Y el ruido ensordecedor de sus seis cilindros te vendía una película de velocidad que no era tal. El aire acondicionado de la época era la ventanilla baja y el ventilete apuntando al pecho y la zona baja, que te devolvían ingratamente un viento caliente con olor a campo, a goma quemada y, muchas veces, a nafta recién cargada en una YPF de Lezama.</p><p>En el asiento trasero, sin pantallas que nos hipnotizaran, la radio AM se escuchaba solo unos kilómetros y le dejaba su protagonismo a un cassette gastado de Serrat o de Camilo Sesto. Éramos una burbuja familiar encapsulada en la chapa caliente del Polara, obligados a convivir y, sobre todo, a mirar por la ventanilla el paisaje de una Argentina inmensa que crecía hasta mientras dormíamos.</p><p>Al llegar al racimo de playas que se inicia en San Clemente, un arco de cemento armado, pretencioso, finito, alto y gris, más el nombre del pueblo del que faltaba una letra o estaba torcida, te daba la bienvenida a un mes entero de aventuras, almejas, mar marrón y brisa reparadora.</p><p>Antes de eso, las vacaciones no empezaban si no parábamos en uno de los locales de ruta para desayunar, estirar las piernas y cargar nafta. Recuerdo con especial cariño uno que se llamaba La Posta, pasando Dolores. Era la prima menor de Atalaya. Y era también un páramo en medio de una Ruta 2 despojada, calurosa, polvorienta y detenida en los 60. Sus medialunas, su café con leche en taza ancha, blanca y pesada, eran un bálsamo con el que sin dudas inicié mi especial predilección por los malditos carbohidratos. El mozo llegaba a la mesa con las tazas ya ubicadas boca abajo delante tuyo, traía dos jarras de acero inoxidable en las manos sostenidas con especial talento y te preguntaba por la cantidad de café. Luego completaba con leche caliente. Hoy, época de café instantáneo y apurado y de mozos sin pasión, ese café negro, humeante y sin espuma, es una caricia nostálgica que todavía me emociona.</p><p>Cuando llegábamos a Santa Teresita, el panorama cambiaba. No había grandes torres de cristal, sino casitas bajas, aunque con jardines prolijos y pretensiosos. La ciudad te esperaba lista para la temporada. Sobresalían las calesitas recién pintadas, los escaparates con la última moda sobre maniquíes antiguos y los almacenes con las mismas galletitas que comprabas en la capital. Igual, lo primero que te recibía era el chalecito alquilado que olía a humedad guardada y donde el termotanque tardaba una eternidad en calentar.</p><p>La playa se vestía de un modo particular. La sombrilla a rayas no era un símbolo de status, sino una necesidad vital contra ese sol implacable. Funcionaba como búnker, comedor y vestidor. El olor a lona vieja se mezclaba con el aroma dulzón del bronceador Hawaian Tropic Siete Mil, que no te protegía de nada, pero te dejaba la piel brillosa como moneda nueva. Debajo, Chinchón o Generala de por medio, sonaba el hit de turno en el radiograbador portátil que resistía la arena y la sal como un gladiador. No había que chequear mensajes. Había que aburrirse. Y en ese bendito aburrimiento nacía la magia.</p><p>Al caer la tarde, con el cuerpo molido por las olas y todavía con el sabor salado en la boca, llegaba la ducha y el paseo por el centro, con peatonal y fichines incluidos. Yo era particularmente mal dotado para esos juegos del demonio como el Flipper o el Space Invaders. Prefería el metegol, donde siempre se jugaban River y Boca, dejando de lado mi amor inclaudicable por Independiente. Ahora que lo recuerdo, es por eso que no me importaba perder. Lo cierto es que el ritual era el mismo cada día: mirar vidrieras, comer un conito de dulce de leche Trassens o un helado Massera y sentir la adrenalina de Sacoa que anticipaba el otro día: más playa y peatonal. Más sonrisas y más materia prima para la fábrica de recuerdos.</p><p>Hoy, el verano es una sucesión estúpida de likes. La conexión es total, pero el contacto es nulo. Nos sentamos en la arena con un dispositivo que nos conecta al mundo, pero nos aísla de quien tenemos al lado.</p><p>Los veranos de los ochenta no eran mejores, eran simplemente reales. Estaban definidos por la limitación, que paradójicamente generaba libertad. La ausencia de la obligación de estar disponible hacía que cuando uno realmente se conectaba, fuera de verdad. Era la vida offline, sin filtros ni algoritmos, donde la única métrica del éxito era la quemadura en el hombro y el recuerdo de una tarde donde el Sol, las olas y la música bastaban para llenar el alma. En los ochenta, teníamos todo el futuro por delante. Teníamos a nuestros padres jóvenes y activos. Y a nuestros hermanos mayores marcándonos el camino. Tal vez en eso, y no en otra cosa, está el motivo por el cual éramos felices sin darnos cuenta.</p><p>Los dejo. Se me metió un granito de arena en el ojo. Ponele.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/W0_iBpwNYY9kdjg-rrD1ZKMCY5Q=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/01/viaje.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>Una reflexión sobre lo que perdimos cuando empezamos a estar siempre conectados.]]>
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                                <category term="opinion" label="Opinión" />
                <updated>2026-04-13T19:30:09+00:00</updated>
                <published>2026-01-04T04:32:37+00:00</published>
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            ¿Navidad? No, gracias
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                <![CDATA[Raúl Vázquez]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/j6i_W7ydujQl75KgrlgeBNuLGJU=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2025/12/raulo.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>No es fácil encarar un texto en el que de antemano presumís que el mundo entero estará en desacuerdo. No es fácil estar solo. Como tampoco es sencillo saber que van a refutar tu opinión, algunos con razón y otros con desprecio, y que al final del día vas a quedar herido. Sin embargo, si quiero ser honesto con lo que escribo, debo decir que no hay momento del año que me desagrade más que la Navidad tal como la vivimos hoy. No es por un tema religioso. Creo firmemente en Dios, aunque debo decir que su nacimiento es para mí un acontecimiento bastante menor si lo comparamos con su obra, su muerte y su resurrección. Sin embargo, para quienes creemos en Dios, o al menos para mí, el 25 de diciembre debería ser un poco más espiritual y menos comercial. La Navidad ha transitado, con el paso de las décadas, de ser un rito de recogimiento y esperanza a convertirse en una maquinaria de consumo que parece medir el afecto según el recibo de compra.</p><p>No hay ni la mínima posibilidad de recuperar el sentido espiritual de la fecha. Y no estoy hablando de una Navidad menos comercial como un ataque a la alegría de regalar, sino como una invitación a descolonizar nuestro tiempo y nuestras prioridades. La espiritualidad, independientemente de nuestra creencia religiosa, se basa en la conexión. Mientras que el comercio y las corridas nos empujan hacia el exterior, hacia lo que falta, lo que hay que comprar, lo que hay que exhibir o lo que hay que tener. La verdadera Navidad nos debería invitar hacia el interior y hacia la mirada del otro. Una verdadera quimera compleja de revertir, sobre todo cuando la narrativa comercial nos dice que para ser felices debemos acumular.</p><p>Estoy definitivamente en contra de la Navidad en la que nos alegra más abrir regalos que corazones. Defender el nacimiento más espiritual de la historia de la humanidad es entender que lo que celebramos no es el éxito económico, sino la esperanza. Es la apuesta por la idea de que la luz puede nacer en el lugar más humilde y que lo más valioso de nuestras vidas no tiene código de barras. Al apagar las luces de las vidrieras y encender la calidez de nuestros hogares, deberíamos ser capaces de descubrir que la Navidad no se compra, se habita. Es paradójico ver que, mientras Dios no eligió un palacio de lujo, sino un establo, nosotros llenamos la Navidad de consumismo desenfrenado y lo recibimos en la lujosa posada que él mismo rechazó. Mientras nuestra fe nos invita a vivir las semanas previas en medio de la reflexión, el silencio y la esperanza, nosotros estamos en medio de una carrera para llenar la alacena de turrones. Así somos.</p><p>Con los cumpleaños me ocurre algo similar. Soy de los que piensan que nacer no debería ser motivo de festejo. Ni siquiera mi cumpleaños me gusta. Uno podría olvidarse de los ideales por 24 horas, sentir la amabilidad de aquellos que nos quieren y ser protagonista, al menos durante lo que duren encendidas las velitas. Pero no. Mi cumpleaños tampoco es motivo de festejo. Lo siento como algo que tiene que ver más con mis padres que conmigo. Algo más fortuito que digno de un festejo.</p><p>El día de tu cumpleaños te fuerzan a soplar una vela mientras cantan una canción que a nadie le gusta y vos tenés que poner cara de alegría delante de la torta y de sorpresa frente a un par de medias. Además, siempre me pareció que cumplir años es la confirmación de que el tiempo se acaba y de que estás un año más cerca de la muerte. Reivindico el derecho a cumplir años en silencio, sin que el teléfono estalle de mensajes por compromiso y con la vida discurriendo a elección del consumidor.</p><p>Mirá, no me leas con esa cara de "¿qué le pasa a este tipo? Ya sé que todo esto es políticamente incorrecto. Y que en un mundo donde tenés que andar con la sonrisa de plástico colgando de la cara desde que empieza diciembre, decir que las fiestas son un suplicio suena a sacrilegio. Lo sé. Pero sentémonos un minuto, saquemos el mantel de hule y hablemos en serio, como cuando nos quedamos solos después de un asado.</p><p>Soy de los que piensan que el festejo por obligación es la muerte del sentimiento. Y de los que preguntan en qué momento permitimos que un círculo rojo en el almanaque nos dicte cuándo tenemos que ser felices. No hay dudas: la Navidad se transformó en una maratón de hipocresía con olor a encierro. El 24 de diciembre pasó de ser un encuentro de gente que se quiere a una competencia de consumo en la que corrés por un regalo que el otro no necesita, gastás lo que no tenés y terminás comiendo lechón frío con 40 grados de térmica y con miedo a que se corte la luz. Es un verdadero simulacro de alegría donde todos miramos el reloj esperando que lleguen las dos de la mañana para salir corriendo a nuestra propia cama.</p><p>Estas líneas son, tal vez, el resultado de que era demasiado chico cuando mi familia festejaba con quienes hoy están ausentes. Evidentemente, no tener aquellas presencias míticas alrededor de la mesa, como el tío Juan y la tía Elvira, mi abuelo, papá, mamá y tantos otros a quienes recuerdo y no consigo remplazar, destiñe cualquier fiesta. Claramente, hay ausencias que nos marcan para siempre. Sin embargo, la Navidad me genera algo más profundo. No se trata solo de la tristeza de una mesa que, por las ausencias, se hace cada vez más chica. No se trata de extrañar las fotos en blanco y negro. No. Es algo más. Algo que nunca supe descifrar, pero que debe tener que ver con ese pasado que siempre vuelve distinto.</p><p>La última Navidad que recuerdo de Villa Luro es una imagen desteñida en la que sobresale la figura de mi padrino disfrazado de Papá Noel, bajando desde la terraza. Hoy descubro, cuando vuelvo a ese recuerdo, la inocencia ensayada de mi prima más grande y la soberbia de los mayores que sabían del disfraz y se sentían como si supieran los secretos del Universo.</p><p>Recuerdo también un patio colmado de familia, alguna grieta sobre la que discutían después de algunos vinos y una mesa en la que no faltaba nada porque la clase media lo tenía todo.La Navidad en la infancia es un instante en el que todo reluce. Es la esperanza que te da la inocencia y también la certeza de que nadie va a morir. Cuando somos chicos, la eternidad es tan palpable como ese pan dulce que en pocos días vas a disfrutar en tu mesa. Aunque su sabor sea otro.</p><p>La Navidad no era un evento de shopping ni un posteo de Instagram. Era un ritual de familia grande donde el verdadero escenario eran los patios. Sacábamos las mesas al Sol, los tablones descansaban sobre caballetes, y se armaba una suerte de banquete familiar que nada tiene que ver con los festejos indoor de hoy. Nos encerramos con el aire acondicionado a 24 grados, mirando el celular para ver qué cenó el pariente que vive a diez cuadras. Cambiamos el pinito de plástico con guirnaldas de colores por uno minimalista de diseño nórdico. Pero el sentimiento de querer estar con los que uno quiere, no cambió. Aunque la Navidad sea ese refugio donde intentamos, por una noche, que el mundo sea un lugar un poco más amable. Y fracasamos.</p><p>Ahora descubro que lo que nos duele de estos festejos es el vacío. Antes, si nos juntábamos, era justamente porque nadie nos llamaba. Hoy es todo una puesta en escena para el teléfono. Sacamos la foto del brindis, la subimos a las redes para que vean qué bien la pasamos, y automáticamente volvemos a hundir la nariz en la pantalla. Estamos más solos que nunca, pero rodeados de guirnaldas chinas.</p><p>Señoras, señores, reivindico a rajatabla el derecho a pasar el 24 de diciembre mirando una película vieja con un pebete de jamón y queso y una coca fría. Sin el peso de la Nochebuena sobre los hombros, pero con la certeza de Dios renaciendo en nuestro corazón. Reivindico, y en esto soy irreductible, la nostalgia eterna por aquellos que festejaron la Navidad con nosotros y hoy nos miran desde el cielo.</p><p>Postulo que el 24 de diciembre sea optativo. No para ir a trabajar según la patronal. Que sea optativo de alegría. Optativo para elegir el silencio. Optativo para despreciar a los mercaderes de ocasión. Al final de cuentas, vos y yo sabemos muy bien que los mejores momentos de la vida no tienen una fecha fija. No necesitan que rindan cuentas a la tradición. El verdadero festejo es el que te sorprende un martes cualquiera, al lado de un buen amigo, con un café de por medio y sin celulares que filmen para la posteridad.</p><p>Brindo por eso.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/j6i_W7ydujQl75KgrlgeBNuLGJU=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2025/12/raulo.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>Una crítica sin concesiones a la lógica del festejo obligatorio y a la mercantilización de los afectos.]]>
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                                <category term="opinion" label="Opinión" />
                <updated>2026-04-13T19:30:09+00:00</updated>
                <published>2025-12-25T15:28:51+00:00</published>
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            Balances: entre el &quot;íspa&quot; que duele y el amor de Esther
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                <![CDATA[Raúl Vázquez]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/19GYHu4tQgSQ6VsefuT22qu7FYc=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2025/12/balance.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Cuando se acerca fin de año, quién sabe por qué, amanece en la mente de los hombres la innecesaria idea de hacer un balance. Llega el momento de imaginar las vacaciones, el Vitel Toné, sinónimo de decadencia creativa, la caja navideña, el aguinaldo, los brindis presenciales de todos los grupos de WhatsApp y nos traicionamos, sin razón aparente, con la postulación imbécil del tipo “¡este año fue un desastre!” o “buen año, este”. "Lástima el íspa” o “si Esther no me hubiera dejado en marzo, el año habría terminado bien”. Como si tu realidad individual pudiera abarcar las contingencias generales y definir un período de tiempo que seguro es distinto para cada uno de nosotros. Como si la vida se resumiera en un conjunto de errores o aciertos independientes en un lapso determinado.</p><p>Siempre tuve la impresión de que no hay nada más inexacto, impreciso e innecesario que un balance de nosotros sobre nosotros mismos. La selección de eventos a evaluar siempre es injusta y la valoración que hacemos es siempre descansando en lo que nuestro corazón y nuestra autoestima puedan resistir. Nos traicionamos porque no podemos ir en nuestra contra. Además, es especialmente difícil que logremos castigarnos con el recuerdo de un error garrafal de junio si cuatro meses después, por ejemplo, nos ganamos la lotería. Primero, porque el error garrafal queda en el olvido. Y luego, porque la decisión de jugarse la vida en el azar pasa a ser protagonista y borra los errores, maquilla el amor y hasta puede definir quiénes somos. Nada más injusto que eso. Nada más volátil que el azar.</p><p>No hagan balances, señores. Y si lo hacen, que sea un balance superficial, ligero, liviano, en un café de barrio, frente a una picadita estéril y dos copas de malbec. Y, sobre todo, tengamos el cuidado de hacerlo sentado con un par de amigos que piensan más en los ajustados breteles de la parroquiana de la derecha que en nuestras palabras vacías de sentido.</p><p>Sí es así, sí. Que venga el balance.&nbsp;</p><p>En esta humilde columna quincenal vamos a sucumbir a la idea de evaluar lo que hemos vivido. Acostumbrados a la idea central de revalorizar el pasado, de hacer renacer lo que fuimos desde la nostalgia, les propongo una evaluación general. Una postulación completa y arriesgada de lo que somos y lo que fuimos. Seguramente será injusta y posiblemente será incompleta. Pero si la idea es hacer balances, el desafío será atravesar los temores y las dudas que suponen las comparaciones entre el pasado y el futuro. Y hacerlo con todo el contexto que nos rodea. Superando el dolor de lo que pudimos ser. Y la angustia por lo que ya no seremos.</p><p>Empecemos pensando en aquel país que nos mostraron nuestros padres en los 70 y los 80. Y avancemos en un balance más social que particular. Un balance con menos grietas y más amor.</p><p>En nuestra infancia había una Argentina que caminaba con paso de barrio. Un país que se movía al ritmo de la heladera Garef que zumbaba en la cocina, del portón que chirriaba al abrirse cada mañana y del grito del sodero que dejaba los sifones de vidrio en la puerta. Era un país reconstruyéndose desde los cimientos, saliendo de la sombra hacia una luz incierta, pero luz al fin. Y ese movimiento, todavía tembloroso, tenía algo de épica silenciosa.</p><p>La vida cotidiana en Villa Luro era austera, pero abundante en significados. Alcanzaba con recorrer alguna de sus calles y descubrir la verdulería con cajones de madera que perfumaban la esquina; o el almacén con ese olor a mezcla de quesos, jamón crudo y galletitas Manón; o la peluquería de dos sillones donde el diario del día y las revistas del corazón eran biblias contemporáneas. Todo tenía una textura más física, más humana, más cálida. Y aunque no sobraba nada, parecía que alcanzaba todo.</p><p>En las veredas, la infancia hacía patria. Los chicos jugábamos hasta que la luz del día se apagaba como una llama, y solo volvíamos a casa cuando el aire empezaba a oler a los puchos de los adultos que charlaban sentados en sillas de madera. Jugar a la pelota era un verdadero mundial improvisado; cada pozo en la vereda era un obstáculo heroico y cada buzo, un poste reglamentario. La calle pertenecía a nosotros, y nosotros pertenecíamos al barrio.</p><p>Había también una educación emocional que nadie nombraba, pero todos seguían. Los mayores tenían autoridad sin levantar la voz. El “permiso”, el “por favor” y el “gracias” eran pilares inamovibles, casi como reglas del tránsito social. La palabra era una especie de documento interno con el que, si alguien prometía algo, lo cumplía. Y si se equivocaba, pedía disculpas. En el fondo, todos sabíamos que vivir en el barrio era también convivir con el otro.&nbsp;</p><p>La política, con sus trajes anchos, sus discursos largos y su fervor recién recuperado, era un ritual colectivo. El país entero parecía escuchar las radios y los televisores como si fueran templos hogareños en los que se procesaban emociones nuevas como la esperanza, el miedo y la renovación. Se discutía con pasión, sí, pero también con criterio; y se escuchaba al otro para entenderlo, no para vencerlo. Y en medio de esas conversaciones de sobremesa, más de una familia reconstruyó su propio mapa moral. Aunque después descubrimos que los años de plomo se cobraron las víctimas de la intolerancia en su mayor y más triste expresión.</p><p>Gracias a Dios, la Argentina no quedó congelada en esos años. Supimos superar a los años oscuros y algunos salieron sanos y salvos. Aunque heridos en el alma. El país creció, mutó, se aceleró. Los 90 trajeron vértigos, y el nuevo siglo, incertidumbre. Cumpleaños tras cumpleaños, algunas muertes después y casi sin darnos cuenta llegamos a hoy, a esta Argentina hiperconectada, ansiosa, un poco cansada y un poco menos sabia. Los barrios cambiaron. Donde estaba el videoclub, hoy tenés una farmacia abierta las 24 horas; donde había un almacén, apareció un chino con ofertas que se renuevan todos los días y vinos de dudoso origen; y donde pasaba el camión de la basura con la campana metálica, hoy pasan barrenderos con auriculares inalámbricos. Las plazas están más iluminadas, los colectivos son más limpios, los autos más seguros. El amor es tal vez lo único que no cambió, porque, como siempre y como corresponde, las mujeres deciden. Y los hombres creen que definen.</p><p>Sin embargo, algo se perdió en el camino. Ya nadie se queda a conversar en la puerta de casa. Las rejas se hicieron más altas y las persianas más rápidas. Los chicos juegan en pantallas lo que antes jugábamos en las veredas, y los vecinos, que sabían la historia completa de la cuadra, hoy apenas se reconocen por cortesía. La palabra, una verdadera moneda de oro, perdió parte de su valor y se devalúa rápido entre promesas rotas, tuits impulsivos y enojos sin sentido.</p><p>Aunque, para ser justos, debemos reconocer que algo aprendimos. Hoy somos más conscientes de nuestros derechos y también nos animamos a denunciar lo que antes callábamos. Hay más información, más acceso a la salud, más posibilidades de estudiar a distancia, de viajar y de ver el mundo. La tecnología nos regaló herramientas que los 80 jamás soñaron: podés hablar con un amigo que vive a miles de kilómetros, seducir con un mach inentendible, encontrar fotos viejas de tu abuela y hacerlas video para ver cómo bailaba en blanco y negro. Y hasta es posible ver cómo la panadería se hace gourmet, el café lo hace un tipo que se hace llamar barista y el peronismo se fagocita a sí mismo sorbiendo el veneno de una mujer que lo traicionó.</p><p>La Argentina de hoy no es esa postal amarillenta que guardamos en la memoria, pero tampoco es su negación. Es, quizás, una mezcla imperfecta, más conectada pero más sola, más equipada pero menos comunitaria, más rápida pero menos profunda. Y sin embargo, cuando el calor del verano cae sobre las calles o cuando una tormenta sacude los árboles y los deja perfumando la noche, algo de aquel país se filtra de nuevo, como un reflejo en el agua. A veces es un olor que mezcla el aroma a café con leche con la humedad de un pasillo viejo. Otras, un tango de Pugliese que suena en la AM, o un vecino que dice “¿cómo anda, maestro?” con una familiaridad que nos parecía extinguida.</p><p>Sepa el mundo que ríe en el estúpido carnaval carioca de los casamientos que la nostalgia no es sólo tristeza. Es también gratitud. Y ella nos recuerda que hubo un tiempo en que fuimos más chicos pero el mundo parecía más grande, más noble, más comprensible. Y quizás, en el rincón más profundo de nuestro recuerdo, sepamos que parte de esa Argentina todavía vive dentro de nosotros. Que cada gesto amable, cada palabra cumplida, cada reunión entre vecinos, cada mate compartido sin apuros, cada beso esquivo, cada guiño del pasado que asoma en una esquina del barrio, es en realidad una manera de rendir homenaje a quienes fuimos.</p><p>Porque al final del día, la Argentina de nuestra infancia no se fue del todo. Habita en el recuerdo del barrio en que nacimos. Y si prestamos atención cuando hagamos nuestro balance, tal vez podamos descubrir que algo de aquél espíritu infantil y soñador, aunque sea fragmentado, seguirá guiándonos para descubrir esta Argentina que intenta, una y otra vez, reencontrarse consigo misma.</p><p>Ahora sí, este balance injusto e incompleto se acaba con una propuesta: seguilo vos. Poné a tu familia, al amor de tu vida y a tus hijos en la balanza. Y no le digas a nadie, pero esa es la trampa perfecta para que siempre te dé positivo.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/19GYHu4tQgSQ6VsefuT22qu7FYc=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2025/12/balance.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>El amor y el barrio en cambio constante. Palabra devaluada y un truco para un balance positivo sin margen de error.]]>
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                                <category term="opinion" label="Opinión" />
                <updated>2026-04-13T19:30:09+00:00</updated>
                <published>2025-12-14T11:18:49+00:00</published>
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            Ese primer e inolvidable colectivo: ¡Parada, chofer!
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                <![CDATA[Raúl Vázquez]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/iICenf-JlzdFEoXpr4Ld4mB8e4I=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2025/11/experiencia.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>La primera vez que me sentí grande sin serlo, grande desde lo que podía hacer más que desde lo que podía decidir, fue cuando subí solo a un colectivo. Nos habíamos mudado desde Villa Luro a Villa del Parque y el inminente comienzo de clases implicaba una decisión trascendental. Tal vez la primera de mi vida. Cambiaba de colegio o utilizaba la Línea 135 durante unas 10 o 12 paradas para no cambiar mi destino en quinto grado.</p><p>El país, el mundo, algo más amable que hoy, permitía esas decisiones con tus hijos sin temores ni inseguridades. Así que mis padres decidieron que continúe en el Colegio Gendarmería Nacional de la calle Juan Agustín García y tomar el 135 de lunes a viernes. Demás está decir que mi mamá me acompañó la primera semana y me esperó al regreso en la parada del Hogar Obrero. Cuando el 135 pasaba el hito de la avenida Segurola, me levantaba del asiento, me agachaba levemente y, algunas cuadras después, sostenido del pasamanos, la descubría ahí. Verla esperándome a través del parabrisas y sentir la cercanía de mamá tan presente era sutil pero contundente, como dice un amigo cuando habla de la virgen. Y ahora que no está de este lado del cielo, deseo subirme para volver a verla y tener esa sensación única de seguridad que te daban sus manos. Si mamá esperaba, todo estaba bien.&nbsp;</p><p>Hubo un tiempo, no muy lejano, en el que viajar en colectivo por la ciudad era algo más que el sencillo trámite que supone ir del punto A al punto B. En los 80, el bondi porteño era un pequeño universo rodante, con códigos propios, colores que hablaban por sí solos y personajes que uno encontraba casi siempre en el mismo asiento, a la misma hora, como si formaran parte de un escenario itinerante que se reconstruía viaje tras viaje. Las paradas no eran esos distinguidos mástiles azul y blanco ni mucho menos los andenes prolijos del Metrobús. Cuando éramos chicos, en el barrio, las paradas estaban marcadas por el último árbol lastimado de la esquina. Y por una chapa clavada en su piel de madera que mostraba el número. Todavía recuerdo el 162 escrito en un antiguo árbol de la calle Camarones.</p><p>Y a veces, ni eso. Porque las paradas las definía el uso popular. La cantidad de gente que extendía su mano en ese lugar era motivo suficiente para que la empresa de transporte tuviese la potestad de darle entidad a esa parada. Y luego, mágicamente, un número pegado en el poste de la luz eternizaba esa esquina para siempre.</p><p>No había aplicaciones, ni GPS, ni paneles electrónicos que anunciaran el próximo arribo, ni seguimiento satelital, ni vehículos frontales. El pasajero subía al Mercedes 1114 y se guiaba por la intuición, por la memoria o por los consejos de algún veterano que sabía exactamente qué ramal doblaba por dónde. Cada línea tenía un lenguaje visual: los rojos intensos, los azules que parecían pintados a mano, las combinaciones de colores y los fileteados que convertían a cada coche en un objeto único. El colectivo era una obra artesanal. Hoy son un producto fabricado en serie. Aunque haya un atisbo de recuerdo y nostalgia en la idea del Gobierno de la Ciudad para darles un poco de entidad con un fileteado escueto, nada será igual al trabajo a mano que suponía un detalle pequeño, pero que en realidad era un acto de amor.</p><p>Los colectivos de aquella época tenían personalidad. Cada unidad era distinta: la banqueta más gastada, el dado de terciopelo colgando, la bocha de la palanca de cambios, la luz que parpadeaba al fondo, el timbre que había que apretar con decisión o no sonaba, el santo pegado en un espejo biselado, la sonrisa de Gardel en el otro o el nombre de una mujer envuelto en un corazón pintado en el respaldo del chofer. Hoy todo es más parejo y, hay que aceptarlo, más eficiente. Pero también más anónimo. Y en esa homogeneidad, algo de la identidad del viaje fue quedando en el camino. Y aunque estos párrafos no tratan de idealizar el pasado (porque los coches se rompían, el humo negro te acompañaba todo el trayecto y a veces la espera en la esquina era eterna), había un alma, un pulso barrial que hoy cuesta encontrar. En los 80, subirse al colectivo era, en cierto modo, sumarse a una pequeña comunidad momentánea. A un paréntesis de vida en la vida misma. Hoy, como el ascensor de la oficina, es apenas una etapa más dentro de la rutina diaria.</p><p>&nbsp;Viajar cuando éramos chicos implicaba el contacto humano que incluía a los choferes y su eterno despunte de billetes, para acomodarlos después en distintas cajitas de medida exacta y que luego, con una suerte de pesa o de tapa, los apilaba según la denominación. Así es, hijos del 2000: los colectiveros porteños eran protagonistas en un escenario vivo. Una especie de domador multifunción que hacía malabares mientras se abría paso entre taxis, camiones y autos impacientes.</p><p>&nbsp;Los taxis eran el gran enemigo. Colectiveros y taxistas eran dos rubros similares, pero incompatibles. Esa sí que era una grieta. Se odiaban. Unos, los taxistas, porque el colectivero amenazaba por tamaño. Se sentían dueños de la calle y conducían con la soberbia de quien porta un arma en la cárcel. Eran verdaderas ballenas jugando con el pecesito de Nemo. Otros, los colectiveros, odiaban a los taxis porque buscaban pasajeros a paso de abuela en andador y generaban atascos que eran merecedores de los insultos más elaborados y agresivos de la selva de cemento.</p><p>&nbsp;Los choferes, mientras gritaban “¡en el fondo hay lugar!” y generaban los apretujones más indeseados e inhumanos, conducían en una cabina decorada con estampitas, banderines, fotos y frases que eran verdaderos poemas involuntarios. Y, además, tenían que cobrar, darte el boleto y atender al usuario como si el colectivo fuera una pyme móvil y ellos los gerentes a cargo.</p><p>&nbsp;El pasajero subía, decía “uno setenta”, “dos veinte”, “Correo Central” o lo que costara el tramo, y el chofer hacía todo mientras en una décima de segundo miraba por los mil espejos, esquivaba un taxi o evitaba atropellar a una vieja distraída. Todo, con una diabólica boletera que colgaba a su diestra como una pequeña máquina industrial que emitía papelitos con un sonido seco, metálico e inolvidable. Los boletos eran escupidos desde esa máquina infernal, eran de los más extraños colores y, si te tocaba el número capicúa, lo guardabas en tu billetera como el tesoro más grande. O se lo contabas a la compañera de asiento para tratar, quién sabe, de iniciar un romance tan efímero como inaudito.</p><p>Después, y con la osadía de una sola mano porque la otra iba firme y pegada al volante, extraía de otra máquina del mal las monedas para darte el vuelto. A ciegas, desde un grupo de cilindros metálicos decorados por un falso árabe, accionando un botón con el pulgar, expulsaba las monedas que caían mansas en la palma de la mano para darte el vuelto mientras doblaba en Juan B. Justo como si nada.&nbsp;</p><p>Si el clima complicaba la vida del habitante de ciudad, sobre todo de aquellos que vivían cerca del arroyo Maldonado, imaginate lo que representaba para el colectivero. La lluvia empañaba los vidrios, el calor convertía al coche en una cámara tropical y los paraguas mojados generaban un barrito en la alfombra de goma del fuselaje que, sumado a la ausencia de aire acondicionado, convertía el viaje en una epopeya. Viajar con lluvia era para héroes.</p><p>Hoy el conductor está encerrado en su cápsula de vidrio, aislado del ruido, de las discusiones y de los comentarios de los pasajeros. Solo tiene que conducir. No cobra, no calcula, no entrega boletos. No tiene que lidiar con monedas, ni hacer malabares, ni recordar tarifas. Y del otro lado, el pasajero solo mira el celular. Antes, miraba la calle, leía La Razón o espiaba de reojo al de al lado. Sospecho casamientos y romances furtivos entre pasajeros del mismo asiento que se iniciaron con una mirada cómplice, generada tal vez por el vidrio empañado, hijo de una lluvia ocasional en alguna calle de Liniers.</p><p>Hoy el pasajero, que en realidad dejó de ser pasajero para ser usuario, sube, apoya la ídem, evita el contacto visual y busca su refugio digital. En los 80, la interacción era inevitable. Uno tenía que hablar. Tenía que pedir boleto, tenía que preguntar por el ramal o por si cruzaba Rivadavia, tenía que pedir que le avisen cuando llegue a Gaona y Segurola y tenía que entender si el taxista de adelante tenía madre o no. Otros, los más osados, se enamoraban de aquellas pasajeras que siempre se bajaban antes y dejaban la herida de lo que pudo haber sido.</p><p>El chofer no solo manejaba. El tipo orientaba, acomodaba, cobraba, informaba, se peleaba, contenía y seguramente jodía. Si un pibe de colegio subía sin plata, era el chofer quien decidía si lo dejaba viajar o no. Tal era el poder que manejaban. Reíte de Karina. Era el chofer quien conocía los nombres de los pasajeros habituales y, a veces, hasta el destino sin necesidad de que se lo dijeran. Un oráculo con volante que, inclusive, a veces, era acompañado por una dama de extraños orígenes que iba parada al lado de la puerta, a la izquierda del chofer y de quien todos, de una u otra manera, tejimos las más indecibles historias mientras duraba el viaje.</p><p>&nbsp;Sin dudas, el chofer perdió presencia. Hoy es casi una figura en segundo plano, aislado detrás de un vidrio, hablando apenas lo indispensable. No tiene que recordar recorridos complejos porque la empresa los fija por GPS. No puede poner música propia. No puede decorar la cabina. No puede charlar demasiado, no puede llevar amantes a su izquierda y no puede pelear con el taxista porque ahora son todos Uber.</p><p>&nbsp;Todo está reglado. Incómoda y mecánicamente reglado. El resultado es un viaje más ordenado, sí. Pero también más frío. Huérfano de esa identidad que definía a cada línea y a cada unidad. Antes, subir a un 106, a un 34 o a un 109 implicaba reconocer un estilo. Hoy, casi todas las líneas parecen el mismo molde repetido. Debe haber una fábrica como la de Tiempos Modernos que los expulsa, le meten un manejante y salen a la calle.</p><p>&nbsp;Cuando uno recuerda los colectivos de los 80, no añora las incomodidades. Lo que extraña es el vínculo. El momento compartido. El chofer cortando boletos mientras esquivaba pozos y comentaba el partido de ayer. Los colores brillantes pintados a mano. El fileteado que decía “Dios me guía”. El timbre con cablecito. El piso de goma y la porquería para abrir la ventanilla que solo abría con la fuerza del Ancho Peucelle.</p><p>&nbsp;Es sencillo: Hoy el colectivo te lleva. Antes, te acompañaba. Y en esa diferencia mínima, casi imperceptible, caben los cambios de toda una ciudad. Y la nostalgia de toda una vida.</p><p>&nbsp;¿La seguimos en la próxima? El bondi dobló la esquina y el maravilloso recuerdo de mamá me está esperando con el vascolé recién hecho.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/iICenf-JlzdFEoXpr4Ld4mB8e4I=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2025/11/experiencia.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>Sentirse grande viajando, pero con la atenta mirada maternal y el barrio siempre presente. Un amor, un boleto capicúa.]]>
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                                <category term="opinion" label="Opinión" />
                <updated>2026-04-13T19:30:09+00:00</updated>
                <published>2025-11-23T11:07:58+00:00</published>
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            Bar Tribunales: papá, el café, la gata y un recuerdo imborrable
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                <![CDATA[Raúl Vázquez]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/432hgcbu-Rnc8rt11y9OFnJYtNw=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2025/11/feca.png" class="type:primaryImage" /></figure><p>Cuando sos chico, hay momentos que se convierten en hitos. Recuerdos que hoy, bajo la mirada de cualquiera de nosotros, significan poco o nada y que aquella inocencia de la niñez los hace grandes y hasta inolvidables. Es como cuando lográs entender que el patio de los abuelos parecía inmenso, pero la realidad es que vos eras demasiado chico. Lo cierto es que una historia no es grande o chica. Sino que el tiempo las hace grandes por más chicas que parezcan. El tiempo y el recuerdo agradecido, condimento indispensable.</p><p>Seguramente, ojalá, este pueda ser un buen momento para que te detengas un rato, revuelvas en tu caja de olvidos y logres rescatar uno de esos ínfimos momentos para hacerlos crecer y convertirlos en ternura. Voy con uno como puntapié inicial. Humilde. Vos creá el tuyo y dale forma. Es domingo, dale. Tenés tiempo.</p><p>La relación con mi viejo empezó con un llamado tan sencillo como terminante. “Dale, vamos al negocio”, me dijo un domingo temprano. Mis ocho años saltaron de la cama y me alisté con la misma rapidez y alegría de un chico que se prepara para ir a Disney. Nunca entendí del todo su ida al bar, que estaba cerrado los fines de semana y que funcionaba gracias a los miles de abogados que trabajaban en la zona. Nunca, hasta ahora, que comprendí su pasión mientras disfruto de escribir a la luz tenue de una lámpara en las horas más extrañas.&nbsp;</p><p>En menos de cuarenta y cinco minutos, y sin que me importe el frío de ese domingo de julio, salimos en el auto hacia la esquina de Lavalle y Libertad. El Bar Tribunales de mi viejo iba a ser todo mío. El local sin clientes, la Plaza Lavalle, el viaje en auto, el sótano, darle de comer a la gata y la horma de fresco y el dulce de batata en caja de madera que a la vuelta viajarían en el asiento de atrás iban a darle forma a un nuevo recuerdo que hoy descubro guardado en esa caja donde ahora estás buscando vos el tuyo.&nbsp;</p><p>El Fiat 1600, ni bien tomó Corrientes y pasó por la esquina de la pizzería El Gol de Ortega Moreno, que siempre fue un faro y a la que nunca entré, siguió a medida que la avenida se hacía más moderna y más centro. Cruzó Callao y a las pocas cuadras dobló a la izquierda antes de llegar al obelisco. Estacionó ahí nomás, sobre Libertad, casi llegando a Lavalle. Hoy, replicar ese viaje en medio del tránsito es insufrible. Y estacionar ahí, literalmente imposible. Ventajas del pasado, que siempre se empeña en mostrarnos que los gratos recuerdos incluyen algunas cosas que en el presente son una quimera.&nbsp;</p><p>Si hay un arquetipo que define la esencia indomable de Buenos Aires, no es el Obelisco ni el Tango envasado para turistas que no comprenden sus letras ni su música. Es la mesa de un café, un estrecho cuadrilátero insonoro y manchado de pasado donde se jugaba, y a veces se perdía, el destino y la vida de los porteños.</p><p>Cuando hablo de la mesa del café como un refugio vital, no puedo evitar pensar en mi viejo, gallego y gastronómico, que no sé si habrá entendido que su Bar Tribunales era también un templo. Y que el café era el glorioso pretexto para que el habitante de este país, que todavía no había entrado en la insostenible debacle cultural de este tiempo, pudiera comprender y filosofar sobre el destino que le esperaba.</p><p>En los ojos de mi viejo se mezclaba el humo del tabaco con el vapor del pocillo bien cargado. Más allá de su Galicia natal, sospecho sin demasiados fundamentos que sabía muy bien que en la Argentina el café era mucho más que una infusión. Era una célula de resistencia cultural. Pensemos por un momento en la atmósfera: un espeso velo de humo de cigarrillos Particulares o de Jockey Club flotaba a media altura, encapsulando las mesas. Un sordo ruido de conversaciones que se mezclan con el sugerente silencio de las mesas con un solo habitante. Las tazas y los vasos chocando del otro lado del mostrador, generando un colchón de sonido agudo y casi musical. Y del otro lado, en la calle, la vorágine fila de gente que pasa sin destino hasta que uno de traje oscuro, como en un desfile, ingresa y arrastra la silla para sentarse y encontrar su destino mientras gira la cuchara de café.&nbsp;</p><p>El café humeante en los bares de los 80, desde el notable y persistente Tortoni hasta las mesas más modestas de barrio, se convirtió en las verdaderas casas de la palabra. Allí, con la voz baja y la mirada atenta del mozo confidente, mediador entre la barra y el deseo, se pasaban libros prohibidos, se debatían las noticias que los diarios callaban, se tejían las utopías que las billeteras negaban y se lloraba el amor esquivo. El ritual del café, con su parsimonia sagrada, era una pequeña victoria en medio del incipiente relato vertiginoso que llegó para modificar nuestro andar lento pero seguro.</p><p>Cuando crucé Libertad de la mano de mi viejo y entré por primera vez en mi vida al Bar Tribunales vacío de domingo, imaginé el día a día y el nervio de los mozos y su saco blanco impoluto. Los pensé corriendo y subiéndole el tono de voz a los pedidos. Y del otro lado de la barra, reinando detrás del mostrador de acero inoxidable, lo vi a mi viejo comprendiendo toda la comanda, ordenando lo que entra y lo que sale. Caminando sobre las maderas del piso y agachándose como en una danza para abrir la heladera y sacar el Delifrú, tal vez, el más maravilloso placer que mi paladar de niño disfrutó hasta hoy.</p><p>Se me ocurre pensar, y me queda como duda inexpugnable, si los mozos lograban ser testigos de la vida de los clientes a partir de sus actitudes en la mesa. ¿Sabrían quién leía a Benedetti disimulándose entre las páginas de La Razón? ¿Quién era el poeta que escribía versos en las servilletas? ¿Quién era el amante y quién el marido? ¿Sabrían quién era el perdedor y quién se llevaba el mundo por delante? No lo sé. Lo cierto es que ese domingo, de la mano de mi viejo, el Bar Tribunales fue una de las herramientas que me ayudó a ver un poco más allá. A sentir algo del otro. Y a vislumbrar parte del futuro mientras intentaba adivinar las profesiones según la vestimenta de la gente.</p><p>Cuando llegué al Bar Tribunales, faltaba muy poco para que nacieran los '80 y para que con el cambio de década llegue el resquebrajamiento del régimen y la explosión de la democracia. Allí fue cuando el café cambió de piel, aunque no de alma. El humo seguía allí, pero el tono de voz ya no era un murmullo cómplice, sino un grito de desahogo. Los cafés de la calle Corrientes, los de Almagro y hasta los de San Telmo se llenaron de una energía que permitió a la generación que había crecido bajo la bota descubrir el rock, el teatro y la filosofía. La libertad dejaba de ser utopía, aunque el café con leche y tres medialunas seguía siendo un clásico.</p><p>El debate ya no era la supervivencia, sino la refundación. Se discutía de alfonsinismo, de privatizaciones, de derechos humanos, y se hacía con la pasión desordenada del que recupera un tesoro. La mesa del café era la redacción de un diario invisible cuya portada no anunciaba la muerte, sino la esperanza. Más tarde, el tiempo, otra vez, se encargó de demostrar que todo fue una quimera. Y que los deseos son la ausencia de una realidad que no podemos alcanzar.</p><p>Mientras, de vuelta a Villa Luro y con el recuerdo de mi primera vez en el Bar Tribunales bien sólido y firme en mi memoria, dejo un párrafo para el café del barrio. Más modesto, con el mostrador mirando hacia Lope de Vega, no tenía la mística bohemia, pero sí la fidelidad comunitaria. Era el lugar donde el almacenero, el empleado de la Mutual y el estudiante se cruzaban. El espacio donde las fichas de dominó, los dados o el ancho de espadas eran un rito inalterable. Y donde el debate político no era teórico, sino brutalmente doméstico. Donde cada mesa era un pequeño club social en el que la información vital circulaba a la velocidad de un sorbo de café y donde el mozo ya no era testigo, sino casi un familiar que sabía cuándo cambiar el cenicero.</p><p>Vuelvo a mi viejo. No me queda más que imaginarlo mientras veo a los jóvenes con sus laptops y sus latte macchiatos en los flamantes coffee shops. Dios mío. Qué fácil puede ser olvidar la importancia fundacional del bar que cobijó a los de 50 y tantos. Qué fácil es olvidar esos cafés que fueron los pulmones de una ciudad que se ahogaba. Cafés que llegaron a ser el ámbito de una conjura literaria y política, el lugar donde se demostró, taza a taza, que el pensamiento es primo hermano de la libertad.</p><p>El aroma a café es, para los que bebimos en las viejas tazas de porcelana blanca, el perfume de una juventud que nos despide. Y, a la vez, es el legado de nuestra identidad porteña, innegociable y terca. Aunque todos seamos hijos de gallegos.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/432hgcbu-Rnc8rt11y9OFnJYtNw=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2025/11/feca.png" class="type:primaryImage" /></figure>Bar Tribunales: la barra, un feca y un recuerdo imborrable en el alma]]>
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                                <category term="opinion" label="Opinión" />
                <updated>2026-04-13T19:30:09+00:00</updated>
                <published>2025-11-09T12:35:32+00:00</published>
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        <title>
            Pan y queso
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                <![CDATA[Raúl Vázquez]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/cSErBAAkUMoazTIGZT2nWcRF4vQ=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2025/10/pan_y_queso.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Para un chico de 13 años de los barrios bajos, en la feliz década del 80, la elección más importante de su vida era el “Pan y Queso” en la plaza de la otra cuadra. Es en ese momento donde tus habilidades se ponían en consideración del otro y te sentías parte de un cruel mercado de futbolistas. Era allí cuando el valor que suponías tener descendía irremediablemente a medida que pasaba el tiempo y los elegidos no tenían tu nombre ni tu apodo. Para quienes disfrutamos de una pelota, ese era uno de los momentos más trascendentales de nuestras vidas.</p><p>Ser elegido entre los primeros constituía una suerte de aval a nuestro juego, a nuestra forma de ver el fútbol y, por qué no, a nuestra forma de encarar la vida. Ver cómo nuestros pares atravesaban el umbral de la elección mientras vos te quedabas del lado de los indeseables era una verdadera afrenta a tu autoestima. A veces, y solo a veces, te elegían por cariño o por amistad. Y aunque eso siempre es valorable, no cuenta. Todos sabemos que si un amigo no se destacaba en el fútbol, la amistad podría quedar para el sáunche y la Coca que se disfrutaba después del partido. Antes, no. El Pan y Queso que se precie de tal debe ser cruel, pero también justiciero. Al fin de cuentas, el dedo del pueblo nunca se equivoca.</p><p>En los años 80, una década de cambios y esperanzas que sin dudas dejó una huella indeleble en el corazón de muchos argentinos, las elecciones resultaron ser una nueva forma de vida para muchos de nosotros. Con mis 13 años, y claramente sin el derecho a votar, el 30 de octubre de 1983 terminó siendo, igual que para muchos, el inicio de una forma de vivir que, gracias a Dios y a pesar de muchos delincuentes disfrazados de políticos, no cambiaremos más.</p><p>En lugar de definir los protagonistas de un partidito de fútbol, el Pan y Queso de aquel 30 de octubre determinó el inicio de una nueva forma de vivir para una sociedad plagada de tensiones, frustraciones y muerte. Y que, si la cosa salía bien, iba a transformarse en otra con aspiraciones de profundas transformaciones, anhelos de justicia y reconciliación. Así, los argentinos acudieron a las urnas en lo que sería un evento histórico: las primeras elecciones democráticas desde 1973.</p><p>La campaña electoral estuvo plagada de entusiasmo y fervor popular. También de algunas mentiras. Los partidos políticos, que habían estado prohibidos o acallados, resurgieron con fuerza. Los dos candidatos principales, Raúl Alfonsín de la Unión Cívica Radical e Ítalo Argentino Luder del Partido Justicialista, fueron los protagonistas de la primera grieta que los chicos como yo presenciamos en vivo y en directo. Luego llegaron otras con protagonistas más duros y también más ignorantes.</p><p>Los años oscuros generados por los infames regímenes autoritarios nos regalaron el regreso de la democracia y el esperado despertar de un país que buscaba sanar sus heridas. La década comenzó con una Argentina aún bajo el yugo de una dictadura militar que había usurpado el poder en 1976. Un período marcado por la represión, la censura y la desaparición de personas. Sin embargo, para 1983, la presión interna y externa sobre el régimen militar había aumentado, especialmente después de la Guerra de Malvinas, que debilitó significativamente al gobierno de facto.</p><p>Aun con la herida de la guerra sangrando en la oscuridad, la democracia renacía, aunque parecía tan frágil como esa flor que se empeña en crecer después de la tormenta. Las promesas de justicia y reconciliación se anunciaban como un bálsamo para un pueblo ansioso por dejar atrás el pasado. Esas promesas, con el Pan y Queso algo desacreditado, siguen hoy brillando por su ausencia.</p><p>La llegada de las urnas fue una verdadera esperanza para muchos. Y el devenir de la vida política nos demostró que lo de 1983 fue mucho más trascendente que nuestro Pan y Queso en la plaza de la avenida Juan B. Justo. Elegir era un derecho. Aunque aquella alegría por determinar nuestros destinos pronto se toparía con la cruda realidad de una economía tambaleante y una sociedad dividida que hasta hoy muestra su peor faceta.</p><p>Cajón de Herminio mediante, la fórmula Alfonsín-Martínez logró una contundente victoria sobre la de los justicialistas Luder-Bittel. El gobierno radical marcó el retorno a la democracia y, con Raúl Alfonsín en el poder, se vislumbró la esperanza de un futuro mejor. El nuevo presidente se comprometió a restaurar las instituciones democráticas, a promover los derechos humanos y garantizar la justicia contra los crímenes cometidos durante la dictadura. Su lema, “Con la democracia se come, se educa y se cura”, resonó en el corazón de una nación ansiosa por el cambio. Pero lo que en realidad cambió fue la moneda y el Austral fracasó, barriendo con nuestros sueños de progreso y bienestar. El primer gran desengaño de nuestra nueva democracia llegó a poco más de cinco años de ser instaurada. Triste. Pero esa es otra historia.</p><p>Mientras mirábamos el mundo desde nuestra esquina, la tele de principios de los 80 nos mostraba a Reagan y a Thatcher al mando y al soviético Gorbachov a punto de entender. El planeta atravesaba sus propios dilemas y América Latina vivía su renacimiento democrático. En países como Brasil, Chile y Uruguay, la transición hacia gobiernos elegidos por el pueblo levantaba esperanzas. Este cambio fue impulsado por una combinación de factores, incluyendo presiones internas por reformas políticas y económicas, e influencias externas como la caída del comunismo en Europa y la promoción de la democracia por parte de algunos organismos internacionales.</p><p>Con aquella democracia incipiente que, culpa nuestra o de la paupérrima oferta política, nos trajo más sinsabores que certezas, debo decir que aún recuerdo con ternura esa televisión de los 80. Era la verdadera protagonista de las campañas electorales junto a los afiches en los que las sonrisas brillaban más que las propuestas. Con su color desajustado y el tono pastel de tubo catódico, la TV constituía el único puente entre los candidatos y el electorado. Las redes sociales no existían ni habían lastimado la credibilidad, y las tecnologías de la información recién comenzaban a hacer sentir su presencia, prometiendo una transformación en la manera de comunicar que hoy nos muestra la posverdad como si fuera una realidad irrefutable.</p><p>Las elecciones de los años 80 no fueron meros acontecimientos políticos; fueron verdaderos capítulos de nuestra historia. Una hisotria cargada de emociones y desafíos. De incertidumbre y de cambio. Para los que iniciábamos el secundario en ese momento, fue una época de aprendizaje sobre la importancia del voto popular, la participación política y los valores democráticos. Fue el primer Pan y Queso verdaderamente importante de nuestras vidas. Una elección en la que los argentinos buscamos líderes que pudieran guiarnos hacia un futuro mejor. Fue el momento en que entendimos definitivamente que la democracia, aunque imperfecta, es la mejor herramienta para construir un mañana más justo.</p><p>Hoy, al recordar el momento en que poníamos un pie delante del otro en esa danza excitante en la plaza de la esquina, entiendo que la elección de este domingo es bastante más trascendente. Y también más difícil. Porque cuando éramos chicos, el Pan y Queso nos obligaba a elegir entre un puñado de amigos inocentes. Hoy debemos elegir políticos. Y eso, a esta altura del partido, es un verdadero problema.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/cSErBAAkUMoazTIGZT2nWcRF4vQ=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2025/10/pan_y_queso.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>Una metáfora entre el juego infantil y las elecciones que marcaron el renacer democrático de 1983.]]>
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                                <category term="opinion" label="Opinión" />
                <updated>2026-04-13T19:30:09+00:00</updated>
                <published>2025-10-26T13:51:08+00:00</published>
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        <title>
            Muerte en la calle Camarones
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                <![CDATA[Raúl Vázquez]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/ge-yYXOhWqItt8MUaNPZ_eIjGxo=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2025/10/raulo.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Los años 70 y 80 fueron de erosión silenciosa. La crisis económica y el principio del fin de la dictadura generaron un ambiente de incertidumbre que, lamentablemente, con el tiempo fue creciendo. Los barrios cayeron en un pozo de deshonra y no murieron de un solo golpe, sino por el lento desgaste de las relaciones sociales, por el individualismo que se hizo rey, por la mezquindad del prójimo, por el miedo incipiente a la delincuencia que hoy nos atosiga y no tiene solución y por el incesante deterioro cultural y educativo que merece decenas de párrafos aparte. La muerte del barrio fue, en gran medida, la muerte definitiva de la inocencia y de la vida comunitaria.</p><p>Para un chico de diez años como yo, el barrio era un laberinto que se achicaba. Y la muerte no era una palabra que incluyera el desasosiego social, sino que era algo más simple. Era algo parecido más bien a la hora de la siesta o al cierre repentino del kiosco donde vendían figuritas que a la pérdida de valores o de amigos. Era la conciencia fría, pero imperceptible de que la libertad se empezaba a encoger hasta el límite de la puerta de calle. Para ese niño, la crisis era el sabor amargo de no tener la sonrisa del amor de tu vida. La muerte no era mucho más que un concepto que se vestía de recuerdo, o de lejanos familiares en blanco y negro que no habías conocido y que no era lógico que extrañes.</p><p>Sin embargo, el tiempo me fue demostrando que no hay forma de derrotarla. Desde la impaciencia que supone esta vida gobernada por la inmediatez, descubrimos que es imposible vencer a la muerte. Porque está ahí, esperando con su vestimenta oscura, disfrazada de destino. Inalterable, impertérrita. Se adivina su sonrisa hija de la suficiencia y de la soberbia del que se sabe ganador. Está ahí. Tan cerca y tan lejos.</p><p>En Villa Luro, durante un abril de fines de los 70, experimenté el primer llanto que provoca la muerte. Mi abuelo, un gallego duro, de los de antes, de pocas palabras y de carácter más bien tosco, casi hostil, dejaba este plano para que yo sienta la crueldad de mi primera pérdida verdadera. Lo lloré sin entender que estaba experimentando la desconocida novedad de la tristeza inaugural.</p><p>No sé cómo fue para vos, pero para mí, la muerte que se vivía en la infancia no era el final. No era esa certeza inamovible que luego aprendés a temer y con la que convivís de manera natural. Era algo más suave, más confuso, como una niebla que se lleva a la gente sin avisar, y que, en mi inocencia, sospechaba que algún día se disiparía.</p><p>Jamás olvidaré a mi papá anunciándome la muerte del suyo en la casa de Maico, un amigo que me cobijó en su inmenso patio de la calle Camarones para atenuar el dolor y disfrazar los extraños viajes de mis padres hacia el Centro Gallego, en la esquina de Pasco y Belgrano, donde el abuelo dejó de respirar. Recuerdo mi llanto confuso y recuerdo también que no entendía por qué. Seguía esperando que el abuelo regresara. ¿A dónde se había ido? Al cielo, me decían. A un lugar de estrellas y suaves nubes. Y yo, que creía en los héroes que siempre regresan, me quedaba esperando su paso pesado, convencido de que, si esperaba lo suficiente, lo vería bajar por las escaleras que iban a la terraza.</p><p>La muerte en la infancia es una puerta entreabierta, un misterio difícil de comprender para la mente de un chico, pero que a la vez es una promesa de que quizás, si esperás lo suficiente, el abuelo regrese. No experimentás esa sensación de pérdida definitiva. Solo hay una espera paciente, una fe ciega, una tristeza que es más bien una extrañeza, una nostalgia por lo que no está. Un anticipo de melancolía por un futuro bien distinto a ese presente en el que los abuelos son invencibles. Es una etapa de transición, una dolorosa lección que poco a poco nos enseña que algunas partidas son para siempre, aunque nos cueste aceptarlo.</p><p>A medida que el tiempo pasa, la muerte se viste de un traje diferente. Ya no es esa niebla que se lleva a la gente, ni ese viaje al cielo que algún día puede terminar con un pasaje de regreso. Es más bien una brutal interrupción. Una cachetada que te saca de tu burbuja y de esa estúpida certeza que afirma que la vida es un camino largo hacia un destino especialmente diseñado para vos.</p><p>Cuando crecés, ya no mirás al cielo buscando un rostro entre las estrellas. Ahora, la muerte es un vacío físico y palpable. Te das cuenta, de golpe, que la vida no es un ensayo, y que las personas que amás pueden irse de un momento a otro, sin previo aviso.</p><p>Una mañana de no sé qué año, mientras el Sol se empecinaba en entrar por las rendijas de la persiana de la calle Cortina, me despertó el grito desesperado de un vecino. Cruzando la calle, más bien para el lado de Magariños Cervantes, la madre de un alguien que siempre me sorprendió por su tremendo parecido con la Pepona Reinaldi, dejaba de existir. Mi vecino, con quien nada me unía más allá de ese lejano perecido que él ni sospechaba, pasó a ser el centro de mis dudas más existenciales. Durante varios días, tal vez semanas, me pregunté qué sería de sus sentimientos. Y me pregunté también cuánto podía durar el dolor después de ese grito irremediable. Al mismo tiempo, empecé a pensar en qué sería de mí ante la muerte de mi madre. Hoy comprendo más que nunca ese grito desgarrado por el dolor y la ausencia. Aún hoy, casi cotidianamente, mi alma grita en silencio cuando compruebo que sueño con ella, pero que no la tengo.</p><p>En Villa Luro, más tarde en Villa del Parque y finalmente en Almagro, que es lo mismo que decir, mi niñez, mi adolescencia y mi primera adultez, la relación con la muerte incluía el miedo. Era de aquellos que pensaban que la humanidad había inventado dioses, cielos, reencarnaciones e infinitos jardines para llenar ese gran vacío repleto de incertidumbre. Sostenía que la necesidad humana de un más allá obedecía solo al deseo de que el ser querido siga existiendo, y a una profunda necesidad de orden y significado en un universo que a menudo es caótico, solitario y lleno de ausencias. Pensaba en la muerte, ante todo, como la cesación total de la conciencia, la personalidad y la existencia. El fin de la mente que pensó, del cuerpo que sintió y de la energía que actuó. No hay juicio, no hay premio, ni castigo, ni reencuentro. El cuerpo regresa a ser materia, se transforma en un componente más del ciclo biológico. Lo interpretaba como un proceso natural, desprovisto de significado espiritual, pero imbuido de una certeza científica: el reciclaje, tan moderno hoy en día.</p><p>Paradójicamente, esta suerte de aceptación de la finitud le da a la vida un valor incalculable. Si de verdad este pequeño puñado de años es todo lo que tenemos, entonces la responsabilidad de vivirlos plenamente es absoluta. No hay una segunda oportunidad después de la muerte. Cada experiencia, cada relación, cada beso, cada momento se vuelve precioso y no debe ser desperdiciado. En fin. Una mirada tan nihilista como incompleta.</p><p>Hoy, después de algunas décadas y una inequívoca revelación, comprendí que la muerte no es un punto final, sino un umbral, una suerte de puerta de acceso a la vida para la cual la existencia terrenal, la de este lado, es solo una preparación. Esta visión está fuertemente marcada por la esperanza, por la fe en la resurrección de Cristo y por la total conciencia del seguro encuentro con los que nos precedieron.</p><p>Ahí es cuando vuelve mamá y le pregunto. ¿Hay un paraíso? ¿Existe el infierno o todo es simplemente la nada? ¿Me hablaste de verdad aquella noche en que soñé con tu voz?</p><p>Sea lo que sea, antes de que me atrape y me muestre su maldito rostro victorioso, que la muerte sepa una cosa: amé lo suficiente y me amaron bastante. Eso, aunque para algunos sea como ganar con un gol pedorro sobre la hora, es el verdadero triunfo sobre el olvido.</p><p>Y como todos sabemos, al menos de este lado del umbral, el olvido es lo que más se parece a la muerte.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/ge-yYXOhWqItt8MUaNPZ_eIjGxo=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2025/10/raulo.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>Villa Luro, un abuelo que se va, y el niño que aprende a esperar.]]>
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                <updated>2026-04-13T19:30:09+00:00</updated>
                <published>2025-10-11T17:21:47+00:00</published>
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            No podía morir el lunes
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                <![CDATA[Raúl Vázquez]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/LvMPY6HDlBdlw8-LmvNOh7AFqew=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2025/09/raulo.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>La vida está llena de momentos que nos transforman. Algunos son efímeros, otros dejan huellas indelebles. Lo que resulta interesante es que, por lo general, a medida que reflexionamos sobre alguna experiencia que nos haya cambiado la vida, los mortales comprendemos cuánto ha marcado nuestro camino y cómo lo ha modificado solo cuando el hilo en el carretel se acorta. Así somos. Esperamos los últimos diez minutos del partido para ejecutar lo que el DT nos dijo en el entretiempo.</p><p>Cuando atravesamos el umbral de los 50, irremediablemente, sentimos que vamos cambiando. Hayas sido un tipo atlético, esbelto y preocupado por tu figura y tu salud o un gordo sin remedio, el cuerpo nos sienta de prepo a tomar un café amargo y nos dice, sin puntos ni comas, qué hiciste bien y qué hiciste mal. Ahí, justo en el mismo instante en que comprendés que ya viviste más de lo que te queda por vivir, una mezcla de miedo, tibia esperanza y vulnerabilidad se adueña de tu historia.</p><p>No veas esta columna como una oda al pesimismo. No. Pero sí, por lo menos, como una humilde mirada de quien atraviesa la quinta década y se da cuenta de que el cuerpo te reclama. No sé bien qué, pero algo te reclama. Vos fijate.</p><p>Lo cierto es que una tarde, cuando menos lo esperás, vas a la guardia para tratar una gripe insoportable y te descubren una arritmia. Ahí nace un derrotero de análisis extraños y más o menos invasivos que terminan en el consultorio del cardiólogo.</p><p>Recuerdo la sensación de abrumadora incertidumbre cuando los médicos me confirmaron la arritmia. Me enteré de que esa anomalía en los latidos la tiene un alto porcentaje de la población y que es casi normal vivir con eso y algunos medicamentos. De todos modos, la palabra "intervención" resonó en mi mente como un eco por lo menos inquietante. Lo que en realidad estaba ocurriendo era el nacimiento del primer punto de inflexión e incertidumbre de mi existencia. Hasta ese momento, los hitos de mi vida fueron felices, como el nacimiento de mis hijas, o lógicos, como la muerte de mis padres. Lo cierto es que la sorpresa dio paso a un sentimiento extraño donde el miedo y la ansiedad invadían mis pensamientos y hacían del día a día una constante batalla para sonreír.</p><p>La intervención, según los médicos, era sencilla y el porcentaje de que algo saliera mal era sinceramente bajo. Pero uno nunca sabe. Así que fui a la iglesia con más ganas y traté de estar bastante más atento a los regalos invisibles de la vida. Me vi con varios amigos, me escribí con otros, desayuné con mis hermanos, cenamos en familia, me tomé unos días de vacaciones en el trabajo y pagué casi todas mis deudas. Después, la espera. La incertidumbre que crece y el almanaque que avanza más rápido que de costumbre.</p><p>El corazón representa al león de la selva, al capo de los órganos, al que manda. Y que te lo anden tocando, aunque de manera tangencial, siempre implica un poco de angustia.</p><p>Los días previos a la cirugía fueron una mezcla de emociones en silencio. Casi por instinto, intentaba mantenerme fuerte, sonriendo a la familia y sosteniendo la tormenta que se desataba con cada latido irregular de mi corazón. El miedo era palpable, casi tangible, y me hacía sentir pequeño frente a la inmensidad de lo que estaba por venir. ¿Exagerado? Es posible. Pero te aseguro que llega un momento en la vida donde descubrís que la muerte te acompaña en el asiento de atrás.</p><p>Y llegó el día.</p><p>Desde ya, mientras recorrés estos párrafos, podrás deducir fácilmente que todo salió muy bien. Si no hubiera sido así, estas líneas no existirían. Spoiler aparte, es importante decir que era mi primera vez en un quirófano y que, como es fácil de entender, lo desconocido eleva los porcentajes de desasosiego y miedo. Desconocer los ruidos, lo cotidiano, el ida y vuelta de los enfermeros, el uso de los aparatos que te rodean, entender si los pitidos de esas pantallas indescifrables que coronan tu camilla se condicen con la vida, son elementos que juegan y tallan dudas en tu mente mientras te ponen sondas y vías.</p><p>Mientras me preparaban para entrar al quirófano, comprendí que algunas cosas están especialmente pensadas para que los profesionales de la salud puedan divertirse un rato en horarios de trabajo. Párrafo aparte para el camisolín infame que te dan en esa sala fría y blanca. Si los pacientes fuéramos conscientes de la imagen que damos vestidos así, seríamos irreductibles y no permitiríamos por nada del mundo que la posible última imagen que los mortales tengan de nosotros sea esa. Es chico, abierto en los costados, quién sabe por qué, y lo suficientemente transparente como para que las enfermeras noten que el miedo encoge. Una vergüenza. La misma deshonra que supone usar el papagallo una vez que estás en terapia intensiva. Nada, pero nada, se asemeja más a la ignominia que el uso de ese elemento incómodo e ingrato. Vos estás dolorido, derrotado por el deshonor que supone un cuerpo frágil y herido, en posición horizontal, lejano a la zona de la acción y, encima, atravesado por la mirada inquisidora de una enfermera que intimida como nadie. Orinar en ese contexto es más complicado que envolver un triciclo.</p><p>Pero eso ocurre después. Volvamos al quirófano. Al momento clave donde realmente se definen las cosas. Como todo puede empeorar, antes de la intervención, con esa bata arrugada por el temor que envuelve tus muslos y desluce tu virilidad, te afeitan el cuerpo. ¡Sí, te afeitan los hijos de puta! Se acerca una enfermera, enciende una maquinita y casi sin alertarte la empieza a pasar por las más extrañas zonas de tu cuerpo. Y lo hacen mal. Quedás semidepilado, casi en pelotas, con miedo y en manos de desconocidos. Si eso es lo que ve Dios cuando alguno se muda al cielo, debe reírse bastante.</p><p>Después llega el momento de la anestesia. Todos somos temerosos a eso porque nos han contado tantas experiencias como amigos intervenidos tenemos. Lo cierto es que llega un momento en que te das cuenta de que estás hablando pavadas. Y que, encima, las decís mal. Recuerdo que respondí a esa pregunta vana y estúpida que los médicos deben hacer cuando quieren sacarte conversación. Mi respuesta fue, aunque con firmeza y orgullo, también con la lengua semidormida: “De Indebenbiende, edrey degobas”.</p><p>Y listo. Me dormí.</p><p>El tema es que no te duermas vos. Humildemente, te aseguro que si algo importa en ese momento es vivir. No por miedo a la muerte. No. Sino porque te das cuenta de que todavía tenés muchos te amo por decir. Y muchas palabras por compartir. No podía morir el lunes. Estaba escrito.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/LvMPY6HDlBdlw8-LmvNOh7AFqew=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2025/09/raulo.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>Entre la angustia del quirófano y la ternura de los afectos, una experiencia que transforma.]]>
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                                <category term="sin-hashtag" label="Sin Hashtag" />
                <updated>2026-04-13T19:30:09+00:00</updated>
                <published>2025-09-28T14:29:07+00:00</published>
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            Sobre amores y amistades
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        <link rel="alternate" href="https://www.newstad.com.ar/sobre-amores-y-amistades" type="text/html" title="Sobre amores y amistades" />
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                <![CDATA[Raúl Vázquez]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/zr6tqF48eV_htt7x2nINQK4ayLc=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2025/09/amores.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Sepan disculpar esta disgresión gratuita. Hoy quiero empezar nuestro encuentro de este fin de semana con una suspicacia sin fundamentos. Una idea que, desde que nos encontramos en esta tribuna digital, se ha forjado casi sin que ustedes y yo lo hayamos propuesto. Tengo la sensación, humilde y seguramente equivocada, de que esta columna cuenta con la complicidad de algunos amigos. A fuerza de melancolías, de miradas hacia el pasado, de guiños del recuerdo, de imaginarias caminatas por el barrio en que nacimos y de alguna pequeña idea más o menos luminosa, se ha forjado una relación entre quien escribe y ustedes, lectores. Una amistad pasajera, novedosa y posiblemente más hija del aburrimiento dominical que de la posibilidad de leer algo interesante.</p><p>Esta relación inesperada, creo, es ya lo suficientemente madura y sólida como para que seamos capaces de ahondar en temas difíciles. Te propongo sumergirnos en el desafío de animarnos a debates mucho más serios y trascendentes. Dejemos nuestras tibiezas de lado, juguemos a la grieta y sumémonos a una polémica que posiblemente deje más heridas que las últimas elecciones en la provincia de Buenos Aires.</p><p>Pero cuidado. Si avanzás por los próximos renglones, no vas a poder escapar. Sería un temeroso gesto de tu parte abrir la puerta con sigilo y no entrar. Aunque esté oscuro, barroso y peligroso, te pido el valor de tomar partido sobre algo más viejo que el mundo y más polémico que las listas de Karina y Pareja. Acá no juzgamos a nadie. Y no olvides que estas líneas son, ante todo, un aporte más a la confusión general.</p><p>Ahí vamos. El postulado es sencillo. Pero también profundo e inabarcable. ¿Existe la amistad entre el hombre y la mujer?</p><p>Empecemos.</p><p>Antes que nada, digamos que la amistad entre distintos géneros es un sentimiento que nace irremediablemente durante el secundario. La adolescencia suele ser un espacio de nuestra existencia que es especialmente proclive a las pasiones. Las amistades nacen para durar toda la vida. No obstante, mientras creemos que van a trascender los tiempos terminan acabándose, como mucho, uno o dos lustros después de quinto año.</p><p>Otro ítem a tener en cuenta antes de ingresar a la polémica es reconocer que la amistad no siempre es aquello que creemos que es. La verdadera amistad, la que contempla la posibilidad concreta de dar la vida por los amigos, es un sentimiento que pocas veces se presenta en nuestra existencia. Y, por lo general, se da entre hombres. Asumo el primer riesgo y digo: el hombre es más amigo del hombre que la mujer de la mujer. El hombre no compite, sino que se la juega en la sinceridad. Y la mujer juega su partido en el terreno de la comparación.</p><p>Hay otro punto que necesariamente debe quedar claro antes de seguir. Sepa el lector que un amigo de verdad es el que trasciende los tiempos, el que crece con nosotros y que, por lo general, está décadas a nuestro lado. Aunque no lo veamos asiduamente, aunque pasen años, la unión es tan fuerte y sólida que no se resquebraja. De esa amistad estamos hablando. En mi caso particular, me sobran los dedos de una mano para contarlos. Y me sobran también algunos retazos de mi vida en los que pude comprobar el férreo lazo que nos une. Es de vital importancia que avancemos con la condición de no banalizar la amistad. De no ponerle el título de amigo a cualquier chichipío que nos escucha en la parrilla de nuestro cuñado. Esos quedan afuera.</p><p>Pero vayamos al punto. La amistad entre un hombre y una mujer es un vínculo único y complejo, a menudo idealizado en las novelas de Migré, en el cine y en la literatura, y muy debatido en la vida real del café o de las reuniones de Tupper. Es una conexión que, si estuviera libre de las presiones románticas, podría ofrecernos una perspectiva diferente y enriquecedora.</p><p>En ese sentido, si tomamos uno de los rasgos más superficiales de la amistad, podemos decir que una de las mayores fortalezas de la relación entre ella y él es la posibilidad de ver el mundo a través de los ojos del otro género. Un amigo o amiga, según el caso, puede ofrecernos un punto de vista que tal vez no habíamos considerado, ayudándonos a entender mejor ciertas situaciones o inclusive revelándonos a nosotros mismos. Porque una mirada de distinto género siempre podrá revelarnos algo desconocido.</p><p>Esta diversidad de perspectiva es invaluable, ya sea para pedir un consejo o para simplemente escuchar una opinión sincera y distinta. Por tanto, si hay diferencias de género, la mirada del otro se hace complementaria. Punto para la amistad. Ahora bien, si esa mujer amiga, confidente, amable y sincera tiene la mirada y la promesa de tu primera novia, la teoría se desmorona.</p><p>Más allá de cualquier estereotipo, lo que define una verdadera amistad es la confianza y el respeto mutuo. Este tipo de vínculo crea un espacio seguro donde no hay sitio para el juicio. Es un lugar donde se pueden compartir miedos, alegrías y fracasos sin temor a ser malinterpretado, y donde la honestidad es la base de todo. En este punto hay que decir que, no sé por qué razón, la mujer cree más en esto que el hombre. Ya lo dijo alguna vez Dalmiro Sáenz: “Mientras el hombre se enamora de la mujer, la mujer se enamora de la pareja”. En consecuencia, si el vínculo es honesto, sin prejuicios, respetuoso, saludable, sensible, profundo y confiable, la mujer se desenvolverá cómoda en esa relación amistosa. Y el hombre, probablemente en silencio y luchando para modificar un abrazo de consuelo en un anticipo del amor, sentirá desfallecer.</p><p>Claramente, aunque la amistad entre un hombre y una mujer puede ser muy gratificante, no está exenta del desafío de sostenerse sin poner sobre la mesa los sentimientos no expresados. Estos pueden complicar la relación al punto de confundir un hotel alojamiento con la entrada de un taller mecánico.</p><p>El debate sobre la amistad entre el hombre y la mujer es tan antiguo como las relaciones humanas. Sin embargo, a pesar de siglos discutiendo, muchos sostienen que no es una amistad pura. Esta postura no niega que pueda haber un vínculo cercano o una conexión profunda, pero argumenta que la dinámica siempre estará teñida por un texto entre líneas, una tensión subyacente, que se manifiesta en él o en ella, nunca en los dos a la vez, y que constituye lisa y llanamente la idea sexual o romántica que viene con el amigo o la amiga. Uno de los dos miente. Sobre todo si esto ocurre cuando ni siquiera llegamos a terminar la universidad.</p><p>Para que una amistad sea genuina, debe ser libre de cualquier atracción o posibilidad de ese algo más que te lleva debajo de las sábanas. Sin embargo, es muy común que al menos una de las dos personas desarrolle sentimientos románticos o de deseo en algún momento. Esta atracción, ya sea consciente o inconsciente, se convierte en una variable que cambia las reglas del juego. “Te quiero, amigo, pero mejor vestite”, sería la mejor manera de resumirlo y entenderlo. Y esto no constituye en absoluto una traición a la amistad del otro. No. Solo que de tanto coincidir en ideas, de tanto coincidir en el cine, de tanto leer a los mismos autores y de tanto tomar café con la misma cantidad de azúcar, surge la idea de acostarte con tu amiga para explicarle de una forma más sencilla y silenciosa que la amás. Así de simple.</p><p>No debemos soslayar que el hombre, como sinónimo de ser humano y no como antónimo de mujer, de forma natural, busca pareja. En muchos casos, los amigos de géneros opuestos son la primera línea de defensa para encontrar a alguien. Están ahí, al alcance de la mano. Naturalmente, la amistad se convierte en una especie de sala de espera o de precalentamiento para una relación romántica. Las bromas, los coqueteos sutiles, las coincidencias, el total conocimiento del otro o el simple hecho de pasar tiempo juntos deben ser interpretados como señales, no de amistad, sino de un posible interés.</p><p>Todo esto que compartimos hasta aquí resume gran parte de nuestro colegio secundario. Mientras uno (por lo general, la mujer) puede estar feliz con la amistad, el otro (por lo general, el hombre) podría estar esperando una oportunidad para declararse o para que la relación avance. Esta desigualdad crea un desequilibrio y puede llevar a la frustración, al resentimiento y, finalmente, al olvido. Como ves, no siempre hay un final feliz. Si la persona que se enamora no es correspondida, la amistad puede volverse incómoda, desequilibrada e incluso romperse por completo. La honestidad en ese momento es crucial, aunque dolorosa. Porque la amistad que una vez existió ha cambiado para siempre. Y será mejor que te vayas, antes de que te inviten al casamiento de la persona que soñamos.</p><p>Por último, es importante decir que estas dudas que nos atormentan en la juventud empiezan a tener respuesta luego de varios años. La idea sería así, anoten al margen: conocés a alguien, coinciden en gustos, se hacen amigos, comparten el mate, el cine, eligen el mismo sabor de helado, te despertás pensando en ella, dudás sobre la amistad, te enamorás, ella acepta y te casás. Por eso, si aún no encontraste al amor de tu vida y tenés varias amistades, elegí una. Total, después de tanto filosofar al cuete, viene el turro de Cupido, que siempre está haciendo Alcoyana Alcoyana con los corazones de la gente, y zás! Tenés dos hijas y sos feliz hasta el fin de los tiempos.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/zr6tqF48eV_htt7x2nINQK4ayLc=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2025/09/amores.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>Una reflexión sin tabúes sobre la delgada línea que separa la complicidad de la atracción en los vínculos humanos.]]>
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                                <category term="opinion" label="Opinión" />
                <updated>2026-04-13T19:30:09+00:00</updated>
                <published>2025-09-14T14:55:41+00:00</published>
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        <title>
            Goles, amores y arqueros odiosos: notas del amor en guardapolvo blanco
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                <![CDATA[Raúl Vázquez]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/qm_8B-ycb1CjAJx9aeDXxu90PeE=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2025/08/a.png" class="type:primaryImage" /></figure><p>El primer recuerdo que tengo del amor es de principios de 1981. No más allá de marzo o abril. En el inocente sexto grado del colegio Gendarmería Nacional de la calle Juan Agustín García, una tarde descubrí sin querer que dejaba de pensar en el partido de la plaza y aparecía Ana María por los vírgenes rincones de mi mente. Compañera de grado, de esas que se sentaban adelante y que siempre sabían todo lo que el maestro preguntaba, rubia, de ojos color miel y de sonrisa luminosa, Ana María era de esas chicas que nunca podían ni siquiera detenerse en un pibe como yo. Pero en esa contrariedad que supone el soslayo de la mujer amada, había algo a favor que tenía que ver con la inconsciencia de quien vive en la ignorancia.&nbsp;</p><p>Claramente, como no había llegado el tiempo de los innumerables fracasos con las mujeres, y como resultado de esa osadía que genera la inocencia, pensé más de una vez que sus ojos me miraban solo a mí. Como todos sabemos, las historias de amor que marcan nuestras vidas y que merecen el recuerdo nacen, por lo general, de un corazón que ve solo lo que quiere ver. Y ese engaño natural, ese engaño que preserva la esperanza, a veces te lleva al éxito. Y a veces no.&nbsp;</p><p>Una tarde de sábado, nunca supe por qué, Ana María vino a ver el desafío que jugábamos contra los chicos de séptimo grado. Llegó a punto de terminar. Al ver que el partido parecía interesarle, sentí que del otro lado de la línea de cal estaba el Flaco Menotti decidiendo si me llevaba a jugar el Mundial 82 con Maradona. Giré mi cabeza varias veces y cruzamos nuestras miradas otras tantas.</p><p>&nbsp;Ganamos dos a cero. Hice un gol que festejé con sencillez, como si el hecho de haber empujado esa pelota hacia la red fuera cosa de todos los días. Puño levantado con suficiencia y a otra cosa. Y al terminar el partido, momento especial en el que por lo general los goleadores de plaza y de country reciben las felicitaciones de todos, Ana María tomó un bolso que estaba al lado de los derrotados chicos de séptimo. Besó suavemente al arquero y se fueron juntos.</p><p>Nada fue más parecido a la muerte que ese beso inocente pero doloroso de preadolescente. Mientras el arquero la tomaba de la mano, me dejé caer y comencé a sacarme las tobilleras y a desatar los Fulvence. Yo le había hecho un gol, pero él se iba ganador.</p><p>Ana María fue el primer desengaño. Uno de tantos, por los que creí que el amor era más difícil que cabecear un córner entre dos centrales italianos. Fui creciendo y ese primer dolor nunca desapareció de mi memoria ni de mi corazón. Recuerdo que durante la secundaria intenté reencontrarme con ella. Caminé por Magariños Cervantes desde el pasaje Hungría hasta Irigoyen varias veces para recordar la fachada de su casa que se desdibujaba en mi recuerdo. Lógicamente, no la encontré. Casi 40 años después, me di cuenta de que Ana María era simplemente el primer encuentro con el amor esquivo. Y aquel gol delante de ella terminó siendo como un trágico beso del destino.</p><p>Hoy recuerdo con cierta alegría aquellos amores de niño. Amores que no tenían horarios ni calendarios. Amores que se vivían de forma espontánea y sin pretensiones. Se encontraban en los rincones más inesperados, como en una cancha de fútbol, en un colectivo, en una fiesta improvisada o en un asalto en la terraza. Cuando éramos chicos, el amor en el barrio era más emocionante y hasta más real.</p><p>&nbsp;El amor de la escuela primaria era casi siempre una ilusión. Una mezcla de pudor, curiosidad y un pánico irracional a que te sentaran a su lado en el acto escolar. No había dramatismos de novela, sino miradas de reojo en los recreos y el inútil intento de llamar la atención en la clase de gimnasia. Se trataba de una timidez que se escondía detrás de la mochila y de un nerviosismo que siempre te dejaba sin saber qué decir. No se declaraba con palabras, sino con un dibujo en el pizarrón o con la entrega silenciosa de un caramelo Media Hora.&nbsp;</p><p>Aunque no lo sabíamos, el de la primaria era un amor sin futuro, que vivía y moría en el radio de tres cuadras alrededor del colegio. Tan frágil que se rompía con la primera mudanza o se diluía en las vacaciones de verano. El recuerdo de ese amor no es una historia de pasión, sino un suspiro nostálgico. Un eco de la inocencia que se fue perdiendo con el paso de los años, pero que, cada tanto, vuelve en forma de sonrisa tonta que se dibuja cuando recordamos el simple pero inmenso corazón que teníamos.</p><p>El arquero emigró un año antes que nosotros al colegio industrial de la calle Baigorria y, casi sin haberlo soñado, me dejó la oportunidad de la revancha al alcance de la mano. Sin embargo, la relación con Ana María se hizo hostil. A pesar de mis sutiles intentos para llevarla al cine Lope de Vega, para jugar al Truco y hasta para estudiar Las Guerras Médicas, ella seguía siendo la novia del arquero y lo decía a los cuatro vientos. Reconocía desde lejos mis deseos y se encargó, recreo tras recreo, de hacerme saber desde el silencio que nunca, nunca, iba a cruzar la barrera del compañero de grado para ser, siquiera, compañero de banco.</p><p>Más tarde supe que el arquero del equipo de séptimo se casó con la hija de unos alemanes de la calle Elpidio González. Ana María, casi al mismo tiempo, emigró a España para buscar el futuro que la Argentina le negaba. Ese partido de sexto contra séptimo que se jugó en el otoño del 79 terminó el día en que supe que Ana María hablaba en catalán, casi tres lustros después.</p><p>Con Ana María nació quien ahora escribe. Con su olvido, forjé la melancolía. Y con su ausencia, logré darle un lugar a la esperanza. El aula, teñida de las sombras que se filtran con forma de falleba, cobijó a este ser de amores austeros que soy hoy. El mismo que descubrió a fuerza de intentos fallidos que la infancia es como un ensayo de la vida. Y que la recreamos día a día, sin dejar de ser lo que fuimos, aunque con otra vestimenta, otros escenarios y otras responsabilidades.</p><p>El amor tiene algo que lo asemeja a la muerte. Sin dudas, morir es la única certeza que nos da la vida, algo que nada ni nadie puede evitar. El amor, en su forma más pura, a menudo se siente también como algo inevitable, un destino del que no podemos escapar. Y se diferencian en que, mientras la muerte pone fin a la vida en este lado del cielo, el amor es la fuerza que le da sentido. Amar nos motiva a crear, a cuidar y a vivir plenamente. En este sentido, podríamos decir que el amor es la respuesta a la inequívoca certeza de la muerte.</p><p>Algunos poetas sienten que enamorarse es también la muerte del ser individual. Al amar profundamente, la persona se entrega, se disuelve y renace en una nueva identidad compartida con el ser amado. Es una aniquilación del ego para dar paso a una existencia dual, un nosotros que reemplaza al yo. Es posible. Como también es posible pensar que el amor verdadero es tan poderoso que puede desafiar a la muerte. Todos sabemos que hay amores que persisten más allá de la tumba, que crean un lazo espiritual mucho más poderoso que la separación física. Como pasa con Romeo y Julieta, a veces el amor es tan intenso y prohibido que solo puede encontrar su consumación a través de la muerte. Su trágico final no es una derrota, sino el clímax, la única forma de unirse para siempre. Apuntemos a eso. Porque mientras haya Anamarías que se crucen por nuestras vidas, algo es seguro: moriremos para resucitar en la esperanza de una nueva oportunidad, y tal vez la última, como la que yo tuve con mi amada Majo, cerca de los 30 años.</p><p>&nbsp;El amor en la niñez es una experiencia única, pura y sencilla. Nada más fiel que el amor en el aula. Un amor inocente, gratuito e infinito a nuestros ojos. El amor de la primaria te ayuda más tarde a comprender el dolor de la ausencia. Porque, al final de la jornada, Ana María se iba de la escuela. Y yo me quedaba con la melancolía de la tarde, soñando con el día siguiente, con la posibilidad de una nueva mirada y con la esperanza de la próxima clase.</p><p>Por eso, si la ven por las calles de Villa Luro, cuéntenle de mí. Y díganle que ese futuro que nunca pude prometerle se perdió en el olvido. Y que el gol que le hice a su novio fue con la mano.</p>Amor Real. Majo, la mujer que le salvó la vida, antes del amor de barrio.<p>&nbsp;</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/qm_8B-ycb1CjAJx9aeDXxu90PeE=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2025/08/a.png" class="type:primaryImage" /></figure>Amores de barrio que nos marcan para siempre. Raulo Vázquez, antes de enamorarse para siempre de su mujer y guía, Majo.]]>
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                                <category term="cuerpo-y-mente" label="Cuerpo y mente" />
                <updated>2026-04-13T19:30:09+00:00</updated>
                <published>2025-08-31T15:52:06+00:00</published>
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            Día del Niño
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                <![CDATA[Raúl Vázquez]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/9xPM6QxpvE4HZE_g66IFuZj7tYg=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2025/08/dia_del_nino_1.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Cuando éramos chicos, sepan los adolescentes de hoy, vivíamos en una Argentina que cumplía tus sueños. Las economías no eran holgadas, pero sí lo suficientemente ordenadas y previsibles como para pensar en un pequeño regalo para que tu día sea distinto. La clase media era un sector pujante cuyo esfuerzo era espejo de una industria protagonista. Y la constancia del laburante se reflejaba en una idea de país sólido que, lenta pero sostenidamente, empezó de a poco a desdibujarse en un letargo que, como todos sabemos, culminó en la noche más oscura de todas.</p><p>Lo primero que hay que decir del día que hoy celebran nuestros hijos o nietos es que cuando éramos chicos, cuando el tamiz de las grietas y las batallas culturales no habían destruido las ideas, se llamaba Día del Niño. No había decretos, ideologías ni dudosas políticas que se presentaban como inclusivas y que al fin de cuentas solo aportaban un título pretencioso mientras la pobreza o la corrupción nos dejaban sin derechos. Era el Día del Niño. Y listo.</p><p>En Villa Luro, ese día suponía una recompensa a tus deberes de escolar. En mi caso, estudiante de nivel medio, silencioso y sin demasiadas estridencias, aunque claramente lejos de las ciencias exactas, los regalos llegaban más como consecuencia del cariño de mi familia que por lo que realmente merecía. Lo cierto es que el sueño de un juguete revelador, distinto, impensado, era bastante posible. Recuerdo que en las semanas anteriores a ese domingo, todos nos tomábamos el trabajo de sacar superficialmente el tema en la mesa o camino al colegio. Buscar el momento y el lugar para plantearlo como quien no quiere la cosa era un verdadero desafío. Algunos intentábamos poner el tema en discusión con algo tan infantil como “¿Sabían que a Carlitos le van a regalar un metegol?”. Otros, mucho más inteligentes y futuros abogados, aventuraban carencias o eventuales angustias por no tener ese juguete deseado. Ese trabajo fino, cuasimafioso, a veces, generaba una respuesta positiva.</p><p>Ese domingo de agosto no era ni por asomo un día de pantallas ni de regalos ostentosos, sino de un sentimiento más bien profundo y hasta nostálgico. Las mañanas comenzaban con un desayuno especial. No por lo que había sobre la mesa, sino por la inminente llegada, humilde pero contundente, de un pequeño paquete cuyo papel de regalo a veces revelaba el lugar donde lo habían comprado. Era un tiempo de juguetes sencillos, pero con una imaginación infinita. Pelotas, autos de plástico, soldaditos que se convertían en protagonistas de historias épicas y hasta decenas de paquetes de figuritas para intentar llenar el álbum del momento. Los cómics, sobre todo los de Dante Quinterno, eran tesoros que se intercambiaban con amigos. Para todos, la emoción de leer una nueva aventura de Isidorito era incomparable. Un TikTok de papel.</p><p>Más allá del festejo de cumpleaños, que particularmente nunca fue de mi agrado, el Día del Niño era una fecha central en una época dorada que ahora solo vive en la memoria y, tal vez, en el fondo de algún baúl húmedo y lejano. Era una fecha con un sabor distinto, en blanco y negro, con la televisión inmersa en un contexto político que no llegaba a nuestros oídos, ocupados solo en escuchar la sirena de un camión de bomberos de juguete o el relato de un gol inolvidable hecho con los Sacachispas con tobilleras y tapones de goma. El Día del Niño era una verdadera burbuja, un escape de aquella realidad de los adultos que, ahora, con el paso del tiempo, valoramos más que nunca.</p><p>Los amigos del barrio, con los que me unía la vereda, la pelota, las figuritas, algún recreo y no mucho más, vivían este día como algo demasiado especial. Recuerdo a los chicos de la calle Cortina, esperanzados en sus deseos de un regalo que no siempre llegaba. Como también recuerdo el inesperado golpe de la realidad cuando pedían algo de una marca y les regalaban, como muestra gratis de tu clase social, el mismo objeto pero de segunda marca. Lo recuerdo con el tamiz de los años y no sé qué era peor: un regalo distinto, suplente, más barato, casi indeseable, o la pretensión de una segunda marca que no hacía otra cosa que mostrarte las diferencias entre lo que se podía y lo que no. Esta muestra infantil del mundo que nos esperaba se daba especialmente con los Mis Ladrillos, el hermano barato del Lego. El primero era lo que se podía. Venían en una caja de cartón que, con el tiempo, se desgarraba y terminaba atada con un hilo sisal. Pero adentro, si bien el universo era infinito, tenía piezas que no siempre encastraban y que te permitían una creatividad bastante finita. Traía cuatro ruedas de goma para crear solo un auto. Es decir que si querías jugar con el vecino de al lado, lo mejor era que hicieras dos motos. Por el contrario, los Lego mostraban casi inmediatamente su capacidad de crear sin límites. Los otros, la segunda marca, te mostraban que eras menos. Creo que allí nació el peronismo.</p><p>Hay historias que cuentan mucho del presente. Si te animás y buscás detalles en cualquier Día del Niño, es posible que logres divisar al menos un tenue reflejo de ese que sos hoy. Las heridas, las angustias, las alegrías y las vivencias que dejan huella suelen ser una ruta directa hacia el presente. Buscá en tu memoria. Dejá por un instante tu traje de adulto seguro y proveedor. Empezá por recordar ese juguete que soñaste y, si tenés algo de suerte, tal vez puedas ver ese momento en el que, siendo niño, tuviste sentimientos muy similares al del adulto que sos hoy. Probá conmigo. Dale.</p><p>Con esfuerzo, recuerdo el Día del Niño de 1980. Recién estrenados los dos dígitos de mi edad, el sueño de mi vida se llamaba Duravit, un auto de juguete que intentaba reflejar a aquellos que circulaban por las calles del barrio. La caja inmaculada y a color mostraba el Peugeot 404, el Renault 4, la Estanciera, el Ford Falcon, el Chevy, el Fiat 600 y hasta un Rambler Ambassador inmenso y mal terminado. Al abrirla, descubrías que eran hijos de una matriz dudosa y que la marca de los autos se adivinaba más por las ganas y el deseo que por la exactitud de sus planos. Mientras el mundo se maravillaba con los autos de metal a escala fabricados en otro huso horario, Duravit nació en el país (¿se acuerdan que les decía que teníamos una industria languidecente pero con algo de aire en sus pulmones?) con la premisa de ser "el juguete irrompible". Confeccionados a partir de una extrañísima goma vulcanizada que era más dura que la realidad política, estos autos y camiones no solo soportaban el trato rudo de los chicos, sino que lo desafiaban. Era un ritual comprobar si alguien podía romper un Duravit. Y nadie lo lograba. La publicidad en revistas como Anteojito o Billiken lo repetía una y otra vez: "Con este siempre gano..." decía el titular. Y era verdad. Los Duravit ganaban siempre, incluso contra el paso del tiempo.</p><p>Esa mañana escuché desde la cama la voz de mi tía Elvira. Casi como visita de médico, pasó por casa y me dejó su regalo. Mis ojos inocentes se abrieron como para salir de la habitación y descubrieron sobre la mesa del comedor el paquete envuelto en papel celeste. Era grande, rectangular. Dentro de esa caja se podía esconder cualquier cosa. Imaginé el par de zapatillas blancas para la gimnasia del primario que ya estaba necesitando. Pero no. Eso sería una trampa. Todos sabemos que el regalo, para que pueda ser de verdad un regalo, debería ser un juguete. Y no otra cosa. Abrirlo y descubrir calzoncillos, remeras, zapatos o libros era el desengaño más terrible que podíamos tener a los diez años.</p><p>Al romper el papel, se dejó adivinar una caja con la imagen impresa de un 404 amarillo, imponente. Aunque en ese momento no me percaté, hoy descubro que recordar los Duravit es también invocar un pasado de calles de adoquín, veredas que eran pequeños universos y rodillas sucias. Si los juguetes de fines de los 70 tuvieran un representante natural, sin dudas serían los Duravit.</p><p>Mis manos condujeron ese auto por varios años. Hasta que lo que parecía irrompible se venció y perdió una rueda. Igual que mi infancia, que también era irrompible, el Duravit quebró su promesa y me dejó de a pie, haciendo dedo hacia una adolescencia que pasó rápido y que, irremediablemente, me atrapó y me trajo hasta acá.</p><p>Pensar en la infancia no se trata solo de extrañar los juguetes, sino de extrañar la forma en que los vivíamos. La alegría simple, el asombro genuino y la certeza de que el mundo, al menos por un rato, giraba a nuestro alrededor. Hoy, cuando recuerdo ese 404 amarillo, veo a mi tía Elvira entrando por el pasillo de la casa de Camarones con las manos llenas de amor hechas juguete. Junto a ella vienen mis primos listos para jugar. Y sonrío. A pesar de que mis ojos hagan fuerza para retener esas lágrimas que ahora caen sobre el teclado.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/9xPM6QxpvE4HZE_g66IFuZj7tYg=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2025/08/dia_del_nino_1.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>Un viaje a los días en que un regalo sencillo y un poco de imaginación bastaban para llenar el corazón de un niño.]]>
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                                <category term="diadelnino" label="#DíadelNiño" />
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                <published>2025-08-16T10:00:00+00:00</published>
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            Nostalgia de 8 a 24
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                <![CDATA[Raúl Vázquez]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/uKXbx8p7hIbIlb5QaJY2PdIvHFw=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2025/08/villa_luro.png" class="type:primaryImage" /></figure><p>La primera sensación que sentí más o menos cercana a la nostalgia la tuve a los diez años. Cortina y Camarones, Villa Luro, 1980. Nos mudábamos a Villa del Parque, a menos de treinta cuadras. Y a pesar de esa corta distancia entre el pasado y el futuro, yo percibía que mis amigos y mis vivencias iban a quedar varados del otro lado del planeta. Es probable que a partir de ese momento haya empezado a forjar una manera de entender la vida. Desde ese instante, imperceptible pero también contundente, empecé a dividir la existencia entre este momento que acaba de pasar y lo que viene. Entre el pasado y el futuro.</p><p>Después llegó la primera novia, la de la secundaria, el primer gol en el triangulito de Irigoyen y Juan B. Justo, el primer desengaño y hasta el primer auto. Lo cierto es que el tiempo pasaba y siempre, vaya uno a saber por qué extraño designio, extrañaba lo que dejaba de ser presente. Me vienen ahora a la cabeza los temores que me asaltaban casi en el mismo momento en que vivía algo que seguramente iba a transformarse en recuerdo. Un boludo.</p><p>Según leí alguna vez, Mario Benedetti tenía la teoría de que “cuando uno llora, nunca llora por lo que llora, sino que llora por todas las cosas que no lloró en su debido momento”. Coincido. Ahora, más allá de definiciones poéticas y sensibles, la nostalgia se traduce en un sentimiento que nos invita a mirar hacia adentro, a explorar las profundidades de nuestras emociones y a reconocer la belleza en lo agridulce. Es un recordatorio de la fragilidad y la riqueza de la existencia, un eco de la búsqueda del significado de aquellas cosas que nos rodean, pero que también pueden esfumarse en cualquier momento. La nostalgia es más el deseo de recordar y apreciar el pasado que el de volver a él de forma literal.</p><p>Antes de continuar con esta humilde defensa de la nostalgia, es importante diferenciarla de la melancolía o la depresión. Mientras que esta última es una condición que requiere atención médica, la nostalgia puede ser vista como una faceta más de la compleja gama de emociones humanas. Puede incluso ser un motor para la creatividad, la filosofía y el arte, invitando a la reflexión sobre la vida, la muerte y el propósito de cada uno de nuestros pasos. Muchos de los grandes logros artísticos y filosóficos de este mundo han surgido de mentes que han conocido y hasta disfrutado de la nostalgia.</p><p>Podríamos decir también que es un estado de ánimo medianamente profundo, por lo general teñido de cierta tristeza. No de una tristeza pasajera, sino de una disposición a la reflexión más duradera, más sólida. Más real. Quien experimenta la nostalgia siente una profunda añoranza por algo indefinido, una sensación de pérdida, un interminable vacío existencial que se manifiesta en una quietud reflexiva y hasta en una fascinación por el pasado o por lo efímero. Si queremos ser más simples, como sugerimos más arriba, es una mezcla de alegría por los recuerdos, más una ligera tristeza por no poder revivirlos.</p><p>A menudo, el nostálgico se retira hacia su mundo interior, encontrando en la soledad un espacio para la contemplación y la introspección. Sepan que la nostalgia no deberá ser una tristeza ruidosa o desesperada, sino una pena silenciosa. Y, algo muy importante, deberá ser unipersonal. No se puede experimentar la nostalgia de a dos. A lo sumo se podrán unir dos nostalgias independientes, pero nunca sufrirlas en tándem.</p><p>Ante aquellos que no entienden, o le temen, o están en contra de este sentimiento revelador, sepan que la nostalgia no es otra cosa que una defensa a ultranza de todo lo que fuimos y de todo lo que nos hizo felices. Si sentiste alguna vez, como quien escribe, la indudable presencia de Dios en las manos de mamá, no se puede más que disfrutar de esa nostalgia, hija de la ausencia.</p><p>En un mundo que a menudo glorifica la felicidad constante, la productividad incesante, los aguinaldos y el optimismo sin fisuras, la nostalgia suele ser relegada al rincón de las emociones indeseadas. Se la confunde con la tristeza banal, con la depresión incapacitante, la simple amargura y hasta con el bostezo de una cama deshecha.</p><p>Es hora de ofrecer un elogio a la nostalgia, de reconocerla no como una debilidad, sino como una fuerza sutil, una musa silenciosa y una vía hacia una comprensión más profunda de nuestra existencia. Porque, hay que decirlo, la nostalgia no es el vacío, sino que es un vacío fértil que nos invita a la introspección. Y desde allí, nos lleva a contemplar la vida con los ojos húmedos de recuerdos.</p><p>Decíamos más arriba que el nostálgico experimenta una emoción que actúa como disparador creativo, transformando la añoranza, la pérdida o el vacío en expresión artística. La literatura que nace de la nostalgia llega para explorar las complejidades del alma humana con una honestidad brutal y una belleza lírica. La pintura de nostálgicas pinceladas, a veces grises, captura la esencia de la quietud y la belleza agridulce de la existencia. Y la música, por último, me permite perpetuar un humilde párrafo a favor de este sentimiento tan revelador y prolífico.</p><p>La música nostálgica es la herramienta que nos transporta y nos permite sentir la universalidad del olvido. Nos lleva a visitar los recuerdos y los acaricia en el lomo. Suave y tímidamente. La música debidamente nostálgica nos ofrece la distancia emocional necesaria para procesar experiencias, destilar emociones y transformar el sufrimiento en algo bello y significativo. Por eso, la cumbia, el rap y ese muchacho llamado L-Gante no existirían si fuera por la nostalgia. Y no me digan que esa no es una razón suficiente para venerarla.</p><p>El niño que extrañaba las calles de Villa Luro desde la corta distancia que proponía Villa del Parque fue creciendo. Se enamoró varias veces, se casó y descubrió lo mejor del futuro en sus hijas. Sin embargo, en su mente, un espejo retrovisor se empeña en demostrarle cada día que los recuerdos están ahí. Al alcance de la mano. Aunque ahora, mientras leés estas líneas que ya son mi pasado, la nostalgia me atrapa nuevamente y me envuelve en el recuerdo de ese niño con asombro que vos también fuiste.</p><p>Hasta la próxima. Un tema de José José me está esperando.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/uKXbx8p7hIbIlb5QaJY2PdIvHFw=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2025/08/villa_luro.png" class="type:primaryImage" /></figure>Una reflexión íntima y lúcida sobre la nostalgia como refugio, impulso creativo y espejo de la vida.]]>
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                                <category term="opinion" label="Opinión" />
                <updated>2026-04-13T19:30:09+00:00</updated>
                <published>2025-08-03T12:30:00+00:00</published>
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            El color que nos cambió la vida
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                <![CDATA[Raúl Vázquez]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/aZIBse490oiNSzFu6Wys6we2Xq4=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2025/07/colores.png" class="type:primaryImage" /></figure><p>Una de las cosas que más recordamos quienes disfrutamos de la infancia a principios de los 80 es el bello rostro de Pinky transformándose del blanco y negro al color. Si bien la llegada de la televisión color a la Argentina fue antes de esta escena, con la primera transmisión color durante el Mundial 78 por Canal 7, y que luego sería un hito fundamental para quienes lo vimos asombrados, el año 80 trajo como gran novedad la masificación de la televisión color. Aunque no todos los hogares contaban con esa tecnología, pasar de los tonos grises a una explosión de colores transformó nuestra experiencia visual. Había una gran fascinación por ver a los personajes y escenarios cobrar vida en una nueva dimensión cromática, haciendo que la televisión fuera aún más cautivadora.</p><p>En mi familia, quien me regaló esta experiencia fue mi tía Estrella, que vivía a pocas cuadras de casa, sobre Camarones, en Villa Luro. Vimos atónitos la imagen en un televisor de origen alemán, color madera, pesado y que, a ojos de mi niñez, era como una poderosa nave espacial que nos permitía aterrizar de plano en el año 2000.</p><p>En mi casa, y en varias de las casas del barrio, el ansiado aparato llegó algo más tarde. Comprar un televisor color en Argentina en los años 80 significaba mucho más que adquirir un electrodoméstico. Era un símbolo de estatus, un salto tecnológico y una puerta de entrada a un mundo visualmente más vibrante y moderno. Pero también más caro. Aunque parezca mentira, la TV Color era un indicador de que la familia tenía capacidad económica para acceder a bienes de consumo de alta gama. Así eran los 80. Estaban los deseos humildes y los otros.</p><p>No recuerdo bien en qué circunstancias llegó el reluciente ITT de caja de madera a casa. Pero sí recuerdo el Mundial 82 en blanco y negro, como indicio de su llegada. Y también recuerdo, como seguro había sucedido décadas atrás con la llegada de la televisión en blanco y negro, a la gente agolpándose en las vidrieras de las casas de electrodomésticos para ver las primeras imágenes a color y maravillarse con la novedad. La ñata contra el vidrio, pero contemplando un deseo inalcanzable, más que un café.</p><p>Antes de todo esto, y casi sin saberlo, fuimos testigos de cómo, tras el golpe militar, los canales privados fueron intervenidos por el Estado, repartiéndose entre las tres Fuerzas. Canal 7 (que luego sería ATC) quedó bajo la órbita de Presidencia, Canal 9 fue para el Ejército, Canal 11 para la Aeronáutica y Canal 13 para la Marina. Pero eso poco nos importaba a los más chicos. Lo único relevante era que llegara el horario del comienzo de transmisión y disfrutar de los dibujitos animados. Así es, querido adolescente: la tele empezaba cerca del mediodía, luego de toda una noche con la imagen mostrando una especie de lluvia del más allá y un ruido a sifón eterno que salía de los parlantes y que le daba lugar a la esperada “Señal de Ajuste”, algo así como el prolegómeno o el comienzo de la vida misma.</p><p>Por lo general, sobre todo durante las vacaciones de verano, la señal de ajuste indicaba el momento del desayuno. Pan, manteca, lluvia de azúcar y leche con cacao de segunda marca eran el banquete ideal para disponernos a disfrutar de la vida de preadolescente cuyos problemas no pasaban ni por la dictadura, ni por el amor no correspondido, ni por la muerte. La tele ocultaba esas cosas de grande y nos regalaba momentos inolvidables que marcaron para siempre nuestras vidas.</p><p>La grilla de programación de esos años era, en cierto modo, más predecible y sencilla. Había menos canales, lo que facilitaba la elección. Los programas solían tener largas temporadas, creando un lazo de familiaridad y fidelidad único con cada uno de nosotros. Nunca supe por qué, pero mi preferido era Canal 13. Se suponía en esa época que era un canal de estética más cuidada, con una artística más pensada e inclusive hasta con algo más de glamour. No lo sé. Mi preferencia se daba simplemente por el inigualable Meteoro, Pepe Biondi, Los Autos Locos, El Zorro y Los Tres Chiflados. Y, por la tarde, por la presencia de Carozo y Narizota con el Profesor Gabinete, los verdaderos dueños de mi merienda, mis ilusiones y mis sonrisas.</p><p>En las tardes estaba la verdadera grieta (sí, una más), la de los dibujitos animados. Estábamos los que preferíamos a Hanna-Barbera, con Los Picapiedra, el oso Yogui, la Hormiga Atómica, Don Gato, Scooby-Doo, los Supersónicos, Maguila Gorila o los maravillosos Autos Locos. Del otro lado estaban los del Estudio DePatie-Freleng, con un personaje icónico a la cabeza: La Pantera Rosa, más El Inspector y El Oso Hormiguero. Hanna-Barbera, verdaderos creadores de Tom y Jerry antes de que el dinero haga su parte y pasen a la Metro-Goldwyn-Mayer, era insuperable. Salvo por el humor mudo y genial de La Pantera Rosa.</p><p>Para un chico que no superaba los 12 años, y que por cierto muy lejos estaba de los chicos que hoy tienen esa edad y son casi licenciados en entretenimiento, la televisión, color o blanco y negro, era tal vez la representación más acabada del paradigma del pequeño pelotudo argentino. Pero no lo sabíamos. Quietos, con la boca semiabierta, una galletita Boca de Dama en una mano y la otra rodeando una taza tibia de café con leche, crecimos mirando un aparato que nos regaló recuerdos que hoy, a pesar del tiempo, salen del arcón para erguirse delante nuestro y reclamar un merecido reconocimiento.</p><p>Recuerdos que emergen junto a la mirada de Julieta Magaña, mi primera novia sin que ella lo sepa, el secreto de Rex, el hermano mayor de Meteoro, la maravillosa caricatura del inigualable Carlitos Balá, la didáctica sensibilidad de Pipo Pescador, la novedosa aparición de Marcelo Marcote o Elvira Romey y el insuperable Chavo del 8, verdadero generador de mis últimas sonrisas de adolescente y gran compañero de vida hasta hoy.</p><p>Más tarde, cuando el fútbol se fue adueñando de mi pasión, en medio de los goles de Independiente mal filmados y las gambetas de Bochini que presagiaron a Maradona, llegaron las noticias con 60 Minutos y Buenas Noches, Argentina, de la mano de Sergio Villarruel. Y también llegó Tato Bores. Debajo de una peluca extraña, con frac y detrás del humo de un habano, nos enseñó que la historia se repite. Y que si en algo podemos superarnos los argentinos es en ser cada vez peores.</p><p>Ya a fines de la adolescencia, la realidad empezaba a importarnos tanto que debimos superarla con algo de humor. Y nos extasiamos ante Olmedo y su No toca botón, Calabromas, Las mil y una de Sapag, el Hiperhumor de los uruguayos y Operación Ja Ja.</p><p>Antes de la irrupción del cable, internet y el streaming, la televisión abierta era el epicentro del entretenimiento hogareño. Las familias se reunían alrededor de la mesa para ver el noticiero, la novela (asumo delante de todos y sin un atisbo de vergüenza haber visto Rosa de Lejos), el programa de humor o la película de la noche. Un verdadero ritual familiar donde se compartían comentarios, risas y hasta discusiones.</p><p>Este carácter unificador generaba una experiencia compartida que hoy es difícil de replicar. Los programas eran tema de conversación al día siguiente en la escuela o el trabajo. La televisión era para nosotros un agente socializador que creaba una verdadera participación colectiva. Aún en el complejo contexto político de la dictadura, la televisión de los 80, especialmente después de Malvinas y con el retorno a la democracia, comenzó a reflejar y, de alguna manera, a acompañar los cambios y anhelos de la sociedad argentina.</p><p>La televisión con la que crecimos, especialmente en los barrios, evoca una profunda nostalgia y una mirada innegablemente romántica. Es un sentimiento que va más allá de recordar y hasta homenajear a diferentes programas o ídolos de la pantalla. Se trata de una época donde la televisión ocupaba un lugar central en los hogares y en nuestra vida. Se trata de reconocer que crecimos en la humildad de una tecnología insuperable para la época, pero que estaba en pañales si la miramos con los exigentes ojos del presente. Se trata de reconocer que aquellos personajes en blanco y negro fueron lo que fueron porque inundaron de magia nuestra vida.</p><p>Se trata de reconocer, en definitiva, que fuimos creciendo. Que los épicos triunfos de Meteoro quedaron en el pasado. Que el Chavo y Quico en realidad se pelearon por plata. Que mamá y papá ya no están para pedirnos que apaguemos la tele e ir a estudiar. Y que el viejo control remoto cuadrado y pesado de la Schaub Lorenz de 20 no pudo cambiar mi vida. Gracias a Dios.</p><p>&nbsp;</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/aZIBse490oiNSzFu6Wys6we2Xq4=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2025/07/colores.png" class="type:primaryImage" /></figure>Pinky, el color y la familia unida. El recuerdo de Villa Luro, los dibujos y la Tia Estrella, en la mirada de Raúl Vázquez.]]>
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            Párrafos para la amistad
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                <![CDATA[Raúl Vázquez]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/XAH7zXS98luIOItEQutQnkcR2tM=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2025/07/amigos.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>La Biblia nos dice que Jesús lloró por su amigo Lázaro. Y esta es una razón más que suficiente para darle el verdadero valor a la amistad. La persona que lo puede todo, inclusive hacer milagros, lloró ante la pérdida de su amigo. Si Dios sabía lo que significaba extrañar al amigo, me parece por lo menos interesante intentar reflexionar un poco, aunque sea de manera superficial y seguramente con pocas luces, sobre el valor más preciado que tenemos después del amor.</p><p>Como seres humanos errantes, pecadores y contrahechos, y mirando a vuelo de pájaro el mundo, la gente y sus problemas, es cada vez más claro que la amistad cayó en desuso. O que al menos perdió un poco de brillo. Sobre todo aquella amistad que plantea con lógica que deberíamos poder dar la vida por los amigos.</p><p>La amistad es sin dudas un tesoro invaluable, un lazo que enriquece nuestras vidas de manera profunda y duradera. No es solo y simplemente la ausencia de soledad, sino que es definitivamente la presencia activa de una conexión genuina, un refugio seguro en el que podemos desnudarnos, ser auténticos, vulnerables y plenamente nosotros mismos.</p><p>Los amigos son aquellos con quienes uno comparte lo mundano, las discusiones sobre temas triviales, las pizzerías, las esquinas, la farra y hasta algunos momentos de aburrimiento. Son los compañeros de las experiencias más cotidianas y, también, de aquellas bien dramáticas, como las del amor. Si lloraste ante un amigo por amor, si te abrazaron de madrugada en el hostil barrio de aquella mujer que te dejó, perdiste unproyecto de pareja pero ganaste un confidente para siempre. Y eso no es poco. Aunque los ajustados breteles de una mujer nos hagan creer que es al revés.</p><p>Cuando nuestro recorrido llega a los 50 años, empezamos por fin a reconocer aquellas amistades que fueron verdaderas. Las que quedan en nuestra memoria y las que se borran en el camino. Y descubrimos también las diferentes tipologías de este tipo de relación que, sin dudas, nos hace diferentes para siempre.</p>Asado. La amistad, amigos en comunidad.<p>En los primeros años, el concepto de la amistad es casi una cuestión de proximidad y diversión. Los amigos son los compañeros de juegos, aquellos con quienes compartimos juguetes, aventuras y hasta descubrimos el mundo, o al menos aquelloque creemos que es un mundo y que por lo general no es mucho más grande que el perímetro de una o dos manzanas, avenida de por medio.</p><p>Más tarde, durante la adolescencia, las amistades se vuelven más intensas y significativas. Son cruciales para la formación de nuestra identidad y nuestra búsqueda de pertenencia. Los amigos se convierten en confidentes, compartimos secretos, miedos y sueños.</p><p>Pero si recordamos bien, la amistad adolescente nos pone ante lo que puede ser uno de los momentos clave en la vida de los hombres, que es cuando experimentamos por primera vez la traición y la lealtad. Allí descubrimos de una vez y que la amistad esuna experiencia humana capaz de modificarnos para siempre. Y descubrimos también que el hombre (como sinónimo de ser humano y no como antónimo de mujer) es a veces tan despreciable que puede traicionar espasmódicamente. Y olvidar la amistad como quien se olvida de sacar la basura de 19 a 21.</p><p>Por otra parte, no está demás dejar sentado que es imprescindible entender que la amistad verdadera y profunda nace en la juventud o la adolescencia. Nada más que la muerte supera a la amistad hormonal de los adolescentes, que nace para siempre, aunque no dure un suspiro. Esta época, única para vivir aventuras y aprender de lleno el valor de la ausencia, es el período ideal para aprovisionarse de amigos, ya que después de esa etapa puede ser demasiado tarde para generar vínculos con la misma intensidad que nos da la vehemencia de la juventud. Presentar un amigo “de toda la vida” mientras transitamos la mitad de nuestra existencia suele ser un lujo que a veces soslayamos de manera injusta.</p><p>La vida sigue. Y a medida que entramos en la adultez, las responsabilidades que infieren la carrera, el trabajo, el amor que tal vez termine en matrimonio e hijos o los amantes, que por lo general nos quitan algo de tiempo, nos van modificando y, lo que es peor, van transformando nuestras exigencias para la elección de nuestras amistades.</p><p>Entre los 20 y los 30 años el enfoque se desplaza de tener muchos amigos a mantener unos pocos, pero importantes. Las transiciones que surgen en esta etapa, como una mudanza, iniciar una carrera, cambiar de trabajo o enamorarse pueden desafiar las relaciones amistosas existentes.</p><p>Cuando pasamos los 30, pero antes de los 40, priorizamos el mantenimiento de las amistades que tenemos sobre la creación de nuevas. Y desde los 40 a los 50 años, las amistades más genuinas y fuertes le ganan a la superficialidad para que valoremos tanto esta relación que los dedos de una mano alcanzan para contar a los verdaderos compañeros de vida.</p><p>A esta altura es posible que haya un par de cosas que lamentar. En primer lugar, el paso del tiempo nos coloca ante la tremenda dificultad de rescatar amigos perdidos. En toda vida hay un puñado de ellos que quedó varado en algún lado desconocido. Caminaban con nosotros y de repente, casi sin darnos cuenta, la vida o la muerte los corrió del camino. Conviene en estos casos apelar a la memoria e ir a buscarlos por los sitios que solían frecuentar. Pero ojo. A veces la distancia es cruel y abismal. Y aquellos que eran muy amigos, en el momento del reencuentro, se transforman en desengaño. Ahora me clarifico un poco: conviene apelar a la memoria, sí. Pero te sugiero hacerlo sólo para recordarlos.</p><p>Lo otro por lamentar, o al menos para tener cuidado, es la importancia de librarse de aquellos desconocidos que llenan nuestro tiempo. Son personajes que a simple vista parecen amigos y que un día descubrimos que nada tienen que ver con nuestro corazón. Por lo general se los reconoce cuando te piden dinero y desaparecen. O cuando conocen una mujer y se van con ella casi sin mirar atrás. Ojo con ellos. Saben disfrazar muy bien sus intenciones. Y no hay antídoto para evitarlos.</p><p>Como todos sabemos, en el corazón de la amistad reside la confianza. Reconocer que hay alguien que guardará nuestros secretos, que nos escuchará sin juzgar y que nos ofrecerá una mano firme cuando tropecemos es la certeza de que, incluso en la oscuridad más profunda, no estamos solos. En un mundo que a menudo se siente efímero y vertiginoso, la amistad se erige como un pilar de estabilidad, como un faro en la bruma de la incertidumbre. Nos recuerda que, a pesar de los cambios y las adversidades, hay vínculos que perduran, anclas emocionales que nos mantienen firmes. Los amigos son un eco de nuestra propia humanidad, un recordatorio constante de nuestra capacidad para conectar, para amar y para ser amados sin condiciones.</p><p>Para terminar, te dejo una duda dentro de las pocas certezas que contiene estareflexión. Tiene que ver con una pregunta que atraviesa los tiempos. Una duda que genera una grieta casi tan fuerte como la que inunda nuestra política de hoy. ¿Existe la amistad entre el hombre y la mujer? ¿Es posible que seamos amigos de ella y que, al mismo tiempo, ella sea nuestra amiga? ¿Es factible que el sentimiento genuino sea de los dos, en el mismo instante y que nada lo modifique? Definitivamente, no. Somos demasiado diferentes. Al menos del lado masculino (perdón a mis congéneres, pero ya es hora de reconocerlo), muchos de nosotros hemos fingido amistad para que todo termine de manera horizontal.&nbsp;</p><p>Pero eso será tema para otro fin de semana. ¡Chau amigos!</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/XAH7zXS98luIOItEQutQnkcR2tM=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2025/07/amigos.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>De Jesús y Lázaro al barrio y las charlas por el primer desamor. Las décadas y las amistades que sobreviven con fuerza.]]>
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                                <category term="opinion" label="Opinión" />
                <updated>2026-04-13T19:30:09+00:00</updated>
                <published>2025-07-06T10:40:20+00:00</published>
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