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    <title>Newstad</title>
    <subtitle>Últimas noticias de Argentina</subtitle>
    <updated>2026-06-21T13:09:16+00:00</updated>
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            Messi, el espejo invertido y la revolución de la cordura
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                <![CDATA[Raúl Vázquez]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/t1NSIZ3i1K16vRqh8EUY5SyLZEQ=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/06/normal.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Hay momentos que parecen determinantes. Escribir sobre Messi, cosa que sucede todos los días en todo el planeta, es un desafío en sí mismo. Sentarse frente al indómito teclado luego de un hat-trick extraordinario, pero antes del segundo encuentro de este lunes, puede ser un buen momento para desglosar algunos pensamientos sobre este pibe que vino a mostrarnos cómo deberíamos ser y no podemos. Acá va un intento, humilde, que tal vez nos ayude a descubrir entre todos por qué la Argentina se mira en espejos que desentonan.</p><p>Caminamos descalzos sobre un piso de vidrios molidos que nosotros mismos nos encargamos de romper. El argentino suele habitar sus días con una urgencia que no admite dilaciones. Vivimos colgados de una soga que se deshilacha, fascinados por el abismo, convencidos de que la única verdad es el grito, la astucia del rezagado y la epopeya trágica de los que caen de pie solo para volver a tropezar. Nos gusta el héroe roto, el mito desgarrado por sus propios demonios, porque en sus grietas justificamos nuestras propias miserias cotidianas. Si el dios de nuestro Olimpo doméstico cae, entonces el barro que nos cubre las rodillas pasa a ser una condecoración y no un descuido.</p><p>Pero de pronto, en la persistencia del tiempo, se nos plantó un espejo invertido. Un hombre menudo, de andar parsimonioso y mirada esquiva, que prefiere el silencio al trueno y la constancia al arrebato. Lionel Messi, quien lleva más de dos décadas habitando las pupilas del planeta, no vino a refrendar nuestra mitología del exceso. Vino, más bien, a proponernos un tratamiento psiquiátrico a escala comunitaria. Su verdadero milagro no reside en la parábola imposible en un tiro libre ni en la velocidad mental indescifrable con la que esconde la pelota en una baldosa. El milagro, el que nos interpela y nos desnuda, es el milagro de su normalidad.</p><p>El talento, al menos en esta tierra, suele ser visto como una herencia divina que nos exime del esfuerzo. Es el "lo atamos con alambre" elevado a la categoría de bellas artes. Pensamos que ser talentosos es una patente de corso para saltarse las vallas, para burlar al sistema, para gritarle al mundo que somos los mejores sin haber limpiado la cocina. Messi es la antítesis absoluta de esa soberbia analfabeta. Su genio no es un relámpago que ilumina la noche y deja el tendal; es una lámpara votiva, una llama que se alimenta del aceite diario de la disciplina, el respeto por las formas y una extraña y casi conmovedora docilidad ante las reglas del juego. El pibe que gambeteó gigantes en los potreros rosarinos entendió, acaso por instinto o por la sabiduría elemental de los hombres de pueblo, que el talento sin eje no es arte, sino apenas un desorden de la naturaleza.</p><p>Detengámonos un instante en la acústica de nuestra era. Vivimos una época ruidosa, gobernada por charlatanes de feria y profetas del escándalo. Luzu es un ejemplo de tantos. El mérito contemporáneo parece medirse por los decibeles del agravio y la espectacularidad del desplante. El argentino medio siente que, si no impone su voz por sobre el murmullo general, deja de existir. El silencio nos aterra porque nos obliga a escucharnos por dentro. Y ahí aparece él. Un tipo que posee el monopolio absoluto de la atención ecuménica y que, sin embargo, cuando tiene un micrófono enfrente, elige las palabras más sencillas, las menos altisonantes. Casi como si pidiera disculpas por haber modificado el eje de rotación de la Tierra con solo un soplido de su pie izquierdo.</p><p>Ahí radica la primera y más urgente lección que nos regala: la dignidad del perfil bajo no es debilidad, sino la máxima expresión del poder real. Cuando sabes quién sos, no es necesario que vayas a los gritos revoleando el documento.</p><p>A esta altura, me parece necesario un par de renglones a modo de ruego para el lector distraído: no confundan estas líneas con un agravio al mito de Fiorito. Diego sigue siendo único para nuestra generación. Un volcán humano irrepetible. Es para mí el futbolista más grande de todos. No por números, sino porque jugó en esa época donde fuimos felices: nuestra juventud. Y no por resultados, sino por ese gol, y tantos otros, que modificaron para siempre nuestra vida mientras él destruía la suya. Al fin y al cabo, es un espejo de nuestras propias imperfecciones y pasiones. Maradona es como somos, con el barro y el cielo a cuestas; mientras que Messi representa, creo, en su pulcritud silenciosa, todo aquello que jamás podremos ser. Maradona es inmenso. Pero también es nuestro mejor retrato.</p><p>Hay una templanza en la postura de Messi que nos resulta profundamente perturbadora. Nos incomoda porque desmantela nuestro manual de liderazgo. Nosotros, que tantas veces nos postramos ante los caudillos gesticulantes, nos topamos con un líder que conduce sin ego. Un capitán que no necesita humillar al vencido para consolidar su victoria; que abraza al rival derrotado con la piedad genuina del que conoce el peso del fracaso; que no busca el plano corto de la cámara para inflar el pecho, sino que busca la mirada de sus compañeros para compartir el festejo.</p><p>Hay una dimensión casi teológica en los años de calvario que debió atravesar Messi con la camiseta de la Selección. Un proceso de purificación que la sociedad argentina siguió con la crueldad típica de los que exigen en los demás la perfección que ellos son incapaces de ensayar en sus propias vidas. Lo insultamos. Lo acusamos de frío, de extranjero, de no sentir la pertenencia de la tierra, de carecer de ese fuego sagrado que nosotros confundimos groseramente con la histeria o el desborde emocional. Le pedimos que fuera otro. Le exigimos que imite a los fantasmas del pasado, que repita los ademanes del mito fundacional, porque no sabíamos qué hacer con un héroe que procesaba el dolor hacia adentro y que no devolvía el golpe con un exabrupto.</p><p>Cualquier otro, desgastado por la ingratitud crónica de un pueblo soberbio, hubiera dado un portazo definitivo, refugiándose en el olimpo dorado de los palacios europeos. Él lo hizo una noche, es cierto, con la voz quebrada y la mirada perdida en los pasillos de un estadio norteamericano. "Se terminó para mí", dijo, y en ese susurro se concentró la tristeza de una nación que acababa de romper su juguete más precioso. Pero allí comenzó el verdadero sendero, la hoja de ruta que todavía nos cuesta transcribir en el día a día. Ahí comenzó la incomprensible persistencia del regreso. Porque volver también es renacer.</p><p>Messi es casi una pedagogía del afecto que choca de frente contra nuestra propensión histórica a la fragmentación y el canibalismo. Mientras nosotros nos dividimos en facciones irreconciliables por un partido de fútbol, por una línea de pensamiento o por la simple dirección del viento, este enano junta las mitades rotas de un país, uniendo los bordes filosos de nuestra grieta a fuerza de amagues, talento y noble sensatez.</p><p>Messi volvió no por revancha, no para tapar bocas ni para cobrar facturas pendientes. Volvió simplemente porque su relación con el juego y con su país no estaba medida por el rencor, sino por la lealtad. Nos enseñó, con la parsimonia de un artesano que reconstruye una vasija rota, que el fracaso no es una mancha indeleble ni un destino manifiesto, sino algo indispensable para alcanzar la madurez. En una Argentina que vive obsesionada con el éxito inmediato, con la receta mágica y el atajo providencial que nos saque de la crisis, la trayectoria de Messi es un elogio de la paciencia histórica. Nos dice, con la elocuencia de los hechos, que las cosas grandes no se conquistan con un zarpazo de suerte, sino insistiendo una, dos, tres, cien veces, allí donde los demás ya se dieron por vencidos.</p><p>Resulta fascinante observar cómo este hombre, expuesto a las tentaciones más colosales del capitalismo, mantiene una ecuanimidad que roza lo monacal. En un mundo donde los deportistas de élite son excéntricos coleccionistas de escándalos y portavoces de una opulencia obscena, Messi sigue eligiendo, aunque podría no hacerlo, las vacaciones con los amigos de la infancia, las tardes de mates con su mujer de siempre, el asado familiar y la timidez del vecino de Rosario que baja a comprar facturas a la vuelta de la esquina. No hay impostura en su sencillez. Hay una decisión ética.</p><p>Esta es la veta que nos resulta más ajena y, por ende, la más revolucionaria. El argentino suele creer que el estatus otorga impunidad. El que llega a un podio siente el derecho inmediato de estacionar en doble fila, de mirar desde arriba al que limpia la vereda y de considerar que las leyes comunes son para los giles. Messi, el tipo que tiene las llaves de todas las ciudades del mundo, hace la fila, espera su turno y respeta los protocolos con una mansedumbre que debería darnos vergüenza. Su comportamiento es un tratado de civismo elemental, un civismo olvidado que no se declama en los atriles sino que se ejerce en el trato con el utilero, en el saludo al hincha anónimo y en la preservación sagrada de los vínculos primarios.</p><p>Los argentinos vivimos buscando culpables afuera para no hacernos cargo de nuestros descalabros colectivos. Culpamos a la historia, al imperialismo, al vecino, al Gobierno que pasó, al actual y hasta al encargado del edificio por la mugre que nos tapa los desagües. Sin darnos cuenta de que haríamos bien en contemplar detenidamente esa postal del capitán limpiando sus propios botines o pidiendo permiso para ingresar a un lugar. Hay más patria en esa decencia minúscula y cotidiana que en todas las marchas patrióticas y los discursos inflamados con los que solemos tapar nuestra desidia.</p><p>Es válido decir que no se trata de pedirle a las nuevas generaciones que jueguen al fútbol como él; eso sería una utopía estéril y biológicamente imposible. Se trata, creo, de algo mucho más complejo y desafiante: pedirles, pedirnos, que intentemos vivir con la dignidad, el respeto y la sobriedad con la que él habita el planeta. Messi nos propone refundar la argentinidad desde la templanza, el rigor profesional, la bondad sin aditamentos, el esfuerzo y el talento.</p><p>La revolución que nos plantea este enano no es una revolución de barricadas ni de consignas vacías; es la revolución de la cordura. Es la certidumbre de que el verdadero talento es aquel que se pone al servicio de los demás con la humildad de los grandes, desprovisto de la neurosis del aplauso y centrado en la belleza del trabajo bien hecho.</p><p>Cuando el eco de los estadios se apague y las crónicas deportivas pasen a los libros de historia, el verdadero legado de Lionel Messi no se medirá en copas, ni en goles, ni en estadísticas de leyenda. Se medirá en la capacidad que tengamos de recoger el guante que nos dejó en el fondo el arco. El guante de un hombre que nos demostró que se puede caminar por el infierno del éxito sin quemarse las alas. Y que el mejor camino para ser argentinos no es el de la soberbia que nos aísla, sino el de la decencia silenciosa que nos une.</p><p>Ojalá, alguna vez, estemos a la altura de su normalidad. Más allá del resultado de mañana.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/t1NSIZ3i1K16vRqh8EUY5SyLZEQ=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/06/normal.webp" class="type:primaryImage" /></figure>La coherencia como norte. Un tipo querible, de familia, barrio y mundo. Un normal que rompió con todo y logró todo.]]>
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                                                <category term="newsports" label="Newsports" />
                                <updated>2026-06-21T13:09:16+00:00</updated>
                <published>2026-06-21T13:07:57+00:00</published>
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            TRES ESTRELLAS
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                <![CDATA[Raúl Vázquez]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/0gLHi4B4X4d5YzbY5uB4iA8YMAI=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/06/tres_estrellas_mundial.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>La casa de la calle Cortina tenía una de esas terrazas que miraban al frente y que le dan a tu vista una perspectiva diferente. Mis ocho años sentían que desde allí era posible dominar al mundo. Podía rozar el cielo con la yema de los dedos, o sentir cómo las nubes podían oler a ropa limpia recién colgada. O comprobar que el horizonte de antenas de televisión era el paraíso que el desarrollo nos regalaba. Aquellas tardes de invierno, más allá de los jubilados viendo pasar desde el umbral lo que les quedaba de vida o de los chicos pateando sin sentido la pelota contra el muro del garaje, me regaló el primer recuerdo de una pasión. Un recuerdo que contiene a la terraza como protagonista, pero que en realidad es como un anticipo, un boceto, de la persona que soy.</p><p>En los últimos años de los 70, la vida transcurría en la vereda. Y, como todos sabemos, el barrio es diferente a todo justamente por eso: la vereda y nuestra infancia, que se quedó al borde del cordón como esperando cruzar con nosotros, mirando con sorpresa cómo nos alejamos de ella sin tomarla de la mano. La calle en nuestra infancia era mucho más que un retazo de cemento frente a la casa; era el escenario principal de nuestra libertad, un universo inmenso, pero en miniatura. Representaba ese territorio intermedio entre la protección del hogar y la aventura del mundo exterior. Allí se aprendía a jugar, a compartir y a convivir con la victoria y el fracaso. Era el punto de encuentro espontáneo en el que solo bastaba salir a la puerta para que aparecieran los amigos, las bicicletas, las Plastibol o los autitos de carrera con masilla en su interior. En la vereda se estiraban las tardes hasta que escuchábamos el grito de mamá que nos llamaba para tomar la leche. Fue nuestra primera estación inolvidable, el lugar donde guardamos el recuerdo de una infancia sencilla, analógica y llena de amigos que quién sabe por dónde caminarán hoy.</p><p>Pero volvamos a subir a la azotea. Recuerdo muy bien, pero como si fuera en Super 8, aquel fin de semana de mayo de 1978, cuando colgamos dos banderas, una argentina y otra española, que servían para afirmar, al mismo tiempo, lo que éramos y de dónde veníamos. Eran banderas hechas en papel crepé, comprado en la librería de Lucente y unido por el hilo de mamá. Los vecinos del fondo de casa, también de raíces españolas, subieron a nuestra terraza como si se tratara de un acto oficial. Una vez que las banderas derramaron su color y su orgullo, apoyándose en la pared del frente hacia la calle, sostenidas desde el umbral por ladrillos y derramando sus colores vibrantes sobre las ventanas, sentí por primera vez que España éramos también nosotros. Y que éramos uno. Argentinos y españoles, unidos por la pasión de una pelota, mostrando al mismo tiempo cómo nuestros padres y abuelos habían dejado su huella de hispanidad en nuestros corazones. Hoy, más tarde y con canas, entiendo que España es solo mi viejo y su recuerdo. Y no su selección o ese país que intenta parecerse a Europa, pero que se parece a nosotros. Pero ese es otro tema.</p><p>Recuerdo el momento de la terraza como algo mucho más importante que un simple rito inicial de un chico que de a poco se iba a transformar en un apasionado por el fútbol. Fue un instante suspendido en el tiempo, cargado de una mezcla incomprensible y única de orgullo, nerviosismo y magia. Hubo inclusive (o tal vez me engaña el deseo de que haya sido así) hasta un silencio respetuoso.</p><p>Ver las banderas agitarse sobre la pared, recortando sus siluetas delante de casa, despertó un sentimiento de pertenencia que apenas logré comprender. No importaba el frío del invierno. Importaba sentir que éramos parte de algo mucho más grande que nosotros mismos.</p><p>En la terraza de la calle Cortina residía ese patriotismo inútil que antecede a los Mundiales. Ese patriotismo que confunde, pero que, al final, une. Se venía el Mundial. Y con ocho años, iba a tener espacio para guardar su recuerdo. Eso, comparado con las sombras de memoria que tengo del 74, lo convirtió en mi primer Mundial de verdad. Y las banderas estaban listas para confundir patria con pasión.</p><p>Los argentinos medimos el tiempo en mundiales. Siempre sostuve que pensar la vida de esa forma es la única manera que encontramos para que la historia no se nos rompa en desengaños. Si miramos la decadencia que nos rodea, si recordamos las crisis o leemos los diarios de ayer, nos dan ganas de llorar. Pero si miramos las tres estrellas, entendemos que hay un hilo invisible, una costura hecha a mano que une aquel gélido junio de 1978 con el mediodía ardiente de México en 1986. Y que esos momentos de cielo concluyen en el recuerdo fresquito pospandemia, todavía con gusto a emoción y lágrimas, que nos dejó la tercera copa de nuestra vida.</p><p>Hay un detalle que los puristas de la estadística, que solo miran el mundo a través del cristal de los números, deberán reconocer: la historia oficial y las enciclopedias dicen que la tercera estrella se forjó durante diciembre de 2022 en un lejano desierto. Pero para los que caminamos el asfalto, para los que vimos arrancar esta bendita locura en el barro de las Eliminatorias o de la Copa América con las tribunas vacías y el barbijo colgando de la oreja, el verdadero viaje empezó en el 2020. Ese año fue bisagra. El mundo se detuvo, nos encerramos a extrañar el abrazo y, encima, paradoja del destino, fue en ese mismo año que Diego nos dejó solos para subir a delinear el milagro desde el cielo.</p><p>Aquella gesta que hizo justicia con Messi nació en el corazón de la zozobra de la pandemia. El fútbol era una forma de escapar y la vida, una moneda al aire. Por eso, la tercera tiene el sello de ese tiempo donde aprendimos, a la fuerza, a valorar lo que verdaderamente importa.</p><p>Retrocedo en el camino de nuestras tres estrellas y vuelvo al Villa Luro del 78. Tenía la edad justa para creer que el mundo terminaba en la avenida Juan B. Justo. El aire de la Argentina pesaba como una losa de hormigón. Había un silencio espeso, de persianas cerradas antes de tiempo. La política había dejado de ser ideología para convertirse en un plomo invisible que aplastaba la ligereza de los días y se llevaba la tranquilidad de toda una generación. La dictadura militar, que pretendía usar el Mundial como una pantalla para tapar los gritos que surgían desde el sótano de la historia, hizo con el tiempo que miremos al fútbol de reojo.</p><p>Yo no tenía ni siquiera una década de vida. Y eso me daba la envidiable ventaja de no comprender lo que realmente sucedía. Sin embargo, el Mundial 78 se vivió con el miedo andando suelto en Falcon verde y la desesperada necesidad de aferrarnos a una alegría que modificara, aunque sea un poco, la realidad de todos los días. Cuando los papelitos fueron como una nevada de inocencia sobre la tribuna de un país herido, cuando Kempes pisó el área de los holandeses arrastrando sus medias roñosas, pocos pensaban en Videla. Y muchos pensábamos en el abrazo con nuestros hermanos.</p><p>Ganamos la primera estrella, sí. Pero cuando se apagaron las luces del Monumental, la realidad nos esperó en la esquina con el mismo frío de siempre. Fue el campeonato de la contradicción: la pelota fue nuestra tabla de salvación en medio del naufragio, un instante donde el amor por los colores nos defendió de la intemperie y generó una noche oscura que culminó en Malvinas y en un Mundial 82 que pasó como un suspiro, dejando el tremendo recuerdo del llanto de las madres de los soldados.</p><p>En 1986 el país era otro y, a la vez, el mismo de siempre. Ese año nos encontró con la democracia recién estrenada, con las manos todavía temblorosas por la alegría de votar, con los bolsillos flacos por la crisis (otra más) y con una inflación que ya jugaba a las escondidas con el pobre salario en Australes de la gente. Raúl Alfonsín intentaba timonear un barco rodeado de tiburones y aquella sombra de la guerra, tan dolorosa, todavía flotaba en cada esquina. Encima, nos dijeron que con la democracia se comía, se educaba y se vivía. No fue así.</p><p>Pero llegó junio. Y entonces, Diego.</p><p>Lo de Maradona contra los ingleses en el 86 no fue solo fútbol; fue una reparación histórica nacida en las zanjas de Fiorito. La política económica del Plan Austral podía crujir, los milicos retirados podían amenazar desde las sombras, pero ese petiso de pecho inflado, altanero y soberbio le robó la billetera al imperio con la picardía del que sube al colectivo sin pagar el boleto. El gol con la mano fue algo así como el triunfo de la viveza criolla sobre la prolija frialdad del invasor. Y el segundo, el del barrilete cósmico, fue la demostración de que cuando un argentino lleva el potrero en el alma, es capaz de gambetear al olvido y convertirlo en eternidad.</p><p>Volvimos a salir a la calle, pero esta vez el aire era más liviano. Se podía gritar sin mirar atrás. En casa ya no estaban las banderas colgando de la terraza porque nos habíamos mudado a Villa del Parque. Y como todos saben, las banderas ondean distinto en esas calles.</p><p>Y así llegamos a la tercera. Como decía líneas más arriba, la foto del festejo final tiene la riqueza de la luz de Qatar, pero la fragua de ese equipo se armó en el barro espiritual de la pandemia. Que nos encerró, nos llenó de miedo la alacena y nos dejó contando muertos, con la mirada fija en el pavimento vacío a través de la ventana. En el barrio, aquella costumbre de apoyar los codos en el umbral de la vereda era casi un delito de lesa humanidad. Y la coyuntura política fue atravesada por una grieta tan profunda que ya no dividía solo las opiniones, sino a las mesas familiares.</p><p>En medio de ese vacío afectivo tamizado con videollamadas solitarias, donde los abrazos cotizaban en bolsa y el futuro tenía el tamaño de un barbijo, empezamos a ver nacer algo distinto. Una selección que no le pedía permiso a la historia grande y que nos regaló a un Messi inspirado en las gambetas de Diego. Depositamos nuestra fe ciega en ese rosarino catalán que ya no tenía que demostrarle nada a nadie, pero que seguía corriendo detrás de la pelota con la misma desesperación del nene que juega para que su mamá lo mire desde el borde de la cancha.</p><p>Cuando llegó el momento de la verdad en el desierto, la Argentina jugaba por algo más que por una estrella. Jugaba para ganarle al escepticismo. Para demostrar que la suma de las voluntades de un grupo de pibes que creció escuchando que este país no tiene arreglo, podía darnos la posibilidad de llorar de alegría legítima. La final contra los franceses fue el reflejo exacto de nuestra existencia: derrochar talento y después sufrir hasta el borde del infarto para terminar descubriendo que el paraíso está a la vuelta de la esquina.</p><p>Al final del día, cuando uno mira hacia atrás, se da cuenta de que los tres mundiales son las tres estaciones de un mismo tren. El primero fue el de la inocencia bajo sospecha. El de México fue el de la madurez gozosa, el de la libertad que salía a bailar un lento con la más linda de todas. Y la tercera estrella, parida desde el dolor del encierro, fue la copa de la justicia poética. La que le debíamos a nuestros hijos, la que nos devolvió la certeza de que el amor de la infancia es una bandera que se cuelga para siempre.</p><p>Me voy con una de las pocas certezas que me quedan: pase lo que pase en este Mundial, nadie nos va a quitar el derecho de volver a ser chicos cada cuatro años. Porque mientras haya un buzo arrollado en el piso para hacer de arco en la plaza de la vuelta, mientras una madre ruegue a los gritos "¡ponete algo que está fresco!" y mientras entendamos que una pelota de fútbol encierra el misterio del universo, la Argentina seguirá siendo ese lugar sagrado donde el amor apasionado y la victoria sobre el olvido, igual que las banderas que quedaron en la terraza de mi infancia, son sentimientos que duran para siempre. Gracias a Dios.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/0gLHi4B4X4d5YzbY5uB4iA8YMAI=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/06/tres_estrellas_mundial.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>Recuerdos y momentos vividos durante las tres copas ganadas por la Selección mientras una nueva ilusión está en marcha.]]>
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                                <updated>2026-06-07T13:25:06+00:00</updated>
                <published>2026-06-07T13:15:24+00:00</published>
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            Vecinos
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                <![CDATA[Raúl Vázquez]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/001j9TuuRhv1ppoDXRexGpPsM-E=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/05/vecinos.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>El fin de semana suele ser un momento en el que el tiempo juega a nuestro favor. Caminás con la falta de atención justa como para no sucumbir debajo de un colectivo, mirás a media altura, sin el pensamiento enfocado en lo que sigue o en lo que te espera en la oficina. En el medio de ese tiempo donde no sabés si disfrutás a medias o si esperás la tortura del lunes, me crucé en el ascensor con un hombre cuyo semblante era, por definirlo rápidamente, oscuro como de martes lluvioso. Mirada al piso, silencio incómodo, oídos sordos al saludo del sábado y tres pisos hacia abajo que duraron una eternidad. Se bajó, salió presuroso hacia la puerta de calle, abrió y se fue. Lo mandé a cagar internamente y ahí me di cuenta de que era uno de mis vecinos que vive algunos pisos más arriba.</p><p>Las tormentas diarias que nos aquejan funcionan como excusa para olvidar el saludo o la sonrisa. Lo entiendo. Como también entiendo que cada uno tiene sus luchas personales y que, encima, el país no ayuda demasiado para sonreírle al gordo que vive metros más abajo. Es verdad.</p><p>Tomé Larrea hacia el este y seguí caminando. A los dos o tres pasos, pensé en eso que más de una vez aseveramos y que no siempre comprobamos. La ciudad de hoy te aísla. Somos millones de soledades peleando por lo nuestro. La distancia que nos separa del prójimo es cada vez más amplia. Aunque nos choquemos en el palier y nos saludemos con una sonrisa impostada.</p><p>Pase el tiempo que pase, hay cosas que no cambian. O, mejor dicho, hay cosas que tienen una memoria tan fuerte que se resisten al olvido. Los años 80, con su mezcla de aire de cambio y esa pátina de lo que ya no estaba, tuvieron en los barrios una expresión única, un micromundo donde la vida se desplegaba como un gran escenario a cielo abierto. Y los protagonistas, claro, eran los vecinos.</p><p>Eran tiempos donde el portero del edificio, que eran menos que los de hoy, más que un empleado, era el guardián de todas las historias. El que sabía quién venía, quién se iba, a quién le habían roto el corazón o quién había llegado con un auto nuevo. Doña Rosa, la de Planta Baja y no la de Neustadt, con sus persianas siempre entreabiertas, era la cronista de la cuadra. Su vida entera transcurría detrás de ese vidrio, observando y comentando con una precisión digna de un periodista de investigación.</p><p>En Villa Luro, barrio de casas bajas, los edificios eran potestad de las avenidas. Sobre la calle Camarones, los umbrales y las casas con fondo eran el escenario más común. Eran como mundos amurallados por ligustrinas y medianeras de ladrillo a la vista. La casa con fondo de los años 80 no era solo una tipología edilicia; era la declaración de principios de la clase media que supo ser el motor de la Argentina, y era también el escenario de una vida que hoy parece extinguida. Una higuera de hojas ásperas, un limonero que abastecía a todo el barrio, una parra moscatel de sombras amables y un níspero pegajoso completaban el escenario.</p><p>El almacén de la esquina, de paredes pintadas de un ocre viejo y con olor a pan recién horneado, era el centro de operaciones. Allí se intercambiaban recetas, se comentaban las noticias del informativo del mediodía y hasta se armaban los planes del fin de semana. El almacenero, con delantal blanco y un lápiz detrás de la oreja que se usaba solo cuando pedíamos que lo anotara para mamá, era el gran confidente, el que escuchaba los secretos de todos y los guardaba celosamente.</p><p>En los 80, la vecindad era una red de afectos y conflictos, una familia extendida donde todos se conocían, se ayudaban y, a veces, se peleaban con el mismo fervor. No importaba si eras de derecha o de izquierda, si te gustaba el tango o el rock. Lo que importaba era la cercanía, la seguridad de saber que si te pasaba algo, siempre habría una mano amiga o una silla en la vereda para charlar. Los vecinos eran un universo en sí mismo, un reflejo de la vida, con sus luces y sus sombras, pero siempre, siempre, con las puertas abiertas.</p><p>Siento una nostalgia particular por aquellos años. No solo por la música, la ropa, los amores de la primaria o los autos, sino por una forma de vida que se fue desdibujando. En esos días, el barrio era una extensión de la casa, y los vecinos no eran solo los que vivían al lado, sino que eran verdaderos protagonistas de nuestra vida cotidiana. El concepto de red social no existía, pero su esencia estaba ahí, en la señora que te prestaba una taza de azúcar, en el vecino que te arreglaba la canilla que gotea y en la vecina que nos miraba mientras mamá hacía las compras.</p><p>Con pocos más de diez años, los chicos éramos una parte fundamental de esa trama. Las calles eran nuestro estadio, nuestro campo de batalla futbolero y también nuestro escenario para jugar a la Mancha, al Poliladron, al Quemado o al Elástico. Las madres nos llamaban a los gritos desde la puerta de calle, y la respuesta era una señal de que la jornada de juego había terminado. Los vecinos actuaban como una especie de tíos o abuelos sustitutos. Te retaban si te subías a una medianera, pero al mismo tiempo te daban agua de la canilla del pasillo cuando te morías de calor. Era una crianza comunitaria, donde todos se sentían responsables de nuestro crecimiento. El barrio era un escenario vivo, un lugar donde los lazos sociales se tejían de forma natural y espontánea. No había necesidad de agendas o citas. Simplemente se salía y la vida sucedía.</p><p>La vereda ya no es lo que era. Y aunque esto se parezca al lamento de un viejo tanguero, es más bien la constatación de una grieta invisible que el tiempo fue cavando entre el empedrado y el alma de los barrios. Porque si uno se detiene hoy en cualquier esquina de Buenos Aires a ver discurrir el hormiguero humano, cuesta creer que seamos los mismos que habitamos aquella intemperie feliz de los ochenta.</p><p>Estas líneas no suponen una invitación a mirar el ayer con nostalgias baratas, sino con los ojos del que sabe que perdimos algo valioso en el trueque con el progreso. Porque no me vas a negar que hoy la vereda es como un desierto apurado. Caminamos con la mirada clavada en una pantalla de cinco pulgadas, esquivando baldosas flojas y miradas ajenas. Los frentes de las casas, antes abiertos al saludo y la sonrisa, con Pugliese o Julio Iglesias brotando de sus combinados, hoy se esconden detrás de rejas y cámaras de seguridad que desconfían del que pasa. Hoy las persianas bajas blindan secretos que a nadie le importan, y el silencio de las tardecitas se llena con el zumbido de los motores y el apuro por llegar a ninguna parte. Nos ganamos la comodidad de la cerradura electrónica, es cierto. Pero entregamos la llave de la confianza.</p><p>En estas líneas descubro, una vez más, que la memoria es el rastro del sol sobre las baldosas calientes del patio del abuelo; y el olvido, la sombra silenciosa que avanza cuando la tarde se apaga. Quizás el error sea buscar el barrio en el mapa y no en nuestra memoria.</p><p>Miro la vereda vacía mientras suenan las teclas. Está iluminada por el neón frío de una pantalla pública, y no puedo evitar la nostalgia de aquel territorio de puertas abiertas, donde el destino era un asunto colectivo y la felicidad se medía en sonrisas bajo la sombra de un árbol que servía de arco en la placita Don Bosco. Nos queda, al menos, el desafío romántico de volver a mirarnos a los ojos cuando nos crucemos en el palier. Aunque creo que, por cómo inició esta nota, debería mudarme. Al fin y al cabo, el barrio no eran las casas, las esquinas ni las lejanas vidrieras de la avenida. El barrio éramos nosotros.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/001j9TuuRhv1ppoDXRexGpPsM-E=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/05/vecinos.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>La pluma de Raúl Vázquez en su homenaje a esa familia que e gesta al compás de las tardes y los años en familia.]]>
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                                                <category term="opinion" label="Opinión" />
                                <updated>2026-05-17T16:34:36+00:00</updated>
                <published>2026-05-17T16:33:05+00:00</published>
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        <title>
            Figuritas
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                <![CDATA[Raúl Vázquez]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/yv56ILPFlyoU1knX_clHEMHCkk4=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/05/figuritas.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Desde hace unos pocos días somos testigos del renacimiento del furor por las figuritas del mundial. Como ocurre cada cuatro años, seremos testigos de cómo el comercio y la pasión estarán unidos por el deseo de tener pegadas en el álbum la imagen del lateral derecho de Uzbekistán o del arquero suplente de Cabo Verde. Una vez más, el fútbol (que, como todos sabemos, de las cosas menos importantes es la que más nos importa) será la excusa para llenar nuestros bolsillos de rectángulos con fotos y nombres desconocidos para que nuestros hijos, sobrinos y (¿por qué no?) nosotros, lleguemos a completar los 48 equipos que jugarán desde junio el Mundial 2026.</p><p>Quienes hemos pasado los 50, tenemos el gran privilegio de haber visto a la Argentina campeón del mundo tres veces y, en consecuencia, tenemos los mejores recuerdos de las tres estrellas. Eso, además de convertirnos indefectiblemente en viejos, nos hace también personas con la experiencia suficiente como para recordar y entender lo que significaba abrir un paquete de figuritas y sonreír silenciosamente cuando veías emerger del sobrecito la inigualable figura de Mario Kempes o Daniel Bertoni.</p><p>Recuerdo mi pequeñez y el sol de la tarde pegando de costado en las veredas de Villa Luro, recortando sombras largas sobre esas baldosas arenosas estilo vainilla. No era un sol cualquiera; era el reflejo de un escenario donde se dirimía el prestigio, la fortuna y el honor de la infancia. En el bolsillo del pantalón corto, o inclusive en la mano, el pilón de "repes" atado con una bandita elástica funcionaba como el pasaporte a un mundo de transacciones febriles. El Merval, la Bolsa de New York o los mercados de Tokio eran nada al lado del comercio que se generaba en recreos, esquinas y quioscos.</p><p>Hoy, cuando veo esos sobres metalizados, brillantes como fuselajes de naves espaciales, no puedo evitar sentir que algo se rompió en el camino. No es solo el paso del tiempo, que actúa como un viejo cartero que siempre golpea dos veces. Es la textura de la emoción que cambió y que nos trajo hasta aquí.</p><p>Abrir un paquete de figuritas en los años 80 era vivir la liturgia del sobre y el aroma del misterio. Era un ejercicio de misticismo laico. El sobre era de un papel humilde, algo rugoso, que se resistía un poco al tirón de los dedos. Al rasgar el borde, lo primero que nos asaltaba era un aroma particular, una mezcla de tinta fresca y ese pegamento seco que hoy parece haber desaparecido de la faz de la tierra. Allí nacía un microsegundo de suspenso absoluto. Entre las manos sucias de vereda y casa chorizo, podía aparecer el rostro heroico de un arquero con buzo de lana o, con suerte, la difícil, esa figurita que por alguna alquimia del destino y de la imprenta, se negaba a aparecer en los quioscos del barrio pero que, según juraban en la escuela, un primo de un amigo de un vecino había conseguido en una excursión lejana a Mataderos, Liniers o Ciudadela.</p><p>Hoy, la tecnología ha domesticado la sorpresa. Los álbumes modernos son maravillas del diseño gráfico, con efectos holográficos, realidades aumentadas y códigos QR. Pero, paradójicamente, esa perfección les quita el alma. El niño de hoy abre el sobre con la velocidad del que consume un contenido de TikTok: rápido, eficiente, descartable. La expectativa se ha vuelto industrial. Ya no hay lugar para la leyenda urbana de la figurita imposible porque el mercado, en su afán de permitir que todos intentemos llenar el álbum sin tropiezos evidentes, ha eliminado el misterio para darle lugar a la efímera alegría que supone una página completa y que pasa al recuerdo en un instante, justo cuando el desafío de la siguiente página incompleta se hace protagonista.</p><p>Juntar fichus era para nosotros en los 80 solo la mitad del asunto. La verdadera épica se escribía cuerpo a tierra. Porque la verdadera razón por la que todos nos desvivíamos por tener figuritas era el juego. No el que aparece en los celulares, promocionado como casinos digitales y que puede enfermar a nuestros hijos para siempre. No. No era ese. Jugar a las figuritas, como todos sabemos, era una disciplina deportiva que requería técnica, psicología y una resistencia física envidiable para nuestras rodillas hoy maltrechas.</p><p>Los más destacados, dignos de formar parte de los Juegos Olímpicos, eran tres. La Tapadita o El Chupi, que sucedía al instante de un golpe seco con la palma de la mano, buscando el vacío, el efecto succión que diera vuelta el cartón ajeno. El Punto, un juego pensado para los más rústicos, donde la puntería y la distancia lo eran todo. Y El Espejito, último de la trilogía perfecta, que era una verdadera danza de reflejos y astucia que por lo general se jugaba cuando las repes eran muchas y el peligro de quedarse pelado (que era quedarse sin figuritas, y no sufrir de calvicie) era lejano.</p><p>Enfrentarse al enemigo circunstancial del grado era poner en juego el patrimonio. Perder una figurita brillante del escudo de nuestro club amado dolía más que una mala nota en matemáticas. Y salir derrotado de ese encuentro representaba una pérdida de prestigio sólo comparable con aquellos que esgrimían figuritas limpias y relucientes, que dejaban entrever que eran hijas más del dinero de los tíos del centro que de las batallas en el campo del honor. Porque las figuritas con las que jugabas se gastaban, se les redondeaban las puntas de tanto trajín, se curtían en la batalla del piso áspero del colegio. Y esa pátina de uso era la marca de un verdadero veterano de guerra.</p><p>Hoy, el juego parece haber migrado a la pantalla. Los chicos intercambian cromos digitales en aplicaciones o juegan partidas en consolas donde los jugadores son polígonos perfectos. El tacto ha sido reemplazado por el clic. Se gana y se pierde en un vacío aséptico, sin el olor a tierra, sin la fricción del cartón contra la piel, sin la mirada fija en los ojos del rival para adivinar su próximo movimiento. La milagrosa llegada las figuritas del Mundial vino, en parte, a destruir pacíficamente un mundo de algoritmos donde, a fuerza de desengaños digitales, perdimos la inocencia que nos daba la frenética búsqueda del volante tapón de Chaco For Ever. Dios quiera que nuestros hijos o nietos jueguen y vivan este álbum 2026 con el entusiasmo que lo vivimos nosotros. Y que reconozcan para siempre aquellas reglas no escritas, verdaderos códigos de honor que se transmitían de generación en generación en los patios del colegio o en el umbral de nuestras casas.</p><p>Acumular para completar el álbum era el equivalente infantil a terminar una carrera universitaria. Y pegar cada figurita, además de experimentar como nunca la sensación del deber cumplido, era un acto de precisión quirúrgica en la que jamás nos hubiéramos imaginado que en estos tiempos podría resolverse con figuritas autoadhesivas. Usábamos plasticola o, en los casos más rústicos, un rollito desprolijo de cinta Scotch. El álbum iba engordando, cobrando vida propia, convirtiéndose en un objeto de consulta permanente.</p><p>&nbsp;</p><p>En aquellos días, la industria de las figuritas también contemplaba asociaciones. Juntar con alguien y ser socios en el llenado de las páginas, era la respuesta del mercado a la falta de recursos. Por lo general, algunos compraban un álbum sabiendo de antemano que no iban a contar con suficientes figuritas. Ahí nacía la idea de compartir los gastos, generar ganancias en tándem y ahorrar dinero. Se unían y trabajaban por el objetivo. El problema era resolver quién se quedaba con todo una vez que se llenaba el ejemplar. ¿Se sorteaba? ¿Se lo llevaba uno cada semana? ¿Se lo quedaba el que más aportó a la causa? ¿Lo definían a los golpes? Nunca lo supe. Lo cierto es que tal vez en esas rencillas de primaria estábamos descubriendo sin querer las injusticias del mercado y hasta la convivencia de clases.</p><p>Pero volvamos a las figuritas, la verdadera esencia de nuestra vida de primaria, previa a los amores esquivos que llegarían después. Mirar las caras impresas en el cartón de los jugadores en los 80 era asomarse a la estética de la resistencia: bigotes espesos, melenas al viento sin el rigor del gel, camisetas de piqué empapadas de sudor y botines invariablemente negros. Eran hombres que parecían más grandes de lo que eran, estrellas de un fútbol que todavía olía a barrio y a domingo de radio. Ídolos cercanos que se parecían a lo que soñabamos ser.</p><p>Hoy, el álbum es un producto de marketing global. Los futbolistas pegados en sus hojas delgadas son modelos de pasarela con cortes de pelo milimétricos, barbas dibujadas y tatuajes que parecen diseñados por computadora. Ya no hay espacio para el error, para la figurita descentrada o el color desfasado por errores de imprenta. La nostalgia nos dice, sin dudas, que preferimos aquella imperfección humana sobre este impecable presente digital.</p><p>¿Por qué nos sigue doliendo el recuerdo de aquel sobrecito de figuritas? Quizás porque en ese trozo de cartón estaba contenida toda nuestra capacidad de asombro. Éramos dueños de un imperio que cabía en una caja de zapatos. No necesitábamos algoritmos para ser felices; nos bastaba con un "late-nola" gritado con los nervios que nos da la incertidumbre. El coleccionista de hoy, muchas veces un adulto que intenta recuperar el tiempo perdido comprando cajas cerradas por internet, busca en el brillo del cromo un reflejo de su propia infancia. Pero la magia no se puede comprar al por mayor. La magia de nuestros días residía en la escasez, en el deseo postergado, en la caminata hasta el quiosco rogando que hayan llegado los paquetes y que no me toque otra vez el Conejo Tarantini.</p><p>Hoy, cuando el mundo nos exige ser productivos, eficientes, prolijos y estar siempre conectados, el recuerdo de las figuritas aparece como un refugio. Nos lleva a ese momento en el que lo más importante en la vida era conseguir la cara del puntero derecho de Platense. Y aunque el álbum de nuestra vida ya pasó por varias hojas la mitad, nos queda al menos la nostalgia teñida de ese aroma a tinta y cartón que todavía flota en algún rincón de la memoria.</p><p>Por más que el juego haya cambiado, aquel niño que fuimos todavía sigue ahí, esperando que el próximo sobre contenga, por fin, la figurita más difícil de todas. Esa que, a fuerza de deseo, se resume simplemente en la imagen de nuestros viejos abrazándonos para siempre.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/yv56ILPFlyoU1knX_clHEMHCkk4=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/05/figuritas.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>El Mundial 2026 reaviva una pasión que cruza generaciones: abrir sobres, cambiar repetidas y perseguir la más difícil.]]>
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                                                <category term="opinion" label="Opinión" />
                                <updated>2026-05-03T15:26:03+00:00</updated>
                <published>2026-05-03T15:22:52+00:00</published>
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        <title>
            Amores
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                <![CDATA[Raúl Vázquez]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/2ILi003RZSagYMifi6WyS1w3ftA=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/04/amores.png" class="type:primaryImage" /></figure><p>La puerta del subte D se abrió y devoró a los pasajeros camino a Belgrano, como cada mediodía a la salida de la radio. Ya tomado del pasamanos, y antes de meterme en la improductiva vorágine del celular, me sorprendió el beso apasionado de una pareja que no debería tener más de dos o tres años juntos. La experiencia te ayuda, entre otras cosas, a reconocer el amor, su intensidad y también a tener alguna certeza sobre el tiempo o la calidad de relación de algunos desconocidos. Es cuestión de proponérselo, de observar y de reconocer algunos detalles que cambian a medida que pasan los años. Vos sabés de qué estoy hablando.</p><p>Lo cierto es que a la altura de Callao o Facultad de Medicina, la amorosa pareja cambió el semblante y empezaron a discutir. No sé sobre qué. Tampoco importa. La cosa es que a pocos segundos de llegar a Carranza, ella se paró de un salto mientras, entre susurro y grito, lanzó un “¡Siempre lo mismo!”. ¡Estoy harta!”. Dejó el vagón apurando el paso y, quién sabe, dejó también a su pareja. No lo sé; tal vez, fue el comienzo o la triste continuidad de una forma de relación que, a poco tiempo de iniciarla, empezó a ser pasado. Andá a saber.</p><p>Mientras ella se alejaba y él sacaba su celular del bolsillo interno del saco, se me ocurrió pensar que a simple vista, el amor de hoy es muy similar a scrollear en TikTok. Si no va, lo pasás. Y si te gusta, te quedás un rato y te vas. Bien distinto al amor de quienes cumplimos más de 25 años de casados. Ni que hablar, si lo comparamos con el de nuestros viejos, una verdadera oda a la perseverancia.</p><p>Guardé mi celular y entendí que no estaría mal bucear un poco. Me preparé para bajar en Juramento y ahí, entre mi repetido insulto por la maldita escalera mecánica que nunca funciona, empecé a delinear en mi mente alguno de los párrafos que aquí intentarán comparar el amor de antes con el de nuestra parejita amiga. Un desafío complejo y profundo. Veremos.</p><p>En principio, podemos decir que existe un perfume que ya no se siente en las veredas de la ciudad. Un aroma sutil, casi invisible, mezcla de las sensaciones que teníamos en los zaguanes de los años jóvenes, en las esperas bajo la lluvia con un ramo de flores envuelto en papel celofán, o de las cartas escritas a mano donde cada palabra era un compromiso sellado con tinta, fervor y una pizca de esperanza.</p><p>Podemos sumar algo si también afirmamos que nosotros nada tenemos que ver con el amor que creció en un algoritmo. Y mucho menos nuestros padres, quienes se enamoraron con la mirada, con el mandato, con la duda atravesando el alma o hasta con el roce fortuito en un baile de club. Los de nuestros viejos eran tiempos donde el amor no era una opción de menú en una pantalla táctil, sino un proyecto de ingeniería emocional que se construía ladrillo a ladrillo, con la certeza de que la casa, una vez levantada, no se abandonaba ante la primera gotera.</p><p>Nuestros padres, y en una de ésas también nosotros, entendieron a la fuerza algo que hoy parece una lengua muerta: que el amor es, esencialmente, una forma de la voluntad. No se trataba solo de mariposas en el estómago (que seguramente las había), sino de la convicción de que el otro era el compañero de trinchera para la batalla de la vida. Se casaron jóvenes, con más sueños que ahorros, y fundaron hogares sobre la base de un aguante que hoy suena a sacrificio, pero que para ellos era simplemente la forma natural de transcurrir los días.</p><p>Ya hablamos en este foro sobre la mística del zaguán y del teléfono de Entel. Pero no viene mal traerlo a la mesa nuevamente. Al menos como para hacer notar la diferencia de esfuerzos que implicaba el amor cuando éramos chicos. En los 70 y los 80, el amor era un ejercicio de resistencia. Para ver a tu novia, había que sortear la mirada inquisidora del futuro suegro en el living, bajo la luz mortecina de una lámpara de pie. No había mensajes de WhatsApp para avisar que estabas llegando. Se llegaba. De una y sin avisar. Y si no se llegaba, el vacío se llenaba con la angustia de lo incierto, lo que le daba al encuentro posterior una intensidad casi eléctrica.</p><p>El compromiso se forjaba en la escasez. Un llamado telefónico era un evento. Había que esperar a que la línea estuviera libre, discar número por número en aquellos aparatos negros de Entel que pesaban como una conciencia, y rogar que atendiera ella y no el padre. Esa dificultad no era un obstáculo; era el abono del deseo. Deseábamos aquello que nos costaba conseguir. Y como todos sabemos, lo que cuesta conseguir, se cuida con un celo casi religioso. No sé si los chicos de hoy podrán saborear esa victoria.</p><p>Las parejas que llevamos alrededor de 25 años juntas somos observadas con una mezcla de envidia, incomprensión y asombro. Nos ven como a los sobrevivientes de un naufragio cultural. Somos, sin darnos cuenta, el eslabón perdido, el puente entre dos mundos. Porque crecimos con la disciplina de los 70 y los 80, pero nos tocó criar a nuestros hijos en la era de la inmediatez. Bastante bien estamos.</p><p>¿Y cómo hicimos para llegar hasta acá? La respuesta es corta y contundente: no tiramos la toalla cuando la toalla se manchó. Somos parejas de plata que comprendimos que el amor de 25 años es un sentimiento que se arruga, que a veces se nubla, que atravesó el tamiz de las crisis económicas, de las enfermedades, de la duda, de la crianza agotadora, del envejecimiento, del cuerpo que cambia, de las mañas que se acentúan y, sobre todo, del tedio. Pero también somos, orgullosamente, el exitoso resultado de todo eso.</p><p>El tedio es el gran enemigo del amor moderno. Quienes somos pareja desde hace más de un cuarto de siglo supimos domesticar la rutina. Entendimos que el silencio en el desayuno no es falta de interés, sino la comodidad de saber que el otro está ahí, que el amor no es a los gritos ni crece a fuerza de charlas intrascendentes. Tuvimos la capacidad de perdonarnos las miserias cotidianas y de soslayar las pequeñas decepciones. Nuestro compromiso, más que un contrato firmado ante un juez, es un pacto silencioso que se renueva cada mañana en el simple acto de seguir eligiendo a la misma persona, a pesar de conocerle todos los trucos.</p><p>Crucemos ahora de vereda para encontrarnos con el presente. El panorama es, cuanto menos, desolador para los nostálgicos del compromiso. Vivimos en la era de la obsolescencia programada y, lamentablemente, hemos aplicado ese ruinoso concepto a las relaciones humanas. Hoy, el amor es una mercancía más en el mercado de la gratificación instantánea.</p><p>Las parejas actuales han sido educadas en la cultura del descarte. Si el celular se vuelve lento, lo cambiamos. Si la aplicación se tilda, la borramos. Si el plasma pasó dos mundiales, a la calle. Y si la pareja presenta un conflicto, soltamos. Se ha confundido la salud mental con la incapacidad de tolerar el mínimo malestar. El compromiso se percibe como una cárcel; y la libertad, como una sucesión infinita de opciones que nunca devienen en algo profundo.</p><p>El macheo de las aplicaciones ha despojado al encuentro de su mística. Se elige por catálogo, basándose en una estética filtrada por Instagram. El otro ya no es un misterio a descubrir, sino un objeto de consumo. Y como todo objeto de mercado, genera una satisfacción efímera que exige una renovación constante. ¿Para qué esforzarse en reparar una relación que tiene una falla si puedo deslizar el dedo hacia arriba y encontrar un repuesto nuevo en pocos minutos?</p><p>La falta de compromiso en la mayoría de las parejas jóvenes es el síntoma de una sociedad que le teme al dolor. Amar en serio duele. Exige ceder, negociar, postergar el ego propio en función del concepto de nosotros. El problema es que ese nosotros es hoy una entidad muy frágil, casi transparente. El individualismo feroz nos ha convencido de que cualquier sacrificio personal en pos de la pareja es una pérdida de autonomía.</p><p>Vemos parejas que conviven meses y se separan por una discusión que para nuestros viejos o para nosotros no merece siquiera una mirada. Vemos vínculos que se rompen por mensaje de texto porque uno de los dos está aburrido o confundido. Les falta ese espesor emocional que tienen los amores que nacen dudosos, se hacen fuertes y llegan por fin a tener la piel curtida para aguantar las tormentas. El amor, definitivamente, ha cambiado la profundidad del océano por la comodidad de una Pelopincho: es más segura, sí. Pero no tiene horizonte.</p><p>El amor moderno es un amor con miedo. Miedo a perderse algo mejor, miedo a ser vulnerable, miedo a que el otro vea nuestras cicatrices, miedo a las dudas y miedo al engaño. Por eso se mantiene en la superficie, en lo lúdico. Sin comprender que en la superficie no están las raíces que lo sostienen.</p><p>¿Es mejor el pasado que el presente? No necesariamente. Había en los 70 silencios que ocultaban dolores que hoy, por suerte, se hablan. Había también parejas con amores dolorosos y angustiantes que no debieron consumarse. Sí, es cierto. Había individualidades que caminaban disfrazadas de pareja que no debieron unirse. Parejas que con solo verlas cruzar la calle reconocíamos que algo había fallado y que simplemente no se atrevían a desviar sus caminos. Es verdad. Pero en esa búsqueda de la transparencia, en ese temor a que no nos quieran y al fracaso, hemos perdido la solidez que da el amor que se entrena. El amor con errores. Con perdón. El amor que reconoce a la persona de la que nos enamoramos y que, cambiada, con la piel arrugada y con algunas heridas a la vista u ocultas, vuelve a aparecer en esa sonrisa que se le dibuja cuando nos ve llegar.</p><p>Lo peor de todo es que se terminan los renglones y no encuentro las respuestas. No sé qué ha pasado con el amor. No sé si hoy es superficial y antes era forzado. No lo sé. Quizás el secreto esté en mirarlo no como un sentimiento que se tiene, sino como algo que se hace. Con paciencia, con perdón y, fundamentalmente, con la idea de que las cosas valiosas son las únicas que merecen ser reparadas.</p><p>Mientras tanto, en las pantallas de los celulares, la danza de rostros continúa. Nuestro pulgar se desliza y nos muestra miles de opciones para corazones que, irónicamente, se sienten más solos que nunca. En una de esas falta la valentía necesaria para quedarse cuando todo nos invita a escapar. Porque al final del día, el amor no se trata de encontrar a alguien perfecto, sino de construir una historia con alguien que, al igual que nosotros, está dispuesto a no soltarnos la mano cuando el camino se pone empinado.</p><p>Ahí está el verdadero amor. En el que no se baja del subte.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/2ILi003RZSagYMifi6WyS1w3ftA=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/04/amores.png" class="type:primaryImage" /></figure>Un recorrido íntimo que contrapone la lógica del compromiso con la cultura del descarte contemporáneo.]]>
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                                                <category term="opinion" label="Opinión" />
                                <updated>2026-04-19T13:05:07+00:00</updated>
                <published>2026-04-19T12:54:47+00:00</published>
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        <title>
            Malvinas
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                <![CDATA[Raúl Vázquez]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/3tXnbGdTMMDhPmEfWJOdOtiFtUI=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/04/malvinas.png" class="type:primaryImage" /></figure><p>Recuerdo con una mezcla de estupor y nostalgia la mañana en que nos juntamos con mis compañeros de primaria a juntar chocolates. Recuerdo también la inocencia con la que tratábamos de enviar en cada envoltorio la misma cantidad de gramos, como para ser justos con cada soldado. Con el tiempo, me di cuenta de que ese acto de justicia fue tal vez el único o el último que la sociedad había tenido con esos chicos que nos defendían del invasor.</p><p>La Escuela Gendarmería Nacional de la calle Juan Agustín García, en la que se cobijaba mi infancia, se había hecho eco, como tantos otros colegios, de la idea de dedicar algunas jornadas a enviar chocolates y cartas a los soldados. Necesitaban armas, abrigo, órdenes coherentes y nosotros les enviamos chocolates y dibujitos.</p><p>Con la inocencia de los doce años, llenos de esperanza, en la certeza de que estábamos ganando y envueltos en la ignorancia de creer que el imperio británico no iba a venir desde tan lejos a reclamar lo que habían robado, algunas decenas de chicos de primaria resolvieron hacer patria de la manera en que podían. En mi caso, además, era la oportunidad de estar cerca de Ana María, aquel amor esquivo del que ya hablé en esta columna. Lo cierto es que esa mezquina idea de armar paquetitos de dulces al lado de la compañera que me gustaba, más la posibilidad de dejar de sufrir con las matemáticas, puso un poco de manifiesto esa idea de que la guerra nos parecía a todos algo distante. Como un juego que, amparados en la seguridad de Buenos Aires, nunca íbamos a padecer. Porque estábamos lejos.&nbsp;</p><p>Tan lejos como el principito de Buckingham o la casa de Alexander Haig. Para nosotros, la guerra era una aventura lejana, una película de las de antes, pero con nuestros colores. Y esos chocolates en bolsitas de nylon, y esas cartas, iban a ser recibidas por soldados que eran para nosotros gigantes invencibles protagonistas de una película que iba a tener final feliz.</p><p>A medida que la mañana pasaba con Ana María siempre distante y mientras las Titas y las Rhodesia se iban en tándem con los alfajores Milkybar, había algo en el aire de ese otoño que no terminábamos de entender, pero que nos llenaba el pecho de orgullo. Mis compañeros y yo teníamos la edad en la que dejábamos de jugar a los soldaditos para empezar a mirar el mapa con una seriedad impostada, creyendo que el destino del mundo pasaba por el patio de la escuela. Después, cuando meses más tarde la derrota nos puso delante de la verdad revelada, todo fue desengaño.</p><p>Recuerdo el frío de esa mañana que, más que para bufanda y guantes de lana, era como un frío conceptual que salía de la radio, de las voces graves que hablaban de una gesta mientras nosotros, en el recreo, jugábamos a ser Kempes en el Mundial 82. Recuerdo también, aunque vagamente, ver al director de la escuela, un tal Tomasi, ayudando con alegría en la logística de los chocolates. Y, en un instante, emerge de mi memoria su imagen en la Dirección. Leía el diario en silencio, encorvado sobre la tinta, con el ceño fruncido impuesto por lo que sucedía en Puerto Argentino, mientras el humo de su pipa dibujaba formas que a mí me parecían barcos hundiéndose en el techo del colegio.</p><p>En Villa Luro, las ventanas comenzaron a vestirse con las banderas que estaban guardadas desde el Mundial 78. Pero igual había una vibración sorda que no llegábamos a comprender. Creíamos en la victoria con la fe ciega de los que todavía no conocen la trampa de las palabras. De a poco, la sensación fue cambiando. El chocolate que mandábamos sabía más amargo. Las noticias empezaron a llegar con cuentagotas y el tono de la tele se volvió bastante más denso, más oscuro, parecido al cielo antes de la tormenta. Como ya no jugábamos a los soldaditos, empezamos a mirar a los pibes de veinte que caminaban por la calle con otros ojos, porque sabíamos que ellos podían ser los de las fotos. La inocencia se nos estaba escurriendo por las costuras de los bolsillos.</p><p>Desde nuestros doce años, lo que más nos costaba digerir no era la estrategia militar o el alineamiento de Estados Unidos con el enemigo, sino la prepotencia de lo ajeno. Para nosotros, el mapa de la Argentina en el manual de Geografía no era una opinión política, era una suerte de dibujo sagrado, como el patio de casa o el frente de la escuela. Y de repente, ese imperio que sólo conocíamos por los Beatles o por las invasiones de 1806 y 1807 que luego leeríamos en el libro de Ibañez, se volvía real, tangible y gélido. Era la sensación de que alguien, con la fuerza y la soberbia de quien se sabe superior, ponía un dedo sobre nuestro mapa y decidía que ese pedazo de turba y frío le pertenecía por un derecho de fuerza que nuestra lógica infantil no lograba procesar.</p><p>Lo que dolía, además de la muerte, por esa sensibilidad a flor de piel de la preadolescencia, era la indiferencia de esa maldita bandera cruzada. Para ellos éramos (hoy también lo somos) un punto perdido en el Atlántico Sur. Un trámite administrativo. Para nosotros, Malvinas fue el despojo de un pedazo de identidad. El colonialismo es, en el fondo, una forma de decirnos que nuestros sentimientos no valen nada frente a los intereses de la corona y el acero. El imperio británico no solo nos ganó una guerra; nos robó la idea de que el mundo era un lugar donde las cosas pertenecían a sus dueños. Nos enseñó, y de la peor manera, que la geografía se escribe con la tinta de los que mandan, aunque no tengan razón. Por eso arriesgo y digo que quien admire a ese imperio merece mi desprecio.</p><p>Volvamos a la escuela. Promediando junio y séptimo grado, el invierno se nos instaló adentro para siempre. Recuerdo la cara de Tomasi, quien debía enfrentarnos mientras izábamos la bandera sin saber qué decir. Recuerdo a Ana María llorando porque el alma de su primo se había quedado para siempre en las Islas. Recuerdo un silencio largo, espeso, que cubrió el patio del colegio y las calles del barrio con una neblina que no se iba con el sol. En esos días comprendí que se podía llorar por gente que no conocías. Aprendí que los mapas también duelen. Y que la derrota era mucho más que perder unas islas que nunca habíamos pisado. Perder también fue descubrir que nos habían mentido con la misma facilidad con la que nos cuentan un cuento antes de dormir.</p><p>A los doce años, la derrota de Malvinas tuvo para nosotros un agrio sabor a hierro y sal marina. En el momento exacto en el que supimos que los chocolates y las cartas jamás llegaron, nos dimos cuenta de que el mundo ya no era un lugar seguro, que los gigantes también caen y que, a veces, los barcos no vuelven. Nos quedamos ahí, sentados en el patio del mástil, con las banderas guardadas y el alma un poco más vieja, mirando hacia el sur, mientras el frío de Malvinas se nos quedaba a vivir en los huesos. Aquel otoño, sin darnos cuenta, y aunque el almanaque decía lo contrario, dejamos de ser chicos.</p><p>El tiempo, siempre hostil y autoritario, pasó. Para algunos, mientras tanto, las heridas de la guerra fueron sanando. Pero no para todos; porque los muertos viven en la memoria indeleble de sus familias y en el lejano cementerio de las islas.</p><p>Por vergüenza, por desinterés, por miedo, por ignorancia, por política o por lo que sea, nos fuimos olvidando de la guerra y, lamentablemente, también de los veteranos y de aquellos que murieron en ella. Recordamos su valentía y su dignidad eternas sólo en días como hoy, cuando tomamos la bandera en un puño y juramos defenderla en el café de la esquina.</p><p>En fin. Así somos. Pido perdón por la parte que me toca.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/3tXnbGdTMMDhPmEfWJOdOtiFtUI=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/04/malvinas.png" class="type:primaryImage" /></figure>El fin de la niñez y un recuerdo entre chocolates, amor no correspondido y un gusto amargo de carácter nacional.]]>
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                                                <category term="opinion" label="Opinión" />
                                <updated>2026-04-13T19:30:09+00:00</updated>
                <published>2026-04-02T10:12:38+00:00</published>
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            Los muchachos de antes de antes no usaban corpiño
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        <author>
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                <![CDATA[Raúl Vázquez]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/-8ZMkSKpsbhxxoaoGJdR70n00j0=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/03/hombres.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Todo comenzó una mañana de estas, cuando hablamos con un amigo, mitad en broma y mitad en serio, de algunos hombres que han volcado sus costumbres. O que han volcado, directamente. Me contó, y tal vez no sea novedad para muchos de ustedes, que la moda masculina impone de a poco el uso de una suerte de corpiño para evitar que los pectorales, y su gravedad hija de los años, se marquen demasiado. Así es: algunos hombres de mi generación, y de la tuya, querido lector, usan corpiño para que la camisa se vea mejor.</p><p>Claramente, hay algo en el hombre de hoy que desconcierta a primera vista. Uno entra a cualquier oficina, bar o reunión y descubre un fenómeno curioso: tipos prolijos, perfumados, con la camisa impecable y debajo (en algunos casos, seamos justos) se adivina una prenda que hasta hace no tanto pertenecía a otro universo. No es una metáfora, es cierto. Hombres que usan una suerte de remera ajustada (llamémoslo sin pudor por lo que realmente es: un corpiño masculino) para que no se marque nada, para que la tela caiga perfecta, para que el cuerpo no interfiera en la estética. Y para que el mundo, definitivamente, sea otro.</p><p>Enseguida aparece la tentación: la risa, el comentario rápido, el chiste fácil, el “mirá adónde hemos llegado” y hasta las antiguas comparaciones fuera de moda que contemplan la elección de género. Inclusive te aventurás a pensar en el desengaño de la mujer conquistada, que verá con sorpresa a su amante con una suerte de vendaje salvador antes del amor. En fin. Todo eso. Como si el pequeño detalle de un corpiño en un hombre fuera la prueba irrefutable de la gran decadencia universal. Como si un elástico debajo de la camisa, a modo de liposucción artificial, explicara todo un cambio de época.</p><p>Como suele pasar, al rato descubrís que el síntoma es más interesante que la burla. Porque ese hombre que hoy cuida su imagen al extremo, que se mira, que se ajusta, que se revisa, no es simplemente más blando o más coqueto. Es, en muchos casos, producto de un tiempo que exige cosas distintas. Un tiempo donde la exposición es constante, donde la cámara es un Dios que todo lo ve, donde la belleza del cuerpo dejó de ser secundaria y pasó a ser lo único. Un tiempo donde no alcanza con estar, sino que también hay que mostrarse.</p><p>Este rincón en el que cada quince días intentamos rescatar algunas cosas del pasado, se nubla definitivamente y se sorprende ante la noticia de un masculino Natalia Natalia que va por la vida con corpiño. Podríamos dar por terminada la nota acá. Podríamos decir que el mundo puede explotar tranquilo, que es hora de partir y que las tinieblas por fin han tocado a nuestra puerta.</p><p>Pero no. Ahí empieza la comparación inevitable. ¿La Generación de Cristal o la de Hierro?</p><p>Los invito a analizar algunas cosas que, quién sabe, desemboquen en una nueva forma de entendernos. No hagamos foco en el corpiño. Intentemos centrarnos en una suerte de humilde análisis sociológico del hombre de hace 50 años y el hombre de hoy. Vos y tu viejo, por ejemplo. Sincerémonos un poco y veamos qué resulta. Desajústese el ñocorpi y venga, hombre. Póngase cómodo. Tengo unas pocas certezas pensadas y un puñado de postulados imperfectos para empezar.</p><p>Los hombres de antes venían sin manual. Y no es una metáfora romántica. Venían sin manual emocional, sin GPS afectivo, sin botón para la configuración de sentimientos. En todo caso, venían con una brújula medio rota que siempre apuntaba al mismo lugar: No te quejes y seguí, era el norte.</p><p>En los 70 y 80, el hombre promedio era un sobreviviente de lo cotidiano. Laburaba (elijo no decir se deslomaba para no generar rispideces), llegaba a su casa, comía y se sentaba frente al televisor como quien llega de una guerra que nadie le había declarado. No hablaba mucho. Tampoco hacía falta porque el silencio era el idioma de la época. Si algo le dolía, se lo guardaba. Si algo lo emocionaba, también. Había una épica del aguante. Una épica áspera, de ojos entrecerrados y puños apretados. Pero épica al fin.</p><p>Hoy es protagonista la Generación de Cristal. Ahí es donde muchos levantamos la ceja, fruncimos el ceño y sentenciamos: “Estos pibes no se bancan nada”. Pero ojo. Porque tal vez no es que no se bancan nada, sino que no están dispuestos a bancarse todo. El hombre de antes se rompía y seguía. El de ahora, cuando se rompe, pregunta por qué. Y en esa pregunta se esconde algo incómodo para el viejo mundo: la conciencia. La duda de esa pregunta es ya la certeza de que algo no está bien y debe ser revisado.</p><p>Cuando éramos chicos, llorar era un accidente. Los grandes no lloran, era la frase. Hoy llorar puede ser hasta una decisión estratégica. Antes, cuando un grande pedía ayuda, era casi una confesión de derrota. Ahora, una lágrima se parece más a un acto de transparencia que es muy bien visto por todo el mundo.</p><p>Claro que hay exageraciones. Siempre las hay. Hay sensibilidades que rozan lo frágil, susceptibilidades que se inflaman por cualquier cosa. Pero también hay algo que el viejo modelo no tenía, el registro de uno mismo y de sus sentimientos. Porque el problema de los hombres mayores en nuestra adolescencia no era la dureza, ni la educación, ni el sufrimiento que implicaba ser hijos de una Europa sangrante y pobre. El problema era el costo. El precio silencioso y eterno de no hablar, de no procesar, de no parar, de no sentir. Familias enteras sostenidas por tipos que nunca dijeron “me pasa algo”. Y eso, tarde o temprano, pasa factura.</p><p>La Generación de Cristal, con todas sus contradicciones y con sus adelantados de nuestra edad que usan corpiño o se depilan el pecho, vino a romper ese pacto tácito que implica el silencio y seguir. Y sí, a veces se pasa de rosca. Pero en ese exceso también hay una búsqueda. En ese exceso aparece la idea de vivir un poco más conscientes, un poco menos anestesiados.</p><p>Entonces, ¿quiénes son mejores? Mala pregunta. No se trata de mejores o peores. Se trata de contextos. Los hombres mayores que habitaban en el Villa Luro de mi infancia eran duros porque el mundo lo exigía. Los de ahora son sensibles porque el mundo lo permite. Tal vez el desafío no sea elegir entre dos modelos, sino lograr algo más difícil: hombres que puedan resistir sin romperse y sentir sin avergonzarse. Ni de hierro. Ni de cristal. De carne y hueso.</p><p>El problema es cuando el péndulo se va demasiado para un lado o para el otro. Como en la política argentina, que votamos para que el pasado no se repita, vienen en nombre del futuro y resulta que son el espejo de lo que vinieron a combatir. La grieta es el problema. Acá también. El equilibrio, como siempre, es lo más difícil.</p><p>El error quizás sea plantear esta discusión como una guerra entre generaciones. Como si hubiera que elegir un bando. Como si los hombres de antes fueran héroes incomprendidos y los de ahora víctimas exageradas. La realidad es bastante más compleja. Excede el corpiño masculino. Y es también bastante más interesante. Porque los hombres de antes hicieron lo que pudieron con las herramientas que tenían. No había espacios para hablar de emociones, no había modelos alternativos, no había discursos que habilitaran otra forma de ser hombre. Había que ser fuerte. Admirablemente fuertes. Pero también, muchas veces, eran profundamente solitarios. Los hombres de ahora, en cambio, tienen más herramientas. Más información. Más discursos. Más opciones. Pero también tienen más ruido. Más exigencias. Más presión por definirse, por posicionarse. Y eso también agota.</p><p>Si antes el problema era no sentir, hoy el problema es sentir demasiado. ¿Quién está mejor preparado entonces? ¿El que aguanta todo o el que cuestiona todo? La respuesta es incómoda: ninguno. El mundo real, y tal vez la vida, termina exigiendo una combinación de ambas cosas. Capacidad de resistir y capacidad de registrar. Fortaleza y sensibilidad. Acción y reflexión. El desafío es construir algo nuevo. Un modelo que tome lo mejor de ambos mundos. Un hombre que pueda sostenerse en momentos difíciles sin desmoronarse, pero que también pueda sentirse superado sin creer que pierde valor ante el desconsuelo.</p><p>Tal vez la clave esté en un hombre algo más humano, más imperfecto, más real. Con cicatrices y con el registro indeleble de esas cicatrices. Con la capacidad de avanzar, pero también de detenerse cuando haga falta. Con la oportunidad de revisar lo que heredó. De elegir qué vale la pena conservar y qué conviene soltar. Porque no todo lo de antes era mejor. Pero tampoco todo lo de ahora es necesariamente superador. Como es lógico, hay valores que no deberían perderse. La responsabilidad, el compromiso, la lealtad, la capacidad para sostenerse, de cumplir y de hacerse cargo.</p><p>Si algo muestra este cruce de épocas es que el modelo de hombre está en transición. Y como toda transición, es incómoda, movilizante, insegura. Genera ruido, resistencia, exageraciones. Y, por fin, genera evolución.</p><p>En esta búsqueda todavía imperfecta, todavía en construcción, hay algo que, incluso con sus contradicciones, merece ser valorado: la intención de ser un poco más honestos con lo que nos pasa. Aunque a veces incomode. Aunque a veces duela. Aunque nos deje sin manual ni botones de arrepentimiento. Un poco menos de lo que debemos ser y algo más de lo que queremos ser.</p><p>Los dejo. La seguimos en un par de semanas. Y usted, Domínguez, sáquese el maquillaje que su mujer lo está mirando, hombre!</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/-8ZMkSKpsbhxxoaoGJdR70n00j0=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/03/hombres.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>Entre ironía y observación social, una mirada sobre cómo cambió el modelo de hombre: del silencio y la dureza a la exposición y la sensibilidad.]]>
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                                                <category term="opinion" label="Opinión" />
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                <published>2026-03-29T15:12:08+00:00</published>
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        <title>
            Angustias
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                <![CDATA[Raúl Vázquez]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/KoWVqH_HuyTx1skiYpAqtkmhbQA=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/03/raulo.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Argentina es un país contrahecho. Si bien esta frase tiene el peso de una sentencia facilista en una charla de café, afirmar que estamos contrahechos no es decir que estamos rotos. Pero parecido. Es admitir que fuimos armados a contramano, con las piezas que sobraron de un naufragio o, peor aún, es como sostener que fuimos proyectados desde un plano que alguien leyó al revés mientras nos prometía el primer mundo.</p><p>Somos una estructura que se empeña en caminar torcido. Tenemos el PBI de un país rico atrapado en las mañas de una pulpería de mala muerte y de una clase dirigente que, en lugar de enderezar la columna vertebral de la nación, le pone un almohadón al bulto para que no se note tanto la deformidad. La sensación es que, cada vez que intentamos dar un paso hacia la modernidad, la propia fisonomía de nuestras instituciones, viciadas, vacías, y deformadas por décadas de anomia, nos hace trastabillar.</p><p>Somos el país que tiene todo para ser derecho, pero que se siente extrañamente cómodo en su propia asimetría, celebrando la imperfección como si fuera un rasgo de identidad y no el síntoma de una enfermedad que nos impide, finalmente, ponernos de pie.</p><p>En esta columna, donde humildemente intentamos darle valor a los recuerdos, desbarrancar al olvido y mostrar algunos detalles del pasado que forjaron esto que somos, se suceden luchas constantes entre el homenaje a la memoria y la inevitable comparación de ese pasado romántico con lo que llegamos a ser. Más de una vez, mientras tipeo sobre el pasado, estoy al borde del precipicio que termina en el reconocimiento de un presente esquivo, complicado.</p><p>Así, cada 15 días estamos vos y yo dándole valor al colectivo 34, a la delantera de Independiente de los 80, a la amistad en el secundario, a los amores que nos rechazaron y marcaron para siempre, al barrio, a la juventud y a aquellos que ya no están de este lado del cielo, pero que siguen caminando a nuestro lado. Sin embargo, en la épica que supone vencer al olvido, vuelvo al presente de este instante y veo un país que nada tiene que ver con eso que soñamos. Nada.</p><p>Hubo un tiempo en el que fuimos felices porque éramos todo proyecto, todo futuro, pero hoy parece narrado por un cronista de la antigua Grecia, donde la palabra moral se usa para llenar discursos y no para fortalecer los cimientos de la casa. El país de mis viejos se sostenía sobre tres o cuatro pilares que hoy son casi ciencia ficción: el respeto al guardapolvo blanco, el valor de la palabra y la vergüenza de que te señalen por haber hecho algo que no correspondía. En aquel entonces, si alguien se mandaba una macana, no lo veías en la tele ni lo leías en los diarios explicando lo evidente con frases dictadas por un coach; se escondía en el fondo de su casa porque el juicio social pesaba más que un código penal. Hoy, ese edificio sólido se nos vino abajo y estamos viviendo entre sus escombros, tratando de convencernos de que el polvo en los pulmones es parte del paisaje.</p><p>Miremos la política, el gran teatro de sombras donde la grieta se ha convertido en el negocio más rentable de la historia nacional. De un lado, te venden la épica de la justicia social mientras gestionan la pobreza con un cinismo que asusta; del otro, te prometen la libertad absoluta mientras se olvidan que la libertad, sin un plato de comida en la mesa, es apenas el derecho a elegir cómo morir de hambre. Ambos bandos se retroalimentan como un matrimonio tóxico. Se necesitan para existir, se insultan frente a las cámaras y después, cuando las luces se apagan, comparten el mismo catering que fue pagado con la nuestra. La moral política de hoy es una plastilina que se moldea según la encuesta del día. Si los datos dicen que hay que ser conservador, se vuelven monjes; si dicen que hay que ser rebeldes, se ponen la remera del Che. No hay convicciones, hay focus groups.</p><p>El pasado que juntos evocamos desde hace un tiempo en estas líneas es un pasado que enamora, pero que no es terminante. Es un pasado que nos devuelve una luz envuelta en esperanzas que, a fuerza de sentimiento, lo teñimos de armonía y nos regala una sonrisa mientras recordamos a la maestra de primer grado. Es un tiempo que nos ilumina desde lo romántico, pero que destila angustia. El tema es que si te metés en lo profundo, si evocamos algunas historias de barrio y recordás cómo era la gente y su contexto en ese tiempo, reconocés de verdad lo que perdimos. Descubrís que no hay palabra, que no hay educación y que no hay país. Recordar demasiado, a veces, puede ser letal.</p><p>No intentan estas líneas ser una oda al pesimismo. La vida nos regala hijos, amores, unos padres que nos aman, amigos que se la juegan y hermanos capaces de dar la vida por nosotros. Eso estuvo, está y estará. El tema es otro. Es el país. Su gente, sus angustias. La debacle de casi un siglo.</p><p>Por dar un par de ejemplos, sencillos, livianos y sin mucha rigurosidad periodística, podríamos hablar del Vascolet o de las galletitas en cajas de lata. Esas que tenían un vidrio redondo en una de sus caras. Eso sería romántico y serviría para evocar los años felices. Pero si caemos en la cuenta de que Argentina produce alimentos para 400 millones de personas y tiene a casi la mitad de su población bajo la línea de pobreza, la nostalgia de la merienda en Villa Luro se hace bronca. Porque tenemos suelos bendecidos que exportan granos a todo el planeta, mientras en el conurbano o en el norte profundo un pibe no llega al vaso de leche. La asimetría entre la riqueza potencial y la incapacidad distributiva que deriva en la indigencia es tal vez nuestra contradicción más obscena.</p><p>Supimos tener la tasa de alfabetización más alta de la región y cinco premios Nobel. Buenos Aires se autopercibe como la París de Sudamérica, llena de librerías y teatros, pero hoy convivimos con una realidad donde 7 de cada 10 chicos de zonas vulnerables no comprenden un texto básico al terminar la primaria, si es que la terminan. Es la distancia entre el brillo del Colón y la oscuridad de una escuela que se cae a pedazos.</p><p>Nuestra Constitución dice que somos un país federal, pero su corazón late (y gasta) en el Puerto. Todo pasa por Buenos Aires: los subsidios, el poder político, la rosca, las oportunidades. Es la asimetría de un país macrocefálico, donde el interior produce la energía, el gas y los granos, pero tiene que mendigar en los despachos de la Capital para que le devuelvan un porcentaje de lo propio.</p><p>Somos el único país del mundo que no añora lo que va a venir, sino lo que fue. Nuestra época dorada siempre está en el pasado (el 1900, los años 40, los 60, los 90, según quién te cuente la historia). Vivimos caminando hacia adelante, pero mirando por el espejo retrovisor, una contradicción que nos impide construir un proyecto a largo plazo porque estamos demasiado ocupados discutiendo quién tuvo la culpa de que se nos rompiera el juguete hace un siglo.</p><p>Tenemos leyes de avanzada para casi todo. Desde derechos civiles para hombres y mujeres hasta protección ambiental. Pero nuestra cultura del "viva la pepa" hace que la norma sea algo que se negocia. Es la asimetría entre una institucionalidad de papel que se parece a Suiza y una práctica cotidiana que, por momentos, se parece a una republiqueta. O a la AFA.</p><p>Pero el dolor más agudo, el que te quema el pecho cuando pasás por la puerta de cualquier colegio, es la crisis de la educación. La escuela supo ser el gran igualador, el lugar donde el hijo del doctor y el hijo del canillita compartían el mismo banco y el mismo sueño de ascenso. La educación pública es hoy un campo de batalla de ideologías baratas y edificios que se caen a pedazos, con docentes en silencio y paredes manchadas de grafitis vetustos, imposibles o irrelevantes.</p><p>Perdimos el respeto por el maestro, un prócer de barrio que antes era una autoridad indiscutida. Ahora, si el pibe se saca un 1, los padres van al colegio no a preguntar qué fue lo que no entendió su hije, sino a prepotear al docente. Convertimos el aula en una guardería de lujo o de miseria, según el código postal, donde el mérito es una mala palabra y el esfuerzo se percibe como una opresión. Estamos fabricando analfabetos con título secundario mientras hasta hace pocos meses los políticos discutían si la solución es el lenguaje inclusivo o el voucher, cuando lo que en realidad falta es tiza, presupuesto y, sobre todo, la decencia de entender que sin educación no hay futuro, sino un triste y eterno presente de planes sociales y frustración comunitaria.</p><p>Nos hemos vuelto una sociedad de jueces implacables para algunos y abogados caros para otros, sin que la verdad sea el fin último. Vivimos en una Argentina donde progresar significaba romperse el lomo y no enganchar un curro. Antes, el valor estaba en la construcción; hoy está en ser más vivos. Perdimos la capacidad de enojarnos por lo que está mal, y solo nos indignamos si el que se equivoca es de la ideología contraria. Si el nuestro roba, es por una necesidad política; si el otro roba, es el fin de la República. Esa hipocresía es el ácido que terminó de corroer los cables de nuestra ética colectiva.</p><p>Vivimos en la era de la post verdad, que no es otra cosa que una forma elegante de decir que somos unos mentirosos incurables. El principio de autoridad se esfumó para siempre en el momento en que el alumno le pega a la maestra, el conductor le tira el auto al peatón y el funcionario nos toma por idiotas desde una pantalla de 50 pulgadas. Nos acostumbramos a que la honestidad, el trabajo o el estudio, sea visto casi como una debilidad.</p><p>Nos falta ese espejo en el que solíamos reflejarnos, y que nos devolvía una imagen de gente digna, aunque de zapatos gastados. El espejo se rompió y cada uno se quedó con un pedacito de vidrio, creyendo que su pequeña verdad es el universo entero.</p><p>Al final, la grieta no es entre derecha o izquierda, es entre la decencia y la desfachatez. Y me temo que, por ahora, la desfachatez viene ganando por goleada. Con la tribuna aplaudiendo un gol que fue en offside, mientras al VAR lo opera un ciego de saco y corbata al que le dicen Aguarrás. Porque, de lejos, parece solvente.</p><p>Así estamos.</p><p>Pero volvamos a la columna quincenal en la que descubrimos la nostalgia y le damos un poco de brillo al pasado. Mi idea era escribir sobre el deseo. El de nuestros padres y nuestros deseos. Sobre cómo eran aquellas miradas hacia el futuro y cómo son ahora nuestras maneras de ver el porvenir.</p><p>Mejor lo dejo para otro día, ¿no?</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/KoWVqH_HuyTx1skiYpAqtkmhbQA=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/03/raulo.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>Crónica de una sociedad que dejó de mirarse al espejo.]]>
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                                <updated>2026-04-13T19:30:09+00:00</updated>
                <published>2026-03-15T13:50:31+00:00</published>
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            Clubes de barrio, el refugio de los sueños
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                <![CDATA[Raúl Vázquez]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/kOSQMTIIS_QXXX5HwH4ryVbp3PI=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/03/barrio.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>El fútbol es, sin dudas, el acontecimiento cultural más grande de la historia. Aquellos que hemos vivido con una Pintier número 5 pegada a los cordones de los botines Fulvence, soñamos con vestir alguna vez la camiseta de nuestro club amado y defenderla como a la patria. Es tal vez ahí que nacen las pasiones y la historia se hace grande. En el momento en que un pedazo de poliéster cae sobre nuestros hombros, entendemos lo que representa el fútbol para las sociedades.</p><p>Sin embargo, antes de entender cómo una sociedad puede latir al ritmo de una pelota y de descubrir que un club de primera puede dejarte sin dormir, todos tuvimos un deseo previo: jugar. En mi caso, antes de soñar con ser el 5 de Independiente, soñé, como todos, con ser titular en el equipo de los amigos. Ser parte de ese once inicial significaba que alguien, entre el caos de las mochilas o los buzos haciendo de postes, había pronunciado tu nombre con la solemnidad de quien convoca a un guerrero.</p><p>Era la convocatoria de los dioses. Y mucho más cuando dejabas la plaza de la vuelta y armabas el partido en el club del barrio. Ahí sí que la cosa cambiaba. Era tan profesional que la seriedad del encuentro era equivalente a un contrato de trabajo. Es fascinante ver cómo el mismo deporte puede sentirse como dos universos paralelos dependiendo de si hay una línea prolija debajo de tus pies o simplemente un árbol marcando el límite. Pasar de la plaza al club era, en esencia, pasar de la libertad absoluta al sentido del deber. Y, además, formar parte de ese equipo era también ser protagonista de una historia que iba a transformarse en recuerdo. Ni más ni menos.</p><p>En mi Villa Luro de los 80, cuando no necesitábamos Wi-Fi, los clubes de barrio eran un refugio de baldosas flojas en el que aprendíamos el verdadero valor de la pertenencia. Donde descubríamos que la patria no era un mapa ni una bandera, sino un pedazo de cartón plastificado con una foto 4x4 pegada con Plasticola. Ese rectángulo gastado nos daba derecho a pertenecer. Era el pasaporte para los sueños.</p><p>En el club no eras un usuario, ni un perfil, ni un cliente; eras el hijo de, el nieto de, o simplemente el pibe que raspa en el medio y que se sabía de memoria el camino al bufet. Hoy, cuando el individualismo nos encierra, deberíamos volver la vista atrás para recuperar aquello que perdimos en el camino.</p><p>Recuerdo con especial cariño al Club Villa Luro Norte, al Club Juventud, al Club Cervantes y al Club Atlético General Lamadrid, que jugaba en la D y era parte de la AFA. También recuerdo a All Boys, aunque allí era más grande y se había perdido el encanto de las primeras gambetas. Jugar sobre esa mezcla de pasto, tierra y piedras de la cancha de Lamadrid, con sus ondulaciones inesperadas y el arco que daba a la cárcel de Villa Devoto, era para nosotros un poco menos que gambetear en el Santiago Bernabéu. Recuerdo haber errado un penal en esa cancha y, desde una de las ventanas diminutas de la cárcel donde miraban algunos detenidos de buen comportamiento, pidieron a los gritos que el preso debía ser yo, y no ellos.</p><p>Nunca fui socio de ninguno de los clubes del barrio, pero siempre sentí que pertenecía a ellos. Ahora pienso y descubro que muy posiblemente había dos razones que me permitían jugar en sus suelos de baldosa de granito. Una, porque en los 70 y los 80 la felicidad era gratis. Y la otra, seguramente más verdadera y menos romántica, porque me colaba. Lo cierto es que jugábamos hasta fallecer y, entre partido y partido, fui descubriendo que el alma del club de barrio estaba más entre el olor a café quemado y al ruido de los platos de loza que en las batallas dentro de la cancha de líneas borrosas que representaban, al mismo tiempo aunque con colores diferentes, una cancha de papi, una de vóley y una de básquet.</p><p>Poco a poco, tal vez por esa idea nostálgica de la vida que me iba invadiendo, dejé de escuchar los reproches post partido de mis compañeros al costado de la cancha y comencé a teñir la mirada de memoria, acumulando para el futuro esas notas costumbristas que intento reflejar en estas líneas. En el bufet no se iba a consumir, se iba a ser. Los viejos, sentados en las sillas de madera de la época de Perón o Frondizi, arreglaban el país con una autoridad que hoy ningún analista twittero podría soñar. El socio vitalicio iba a leer el diario o a jugar a los dados para no sentirse solo en su casa, y los chicos corrían a comprar una Teem con las monedas que les sobraban y con la camiseta todavía sudada. Había una sabiduría de mostrador, una red invisible de contención donde el "Gallego" o el "Tano" sabían si andabas con el corazón roto, sólo por cómo pedías la Coca-Cola de vidrio.</p><p>El bufet era el alma del club. Sus vitrinas, un verdadero cementerio de glorias pasadas, mostraban copas oxidadas, fotos en sepia de equipos del 52 donde todos parecen tener 40 años (aunque tuvieran 20), y cuatro o cinco banderines que habían perdido el color original por el humo de los cigarrillos. Las mesas eran de fórmica, las sillas de madera a punto de quebrarse y el televisor siempre estaba apagado porque no andaba o era blanco y negro. El bufet era, quizás, el último lugar donde el fracaso no importaba. Porque podías haber perdido 5 a 0, pero en el bufet, después del primer sorbo de bebida, ese gol que erraste se volvía una anécdota y la derrota dolía un poco menos porque estabas rodeado de los tuyos.</p><p>Hoy hablamos de comunidades digitales y de seguidores, términos fríos que huelen a silicio. En el club, la red estaba en el arco y tenía un sonido tan particular cuando la pelota entraba que aún hoy deseo patear para volver a sentir su murmullo inigualable y glorioso. Esa red nos unía a todos. Nos cobijaba sin saberlo y se hacía fábrica de recuerdos sin que nos diéramos cuenta. En esa red no hacía falta un algoritmo para saber quién necesitaba un par de zapatillas o quién se estaba quedando solo. Imagino también que esa red contenía a los padres y les dejaba la tranquilidad de saber que sus hijos no eran de la calle, sino que estaban en el club. Jugando. Siendo felices. Forjando historias y sólidos recuerdos que luego, a fuerza de vida, se irían desvaneciendo.</p><p>La tragedia silenciosa de nuestra era no es solo la crisis económica, moral o de educación, sino la desintegración del encuentro. El individualismo, donde lo digital hace una buena parte, nos ha encerrado en el living de casa. Allí podemos saber todo lo que ocurre en el planeta. Ya no hay que moverse para saber qué pasa. Pero en ese aislamiento perdimos el roce, el sudor compartido, la frustración de la derrota colectiva y la gloria de un trofeo de plástico que sentíamos de oro puro.</p><p>El club de barrio era el lugar donde las clases sociales se diluían: el hijo del médico y el hijo del obrero compartían la misma ducha de agua helada en el invierno. Y compartían también la misma camiseta, el mismo club, aunque todos supiéramos que sus vidas iban a forjarse de manera diferente. Esa mezcla, una verdadera gimnasia de la tolerancia, es exactamente lo que el tiempo, y también el algoritmo, nos ha quitado. Hoy nos encerramos en burbujas de gente que piensa exactamente igual que nosotros. Y si por casualidad vemos a alguien diferente que pasa a nuestro lado, en lugar de dejarlo ir, tocamos bocina para que sepa que no somos como él. Que somos bien distintos y que está parado del otro lado de la grieta. Y lo cancelamos. Y nos destacamos. Y nos quedamos solos. Así estamos.</p><p>Igual que nuestra juventud, la vida de los clubes está con las paredes descascaradas. Ya casi no quedan. Y si alguna esquina de barrio todavía se esfuerza por sostener las puertas abiertas de alguno, seguro que en su interior hay, además de una comisión directiva que hace malabares con las facturas de luz, un puñado de románticos que se resisten a salir del pasado. Que se resisten a pensar que la vida ha cambiado y a entender que sus hijos quieren más un auto importado que un picadito en la canchita. Un puñado de soñadores que pretenden evitar, sabiéndose derrotados, que el club se convierta en un depósito de muerte.</p><p>Extrañar el club no es solo nostalgia por la juventud perdida; es el hambre de volver a sentirnos parte de algo más grande que nosotros mismos. Es el deseo de que las baldosas vuelvan a rechinar cuando el 7 amaga y que el grito de gol no sea un emoji, sino un abrazo sudado con un desconocido que, por noventa minutos, es nuestro hermano para siempre.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/kOSQMTIIS_QXXX5HwH4ryVbp3PI=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/03/barrio.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>Un recorrido íntimo por esos espacios donde se aprendía a jugar, a perder y a ser parte de algo más grande.]]>
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                <published>2026-03-01T14:56:12+00:00</published>
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            Carnaval
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                <![CDATA[Raúl Vázquez]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/dVGaSVQCtmmIUEXORZjUX7rYr0c=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/02/carnaval.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Todavía recuerdo, casi 50 años después, un mediodía de febrero caluroso y húmedo en el que salí a comprar no sé qué cosa al quiosco de la Pocha, en la calle Camarones. Nunca supe su verdadero nombre, pero para el barrio entero era la Pocha. Tenía una hermana que la ayudaba en la venta, a la que le decían la Pirucha. Y un sobrino (Ernesto, tal vez mi primer mejor amigo) que completaba el paisaje.</p><p>La Pocha y la Pirucha. Con solo pronunciar sus nombres, me invade el recuerdo de una tira que se leía en Billiken o Anteojito, Pelopincho y Cachirula. Pero esa es otra historia. Había también un Rastrojero desvencijado, pero orgulloso, que descansaba en la puerta, cuyo dueño era el esposo de la Pocha y que, a decir verdad, no tenía demasiado protagonismo.</p><p>Los quioscos, desde ya, no eran esas esquinas iluminadas y diseñadas por artistas que interrumpen nuestra caminata con sus luces y ofertas de todo tipo. El quiosco era simplemente una ventana que daba a la calle, que a su vez era parte de un ambiente extraño, tal vez una pieza que le sobraba a la casa, o un garaje que nunca llegó a ser y que se usaba para cualquier cosa, además de vender caramelos por entre las rejas. Desde afuera, veías al que compraba tocando un timbre desafinado y se abría una ventana. Eso era un quiosco. Eso eran los ochenta.</p><p>Lo cierto es que aquella tarde de febrero, calurosa y vacía, crucé Camarones hacia el quiosco y me encontré con algunos desconocidos pero amenazantes vecinos que portaban baldes llenos de agua. Tenía puestos los botines Sacachispas que me habían regalado para mi cumpleaños y que usaba hasta para dormir. Recuerdo muy bien que pedí clemencia. Alegué los botines nuevos y me propuse hacerles comprender que no estaba jugando al agua, que buscaran a alguien que sí fuera parte del juego. No sirvió. Más de veinte litros de agua (ahora recuerdo que me rodeaban cinco baldes) cayeron como catarata sobre mi cuerpo.</p><p>“Carnaval”, me dijeron justificándose. “La puta madre”, me dije en silencio a modo de desahogo. Y crucé de vuelta a casa. El timbre del quiosco que sonaba para que vengan a vender no alcanzó siquiera a ser alarma. Y no solo volví sin comprarle a la Pocha, sino que además me ligué el injusto reto de mi vieja.</p><p>Será por eso que nunca me agradó el Carnaval. O será por eso también que ahora recuerdo los retos de mi vieja y quisiera volver a escucharla, aunque sea enojada.</p><p>Hay una memoria que no se borra con el asfalto nuevo ni con el aire acondicionado. Aquellos febreros de agua se mezclan en los grises recuerdos de las veredas prestadas. Y con el de los jardines que olían a albahaca, las calles de brea caliente y ese aroma químico e inconfundible de la “nieve loca” que te raspaba la garganta y que solo compraban los que podían. Los baristas del carnaval.</p><p>Cuando éramos chicos, nuestro carnaval, el de las casas bajas y el saludo de vereda a vereda, transformaba el barrio en un territorio liberado para la alegría.</p><p>Todo empezaba temprano. No hacían falta redes sociales para autoconvocarse; bastaba con la primera bombucha o el grito de guerra de algún pibe desde una terraza. La guerra del agua era un deporte nacional en febrero, una disciplina que mezclaba la ingeniería hidráulica con la picardía criolla.</p><p>La bombucha no era el nombre de un simple globo que se llenaba de agua; era un verdadero proyectil de precisión que se complementaba con baldes y palanganas. Pasábamos horas frente a la canilla del patio, intentando nudos con los dedos ya arrugados de tanto remojo y acumulando “municiones” en viejos baldes (algunos de chapa) como si estuviéramos preparándonos para una invasión.</p><p>La leyenda urbana decía que las bombuchas blancas eran las más duras y, en consecuencia, provocaban más dolor al estrellarse con nuestras espaldas. El mito incluía que, si se las llenaba con agua y algo de tierra o arena, eran letales. Nunca lo comprobé.</p><p>Lo que sí pude corroborar es aquella suerte de jerarquía invisible que existía en la guerra del agua (la del carnaval, no la de Lilita), que suponía tres plataformas de lanzamiento: el ataque desde la terraza, donde el francotirador esperaba silencioso y paciente el paso de un caminante desprevenido; el baldazo a traición, que constituía el bautismo de fuego para el que se asomaba a la vereda demasiado arreglado; y el rompimiento de la tregua del mediodía, momento en que las veredas quedaban chorreando y el sol de las dos de la tarde secaba las remeras de algodón antes del próximo asalto. En esta última estaban los arriesgados. Los que no cumplían las órdenes superiores de tomar la siesta y hacían su guerra. Eran soldados sin patria. Fue en este lapso de tensa calma que me atraparon cruzando hacia el quiosco de la Pocha. Ahora lo recuerdo: iba a comprar bombitas de agua con la plata que me había dado mi inolvidable tía Elvira.</p><p>El carnaval de barrio era una democracia absoluta: mojabas tanto al colectivo que pasaba con las ventanillas bajas (el riesgo era la puteada o el bocinazo) como a la vecina que volvía de las compras. Y, por supuesto, mojabas a esa chica que te gustaba. Porque en los carnavales de los 80 no había mejor forma de decir “me gustás” que una bombita certera en la espalda. Era un lenguaje rudo, sí, pero terriblemente honesto. Mi objetivo en ese rubro se llamaba Cristina, la hermana de Maico, hijos de la familia rica del barrio.</p><p>Sin embargo, ahora recuerdo que mi logro más importante, el más recordado, fue lejos de Villa Luro, en la terraza de mis primos preferidos, en la esquina de Espinosa y Paysandú. Y no fue con Cristina. Fue mucho mejor. Más épico. Más inolvidable. Un 504 de techo corredizo recibió certeramente el contenido de un vaso grande con agua en medio de las piernas del conductor. Todavía recuerdo la cara de asombro y satisfacción de mi primo cuando acertamos a ese blanco móvil. Fue una verdadera demostración de estrategia, talento, cálculo y distancia. Y también fue un triunfo de la paciencia y del azar, que nos regaló un moderno 504 pasando por las calurosas calles de La Paternal.</p><p>El carnaval también suponía una fiesta popular de la que nunca fui amigo. Eso de ser felices de 18 a 23 nunca me gustó, menos cuando los bailes le dejaban su lugar a una música de dudoso gusto. Cuando caía el sol, los barrios cambiaban de piel. Se cortaba la calle principal y aparecían los tablones y las guirnaldas con luces de colores que parpadeaban con una precariedad espantosa.</p><p>Y aparecía la murga, con un estruendo que se sentía en el pecho antes de escucharse en los oídos. El tipo del bombo con platillo, el director con ropa de raso brillante y esos pibes que bailaban a fuerza de espasmos no eran lo mejor del carnaval. Todos sabíamos que la fiesta se escondía en un balde con agua y no mucho más.</p><p>Visto desde este 2026 que acaba de nacer, el carnaval de los 80 parece una postal en color sepia. Hoy los chicos juegan con pantallas, nadie conoce al vecino y las calles están blindadas por la desconfianza. Cuando éramos chicos, el carnaval te encontraba en la vereda, con la bombita de agua escondida en el balde y la radio del vecino sonando bajito; hoy lo buscamos en la pantalla del celular. No es que la fiesta haya muerto: simplemente se mudó del barrio al algoritmo. Pero para los que estuvimos ahí, para los que todavía sentimos el frío del agua en la espalda y el éxtasis de haber dado en el blanco con tu bombucha, el carnaval sigue siendo ese lugar donde fuimos profundamente libres.</p><p>Aquellos que llenamos bombitas y baldes con el agua tibia del tanque de verano vivimos el tiempo donde el barrio era una casa grande, sin rejas, y donde la única ley que importaba era la de pasarla bien, empapados de pies a cabeza, antes de que el final de fiesta nos devolviera a la realidad del guardapolvo. En los 80, el carnaval era anárquico y territorial. El escenario era la calle, así como estaba, sin filtros. Sin permisos. Los protagonistas eran el vecino, el amigo de la esquina y vos.</p><p>Hoy, la guerra del agua —un rito de vereda con baldosas flojas que nos empapaba hasta el alma— es casi una contravención. El carnaval está en el calendario. Pero antes, cuando éramos felices sin saberlo, el carnaval se escondía en un balde lleno de emoción.</p><p>Dejá de leer, dale. Estamos a tiempo. Hagámonos los desprevenidos. Dejémonos empapar por un balde lleno de recuerdos, volvamos por un rato a nuestra infancia y regresemos a casa mojados hasta las medias. Vas a ser feliz. Aunque mamá se enoje desde el cielo.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/dVGaSVQCtmmIUEXORZjUX7rYr0c=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/02/carnaval.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>Una memoria de veredas mojadas, infancia libre y un barrio que ya no existe, pero todavía late en febrero.]]>
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                                                <category term="opinion" label="Opinión" />
                                <updated>2026-05-07T12:00:13+00:00</updated>
                <published>2026-02-15T03:00:00+00:00</published>
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        <title>
            ¡Esto es un asalto!
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        <link rel="alternate" href="https://www.newstad.com.ar/esto-es-un-asalto" type="text/html" title="¡Esto es un asalto!" />
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                <![CDATA[Raúl Vázquez]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/FNOtGaUljBKKAGW3gMe9gPTftuQ=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/01/asalto.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>El amor, sobre todo cuando vivís inmerso en el tsunami de emociones e inseguridades de la adolescencia, se nutre de actitudes y aptitudes que con el tiempo pierden sentido. Así, en los años 80, podíamos deslumbrarnos y enamorarnos solo con apreciar en el otro algunas habilidades de las que carecíamos y que constituían un imposible. Tocar la guitarra, destacarnos en Educación Física, ser el último en ser atrapado en el Poliladron, entender matemáticas, estar en el coro, caminar solo por la avenida Lope de Vega o simplemente tener el cabello sedoso o una sonrisa blanca y cómplice solían ser motivo suficiente para que los corazones juveniles galopen al ritmo del amor.</p><p>Está claro que las virtudes más importantes, aquellas que la vida se encarga de darles importancia y transformarlas en imprescindibles, a los 14 años, no interesan demasiado. Ni un trabajo estable, ni la bondad por sobre la belleza, ni el amor por los niños, por nombrar solo tres, eran muy tenidas en cuenta cuando lo que importaba era experimentar y descubrir quiénes éramos en el espejo del otro.</p><p>Para entender el amor adolescente de los ochenta, hay que entender primero el silencio. No el silencio de la timidez, sino el del vacío tecnológico. En esa época, querer a alguien era una actividad analógica marcada por un ritmo mucho más lento, donde el amor se cocía a fuego lento y la inocencia era el lenguaje común. Sin la inmediatez de las redes sociales, el romance dependía de gestos tangibles y esperas prolongadas que convalidan el paso del tiempo. El amor no buscaba la validación pública, sino la conexión privada. Era una mezcla de misterio, paciencia y la fe ciega en que esa mirada furtiva en el pasillo del colegio podía significar absolutamente todo. Ese breve instante en que las miradas se cruzaban era el combustible para soñar durante semanas. Sin la posibilidad de revisar perfiles o fotos digitales, nuestro romanticismo se alimentaba del misterio efímero del recreo o de la plaza como única forma de conectarnos.</p><p>El amor en los 80 tenía su templo máximo, su campo de batalla definitivo: el asalto. Y si era en una terraza, mejor. Era una suerte de fiesta clandestina, pero con permiso de los padres y organizada desde la mediatarde, donde la luz del sol dejaba caer las sombras de costado. El aire olía a Blem y los sándwiches de miga que se empezaban a doblar en las puntas convivían con una botella de Coca, Teem o Pomelo Neuss para nosotros y la malograda Tab para ellas. Los bizcochuelos de la tía solían ser la mesa dulce.</p><p>Nunca fui un gran bailarín. Siempre desprecié las habilidades de la danza. Hasta que descubrí que la posibilidad del amor estaba más cerca de quienes sabían moverse al ritmo de la música que de quienes, como yo, disfrutábamos escuchando con los huesos quietos.</p><p>En los ochenta, el hecho de no tener las mínimas habilidades para el baile era casi motivo de destierro. Sin embargo, con un entusiasmo hijo de los primeros deseos, trataba de moverme como para no ser el peor.</p><p>Pero era el peor.</p><p>Tal vez allí, tempranamente, desarrollé el sentido del humor que me acompañó en cada propuesta indecente como única arma de conquista. El humor, más una incipiente capacidad de hablar más o menos de corrido, era el artilugio para llegar al corazón de las mujeres que solo parecían ver a los pequeños aprendices de Travolta bailando sobre las baldosas rojas y brillosas de las terrazas. De más está decir que mi primer beso tardó unos años en llegar. Pero eso será tema de otro fin de semana.</p><p>Bailar mal en la adolescencia es como aprender croata en una semana. Es el cuerpo creciendo a destiempo, es tener una camisa que queda grande en los hombros y corta en las mangas. Es no tener idea de qué hacer con las manos y con los pies. Es soportar la vergüenza que sube por el cuello como una fiebre mansa. Y aun así, salir a la pista. Aunque sea al arrabal de la terraza, lejos del otro, para dejar que la música por fin te empuje, como empuja el viento a una cortina.</p><p>Es moverse con torpeza y, sin embargo, sentir que algo adentro se acomoda. Que el mundo, por un rato, no te exige explicaciones. Nadie te pide una postura exacta. Solo tenés que estar ahí, respirando fuerte, con el corazón siguiendo su propio compás.</p><p>En la adolescencia, bailar era para mí un acto de fe. Que no te importe el ridículo ni la mirada ajena. Creer que el deseo de gustar, de pertenecer, de ser visto, puede más que el miedo. Y a veces, entre pasos desparejos y vueltas mal calculadas, sucede lo único importante: por un instante, dejás de pensar y empezás a vivir el momento y a entender que un paso de baile es un sacrificio necesario para lograr una mirada femenina. Aunque esa mirada tenga un pequeño porcentaje de lástima.</p><p>La logística del asalto suponía conseguir que alguien ponga la casa. Por lo general, se intentaba que lo organizara aquel que tenía los padres más jóvenes, más liberales o más distraídos. Los varones llevábamos la gaseosa y las chicas, la comida. La banda sonora era simplemente un grabador de doble casetera en el que alguien había grabado un enganchado casero que, irremediablemente, debía terminar con una oportuna serie de lentos. Era allí, con los lentos y no en otro momento, donde podrían nacer o confirmarse los romances.</p><p>Relacionar el amor con la terraza es hablar de la libertad ganada a diez metros del suelo. Subir a la terraza era alejarse del radar de los adultos. Ahí, entre los tanques de agua, los cuartuchos de herramientas y las sogas de la ropa, el mundo se volvía nuestro y el amor se disfrazaba de algo que podía durar para toda la vida.</p><p>Cuando bajaba el sol, después del rock, empezaban los lentos y el aire cambiaba. Era el momento de la verdad. El roce de las manos, el perfume Paco o Mujercitas mezclado con el olor al cemento caliente de la tarde suponían la posibilidad más concreta del amor. En la terraza, bajo el cielo de Villa Luro, el amor adolescente no necesitaba filtros de Instagram; le alcanzaba con la penumbra y la esperanza desesperada de que esa canción no se terminara nunca.</p><p>Aquel amor era una mezcla de torpeza y épica urbana. Eran besos robados en el lavadero, con el miedo latente y constante a que alguien subiera a buscar un repasador y rompiera el hechizo. El asalto en las terrazas de Villa Luro era nuestra versión del paraíso: un espacio ganado al cemento donde aprendimos, casi sin darnos cuenta, lo que significaba el amor.</p><p>Aunque el tiempo, ingrato e infalible, nos mostró después que un beso en la terraza pasa tan rápidamente al olvido que se hace tan efímero como la vida misma.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/FNOtGaUljBKKAGW3gMe9gPTftuQ=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/01/asalto.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>Una postal íntima del amor adolescente en los años 80, cuando bailar mal, mirar de lejos y esperar un lento podían cambiarlo todo.]]>
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                                                <category term="opinion" label="Opinión" />
                                <updated>2026-04-13T19:30:09+00:00</updated>
                <published>2026-01-24T11:00:00+00:00</published>
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        <title>
            Las olas y el viento
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        <link rel="alternate" href="https://www.newstad.com.ar/las-olas-y-el-viento" type="text/html" title="Las olas y el viento" />
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        <author>
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                <![CDATA[Raúl Vázquez]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/W0_iBpwNYY9kdjg-rrD1ZKMCY5Q=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/01/viaje.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Doce del mediodía. Cielo azul. Sol abrasador. Jeans, camisa y los 35 grados de nuestro diciembre porteño que se empeñan en colarse por cada rincón de mi cuerpo. Salgo de la radio y, mientras camino por la avenida 9 de julio, me digo a mí mismo que es hora de cruzar; el verano se decide a carcomer mi cerebro y a dibujar en mi mente el sueño de teletransportarme hacia el aire acondicionado de la oficina. Me alejo del Obelisco hacia el norte, miro de reojo esa avenida que, casi como el Jordán, divide lo que fui de lo que seré y entiendo por fin que no queda otra. Hay que cruzar en medio del calor infame que indefectible y sostenidamente tortura a los porteños.</p><p>La avenida más ancha del mundo será un logro para la argentinidad, pero es un sufrimiento para los transeúntes de verano. Cruzar sobre el asfalto hirviendo, más allá del descanso que sugiere el Metrobús en medio de la épica, no es para aquellos que sufren las altas temperaturas. Sería más beneficioso ser la ciudad con el asfalto más frío del planeta, o con los árboles más oxigenados del hemisferio sur, o con el túnel urbano más refrigerado de la historia. Pero no. Tenemos la avenida más ancha del mundo. Y eso, cuando diciembre cumple con su promesa de sudor y cortes de energía, es más un castigo que un premio.</p><p>Cruzo. El calor aumenta y, vaya a saber por qué, nace en mi cabeza el recuerdo de los veranos de la niñez.</p><p>El verano de hoy, seamos sinceros, es un hipervínculo perpetuo. Es una foto editada en Instagram con un filtro retro que jamás podría capturar la aspereza real, la textura ineludible de nuestra felicidad analógica. El verano de los ochenta era una verdad de puño y letra. Una épica donde la máxima expresión de la tecnología era un walkman a pilas, y la máxima urgencia, que las aguavivas desaparezcan hasta marzo.</p><p>El destino era la modestia orgullosa de Santa Teresita, la punta de lanza del Partido de la Costa, un balneario popular donde la ostentación no tenía lugar y el Sol brillaba más que el lujo de Mar del Plata o Pinamar.</p><p>El neoliberalismo menemista no había llegado y la ruta era de dos manos. Una para allá y la otra para acá. Así, sin carriles. Tan triste y peligrosa como las que todavía hoy quedan en gran parte de la Argentina. El Dodge Polara surcaba los vientos al mando de mi hermano mientras parecía levantar vuelo en cada curva. Y el ruido ensordecedor de sus seis cilindros te vendía una película de velocidad que no era tal. El aire acondicionado de la época era la ventanilla baja y el ventilete apuntando al pecho y la zona baja, que te devolvían ingratamente un viento caliente con olor a campo, a goma quemada y, muchas veces, a nafta recién cargada en una YPF de Lezama.</p><p>En el asiento trasero, sin pantallas que nos hipnotizaran, la radio AM se escuchaba solo unos kilómetros y le dejaba su protagonismo a un cassette gastado de Serrat o de Camilo Sesto. Éramos una burbuja familiar encapsulada en la chapa caliente del Polara, obligados a convivir y, sobre todo, a mirar por la ventanilla el paisaje de una Argentina inmensa que crecía hasta mientras dormíamos.</p><p>Al llegar al racimo de playas que se inicia en San Clemente, un arco de cemento armado, pretencioso, finito, alto y gris, más el nombre del pueblo del que faltaba una letra o estaba torcida, te daba la bienvenida a un mes entero de aventuras, almejas, mar marrón y brisa reparadora.</p><p>Antes de eso, las vacaciones no empezaban si no parábamos en uno de los locales de ruta para desayunar, estirar las piernas y cargar nafta. Recuerdo con especial cariño uno que se llamaba La Posta, pasando Dolores. Era la prima menor de Atalaya. Y era también un páramo en medio de una Ruta 2 despojada, calurosa, polvorienta y detenida en los 60. Sus medialunas, su café con leche en taza ancha, blanca y pesada, eran un bálsamo con el que sin dudas inicié mi especial predilección por los malditos carbohidratos. El mozo llegaba a la mesa con las tazas ya ubicadas boca abajo delante tuyo, traía dos jarras de acero inoxidable en las manos sostenidas con especial talento y te preguntaba por la cantidad de café. Luego completaba con leche caliente. Hoy, época de café instantáneo y apurado y de mozos sin pasión, ese café negro, humeante y sin espuma, es una caricia nostálgica que todavía me emociona.</p><p>Cuando llegábamos a Santa Teresita, el panorama cambiaba. No había grandes torres de cristal, sino casitas bajas, aunque con jardines prolijos y pretensiosos. La ciudad te esperaba lista para la temporada. Sobresalían las calesitas recién pintadas, los escaparates con la última moda sobre maniquíes antiguos y los almacenes con las mismas galletitas que comprabas en la capital. Igual, lo primero que te recibía era el chalecito alquilado que olía a humedad guardada y donde el termotanque tardaba una eternidad en calentar.</p><p>La playa se vestía de un modo particular. La sombrilla a rayas no era un símbolo de status, sino una necesidad vital contra ese sol implacable. Funcionaba como búnker, comedor y vestidor. El olor a lona vieja se mezclaba con el aroma dulzón del bronceador Hawaian Tropic Siete Mil, que no te protegía de nada, pero te dejaba la piel brillosa como moneda nueva. Debajo, Chinchón o Generala de por medio, sonaba el hit de turno en el radiograbador portátil que resistía la arena y la sal como un gladiador. No había que chequear mensajes. Había que aburrirse. Y en ese bendito aburrimiento nacía la magia.</p><p>Al caer la tarde, con el cuerpo molido por las olas y todavía con el sabor salado en la boca, llegaba la ducha y el paseo por el centro, con peatonal y fichines incluidos. Yo era particularmente mal dotado para esos juegos del demonio como el Flipper o el Space Invaders. Prefería el metegol, donde siempre se jugaban River y Boca, dejando de lado mi amor inclaudicable por Independiente. Ahora que lo recuerdo, es por eso que no me importaba perder. Lo cierto es que el ritual era el mismo cada día: mirar vidrieras, comer un conito de dulce de leche Trassens o un helado Massera y sentir la adrenalina de Sacoa que anticipaba el otro día: más playa y peatonal. Más sonrisas y más materia prima para la fábrica de recuerdos.</p><p>Hoy, el verano es una sucesión estúpida de likes. La conexión es total, pero el contacto es nulo. Nos sentamos en la arena con un dispositivo que nos conecta al mundo, pero nos aísla de quien tenemos al lado.</p><p>Los veranos de los ochenta no eran mejores, eran simplemente reales. Estaban definidos por la limitación, que paradójicamente generaba libertad. La ausencia de la obligación de estar disponible hacía que cuando uno realmente se conectaba, fuera de verdad. Era la vida offline, sin filtros ni algoritmos, donde la única métrica del éxito era la quemadura en el hombro y el recuerdo de una tarde donde el Sol, las olas y la música bastaban para llenar el alma. En los ochenta, teníamos todo el futuro por delante. Teníamos a nuestros padres jóvenes y activos. Y a nuestros hermanos mayores marcándonos el camino. Tal vez en eso, y no en otra cosa, está el motivo por el cual éramos felices sin darnos cuenta.</p><p>Los dejo. Se me metió un granito de arena en el ojo. Ponele.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/W0_iBpwNYY9kdjg-rrD1ZKMCY5Q=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/01/viaje.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>Una reflexión sobre lo que perdimos cuando empezamos a estar siempre conectados.]]>
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                                                <category term="opinion" label="Opinión" />
                                <updated>2026-04-13T19:30:09+00:00</updated>
                <published>2026-01-04T04:32:37+00:00</published>
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            ¿Navidad? No, gracias
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                <![CDATA[Raúl Vázquez]]>
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        </author>
        
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/j6i_W7ydujQl75KgrlgeBNuLGJU=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2025/12/raulo.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>No es fácil encarar un texto en el que de antemano presumís que el mundo entero estará en desacuerdo. No es fácil estar solo. Como tampoco es sencillo saber que van a refutar tu opinión, algunos con razón y otros con desprecio, y que al final del día vas a quedar herido. Sin embargo, si quiero ser honesto con lo que escribo, debo decir que no hay momento del año que me desagrade más que la Navidad tal como la vivimos hoy. No es por un tema religioso. Creo firmemente en Dios, aunque debo decir que su nacimiento es para mí un acontecimiento bastante menor si lo comparamos con su obra, su muerte y su resurrección. Sin embargo, para quienes creemos en Dios, o al menos para mí, el 25 de diciembre debería ser un poco más espiritual y menos comercial. La Navidad ha transitado, con el paso de las décadas, de ser un rito de recogimiento y esperanza a convertirse en una maquinaria de consumo que parece medir el afecto según el recibo de compra.</p><p>No hay ni la mínima posibilidad de recuperar el sentido espiritual de la fecha. Y no estoy hablando de una Navidad menos comercial como un ataque a la alegría de regalar, sino como una invitación a descolonizar nuestro tiempo y nuestras prioridades. La espiritualidad, independientemente de nuestra creencia religiosa, se basa en la conexión. Mientras que el comercio y las corridas nos empujan hacia el exterior, hacia lo que falta, lo que hay que comprar, lo que hay que exhibir o lo que hay que tener. La verdadera Navidad nos debería invitar hacia el interior y hacia la mirada del otro. Una verdadera quimera compleja de revertir, sobre todo cuando la narrativa comercial nos dice que para ser felices debemos acumular.</p><p>Estoy definitivamente en contra de la Navidad en la que nos alegra más abrir regalos que corazones. Defender el nacimiento más espiritual de la historia de la humanidad es entender que lo que celebramos no es el éxito económico, sino la esperanza. Es la apuesta por la idea de que la luz puede nacer en el lugar más humilde y que lo más valioso de nuestras vidas no tiene código de barras. Al apagar las luces de las vidrieras y encender la calidez de nuestros hogares, deberíamos ser capaces de descubrir que la Navidad no se compra, se habita. Es paradójico ver que, mientras Dios no eligió un palacio de lujo, sino un establo, nosotros llenamos la Navidad de consumismo desenfrenado y lo recibimos en la lujosa posada que él mismo rechazó. Mientras nuestra fe nos invita a vivir las semanas previas en medio de la reflexión, el silencio y la esperanza, nosotros estamos en medio de una carrera para llenar la alacena de turrones. Así somos.</p><p>Con los cumpleaños me ocurre algo similar. Soy de los que piensan que nacer no debería ser motivo de festejo. Ni siquiera mi cumpleaños me gusta. Uno podría olvidarse de los ideales por 24 horas, sentir la amabilidad de aquellos que nos quieren y ser protagonista, al menos durante lo que duren encendidas las velitas. Pero no. Mi cumpleaños tampoco es motivo de festejo. Lo siento como algo que tiene que ver más con mis padres que conmigo. Algo más fortuito que digno de un festejo.</p><p>El día de tu cumpleaños te fuerzan a soplar una vela mientras cantan una canción que a nadie le gusta y vos tenés que poner cara de alegría delante de la torta y de sorpresa frente a un par de medias. Además, siempre me pareció que cumplir años es la confirmación de que el tiempo se acaba y de que estás un año más cerca de la muerte. Reivindico el derecho a cumplir años en silencio, sin que el teléfono estalle de mensajes por compromiso y con la vida discurriendo a elección del consumidor.</p><p>Mirá, no me leas con esa cara de "¿qué le pasa a este tipo? Ya sé que todo esto es políticamente incorrecto. Y que en un mundo donde tenés que andar con la sonrisa de plástico colgando de la cara desde que empieza diciembre, decir que las fiestas son un suplicio suena a sacrilegio. Lo sé. Pero sentémonos un minuto, saquemos el mantel de hule y hablemos en serio, como cuando nos quedamos solos después de un asado.</p><p>Soy de los que piensan que el festejo por obligación es la muerte del sentimiento. Y de los que preguntan en qué momento permitimos que un círculo rojo en el almanaque nos dicte cuándo tenemos que ser felices. No hay dudas: la Navidad se transformó en una maratón de hipocresía con olor a encierro. El 24 de diciembre pasó de ser un encuentro de gente que se quiere a una competencia de consumo en la que corrés por un regalo que el otro no necesita, gastás lo que no tenés y terminás comiendo lechón frío con 40 grados de térmica y con miedo a que se corte la luz. Es un verdadero simulacro de alegría donde todos miramos el reloj esperando que lleguen las dos de la mañana para salir corriendo a nuestra propia cama.</p><p>Estas líneas son, tal vez, el resultado de que era demasiado chico cuando mi familia festejaba con quienes hoy están ausentes. Evidentemente, no tener aquellas presencias míticas alrededor de la mesa, como el tío Juan y la tía Elvira, mi abuelo, papá, mamá y tantos otros a quienes recuerdo y no consigo remplazar, destiñe cualquier fiesta. Claramente, hay ausencias que nos marcan para siempre. Sin embargo, la Navidad me genera algo más profundo. No se trata solo de la tristeza de una mesa que, por las ausencias, se hace cada vez más chica. No se trata de extrañar las fotos en blanco y negro. No. Es algo más. Algo que nunca supe descifrar, pero que debe tener que ver con ese pasado que siempre vuelve distinto.</p><p>La última Navidad que recuerdo de Villa Luro es una imagen desteñida en la que sobresale la figura de mi padrino disfrazado de Papá Noel, bajando desde la terraza. Hoy descubro, cuando vuelvo a ese recuerdo, la inocencia ensayada de mi prima más grande y la soberbia de los mayores que sabían del disfraz y se sentían como si supieran los secretos del Universo.</p><p>Recuerdo también un patio colmado de familia, alguna grieta sobre la que discutían después de algunos vinos y una mesa en la que no faltaba nada porque la clase media lo tenía todo.La Navidad en la infancia es un instante en el que todo reluce. Es la esperanza que te da la inocencia y también la certeza de que nadie va a morir. Cuando somos chicos, la eternidad es tan palpable como ese pan dulce que en pocos días vas a disfrutar en tu mesa. Aunque su sabor sea otro.</p><p>La Navidad no era un evento de shopping ni un posteo de Instagram. Era un ritual de familia grande donde el verdadero escenario eran los patios. Sacábamos las mesas al Sol, los tablones descansaban sobre caballetes, y se armaba una suerte de banquete familiar que nada tiene que ver con los festejos indoor de hoy. Nos encerramos con el aire acondicionado a 24 grados, mirando el celular para ver qué cenó el pariente que vive a diez cuadras. Cambiamos el pinito de plástico con guirnaldas de colores por uno minimalista de diseño nórdico. Pero el sentimiento de querer estar con los que uno quiere, no cambió. Aunque la Navidad sea ese refugio donde intentamos, por una noche, que el mundo sea un lugar un poco más amable. Y fracasamos.</p><p>Ahora descubro que lo que nos duele de estos festejos es el vacío. Antes, si nos juntábamos, era justamente porque nadie nos llamaba. Hoy es todo una puesta en escena para el teléfono. Sacamos la foto del brindis, la subimos a las redes para que vean qué bien la pasamos, y automáticamente volvemos a hundir la nariz en la pantalla. Estamos más solos que nunca, pero rodeados de guirnaldas chinas.</p><p>Señoras, señores, reivindico a rajatabla el derecho a pasar el 24 de diciembre mirando una película vieja con un pebete de jamón y queso y una coca fría. Sin el peso de la Nochebuena sobre los hombros, pero con la certeza de Dios renaciendo en nuestro corazón. Reivindico, y en esto soy irreductible, la nostalgia eterna por aquellos que festejaron la Navidad con nosotros y hoy nos miran desde el cielo.</p><p>Postulo que el 24 de diciembre sea optativo. No para ir a trabajar según la patronal. Que sea optativo de alegría. Optativo para elegir el silencio. Optativo para despreciar a los mercaderes de ocasión. Al final de cuentas, vos y yo sabemos muy bien que los mejores momentos de la vida no tienen una fecha fija. No necesitan que rindan cuentas a la tradición. El verdadero festejo es el que te sorprende un martes cualquiera, al lado de un buen amigo, con un café de por medio y sin celulares que filmen para la posteridad.</p><p>Brindo por eso.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/j6i_W7ydujQl75KgrlgeBNuLGJU=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2025/12/raulo.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>Una crítica sin concesiones a la lógica del festejo obligatorio y a la mercantilización de los afectos.]]>
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                                                <category term="opinion" label="Opinión" />
                                <updated>2026-04-13T19:30:09+00:00</updated>
                <published>2025-12-25T15:28:51+00:00</published>
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        <title>
            Balances: entre el &quot;íspa&quot; que duele y el amor de Esther
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                <![CDATA[Raúl Vázquez]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/19GYHu4tQgSQ6VsefuT22qu7FYc=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2025/12/balance.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Cuando se acerca fin de año, quién sabe por qué, amanece en la mente de los hombres la innecesaria idea de hacer un balance. Llega el momento de imaginar las vacaciones, el Vitel Toné, sinónimo de decadencia creativa, la caja navideña, el aguinaldo, los brindis presenciales de todos los grupos de WhatsApp y nos traicionamos, sin razón aparente, con la postulación imbécil del tipo “¡este año fue un desastre!” o “buen año, este”. "Lástima el íspa” o “si Esther no me hubiera dejado en marzo, el año habría terminado bien”. Como si tu realidad individual pudiera abarcar las contingencias generales y definir un período de tiempo que seguro es distinto para cada uno de nosotros. Como si la vida se resumiera en un conjunto de errores o aciertos independientes en un lapso determinado.</p><p>Siempre tuve la impresión de que no hay nada más inexacto, impreciso e innecesario que un balance de nosotros sobre nosotros mismos. La selección de eventos a evaluar siempre es injusta y la valoración que hacemos es siempre descansando en lo que nuestro corazón y nuestra autoestima puedan resistir. Nos traicionamos porque no podemos ir en nuestra contra. Además, es especialmente difícil que logremos castigarnos con el recuerdo de un error garrafal de junio si cuatro meses después, por ejemplo, nos ganamos la lotería. Primero, porque el error garrafal queda en el olvido. Y luego, porque la decisión de jugarse la vida en el azar pasa a ser protagonista y borra los errores, maquilla el amor y hasta puede definir quiénes somos. Nada más injusto que eso. Nada más volátil que el azar.</p><p>No hagan balances, señores. Y si lo hacen, que sea un balance superficial, ligero, liviano, en un café de barrio, frente a una picadita estéril y dos copas de malbec. Y, sobre todo, tengamos el cuidado de hacerlo sentado con un par de amigos que piensan más en los ajustados breteles de la parroquiana de la derecha que en nuestras palabras vacías de sentido.</p><p>Sí es así, sí. Que venga el balance.&nbsp;</p><p>En esta humilde columna quincenal vamos a sucumbir a la idea de evaluar lo que hemos vivido. Acostumbrados a la idea central de revalorizar el pasado, de hacer renacer lo que fuimos desde la nostalgia, les propongo una evaluación general. Una postulación completa y arriesgada de lo que somos y lo que fuimos. Seguramente será injusta y posiblemente será incompleta. Pero si la idea es hacer balances, el desafío será atravesar los temores y las dudas que suponen las comparaciones entre el pasado y el futuro. Y hacerlo con todo el contexto que nos rodea. Superando el dolor de lo que pudimos ser. Y la angustia por lo que ya no seremos.</p><p>Empecemos pensando en aquel país que nos mostraron nuestros padres en los 70 y los 80. Y avancemos en un balance más social que particular. Un balance con menos grietas y más amor.</p><p>En nuestra infancia había una Argentina que caminaba con paso de barrio. Un país que se movía al ritmo de la heladera Garef que zumbaba en la cocina, del portón que chirriaba al abrirse cada mañana y del grito del sodero que dejaba los sifones de vidrio en la puerta. Era un país reconstruyéndose desde los cimientos, saliendo de la sombra hacia una luz incierta, pero luz al fin. Y ese movimiento, todavía tembloroso, tenía algo de épica silenciosa.</p><p>La vida cotidiana en Villa Luro era austera, pero abundante en significados. Alcanzaba con recorrer alguna de sus calles y descubrir la verdulería con cajones de madera que perfumaban la esquina; o el almacén con ese olor a mezcla de quesos, jamón crudo y galletitas Manón; o la peluquería de dos sillones donde el diario del día y las revistas del corazón eran biblias contemporáneas. Todo tenía una textura más física, más humana, más cálida. Y aunque no sobraba nada, parecía que alcanzaba todo.</p><p>En las veredas, la infancia hacía patria. Los chicos jugábamos hasta que la luz del día se apagaba como una llama, y solo volvíamos a casa cuando el aire empezaba a oler a los puchos de los adultos que charlaban sentados en sillas de madera. Jugar a la pelota era un verdadero mundial improvisado; cada pozo en la vereda era un obstáculo heroico y cada buzo, un poste reglamentario. La calle pertenecía a nosotros, y nosotros pertenecíamos al barrio.</p><p>Había también una educación emocional que nadie nombraba, pero todos seguían. Los mayores tenían autoridad sin levantar la voz. El “permiso”, el “por favor” y el “gracias” eran pilares inamovibles, casi como reglas del tránsito social. La palabra era una especie de documento interno con el que, si alguien prometía algo, lo cumplía. Y si se equivocaba, pedía disculpas. En el fondo, todos sabíamos que vivir en el barrio era también convivir con el otro.&nbsp;</p><p>La política, con sus trajes anchos, sus discursos largos y su fervor recién recuperado, era un ritual colectivo. El país entero parecía escuchar las radios y los televisores como si fueran templos hogareños en los que se procesaban emociones nuevas como la esperanza, el miedo y la renovación. Se discutía con pasión, sí, pero también con criterio; y se escuchaba al otro para entenderlo, no para vencerlo. Y en medio de esas conversaciones de sobremesa, más de una familia reconstruyó su propio mapa moral. Aunque después descubrimos que los años de plomo se cobraron las víctimas de la intolerancia en su mayor y más triste expresión.</p><p>Gracias a Dios, la Argentina no quedó congelada en esos años. Supimos superar a los años oscuros y algunos salieron sanos y salvos. Aunque heridos en el alma. El país creció, mutó, se aceleró. Los 90 trajeron vértigos, y el nuevo siglo, incertidumbre. Cumpleaños tras cumpleaños, algunas muertes después y casi sin darnos cuenta llegamos a hoy, a esta Argentina hiperconectada, ansiosa, un poco cansada y un poco menos sabia. Los barrios cambiaron. Donde estaba el videoclub, hoy tenés una farmacia abierta las 24 horas; donde había un almacén, apareció un chino con ofertas que se renuevan todos los días y vinos de dudoso origen; y donde pasaba el camión de la basura con la campana metálica, hoy pasan barrenderos con auriculares inalámbricos. Las plazas están más iluminadas, los colectivos son más limpios, los autos más seguros. El amor es tal vez lo único que no cambió, porque, como siempre y como corresponde, las mujeres deciden. Y los hombres creen que definen.</p><p>Sin embargo, algo se perdió en el camino. Ya nadie se queda a conversar en la puerta de casa. Las rejas se hicieron más altas y las persianas más rápidas. Los chicos juegan en pantallas lo que antes jugábamos en las veredas, y los vecinos, que sabían la historia completa de la cuadra, hoy apenas se reconocen por cortesía. La palabra, una verdadera moneda de oro, perdió parte de su valor y se devalúa rápido entre promesas rotas, tuits impulsivos y enojos sin sentido.</p><p>Aunque, para ser justos, debemos reconocer que algo aprendimos. Hoy somos más conscientes de nuestros derechos y también nos animamos a denunciar lo que antes callábamos. Hay más información, más acceso a la salud, más posibilidades de estudiar a distancia, de viajar y de ver el mundo. La tecnología nos regaló herramientas que los 80 jamás soñaron: podés hablar con un amigo que vive a miles de kilómetros, seducir con un mach inentendible, encontrar fotos viejas de tu abuela y hacerlas video para ver cómo bailaba en blanco y negro. Y hasta es posible ver cómo la panadería se hace gourmet, el café lo hace un tipo que se hace llamar barista y el peronismo se fagocita a sí mismo sorbiendo el veneno de una mujer que lo traicionó.</p><p>La Argentina de hoy no es esa postal amarillenta que guardamos en la memoria, pero tampoco es su negación. Es, quizás, una mezcla imperfecta, más conectada pero más sola, más equipada pero menos comunitaria, más rápida pero menos profunda. Y sin embargo, cuando el calor del verano cae sobre las calles o cuando una tormenta sacude los árboles y los deja perfumando la noche, algo de aquel país se filtra de nuevo, como un reflejo en el agua. A veces es un olor que mezcla el aroma a café con leche con la humedad de un pasillo viejo. Otras, un tango de Pugliese que suena en la AM, o un vecino que dice “¿cómo anda, maestro?” con una familiaridad que nos parecía extinguida.</p><p>Sepa el mundo que ríe en el estúpido carnaval carioca de los casamientos que la nostalgia no es sólo tristeza. Es también gratitud. Y ella nos recuerda que hubo un tiempo en que fuimos más chicos pero el mundo parecía más grande, más noble, más comprensible. Y quizás, en el rincón más profundo de nuestro recuerdo, sepamos que parte de esa Argentina todavía vive dentro de nosotros. Que cada gesto amable, cada palabra cumplida, cada reunión entre vecinos, cada mate compartido sin apuros, cada beso esquivo, cada guiño del pasado que asoma en una esquina del barrio, es en realidad una manera de rendir homenaje a quienes fuimos.</p><p>Porque al final del día, la Argentina de nuestra infancia no se fue del todo. Habita en el recuerdo del barrio en que nacimos. Y si prestamos atención cuando hagamos nuestro balance, tal vez podamos descubrir que algo de aquél espíritu infantil y soñador, aunque sea fragmentado, seguirá guiándonos para descubrir esta Argentina que intenta, una y otra vez, reencontrarse consigo misma.</p><p>Ahora sí, este balance injusto e incompleto se acaba con una propuesta: seguilo vos. Poné a tu familia, al amor de tu vida y a tus hijos en la balanza. Y no le digas a nadie, pero esa es la trampa perfecta para que siempre te dé positivo.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/19GYHu4tQgSQ6VsefuT22qu7FYc=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2025/12/balance.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>El amor y el barrio en cambio constante. Palabra devaluada y un truco para un balance positivo sin margen de error.]]>
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                                                <category term="opinion" label="Opinión" />
                                <updated>2026-04-13T19:30:09+00:00</updated>
                <published>2025-12-14T11:18:49+00:00</published>
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            Ese primer e inolvidable colectivo: ¡Parada, chofer!
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                <![CDATA[Raúl Vázquez]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/iICenf-JlzdFEoXpr4Ld4mB8e4I=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2025/11/experiencia.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>La primera vez que me sentí grande sin serlo, grande desde lo que podía hacer más que desde lo que podía decidir, fue cuando subí solo a un colectivo. Nos habíamos mudado desde Villa Luro a Villa del Parque y el inminente comienzo de clases implicaba una decisión trascendental. Tal vez la primera de mi vida. Cambiaba de colegio o utilizaba la Línea 135 durante unas 10 o 12 paradas para no cambiar mi destino en quinto grado.</p><p>El país, el mundo, algo más amable que hoy, permitía esas decisiones con tus hijos sin temores ni inseguridades. Así que mis padres decidieron que continúe en el Colegio Gendarmería Nacional de la calle Juan Agustín García y tomar el 135 de lunes a viernes. Demás está decir que mi mamá me acompañó la primera semana y me esperó al regreso en la parada del Hogar Obrero. Cuando el 135 pasaba el hito de la avenida Segurola, me levantaba del asiento, me agachaba levemente y, algunas cuadras después, sostenido del pasamanos, la descubría ahí. Verla esperándome a través del parabrisas y sentir la cercanía de mamá tan presente era sutil pero contundente, como dice un amigo cuando habla de la virgen. Y ahora que no está de este lado del cielo, deseo subirme para volver a verla y tener esa sensación única de seguridad que te daban sus manos. Si mamá esperaba, todo estaba bien.&nbsp;</p><p>Hubo un tiempo, no muy lejano, en el que viajar en colectivo por la ciudad era algo más que el sencillo trámite que supone ir del punto A al punto B. En los 80, el bondi porteño era un pequeño universo rodante, con códigos propios, colores que hablaban por sí solos y personajes que uno encontraba casi siempre en el mismo asiento, a la misma hora, como si formaran parte de un escenario itinerante que se reconstruía viaje tras viaje. Las paradas no eran esos distinguidos mástiles azul y blanco ni mucho menos los andenes prolijos del Metrobús. Cuando éramos chicos, en el barrio, las paradas estaban marcadas por el último árbol lastimado de la esquina. Y por una chapa clavada en su piel de madera que mostraba el número. Todavía recuerdo el 162 escrito en un antiguo árbol de la calle Camarones.</p><p>Y a veces, ni eso. Porque las paradas las definía el uso popular. La cantidad de gente que extendía su mano en ese lugar era motivo suficiente para que la empresa de transporte tuviese la potestad de darle entidad a esa parada. Y luego, mágicamente, un número pegado en el poste de la luz eternizaba esa esquina para siempre.</p><p>No había aplicaciones, ni GPS, ni paneles electrónicos que anunciaran el próximo arribo, ni seguimiento satelital, ni vehículos frontales. El pasajero subía al Mercedes 1114 y se guiaba por la intuición, por la memoria o por los consejos de algún veterano que sabía exactamente qué ramal doblaba por dónde. Cada línea tenía un lenguaje visual: los rojos intensos, los azules que parecían pintados a mano, las combinaciones de colores y los fileteados que convertían a cada coche en un objeto único. El colectivo era una obra artesanal. Hoy son un producto fabricado en serie. Aunque haya un atisbo de recuerdo y nostalgia en la idea del Gobierno de la Ciudad para darles un poco de entidad con un fileteado escueto, nada será igual al trabajo a mano que suponía un detalle pequeño, pero que en realidad era un acto de amor.</p><p>Los colectivos de aquella época tenían personalidad. Cada unidad era distinta: la banqueta más gastada, el dado de terciopelo colgando, la bocha de la palanca de cambios, la luz que parpadeaba al fondo, el timbre que había que apretar con decisión o no sonaba, el santo pegado en un espejo biselado, la sonrisa de Gardel en el otro o el nombre de una mujer envuelto en un corazón pintado en el respaldo del chofer. Hoy todo es más parejo y, hay que aceptarlo, más eficiente. Pero también más anónimo. Y en esa homogeneidad, algo de la identidad del viaje fue quedando en el camino. Y aunque estos párrafos no tratan de idealizar el pasado (porque los coches se rompían, el humo negro te acompañaba todo el trayecto y a veces la espera en la esquina era eterna), había un alma, un pulso barrial que hoy cuesta encontrar. En los 80, subirse al colectivo era, en cierto modo, sumarse a una pequeña comunidad momentánea. A un paréntesis de vida en la vida misma. Hoy, como el ascensor de la oficina, es apenas una etapa más dentro de la rutina diaria.</p><p>&nbsp;Viajar cuando éramos chicos implicaba el contacto humano que incluía a los choferes y su eterno despunte de billetes, para acomodarlos después en distintas cajitas de medida exacta y que luego, con una suerte de pesa o de tapa, los apilaba según la denominación. Así es, hijos del 2000: los colectiveros porteños eran protagonistas en un escenario vivo. Una especie de domador multifunción que hacía malabares mientras se abría paso entre taxis, camiones y autos impacientes.</p><p>&nbsp;Los taxis eran el gran enemigo. Colectiveros y taxistas eran dos rubros similares, pero incompatibles. Esa sí que era una grieta. Se odiaban. Unos, los taxistas, porque el colectivero amenazaba por tamaño. Se sentían dueños de la calle y conducían con la soberbia de quien porta un arma en la cárcel. Eran verdaderas ballenas jugando con el pecesito de Nemo. Otros, los colectiveros, odiaban a los taxis porque buscaban pasajeros a paso de abuela en andador y generaban atascos que eran merecedores de los insultos más elaborados y agresivos de la selva de cemento.</p><p>&nbsp;Los choferes, mientras gritaban “¡en el fondo hay lugar!” y generaban los apretujones más indeseados e inhumanos, conducían en una cabina decorada con estampitas, banderines, fotos y frases que eran verdaderos poemas involuntarios. Y, además, tenían que cobrar, darte el boleto y atender al usuario como si el colectivo fuera una pyme móvil y ellos los gerentes a cargo.</p><p>&nbsp;El pasajero subía, decía “uno setenta”, “dos veinte”, “Correo Central” o lo que costara el tramo, y el chofer hacía todo mientras en una décima de segundo miraba por los mil espejos, esquivaba un taxi o evitaba atropellar a una vieja distraída. Todo, con una diabólica boletera que colgaba a su diestra como una pequeña máquina industrial que emitía papelitos con un sonido seco, metálico e inolvidable. Los boletos eran escupidos desde esa máquina infernal, eran de los más extraños colores y, si te tocaba el número capicúa, lo guardabas en tu billetera como el tesoro más grande. O se lo contabas a la compañera de asiento para tratar, quién sabe, de iniciar un romance tan efímero como inaudito.</p><p>Después, y con la osadía de una sola mano porque la otra iba firme y pegada al volante, extraía de otra máquina del mal las monedas para darte el vuelto. A ciegas, desde un grupo de cilindros metálicos decorados por un falso árabe, accionando un botón con el pulgar, expulsaba las monedas que caían mansas en la palma de la mano para darte el vuelto mientras doblaba en Juan B. Justo como si nada.&nbsp;</p><p>Si el clima complicaba la vida del habitante de ciudad, sobre todo de aquellos que vivían cerca del arroyo Maldonado, imaginate lo que representaba para el colectivero. La lluvia empañaba los vidrios, el calor convertía al coche en una cámara tropical y los paraguas mojados generaban un barrito en la alfombra de goma del fuselaje que, sumado a la ausencia de aire acondicionado, convertía el viaje en una epopeya. Viajar con lluvia era para héroes.</p><p>Hoy el conductor está encerrado en su cápsula de vidrio, aislado del ruido, de las discusiones y de los comentarios de los pasajeros. Solo tiene que conducir. No cobra, no calcula, no entrega boletos. No tiene que lidiar con monedas, ni hacer malabares, ni recordar tarifas. Y del otro lado, el pasajero solo mira el celular. Antes, miraba la calle, leía La Razón o espiaba de reojo al de al lado. Sospecho casamientos y romances furtivos entre pasajeros del mismo asiento que se iniciaron con una mirada cómplice, generada tal vez por el vidrio empañado, hijo de una lluvia ocasional en alguna calle de Liniers.</p><p>Hoy el pasajero, que en realidad dejó de ser pasajero para ser usuario, sube, apoya la ídem, evita el contacto visual y busca su refugio digital. En los 80, la interacción era inevitable. Uno tenía que hablar. Tenía que pedir boleto, tenía que preguntar por el ramal o por si cruzaba Rivadavia, tenía que pedir que le avisen cuando llegue a Gaona y Segurola y tenía que entender si el taxista de adelante tenía madre o no. Otros, los más osados, se enamoraban de aquellas pasajeras que siempre se bajaban antes y dejaban la herida de lo que pudo haber sido.</p><p>El chofer no solo manejaba. El tipo orientaba, acomodaba, cobraba, informaba, se peleaba, contenía y seguramente jodía. Si un pibe de colegio subía sin plata, era el chofer quien decidía si lo dejaba viajar o no. Tal era el poder que manejaban. Reíte de Karina. Era el chofer quien conocía los nombres de los pasajeros habituales y, a veces, hasta el destino sin necesidad de que se lo dijeran. Un oráculo con volante que, inclusive, a veces, era acompañado por una dama de extraños orígenes que iba parada al lado de la puerta, a la izquierda del chofer y de quien todos, de una u otra manera, tejimos las más indecibles historias mientras duraba el viaje.</p><p>&nbsp;Sin dudas, el chofer perdió presencia. Hoy es casi una figura en segundo plano, aislado detrás de un vidrio, hablando apenas lo indispensable. No tiene que recordar recorridos complejos porque la empresa los fija por GPS. No puede poner música propia. No puede decorar la cabina. No puede charlar demasiado, no puede llevar amantes a su izquierda y no puede pelear con el taxista porque ahora son todos Uber.</p><p>&nbsp;Todo está reglado. Incómoda y mecánicamente reglado. El resultado es un viaje más ordenado, sí. Pero también más frío. Huérfano de esa identidad que definía a cada línea y a cada unidad. Antes, subir a un 106, a un 34 o a un 109 implicaba reconocer un estilo. Hoy, casi todas las líneas parecen el mismo molde repetido. Debe haber una fábrica como la de Tiempos Modernos que los expulsa, le meten un manejante y salen a la calle.</p><p>&nbsp;Cuando uno recuerda los colectivos de los 80, no añora las incomodidades. Lo que extraña es el vínculo. El momento compartido. El chofer cortando boletos mientras esquivaba pozos y comentaba el partido de ayer. Los colores brillantes pintados a mano. El fileteado que decía “Dios me guía”. El timbre con cablecito. El piso de goma y la porquería para abrir la ventanilla que solo abría con la fuerza del Ancho Peucelle.</p><p>&nbsp;Es sencillo: Hoy el colectivo te lleva. Antes, te acompañaba. Y en esa diferencia mínima, casi imperceptible, caben los cambios de toda una ciudad. Y la nostalgia de toda una vida.</p><p>&nbsp;¿La seguimos en la próxima? El bondi dobló la esquina y el maravilloso recuerdo de mamá me está esperando con el vascolé recién hecho.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/iICenf-JlzdFEoXpr4Ld4mB8e4I=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2025/11/experiencia.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>Sentirse grande viajando, pero con la atenta mirada maternal y el barrio siempre presente. Un amor, un boleto capicúa.]]>
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                                                <category term="opinion" label="Opinión" />
                                <updated>2026-04-13T19:30:09+00:00</updated>
                <published>2025-11-23T11:07:58+00:00</published>
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            Bar Tribunales: papá, el café, la gata y un recuerdo imborrable
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                <![CDATA[Raúl Vázquez]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/432hgcbu-Rnc8rt11y9OFnJYtNw=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2025/11/feca.png" class="type:primaryImage" /></figure><p>Cuando sos chico, hay momentos que se convierten en hitos. Recuerdos que hoy, bajo la mirada de cualquiera de nosotros, significan poco o nada y que aquella inocencia de la niñez los hace grandes y hasta inolvidables. Es como cuando lográs entender que el patio de los abuelos parecía inmenso, pero la realidad es que vos eras demasiado chico. Lo cierto es que una historia no es grande o chica. Sino que el tiempo las hace grandes por más chicas que parezcan. El tiempo y el recuerdo agradecido, condimento indispensable.</p><p>Seguramente, ojalá, este pueda ser un buen momento para que te detengas un rato, revuelvas en tu caja de olvidos y logres rescatar uno de esos ínfimos momentos para hacerlos crecer y convertirlos en ternura. Voy con uno como puntapié inicial. Humilde. Vos creá el tuyo y dale forma. Es domingo, dale. Tenés tiempo.</p><p>La relación con mi viejo empezó con un llamado tan sencillo como terminante. “Dale, vamos al negocio”, me dijo un domingo temprano. Mis ocho años saltaron de la cama y me alisté con la misma rapidez y alegría de un chico que se prepara para ir a Disney. Nunca entendí del todo su ida al bar, que estaba cerrado los fines de semana y que funcionaba gracias a los miles de abogados que trabajaban en la zona. Nunca, hasta ahora, que comprendí su pasión mientras disfruto de escribir a la luz tenue de una lámpara en las horas más extrañas.&nbsp;</p><p>En menos de cuarenta y cinco minutos, y sin que me importe el frío de ese domingo de julio, salimos en el auto hacia la esquina de Lavalle y Libertad. El Bar Tribunales de mi viejo iba a ser todo mío. El local sin clientes, la Plaza Lavalle, el viaje en auto, el sótano, darle de comer a la gata y la horma de fresco y el dulce de batata en caja de madera que a la vuelta viajarían en el asiento de atrás iban a darle forma a un nuevo recuerdo que hoy descubro guardado en esa caja donde ahora estás buscando vos el tuyo.&nbsp;</p><p>El Fiat 1600, ni bien tomó Corrientes y pasó por la esquina de la pizzería El Gol de Ortega Moreno, que siempre fue un faro y a la que nunca entré, siguió a medida que la avenida se hacía más moderna y más centro. Cruzó Callao y a las pocas cuadras dobló a la izquierda antes de llegar al obelisco. Estacionó ahí nomás, sobre Libertad, casi llegando a Lavalle. Hoy, replicar ese viaje en medio del tránsito es insufrible. Y estacionar ahí, literalmente imposible. Ventajas del pasado, que siempre se empeña en mostrarnos que los gratos recuerdos incluyen algunas cosas que en el presente son una quimera.&nbsp;</p><p>Si hay un arquetipo que define la esencia indomable de Buenos Aires, no es el Obelisco ni el Tango envasado para turistas que no comprenden sus letras ni su música. Es la mesa de un café, un estrecho cuadrilátero insonoro y manchado de pasado donde se jugaba, y a veces se perdía, el destino y la vida de los porteños.</p><p>Cuando hablo de la mesa del café como un refugio vital, no puedo evitar pensar en mi viejo, gallego y gastronómico, que no sé si habrá entendido que su Bar Tribunales era también un templo. Y que el café era el glorioso pretexto para que el habitante de este país, que todavía no había entrado en la insostenible debacle cultural de este tiempo, pudiera comprender y filosofar sobre el destino que le esperaba.</p><p>En los ojos de mi viejo se mezclaba el humo del tabaco con el vapor del pocillo bien cargado. Más allá de su Galicia natal, sospecho sin demasiados fundamentos que sabía muy bien que en la Argentina el café era mucho más que una infusión. Era una célula de resistencia cultural. Pensemos por un momento en la atmósfera: un espeso velo de humo de cigarrillos Particulares o de Jockey Club flotaba a media altura, encapsulando las mesas. Un sordo ruido de conversaciones que se mezclan con el sugerente silencio de las mesas con un solo habitante. Las tazas y los vasos chocando del otro lado del mostrador, generando un colchón de sonido agudo y casi musical. Y del otro lado, en la calle, la vorágine fila de gente que pasa sin destino hasta que uno de traje oscuro, como en un desfile, ingresa y arrastra la silla para sentarse y encontrar su destino mientras gira la cuchara de café.&nbsp;</p><p>El café humeante en los bares de los 80, desde el notable y persistente Tortoni hasta las mesas más modestas de barrio, se convirtió en las verdaderas casas de la palabra. Allí, con la voz baja y la mirada atenta del mozo confidente, mediador entre la barra y el deseo, se pasaban libros prohibidos, se debatían las noticias que los diarios callaban, se tejían las utopías que las billeteras negaban y se lloraba el amor esquivo. El ritual del café, con su parsimonia sagrada, era una pequeña victoria en medio del incipiente relato vertiginoso que llegó para modificar nuestro andar lento pero seguro.</p><p>Cuando crucé Libertad de la mano de mi viejo y entré por primera vez en mi vida al Bar Tribunales vacío de domingo, imaginé el día a día y el nervio de los mozos y su saco blanco impoluto. Los pensé corriendo y subiéndole el tono de voz a los pedidos. Y del otro lado de la barra, reinando detrás del mostrador de acero inoxidable, lo vi a mi viejo comprendiendo toda la comanda, ordenando lo que entra y lo que sale. Caminando sobre las maderas del piso y agachándose como en una danza para abrir la heladera y sacar el Delifrú, tal vez, el más maravilloso placer que mi paladar de niño disfrutó hasta hoy.</p><p>Se me ocurre pensar, y me queda como duda inexpugnable, si los mozos lograban ser testigos de la vida de los clientes a partir de sus actitudes en la mesa. ¿Sabrían quién leía a Benedetti disimulándose entre las páginas de La Razón? ¿Quién era el poeta que escribía versos en las servilletas? ¿Quién era el amante y quién el marido? ¿Sabrían quién era el perdedor y quién se llevaba el mundo por delante? No lo sé. Lo cierto es que ese domingo, de la mano de mi viejo, el Bar Tribunales fue una de las herramientas que me ayudó a ver un poco más allá. A sentir algo del otro. Y a vislumbrar parte del futuro mientras intentaba adivinar las profesiones según la vestimenta de la gente.</p><p>Cuando llegué al Bar Tribunales, faltaba muy poco para que nacieran los '80 y para que con el cambio de década llegue el resquebrajamiento del régimen y la explosión de la democracia. Allí fue cuando el café cambió de piel, aunque no de alma. El humo seguía allí, pero el tono de voz ya no era un murmullo cómplice, sino un grito de desahogo. Los cafés de la calle Corrientes, los de Almagro y hasta los de San Telmo se llenaron de una energía que permitió a la generación que había crecido bajo la bota descubrir el rock, el teatro y la filosofía. La libertad dejaba de ser utopía, aunque el café con leche y tres medialunas seguía siendo un clásico.</p><p>El debate ya no era la supervivencia, sino la refundación. Se discutía de alfonsinismo, de privatizaciones, de derechos humanos, y se hacía con la pasión desordenada del que recupera un tesoro. La mesa del café era la redacción de un diario invisible cuya portada no anunciaba la muerte, sino la esperanza. Más tarde, el tiempo, otra vez, se encargó de demostrar que todo fue una quimera. Y que los deseos son la ausencia de una realidad que no podemos alcanzar.</p><p>Mientras, de vuelta a Villa Luro y con el recuerdo de mi primera vez en el Bar Tribunales bien sólido y firme en mi memoria, dejo un párrafo para el café del barrio. Más modesto, con el mostrador mirando hacia Lope de Vega, no tenía la mística bohemia, pero sí la fidelidad comunitaria. Era el lugar donde el almacenero, el empleado de la Mutual y el estudiante se cruzaban. El espacio donde las fichas de dominó, los dados o el ancho de espadas eran un rito inalterable. Y donde el debate político no era teórico, sino brutalmente doméstico. Donde cada mesa era un pequeño club social en el que la información vital circulaba a la velocidad de un sorbo de café y donde el mozo ya no era testigo, sino casi un familiar que sabía cuándo cambiar el cenicero.</p><p>Vuelvo a mi viejo. No me queda más que imaginarlo mientras veo a los jóvenes con sus laptops y sus latte macchiatos en los flamantes coffee shops. Dios mío. Qué fácil puede ser olvidar la importancia fundacional del bar que cobijó a los de 50 y tantos. Qué fácil es olvidar esos cafés que fueron los pulmones de una ciudad que se ahogaba. Cafés que llegaron a ser el ámbito de una conjura literaria y política, el lugar donde se demostró, taza a taza, que el pensamiento es primo hermano de la libertad.</p><p>El aroma a café es, para los que bebimos en las viejas tazas de porcelana blanca, el perfume de una juventud que nos despide. Y, a la vez, es el legado de nuestra identidad porteña, innegociable y terca. Aunque todos seamos hijos de gallegos.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/432hgcbu-Rnc8rt11y9OFnJYtNw=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2025/11/feca.png" class="type:primaryImage" /></figure>Bar Tribunales: la barra, un feca y un recuerdo imborrable en el alma]]>
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                                                <category term="opinion" label="Opinión" />
                                <updated>2026-04-13T19:30:09+00:00</updated>
                <published>2025-11-09T12:35:32+00:00</published>
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        <title>
            Pan y queso
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                <![CDATA[Raúl Vázquez]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/cSErBAAkUMoazTIGZT2nWcRF4vQ=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2025/10/pan_y_queso.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Para un chico de 13 años de los barrios bajos, en la feliz década del 80, la elección más importante de su vida era el “Pan y Queso” en la plaza de la otra cuadra. Es en ese momento donde tus habilidades se ponían en consideración del otro y te sentías parte de un cruel mercado de futbolistas. Era allí cuando el valor que suponías tener descendía irremediablemente a medida que pasaba el tiempo y los elegidos no tenían tu nombre ni tu apodo. Para quienes disfrutamos de una pelota, ese era uno de los momentos más trascendentales de nuestras vidas.</p><p>Ser elegido entre los primeros constituía una suerte de aval a nuestro juego, a nuestra forma de ver el fútbol y, por qué no, a nuestra forma de encarar la vida. Ver cómo nuestros pares atravesaban el umbral de la elección mientras vos te quedabas del lado de los indeseables era una verdadera afrenta a tu autoestima. A veces, y solo a veces, te elegían por cariño o por amistad. Y aunque eso siempre es valorable, no cuenta. Todos sabemos que si un amigo no se destacaba en el fútbol, la amistad podría quedar para el sáunche y la Coca que se disfrutaba después del partido. Antes, no. El Pan y Queso que se precie de tal debe ser cruel, pero también justiciero. Al fin de cuentas, el dedo del pueblo nunca se equivoca.</p><p>En los años 80, una década de cambios y esperanzas que sin dudas dejó una huella indeleble en el corazón de muchos argentinos, las elecciones resultaron ser una nueva forma de vida para muchos de nosotros. Con mis 13 años, y claramente sin el derecho a votar, el 30 de octubre de 1983 terminó siendo, igual que para muchos, el inicio de una forma de vivir que, gracias a Dios y a pesar de muchos delincuentes disfrazados de políticos, no cambiaremos más.</p><p>En lugar de definir los protagonistas de un partidito de fútbol, el Pan y Queso de aquel 30 de octubre determinó el inicio de una nueva forma de vivir para una sociedad plagada de tensiones, frustraciones y muerte. Y que, si la cosa salía bien, iba a transformarse en otra con aspiraciones de profundas transformaciones, anhelos de justicia y reconciliación. Así, los argentinos acudieron a las urnas en lo que sería un evento histórico: las primeras elecciones democráticas desde 1973.</p><p>La campaña electoral estuvo plagada de entusiasmo y fervor popular. También de algunas mentiras. Los partidos políticos, que habían estado prohibidos o acallados, resurgieron con fuerza. Los dos candidatos principales, Raúl Alfonsín de la Unión Cívica Radical e Ítalo Argentino Luder del Partido Justicialista, fueron los protagonistas de la primera grieta que los chicos como yo presenciamos en vivo y en directo. Luego llegaron otras con protagonistas más duros y también más ignorantes.</p><p>Los años oscuros generados por los infames regímenes autoritarios nos regalaron el regreso de la democracia y el esperado despertar de un país que buscaba sanar sus heridas. La década comenzó con una Argentina aún bajo el yugo de una dictadura militar que había usurpado el poder en 1976. Un período marcado por la represión, la censura y la desaparición de personas. Sin embargo, para 1983, la presión interna y externa sobre el régimen militar había aumentado, especialmente después de la Guerra de Malvinas, que debilitó significativamente al gobierno de facto.</p><p>Aun con la herida de la guerra sangrando en la oscuridad, la democracia renacía, aunque parecía tan frágil como esa flor que se empeña en crecer después de la tormenta. Las promesas de justicia y reconciliación se anunciaban como un bálsamo para un pueblo ansioso por dejar atrás el pasado. Esas promesas, con el Pan y Queso algo desacreditado, siguen hoy brillando por su ausencia.</p><p>La llegada de las urnas fue una verdadera esperanza para muchos. Y el devenir de la vida política nos demostró que lo de 1983 fue mucho más trascendente que nuestro Pan y Queso en la plaza de la avenida Juan B. Justo. Elegir era un derecho. Aunque aquella alegría por determinar nuestros destinos pronto se toparía con la cruda realidad de una economía tambaleante y una sociedad dividida que hasta hoy muestra su peor faceta.</p><p>Cajón de Herminio mediante, la fórmula Alfonsín-Martínez logró una contundente victoria sobre la de los justicialistas Luder-Bittel. El gobierno radical marcó el retorno a la democracia y, con Raúl Alfonsín en el poder, se vislumbró la esperanza de un futuro mejor. El nuevo presidente se comprometió a restaurar las instituciones democráticas, a promover los derechos humanos y garantizar la justicia contra los crímenes cometidos durante la dictadura. Su lema, “Con la democracia se come, se educa y se cura”, resonó en el corazón de una nación ansiosa por el cambio. Pero lo que en realidad cambió fue la moneda y el Austral fracasó, barriendo con nuestros sueños de progreso y bienestar. El primer gran desengaño de nuestra nueva democracia llegó a poco más de cinco años de ser instaurada. Triste. Pero esa es otra historia.</p><p>Mientras mirábamos el mundo desde nuestra esquina, la tele de principios de los 80 nos mostraba a Reagan y a Thatcher al mando y al soviético Gorbachov a punto de entender. El planeta atravesaba sus propios dilemas y América Latina vivía su renacimiento democrático. En países como Brasil, Chile y Uruguay, la transición hacia gobiernos elegidos por el pueblo levantaba esperanzas. Este cambio fue impulsado por una combinación de factores, incluyendo presiones internas por reformas políticas y económicas, e influencias externas como la caída del comunismo en Europa y la promoción de la democracia por parte de algunos organismos internacionales.</p><p>Con aquella democracia incipiente que, culpa nuestra o de la paupérrima oferta política, nos trajo más sinsabores que certezas, debo decir que aún recuerdo con ternura esa televisión de los 80. Era la verdadera protagonista de las campañas electorales junto a los afiches en los que las sonrisas brillaban más que las propuestas. Con su color desajustado y el tono pastel de tubo catódico, la TV constituía el único puente entre los candidatos y el electorado. Las redes sociales no existían ni habían lastimado la credibilidad, y las tecnologías de la información recién comenzaban a hacer sentir su presencia, prometiendo una transformación en la manera de comunicar que hoy nos muestra la posverdad como si fuera una realidad irrefutable.</p><p>Las elecciones de los años 80 no fueron meros acontecimientos políticos; fueron verdaderos capítulos de nuestra historia. Una hisotria cargada de emociones y desafíos. De incertidumbre y de cambio. Para los que iniciábamos el secundario en ese momento, fue una época de aprendizaje sobre la importancia del voto popular, la participación política y los valores democráticos. Fue el primer Pan y Queso verdaderamente importante de nuestras vidas. Una elección en la que los argentinos buscamos líderes que pudieran guiarnos hacia un futuro mejor. Fue el momento en que entendimos definitivamente que la democracia, aunque imperfecta, es la mejor herramienta para construir un mañana más justo.</p><p>Hoy, al recordar el momento en que poníamos un pie delante del otro en esa danza excitante en la plaza de la esquina, entiendo que la elección de este domingo es bastante más trascendente. Y también más difícil. Porque cuando éramos chicos, el Pan y Queso nos obligaba a elegir entre un puñado de amigos inocentes. Hoy debemos elegir políticos. Y eso, a esta altura del partido, es un verdadero problema.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/cSErBAAkUMoazTIGZT2nWcRF4vQ=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2025/10/pan_y_queso.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>Una metáfora entre el juego infantil y las elecciones que marcaron el renacer democrático de 1983.]]>
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                                                <category term="opinion" label="Opinión" />
                                <updated>2026-04-13T19:30:09+00:00</updated>
                <published>2025-10-26T13:51:08+00:00</published>
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        <title>
            Muerte en la calle Camarones
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                <![CDATA[Raúl Vázquez]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/ge-yYXOhWqItt8MUaNPZ_eIjGxo=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2025/10/raulo.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Los años 70 y 80 fueron de erosión silenciosa. La crisis económica y el principio del fin de la dictadura generaron un ambiente de incertidumbre que, lamentablemente, con el tiempo fue creciendo. Los barrios cayeron en un pozo de deshonra y no murieron de un solo golpe, sino por el lento desgaste de las relaciones sociales, por el individualismo que se hizo rey, por la mezquindad del prójimo, por el miedo incipiente a la delincuencia que hoy nos atosiga y no tiene solución y por el incesante deterioro cultural y educativo que merece decenas de párrafos aparte. La muerte del barrio fue, en gran medida, la muerte definitiva de la inocencia y de la vida comunitaria.</p><p>Para un chico de diez años como yo, el barrio era un laberinto que se achicaba. Y la muerte no era una palabra que incluyera el desasosiego social, sino que era algo más simple. Era algo parecido más bien a la hora de la siesta o al cierre repentino del kiosco donde vendían figuritas que a la pérdida de valores o de amigos. Era la conciencia fría, pero imperceptible de que la libertad se empezaba a encoger hasta el límite de la puerta de calle. Para ese niño, la crisis era el sabor amargo de no tener la sonrisa del amor de tu vida. La muerte no era mucho más que un concepto que se vestía de recuerdo, o de lejanos familiares en blanco y negro que no habías conocido y que no era lógico que extrañes.</p><p>Sin embargo, el tiempo me fue demostrando que no hay forma de derrotarla. Desde la impaciencia que supone esta vida gobernada por la inmediatez, descubrimos que es imposible vencer a la muerte. Porque está ahí, esperando con su vestimenta oscura, disfrazada de destino. Inalterable, impertérrita. Se adivina su sonrisa hija de la suficiencia y de la soberbia del que se sabe ganador. Está ahí. Tan cerca y tan lejos.</p><p>En Villa Luro, durante un abril de fines de los 70, experimenté el primer llanto que provoca la muerte. Mi abuelo, un gallego duro, de los de antes, de pocas palabras y de carácter más bien tosco, casi hostil, dejaba este plano para que yo sienta la crueldad de mi primera pérdida verdadera. Lo lloré sin entender que estaba experimentando la desconocida novedad de la tristeza inaugural.</p><p>No sé cómo fue para vos, pero para mí, la muerte que se vivía en la infancia no era el final. No era esa certeza inamovible que luego aprendés a temer y con la que convivís de manera natural. Era algo más suave, más confuso, como una niebla que se lleva a la gente sin avisar, y que, en mi inocencia, sospechaba que algún día se disiparía.</p><p>Jamás olvidaré a mi papá anunciándome la muerte del suyo en la casa de Maico, un amigo que me cobijó en su inmenso patio de la calle Camarones para atenuar el dolor y disfrazar los extraños viajes de mis padres hacia el Centro Gallego, en la esquina de Pasco y Belgrano, donde el abuelo dejó de respirar. Recuerdo mi llanto confuso y recuerdo también que no entendía por qué. Seguía esperando que el abuelo regresara. ¿A dónde se había ido? Al cielo, me decían. A un lugar de estrellas y suaves nubes. Y yo, que creía en los héroes que siempre regresan, me quedaba esperando su paso pesado, convencido de que, si esperaba lo suficiente, lo vería bajar por las escaleras que iban a la terraza.</p><p>La muerte en la infancia es una puerta entreabierta, un misterio difícil de comprender para la mente de un chico, pero que a la vez es una promesa de que quizás, si esperás lo suficiente, el abuelo regrese. No experimentás esa sensación de pérdida definitiva. Solo hay una espera paciente, una fe ciega, una tristeza que es más bien una extrañeza, una nostalgia por lo que no está. Un anticipo de melancolía por un futuro bien distinto a ese presente en el que los abuelos son invencibles. Es una etapa de transición, una dolorosa lección que poco a poco nos enseña que algunas partidas son para siempre, aunque nos cueste aceptarlo.</p><p>A medida que el tiempo pasa, la muerte se viste de un traje diferente. Ya no es esa niebla que se lleva a la gente, ni ese viaje al cielo que algún día puede terminar con un pasaje de regreso. Es más bien una brutal interrupción. Una cachetada que te saca de tu burbuja y de esa estúpida certeza que afirma que la vida es un camino largo hacia un destino especialmente diseñado para vos.</p><p>Cuando crecés, ya no mirás al cielo buscando un rostro entre las estrellas. Ahora, la muerte es un vacío físico y palpable. Te das cuenta, de golpe, que la vida no es un ensayo, y que las personas que amás pueden irse de un momento a otro, sin previo aviso.</p><p>Una mañana de no sé qué año, mientras el Sol se empecinaba en entrar por las rendijas de la persiana de la calle Cortina, me despertó el grito desesperado de un vecino. Cruzando la calle, más bien para el lado de Magariños Cervantes, la madre de un alguien que siempre me sorprendió por su tremendo parecido con la Pepona Reinaldi, dejaba de existir. Mi vecino, con quien nada me unía más allá de ese lejano perecido que él ni sospechaba, pasó a ser el centro de mis dudas más existenciales. Durante varios días, tal vez semanas, me pregunté qué sería de sus sentimientos. Y me pregunté también cuánto podía durar el dolor después de ese grito irremediable. Al mismo tiempo, empecé a pensar en qué sería de mí ante la muerte de mi madre. Hoy comprendo más que nunca ese grito desgarrado por el dolor y la ausencia. Aún hoy, casi cotidianamente, mi alma grita en silencio cuando compruebo que sueño con ella, pero que no la tengo.</p><p>En Villa Luro, más tarde en Villa del Parque y finalmente en Almagro, que es lo mismo que decir, mi niñez, mi adolescencia y mi primera adultez, la relación con la muerte incluía el miedo. Era de aquellos que pensaban que la humanidad había inventado dioses, cielos, reencarnaciones e infinitos jardines para llenar ese gran vacío repleto de incertidumbre. Sostenía que la necesidad humana de un más allá obedecía solo al deseo de que el ser querido siga existiendo, y a una profunda necesidad de orden y significado en un universo que a menudo es caótico, solitario y lleno de ausencias. Pensaba en la muerte, ante todo, como la cesación total de la conciencia, la personalidad y la existencia. El fin de la mente que pensó, del cuerpo que sintió y de la energía que actuó. No hay juicio, no hay premio, ni castigo, ni reencuentro. El cuerpo regresa a ser materia, se transforma en un componente más del ciclo biológico. Lo interpretaba como un proceso natural, desprovisto de significado espiritual, pero imbuido de una certeza científica: el reciclaje, tan moderno hoy en día.</p><p>Paradójicamente, esta suerte de aceptación de la finitud le da a la vida un valor incalculable. Si de verdad este pequeño puñado de años es todo lo que tenemos, entonces la responsabilidad de vivirlos plenamente es absoluta. No hay una segunda oportunidad después de la muerte. Cada experiencia, cada relación, cada beso, cada momento se vuelve precioso y no debe ser desperdiciado. En fin. Una mirada tan nihilista como incompleta.</p><p>Hoy, después de algunas décadas y una inequívoca revelación, comprendí que la muerte no es un punto final, sino un umbral, una suerte de puerta de acceso a la vida para la cual la existencia terrenal, la de este lado, es solo una preparación. Esta visión está fuertemente marcada por la esperanza, por la fe en la resurrección de Cristo y por la total conciencia del seguro encuentro con los que nos precedieron.</p><p>Ahí es cuando vuelve mamá y le pregunto. ¿Hay un paraíso? ¿Existe el infierno o todo es simplemente la nada? ¿Me hablaste de verdad aquella noche en que soñé con tu voz?</p><p>Sea lo que sea, antes de que me atrape y me muestre su maldito rostro victorioso, que la muerte sepa una cosa: amé lo suficiente y me amaron bastante. Eso, aunque para algunos sea como ganar con un gol pedorro sobre la hora, es el verdadero triunfo sobre el olvido.</p><p>Y como todos sabemos, al menos de este lado del umbral, el olvido es lo que más se parece a la muerte.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/ge-yYXOhWqItt8MUaNPZ_eIjGxo=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2025/10/raulo.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>Villa Luro, un abuelo que se va, y el niño que aprende a esperar.]]>
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                <published>2025-10-11T17:21:47+00:00</published>
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            No podía morir el lunes
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                <![CDATA[Raúl Vázquez]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/LvMPY6HDlBdlw8-LmvNOh7AFqew=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2025/09/raulo.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>La vida está llena de momentos que nos transforman. Algunos son efímeros, otros dejan huellas indelebles. Lo que resulta interesante es que, por lo general, a medida que reflexionamos sobre alguna experiencia que nos haya cambiado la vida, los mortales comprendemos cuánto ha marcado nuestro camino y cómo lo ha modificado solo cuando el hilo en el carretel se acorta. Así somos. Esperamos los últimos diez minutos del partido para ejecutar lo que el DT nos dijo en el entretiempo.</p><p>Cuando atravesamos el umbral de los 50, irremediablemente, sentimos que vamos cambiando. Hayas sido un tipo atlético, esbelto y preocupado por tu figura y tu salud o un gordo sin remedio, el cuerpo nos sienta de prepo a tomar un café amargo y nos dice, sin puntos ni comas, qué hiciste bien y qué hiciste mal. Ahí, justo en el mismo instante en que comprendés que ya viviste más de lo que te queda por vivir, una mezcla de miedo, tibia esperanza y vulnerabilidad se adueña de tu historia.</p><p>No veas esta columna como una oda al pesimismo. No. Pero sí, por lo menos, como una humilde mirada de quien atraviesa la quinta década y se da cuenta de que el cuerpo te reclama. No sé bien qué, pero algo te reclama. Vos fijate.</p><p>Lo cierto es que una tarde, cuando menos lo esperás, vas a la guardia para tratar una gripe insoportable y te descubren una arritmia. Ahí nace un derrotero de análisis extraños y más o menos invasivos que terminan en el consultorio del cardiólogo.</p><p>Recuerdo la sensación de abrumadora incertidumbre cuando los médicos me confirmaron la arritmia. Me enteré de que esa anomalía en los latidos la tiene un alto porcentaje de la población y que es casi normal vivir con eso y algunos medicamentos. De todos modos, la palabra "intervención" resonó en mi mente como un eco por lo menos inquietante. Lo que en realidad estaba ocurriendo era el nacimiento del primer punto de inflexión e incertidumbre de mi existencia. Hasta ese momento, los hitos de mi vida fueron felices, como el nacimiento de mis hijas, o lógicos, como la muerte de mis padres. Lo cierto es que la sorpresa dio paso a un sentimiento extraño donde el miedo y la ansiedad invadían mis pensamientos y hacían del día a día una constante batalla para sonreír.</p><p>La intervención, según los médicos, era sencilla y el porcentaje de que algo saliera mal era sinceramente bajo. Pero uno nunca sabe. Así que fui a la iglesia con más ganas y traté de estar bastante más atento a los regalos invisibles de la vida. Me vi con varios amigos, me escribí con otros, desayuné con mis hermanos, cenamos en familia, me tomé unos días de vacaciones en el trabajo y pagué casi todas mis deudas. Después, la espera. La incertidumbre que crece y el almanaque que avanza más rápido que de costumbre.</p><p>El corazón representa al león de la selva, al capo de los órganos, al que manda. Y que te lo anden tocando, aunque de manera tangencial, siempre implica un poco de angustia.</p><p>Los días previos a la cirugía fueron una mezcla de emociones en silencio. Casi por instinto, intentaba mantenerme fuerte, sonriendo a la familia y sosteniendo la tormenta que se desataba con cada latido irregular de mi corazón. El miedo era palpable, casi tangible, y me hacía sentir pequeño frente a la inmensidad de lo que estaba por venir. ¿Exagerado? Es posible. Pero te aseguro que llega un momento en la vida donde descubrís que la muerte te acompaña en el asiento de atrás.</p><p>Y llegó el día.</p><p>Desde ya, mientras recorrés estos párrafos, podrás deducir fácilmente que todo salió muy bien. Si no hubiera sido así, estas líneas no existirían. Spoiler aparte, es importante decir que era mi primera vez en un quirófano y que, como es fácil de entender, lo desconocido eleva los porcentajes de desasosiego y miedo. Desconocer los ruidos, lo cotidiano, el ida y vuelta de los enfermeros, el uso de los aparatos que te rodean, entender si los pitidos de esas pantallas indescifrables que coronan tu camilla se condicen con la vida, son elementos que juegan y tallan dudas en tu mente mientras te ponen sondas y vías.</p><p>Mientras me preparaban para entrar al quirófano, comprendí que algunas cosas están especialmente pensadas para que los profesionales de la salud puedan divertirse un rato en horarios de trabajo. Párrafo aparte para el camisolín infame que te dan en esa sala fría y blanca. Si los pacientes fuéramos conscientes de la imagen que damos vestidos así, seríamos irreductibles y no permitiríamos por nada del mundo que la posible última imagen que los mortales tengan de nosotros sea esa. Es chico, abierto en los costados, quién sabe por qué, y lo suficientemente transparente como para que las enfermeras noten que el miedo encoge. Una vergüenza. La misma deshonra que supone usar el papagallo una vez que estás en terapia intensiva. Nada, pero nada, se asemeja más a la ignominia que el uso de ese elemento incómodo e ingrato. Vos estás dolorido, derrotado por el deshonor que supone un cuerpo frágil y herido, en posición horizontal, lejano a la zona de la acción y, encima, atravesado por la mirada inquisidora de una enfermera que intimida como nadie. Orinar en ese contexto es más complicado que envolver un triciclo.</p><p>Pero eso ocurre después. Volvamos al quirófano. Al momento clave donde realmente se definen las cosas. Como todo puede empeorar, antes de la intervención, con esa bata arrugada por el temor que envuelve tus muslos y desluce tu virilidad, te afeitan el cuerpo. ¡Sí, te afeitan los hijos de puta! Se acerca una enfermera, enciende una maquinita y casi sin alertarte la empieza a pasar por las más extrañas zonas de tu cuerpo. Y lo hacen mal. Quedás semidepilado, casi en pelotas, con miedo y en manos de desconocidos. Si eso es lo que ve Dios cuando alguno se muda al cielo, debe reírse bastante.</p><p>Después llega el momento de la anestesia. Todos somos temerosos a eso porque nos han contado tantas experiencias como amigos intervenidos tenemos. Lo cierto es que llega un momento en que te das cuenta de que estás hablando pavadas. Y que, encima, las decís mal. Recuerdo que respondí a esa pregunta vana y estúpida que los médicos deben hacer cuando quieren sacarte conversación. Mi respuesta fue, aunque con firmeza y orgullo, también con la lengua semidormida: “De Indebenbiende, edrey degobas”.</p><p>Y listo. Me dormí.</p><p>El tema es que no te duermas vos. Humildemente, te aseguro que si algo importa en ese momento es vivir. No por miedo a la muerte. No. Sino porque te das cuenta de que todavía tenés muchos te amo por decir. Y muchas palabras por compartir. No podía morir el lunes. Estaba escrito.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/LvMPY6HDlBdlw8-LmvNOh7AFqew=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2025/09/raulo.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>Entre la angustia del quirófano y la ternura de los afectos, una experiencia que transforma.]]>
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                                <updated>2026-04-13T19:30:09+00:00</updated>
                <published>2025-09-28T14:29:07+00:00</published>
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            Sobre amores y amistades
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                <![CDATA[Raúl Vázquez]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/zr6tqF48eV_htt7x2nINQK4ayLc=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2025/09/amores.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Sepan disculpar esta disgresión gratuita. Hoy quiero empezar nuestro encuentro de este fin de semana con una suspicacia sin fundamentos. Una idea que, desde que nos encontramos en esta tribuna digital, se ha forjado casi sin que ustedes y yo lo hayamos propuesto. Tengo la sensación, humilde y seguramente equivocada, de que esta columna cuenta con la complicidad de algunos amigos. A fuerza de melancolías, de miradas hacia el pasado, de guiños del recuerdo, de imaginarias caminatas por el barrio en que nacimos y de alguna pequeña idea más o menos luminosa, se ha forjado una relación entre quien escribe y ustedes, lectores. Una amistad pasajera, novedosa y posiblemente más hija del aburrimiento dominical que de la posibilidad de leer algo interesante.</p><p>Esta relación inesperada, creo, es ya lo suficientemente madura y sólida como para que seamos capaces de ahondar en temas difíciles. Te propongo sumergirnos en el desafío de animarnos a debates mucho más serios y trascendentes. Dejemos nuestras tibiezas de lado, juguemos a la grieta y sumémonos a una polémica que posiblemente deje más heridas que las últimas elecciones en la provincia de Buenos Aires.</p><p>Pero cuidado. Si avanzás por los próximos renglones, no vas a poder escapar. Sería un temeroso gesto de tu parte abrir la puerta con sigilo y no entrar. Aunque esté oscuro, barroso y peligroso, te pido el valor de tomar partido sobre algo más viejo que el mundo y más polémico que las listas de Karina y Pareja. Acá no juzgamos a nadie. Y no olvides que estas líneas son, ante todo, un aporte más a la confusión general.</p><p>Ahí vamos. El postulado es sencillo. Pero también profundo e inabarcable. ¿Existe la amistad entre el hombre y la mujer?</p><p>Empecemos.</p><p>Antes que nada, digamos que la amistad entre distintos géneros es un sentimiento que nace irremediablemente durante el secundario. La adolescencia suele ser un espacio de nuestra existencia que es especialmente proclive a las pasiones. Las amistades nacen para durar toda la vida. No obstante, mientras creemos que van a trascender los tiempos terminan acabándose, como mucho, uno o dos lustros después de quinto año.</p><p>Otro ítem a tener en cuenta antes de ingresar a la polémica es reconocer que la amistad no siempre es aquello que creemos que es. La verdadera amistad, la que contempla la posibilidad concreta de dar la vida por los amigos, es un sentimiento que pocas veces se presenta en nuestra existencia. Y, por lo general, se da entre hombres. Asumo el primer riesgo y digo: el hombre es más amigo del hombre que la mujer de la mujer. El hombre no compite, sino que se la juega en la sinceridad. Y la mujer juega su partido en el terreno de la comparación.</p><p>Hay otro punto que necesariamente debe quedar claro antes de seguir. Sepa el lector que un amigo de verdad es el que trasciende los tiempos, el que crece con nosotros y que, por lo general, está décadas a nuestro lado. Aunque no lo veamos asiduamente, aunque pasen años, la unión es tan fuerte y sólida que no se resquebraja. De esa amistad estamos hablando. En mi caso particular, me sobran los dedos de una mano para contarlos. Y me sobran también algunos retazos de mi vida en los que pude comprobar el férreo lazo que nos une. Es de vital importancia que avancemos con la condición de no banalizar la amistad. De no ponerle el título de amigo a cualquier chichipío que nos escucha en la parrilla de nuestro cuñado. Esos quedan afuera.</p><p>Pero vayamos al punto. La amistad entre un hombre y una mujer es un vínculo único y complejo, a menudo idealizado en las novelas de Migré, en el cine y en la literatura, y muy debatido en la vida real del café o de las reuniones de Tupper. Es una conexión que, si estuviera libre de las presiones románticas, podría ofrecernos una perspectiva diferente y enriquecedora.</p><p>En ese sentido, si tomamos uno de los rasgos más superficiales de la amistad, podemos decir que una de las mayores fortalezas de la relación entre ella y él es la posibilidad de ver el mundo a través de los ojos del otro género. Un amigo o amiga, según el caso, puede ofrecernos un punto de vista que tal vez no habíamos considerado, ayudándonos a entender mejor ciertas situaciones o inclusive revelándonos a nosotros mismos. Porque una mirada de distinto género siempre podrá revelarnos algo desconocido.</p><p>Esta diversidad de perspectiva es invaluable, ya sea para pedir un consejo o para simplemente escuchar una opinión sincera y distinta. Por tanto, si hay diferencias de género, la mirada del otro se hace complementaria. Punto para la amistad. Ahora bien, si esa mujer amiga, confidente, amable y sincera tiene la mirada y la promesa de tu primera novia, la teoría se desmorona.</p><p>Más allá de cualquier estereotipo, lo que define una verdadera amistad es la confianza y el respeto mutuo. Este tipo de vínculo crea un espacio seguro donde no hay sitio para el juicio. Es un lugar donde se pueden compartir miedos, alegrías y fracasos sin temor a ser malinterpretado, y donde la honestidad es la base de todo. En este punto hay que decir que, no sé por qué razón, la mujer cree más en esto que el hombre. Ya lo dijo alguna vez Dalmiro Sáenz: “Mientras el hombre se enamora de la mujer, la mujer se enamora de la pareja”. En consecuencia, si el vínculo es honesto, sin prejuicios, respetuoso, saludable, sensible, profundo y confiable, la mujer se desenvolverá cómoda en esa relación amistosa. Y el hombre, probablemente en silencio y luchando para modificar un abrazo de consuelo en un anticipo del amor, sentirá desfallecer.</p><p>Claramente, aunque la amistad entre un hombre y una mujer puede ser muy gratificante, no está exenta del desafío de sostenerse sin poner sobre la mesa los sentimientos no expresados. Estos pueden complicar la relación al punto de confundir un hotel alojamiento con la entrada de un taller mecánico.</p><p>El debate sobre la amistad entre el hombre y la mujer es tan antiguo como las relaciones humanas. Sin embargo, a pesar de siglos discutiendo, muchos sostienen que no es una amistad pura. Esta postura no niega que pueda haber un vínculo cercano o una conexión profunda, pero argumenta que la dinámica siempre estará teñida por un texto entre líneas, una tensión subyacente, que se manifiesta en él o en ella, nunca en los dos a la vez, y que constituye lisa y llanamente la idea sexual o romántica que viene con el amigo o la amiga. Uno de los dos miente. Sobre todo si esto ocurre cuando ni siquiera llegamos a terminar la universidad.</p><p>Para que una amistad sea genuina, debe ser libre de cualquier atracción o posibilidad de ese algo más que te lleva debajo de las sábanas. Sin embargo, es muy común que al menos una de las dos personas desarrolle sentimientos románticos o de deseo en algún momento. Esta atracción, ya sea consciente o inconsciente, se convierte en una variable que cambia las reglas del juego. “Te quiero, amigo, pero mejor vestite”, sería la mejor manera de resumirlo y entenderlo. Y esto no constituye en absoluto una traición a la amistad del otro. No. Solo que de tanto coincidir en ideas, de tanto coincidir en el cine, de tanto leer a los mismos autores y de tanto tomar café con la misma cantidad de azúcar, surge la idea de acostarte con tu amiga para explicarle de una forma más sencilla y silenciosa que la amás. Así de simple.</p><p>No debemos soslayar que el hombre, como sinónimo de ser humano y no como antónimo de mujer, de forma natural, busca pareja. En muchos casos, los amigos de géneros opuestos son la primera línea de defensa para encontrar a alguien. Están ahí, al alcance de la mano. Naturalmente, la amistad se convierte en una especie de sala de espera o de precalentamiento para una relación romántica. Las bromas, los coqueteos sutiles, las coincidencias, el total conocimiento del otro o el simple hecho de pasar tiempo juntos deben ser interpretados como señales, no de amistad, sino de un posible interés.</p><p>Todo esto que compartimos hasta aquí resume gran parte de nuestro colegio secundario. Mientras uno (por lo general, la mujer) puede estar feliz con la amistad, el otro (por lo general, el hombre) podría estar esperando una oportunidad para declararse o para que la relación avance. Esta desigualdad crea un desequilibrio y puede llevar a la frustración, al resentimiento y, finalmente, al olvido. Como ves, no siempre hay un final feliz. Si la persona que se enamora no es correspondida, la amistad puede volverse incómoda, desequilibrada e incluso romperse por completo. La honestidad en ese momento es crucial, aunque dolorosa. Porque la amistad que una vez existió ha cambiado para siempre. Y será mejor que te vayas, antes de que te inviten al casamiento de la persona que soñamos.</p><p>Por último, es importante decir que estas dudas que nos atormentan en la juventud empiezan a tener respuesta luego de varios años. La idea sería así, anoten al margen: conocés a alguien, coinciden en gustos, se hacen amigos, comparten el mate, el cine, eligen el mismo sabor de helado, te despertás pensando en ella, dudás sobre la amistad, te enamorás, ella acepta y te casás. Por eso, si aún no encontraste al amor de tu vida y tenés varias amistades, elegí una. Total, después de tanto filosofar al cuete, viene el turro de Cupido, que siempre está haciendo Alcoyana Alcoyana con los corazones de la gente, y zás! Tenés dos hijas y sos feliz hasta el fin de los tiempos.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/zr6tqF48eV_htt7x2nINQK4ayLc=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2025/09/amores.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>Una reflexión sin tabúes sobre la delgada línea que separa la complicidad de la atracción en los vínculos humanos.]]>
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                                                <category term="opinion" label="Opinión" />
                                <updated>2026-04-13T19:30:09+00:00</updated>
                <published>2025-09-14T14:55:41+00:00</published>
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