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    <title>Newstad</title>
    <subtitle>Últimas noticias de Argentina</subtitle>
    <updated>2026-10-17T13:50:32+00:00</updated>
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            Una muerte sencilla
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                <![CDATA[Raúl Vázquez]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/Ra-P0pMFJyCDMh_xEpT1O6xgq9Y=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/10/confe.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>No conocí a Fernando Confessore. Pero, más allá de la distancia a la que nos ubica la vida, está claro que hay noticias que nunca entran por la puerta de la lógica o el entendimiento. Y no entran porque la cabeza, como todos sabemos, es un lugar de lógica pura, de secuencias, de causas y consecuencias que sólo permite el tamiz de la razón. Y estas cosas que pasan cuando suena el teléfono fuera de hora no tienen nada que ver con eso. Es una sacudida brutal en el centro del pecho. Un frío seco, instantáneo, que baja de golpe por la espalda y te deja inmóvil en el medio del pasillo o con la mano congelada sobre el teclado.</p><p>Alguien te dice una frase corta. Cuatro o cinco palabras. Alguien te dice "Se nos fue Fulano o Mengano" y el mundo, que hace diez segundos rodaba con la prepotencia habitual de un día cualquiera, se frena de golpe.</p><p>Una muerte sencilla, la de un personaje desconocido para mí, pero que generó mucha tristeza y asombro, despertó la incomodidad y el deseo de dejar en este foro algunas humildes ideas. Una muerte sencilla, como la de Fernando Confessore, es la muerte de alguien que se hizo amigo por la cercanía de la pantalla. Casi treinta años diciendo cómo te deberías vestir en la mañana para que no pases frío o calor durante el día es un amigo, sin dudas. Y ese amigo se fue. Y sé de otros amigos que sufren su pérdida. Tal vez estas líneas se puedan disfrazar de abrazo de consuelo a la distancia.</p><p>Cuando el mundo se detiene con estas crueles novedades, el cuerpo reacciona antes que las ideas. Primero es la negación, la respiración que se traba. Y después, los ojos que buscan un punto fijo en la pared a la espera de que sea una broma de mal gusto, un malentendido, un error en los nombres, una fake de las redes. Pero no. Murió un amigo. Así, a secas. Sin previo aviso, sin anestesia, sin darle tiempo al alma para acomodarse a la idea.</p><p>Tenía cincuenta y ocho años. Y ahí es donde la cabeza se rebela con rabia. Cincuenta y cuatro, cincuenta y tres, qué más da la cifra exacta cuando suena a trampa, a despojo impune. A esa edad uno no está preparado para despedir a un par de la vida. A los cincuenta y pico uno está en la mitad del río, nadando con fuerza, con la sensación implícita de que la otra orilla todavía queda lejos. Es la etapa donde deberíamos estar planeando la próxima comida, discutiendo sobre fútbol o política con la misma pasión ingenua de los veinte años, o cargándonos entre nosotros por esos achaques que empiezan a asomar como pequeños avisos sin importancia.</p><p>Cuando alguien de tu propia generación se apaga de golpe, lo que se rompe de fondo es esa ilusión anestésica que construimos para poder salir a la calle todos los días. La ilusión de tener el control. Nos pasamos la vida proyectando a diez, quince, veinte años. Pensamos en los viajes que haremos cuando haya tiempo, en las charlas postergadas para cuando afloje el trabajo, en los abrazos que dejamos suspendidos porque siempre asumimos que mañana habrá otro día idéntico a este. Nos movemos por la rutina diaria con la soberbia del que se cree inmune, tratando al calendario como si fuera un cheque en blanco sin fecha de vencimiento.</p><p>Y de pronto, un manotazo invisible tira la mesa abajo, rompe la vajilla de un golpe y hace crujir la estructura de nuestro metro cuadrado.</p><p>La ausencia de un amigo no es solo un dato biográfico; es un desorden profundo en la geografía sentimental. Un amigo de toda la vida es, en el fondo, un testigo de quién fuiste antes de convertirte en esto que sos. Es alguien que conoce tus derrotas sin juzgarte, que se acuerda de tus primeros ridículos, que guarda la clave de risas viejas que ya nadie entiende. Cuando ese amigo parte antes de tiempo, no solo te arranca su presencia; se lleva consigo una porción de tu propia memoria. Hay anécdotas que quedan desiertas, chistes con código que quedan huérfanos, historias compartidas que ya no tendrán al otro partícipe necesario.</p><p>Durante los primeros días, el dolor se manifiesta en las cosas más mínimas y cotidianas. En la costumbre mecánica de tomar el celular para mandarle un meme y frenar el pulgar a mitad de camino al recordar que del otro lado ya no hay nadie. En el silencio denso que queda en el grupo de amigos, donde todos hablan despacio, como pidiendo permiso y esquivando el lugar vacío en la mesa. Es un luto que no se lleva en la ropa, sino en la pesadez de los pasos, en esa mirada que se pierde en la ventana del colectivo mientras la ciudad sigue girando ajena a la herida que se abrió en tu vida.</p><p>Sin embargo, en el fondo de esa tristeza rabiosa, cuando el impacto inicial empieza a asentarse, aparece algo imperativo. Aparece la esperanza, esa gran invitada a la mesa del dolor. Llega como una certeza sorda, urgente, casi violenta que se impone por encima de la nostalgia. Y te invita, casi en un susurro, a volver a mirar la vida de frente.</p><p>Porque la partida de alguien querido a mitad de camino no viene a pedirnos que nos rindamos al miedo o que nos encerremos en la amargura. Viene a darnos un sacudón en los hombros para recordarnos la verdad más elemental, la que tapamos a diario bajo la montaña de urgencias inventadas, de facturas por vencer y del amor no correspondido. Ese sacudón positivo nos dice que la vida no se posterga. Que no es el destino al que vamos a llegar cuando todo esté ordenado; la vida es esta tarde gris, es este café que se va enfriando en la taza, es el abrazo despeinado que le diste a tu hijas en la mañana, es la llamada que le debés a esa persona que tanto querés y que siempre dejas para después.</p><p>Estar vivos no debería ser un estado automático. No debería ser simplemente respirar, pagar las cuentas y dejar que las hojas del almanaque caigan por inercia. Estar vivos es honrar el privilegio enorme y frágil de seguir acá. Es entender que el tiempo no es un recurso infinito y que la única urgencia real es el afecto.</p><p>Llegará el momento, como a los amigos de Confessore, en que tocará sobrellevar la pena, encarar el vacío y aprender a convivir con ese silencio con forma de amigo. Nos quedará la rabia de todo lo que no pudo ser, de los proyectos que seguirán flotando en el aire, de los abrazos que quedarán debiéndose. Pero también nos quedará un compromiso ético con la memoria. Nos quedará entender de una vez y para siempre que no deberíamos desperdiciar el tiempo que nos queda.</p><p>A los que se van demasiado pronto no se los honra volviéndose sombras. Se los honra viviendo con más ganas, sintiéndonos más fuertes, aflojando con las rencillas menores que no importan y buscando a los que queremos sin esperar a que haya una excusa en el calendario.</p><p>Porque al final del día, cuando el ruido se apague y nos quedemos a solas con nosotros mismos, nos daremos cuenta de que no hay mayor misterio ni mayor urgencia que estar vivos. Y mientras estemos vivos, sencillamente, deberíamos celebrar cada segundo. Ni más ni menos.</p><p>No conocí a Confessore. Pero le agradezco el sopapo de su muerte que me permitió entender que tengo que abrazar a ese amigo que hace unas cuantas semanas que no llamo. Andá y hacé lo mismo. No seamos boludos.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/Ra-P0pMFJyCDMh_xEpT1O6xgq9Y=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/10/confe.webp" class="type:primaryImage" /></figure>La partida de Fernando Confessore invita a reflexionar sobre la amistad, el tiempo y la urgencia de vivir.]]>
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                                                <category term="opinion" label="Opinión" />
                                <updated>2026-10-17T13:50:32+00:00</updated>
                <published>2026-10-17T13:50:30+00:00</published>
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            Pobre León: rezamos por vos
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                <![CDATA[Raúl Vázquez]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/D9UIX69wMdCIytXMPiNYApH0040=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/10/papa_leon_xiv.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Pobre León</p><p>Recuerdo haber escrito unas líneas en esta tribuna, ni bien nos enteramos de la muerte de Francisco en las que, con angustia, le pedía perdón a la figura más trascendental de nuestra historia. Un perdón nacido del dolor y de la irremediable forma de ser de los argentinos. Pero prefiero no volver a esa nota. Lo hecho, hecho está. Aunque, a modo de prólogo, podés leerla acá Perdón, Francisco – Newstad</p><p>Vayamos a la actualidad. Hace unas semanas se confirmó la noticia y todavía dura la espuma. El papa León, tal vez saldando una deuda, pisará durante noviembre suelo argentino en visita apostólica. El sucesor de Pedro armará las valijas, pasará por el amable Uruguay y, antes de recorrer su historia en Perú, la tierra que lo cobijó durante años, seremos parte de su itinerario y caminará por esta bendita y castigada porción del sur del mapa.</p><p>Desde que la Santa Sede hizo oficial el anuncio, venimos asistiendo a un previsible espectáculo: despachos oficiales alborotados, reuniones de gabinete de apuro, comisiones episcopales improvisadas, cónclaves nerviosos en la oposición y frenesí en los canales de noticias que transmiten con placas de último momento. Pero, sobre todo, venimos imaginando la misma sonrisa socarrona y calculadora de nuestros dirigentes políticos, que llevarán días frotándose las manos ante la oportunidad dorada de conseguir una foto, de arañar una bendición pública o de recibir un rosario mientras el contrincante de turno chupa un clavo sentado sobre una calabaza.</p><p>Pobre León. Qué poco sabe (o tal vez cuánto sabe, y aun así viene, por pura misericordia) de la Argentina que va descubrir cuando aterrice. Se va a encontrar con el mismo país que sepultó viva la figura de Francisco antes de llegar a la eternidad. Ese mismo Francisco al que dejamos solo, al que encerramos en el chiquitaje casero, al que le medimos los milímetros de la boca en cada fotografía para ver si sonreía más hacia la derecha o hacia la izquierda. El mismo Francisco al que le juzgamos sus gestos para calcular si eran de simpatía para el gobierno de turno o de desprecio para la oposición. Se va a encontrar con una patria donde no aprendimos la lección, un país que sigue sin saber entender a sus profetas porque está demasiado ocupado escuchando a los corruptos de siempre.</p><p>Lamentablemente, el Papa León no se va a encontrar con una nación en marcha, ni con ese mito fundacional del granero del mundo que nos gusta desempolvar cuando nos emborrachamos de nostalgia. Se va a encontrar con las cifras de una tragedia estructural que, disfrazada de fuente petróleo, ni siquiera nos conmueve porque ya es parte de nuestra rutina.</p><p>Lo recibiremos con una vergonzosa cifra de pobreza (superior al 30 por ciento) que golpea el pecho de la población. Con más de un 7% de indigencia que significa, en criollo, que casi cuatro millones de hermanos no tienen garantizado el plato de comida diario en la tierra de la carne y el trigo. Se va a encontrar con un país donde la cantidad de chicos pobres es un grito de angustia. Y casi la mitad de los pibes menores de 14 años se van a la cama con el estómago haciendo ruido o alimentándose de fideos con gorgojos y mate cocido. Mientras en el Congreso se tiran con las bancas por las internas partidarias o por un cargo que les permita estar cerca de alguna caja del Estado.</p><p>León XIV se va a encontrar con un país devastado por la miseria económica, pero sobre todo por la quiebra moral. Una Argentina que en el año 2023 tocó una inflación galopante de más de 200% anual (superando a Venezuela en el podio trágico de la región) y que, si bien hoy celebra con papel picado la desaceleración del índice mensual a niveles del 2%, lo hace sobre la osamenta de jubilados que cobran haberes mínimos cercanos a los 500 mil pesos y que deben elegir entre pagar los remedios para la presión o comprar medio kilo de carne. Y sobre una clase media que se empobrece día a día, sacándole brillo a sus tarjetas de crédito para comprar en cuotas todo lo que entre en la heladera.</p><p>Esa es la escenografía. Pero el problema no son solo los números. Los números son las heridas; el problema real es la infección que llevamos dentro. León va a aterrizar en la cuna de la grieta. Esa grieta infame que viene labrándose desde que Unitarios y Federales se degollaban a la orilla de un arroyo.</p><p>El devenir político y económico de la Argentina reciente demuestra que los extremos y el dogmatismo han sido sumamente costosos. Por un lado, la gestión del kirchnerismo (que de tanto robar se robó también al Peronismo) dejó un legado nefasto signado por una inflación descontrolada, con un estado inmenso, bobo e ineficiente. Y con un deterioro institucional y un asistencialismo berreta que postergó y dejó en el olvido las reformas estructurales necesarias. Por otro lado, la administración de Javier Milei presenta un horizonte sumamente complejo, en el que la búsqueda del equilibrio fiscal a través de un dogmático y severo ajuste shockea los ingresos de la clase media, degrada el consumo interno y eleva la tensión social.</p><p>Además, este gobierno tiene en su contra una trágica paradoja que es también su mayor ironía. Llegaron al poder denunciando fraudes y deshonestidad y hoy vemos que los mismos que vinieron a barrer con la corrupción del kirchnerismo empiezan a reproducir las mismas sombras opacas que prometieron combatir. Y encima te insultan.</p><p>Ante esta triste escena de polarización, queda en evidencia la urgencia de una gestión transparente, honesta, decente, íntegra y de centro que combine la disciplina económica con la sensibilidad social y la institucionalidad necesarias para lograr un desarrollo sostenible. Y eso, como todos sabemos, no existe. Tal vez quede rezar.</p><p>Aquí todo es grieta porque es nuestra industria nacional más próspera y eficiente: no produce bienes, no genera empleo, no exporta, pero rinde dividendos electorales inmediatos para una junta de mediocres que vive de enfrentarnos. En la Argentina no hay ideas; hay bandos. No hay proyectos de país; hay odio barato y sin sentido.</p><p>Sin exagerar demasiado, me aventuro a postular que, si León llega a decir una sola palabra sobre la justicia social, los de un lado de la grieta saldrán eyectados a calificarlo de cuca, o de conspirador funcional a las corporaciones sindicales. Si, en cambio, habla de la cultura del trabajo, de la austeridad fiscal, del esfuerzo individual, del mérito o del valor de la familia, los del otro lado lo tildarán de facho, de neoliberal o de ser un títere de los grandes mercados financieros internacionales. Porque así somos. No escuchamos a los líderes de verdad, los escaneamos. Le buscamos el prontuario.</p><p>Lo hicimos con Francisco durante más de doce años de pontificado. Fuimos tan miserables que nos pareció más importante ahogarlo en la grieta que ponernos a pensar cómo carajo levantábamos a los caídos de nuestras propias calles. Juzgamos al hombre que arrodillado le besaba los pies a los líderes de Sudán del Sur en nombre de la paz mundial, pero no le perdonamos que no viniera a sacarse una foto con el intendente del pueblo.</p><p>A León le van a hacer exactamente lo mismo. Ya se nota en las operaciones de estas últimas semanas. Van a cronometrar el saludo con el Presidente de la Nación, van a analizar la inclinación de su cabeza frente a los jueces de la Corte Suprema y van a buscar si en la misa del Monumento a los Españoles habla con el Evangelio o con las intenciones de un político.</p><p>De todas formas, sería demasiado cómodo, demasiado cobarde, echarle toda la culpa a la clase política. Ellos son, al fin y al cabo, el destilado perfecto de lo que somos como pueblo. La clase política argentina no bajó en una nave espacial. Surgió de nuestras escuelas, de nuestras universidades, de nuestros clubes de barrio, de nuestras familias. Y de nuestros paneles de televisión.</p><p>La nuestra es la dirigencia más mezquina, mediocre e hipócrita que recuerde la historia reciente. Dirigentes de todos los colores partidarios (sin excepción) que han convertido la función pública en una pyme personal, en un botín donde el Estado no es la herramienta para transformar la realidad de los vulnerables, sino el mostrador donde se cobran los favores de campaña.</p><p>Tenemos una clase política que se indigna frente a las cámaras por la pobreza, pero que aprueba aumentos dietarios vergonzosos en las cámaras legislativas. Una oposición que festeja el fracaso del gobierno como si fuera un triunfo propio, sin reparar en que si el barco se hunde, nos ahogamos todos. Un gobierno que festeja equilibrios fiscales en las planillas de Excel mientras en las barriadas populares del Conurbano profundo, el narcotráfico se adueña de los pibes a cambio de un par de zapatillas y un puñado de fideos.</p><p>Pero la culpa, insisto, también es nuestra. Nos encanta creernos los mejores del mundo. Nos emborrachamos con los triunfos deportivos, nos inflamos el pecho cuando un argentino triunfa afuera y nos refugiamos en la soberbia de creer que tenemos el país más lindo, los mejores paisajes y el talento más brillante. Nos creemos Dios, pero actuamos como Caín.</p><p>Tenemos una matriz cultural enferma de viveza criolla. Nos molesta la corrupción, pero solo cuando la comete el del partido contrario. Nos indigna el acomodo, salvo cuando se nos exonera de una multa de tránsito. Nos llena de ira la injusticia social, pero esquivamos la mirada cuando el limpiavidrios nos pide una moneda en el semáforo de la esquina.</p><p>Somos una sociedad lastimada, sí. Pero también profundamente egoísta. Una sociedad que prefiere tener razón a construir soluciones; que prefiere ver al vecino destruido antes que admitir que ambos necesitamos la misma ayuda.</p><p>Cuando el papa León descienda por la escalinata del avión, ponga sus pies en esta tierra resignada y bese nuestro suelo, lo vamos a recibir con alfombras rojas, banderas y discursos llenos de frases hechas sobre la paz, la unidad nacional y el amor fraterno. Todos se van a disputar la foto. Todos van a querer figurar a su lado. Pero detrás de los aplausos protocolares y las sonrisas de compromiso, estará esperando el mismo país fraccionado, egoísta y enceguecido que no supo cuidar ni valorar al argentino más importante de toda su historia. Por eso, adelantándome al circo romano que se avecina, me atrevo a escribir desde este humilde espacio: Perdón, León.</p><p>Perdón por los dirigentes que intentarán usarte para sus campañas miserables. Perdón por quienes van a malinterpretar tus homilías para llevar agua hacia su propio molino. Perdón por quienes van a juzgar tus palabras y gestos según sus simpatías ideológicas y no según el Evangelio. Perdón por quienes, llenos de soberbia y ciegos de mezquindad, van a abrazarse a la fe y a la esperanza sólo para sacar provecho.</p><p>Ojalá que cuando pises este suelo, tu mirada sea lo suficientemente piadosa como para ver más allá de nuestras miserias. Ojalá que no te desanimes frente a nuestro barro. Y ojalá, por el bien de esta Patria doliente que no aprende más, seamos capaces de hacer germinar la semilla del amor que dejarás caer en este desierto moral que hemos sabido construir los argentinos.</p><p>Bienvenido, Santo Padre. Y, como venía diciendo, perdónanos. No sabemos lo que hacemos.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/D9UIX69wMdCIytXMPiNYApH0040=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/10/papa_leon_xiv.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Más grieta y violencia en Argentina. Políticos inmorales y un país rico envuelto en hambre.]]>
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                                                <category term="sin-hashtag" label="Sin Hashtag" />
                                <updated>2026-10-11T12:20:26+00:00</updated>
                <published>2026-10-11T12:20:24+00:00</published>
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            La sintonía de la felicidad
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                <![CDATA[Raúl Vázquez]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/Zb9Asn2qO7D-Ym_KrMRJ_ENbCqI=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/09/nostalgia.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Hay cosas que aparecen en nuestra mente sin ninguna razón. Es un mecanismo misterioso, una suerte de duplicador clandestino de la memoria, que decide en qué segundo exacto va a soltar una imagen en el medio de la nada. No hay llamado previo ni lógica aparente; simplemente la mente abre un cajón viejo y te tira encima un olor a café del pasado, el brillo metálico de un juguete perdido o una idea repentina que parece traída por el viento. A veces creemos que controlamos lo que pensamos, pero la verdad es que los recuerdos y las ocurrencias tienen su propio horario. Flotan en una marea invisible hasta que un detalle mínimo, como la luz oblicua a media tarde o el crujido del parquet, activa ese resorte escondido. Y hace aparecer de la nada algún destello del pasado o la chispa de una idea que no pide permiso, pero se queda a vivir un rato en la cabeza.</p><p>Quién sabe si fue eso o el destino; lo cierto es que el andar me llevó a las tardecitas en las que esperábamos la cena con papá, mirando la tele en la casa de la calle Cortina. Recuerdo el sonido sordo y húmedo de la puerta de la heladera. Era la constatación irrefutable de las manos de mamá cocinando. Hoy, ese recuerdo me lleva a los manjares de mi vieja, y a la caricia más amorosa que eran los ravioles amasados sobre la mesa de fórmica de la cocina. Pero esa es otra historia.</p><p>Papá regresaba exhausto del trabajo y ese recreo fue siempre para mí el punto de inflexión desde el cual nuestra relación crecía. Sentarnos durante esas pocas horas a ver El Chavo o La Pantera Rosa fue el primer abrazo de papá que aparece en mi memoria. Nunca me detuve a pensar si en realidad estaba mirando la tele o descansando del mostrador de su bar de Lavalle y Libertad. Tampoco importaba. Estaba ahí, conmigo. Estaba ahí, y ahora no está.</p><p>Antes de que el control remoto existiera, la televisión nos obligaba a levantarnos de la silla para ser partícipes del milagro del entretenimiento. Solo teníamos cuatro emisoras en la tele. Cuatro alternativas mágicas (nunca podremos decir que el Canal 2 de La Plata fuera una posibilidad) que se elegían girando una perilla plástica, pesada y ruidosa que hacía un clac seco en cada estación. Por suerte eran solo cuatro; no necesitábamos más. En mi memoria, la imagen de mi viejo aparece intacta en ese instante exacto: lo veo ahí, sentado en su silla de siempre, frunciendo el ceño con un enojo contundente y nada sutil cuando, consecuencia de la impaciencia propia de mis años, me disponía a cambiar de canal a la velocidad de un rayo sin dar tiempo a que los canales lleguen a sintonizar.</p><p>Mis viejos ya no están, pero cada vez que recuerdo ese chasquido metálico y el reto por maltratar esa perilla, vuelven a sentarse a mi lado. En esa secuencia que supone levantarse a cambiar de canal había una presencia, un orden familiar y una cercanía que hoy, con infinitos canales al alcance de un botón, no volvimos a encontrar. Y jamás volveremos a sentir.</p><p>Como todos sabemos, hay un perfume en la memoria que no pertenece a ningún frasco, sino al plástico caliente de un televisor de tubo después de estar más de tres horas encendido. Es como ese olor a chapa quemándose en la estufa que nos ayudaba a pasar el invierno. O como el espiral para los mosquitos en las noches de verano o el café con leche con pan, manteca y una leve lluvia de azúcar que tomábamos por la mañana. En los años ochenta, la televisión argentina no se miraba en pantallas personales y tampoco era on demand. La televisión era un ritual colectivo, una misa profana que ocurría de lunes a domingos y que tenía un objetivo supremo y tan simple como revolucionario: dibujarnos una sonrisa.</p><p>Aquella década de los 80, bisagra entre la oscuridad de la dictadura y la luz democrática, construyó una geografía del humor tan diversa que resulta imposible definirla con una sola etiqueta. Había una risa para cada hora, para cada edad y para cada rincón de la casa.</p><p>Por un lado, estaba la comedia popular, callejera y nocturna que lideraban Alberto Olmedo y Jorge Porcel. Olmedo era la anarquía pura, el genio del quiebre de la cuarta pared que miraba a la cámara, le hablaba al camarógrafo, destruía la escenografía y garantizaba la carcajada. Su humor se nutría de la improvisación, del guiño complaciente y de una picardía porteña que rozaba el límite sin perder nunca el encanto del tipo de barrio. Porcel, su contrapunto perfecto, le aportaba la precisión del sainete clásico, el remate preciso y esa rotundidad escénica que lo hacía inolvidable. Juntos eran la representación de la mesa de café, de la noche y del barrio. Hoy estarían cancelados, lo sé. Pero también sé que gran parte de nuestras risas fueron hijas de su humor. Y eso no debe olvidarse.</p><p>Pero la televisión también sabía mostrarnos una ternura infinita. Carlitos Balá no necesitaba la picaresca para dominar el aire; le bastaba con un chupetómetro, un perro invisible, un flequillo inconfundible y un lenguaje propio que inventó para ser parte de varias generaciones. Balá no solo hacía reír a los chicos; atrapaba a los adultos. Construyó un universo de inocencia pura donde las preguntas absurdas («¿Qué gusto tiene la sal?») y los gestos frenéticos (con «Sumbudrule» incluido) unían a todos frente al televisor. Era la garantía de un mundo seguro, donde el mal no tenía lugar y la infancia parecía un territorio eterno.</p><p>En las antípodas de la inocencia, pero con una maestría formal exquisita, los uruguayos de Híperhumor (Ricardo Espalter, Enrique Almada, Eduardo D'Angelo, Julio Frade y Berugo Carámbula) trajeron a la pantalla argentina la mirada rioplatense de la risa. Su humor era seco, inteligente, basado en la observación fina y en el absurdo cotidiano. Dominaban la pausa, el silencio y el gesto mínimo. No necesitaban gritar ni acelerar la cámara; manejaban la sincronía cómica con la precisión de una orquesta filarmónica.</p><p>Y al mismo tiempo, Juan Carlos Calabró inventaba arquetipos que eran radiografías de la sociedad argentina. Con «El Contra», encarnó la terquedad, la interrupción molesta y la frustración convertida en comedia, mientras que con «Johnny Tolengo» logró que todos cantaran música disco con una guitarra de plástico. Calabró tenía la virtud de los grandes observadores: transformaba los defectos nacionales en motivos de celebración y cariño.</p><p>Había más, muchísimos más. La lista se expande en un interminable catálogo de nostalgia: la sátira política y refinada de Tato Bores, la frescura de los sketches de Operación Ja-Já y la comedia familiar que inundaba los almuerzos y los fines de semana, entre los que siempre me maravilló Darío Vittori, un arquitecto del grotesco cotidiano que transformó el enredo sainetero en el arte nacional del remate impecable. Cada uno de ellos representaba un matiz diferente de la risa.</p><p>Y estaba también Polémica en Bar, una mítica mesa de madera que sigue tendida en la memoria colectiva, con su café humeante y ese aire picado de discusión de boliche que solo la visión de Gerardo Sofovich podría orquestar con la precisión de relojero. No era simplemente un programa de televisión; era el espejo de un país traducido en la voz popular de Minguito, la ironía y el razonamiento de Javier Portales o la picardía del chanta argentino encarnada por Fidel Pintos, más el liderazgo del Gordo Porcel, que marcaba el ritmo con la serenidad de quien conoce de memoria las pasiones argentinas. Se sumaron más tarde Julio de Grazia, Rolo Puente, Adolfo García Grau y algunos más. En esa mesa se arreglaba el mundo entre gritos, risas y apasionadas diferencias que terminaban a las piñas, recordándonos una época donde la política, el fútbol y la vida cotidiana se debatían apasionadamente, pero con el aroma inconfundible del café porteño como marco entrañable de una Argentina distinta.</p><p>Apaguemos ahora la tele y el recuerdo. Si miramos el mapa del humor actual, el contraste es inevitable. Hoy la risa es rápida, fragmentada y, muchas veces, solitaria. Se consume en videos de quince segundos que pueden sostenerse en la palma de la mano. Nos reímos del meme instantáneo, del sarcasmo irónico, de la desgracia ajena registrada por una cámara de seguridad o del remate veloz de un stand-up en el que el comediante suele analizar por demás sus propias neurosis.</p><p>Es un humor hiperreflexivo, que responde a un mundo acelerado y defensivo. Un humor que, a menudo, necesita señalar al otro o ponerse a resguardo bajo capas de cinismo. Nos cuesta más entregarnos a la risa abierta, a la inocencia de un chiste absurdo o a la comedia de enredos que requería veinte minutos de desarrollo paciente para llegar a un remate impecable.</p><p>Al comparar ambas épocas, surge una sensación casi inequívoca al caminar por la calle: la idea de que hoy todo es un poco más gris, más tenso, más triste. La gente camina apurada, con la mirada fija en el suelo o en el teléfono, con los auriculares puestos como un escudo contra el entorno. Parece haber una pesadez flotando en el aire, un cansancio colectivo que antes, al menos por momentos, parecía disolverse cuando daban las ocho de la noche.</p><p>Ante esta percepción, hay una pregunta inevitable que nos interpela: ¿Por qué la calle se siente hoy más triste?</p><p>La primera respuesta, la más tentadora, es culpar al cambio cultural. Es fácil pensar que el humor de antes era más humano, más integrador y menos egoísta. Decir que antes nos reíamos con el otro y hoy nos reímos del otro es otra tentación. Pensar que perdimos la capacidad de asombro y que el exceso de información nos volvió apáticos es una tercera posibilidad.</p><p>Sin embargo, hay una hipótesis, más íntima y punzante, que deberíamos atrevernos a examinar. Tal vez la calle no sea objetivamente más triste; tal vez los que cambiamos fuimos nosotros.</p><p>En los años ochenta no solo mirábamos a Olmedo, a Balá o a los uruguayos: en los ochenta éramos jóvenes. Teníamos a nuestros padres esperándonos con la cena servida. Teníamos a la tía Elvira, que nos daba un billete a escondidas y nos regalaba la amistad indestructible de los primos. Teníamos amigos con los que nos juntábamos en la vereda a hablar de nada durante horas, sin la urgencia del reloj ni las deudas por pagar. Teníamos las promesas de amor eterno. La vida era un territorio abierto, lleno de deseos por cumplir.</p><p>La nostalgia es un mecanismo tramposo, hay que aceptarlo. No extrañamos a los programas de televisión, ni siquiera a los actores que ya no están. Nos extrañamos a nosotros mismos en esa época. Extrañamos la ligereza con la que caminábamos, la falta de dolores en la espalda, la sensación de enamorarse a primera vista, la ilusión intacta de que el futuro siempre sería mejor. El humor de los ochenta no solo nos hacía reír por la calidad de sus guiones o el talento de sus intérpretes. Nos hacía reír porque caía sobre el suelo fértil de nuestra propia juventud.</p><p>Quizás la verdad se encuentre en un punto medio. Es cierto que el mundo se volvió un lugar más complejo y acelerado, pero también es cierto que el tiempo hace su trabajo e inevitablemente nos vuelve más severos y nostálgicos.</p><p>Pero hay algo que el paso de los años no puede quitarle a la memoria. Aquellas noches frente al televisor no fueron una ilusión. Las carcajadas compartidas en la mesa familiar existieron. Las mesas de los domingos en familia no fueron un sueño. La sensación de abrazo colectivo cuando sonaba la cortina musical de aquel programa tan querido fue real.</p><p>Volver a pensar en las caras de Calabró, en la picardía de Olmedo, en la ternura de Balá, en el sainete inocente de Darío Vittori o en la elegancia de los uruguayos no debe ser un ejercicio de melancolía estéril. No se trata de decretar que todo tiempo pasado fue mejor, ni de lamentarnos por lo que el tiempo se llevó. Se trata de usar el recuerdo como un refugio.</p><p>Nos reímos mucho. Y en esa risa que compartimos con nuestros viejos, con nuestros hermanos y con nuestros primos, encontramos una prueba irrefutable que habla de nuestra historia: fuimos profundamente felices.</p><p>Tal vez la calle se vuelva un poco menos triste cuando, en lugar de mirar el presente con añoranza, caminemos recordando que llevamos esa risa adentro. La pantalla de tubo se apagó para siempre y muchos de esos gigantes ya no están, pero la chispa que encendieron en nosotros sigue ahí, intacta, esperando que nos atrevamos a sonreír de nuevo. Con la carcajada silenciosa y los ojos llorosos de papá del otro lado de la mesa.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/Zb9Asn2qO7D-Ym_KrMRJ_ENbCqI=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/09/nostalgia.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Un viaje a la televisión de los 80, las risas compartidas y esa felicidad que todavía vive en la memoria.]]>
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                                                <category term="opinion" label="Opinión" />
                                <updated>2026-09-27T13:29:38+00:00</updated>
                <published>2026-09-27T13:29:36+00:00</published>
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            El despertador de la finitud
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                <![CDATA[Raúl Vázquez]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/oe0rlOaqQ-2tYS0ymYeYAYWZgXE=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/09/finitud.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Hay un momento, que por lo general transcurre cuando el calendario cruza esa inesperada raya de los cincuenta, en el que la vida deja de ser un territorio a conquistar para convertirse en una cuenta regresiva. Uno lo comprende de golpe, sin anestesia. Vas transitando por la vida como si la conocieras desde siempre y ella, tan campante, se empecina en un instante en demostrarte que las cosas cambian. Que lo que creías de una forma, muta para siempre. Y que lo que parecía una vida apacible, amable, cambia para poner a prueba la resistencia de tu corazón.</p><p>En estos últimos tiempos tomé conciencia de algunas cosas a partir de algunos dolores ajenos que se fueron haciendo propios. Sospecho que a vos te puede pasar lo mismo. El dolor de los amigos, a fuerza de compartir la vida, también lo sentimos nosotros. Es así como confirmamos algo tan maravilloso, único, como el amor por los amigos y, al mismo tiempo, la angustia que nos generan sus pesares.</p><p>Tengo un amigo de esos que vale como un hermano al que le hicieron un trasplante de corazón. Y tengo otro hermano de la vida que cada día enfrenta el inmenso dolor de transformarse en olvido. Ser testigo de esos sufrimientos ayuda a tomar conciencia del amor por los amigos y a entender que hemos vivido bastante más de lo que nos queda por vivir.</p><p>¡Pero ojo! No tomemos esto como un pensamiento trágico, sino como una alarma imperativa que nos obliga a despertar. Debería ser ley la obligación de ponernos de pie cada mañana y vivir con la certeza de que la finitud es la única garantía para no desperdiciar ni un solo minuto de lo que nos queda.</p><p>Cuando la angustia te abraza renegamos hasta de nuestras creencias. Le preguntamos a nuestro Dios (le preguntamos, no le rezamos) qué carajo tiene en la cabeza para poner en la vida de alguien un trago tan amargo, capaz de modificar su existencia para siempre. Cuál es la razón para que sufra tanto. Cómo se le ocurre agregar un peso tan grande sobre las espaldas de gente tan buena. O qué hacía mientras elegía con el dedo del destino a personas que no merecen sufrir.</p><p>Lo cierto es que hay un instante, casi imperceptible, donde uno intuye la arquitectura secreta del tiempo. Descubre, sin dramatismos, que todo se está moviendo hacia un final. Pero lejos de ser una advertencia lúgubre, esa certeza aparece como un relámpago de lucidez: un despertador que nos sacude del letargo.</p><p>Durante años, la cultura moderna nos ha adiestrado en una suerte de sonambulismo confortable. Construimos ciudades de hormigón, contratamos planes a treinta años, buscamos autos y heladeras con fama de duraderos y acumulamos objetos con la ingenua fe en que la eternidad es la norma y la finitud una excepción. Vivimos como si tuviéramos un crédito infinito en la cuenta bancaria de los días. Postergamos las palabras que importan, aplazamos cientos de abrazos para una ocasión especial y dejamos que la rutina devore las horas en la sala de espera de un futuro hipotético. Nos comportamos como propietarios eternos de un tiempo que en realidad lo tenemos en alquiler.</p><p>Sin embargo, la finitud no es una condena que ensombrece la existencia, sino el resorte sagrado que la pone en marcha.</p><p>La ciencias exactas, lejos de ofrecernos una visión desoladora, nos brinda una lección de asombro. Un ingeniero francés (de quien no recuerdo el nombre y tampoco me importa porque me cansé de googlear para no saber nada) asegura en lo que llamó Segunda Ley de la Termodinámica que el universo avanza inexorablemente hacia la transformación y la disipación. Nada permanece estático. En sus meditaciones sobre la naturaleza del tiempo, propone algo conmovedor: las cosas no existen, sino que suceden. No somos estatuas de piedra que atraviesan el calendario; somos eventos, procesos, espasmos de energía. Somos como una ola que cobra forma en el océano, alcanza su cresta, refleja un destello de luz del Sol y vuelve a disolverse en el agua. Exigirle a una ola que dure para siempre es malinterpretar su naturaleza. La belleza arrolladora de la ola reside justamente en que es única, movediza y fugaz. Si fuera eterna, perdería la fuerza de su impacto.</p><p>Viktor Frankl, desde los abismos de la experiencia humana, comprendió que la existencia adquiere un sentido insustituible precisamente porque sus días están contados. Si fuéramos inmortales, cada decisión podría aplazarse indefinidamente. No habría urgencia en el perdón, ni valor en el coraje, ni fortaleza en la palabra empeñada. La eternidad se encarga de vaciar de gravedad a cada uno de nuestros gestos, porque siempre hay un mañana para reparar lo postergado.</p><p>Sigmund Freud relata en uno de sus ensayos una caminata veraniega por el campo junto al poeta Rainer Maria Rilke. El escritor, en un exceso de romanticismo tremendista, se afligía &nbsp;al contemplar las flores y los paisajes hermosos, abrumado por la idea de que toda esa belleza desaparecería con el invierno. Freud, con lucidez clínica y profunda empatía, le respondió que la finitud del goce aumenta su valor. La flor que dura una sola noche no es menos hermosa por el hecho de que va a morir al amanecer. Su brevedad es, de hecho, el motor que enciende nuestra fascinación, nuestro goce y hasta nuestra vida.</p><p>En la tradición cristiana, la brevedad de la vida no aparece como una condena, sino como una llamada urgente a despertar la conciencia y habitar la fe desde la gratitud. Hay un salmo que contrasta la eternidad y grandeza de Dios con la fragilidad y brevedad de la vida humana. Describe la vida de los hombres como un destello breve, comparándola con la hierba que crece por la mañana y se marchita por la tarde, recordando que nuestros días pasan rápido. Y condensa esa sabiduría en una plegaria luminosa: «Enséñanos a contar de tal modo nuestros días, que traigamos al corazón sabiduría». No se trata de contarlos con la angustia del que ve agotarse un reloj de arena, sino con el asombro del que reconoce cada amanecer como un don inmerecido, una gracia viva. Dios prometió el perdón, pero no prometió el día de mañana. No sufrimos porque el tiempo pasa, sino porque vivimos postergando el amor, olvidando que el presente es el único territorio donde la vida se encarna y se celebra.</p><p>Los romanos transformaron la memoria del fin en una potente herramienta de activación vital. Marco Aurelio se repetía cada amanecer: «Puedes dejar la vida en este preciso instante; deja que eso determine lo que haces, dices y piensas». No era una consigna macabra, sino un filtro de claridad absoluta. Esta idea no busca sepultar el goce bajo la lápida del temor, sino limpiar la mirada de lo accesorio: el rencor menor, la vanidad efímera, la prisa absurda y las discusiones estériles. Es un llamado a despertar y habitar el día con el entusiasmo de quien sabe que la gran oportunidad es hoy.</p><p>¿Qué ocurre, entonces, si decidimos escuchar esa alarma? ¿Qué pasa si elegimos, de manera consciente, vivir (como me iluminó alguna vez un entrañable amigo) en “modo despedida"?</p><p>Lejos de lo que podría sugerir, vivir en “modo despedida” no es andar por la calle con el rostro apesadumbrado, ni escribir el testamento cada noche, ni desvincularse de los afectos. Todo lo contrario: es una postura de celebración pura. Es habitar el presente con la devoción de quien sabe que cada encuentro tiene el valor de lo irrepetible. Es tomar el café de la mañana sintiendo el aroma como si fuera la primera o la última vez. Es mirar a los ojos a las personas que amamos y comprender que el hecho de coincidir en este rincón del universo, en este preciso fragmento de tiempo, es un milagro descomunal.</p><p>Cuando uno asume que la muerte no es una enemiga que acecha en las sombras, sino la compañera silenciosa que le otorga relieve a la vida, la realidad sufre una transmutación maravillosa. Se disuelven las tensiones innecesarias. El orgullo desmedido revela su ridícula inutilidad. La postergación cobarde se transforma en acción decidida. Y mirar a los demás sabiendo que todos compartimos la misma condición fugaz despierta una empatía inmediata con la vida.</p><p>En la cultura japonesa existe una idea poética que describe la sensibilidad de lo efímero. Plantea que la vida es comparable con la emoción dulce que se siente al contemplar los cerezos en flor, aún sabiendo que la brisa se llevará sus pétalos en unas pocas semanas. No hay amargura en esa contemplación; hay una gratitud profunda por haber estado allí para presenciar el espectáculo. Nos conmueve lo que no se puede retener. Un juguete de la infancia guardado en un cajón, la caligrafía pausada de tu viejo, la mano suave de una caricia de mamá o el sonido de las hojas secas debajo de las zapatillas en las calles de tu barrio. Todo eso no vale por su resistencia al paso de los años, sino por la cantidad de vida que lograron condensar en su finita fragilidad.</p><p>Hay una paradoja luminosa que debemos rescatar del olvido: la conciencia de la muerte no apaga la vida; la enciende. Funciona como una lente que nos devuelve la nitidez. Nos recuerda que no hemos venido a este mundo a aprender a usar el Excel, ni tampoco a acumular rencores, o a esperar el momento perfecto para empezar a ser felices. El momento es este, con sus imperfecciones, sus grietas y su luz.</p><p>Vivir en “modo despedida” es, en su sentido más profundo, el acto supremo de la gratitud. Es levantarse cada mañana, mirar alrededor y gritarle a nuestra existencia que sabemos muy bien que esto no dura para siempre. Pero precisamente por eso, porque va a terminar, no me lo voy a perder. Es atreverse a decir lo que sentimos sin calcular tanto, a perdonar sin exigir garantías, a emprender ese proyecto postergado, a disfrutar del abrazo de nuestras hijas, del beso amable de tu mujer, del camino con tus hermanos o de una charla con amigos sin mirar el reloj.</p><p>La vida es un regalo de una generosidad desmedida. Pero es un regalo con fecha de vencimiento. Ignorar esa fecha no nos hace inmortales; solo nos hace insensibles. Aceptar el límite, en cambio, nos devuelve la capacidad de asombro.</p><p>Al final, nuestra existencia no se mide por la cantidad de páginas del libro, sino por la intensidad y el amor con que hemos leído cada línea. Saber que la obra tiene un acto final no arruina la función; le otorga a cada escena, a cada diálogo, a cada silencio, el peso brillante de lo sagrado.</p><p>Se apagarán las luces algún día, sí. Y el teatro quedará en calma. Pero mientras la música siga sonando y el telón esté arriba, no hay forma más bella, inteligente y apasionada de habitar el escenario que hacerlo con la elegancia serena, agradecida y atenta de quien sabe que cada instante es una fiesta.</p><p>Brindo por eso. Y en modo despedida, los saludo hasta la próxima.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/oe0rlOaqQ-2tYS0ymYeYAYWZgXE=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/09/finitud.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Vivir el presente, disfrutar la vida. El estado de eterna despedida y el sentido de Victor Frankl.]]>
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                                <updated>2026-09-12T10:00:04+00:00</updated>
                <published>2026-09-12T10:00:00+00:00</published>
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            D10S
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                <![CDATA[Raúl Vázquez]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/2xWN9IMD32Pyd9eODgu76dMwcEg=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/08/d10s.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Las despedidas suelen ser desconcertantes. En principio, no llegamos a comprender si tenemos que ponernos tristes porque algo se termina o si debemos ser agradecidos por lo que hemos vivido. Hay una zona gris, una suerte de niebla espesa que se instala en el pecho justo en el momento exacto en que la aguja del reloj marca el fin de una era. Hoy es 31 de agosto de 2026. Y esta fecha, sin dudas, quedará fijada en el calendario con la precisión quirúrgica e imperdonable del tiempo que no retrocede. Lionel Messi se saca para siempre la camiseta argentina, y la escena nos encuentra desarmados, delante de la pantalla, con esa mirada perdida que solo reservamos para las cosas verdaderamente sagradas.</p><p>Durante dos décadas, Messi fue una constante en nuestras vidas. Estuvo ahí cuando éramos más jóvenes, cuando las arrugas en el rostro comenzaban a ser más profundas y cuando teníamos menos ausencias alrededor. Pasó el tiempo, cambiamos de casa, se nos fueron seres queridos, envejecimos, crecieron nuestros hijos y sin embargo, cada tanto, en una pantalla cualquiera o en el cemento helado del Monumental, el número 10 flameaba en la espalda del mismo muchacho de Rosario, heredero único de la magia de Maradona, Bochini, Alonso y tantos otros que nos hicieron sonreír y amar a la pelota.</p><p>Messi era nuestro ancla, la certeza absurda de que, pasara lo que pasara en este país impredecible y pendulante, la magia de ser argentinos nos daba la posibilidad de ver a un genio frotar la lámpara para regalarnos noventa minutos de pura fantasía. Hoy esa certeza se rompe. Y en este silencio espeso que deja su partida, la nostalgia no viene sola, sino que llega acompañada de un espejo implacable que nos devuelve nuestra propia imagen. La imagen de lo que fuimos con él. Nos cuesta admitirlo, porque el argentino promedio tiene una memoria selectiva y una capacidad asombrosa para reescribir su propio pasado. Pero la gratitud de hoy exige un acto de honestidad brutal y reconocer de una vez que no siempre fuimos sus devotos. Durante años, hay que decirlo, los argentinos fuimos sus verdugos.</p><p>Hubo una época (oscura, mezquina, casi incomprensible a la distancia) en la que nos creímos con el derecho de señalarlo con el dedo. Cuando el tipo acumulaba balones de oro en Europa y destrozaba récords en canchas de ensueño, acá, en su propia tierra, montamos un tribunal de café para juzgarlo. Decíamos que no sentía la camiseta. Que era frío. Que no cantaba el himno con suficiente vehemencia, como si la patria fuera una cuestión de decibeles y no de entrega. Exigíamosque fuera Diego, que gritara, que insultara a las cámaras y que llevara sobre sus hombros el peso de nuestras propias frustraciones colectivas. Le recriminamos las finales perdidas con una crueldad inexplicable. Lo transformamos en el chivo expiatorio de nuestros males futbolísticos y, tal vez, de nuestras propias miserias cotidianas. Lo vimos caminar con la cabeza gacha, masticando la bronca en silencio, sobrevolado por la sombra de una exigencia descabellada. Nos ensañamostanto que un día de 2016, exhausto, nos dijo que no daba más, que la selección no era para él. Tuvimos que empujarlo hasta el abismo del retiro para darnos cuenta del monstruo que habíamos creado. Messi fue el reflejo de nuestra propia neurosis y fue también el blanco de esa costumbre tan nuestra de exigirle al otro el heroísmo que nosotros mismos somos incapaces de ejercer. Pero no fue sorpresa. Al fin y al cabo, siempre tuvimos esa manía pelotuda de destrozar a nuestros ídolos antes de ofrecerles un abrazo.</p><p>Pero si algo definió a Messi, más allá de sus gambetas imposibles y sus pases filtrados entre una selva de piernas, fue su silenciosa terquedad. Esa dignidad de hierro moldeada en la distancia hizo que no bajara los brazos. Porque tenía todo para quedarse en la comodidad de su trono europeo, disfrutando de sus glorias y mirando desde lejos a este país neurótico que lo cuestionaba. Sin embargo, volvió. Volvió por él y, permítanme creer, también volvió por nosotros.</p><p>La resiliencia de Messi terminó por educar al pueblo argentino. En un país acostumbrado al éxito efímero, al atajo, a la magia sin esfuerzo, nos enseñó el valor de la perseverancia. Nos demostró que para llegar a la cima a veces hay que tragar barro, besar el suelo y levantarse con la frente en alto una y otra vez.</p><p>Ahí ocurrió la metamorfosis. Nos fuimos despojando del prejuicio, de la estupidez chauvinista, y aprendimos a quererlo sin condiciones. No porque nos deba nada, sino porque entendimos la dimensión de su calvario y la grandeza de su perdón. Un día, cansados de la soberbia, los argentinos nos adueñamos de su dolor, lo comprendimos y terminamos abrazados a su alegría.</p><p>Lo que vino después, más que fútbol, fue una especie de redención colectiva. Las copas levantadas al cielo de la Finalísima, Río de Janeiro, Qatar y Miami no fueron más que la consecuencia natural de un amor que maduró a fuerza de tropiezos. Cuando lo vimos explotar de felicidad con la Copa del Mundo en sus manos, no llorábamos solo por la gloria deportiva. Llorábamos porque sabíamos que habíamos sido injustos y porque, por fin, le habíamos dado el abrazo que le debíamos desde hacía quince años.</p><p>Hoy el estadio se va vaciando de a poco. Las luces del campo de juego empiezan a apagarse y el eco de los cánticos comienza a disiparse en la noche fría. Messi camina hacia el túnel. Se da vuelta, nos mira a los ojos, levanta la mano, regala su última sonrisa tímida y desaparece en la penumbra de los vestuarios. Es una escena dolorosa, casi irreal. Cuesta procesar que a partir de mañana, la lista de convocados no llevará su nombre. Cuesta aceptar que la 10 quedará huérfana de su magia, que los tiros libres al ángulo ya no tendrán su firma indeleble y que las noches de eliminatorias perderán aquel aura de milagro inminente.</p><p>Nos quedamos un poco más solos, un poco más viejos y un poco más desamparados. Pero en medio de esta melancolía que se nos mete por las rendijas del alma, aparece esa segunda opción de la que hablaba la primera frase de este humilde puñado de palabras: la gratitud. Y no nos queda otra posibilidad, si es que realmente somos hombres de bien, que agradecerle por la paciencia infinita. Por no habernos soltado la mano cuando más lo merecíamos. Por enseñarnos que la verdadera grandeza se construye sin estridencias, con trabajo, con humildad y con un amor inquebrantable por la camiseta. Por darnos la dicha de decirles a nuestros hijos o a nuestros nietos, con el pecho lleno de orgullo: "Yo lo vi jugar".</p><p>Nos queda el consuelo de saber que el perdón fue mutuo. Que la historia se escribió con el mejor de los finales posibles y que el pibe que un día se fue a Barcelona con las valijas llenas de ilusiones para pincharse las piernas con las hormonas de crecimiento que acá le negamos, hoy se retira siendo, para siempre, el dueño absoluto del corazón de todo un pueblo.</p><p>Las despedidas, es verdad, suelen ser desconcertantes. Nos dejan tiritando en el borde del camino, mirando cómo el pasado se aleja. Pero hoy, mientras el trago amargo se hace nudo en la garganta, y vemos por última vez esa camiseta con el número diez en la espalda, la tristeza se rinde ante la evidencia. No hay lugar para la amargura. Solo queda ponerse de pie y aplaudir hasta que las manos duelan.</p><p>Apagamos la tele, nos quedamos a oscuras y sonreímos. El viaje fue largo, a veces injusto, pero el final fue perfecto. Hasta siempre, Leo. Nos volveremos a ver en cada recuerdo.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/2xWN9IMD32Pyd9eODgu76dMwcEg=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/08/d10s.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Un legado. El mito en vida y un país que cambia desde mañana.]]>
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                                <updated>2026-08-31T18:03:48+00:00</updated>
                <published>2026-08-31T18:03:46+00:00</published>
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            Pérdidas y ganancias
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                <![CDATA[Raúl Vázquez]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/l8XeRCGsR--GcjlyP3L_TPXcpdg=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/08/perdidas.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Pérdidas y ganancias</p><p>Tener cincuenta y pico nos regala la posibilidad de pausar la marcha y silenciar el apuro. A esta altura del partido, uno empieza a mirar el recorrido no con la urgencia de quien quiere conquistarlo todo, sino con la pausada serenidad de quien se sienta a constatar lo aprendido. Hay una sensibilidad nueva, más fina y menos tolerante al artificio, que nos atraviesa sin pedir permiso. Escribo estas líneas desde la frontera donde el pasado deja de ser una acumulación de anécdotas para convertirse en una lección silenciosa, y donde la vida nos exige balances que, saludablemente, elegimos no postergar.</p><p>No se trata de ponernos solemnes ni de dar cátedra sobre cómo vivir, sino de ponerle palabras a eso que nos embarga cuando miramos hacia atrás. Quienes vivimos los 80 y los 90 a toda velocidad, hemos descubierto que la reflexión no es un ejercicio intelectual, sino una necesidad del alma para acomodar los recuerdos en su estante definitivo. Es el momento en que entendemos que todo lo que perdimos, lo que mantuvimos y lo que dejamos ir no fue producto del azar, sino la materia prima con la que fuimos construyendo esto que somos.</p><p>Hay un momento en la vida, casi siempre amparado por la soberbia de los veinte años, en el que estamos convencidos de que el tiempo es un pozo sin fondo. En esa época, los días se estiran con una elasticidad tramposa y las noches parecen refundarse a cada rato en la mesa de cualquier bar. Acumulamos gente con la voracidad de un coleccionista impulsivo. Guardamos números de teléfono en libretas que jamás volveremos a abrir, sumamos nombres a las mesas de café, nos abrazamos con desconocidos en la cancha o en los piringundines baratos de ciertas madrugadas, y llamamos a todo eso amistad. Creemos, con una fe ciega y casi infantil, que la vida es una tribuna que se va llenando para siempre y que la dimensión de un hombre se mide por el nivel de ruido que lo rodea.</p><p>Éramos ricos en cantidad, pero profundamente analfabetos en la ciencia del tiempo. Vivíamos con las puertas abiertas de par en par, dejando entrar a cualquiera que tuviera una anécdota a mano o una carcajada disponible casa estaba siempre llena. La agenda desbordada y la sensación de pertenencia se alimentaba del murmullo constante. En esa juventud ruidosa, la soledad era percibida como un fracaso, un defecto de fábrica, una señal de aridez emocional. Nadie quería quedarse a solas con sus propios pensamientos, por lo que tapamos el silencio con cualquier tipo de compañía. Compañías masculinas para arrugar manteles y femeninas para arrugar las sábanas.</p><p>Pero la vida, que es una gran maestra en el arte de la paciencia, empieza a ajustar sus tuercas sin pedirnos permiso. Al principio no te das cuenta. Las primeras pérdidas ocurren de manera imperceptible, casi elegante. Es el amigo del secundario con el que dejás de coincidir porque sus horarios ya no encajan con los tuyos. O aquel compañero de batallas universitarias con el que, de pronto, en el café de la avenida, te descubrís mirando el reloj porque las frases hechas ya no alcanzan para tapar el abismo de dos mundos que se alejaron. No hay pelea, no hay un portazo dramático ni insultos de por medio; hay simplemente un distanciamiento tibio, una marea suave que lleva a uno para un lado y a otro para el otro.</p><p>Después vienen los romances. Aquellas promesas solemnes susurradas en la penumbra de un auto viejo o en el balcón del departamento de soltero, donde nos jurábamos amor eterno sobre cimientos de papel. Amores que parecían el centro de gravedad del universo y que, con los meses o los años, terminaron desgastándose en la rutina, en las expectativas cruzadas o en la simple constatación de que éramos dos extraños viajando en la misma dirección por puro accidente. Se van los amores, y con cada despedida se apaga una luz en ese lugar amable que habíamos diseñado para iluminar el futuro.</p><p>A decir verdad, debemos reconocer que de los viejos romances siempre quedan algunas huellas y, tal vez, el recuerdo más o menos esclarecido de una o dos mujeres que nos dura toda la vida. Puede ser. Pero el tiempo nos ayuda a comprobar que eso que creíamos amor eterno resulta ser simplemente una herida que nació en un pasado obnubilado y murió en el desencanto. En el desengaño que surge cuando comprendés que, muchas veces, dos vidas que se cruzaban por amor son en realidad trazos que se bifurcan por dos senderos que se alejan hasta el infinito.</p><p>Y luego llega el golpe verdadero, el que desacomoda la arquitectura del alma: la pérdida de los familiares. Es el momento en que la muerte deja de ser una abstracción filosófica o una noticia en la contratapa del diario para golpear a la puerta de nuestra propia casa. Se van los abuelos, se van los tíos que eran como padres y madres sustitutos, y un día, en la estocada más feroz que nos asesta la existencia, se nos van los padres. Se van las voces que sostenían nuestra infancia, las manos que nos ataban los cordones, el aroma a tuco de los domingos y esa mirada única que nos leía sin necesidad de palabras. Con su partida, nos quedamos en la primera línea de fuego. Nos descubrimos repentinamente adultos, mirando hacia atrás y viendo que el paisaje de la infancia y la juventud se transformó en un terreno poblado de ausencias.</p><p>En ese trance, la reacción primaria es el espanto. Sentimos que nos estamos desmoronando, que la vida es un proceso cruento de despojo sistemático. Miramos alrededor y vemos la mesa cada vez más chica, las sillas vacías acumulando polvo, la libreta de contactos convertida en un pequeño cementerio de nombres que ya no van a responder. Nos domina una sensación de intemperie. ¿Qué nos pasó?, nos preguntamos en la soledad de la noche. ¿Cómo fue que nos quedamos con tan poco?</p><p>Sin embargo, si uno tiene la fortuna y la templanza de dejar pasar los años sin cerrarse al dolor, empieza a germinar una sensibilidad distinta, más honda y serena. Con el tiempo, la mirada se limpia de la urgencia juvenil. Y es ahí cuando comprendemos que hay una lógica profunda en este camino, una especie de selección natural afectiva que el alma ejecuta de manera casi inconsciente para salvaguardar lo esencial.</p><p>No se trata de un proceso de endurecimiento ni de cinismo. Todo lo contrario: es el resultado de un refinamiento espiritual. En la biología de las especies, la selección natural elimina lo superfluo para garantizar la supervivencia del organismo. En la biología del alma ocurre exactamente lo mismo. A medida que nos acercamos a la madurez, descubrimos que el tiempo no es ese pozo infinito que creíamos a los veinte años, sino un recurso escaso e infinitamente valioso. Y cuando entendés con qué moneda estás pagando cada hora de tu vida, te volvés un administrador ferozmente lúcido de tus propios afectos.</p><p>Esa selección natural que hacemos sin darnos cuenta no es más que un filtro de calidad. La vida nos va quitando lo que era de utilería para obligarnos a mirar lo que es de madera noble. Las amistades que se cayeron no eran malas; simplemente eran de una estación determinada. Cumplieron su ciclo, nos enseñaron lo que tenían que enseñarnos, nos dejaron un recuerdo y siguieron su curso. Los romances que no prosperaron fueron el borrador eficaz y necesario para entender qué buscábamos realmente cuando le abrimos el corazón a esa persona que amanece con nosotros. Y las pérdidas familiares, aunque duelan con un filo tenaz e insoportable, nos heredan una sensibilidad madura, un sentido agradecimiento hacia la memoria y una comprensión absoluta del valor que tienen aquellos que todavía están.</p><p>Llegar a esta altura del partido con la agenda limpia de compromisos vacíos no es una derrota. Es una victoria deslumbrante. Es la conquista de la autenticidad. Nos damos cuenta de que ya no tenemos ganas ni energía para sostener charlas superficiales, para sonreír por cortesía en reuniones que nos aburren o para tolerar neuronas ajenas que solo traen ruidos molestos. Aprendemos a decir no sin culpa y a gritar sí con la entrega absoluta de quien sabe que está regalando su bien más preciado.</p><p>Hoy la mesa es más chica, claro que sí. ¡Pero qué mesa! Quienes se sientan a ella no necesitan presentaciones ni artificios. Son personas con las que se puede compartir un café en silencio sin que ese silencio resulte incómodo o haya durado años. Son los amigos que conocen nuestras miserias y nuestros fracasos, y que sin embargo eligen quedarse. Son los amores que sobrevivieron a las tormentas y se convirtieron en un puerto sereno, un lugar donde sacarse la armadura y respirar. Son los pocos parientes o afectos entrañables con los que un abrazo de tres segundos basta para ponernos de pie otra vez.</p><p>Cambiamos la pirotecnia de las fiestas por la luz tibia de un quincho con siete u ocho imprescindibles. Cambiamos los cien mensajes de cumpleaños por tres llamadas de voz que nos quiebran la garganta de la emoción. Ganamos en densidad lo que perdimos en volumen. Y esa permuta es, quizás, el negocio más extraordinario que hacemos en la vida.</p><p>Mirar hacia atrás y contar las ausencias sigue provocando una mueca de nostalgia, es innegable. Las cicatrices están ahí y nos recuerdan el precio de haber vivido. Pero hoy sabemos que no somos lo que perdimos, sino lo que supimos conservar después de que el viento hizo su trabajo. La madurez nos regala la sabiduría silenciosa de comprender que la vida no consiste en acumular personas como si fueran trofeos en una repisa, sino en destilar los afectos hasta quedarnos con la esencia más pura.</p><p>Al final de la jornada, cuando la tarde empieza a caer y las sombras se alargan sobre el patio, descubrimos que no importa cuántos había en la tribuna durante los momentos de fiesta. Lo único que realmente importa es quiénes siguen sentados a nuestro lado, en silencio, cuando el ruido ha terminado y solo queda lo que queda.</p><p>Ahí es cuando la vida te dice quién sos. Cuando mirás a los costados y no son tantos. Pero igual vas a la guerra. Sosteniendo con inquebrantable convicción las banderas del amor verdadero y de la amistad de fierro. Esas banderas, como todos sabemos, se izan y flamean después de los cincuenta. Y son las que te llevan a disfrutar de la victoria más grande de todas.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/l8XeRCGsR--GcjlyP3L_TPXcpdg=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/08/perdidas.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Los vínculos y apuestas. El corazón y la reflexión a mitad de la vida.]]>
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                                <updated>2026-08-30T17:31:00+00:00</updated>
                <published>2026-08-30T13:51:07+00:00</published>
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        <title>
            San Martín
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                <![CDATA[Raúl Vázquez]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/WyhjNh9JxeGZ8KdEwj3USYyV5L8=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/08/san_martin.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>El invierno en los años ochenta no era este simulacro tibio que nos toca gambetear ahora. En los ochenta, el frío era una materia densa, casi sólida, que se metía por las costuras del guardapolvo blanco y te congelaba los tobillos sobre las medias de lana azul. Tenía, sin embargo, una dignidad silenciosa. Se olía en el vaho de la mañana y en ese vapor dulzón que salía de la cocina del colegio cuando una o dos veces al año, como un pequeño milagro, las porteras revolvían las ollas gigantes de aluminio cargadas de chocolate espeso.</p><p>Había en aquellos actos escolares una mística artesanal que hoy parece extinguida. No había pantallas gigantes, ni presentaciones en Canva, ni parlantes con bluetooth, ni pistas editadas en alta fidelidad. Todo se sostenía sobre la tracción a sangre y el amor abnegado de un puñado de maestras que multiplicaban el pan y los peces con cartulinas, Plasticola de colores y rollos de papel crepé. A decir verdad, y si nos ponemos rígidos, eran actos bastante pobres, a veces aburridos y siempre largos. Sobre todo, cuando el Director leía su discurso y vos sólo pensabas en el partido de la tarde, en la Plaza Don Bosco de Lope de Vega y Elpidio González, atrás del Hospitalito. Aunque el recuerdo, siempre amable, le dan a aquellas fechas patrias del colegio primario un tinte de añoranza perdida que los hace inolvidables.</p><p>Cada 17 de agosto, aunque en rigor de verdad nunca me tocó, pensaba que ser seleccionado para interpretar al General José de San Martín en el acto era un detalle que sería recordado para siempre. O, al menos, durante unos años. Lo cierto es que Jorge Gómez o Alejandro Molina, y siempre ellos dos, eran los compañeros elegidos, uno u otro, para interpretar al Padre de la Patria. Siempre creí que eran los favoritos de la maestra. El tiempo ahora hace justicia y reconozco que nadie dividía por dos cifras como Jorge y que las composiciones de Alejando eran verdaderos guiones cinematográficos.</p><p>Por mi lado, el fracaso que suponía no ponerse la investidura sagrada de San Martín, la soportaba con la ventaja de no verme obligado a aguantar heroicamente una barba de lana negra cosida a mano que pinchaba como mil agujas, o llevar un sable de madera envuelto en papel de aluminio que se deshojaba al primer movimiento de esgrima contra el aire, o encajar la cabeza en un sombrero bicornio de cartón negro que a la primera ráfaga de viento del patio se volaba ante las risas contenidas de los compañeros.</p><p>Ahí estábamos, parados en filas rigurosas sobre las baldosas calcáreas del patio, tiritando de emoción y de frío, mientras el pasacasetes Philips escupía con fritura los acordes de la Marcha de San Lorenzo. El sonido salía distorsionado por el uso, interrumpido por el chirrido de la cinta vieja, pero a nadie le importaba. Había algo profundamente honesto en la escena. Una fe colectiva, casi candorosa, en que esos símbolos patrios nos cobijaban a todos por igual.</p><p>Quién sabe, tal vez en esas mañanas de frío aprendí a mirar la figura del Libertador con un respeto sagrado. En aquella época, San Martín no era un concepto abstracto ni una bajada de línea ideológica de turno; era la encarnación del esfuerzo desinteresado y de la entrega absoluta a una causa superior. Nos hablaban del cruce de los Andes, de la austeridad de un hombre que dormía en un catre de campaña, de un soldado enfermo que rechazaba sueldos, que declinaba honores y que prefirió el destierro voluntario en Boulogne Sur Mer antes que manchar su espada con la sangre de sus propios compatriotas en las guerras civiles que ya empezaban a desangrar al país.</p><p>Hay una melancolía luminosa en recordar aquellas mañanas de agosto. Éramos chicos con las manos rojas por el frío, con las puntas de los zapatos mocasín gastadas por efímeros partidos de fútbol en el recreo, pero teníamos la certeza involuntaria de estar aprendiendo a ser parte de algo más grande. Nos íbamos a casa con el gusto amargo y reconfortante del chocolate escolar en el paladar y una escarapela de tela prendida al pecho con un alfiler de gancho que nuestras madres nos ponían con un cuidado casi quirúrgico.</p><p>El tiempo pasó, como pasa siempre en este país: atropellando. Y al mirar desde esta terraza del presente hacia aquel patio de los años ochenta, el contraste no solo produce nostalgia, sino un estupor doloroso. Resulta muy difícil hoy, al encender la televisión o repasar las noticias en las apps, no sentir algo de vergüenza ajena al comparar la estatura moral de San Martín con la insoportable pequeñez de las dirigencias políticas que gobiernan desde hace décadas y nos oscurecen el destino.</p><p>¿En qué momento cambiamos el catre de campaña por las jubilaciones de privilegio? ¿Cuándo fue que la patria dejó de ser un ideal de libertad para transformarse en un botín a repartir entre indeseables?</p><p>Los políticos de hoy, o el 95% de ellos, para usar un porcentaje conocido, padecen de un vértigo inverso al de San Martín. Mientras el General renunció al poder supremo cuando lo tenía servido en bandeja, la fauna política contemporánea es capaz de vender el alma, la bandera y el futuro de las próximas tres generaciones por mantener un fuero, una caja de financiamiento o una cuota miserable de protagonismo mediático. El Libertador rechazó los homenajes en vida y se fue a morir en silencio, cuidando que su nombre no fuera utilizado para profundizar la discordia. Hoy, cualquier papanatas con pretensiones de estadista gasta fortunas del erario público en campañas de imagen, pautas oficiales y ejércitos de trolls para erigirse monumentos en vida mientras gran parte del país se hunde en la pobreza.</p><p>San Martín no tenía asesores de comunicación, ni expertos en neurociencia aplicada al marketing político, ni focus groups para saber si le convenía o no cruzar la cordillera de los Andes. Tenía convicción, ética y una devoción inquebrantable por el deber ser. Sabía que la grandeza no se mide por la cantidad de likes de militantes contratados, sino por la trascendencia del legado.</p><p>En aquellos actos de los ochenta, cuando la maestra de séptimo leía con voz temblorosa el testamento del General o recitaba sus máximas para su hija Merceditas, en realidad nos estaba entregando un código moral implícito. Nos decían que la palabra valía más que un contrato firmado ante escribano; que el respeto a la autoridad no se imponía con soberbia sino con el ejemplo; y que el verdadero patriotismo no consiste en envolverse en una bandera para tapar la corrupción propia, sino en servir a la comunidad sin pedir nada a cambio.</p><p>Hoy asistimos a un espectáculo dantesco donde la política se redujo a una disputa de varieté, un teatro de operaciones donde se gritan consignas vacías, se inventan grietas artificiales y se apela al odio como única herramienta de construcción electoral. Se utiliza el nombre de los próceres con la impunidad de los profanadores de tumbas: citan a San Martín para justificar un decretazo, una transa parlamentaria o una contorsión ideológica de último momento. Si el General viera a este elenco estable de cortesanos, lobbistas y oportunistas disputarse las migajas de un país empobrecido, probablemente volvería a subirse al mausoleo de la Catedral para esconderse de vergüenza.</p><p>Sin embargo, a pesar del desencanto que nos aplasta la nuca, prefiero quedarme con la luz de aquella infancia. Prefiero agradecer a aquellas maestras que nos enseñaron a ponernos de pie cuando entraba la Bandera de Ceremonias, a la portera que preparaba el chocolate con más buena voluntad que leche entera, y a los compañeros que tiritaban a nuestro lado sin importar si en sus casas se pensaba de una u otra forma.</p><p>En ese patio de escuela primaria de los ochenta residía, tal vez sin que lo supiéramos, lo mejor de la Argentina. Una Argentina humilde, golpeada por la historia, pero intacta en su dignidad y en su deseo de ser una nación respetable.</p><p>Me asombro cotidianamente viendo a los libertarios de hoy, que confunden la posibilidad de ser libres con el sálvese quien pueda y la codicia del mercado. O a los que se robaron el peronismo, que convirtieron a la justicia social en un negocio de caja y obsecuencia. San Martín les queda infinitamente grande a unos y a otros. Mientras la política actual vende la patria al mejor postor por unos dólares o por una cuota miserable de poder, el General nos enseñó que la verdadera libertad no cotiza en bolsa ni se reparte en ventanillas estatales.</p><p>Ojalá algún día, entre tanta charlatanería de cafetín y tanto cinismo profesional, volvamos a mirar hacia ese escenario improvisado del patio del colegio. Y tal vez podamos entender que un país no se construye con encuestas, con algoritmos ni cinismo, sino con el rigor, la austeridad y la renuncia desinteresada por el bien común. Mientras tanto, nos queda el recuerdo y la certeza de que, al menos por un rato, enfundados en un guardapolvo blanco, fuimos guiados por hombres que no le temían al sacrificio ni vendían su honor al mejor postor.</p><p>El problema, claro, es que San Martín hubo uno solo. Y está muerto y enterrado.</p><p>&nbsp;</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/WyhjNh9JxeGZ8KdEwj3USYyV5L8=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/08/san_martin.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Del nacionalismo austero a la fiesta populista. El Peronismo ultrajado y liberales del patriotismo digital del "like".]]>
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                                                <category term="sin-hashtag" label="Sin Hashtag" />
                                <updated>2026-08-17T10:41:29+00:00</updated>
                <published>2026-08-17T10:34:27+00:00</published>
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            Turismo de recuerdos: chapa vieja, alta tensión y un gusano en Luján
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                <![CDATA[Raúl Vázquez]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/i0ZkWyBfJ8CGCKgWBPdlLwfR_M0=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/08/entrada.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Mi hermano se casó cuando los años 80 recién iniciaban. Y ahora recuerdo que, con mis recientes diez o doce años, lo que me sorprendió, más que el casamiento, fue el lugar que eligieron para vivir con mi cuñada. Claramente, yo desconocía de plano el concepto de alquiler y no distinguía en absoluto si el bolsillo de los jóvenes que se casaban en aquella época daba o no para ser propietario. Eso era cosa de grandes. Lo cierto es que para mí la novedad tampoco era que dejaba la casa de mis padres en Villa Luro, algo que ya había hecho mi otro hermano, el mayor, unos años antes. La verdadera sorpresa era que se iba a vivir a un departamento en Junín y Juncal. Para quienes el centro era una suerte de Rubicón inexpugnable, tener un hermano viviendo en pleno Recoleta era un detalle central, sobre todo para aquellos que crecimos en un barrio de arrabal y empedrado con musgo.</p><p>Sin embargo, después de la iglesia y de la fiesta, bastante antes de la llegada de mis sobrinos y en medio de una preadolescencia donde lo único importante era jugar, yo tenía un hermano a menos de diez cuadras del Italpark. Eso, y el recuerdo de ir casi todos los fines de semana, constituyen una de esas vivencias que te permiten crecer con una sonrisa dibujada para siempre.</p><p>Hay una generación entera de argentinos a la que Orlando le quedaba más lejos que la Luna. Para nosotros, Disney no era una ciudad de hoteles lujosos, ratones gigantes y pasajes en dólares, sino un concepto abstracto que veíamos cada tanto en la televisión los domingos a la mañana, mientras tomábamos la leche y antes de escuchar a Independiente por la radio.</p>Inolvidable. El Pulpo, los chicos, la infancia de todos.<p>Teníamos algo mejor. Mucho más real y posible. Teníamos un pedazo lejano de la ciudad que olía a pochoclo rancio, a aceite quemado y a cable a punto de sobrecalentarse: el Italpark. El templo porteño de la nostalgia mecánica, donde la infancia de toda una generación aprendió a volar entre el vértigo y las luces. Para un pibe de barrio con zapatillas de lona y el boleto capicúa guardado en el bolsillo, traspasar los famosos arcos de Avenida del Libertador y Callao era, sencillamente, entrar al lugar más mágico de este planeta.</p><p>No había algoritmos que midieran nuestra felicidad ni pantallas de alta resolución. En mi caso, la adrenalina se medía en la cantidad de fichas de metal que lograba apretar en la palma de la mano sudada, después de juntar las monedas que me regalaba mi inolvidable tía Elvira.</p><p>El Italpark, un verdadero imperio de hierro sobre el césped de Recoleta, abrió sus puertas en 1960, traído por los hermanos Zanon, dos italianos que entendieron antes que nadie que el porteño necesitaba desahogar sus neurosis al aire libre. En esos tres mil metros cuadrados donde hoy descansan los transeúntes del Parque Thays, se levantó durante tres décadas una catedral de chapa, tubos de neón y esforzadas poleas.</p><p>Ir al Italpark, gracias a la elección inmobiliaria de mi hermano y mi cuñada, se transformó con los meses en una suerte de liturgia familiar. Me ponía la ropa de salir, esa que no debías manchar, pero que inevitablemente terminaba teñida por la extrañísima nube color rosa del algodón de azúcar. Almorzábamos en el dos ambientes que daba al contrafrente de Junín y, luego, arrancaba una caminata veloz hacia el bajo.</p><p>Antes de cruzar Libertador, después de la sorpresa que suponía el paisaje de un cementerio visitado por turistas o del Café de la Paix compitiendo con la aristocracia de La Biela, el sonido que te pegaba de lleno en el pecho era ese inolvidable y singular chirrido metálico de los rieles, mezclado con los gritos histéricos que bajaban de la montaña rusa, la música estridente emanada de parlantes gastados y el rugido inconfundible de la pista de los autitos chocadores.</p><p>Ni bien entrabas, reinaba el Súper Volador, una estructura circular que subía hasta donde los ojos de un nene de doce años ya no distinguían los edificios. Y, por supuesto, el Samba, donde un operador con vocación de verdugo y DJ frustrado disfrutaba sacudiendo a los adolescentes al ritmo de algún éxito de la época. Recuerdo a los más audaces intentando mantenerse de pie en el centro de la pista, desafiando las leyes de la física y el sentido común solo para impresionar a la chica que los acompañaba.</p><p>Aún parece resonar en la penumbra el eco sordo de aquellos gritos de asombro, cuando la inmensa pantalla curva del Cinema 180 nos robaba el aliento y nos hacía caer al vacío sin despegar los pies del suelo. Para quienes fuimos testigos de esa magia, ese domo abovedado no albergaba simples imágenes, sino una ilusión perfecta donde el vértigo de volar y la velocidad cobraban vida bajo el destello de una luz casi hipnótica. Me imagino en este instante a los lectores de mi generación con la certeza amarga de que, aunque las luces del parque se hayan apagado para siempre, en algún rincón de la memoria todavía se escucha el murmullo de la gente esperando que comience la función.</p><p>Y, por supuesto, estaba el Tren Fantasma, un recorrido a oscuras donde los monstruos eran tipos disfrazados con máscaras de goma bastante tristes que te tocaban el hombro o te tiraban un soplo de temor en la nuca. La idea era salir a la luz sintiéndote un héroe homérico, pero no era mi caso. Odiaba el Tren Fantasma y, ahora que lo pienso, tal vez ahí nació mi irrefrenable temor a la oscuridad. Ya lo veré con psicólogo, si voy alguna vez.</p><p>Lo cierto es que había una poesía brutal en esa mecánica. En el Italpark todo era analógico, ruidoso y tangible. Si tocabas la estructura metálica de algunos juegos, sentías la vibración del motor diésel latiendo en tus huesos. Ahora descubro que la belleza de esos juegos, sin dudas, radicaba en su franca imperfección.</p><p>Si el Italpark era la elegancia pop injertada en pleno corazón de Recoleta, la década del 80 trajo su contraparte megalómana: Interama, rebautizado después como Parque de la Ciudad. Inaugurado en 1982 en el sur profundo de la capital, en Villa Soldati, era una mole de hormigón armado y ambición futurista. Prometía ser el parque más grande de Latinoamérica. Tenía montañas rusas colosales con nombres como Aconcagua o Wildcat, y en el centro, como un mirador futurista, se elevaba la Torre Espacial, una aguja metálica que aún hoy se recorta contra el horizonte porteño como el esqueleto de un sueño que no pudo ser.</p><p>Interama tenía todo a una escala tan descomunal que abrumaba. Caminar por sus infinitos playones de cemento bajo el sol de enero tenía algo de distopía espacial. A los ojos de los chicos, la elección era muy sencilla. El Italpark era apretado, cálido y caótico, y le ganaba por varios cuerpos a Interama, que era monumental, sí. Pero también frío y lejano.</p><p>Para los chicos de los 80, la experiencia del vértigo no se agotaba en los grandes predios de la capital. Estaba la versión itinerante, la que llegaba a los baldíos del conurbano o a las plazas de las ciudades del interior: la kermese de paso, el parque de diversiones nómada.</p><p>Y ahí, en el vértice superior de esa mitología popular, figuraba el Gusano de Luján, una sencilla montaña rusa infantil construida con más fe que ingeniería civil. Las vías crujían con un chasquido seco a cada paso del vagón con cara de oruga sonriente. Sus frenos consistían en una palanca de hierro operada manualmente por un muchacho con la camiseta de Boca que fumaba al lado de la vía. Y la barra de seguridad era un caño de gas pintado de amarillo que te bailaba sobre las piernas.</p><p>Había en ese gusano infame una mezcla irrepetible de inocencia pura y peligro inminente. Sabías que la probabilidad de que algo saliera mal existía, pero esa pequeña dosis de riesgo real era precisamente lo que volvía a la aventura inolvidable. Si volvías a tu casa con un chichón en la frente por haberte golpeado contra el respaldo de formica en un frenazo seco, no volvías dolorido: volvías graduado.</p><p>Hoy observo a los chicos sumergidos en sus mundos digitales. Tienen en la palma de la mano gráficos en 4K que simulan universos enteros con una fidelidad que supera a la imaginación más frondosa. En sus consolas y computadoras pueden pilotar aviones de caza, construir ciudades futuristas, ganar la Champions o sobrevivir a epidemias de zombis sin despeinarse, sin pasar frío y, sobre todo, sin salir de la climatizada comodidad de su habitación adolescente.</p><p>Es un entretenimiento perfecto, aséptico, diseñado por psicólogos y matemáticos para administrar dosis exactas de dopamina a cada segundo. No hay imprevistos. Si te equivocás, apretás Reset. Si te caés, ponés Play Again. La muerte no existe. O, lo que es peor, la vida no vale nada.</p><p>Pero a esta nueva generación que abre su camino cabalgando sobre la perfección digital le falta algo. Hay un par de cosas que esa ecuación tan impecable no tiene. Le falta el olor a combustible, la textura áspera de la pintura gastada y el raspón en la rodilla. Y, sobre todo, le falta el deseo. Las ganas de que el tiempo pase para que llegue el fin de semana y la hora de la aventura. No hay caso: los que superamos los cincuenta no podremos explicar jamás que la vida en los ochenta era una cadena infinita de deseos por cumplir. Y que no importaba tanto que se cumplieran o no. Porque disfrutábamos el camino, más que la meta.</p><p>En la época donde reinaba el Italpark, nosotros aprendimos la gravedad cayéndonos de la Super Silla; aprendimos la tolerancia al mareo en las Tazas Giratorias; aprendimos a manejar arriesgando en los autitos chocadores; aprendimos lo que era el cortejo adolescente en la cola interminable para subir a la Montaña Rusa. Y doblegamos al miedo en los recovecos oscuros del Tren Fantasma. La experiencia del viejo parque de diversiones no nos llegaba a través de un cristal de cuarzo. Era tan real que nos atravesaba todo el cuerpo. Salías del Italpark con las orejas retumbando, la cara sucia de hollín y una fatiga en las piernas que te hacía dormir en el asiento del colectivo de regreso, apoyado en el hombro de mamá.</p><p>El Italpark cerró sus puertas en noviembre de 1990, de manera trágica y repentina, cuando la fatalidad mecánica demostró que el peligro no era solo una fantasía decorativa. La ciudad cambió. El terreno se convirtió en parque público; los juegos se subastaron o se pudrieron en galpones olvidados. Se dice por ahí que varios de esos prodigios de la mecánica, que hoy le quitan la tristeza a los chicos de Luján, son del viejo Italpark. No lo sé. Pero si es así, ojalá mantengan aquel espíritu tan único y especial. Lo cierto es que un día, sin darnos cuenta, la infancia de varios millones de personas quedó sepultada bajo el césped impecable del Parque Thays.</p><p>El vacío dejado por el Italpark tardó siete años en llenarse. El Parque de la Costa, en Tigre, nació bajo una lógica empresarial totalmente distinta: privatizado desde el origen, ligado al desarrollo inmobiliario y turístico de la zona y concebido bajo estándares corporativos modernos. Desde ya, nunca tuvo la mística que caracterizaba a la esquina de Callao y Libertador.</p><p>Sin embargo, mientras llega el fin de este encuentro de hoy, descubro que en realidad no extrañamos los aparatos de chapa, ni la fila interminable donde podría nacer un beso furtivo. Extrañamos la época en que el mundo era analógico, inmenso y lleno de sorpresas por descubrir. Extrañamos esa capacidad de asombro que no necesitaba de placas de video de última generación, sino apenas un vagón de madera deslizándose a veinte kilómetros por hora sobre unas vías oxidadas.</p><p>No viajamos a Orlando hasta el uno a uno, ya más grandes. Pero desde Villa Luro, casi adolescentes, fuimos los dueños de Recoleta durante las tardes de domingo. Fuimos reyes, cortejados por nuestros hermanos y nuestros viejos, que cuidaban celosamente el tesoro que fuimos para ellos, antes de crecer sin que nos demos cuenta.</p><p>Nos vemos la próxima. Me esperan mis hermanos para abrazarnos fuerte en el recuerdo de mamá y papá.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/i0ZkWyBfJ8CGCKgWBPdlLwfR_M0=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/08/entrada.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Raúl Vázquez y una pincelada por ese momento único del deseo de jugar. El cambio en la Ciudad y la magia intacta.]]>
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                                <updated>2026-08-09T13:47:00+00:00</updated>
                <published>2026-08-09T13:42:51+00:00</published>
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            El fútbol grande: Fuimos Felices
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                <![CDATA[Raúl Vázquez]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/QIl4aSnhNjf_igHM3PcttwX5k_M=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/07/campeon.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Las historias verdaderamente grandes son aquellas que mejoran el alma de quien las protagoniza. Y si bien perdimos la oportunidad de ver el final de la película que soñamos, es importante entender que los últimos diez minutos de esta película no empañan el guión que nos trajo hasta las lágrimas que nos secamos hoy. Esta historia que pareciera tener su punto final, no se mide por el brillo del metal que se cuelga al cuello ni por el estallido final de los fuegos artificiales que iluminan un cielo ajeno. Se miden en el barro de la persistencia, en la dignidad de la derrota y en esa capacidad tan nuestra, tan dolorosamente argentina, de mirarnos a los ojos en el minuto ciento veinticuatro, con el pecho quebrado, sabiendo que lo dimos todo hasta que no quedó nada.</p><p>Hoy el fútbol nos devuelve a su costado más cruel. El silbato final en este Mundial 2026 resuena como un portazo en una casa vacía. Hay un dolor espeso que baja desde las tribunas, cruza el mapa hacia el sur y se instala en cada esquina de Buenos Aires, en los clubes de barrio, en los cafés y en el living de cada hogar donde hace apenas unas horas habitaba la ilusión. Es un dolor seco, que debemos transitar y que se clava en la boca del estómago hasta quitarnos el aire.</p><p>Perder una final del mundo no es perder un partido; es ver cómo el castillo de naipes que construimos durante un mes, con la fe de los desposeídos, se derrumba en un segundo. Sin embargo, en este suelo sabemos desde siempre que el fútbol no es un camino hacia la felicidad plena, sino una ecuación sentimental basada en el sufrimiento. Un pueblo que no sabe sufrir no puede entender jamás la dimensión de lo que este plantel ha construido. El dolor de hoy no nos empequeñece; nos devuelve la verdadera estatura de lo que somos. Porque para llorar con esta hondura, primero hubo que amar con una intensidad que asusta a los tibios.</p><p>En el centro de esta epopeya inconclusa emerge, una vez más, la figura colosal de Messi. El capitán que desafió al tiempo, el hombre que ya no tenía nada que demostrarle al mundo pero que eligió seguir vistiendo nuestra camiseta simplemente porque no concibe la vida sin defender nuestra bandera. Verlo caminar por el césped con la mirada gastada, masticando la bronca del verdugo implacable que es el destino, no genera lástima. Genera una devoción religiosa. Messi nos enseñó a ganar, nos regaló la gloria eterna en Qatar, pero hoy nos da su lección más humana y desgarradora: la foto del final, con las lágrimas surcando sus recuerdos, y su figura recortada contra la frustración de la derrota, es el monumento vivo a la nobleza deportiva.</p><p>Este grupo de jugadores, que se quedó sin combustible pero que corrió cada pelota como si en ello fuera la vida de sus familias, ha mejorado nuestra alma colectiva. Nos devolvieron la certeza de que el esfuerzo vale la pena, incluso cuando el desenlace es injusto. En un mundo que premia el éxito inmediato y descarta el proceso, esta selección defendió una idea de pertenencia, un sentido del deber y un amor propio que trasciende cualquier vitrina. Lloramos por el gol que no entró, por la jugada fortuita, por el destino esquivo, pero bajo ninguna circunstancia lloramos de vergüenza. El orgullo que sentimos por ellos es un fuego que la derrota no puede apagar. Y es también un sopapo de realidad para aquellos imbéciles que afirman que el segundo es el primero de los perdedores.</p><p>Para el pueblo argentino, el fútbol es el espejo donde miramos nuestras virtudes y nuestras miserias. Es el idioma común con el que nos abrazamos con desconocidos en la calle y compartimos la misma angustia en la tribuna los fines de semana. Sabemos sufrir porque nuestra historia nos ha entrenado en la resistencia; sabemos lo que cuesta levantarse al día siguiente con el cuerpo cansado pero el orgullo intacto. Por eso, este subcampeonato no es el fin de nada, sino la confirmación de una estirpe. Somos los que insisten, los que vuelven a creer contra toda lógica, los que guardan la camiseta en el placard sabiendo que, tarde o temprano, la volverán a sacar para gritar un gol con el alma.</p><p>Mañana bajará la espuma de la amargura. Los chicos volverán a patear en los potreros vistiendo la diez con el nombre del capitán, los viejos discutirán las jugadas en los mostradores de los bares y la vida seguirá su curso. Pero algo habrá cambiado en nosotros. Esta derrota duele porque estuvimos ahí, acariciando la gloria una vez más, demostrando que pertenecemos a la élite del fútbol mundial por derecho propio y por prepotencia de trabajo.</p><p>Las grandes historias no siempre terminan con una vuelta olímpica. A veces, las más profundas, las que se graban a fuego en la memoria de las generaciones, son las que nos enseñan a perder con la frente alta y el escudo limpio. El país entero se abraza en el dolor, pero con la certeza absoluta de que el orgullo que nos hicieron sentir estos jugadores es mucho más grande y duradero que cualquier torneo.</p><p>Fuimos felices. Durante años habitamos un oasis de alegrías compartidas, un tiempo bendito donde la selección era una fiesta y el pecho andaba inflado de un orgullo casi irreal. Esta selección nos regaló el derecho a la sonrisa, nos unió en abrazos interminables y nos hizo sentir, al menos por un rato, los dueños legítimos del mundo. Esta selección nos regaló la victoria con los ingleses, dándole a una generación la posibilidad de sentir un poco de aquello que nos regaló Diego. Por eso hoy la caída es tan digna y el dolor se siente tan espeso; porque se ha terminado ese viaje hermoso donde la felicidad parecía garantizada. Nos queda el vacío de la gloria que se escapó entre los dedos en este último suspiro, pero también la certeza inquebrantable de haber vivido una época dorada. Lloramos el final de una era, es verdad, pero con la gratitud eterna a quienes supieron tocar el cielo antes de volver a pisar la tierra.</p><p>Termino con un enorme “Gracias Messi!”. Te vas gigante, con la bandera del fútbol que jugamos en la vereda bien arriba. Y con el alma de todo un país guardada en tu botín izquierdo.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/QIl4aSnhNjf_igHM3PcttwX5k_M=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/07/campeon.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Raúl Vázquez y la despedida de la selección más brillante de los tiempos. Messi, un profeta y una ilusión que no termina]]>
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                                <updated>2026-07-20T14:06:26+00:00</updated>
                <published>2026-07-20T14:06:24+00:00</published>
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            No era un partido más: era una final contra el dolor y la memoria
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                <![CDATA[Raúl Vázquez]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/sUkcK0dVALfB1jcL59b_qIUxDIw=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/07/partido.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Para un argentino, el fútbol nunca fue un simple juego. Es la infancia que se niega a morir, el abrazo que nos quedó debiendo la vida y también la única religión que no exige santidad, sino fe ciega. Es el hilo invisible que nos ata a los que ya no están y la excusa perfecta para llorar de felicidad en un país experto en generar nostalgias.</p><p>Hablar de lo que ocurrió ayer será tarea de los periodistas deportivos. Sólo me permito describir que el partido contra Inglaterra fue una verdadera batalla que quedará grabada para siempre en el alma del país. Cien minutos de pura tensión, donde cada pelota se disputaba como si fuera la última y el corazón se nos salía del pecho con cada avance rival. Cuando sonó el pitazo final y se confirmó el pase a la final, la tensión acumulada estalló en un grito de desahogo colectivo, lágrimas de emoción y un festejo ensordecedor en cada rincón de la Argentina. Dejamos en el camino a un rival histórico con sello argentino, a puro coraje, mística y alma, transformando el sufrimiento en una gesta épica que nos dejó a un solo paso de la gloria eterna. Otra vez.</p><p>Por eso, cuando el árbitro pitó el final y la certeza nos golpeó el pecho, la noche de Buenos Aires se suspendió en un paraíso irreal. En un asombro reverente y litúrgico. Los autos crecieron en las esquinas con sus bocinas inmediatas, los balcones dejaron escapar el grito eterno y el aire de la ciudad se espesó con el perfume de las lágrimas. Acaba de ocurrir. Otra vez. La historia, esa vieja caprichosa y circular que suele ensañarse con estas tierras del sur a fuerza de crisis recurrentes y destinos truncos, hoy se vistió de celeste y blanco para dictar una sentencia definitiva: Argentina es finalista del mundo. Y en el camino, despatarrado sobre el césped liso y perfecto de la épica moderna, quedó el orgullo británico.</p><p>No nos engañemos, porque el cinismo de la modernidad es incapaz de entender lo que late en el barro de nuestra identidad. Esto no era un partido más, nunca lo fue y nunca lo será. El fútbol, cuando se juega contra la camiseta blanca de los tres leones, se despoja de su traje de mero entretenimiento de masas, rompe los contratos millonarios, ignora los análisis tácticos de pizarrón y se calza el uniforme pesado y solemne de la memoria nacional. Hay una gravedad distinta en el aire cada vez que la pelota rueda ante ellos; la pelota parece pesar el doble, el césped se vuelve el barro simbólico de una trinchera espiritual y cada cruce tiene el eco ensordecedor de un pasado que no se olvida, que late con dolor y orgullo en los costados más sensibles de la patria, allí donde la cicatriz se hizo eterna y la nostalgia es el pan de cada día.</p><p>Este equipo que hoy comanda los destinos de la ilusión colectiva posee una virtud que lo vuelve inmortal antes de tiempo: no juega solo. Quien se limite a ver once tipos corriendo detrás de un cuero inflado padece de una ceguera incurable. Estos muchachos llevan en las suelas el polvo reseco de las canchas de tierra de nuestro interior indómito, el murmullo eterno de los potreros de barrio que el cemento y la especulación inmobiliaria no pudieron sepultar, y el mandato invisible de aquellos próceres con botines gastados que, desde algún rincón o desde una tribuna celestial cubierta de neblina, empujan con el hombro cuando las piernas ya no responden y el corazón parece estallar. Es la mística de los ausentes que se corporiza en el esfuerzo de los presentes.</p><p>La victoria de hoy tiene la textura áspera y maravillosa de la épica más pura de la literatura deportiva. Fue el sufrimiento extremo como antesala obligatoria del desahogo absoluto; fue la templanza granítica para aguantar el triunfo cuando el rival, herido en su amor propio sajón y con la altanería de sus viejos mapas imperiales, empujaba con el rigor de su herencia física y su manual de centros al área. Pero este grupo de futbolistas, templados en la fragua de la adversidad y acostumbrados a que nadie les regale un centímetro de gloria, puso algo más que un esquema táctico. Puso alma, ese elemento inclasificable que los laboratorios del primer mundo no pueden sintetizar. Puso esa rebeldía tan nuestra, tan de arrabal, que florece con mayor fuerza justamente cuando el destino parecía ponerse cuesta arriba y el viento de la fatalidad soplaba de frente.</p><p>Por eso, la clasificación a la final del mundo no es simplemente un logro deportivo que se anotará en los registros estadísticos; es, ante todo, un abrazo postergado entre generaciones. Es el llanto contenido de un padre de 50 y pico que evoca en la penumbra de la cocina aquellas viejas tardes de radio a transistores, reviviendo fantasmas que creía dormidos. Es, al mismo tiempo, el grito desbocado de un pibe en una esquina que tal vez no entiende de geopolítica, ni de soberanía territorial, ni de tratados diplomáticos, pero intuye, con esa sabiduría sagrada y casi mística de la infancia, que ganarle a Inglaterra es ganarle también al olvido. Es ganarle al tiempo, es demostrar que los pequeños y los postergados del mundo guardan en sus pies la belleza oculta del universo.</p><p>La historia pesa. Claro que pesa. Sentarse a mirar este partido fue cargar en las espaldas el peso de las ausencias, los recuerdos de los caídos, las tardes de gloria de 1986 y la certeza de que hay cuentas que el fútbol, en su mágica justicia poética, se encarga de saldar en cien minutos de catarsis colectiva. Pero hoy esa historia no nos hundió; hoy la llevamos sobre los hombros con la ligereza andarina de los que se saben tocados por la varita de la justicia divina. El triunfo fluyó como un río de emociones que inundó las avenidas de la capital y las calles polvorientas de los pueblos lejanos, transformando el frío del invierno en una primavera anticipada y furiosa que brota del pecho de cuarenta y siete millones de almas.</p><p>La crónica fría dirá que hubo goles, que hubo un arquero monumental que voló para descolgar las pretensiones británicas, y que hubo un mediocampo que corrió hasta el límite de la extenuación física. Pero la crónica de la sensibilidad, aquella que se escribe con la tinta de los sentimientos, recordará la mirada de los jugadores al terminar el partido: una mezcla de cansancio extremo y una devoción casi religiosa hacia la camiseta que defienden. No eran profesionales celebrando un bono por objetivo cumplido; eran soldados de una causa popular, conscientes de que habían devuelto la sonrisa a un pueblo que la necesita para seguir caminando.</p><p>Nos queda un paso, el último y más difícil, ese abismo estrecho que separa a los hombres terrenales de las leyendas esculpidas en bronce. La final del mundo espera en el horizonte inmediato, con toda su carga de ansiedad, de insomnio y de promesas susurradas a los santos del hogar. Sin embargo, pase lo que pase el domingo, este equipo ya se ha ganado un altar definitivo en el templo de los elegidos. Nadie podrá quitarles el derecho a la eternidad. Porque nos devolvieron el orgullo cuando el escepticismo ganaba terreno, porque jugaron cada pelota con el corazón en la mano, y porque nos demostraron, en una lección de coraje que excede los límites, que la memoria sigue viva, que el pasado no se archiva en los anaqueles del desinterés y que el fútbol, en estas latitudes sufrientes y apasionadas, sigue siendo la única y más hermosa patria posible.</p><p>Las crónicas de los diarios del mundo intentarán explicar lo inexplicable mediante números y esquemas, pero nosotros nos quedamos con el eco de este triunfo eterno. Un triunfo que viaja por el aire como un tango, melancólico y triunfal, recordándonos quiénes somos, de dónde venimos y por qué el fútbol, para un argentino, es la forma más pura y dolorosa de la felicidad.</p><p>Ahora que por fin se apagó un poco el eco de los bocinazos en la avenida, que la euforia le dio paso a la calma del día después y que caímos en la cuenta de que somos finalistas, queda flotando en el aire lo único que verdaderamente importa. Porque el fútbol, al final, no es más que un hermoso puente para encontrarnos y sentirnos cerca. Tal vez por eso, y por los que ya no están, voy a volver a abrazar a mis hijas hasta el llanto. Para explicarles, sin palabras y en un solo gesto, de qué se trata esta bendita locura que se llama fútbol argentino.</p><p>Nos vemos el domingo. Y buen viaje, Inglaterra.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/sUkcK0dVALfB1jcL59b_qIUxDIw=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/07/partido.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Argentina cumple y avanza. Una herida que cicatriza. Un país que sueña con el domingo.]]>
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                                <updated>2026-07-16T15:44:01+00:00</updated>
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            Argentina vs Inglaterra: La historia también juega a la pelota
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                <![CDATA[Raúl Vázquez]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/8n5bS85UcGwhqrisBtW0AshHLp0=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/07/batalla.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Hay una liturgia invisible que se activa en el pecho de cada argentino cuando el fixture, caprichoso o guiado por un destino tallado a mano, nos pone de frente a una camiseta blanca con tres leones en el pecho. No es una bronca ordinaria. No es el folclore rústico del fútbol de cabotaje ni la rivalidad vecinal que nos conecta con los colores de Brasil o Uruguay. Lo que se genera antes de un cruce con Inglaterra es un silencio espeso, una vibración que viaja por el asfalto caliente, entra por las ventanas de los viejos cafés de barrio y se instala en la mesa de los domingos.</p><p>Ahora que la Selección viene de confirmar su destino de grandeza en el Mundial 2026, el calendario nos ubica en las semifinales justo frente a ellos. Faltan algunas horas. Y desde estas humildes líneas de Newstad, despojados de la urgencia de la noticia y de la primicia y del griterío estéril de los paneles de televisión, me veo obligado a poner una pausa y sostener que lo que vamos a jugar el miércoles es mucho más que un partido de fútbol. Negarlo sería una hipocresía propia de algunos burócratas. No hay dudas, al menos para mi: este no es un partido más. Nunca lo fue y nunca lo será.</p><p>Para el hincha argentino, el fútbol jamás ha sido un deporte de once contra once detrás de una pelota. Es, desde nuestra génesis misma, un gigantesco espejo retrovisor. Un mecanismo de compensación emocional, una puesta en escena dramática donde volcamos nuestras ausencias, nuestros orgullos heridos y nuestras mitologías colectivas. Cuando la pelota ruede en la semifinal, no estarán en juego solamente noventa minutos y un pasaporte al partido definitivo. Estará en juego, otra vez, esa necesidad imperiosa de reescribir la historia con los pies. Eso es bueno y es malo. Pero también es materia de otra reflexión.</p><p>Para entender este cordón umbilical que nos une en el espanto y en la fascinación con los ingleses, hay que bajarse del paravalanchas e ir a la memoria. La relación entre Argentina e Inglaterra es un tejido complejo que incluye la admiración inicial, la subordinación económica y, finalmente, un quiebre dramático que quedó sellado a fuego en la memoria colectiva.</p><p>Ellos trajeron el juego. Como una paradoja bellísima y cruel, los marineros británicos, los empleados de los ferrocarriles que nos dejaron sus venas de acero en la pampa húmeda, los alumnos del Buenos Aires English High School de Alexander Watson Hutton fueron los que pintaron la líneas de cal de las primeras canchas, trajeron las primeras pelotas de cuero cosidas a mano y dictaron las leyes del juego. Nos enseñaron el orden, la disciplina del fair play, el pase largo y la cabeza levantada.</p><p>Pero el argentino, en ese proceso de apropiación cultural que define nuestra identidad, agarró ese juguete perfecto y lo transformó. Le quitó la rigidez militar y le metió la viveza del potrero. Reemplazó el atletismo por el amague; transformó la línea recta en una gambeta sinuosa, casi tanguera, nacida en los baldíos de los suburbios y en las calles de tierra de los barrios periféricos. El fútbol inglés nació para templar el carácter de los jóvenes de la era victoriana; el fútbol argentino nació para sobrevivir a la intemperie. Aprendimos a jugar para burlar al más fuerte. Y esa matriz quedó grabada en nuestro ADN mucho antes de que la geopolítica tiñera las camisetas de sangre y épica.</p><p>El siglo XIX ya nos había advertido que el Atlántico Sur sería un territorio de tensiones. En 1806 y 1807, las Invasiones Inglesas marcaron el bautismo de fuego de una Buenos Aires que todavía no era del todo argentina, pero que ya intuía el sabor de la resistencia. El aceite hirviendo desde las terrazas, los regimientos de Patricios defendiendo las calles contra las casacas rojas de Beresford y Whitelocke son la primera medida que tuvimos de la épica del triunfo. Aquella epopeya fundacional, estudiada en los manuales escolares con la distancia que dan los años, fue el primer indicio de una constante histórica: el gigante que llega con la suficiencia de su imperio y un pueblo indómito que, con lo que tiene a mano, le discute el territorio.</p><p>Sin embargo, el verdadero punto de no retorno, la herida que permanece abierta y que late con una regularidad asombrosa cada vez que el sorteo de la FIFA nos cruza en el camino, es Malvinas. Sin dudas.</p><p>Hay que ser extremadamente respetuosos y precisos en este punto. Mezclar el sacrificio supremo de los jóvenes que quedaron en las islas, el dolor de las madres que todavía lloran en silencio frente al frío del cementerio de Darwin, con un resultado deportivo, sería una simplificación de una enorme bajeza moral. Un gol no devuelve una vida. Un triunfo en semifinales no altera los mapas de la diplomacia internacional ni devuelve la soberanía efectiva sobre las islas que nos robaron. Los héroes de la gesta de 1982 habitan un altar sagrado que no necesita de la validación de un triunfo en una copa del mundo.</p><p>Pero el fútbol, en su inmensa y a veces divina irracionalidad, opera como un canalizador. Lo que el argentino hace en la tribuna o frente a la pantalla no es confundir una guerra con un partido, sino sublimar un dolor. Es la búsqueda de una justicia poética que el mundo real, tan pragmático y desalmado, nos suele negar. El fútbol nos permite el milagro de la equivalencia: en la cancha somos iguales. Ahí no importa la flota de la Royal Navy, ni los presupuestos militares, ni el peso de las libras esterlinas en los mercados globales, ni las alianzas con el traidor. En el césped son once voluntades contra once voluntades, y la única ley válida es la de la destreza, el coraje y la astucia.</p><p>Por eso la forma en que los argentinos vivimos este partido es incomprensible para un observador europeo. Para el británico promedio, el cruce con la Argentina es seguramente un partido importante, sazonado por la rivalidad de los años ochenta y noventa, pero tamizado por una frialdad sajona que archiva el pasado con pragmatismo. Para ellos, el fútbol y la historia son dos carpetas separadas en el gran archivo del Imperio.</p><p>Para nosotros no hay carpetas separadas. Todo está interconectado en una misma cosmogonía de la resistencia. El hincha argentino que se pasa la noche previa al partido cantando en las adyacencias del estadio no está pensando únicamente en la táctica del entrenador o en el estado físico del equipo. Está invocando a sus fantasmas. Está jugando por el primo que fue al sur, por el vecino que volvió cambiado para siempre, por la frustración de saberse históricamente postergados por los centros de poder mundial.</p><p>Es la estética del desquite. El fútbol argentino es esencialmente dramático porque se nutre de la escasez. Nos reconforta saber que, aun en las peores crisis, aun cuando el país cruje bajo el peso de sus propias tempestades económicas y políticas, la pelota sigue siendo nuestra moneda de oro. El único territorio donde nadie nos puede mirar desde arriba. Frente a Inglaterra, esa sensación se multiplica por mil. Es el débil que mira a los ojos al poderoso y, en lugar de bajar la vista, le sonríe con la suficiencia del que sabe que tiene el truco de la gambeta guardado en la manga.</p><p>No podemos obviar el antecedente absoluto, el mito fundacional de esta era moderna que ocurrió el 22 de junio de 1986 en el Estadio Azteca. Aquella tarde, Diego estalló el fútbol en dos mitades y sintetizó, en apenas unos minutos de genialidad y picardía, las dos almas del futbolista argentino. El primer gol, el de la "Mano de Dios", fue la viveza criolla elevada al rango de arte; la burla al orden establecido, el carnet de identidad del pícaro que le roba la billetera al gendarme sin que se dé cuenta. El segundo, el del barrilete cósmico esquivando camisetas blancas como si fueran postes, fue la belleza pura y absoluta, la demostración indiscutible de una superioridad lírica y técnica.</p><p>Diego lo dejó claro en sus memorias: aunque repetían ante los micrófonos que era solo un partido de fútbol, en el vestuario sabían perfectamente que estaban jugando por algo más. Jugaban por los pibes. Jugaban con un orgullo que excedía los manuales de la táctica. Esa herencia constructora de mitos es la que hoy pesa sobre los hombros de esta generación que, en este 2026, vuelve a encontrarse ante el mismo espejo.</p><p>Los tiempos han cambiado, es cierto. Los jugadores de hoy son profesionales globales, muchos de ellos compañeros de equipo de los propios ingleses en la Premier League. Se conocen, se respetan, comparten vestuarios y rutinas de entrenamiento en Manchester o en Londres. La globalización ha limado las asperezas del odio superficial, y eso es sano. El respeto profesional entre los planteles está garantizado. No habrá espacio para las batallas campales de antaño ni para las declaraciones incendiarias.</p><p>Sin embargo, cuando suenen los himnos y la camiseta celeste y blanca se recorte contra el césped, vos y yo sabemos que el hechizo se activará de manera inevitable. Las tribunas conectarán con el cordón umbilical de la memoria colectiva. Cuarenta y siete millones de personas en sus casas, desde la Quiaca hasta Ushuaia, pasando por cada esquina de Buenos Aires, sentirán ese nudo en el estómago que solo este partido es capaz de provocar.</p><p>No es odio. El odio es un sentimiento menor, destructivo, que no encaja en la nobleza del juego. Es algo mucho más profundo: es memoria. Es el recuerdo de quiénes somos, de dónde venimos y de todo lo que tuvimos que pasar para estar ahí, disputando el derecho a ser felices frente a quienes, alguna vez, pretendieron ser los dueños de todo.</p><p>El que viene no será un partido más. Cuando el árbitro dé la orden de inicio, la historia, con toda su carga de barcos, islas, potreros y leyendas, bajará a jugar la semifinal con nosotros. Y en cada pelota dividida, el fútbol argentino volverá a demostrar por qué, para nosotros, la vida siempre se define dentro de una cancha.</p><p>Por eso, un segundo antes de ese pitazo inicial, cuando el silencio se adueñe del estadio y el destino quede en manos de los once que visten la celeste y blanca, habrá que levantar la mirada. Y aunque el discurso políticamente correcto proponga lo contrario, aunque las islas, frías y lejanas en su tierra soberana, no entren a la cancha y la geopolítica se quede del otro lado de la línea de cal, cada pibe que quedó en las islas, cada soldado que se convirtió en viento y en turba defendiendo lo nuestro, va a asomarse entre las nubes. No para exigir una venganza que el fútbol no puede dar, sino para ver jugar a su pueblo. Estarán ahí, mirando desde el palco más alto, cuidándonos las espaldas, empujando en cada pelota dividida y recordándonos que, si ellos entregaron todo por la Patria, nosotros no tendremos derecho a rendirnos. Porque no es un partido más. Aunque nos ganen por goleada.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/8n5bS85UcGwhqrisBtW0AshHLp0=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/07/batalla.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Argentina va a la semifinal por la gloria con Inglaterra. Un silencio espeso, un país parado, sin grieta y con orgullo.]]>
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                                                <category term="newstad-mundial" label="NEWSTAD MUNDIAL" />
                                <updated>2026-07-13T18:00:50+00:00</updated>
                <published>2026-07-13T17:58:24+00:00</published>
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            La épica argentina de siempre: milagro y sufrimiento para seguir vivos
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                <![CDATA[Raúl Vázquez]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/qys6nkDWtzkcotDfwM8X8g17i_U=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/07/messi.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Egipto golpeaba con la frialdad de las pirámides y el partido se nos iba de las manos, como tantas veces se nos fue el destino. Transcurrían los últimos minutos y la derrota nos dejaba afuera del Mundial. Era el abismo. La esperanza se diluía con el segundo gol de ellos hasta que de pronto, en solo 13 minutos, la vida cambió en un grito que estalló en nuestra garganta y desgarró la modorra de una tarde que se hizo inolvidable. Ganamos. Clasificamos. Contra toda lógica, y contra el libreto escrito en un partido esquivo, complejo y poco amable, estamos en cuartos.</p><p>Quienes habitualmente se acercan a estas líneas saben muy bien cuál es el territorio que nos resulta cómodo. Esta columna está pensada, casi por definición, para recordar el pasado, homenajear nuestras historias y disfrutar de la buena melancolía. Nos hamacamos con gracia en el ayer, buscando en los viejos cafés, en la memoria y en las glorias blanco y negro el refugio tibio que la realidad nos niega. Luchamos contra el olvido. Somos una especie de arqueólogos del recuerdo. Pero esta vez, el Mundial nos obliga a un volantazo imprevisto, a cambiar el discurso por completo. La urgencia de la pelota nos empuja a abandonar la comodidad del lamento, a sacudirnos el polvo de la nostalgia para empezar, por una vez, a disfrutar del presente y a esperar, con el pecho abierto y los ojos limpios, un guiño del futuro.</p><p>El martes pasado, mientras las bocinas empezaban a quebrar el aire denso de las avenidas, volví a pensar en la arquitectura invisible de nuestra identidad. Porque el triunfo ante los egipcios no fue un simple resultado deportivo. Fue, me parece, un hecho rigurosamente argentino. Una nueva puesta en escena de nuestro drama predilecto: la épica del milagro que brota, reluciente y prepotente, del barro del sufrimiento más oscuro.</p><p>A nosotros no nos sienta bien la prosperidad lineal. Nos aburre el progreso previsible de los manuales escandinavos. Somos, después de todo, los herederos de un suelo que lo tuvo todo y prefirió el abismo; el único país del mundo que conoció el desarrollo del primer orden y decidió, por una misteriosa pulsión colectiva, desandar el camino para habitar la incertidumbre. Nos forjamos entre los fogonazos de la opulencia de principios del siglo pasado y el derrumbe sistemático de cada ilusión.</p><p>Los argentinos no sabemos qué hacer con la calma; cuando la economía amaga con estabilizarse o la política amenaza con volverse previsible, el cuerpo nos pide una zancadilla, un volantazo hacia el caos, como si la normalidad fuese una llanura gris incompatible con nuestro ADN. Necesitamos el riesgo, la víspera de la catástrofe, para que el instinto de supervivencia nos devuelva la lucidez. Somos habitantes de la cornisa, equilibristas sin red que necesitan sentir el vértigo del vacío para recordar que estamos vivos. Llevamos décadas (o acaso siglos) ensayando el arte del naufragio. Construimos crisis con la misma facilidad con la que otros países levantan autopistas; devaluamos certezas, dilapidamos legados y nos hamacamos en un péndulo macabro de frustraciones y desencantos colectivos. Si miramos la historia con el frío lente de la economía o de la ciencia política, somos el territorio del desacierto crónico, el laboratorio perfecto para probar lo que nunca va a funcionar.</p><p>Sin embargo, aquí estamos. Somos sobrevivientes profesionales.</p><p>El misterio de esto que somos se trasladó ayer de manera matemática al césped. Cuando salimos a la cancha con el viento a favor y la lógica de nuestro lado, solemos encerrarnos en nuestra propia soberbia o diluirnos en la intrascendencia. Necesitamos la soga al cuello. Necesitamos que el rival nos someta, que la prensa nos condene, que el árbitro nos juegue en contra y que el destino parezca sellado bajo siete llaves. Recién ahí, cuando el hincha se agarra la cabeza y empieza a sentir la llegada de la angustia en lágrimas, se enciende la chispa sagrada. El gol agónico contra Egipto fue la enésima prueba de que el milagro es nuestra única política de Estado eficiente.</p><p>¿Por qué nos cuesta tanto lo sencillo? ¿Por qué el camino hacia la gloria debe estar pavimentado de espinas, taquicardias y promesas a la Virgen imposibles de cumplir? Quizás porque el dolor le otorga al triunfo una pátina de nobleza que la comodidad jamás podría comprar. Un triunfo holgado, un tres a cero pacífico y previsible contra una potencia de segundo orden, nos resulta insípido, casi una ofensa a nuestra tradición melodramática. Necesitamos el gol con la mano, el penal atajado con las uñas, el remate en el poste en el último segundo del tiempo suplementario. Necesitamos sentir que le ganamos a la muerte.</p><p>La épica argentina es, en el fondo, una declaración de rebeldía contra la realidad. Un país que ha visto fracasar a gobiernos de todos los signos, que ha soportado planes económicos delirantes, que ha enterrado sueños colectivos con una frecuencia alarmante, encuentra en estos noventa minutos de catarsis la justificación de su fe. No una fe racional, desde luego. Sino una fe mística, casi pagana, que se alimenta del desastre. El triunfo ante Egipto nos devuelve la ilusión de descubrir, otra vez, ese gen de talento oculto que nos rescata del último vagón del último tren.</p><p>El peligro, desde ya, será la romantización del sufrimiento. Nos hemos vuelto tan habitués a la épica del rescate milagroso que a veces olvidamos la importancia de la planificación, del orden, del trabajo silencioso que evita, precisamente, tener que apelar a la magia en el minuto final. Y no hablo de Scaloni ni de los jugadores. Hablo de nuestra vida diaria. Trasladamos la lógica del potrero a las instituciones, esperando que un golpe de suerte o un líder providencial solucione lo que no supimos construir en los años de calma. Vivimos esperando un pelotazo largo que nos salve del descenso cotidiano.</p><p>Hoy, con el eco de los festejos todavía flotando en las calles de la ciudad, resulta difícil ponerse el traje de analista riguroso. El fútbol tiene una suerte de permiso impune para suspender la incredulidad. Ver a esos once muchachos abrazados en el centro de la cancha, con los ojos húmedos y el pecho inflado, es reconciliarse con la parte más noble de nuestro ser nacional. Es entender que el sufrimiento no es en vano, que cada frustración acumulada es solo el combustible necesario para que el estallido final sea más hermoso, más ensordecedor, más eterno.</p><p>Egipto ya es historia. Un hito más en este mapa de la desmesura. Nos quedan por delante nuevos sufrimientos, nuevos abismos y, si la providencia nos sigue mirando de reojo, nuevos milagros. Porque somos un pueblo condenado a padecer, pero bendecido con la gracia de la épica inesperada. Un país que, cuando todos lo dan por muerto, se levanta de la lona, se limpia la sangre de la cara, mira al mundo a los ojos y, con una sonrisa canyengue, vuelve a ganar un partido imposible. &nbsp;</p><p>Hasta la próxima. Me voy al cardiólogo.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/qys6nkDWtzkcotDfwM8X8g17i_U=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/07/messi.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Gargantas explotadas. Lagrimas y la necesidad de volver a vivir para ganar el Mundial.]]>
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                                <updated>2026-07-09T20:35:07+00:00</updated>
                <published>2026-07-09T20:30:35+00:00</published>
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            La pelota nos salva del naufragio
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                <![CDATA[Raúl Vázquez]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/q00JAzfYAMcnndC268GJ4QmY2HY=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/07/trabajadores_salvados_por_una_pelota.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>En estos días, caminás por la calle con el ceño fruncido y esa pesadez en las piernas que ya no es cansancio físico, sino el sedimento denso de la realidad argentina. Cruzás una esquina cualquiera de Buenos Aires (digamos, avenida Rivadavia a la altura que prefieras, donde el ruido de los colectivos astilla los tímpanos) y, de repente, lo ves. No es un monumento, no es un cartel luminoso, no es un prócer de bronce. Es un pibe descalzo, o un tipo de traje que espera el bondi, o un jubilado que arrastra la bolsa de los mandados. Y ahí, flotando en el aire invisible de la vereda, una latita de gaseosa aplastada o un bollo de papel que el viento hamaca contra el cordón.</p><p>Y ya sabés lo que va a pasar. El tipo del traje también lo sabe. Hay una milésima de segundo donde el universo entero se detiene. El pie derecho se acomoda, el cuerpo se inclina levemente hacia atrás y la punta del zapato conecta con el objeto. Un pase corto, un amago sutil al fantasma de un defensor imaginario o un remate suave que termina debajo de un auto. El tipo sigue caminando como si nada, acomodándose la corbata. El jubilado sonríe de costado. Y vos, que venías masticando la bronca del último aumento de tarifas, respirás profundo y sentís que, por un instante, el pecho se te desinfla.</p><p>Nosotros no caminamos. Los argentinos transportamos una pelota invisible entre los pies. Vivimos en un estado de posesión esférica permanente. Nuestra cabeza es un estadio techado donde siempre, pero siempre, se está jugando un partido de fondo.</p><p>Y además, cada cuatro años, llega el estruendoso estallido del Mundial.</p><p>A primera vista, la escena roza la patología social. Los sociólogos de feria, o los intelectuales de café que miran la realidad con ese binocular de la superioridad moral, no tardan en afilar los colmillos. Ya los escucho, con sus voces engoladas y sus adjetivos de manual, dictando sentencia desde alguna tribuna académica o algún panel televisivo de medianoche: "El fútbol es el opio de los pueblos", dicen. "Nos están distrayendo con veintidós millonarios corriendo detrás de una pelota mientras el país se cae a pedazos", repiten, como si hubieran descubierto la pólvora.</p><p>Sostienen que el Mundial es una puesta en escena del canibalismo comercial, un anestésico social diseñado para que nos olvidemos del dólar, de la inflación, de las jubilaciones de miseria y de esa burocracia que nos devora los días en los pasillos de cualquier juzgado o dependencia estatal. Para ellos, gritar un gol mientras el tejido social se deshilacha es una muestra de inmadurez cívica y una claudicación intelectual.</p><p>Es cierto que tienen argumentos. Si uno se pone frío, si uno apaga el corazón y enciende el sentido común, es fácil darles la razón. Es indignante ver cómo se paraliza un país, cómo se cierran las escuelas para ver un partido de primera fase, cómo se decreta feriado cuando le ganás a una potencia, cómo nos cambia el humor de la semana el trayecto de un balón que roza el palo y sale. Visto desde la pura lógica, el fútbol es una soberana pelotudez. Una pérdida de tiempo, de energía y hasta de recursos.</p><p>Pero qué poco entienden de la vida aquellos que solo entienden de lógica. Qué ciegos son aquellos que creen que la existencia humana se reduce a un balance contable, a una planilla de Excel, al índice de riesgo país o a un libro de historia. Qué inútiles parecen aquellos que no se dan cuenta de que, entre las cosas menos importante de la vida, el fútbol es la más importante de todas.</p><p>Vamos a decir las cosas como son. Sin anestesia. Con el pulso tembloroso de quien escribe con la certeza de meter un dedo en la llaga, digo y afirmo que en este rincón del mapa, desde hace décadas, vivir se ha vuelto una tarea casi imposible. No nos hagamos los distraídos. La Argentina ya no es un país en el que esté bueno vivir. Esta tierra es más bien un laberinto de incertidumbres donde el futuro es una moneda que siempre cae del otro lado.</p><p>En este suelo, sobrevivir es un deporte de alto riesgo. El ciudadano de a pie se levanta a la mañana con el alma cansada, cruzando los dedos para que el tren no se quede, para que el sueldo llegue a fin de mes y para que la delincuencia no le arrebate lo poco que tiene. Llevamos los hombros caídos de tanto cargar con las promesas rotas de una dirigencia que parece jugar a otra cosa, en el mejor de los casos. Porque en realidad juegan para ellos. Nos han saqueado los ahorros, nos han devaluado la confianza, nos han robado el horizonte y nos han colonizado los sueños. Tal vez por eso, en un país donde el presente es una trinchera y el mañana es un enigma insondable, la apatía resulta ser una tentación comprensible.</p><p>Te preguntarás qué nos queda cuando nos quitan casi todo. ¿Qué queda cuando el hastío y la angustia dominan nuestros movimientos? La capacidad de conmovernos. Eso. Nos queda el sagrado territorio de la pasión. Por eso, cuando los detractores del fútbol se rasgan las vestiduras denunciando el pan y el circo del Mundial, cometen un grosero error de diagnóstico: confunden el refugio con la fuga. El Mundial no nos hace olvidar la realidad; nos da la fuerza necesaria para seguir soportándola. No es una anestesia que duerme el dolor; es un desfibrilador que le devuelve el ritmo a un corazón que estaba a punto de entregarse a la resignación.</p><p>Para entender cómo nos atraviesa este juego, hay que entender que para el argentino la pelota es casi una categoría del pensamiento, un prisma a través del cual decodificamos el universo. Piénselo un segundo. ¿Cómo explicamos el amor, la traición, la lealtad o el fracaso? Con el léxico de la redonda. Si un amigo nos defrauda, "nos cambió de frente sin avisar". Si la vida nos pone en una situación límite, estamos "jugando tiempo de descuento y con el arquero yendo a cabecear". Cuando alguien tiene una lucidez inesperada, decimos que "vio el hueco donde nadie más lo vio". Cuando nadie comparte tu opinión, algunos dicen que “quedaste más sólo que Chilavert en el día del amigo”.</p><p>Esa obsesión es el tejido invisible que nos une. Podés subirte a un taxi en Flores, bajarte en Villa Luro, tomar un café en San Telmo o caminar por las diagonales de La Plata; no importa la clase social, la edad, el signo político ni la religión. Si tirás sobre la mesa el nombre de un jugador, la jugada polémica del último domingo o el recuerdo de aquel gol que nos hizo llorar a todos, la distancia se evapora. Nos convertimos en hermanos de una cofradía laica cuyo único dogma es el rebote caprichoso de una esfera de cuero.</p><p>Durante el mes y pico del Mundial, esa obsesión cotidiana se eleva a la categoría de épica colectiva. Las calles, usualmente tensas y cargadas de esa hostilidad sorda de las grandes urbes, experimentan una transmutación casi mística. Hay un silencio de panteón que precede a cada partido, una respiración contenida que unifica a cuarenta y pico de millones de almas en un solo pulmón. Y cuando llega el gol, ese grito que nace en las entrañas del living, que viaja por los patios, que salta los tapiales de los fondos y baja por las ventanas de los monoblocks, es un eco sagrado. Es el sonido de un pueblo que se reconoce vivo, que se abraza con el desconocido en la parada del colectivo y que rompe por noventa minutos las barreras del aislamiento social.</p><p>Hay que ponerse de pie y defender esa locura con uñas y dientes. Reivindiquemos el derecho al delirio, a la lágrima fácil, al grito de garganta roja y al abrazo de gol con el vecino que no sabemos cómo se llama pero que hoy, por obra y gracia uno delantero millonario, es nuestro hermano de sangre para siempre.</p><p>Porque en esa pasión, señores, está la vida. La verdadera, la única que vale la pena ser vivida. No esa pantomima de existencia gris, regulada por los horarios de oficina, los vencimientos de las tarjetas y las noticias trágicas del noticiero de las ocho. La vida es intensidad, es asombro, es la capacidad de sufrir por algo que no tiene ninguna utilidad práctica y de ser feliz por el simple hecho de ver una camiseta que nos identifica.</p><p>Te parece una exageración. Por supuesto que lo es. El fútbol es la más hermosa de las exageraciones. ¿Qué sentido tiene, si no, pasar de la euforia más absoluta a la depresión más negra en noventa minutos? Ninguno. Pero es ahí donde radica su belleza inmortal. En un mundo hiperracional, donde todo tiene que tener un porqué, un beneficio económico, un retorno de inversión o una justificación utilitaria, el Mundial se erige como el último bastión de lo puramente emocional.</p><p>Miren a los viejos de los clubes de barrio. Templos con olor a tuco y a vestuario donde los trofeos oxidados brillan en las vitrinas como si fuesen de oro. Miren los ojos de esos hombres que ya lo han visto todo, que han pasado por dictaduras, por crisis hiperinflacionarias, por planes de convertibilidad, por corralitos, por bolsos en el convento, por cascadas en la pileta y por miles de promesas incumplidas. Esos viejos que ya caminan despacio, con las manos temblorosas metidas en los bolsillos de la campera. Ponganles un partido del Mundial adelante y miren cómo se transforman. Miren cómo se les ilumina la vista con la misma chispa rebelde que tenían a los veinte. El Mundial les devuelve la infancia. Les devuelve aquel tiempo en que el mundo era un lugar ancho y lleno de posibilidades.</p><p>El Mundial nos dice, nos grita en la cara, que estamos vivos. Y nos lo dice precisamente aquí, donde tantas estructuras parecen diseñadas para convencernos de lo contrario. Para un pueblo que viene golpeado, que acumula frustraciones en el lomo como quien junta cicatrices en una guerra no declarada, el fútbol no es una diversión menor. Es una revancha simbólica.</p><p>Es la oportunidad de los postergados, de los que nunca salen en las tapas de las revistas de negocios, de los que reman en dulce de leche de lunes a viernes. En la cancha no importan los pergaminos, los apellidos patricios ni las cuentas bancarias en el exterior. En la cancha somos la astucia del potrero contra la pulcra disciplina de los europeos. Somos la gambeta que desafía a la física y al orden establecido, el desparpajo del que no tiene nada que perder y se anima a tirarle un caño a su destino.</p><p>Por eso nos duele tanto cuando perdemos y por eso tocamos el cielo con las manos cuando ganamos. Porque no estamos discutiendo la supremacía en un deporte; estamos validando nuestra propia existencia, nuestra capacidad de resistencia y hasta nuestra identidad cultural.</p><p>Dejen que vengan los profetas del desencanto con sus discursos solemnes. Dejen que sigan escribiendo sus columnas sobre la decadencia del espectáculo y la manipulación de las masas y del VAR. Nosotros seguiremos acá, con los ojos clavados en la pantalla y con el corazón en la garganta. Sufriendo por un lateral mal hecho, rezándole a santos paganos que corren de pantalones cortos sobre el pasto. Seguiremos llevando esa pelota invisible en la cabeza, buscando la latita en el piso para tirar una pared con el recuerdo de los que ya no están, evocando los mundiales de nuestra infancia como si fuesen las páginas de un libro sagrado.</p><p>Y cuando el árbitro haga sonar el silbato inicial, este país herido, este suelo tan difícil y tan amado, volverá a encenderse con el fuego sagrado de la pasión. Y luego de un instante, justo cuando los dioses hagan que la red se mueva y el grito sagrado truene en todo el país, sabremos con certeza que ninguna crisis podrá arrebatarnos la incomparable alegría de descubrir que todavía estamos vivos. Y que, mientras haya una pelota rodando en alguna esquina del barrio, siempre habrá una razón para volver a empezar.</p><p>Los dejo. En un rato juega Paraguay.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/q00JAzfYAMcnndC268GJ4QmY2HY=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/07/trabajadores_salvados_por_una_pelota.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Raúl Vázquez nuevamente con su hábil pluma nos describe la difícil vida cotidiana mientras se juega un Mundial.]]>
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                                <updated>2026-07-20T02:10:06+00:00</updated>
                <published>2026-07-04T14:23:42+00:00</published>
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            Messi, el espejo invertido y la revolución de la cordura
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                <![CDATA[Raúl Vázquez]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/t1NSIZ3i1K16vRqh8EUY5SyLZEQ=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/06/normal.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Hay momentos que parecen determinantes. Escribir sobre Messi, cosa que sucede todos los días en todo el planeta, es un desafío en sí mismo. Sentarse frente al indómito teclado luego de un hat-trick extraordinario, pero antes del segundo encuentro de este lunes, puede ser un buen momento para desglosar algunos pensamientos sobre este pibe que vino a mostrarnos cómo deberíamos ser y no podemos. Acá va un intento, humilde, que tal vez nos ayude a descubrir entre todos por qué la Argentina se mira en espejos que desentonan.</p><p>Caminamos descalzos sobre un piso de vidrios molidos que nosotros mismos nos encargamos de romper. El argentino suele habitar sus días con una urgencia que no admite dilaciones. Vivimos colgados de una soga que se deshilacha, fascinados por el abismo, convencidos de que la única verdad es el grito, la astucia del rezagado y la epopeya trágica de los que caen de pie solo para volver a tropezar. Nos gusta el héroe roto, el mito desgarrado por sus propios demonios, porque en sus grietas justificamos nuestras propias miserias cotidianas. Si el dios de nuestro Olimpo doméstico cae, entonces el barro que nos cubre las rodillas pasa a ser una condecoración y no un descuido.</p><p>Pero de pronto, en la persistencia del tiempo, se nos plantó un espejo invertido. Un hombre menudo, de andar parsimonioso y mirada esquiva, que prefiere el silencio al trueno y la constancia al arrebato. Lionel Messi, quien lleva más de dos décadas habitando las pupilas del planeta, no vino a refrendar nuestra mitología del exceso. Vino, más bien, a proponernos un tratamiento psiquiátrico a escala comunitaria. Su verdadero milagro no reside en la parábola imposible en un tiro libre ni en la velocidad mental indescifrable con la que esconde la pelota en una baldosa. El milagro, el que nos interpela y nos desnuda, es el milagro de su normalidad.</p><p>El talento, al menos en esta tierra, suele ser visto como una herencia divina que nos exime del esfuerzo. Es el "lo atamos con alambre" elevado a la categoría de bellas artes. Pensamos que ser talentosos es una patente de corso para saltarse las vallas, para burlar al sistema, para gritarle al mundo que somos los mejores sin haber limpiado la cocina. Messi es la antítesis absoluta de esa soberbia analfabeta. Su genio no es un relámpago que ilumina la noche y deja el tendal; es una lámpara votiva, una llama que se alimenta del aceite diario de la disciplina, el respeto por las formas y una extraña y casi conmovedora docilidad ante las reglas del juego. El pibe que gambeteó gigantes en los potreros rosarinos entendió, acaso por instinto o por la sabiduría elemental de los hombres de pueblo, que el talento sin eje no es arte, sino apenas un desorden de la naturaleza.</p><p>Detengámonos un instante en la acústica de nuestra era. Vivimos una época ruidosa, gobernada por charlatanes de feria y profetas del escándalo. Luzu es un ejemplo de tantos. El mérito contemporáneo parece medirse por los decibeles del agravio y la espectacularidad del desplante. El argentino medio siente que, si no impone su voz por sobre el murmullo general, deja de existir. El silencio nos aterra porque nos obliga a escucharnos por dentro. Y ahí aparece él. Un tipo que posee el monopolio absoluto de la atención ecuménica y que, sin embargo, cuando tiene un micrófono enfrente, elige las palabras más sencillas, las menos altisonantes. Casi como si pidiera disculpas por haber modificado el eje de rotación de la Tierra con solo un soplido de su pie izquierdo.</p><p>Ahí radica la primera y más urgente lección que nos regala: la dignidad del perfil bajo no es debilidad, sino la máxima expresión del poder real. Cuando sabes quién sos, no es necesario que vayas a los gritos revoleando el documento.</p><p>A esta altura, me parece necesario un par de renglones a modo de ruego para el lector distraído: no confundan estas líneas con un agravio al mito de Fiorito. Diego sigue siendo único para nuestra generación. Un volcán humano irrepetible. Es para mí el futbolista más grande de todos. No por números, sino porque jugó en esa época donde fuimos felices: nuestra juventud. Y no por resultados, sino por ese gol, y tantos otros, que modificaron para siempre nuestra vida mientras él destruía la suya. Al fin y al cabo, es un espejo de nuestras propias imperfecciones y pasiones. Maradona es como somos, con el barro y el cielo a cuestas; mientras que Messi representa, creo, en su pulcritud silenciosa, todo aquello que jamás podremos ser. Maradona es inmenso. Pero también es nuestro mejor retrato.</p><p>Hay una templanza en la postura de Messi que nos resulta profundamente perturbadora. Nos incomoda porque desmantela nuestro manual de liderazgo. Nosotros, que tantas veces nos postramos ante los caudillos gesticulantes, nos topamos con un líder que conduce sin ego. Un capitán que no necesita humillar al vencido para consolidar su victoria; que abraza al rival derrotado con la piedad genuina del que conoce el peso del fracaso; que no busca el plano corto de la cámara para inflar el pecho, sino que busca la mirada de sus compañeros para compartir el festejo.</p><p>Hay una dimensión casi teológica en los años de calvario que debió atravesar Messi con la camiseta de la Selección. Un proceso de purificación que la sociedad argentina siguió con la crueldad típica de los que exigen en los demás la perfección que ellos son incapaces de ensayar en sus propias vidas. Lo insultamos. Lo acusamos de frío, de extranjero, de no sentir la pertenencia de la tierra, de carecer de ese fuego sagrado que nosotros confundimos groseramente con la histeria o el desborde emocional. Le pedimos que fuera otro. Le exigimos que imite a los fantasmas del pasado, que repita los ademanes del mito fundacional, porque no sabíamos qué hacer con un héroe que procesaba el dolor hacia adentro y que no devolvía el golpe con un exabrupto.</p><p>Cualquier otro, desgastado por la ingratitud crónica de un pueblo soberbio, hubiera dado un portazo definitivo, refugiándose en el olimpo dorado de los palacios europeos. Él lo hizo una noche, es cierto, con la voz quebrada y la mirada perdida en los pasillos de un estadio norteamericano. "Se terminó para mí", dijo, y en ese susurro se concentró la tristeza de una nación que acababa de romper su juguete más precioso. Pero allí comenzó el verdadero sendero, la hoja de ruta que todavía nos cuesta transcribir en el día a día. Ahí comenzó la incomprensible persistencia del regreso. Porque volver también es renacer.</p><p>Messi es casi una pedagogía del afecto que choca de frente contra nuestra propensión histórica a la fragmentación y el canibalismo. Mientras nosotros nos dividimos en facciones irreconciliables por un partido de fútbol, por una línea de pensamiento o por la simple dirección del viento, este enano junta las mitades rotas de un país, uniendo los bordes filosos de nuestra grieta a fuerza de amagues, talento y noble sensatez.</p><p>Messi volvió no por revancha, no para tapar bocas ni para cobrar facturas pendientes. Volvió simplemente porque su relación con el juego y con su país no estaba medida por el rencor, sino por la lealtad. Nos enseñó, con la parsimonia de un artesano que reconstruye una vasija rota, que el fracaso no es una mancha indeleble ni un destino manifiesto, sino algo indispensable para alcanzar la madurez. En una Argentina que vive obsesionada con el éxito inmediato, con la receta mágica y el atajo providencial que nos saque de la crisis, la trayectoria de Messi es un elogio de la paciencia histórica. Nos dice, con la elocuencia de los hechos, que las cosas grandes no se conquistan con un zarpazo de suerte, sino insistiendo una, dos, tres, cien veces, allí donde los demás ya se dieron por vencidos.</p><p>Resulta fascinante observar cómo este hombre, expuesto a las tentaciones más colosales del capitalismo, mantiene una ecuanimidad que roza lo monacal. En un mundo donde los deportistas de élite son excéntricos coleccionistas de escándalos y portavoces de una opulencia obscena, Messi sigue eligiendo, aunque podría no hacerlo, las vacaciones con los amigos de la infancia, las tardes de mates con su mujer de siempre, el asado familiar y la timidez del vecino de Rosario que baja a comprar facturas a la vuelta de la esquina. No hay impostura en su sencillez. Hay una decisión ética.</p><p>Esta es la veta que nos resulta más ajena y, por ende, la más revolucionaria. El argentino suele creer que el estatus otorga impunidad. El que llega a un podio siente el derecho inmediato de estacionar en doble fila, de mirar desde arriba al que limpia la vereda y de considerar que las leyes comunes son para los giles. Messi, el tipo que tiene las llaves de todas las ciudades del mundo, hace la fila, espera su turno y respeta los protocolos con una mansedumbre que debería darnos vergüenza. Su comportamiento es un tratado de civismo elemental, un civismo olvidado que no se declama en los atriles sino que se ejerce en el trato con el utilero, en el saludo al hincha anónimo y en la preservación sagrada de los vínculos primarios.</p><p>Los argentinos vivimos buscando culpables afuera para no hacernos cargo de nuestros descalabros colectivos. Culpamos a la historia, al imperialismo, al vecino, al Gobierno que pasó, al actual y hasta al encargado del edificio por la mugre que nos tapa los desagües. Sin darnos cuenta de que haríamos bien en contemplar detenidamente esa postal del capitán limpiando sus propios botines o pidiendo permiso para ingresar a un lugar. Hay más patria en esa decencia minúscula y cotidiana que en todas las marchas patrióticas y los discursos inflamados con los que solemos tapar nuestra desidia.</p><p>Es válido decir que no se trata de pedirle a las nuevas generaciones que jueguen al fútbol como él; eso sería una utopía estéril y biológicamente imposible. Se trata, creo, de algo mucho más complejo y desafiante: pedirles, pedirnos, que intentemos vivir con la dignidad, el respeto y la sobriedad con la que él habita el planeta. Messi nos propone refundar la argentinidad desde la templanza, el rigor profesional, la bondad sin aditamentos, el esfuerzo y el talento.</p><p>La revolución que nos plantea este enano no es una revolución de barricadas ni de consignas vacías; es la revolución de la cordura. Es la certidumbre de que el verdadero talento es aquel que se pone al servicio de los demás con la humildad de los grandes, desprovisto de la neurosis del aplauso y centrado en la belleza del trabajo bien hecho.</p><p>Cuando el eco de los estadios se apague y las crónicas deportivas pasen a los libros de historia, el verdadero legado de Lionel Messi no se medirá en copas, ni en goles, ni en estadísticas de leyenda. Se medirá en la capacidad que tengamos de recoger el guante que nos dejó en el fondo el arco. El guante de un hombre que nos demostró que se puede caminar por el infierno del éxito sin quemarse las alas. Y que el mejor camino para ser argentinos no es el de la soberbia que nos aísla, sino el de la decencia silenciosa que nos une.</p><p>Ojalá, alguna vez, estemos a la altura de su normalidad. Más allá del resultado de mañana.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/t1NSIZ3i1K16vRqh8EUY5SyLZEQ=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/06/normal.webp" class="type:primaryImage" /></figure>La coherencia como norte. Un tipo querible, de familia, barrio y mundo. Un normal que rompió con todo y logró todo.]]>
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                                                <category term="newsports" label="Newsports" />
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                <published>2026-06-21T13:07:57+00:00</published>
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            TRES ESTRELLAS
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                <![CDATA[Raúl Vázquez]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/0gLHi4B4X4d5YzbY5uB4iA8YMAI=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/06/tres_estrellas_mundial.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>La casa de la calle Cortina tenía una de esas terrazas que miraban al frente y que le dan a tu vista una perspectiva diferente. Mis ocho años sentían que desde allí era posible dominar al mundo. Podía rozar el cielo con la yema de los dedos, o sentir cómo las nubes podían oler a ropa limpia recién colgada. O comprobar que el horizonte de antenas de televisión era el paraíso que el desarrollo nos regalaba. Aquellas tardes de invierno, más allá de los jubilados viendo pasar desde el umbral lo que les quedaba de vida o de los chicos pateando sin sentido la pelota contra el muro del garaje, me regaló el primer recuerdo de una pasión. Un recuerdo que contiene a la terraza como protagonista, pero que en realidad es como un anticipo, un boceto, de la persona que soy.</p><p>En los últimos años de los 70, la vida transcurría en la vereda. Y, como todos sabemos, el barrio es diferente a todo justamente por eso: la vereda y nuestra infancia, que se quedó al borde del cordón como esperando cruzar con nosotros, mirando con sorpresa cómo nos alejamos de ella sin tomarla de la mano. La calle en nuestra infancia era mucho más que un retazo de cemento frente a la casa; era el escenario principal de nuestra libertad, un universo inmenso, pero en miniatura. Representaba ese territorio intermedio entre la protección del hogar y la aventura del mundo exterior. Allí se aprendía a jugar, a compartir y a convivir con la victoria y el fracaso. Era el punto de encuentro espontáneo en el que solo bastaba salir a la puerta para que aparecieran los amigos, las bicicletas, las Plastibol o los autitos de carrera con masilla en su interior. En la vereda se estiraban las tardes hasta que escuchábamos el grito de mamá que nos llamaba para tomar la leche. Fue nuestra primera estación inolvidable, el lugar donde guardamos el recuerdo de una infancia sencilla, analógica y llena de amigos que quién sabe por dónde caminarán hoy.</p><p>Pero volvamos a subir a la azotea. Recuerdo muy bien, pero como si fuera en Super 8, aquel fin de semana de mayo de 1978, cuando colgamos dos banderas, una argentina y otra española, que servían para afirmar, al mismo tiempo, lo que éramos y de dónde veníamos. Eran banderas hechas en papel crepé, comprado en la librería de Lucente y unido por el hilo de mamá. Los vecinos del fondo de casa, también de raíces españolas, subieron a nuestra terraza como si se tratara de un acto oficial. Una vez que las banderas derramaron su color y su orgullo, apoyándose en la pared del frente hacia la calle, sostenidas desde el umbral por ladrillos y derramando sus colores vibrantes sobre las ventanas, sentí por primera vez que España éramos también nosotros. Y que éramos uno. Argentinos y españoles, unidos por la pasión de una pelota, mostrando al mismo tiempo cómo nuestros padres y abuelos habían dejado su huella de hispanidad en nuestros corazones. Hoy, más tarde y con canas, entiendo que España es solo mi viejo y su recuerdo. Y no su selección o ese país que intenta parecerse a Europa, pero que se parece a nosotros. Pero ese es otro tema.</p><p>Recuerdo el momento de la terraza como algo mucho más importante que un simple rito inicial de un chico que de a poco se iba a transformar en un apasionado por el fútbol. Fue un instante suspendido en el tiempo, cargado de una mezcla incomprensible y única de orgullo, nerviosismo y magia. Hubo inclusive (o tal vez me engaña el deseo de que haya sido así) hasta un silencio respetuoso.</p><p>Ver las banderas agitarse sobre la pared, recortando sus siluetas delante de casa, despertó un sentimiento de pertenencia que apenas logré comprender. No importaba el frío del invierno. Importaba sentir que éramos parte de algo mucho más grande que nosotros mismos.</p><p>En la terraza de la calle Cortina residía ese patriotismo inútil que antecede a los Mundiales. Ese patriotismo que confunde, pero que, al final, une. Se venía el Mundial. Y con ocho años, iba a tener espacio para guardar su recuerdo. Eso, comparado con las sombras de memoria que tengo del 74, lo convirtió en mi primer Mundial de verdad. Y las banderas estaban listas para confundir patria con pasión.</p><p>Los argentinos medimos el tiempo en mundiales. Siempre sostuve que pensar la vida de esa forma es la única manera que encontramos para que la historia no se nos rompa en desengaños. Si miramos la decadencia que nos rodea, si recordamos las crisis o leemos los diarios de ayer, nos dan ganas de llorar. Pero si miramos las tres estrellas, entendemos que hay un hilo invisible, una costura hecha a mano que une aquel gélido junio de 1978 con el mediodía ardiente de México en 1986. Y que esos momentos de cielo concluyen en el recuerdo fresquito pospandemia, todavía con gusto a emoción y lágrimas, que nos dejó la tercera copa de nuestra vida.</p><p>Hay un detalle que los puristas de la estadística, que solo miran el mundo a través del cristal de los números, deberán reconocer: la historia oficial y las enciclopedias dicen que la tercera estrella se forjó durante diciembre de 2022 en un lejano desierto. Pero para los que caminamos el asfalto, para los que vimos arrancar esta bendita locura en el barro de las Eliminatorias o de la Copa América con las tribunas vacías y el barbijo colgando de la oreja, el verdadero viaje empezó en el 2020. Ese año fue bisagra. El mundo se detuvo, nos encerramos a extrañar el abrazo y, encima, paradoja del destino, fue en ese mismo año que Diego nos dejó solos para subir a delinear el milagro desde el cielo.</p><p>Aquella gesta que hizo justicia con Messi nació en el corazón de la zozobra de la pandemia. El fútbol era una forma de escapar y la vida, una moneda al aire. Por eso, la tercera tiene el sello de ese tiempo donde aprendimos, a la fuerza, a valorar lo que verdaderamente importa.</p><p>Retrocedo en el camino de nuestras tres estrellas y vuelvo al Villa Luro del 78. Tenía la edad justa para creer que el mundo terminaba en la avenida Juan B. Justo. El aire de la Argentina pesaba como una losa de hormigón. Había un silencio espeso, de persianas cerradas antes de tiempo. La política había dejado de ser ideología para convertirse en un plomo invisible que aplastaba la ligereza de los días y se llevaba la tranquilidad de toda una generación. La dictadura militar, que pretendía usar el Mundial como una pantalla para tapar los gritos que surgían desde el sótano de la historia, hizo con el tiempo que miremos al fútbol de reojo.</p><p>Yo no tenía ni siquiera una década de vida. Y eso me daba la envidiable ventaja de no comprender lo que realmente sucedía. Sin embargo, el Mundial 78 se vivió con el miedo andando suelto en Falcon verde y la desesperada necesidad de aferrarnos a una alegría que modificara, aunque sea un poco, la realidad de todos los días. Cuando los papelitos fueron como una nevada de inocencia sobre la tribuna de un país herido, cuando Kempes pisó el área de los holandeses arrastrando sus medias roñosas, pocos pensaban en Videla. Y muchos pensábamos en el abrazo con nuestros hermanos.</p><p>Ganamos la primera estrella, sí. Pero cuando se apagaron las luces del Monumental, la realidad nos esperó en la esquina con el mismo frío de siempre. Fue el campeonato de la contradicción: la pelota fue nuestra tabla de salvación en medio del naufragio, un instante donde el amor por los colores nos defendió de la intemperie y generó una noche oscura que culminó en Malvinas y en un Mundial 82 que pasó como un suspiro, dejando el tremendo recuerdo del llanto de las madres de los soldados.</p><p>En 1986 el país era otro y, a la vez, el mismo de siempre. Ese año nos encontró con la democracia recién estrenada, con las manos todavía temblorosas por la alegría de votar, con los bolsillos flacos por la crisis (otra más) y con una inflación que ya jugaba a las escondidas con el pobre salario en Australes de la gente. Raúl Alfonsín intentaba timonear un barco rodeado de tiburones y aquella sombra de la guerra, tan dolorosa, todavía flotaba en cada esquina. Encima, nos dijeron que con la democracia se comía, se educaba y se vivía. No fue así.</p><p>Pero llegó junio. Y entonces, Diego.</p><p>Lo de Maradona contra los ingleses en el 86 no fue solo fútbol; fue una reparación histórica nacida en las zanjas de Fiorito. La política económica del Plan Austral podía crujir, los milicos retirados podían amenazar desde las sombras, pero ese petiso de pecho inflado, altanero y soberbio le robó la billetera al imperio con la picardía del que sube al colectivo sin pagar el boleto. El gol con la mano fue algo así como el triunfo de la viveza criolla sobre la prolija frialdad del invasor. Y el segundo, el del barrilete cósmico, fue la demostración de que cuando un argentino lleva el potrero en el alma, es capaz de gambetear al olvido y convertirlo en eternidad.</p><p>Volvimos a salir a la calle, pero esta vez el aire era más liviano. Se podía gritar sin mirar atrás. En casa ya no estaban las banderas colgando de la terraza porque nos habíamos mudado a Villa del Parque. Y como todos saben, las banderas ondean distinto en esas calles.</p><p>Y así llegamos a la tercera. Como decía líneas más arriba, la foto del festejo final tiene la riqueza de la luz de Qatar, pero la fragua de ese equipo se armó en el barro espiritual de la pandemia. Que nos encerró, nos llenó de miedo la alacena y nos dejó contando muertos, con la mirada fija en el pavimento vacío a través de la ventana. En el barrio, aquella costumbre de apoyar los codos en el umbral de la vereda era casi un delito de lesa humanidad. Y la coyuntura política fue atravesada por una grieta tan profunda que ya no dividía solo las opiniones, sino a las mesas familiares.</p><p>En medio de ese vacío afectivo tamizado con videollamadas solitarias, donde los abrazos cotizaban en bolsa y el futuro tenía el tamaño de un barbijo, empezamos a ver nacer algo distinto. Una selección que no le pedía permiso a la historia grande y que nos regaló a un Messi inspirado en las gambetas de Diego. Depositamos nuestra fe ciega en ese rosarino catalán que ya no tenía que demostrarle nada a nadie, pero que seguía corriendo detrás de la pelota con la misma desesperación del nene que juega para que su mamá lo mire desde el borde de la cancha.</p><p>Cuando llegó el momento de la verdad en el desierto, la Argentina jugaba por algo más que por una estrella. Jugaba para ganarle al escepticismo. Para demostrar que la suma de las voluntades de un grupo de pibes que creció escuchando que este país no tiene arreglo, podía darnos la posibilidad de llorar de alegría legítima. La final contra los franceses fue el reflejo exacto de nuestra existencia: derrochar talento y después sufrir hasta el borde del infarto para terminar descubriendo que el paraíso está a la vuelta de la esquina.</p><p>Al final del día, cuando uno mira hacia atrás, se da cuenta de que los tres mundiales son las tres estaciones de un mismo tren. El primero fue el de la inocencia bajo sospecha. El de México fue el de la madurez gozosa, el de la libertad que salía a bailar un lento con la más linda de todas. Y la tercera estrella, parida desde el dolor del encierro, fue la copa de la justicia poética. La que le debíamos a nuestros hijos, la que nos devolvió la certeza de que el amor de la infancia es una bandera que se cuelga para siempre.</p><p>Me voy con una de las pocas certezas que me quedan: pase lo que pase en este Mundial, nadie nos va a quitar el derecho de volver a ser chicos cada cuatro años. Porque mientras haya un buzo arrollado en el piso para hacer de arco en la plaza de la vuelta, mientras una madre ruegue a los gritos "¡ponete algo que está fresco!" y mientras entendamos que una pelota de fútbol encierra el misterio del universo, la Argentina seguirá siendo ese lugar sagrado donde el amor apasionado y la victoria sobre el olvido, igual que las banderas que quedaron en la terraza de mi infancia, son sentimientos que duran para siempre. Gracias a Dios.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/0gLHi4B4X4d5YzbY5uB4iA8YMAI=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/06/tres_estrellas_mundial.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>Recuerdos y momentos vividos durante las tres copas ganadas por la Selección mientras una nueva ilusión está en marcha.]]>
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                                                <category term="newsports" label="Newsports" />
                                <updated>2026-06-07T13:25:06+00:00</updated>
                <published>2026-06-07T13:15:24+00:00</published>
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        <title>
            Vecinos
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                <![CDATA[Raúl Vázquez]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/001j9TuuRhv1ppoDXRexGpPsM-E=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/05/vecinos.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>El fin de semana suele ser un momento en el que el tiempo juega a nuestro favor. Caminás con la falta de atención justa como para no sucumbir debajo de un colectivo, mirás a media altura, sin el pensamiento enfocado en lo que sigue o en lo que te espera en la oficina. En el medio de ese tiempo donde no sabés si disfrutás a medias o si esperás la tortura del lunes, me crucé en el ascensor con un hombre cuyo semblante era, por definirlo rápidamente, oscuro como de martes lluvioso. Mirada al piso, silencio incómodo, oídos sordos al saludo del sábado y tres pisos hacia abajo que duraron una eternidad. Se bajó, salió presuroso hacia la puerta de calle, abrió y se fue. Lo mandé a cagar internamente y ahí me di cuenta de que era uno de mis vecinos que vive algunos pisos más arriba.</p><p>Las tormentas diarias que nos aquejan funcionan como excusa para olvidar el saludo o la sonrisa. Lo entiendo. Como también entiendo que cada uno tiene sus luchas personales y que, encima, el país no ayuda demasiado para sonreírle al gordo que vive metros más abajo. Es verdad.</p><p>Tomé Larrea hacia el este y seguí caminando. A los dos o tres pasos, pensé en eso que más de una vez aseveramos y que no siempre comprobamos. La ciudad de hoy te aísla. Somos millones de soledades peleando por lo nuestro. La distancia que nos separa del prójimo es cada vez más amplia. Aunque nos choquemos en el palier y nos saludemos con una sonrisa impostada.</p><p>Pase el tiempo que pase, hay cosas que no cambian. O, mejor dicho, hay cosas que tienen una memoria tan fuerte que se resisten al olvido. Los años 80, con su mezcla de aire de cambio y esa pátina de lo que ya no estaba, tuvieron en los barrios una expresión única, un micromundo donde la vida se desplegaba como un gran escenario a cielo abierto. Y los protagonistas, claro, eran los vecinos.</p><p>Eran tiempos donde el portero del edificio, que eran menos que los de hoy, más que un empleado, era el guardián de todas las historias. El que sabía quién venía, quién se iba, a quién le habían roto el corazón o quién había llegado con un auto nuevo. Doña Rosa, la de Planta Baja y no la de Neustadt, con sus persianas siempre entreabiertas, era la cronista de la cuadra. Su vida entera transcurría detrás de ese vidrio, observando y comentando con una precisión digna de un periodista de investigación.</p><p>En Villa Luro, barrio de casas bajas, los edificios eran potestad de las avenidas. Sobre la calle Camarones, los umbrales y las casas con fondo eran el escenario más común. Eran como mundos amurallados por ligustrinas y medianeras de ladrillo a la vista. La casa con fondo de los años 80 no era solo una tipología edilicia; era la declaración de principios de la clase media que supo ser el motor de la Argentina, y era también el escenario de una vida que hoy parece extinguida. Una higuera de hojas ásperas, un limonero que abastecía a todo el barrio, una parra moscatel de sombras amables y un níspero pegajoso completaban el escenario.</p><p>El almacén de la esquina, de paredes pintadas de un ocre viejo y con olor a pan recién horneado, era el centro de operaciones. Allí se intercambiaban recetas, se comentaban las noticias del informativo del mediodía y hasta se armaban los planes del fin de semana. El almacenero, con delantal blanco y un lápiz detrás de la oreja que se usaba solo cuando pedíamos que lo anotara para mamá, era el gran confidente, el que escuchaba los secretos de todos y los guardaba celosamente.</p><p>En los 80, la vecindad era una red de afectos y conflictos, una familia extendida donde todos se conocían, se ayudaban y, a veces, se peleaban con el mismo fervor. No importaba si eras de derecha o de izquierda, si te gustaba el tango o el rock. Lo que importaba era la cercanía, la seguridad de saber que si te pasaba algo, siempre habría una mano amiga o una silla en la vereda para charlar. Los vecinos eran un universo en sí mismo, un reflejo de la vida, con sus luces y sus sombras, pero siempre, siempre, con las puertas abiertas.</p><p>Siento una nostalgia particular por aquellos años. No solo por la música, la ropa, los amores de la primaria o los autos, sino por una forma de vida que se fue desdibujando. En esos días, el barrio era una extensión de la casa, y los vecinos no eran solo los que vivían al lado, sino que eran verdaderos protagonistas de nuestra vida cotidiana. El concepto de red social no existía, pero su esencia estaba ahí, en la señora que te prestaba una taza de azúcar, en el vecino que te arreglaba la canilla que gotea y en la vecina que nos miraba mientras mamá hacía las compras.</p><p>Con pocos más de diez años, los chicos éramos una parte fundamental de esa trama. Las calles eran nuestro estadio, nuestro campo de batalla futbolero y también nuestro escenario para jugar a la Mancha, al Poliladron, al Quemado o al Elástico. Las madres nos llamaban a los gritos desde la puerta de calle, y la respuesta era una señal de que la jornada de juego había terminado. Los vecinos actuaban como una especie de tíos o abuelos sustitutos. Te retaban si te subías a una medianera, pero al mismo tiempo te daban agua de la canilla del pasillo cuando te morías de calor. Era una crianza comunitaria, donde todos se sentían responsables de nuestro crecimiento. El barrio era un escenario vivo, un lugar donde los lazos sociales se tejían de forma natural y espontánea. No había necesidad de agendas o citas. Simplemente se salía y la vida sucedía.</p><p>La vereda ya no es lo que era. Y aunque esto se parezca al lamento de un viejo tanguero, es más bien la constatación de una grieta invisible que el tiempo fue cavando entre el empedrado y el alma de los barrios. Porque si uno se detiene hoy en cualquier esquina de Buenos Aires a ver discurrir el hormiguero humano, cuesta creer que seamos los mismos que habitamos aquella intemperie feliz de los ochenta.</p><p>Estas líneas no suponen una invitación a mirar el ayer con nostalgias baratas, sino con los ojos del que sabe que perdimos algo valioso en el trueque con el progreso. Porque no me vas a negar que hoy la vereda es como un desierto apurado. Caminamos con la mirada clavada en una pantalla de cinco pulgadas, esquivando baldosas flojas y miradas ajenas. Los frentes de las casas, antes abiertos al saludo y la sonrisa, con Pugliese o Julio Iglesias brotando de sus combinados, hoy se esconden detrás de rejas y cámaras de seguridad que desconfían del que pasa. Hoy las persianas bajas blindan secretos que a nadie le importan, y el silencio de las tardecitas se llena con el zumbido de los motores y el apuro por llegar a ninguna parte. Nos ganamos la comodidad de la cerradura electrónica, es cierto. Pero entregamos la llave de la confianza.</p><p>En estas líneas descubro, una vez más, que la memoria es el rastro del sol sobre las baldosas calientes del patio del abuelo; y el olvido, la sombra silenciosa que avanza cuando la tarde se apaga. Quizás el error sea buscar el barrio en el mapa y no en nuestra memoria.</p><p>Miro la vereda vacía mientras suenan las teclas. Está iluminada por el neón frío de una pantalla pública, y no puedo evitar la nostalgia de aquel territorio de puertas abiertas, donde el destino era un asunto colectivo y la felicidad se medía en sonrisas bajo la sombra de un árbol que servía de arco en la placita Don Bosco. Nos queda, al menos, el desafío romántico de volver a mirarnos a los ojos cuando nos crucemos en el palier. Aunque creo que, por cómo inició esta nota, debería mudarme. Al fin y al cabo, el barrio no eran las casas, las esquinas ni las lejanas vidrieras de la avenida. El barrio éramos nosotros.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/001j9TuuRhv1ppoDXRexGpPsM-E=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/05/vecinos.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>La pluma de Raúl Vázquez en su homenaje a esa familia que e gesta al compás de las tardes y los años en familia.]]>
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                                                <category term="opinion" label="Opinión" />
                                <updated>2026-05-17T16:34:36+00:00</updated>
                <published>2026-05-17T16:33:05+00:00</published>
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        <title>
            Figuritas
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                <![CDATA[Raúl Vázquez]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/yv56ILPFlyoU1knX_clHEMHCkk4=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/05/figuritas.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Desde hace unos pocos días somos testigos del renacimiento del furor por las figuritas del mundial. Como ocurre cada cuatro años, seremos testigos de cómo el comercio y la pasión estarán unidos por el deseo de tener pegadas en el álbum la imagen del lateral derecho de Uzbekistán o del arquero suplente de Cabo Verde. Una vez más, el fútbol (que, como todos sabemos, de las cosas menos importantes es la que más nos importa) será la excusa para llenar nuestros bolsillos de rectángulos con fotos y nombres desconocidos para que nuestros hijos, sobrinos y (¿por qué no?) nosotros, lleguemos a completar los 48 equipos que jugarán desde junio el Mundial 2026.</p><p>Quienes hemos pasado los 50, tenemos el gran privilegio de haber visto a la Argentina campeón del mundo tres veces y, en consecuencia, tenemos los mejores recuerdos de las tres estrellas. Eso, además de convertirnos indefectiblemente en viejos, nos hace también personas con la experiencia suficiente como para recordar y entender lo que significaba abrir un paquete de figuritas y sonreír silenciosamente cuando veías emerger del sobrecito la inigualable figura de Mario Kempes o Daniel Bertoni.</p><p>Recuerdo mi pequeñez y el sol de la tarde pegando de costado en las veredas de Villa Luro, recortando sombras largas sobre esas baldosas arenosas estilo vainilla. No era un sol cualquiera; era el reflejo de un escenario donde se dirimía el prestigio, la fortuna y el honor de la infancia. En el bolsillo del pantalón corto, o inclusive en la mano, el pilón de "repes" atado con una bandita elástica funcionaba como el pasaporte a un mundo de transacciones febriles. El Merval, la Bolsa de New York o los mercados de Tokio eran nada al lado del comercio que se generaba en recreos, esquinas y quioscos.</p><p>Hoy, cuando veo esos sobres metalizados, brillantes como fuselajes de naves espaciales, no puedo evitar sentir que algo se rompió en el camino. No es solo el paso del tiempo, que actúa como un viejo cartero que siempre golpea dos veces. Es la textura de la emoción que cambió y que nos trajo hasta aquí.</p><p>Abrir un paquete de figuritas en los años 80 era vivir la liturgia del sobre y el aroma del misterio. Era un ejercicio de misticismo laico. El sobre era de un papel humilde, algo rugoso, que se resistía un poco al tirón de los dedos. Al rasgar el borde, lo primero que nos asaltaba era un aroma particular, una mezcla de tinta fresca y ese pegamento seco que hoy parece haber desaparecido de la faz de la tierra. Allí nacía un microsegundo de suspenso absoluto. Entre las manos sucias de vereda y casa chorizo, podía aparecer el rostro heroico de un arquero con buzo de lana o, con suerte, la difícil, esa figurita que por alguna alquimia del destino y de la imprenta, se negaba a aparecer en los quioscos del barrio pero que, según juraban en la escuela, un primo de un amigo de un vecino había conseguido en una excursión lejana a Mataderos, Liniers o Ciudadela.</p><p>Hoy, la tecnología ha domesticado la sorpresa. Los álbumes modernos son maravillas del diseño gráfico, con efectos holográficos, realidades aumentadas y códigos QR. Pero, paradójicamente, esa perfección les quita el alma. El niño de hoy abre el sobre con la velocidad del que consume un contenido de TikTok: rápido, eficiente, descartable. La expectativa se ha vuelto industrial. Ya no hay lugar para la leyenda urbana de la figurita imposible porque el mercado, en su afán de permitir que todos intentemos llenar el álbum sin tropiezos evidentes, ha eliminado el misterio para darle lugar a la efímera alegría que supone una página completa y que pasa al recuerdo en un instante, justo cuando el desafío de la siguiente página incompleta se hace protagonista.</p><p>Juntar fichus era para nosotros en los 80 solo la mitad del asunto. La verdadera épica se escribía cuerpo a tierra. Porque la verdadera razón por la que todos nos desvivíamos por tener figuritas era el juego. No el que aparece en los celulares, promocionado como casinos digitales y que puede enfermar a nuestros hijos para siempre. No. No era ese. Jugar a las figuritas, como todos sabemos, era una disciplina deportiva que requería técnica, psicología y una resistencia física envidiable para nuestras rodillas hoy maltrechas.</p><p>Los más destacados, dignos de formar parte de los Juegos Olímpicos, eran tres. La Tapadita o El Chupi, que sucedía al instante de un golpe seco con la palma de la mano, buscando el vacío, el efecto succión que diera vuelta el cartón ajeno. El Punto, un juego pensado para los más rústicos, donde la puntería y la distancia lo eran todo. Y El Espejito, último de la trilogía perfecta, que era una verdadera danza de reflejos y astucia que por lo general se jugaba cuando las repes eran muchas y el peligro de quedarse pelado (que era quedarse sin figuritas, y no sufrir de calvicie) era lejano.</p><p>Enfrentarse al enemigo circunstancial del grado era poner en juego el patrimonio. Perder una figurita brillante del escudo de nuestro club amado dolía más que una mala nota en matemáticas. Y salir derrotado de ese encuentro representaba una pérdida de prestigio sólo comparable con aquellos que esgrimían figuritas limpias y relucientes, que dejaban entrever que eran hijas más del dinero de los tíos del centro que de las batallas en el campo del honor. Porque las figuritas con las que jugabas se gastaban, se les redondeaban las puntas de tanto trajín, se curtían en la batalla del piso áspero del colegio. Y esa pátina de uso era la marca de un verdadero veterano de guerra.</p><p>Hoy, el juego parece haber migrado a la pantalla. Los chicos intercambian cromos digitales en aplicaciones o juegan partidas en consolas donde los jugadores son polígonos perfectos. El tacto ha sido reemplazado por el clic. Se gana y se pierde en un vacío aséptico, sin el olor a tierra, sin la fricción del cartón contra la piel, sin la mirada fija en los ojos del rival para adivinar su próximo movimiento. La milagrosa llegada las figuritas del Mundial vino, en parte, a destruir pacíficamente un mundo de algoritmos donde, a fuerza de desengaños digitales, perdimos la inocencia que nos daba la frenética búsqueda del volante tapón de Chaco For Ever. Dios quiera que nuestros hijos o nietos jueguen y vivan este álbum 2026 con el entusiasmo que lo vivimos nosotros. Y que reconozcan para siempre aquellas reglas no escritas, verdaderos códigos de honor que se transmitían de generación en generación en los patios del colegio o en el umbral de nuestras casas.</p><p>Acumular para completar el álbum era el equivalente infantil a terminar una carrera universitaria. Y pegar cada figurita, además de experimentar como nunca la sensación del deber cumplido, era un acto de precisión quirúrgica en la que jamás nos hubiéramos imaginado que en estos tiempos podría resolverse con figuritas autoadhesivas. Usábamos plasticola o, en los casos más rústicos, un rollito desprolijo de cinta Scotch. El álbum iba engordando, cobrando vida propia, convirtiéndose en un objeto de consulta permanente.</p><p>&nbsp;</p><p>En aquellos días, la industria de las figuritas también contemplaba asociaciones. Juntar con alguien y ser socios en el llenado de las páginas, era la respuesta del mercado a la falta de recursos. Por lo general, algunos compraban un álbum sabiendo de antemano que no iban a contar con suficientes figuritas. Ahí nacía la idea de compartir los gastos, generar ganancias en tándem y ahorrar dinero. Se unían y trabajaban por el objetivo. El problema era resolver quién se quedaba con todo una vez que se llenaba el ejemplar. ¿Se sorteaba? ¿Se lo llevaba uno cada semana? ¿Se lo quedaba el que más aportó a la causa? ¿Lo definían a los golpes? Nunca lo supe. Lo cierto es que tal vez en esas rencillas de primaria estábamos descubriendo sin querer las injusticias del mercado y hasta la convivencia de clases.</p><p>Pero volvamos a las figuritas, la verdadera esencia de nuestra vida de primaria, previa a los amores esquivos que llegarían después. Mirar las caras impresas en el cartón de los jugadores en los 80 era asomarse a la estética de la resistencia: bigotes espesos, melenas al viento sin el rigor del gel, camisetas de piqué empapadas de sudor y botines invariablemente negros. Eran hombres que parecían más grandes de lo que eran, estrellas de un fútbol que todavía olía a barrio y a domingo de radio. Ídolos cercanos que se parecían a lo que soñabamos ser.</p><p>Hoy, el álbum es un producto de marketing global. Los futbolistas pegados en sus hojas delgadas son modelos de pasarela con cortes de pelo milimétricos, barbas dibujadas y tatuajes que parecen diseñados por computadora. Ya no hay espacio para el error, para la figurita descentrada o el color desfasado por errores de imprenta. La nostalgia nos dice, sin dudas, que preferimos aquella imperfección humana sobre este impecable presente digital.</p><p>¿Por qué nos sigue doliendo el recuerdo de aquel sobrecito de figuritas? Quizás porque en ese trozo de cartón estaba contenida toda nuestra capacidad de asombro. Éramos dueños de un imperio que cabía en una caja de zapatos. No necesitábamos algoritmos para ser felices; nos bastaba con un "late-nola" gritado con los nervios que nos da la incertidumbre. El coleccionista de hoy, muchas veces un adulto que intenta recuperar el tiempo perdido comprando cajas cerradas por internet, busca en el brillo del cromo un reflejo de su propia infancia. Pero la magia no se puede comprar al por mayor. La magia de nuestros días residía en la escasez, en el deseo postergado, en la caminata hasta el quiosco rogando que hayan llegado los paquetes y que no me toque otra vez el Conejo Tarantini.</p><p>Hoy, cuando el mundo nos exige ser productivos, eficientes, prolijos y estar siempre conectados, el recuerdo de las figuritas aparece como un refugio. Nos lleva a ese momento en el que lo más importante en la vida era conseguir la cara del puntero derecho de Platense. Y aunque el álbum de nuestra vida ya pasó por varias hojas la mitad, nos queda al menos la nostalgia teñida de ese aroma a tinta y cartón que todavía flota en algún rincón de la memoria.</p><p>Por más que el juego haya cambiado, aquel niño que fuimos todavía sigue ahí, esperando que el próximo sobre contenga, por fin, la figurita más difícil de todas. Esa que, a fuerza de deseo, se resume simplemente en la imagen de nuestros viejos abrazándonos para siempre.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/yv56ILPFlyoU1knX_clHEMHCkk4=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/05/figuritas.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>El Mundial 2026 reaviva una pasión que cruza generaciones: abrir sobres, cambiar repetidas y perseguir la más difícil.]]>
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                                                <category term="opinion" label="Opinión" />
                                <updated>2026-05-03T15:26:03+00:00</updated>
                <published>2026-05-03T15:22:52+00:00</published>
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        <title>
            Amores
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        <author>
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                <![CDATA[Raúl Vázquez]]>
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        </author>
        
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/2ILi003RZSagYMifi6WyS1w3ftA=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/04/amores.png" class="type:primaryImage" /></figure><p>La puerta del subte D se abrió y devoró a los pasajeros camino a Belgrano, como cada mediodía a la salida de la radio. Ya tomado del pasamanos, y antes de meterme en la improductiva vorágine del celular, me sorprendió el beso apasionado de una pareja que no debería tener más de dos o tres años juntos. La experiencia te ayuda, entre otras cosas, a reconocer el amor, su intensidad y también a tener alguna certeza sobre el tiempo o la calidad de relación de algunos desconocidos. Es cuestión de proponérselo, de observar y de reconocer algunos detalles que cambian a medida que pasan los años. Vos sabés de qué estoy hablando.</p><p>Lo cierto es que a la altura de Callao o Facultad de Medicina, la amorosa pareja cambió el semblante y empezaron a discutir. No sé sobre qué. Tampoco importa. La cosa es que a pocos segundos de llegar a Carranza, ella se paró de un salto mientras, entre susurro y grito, lanzó un “¡Siempre lo mismo!”. ¡Estoy harta!”. Dejó el vagón apurando el paso y, quién sabe, dejó también a su pareja. No lo sé; tal vez, fue el comienzo o la triste continuidad de una forma de relación que, a poco tiempo de iniciarla, empezó a ser pasado. Andá a saber.</p><p>Mientras ella se alejaba y él sacaba su celular del bolsillo interno del saco, se me ocurrió pensar que a simple vista, el amor de hoy es muy similar a scrollear en TikTok. Si no va, lo pasás. Y si te gusta, te quedás un rato y te vas. Bien distinto al amor de quienes cumplimos más de 25 años de casados. Ni que hablar, si lo comparamos con el de nuestros viejos, una verdadera oda a la perseverancia.</p><p>Guardé mi celular y entendí que no estaría mal bucear un poco. Me preparé para bajar en Juramento y ahí, entre mi repetido insulto por la maldita escalera mecánica que nunca funciona, empecé a delinear en mi mente alguno de los párrafos que aquí intentarán comparar el amor de antes con el de nuestra parejita amiga. Un desafío complejo y profundo. Veremos.</p><p>En principio, podemos decir que existe un perfume que ya no se siente en las veredas de la ciudad. Un aroma sutil, casi invisible, mezcla de las sensaciones que teníamos en los zaguanes de los años jóvenes, en las esperas bajo la lluvia con un ramo de flores envuelto en papel celofán, o de las cartas escritas a mano donde cada palabra era un compromiso sellado con tinta, fervor y una pizca de esperanza.</p><p>Podemos sumar algo si también afirmamos que nosotros nada tenemos que ver con el amor que creció en un algoritmo. Y mucho menos nuestros padres, quienes se enamoraron con la mirada, con el mandato, con la duda atravesando el alma o hasta con el roce fortuito en un baile de club. Los de nuestros viejos eran tiempos donde el amor no era una opción de menú en una pantalla táctil, sino un proyecto de ingeniería emocional que se construía ladrillo a ladrillo, con la certeza de que la casa, una vez levantada, no se abandonaba ante la primera gotera.</p><p>Nuestros padres, y en una de ésas también nosotros, entendieron a la fuerza algo que hoy parece una lengua muerta: que el amor es, esencialmente, una forma de la voluntad. No se trataba solo de mariposas en el estómago (que seguramente las había), sino de la convicción de que el otro era el compañero de trinchera para la batalla de la vida. Se casaron jóvenes, con más sueños que ahorros, y fundaron hogares sobre la base de un aguante que hoy suena a sacrificio, pero que para ellos era simplemente la forma natural de transcurrir los días.</p><p>Ya hablamos en este foro sobre la mística del zaguán y del teléfono de Entel. Pero no viene mal traerlo a la mesa nuevamente. Al menos como para hacer notar la diferencia de esfuerzos que implicaba el amor cuando éramos chicos. En los 70 y los 80, el amor era un ejercicio de resistencia. Para ver a tu novia, había que sortear la mirada inquisidora del futuro suegro en el living, bajo la luz mortecina de una lámpara de pie. No había mensajes de WhatsApp para avisar que estabas llegando. Se llegaba. De una y sin avisar. Y si no se llegaba, el vacío se llenaba con la angustia de lo incierto, lo que le daba al encuentro posterior una intensidad casi eléctrica.</p><p>El compromiso se forjaba en la escasez. Un llamado telefónico era un evento. Había que esperar a que la línea estuviera libre, discar número por número en aquellos aparatos negros de Entel que pesaban como una conciencia, y rogar que atendiera ella y no el padre. Esa dificultad no era un obstáculo; era el abono del deseo. Deseábamos aquello que nos costaba conseguir. Y como todos sabemos, lo que cuesta conseguir, se cuida con un celo casi religioso. No sé si los chicos de hoy podrán saborear esa victoria.</p><p>Las parejas que llevamos alrededor de 25 años juntas somos observadas con una mezcla de envidia, incomprensión y asombro. Nos ven como a los sobrevivientes de un naufragio cultural. Somos, sin darnos cuenta, el eslabón perdido, el puente entre dos mundos. Porque crecimos con la disciplina de los 70 y los 80, pero nos tocó criar a nuestros hijos en la era de la inmediatez. Bastante bien estamos.</p><p>¿Y cómo hicimos para llegar hasta acá? La respuesta es corta y contundente: no tiramos la toalla cuando la toalla se manchó. Somos parejas de plata que comprendimos que el amor de 25 años es un sentimiento que se arruga, que a veces se nubla, que atravesó el tamiz de las crisis económicas, de las enfermedades, de la duda, de la crianza agotadora, del envejecimiento, del cuerpo que cambia, de las mañas que se acentúan y, sobre todo, del tedio. Pero también somos, orgullosamente, el exitoso resultado de todo eso.</p><p>El tedio es el gran enemigo del amor moderno. Quienes somos pareja desde hace más de un cuarto de siglo supimos domesticar la rutina. Entendimos que el silencio en el desayuno no es falta de interés, sino la comodidad de saber que el otro está ahí, que el amor no es a los gritos ni crece a fuerza de charlas intrascendentes. Tuvimos la capacidad de perdonarnos las miserias cotidianas y de soslayar las pequeñas decepciones. Nuestro compromiso, más que un contrato firmado ante un juez, es un pacto silencioso que se renueva cada mañana en el simple acto de seguir eligiendo a la misma persona, a pesar de conocerle todos los trucos.</p><p>Crucemos ahora de vereda para encontrarnos con el presente. El panorama es, cuanto menos, desolador para los nostálgicos del compromiso. Vivimos en la era de la obsolescencia programada y, lamentablemente, hemos aplicado ese ruinoso concepto a las relaciones humanas. Hoy, el amor es una mercancía más en el mercado de la gratificación instantánea.</p><p>Las parejas actuales han sido educadas en la cultura del descarte. Si el celular se vuelve lento, lo cambiamos. Si la aplicación se tilda, la borramos. Si el plasma pasó dos mundiales, a la calle. Y si la pareja presenta un conflicto, soltamos. Se ha confundido la salud mental con la incapacidad de tolerar el mínimo malestar. El compromiso se percibe como una cárcel; y la libertad, como una sucesión infinita de opciones que nunca devienen en algo profundo.</p><p>El macheo de las aplicaciones ha despojado al encuentro de su mística. Se elige por catálogo, basándose en una estética filtrada por Instagram. El otro ya no es un misterio a descubrir, sino un objeto de consumo. Y como todo objeto de mercado, genera una satisfacción efímera que exige una renovación constante. ¿Para qué esforzarse en reparar una relación que tiene una falla si puedo deslizar el dedo hacia arriba y encontrar un repuesto nuevo en pocos minutos?</p><p>La falta de compromiso en la mayoría de las parejas jóvenes es el síntoma de una sociedad que le teme al dolor. Amar en serio duele. Exige ceder, negociar, postergar el ego propio en función del concepto de nosotros. El problema es que ese nosotros es hoy una entidad muy frágil, casi transparente. El individualismo feroz nos ha convencido de que cualquier sacrificio personal en pos de la pareja es una pérdida de autonomía.</p><p>Vemos parejas que conviven meses y se separan por una discusión que para nuestros viejos o para nosotros no merece siquiera una mirada. Vemos vínculos que se rompen por mensaje de texto porque uno de los dos está aburrido o confundido. Les falta ese espesor emocional que tienen los amores que nacen dudosos, se hacen fuertes y llegan por fin a tener la piel curtida para aguantar las tormentas. El amor, definitivamente, ha cambiado la profundidad del océano por la comodidad de una Pelopincho: es más segura, sí. Pero no tiene horizonte.</p><p>El amor moderno es un amor con miedo. Miedo a perderse algo mejor, miedo a ser vulnerable, miedo a que el otro vea nuestras cicatrices, miedo a las dudas y miedo al engaño. Por eso se mantiene en la superficie, en lo lúdico. Sin comprender que en la superficie no están las raíces que lo sostienen.</p><p>¿Es mejor el pasado que el presente? No necesariamente. Había en los 70 silencios que ocultaban dolores que hoy, por suerte, se hablan. Había también parejas con amores dolorosos y angustiantes que no debieron consumarse. Sí, es cierto. Había individualidades que caminaban disfrazadas de pareja que no debieron unirse. Parejas que con solo verlas cruzar la calle reconocíamos que algo había fallado y que simplemente no se atrevían a desviar sus caminos. Es verdad. Pero en esa búsqueda de la transparencia, en ese temor a que no nos quieran y al fracaso, hemos perdido la solidez que da el amor que se entrena. El amor con errores. Con perdón. El amor que reconoce a la persona de la que nos enamoramos y que, cambiada, con la piel arrugada y con algunas heridas a la vista u ocultas, vuelve a aparecer en esa sonrisa que se le dibuja cuando nos ve llegar.</p><p>Lo peor de todo es que se terminan los renglones y no encuentro las respuestas. No sé qué ha pasado con el amor. No sé si hoy es superficial y antes era forzado. No lo sé. Quizás el secreto esté en mirarlo no como un sentimiento que se tiene, sino como algo que se hace. Con paciencia, con perdón y, fundamentalmente, con la idea de que las cosas valiosas son las únicas que merecen ser reparadas.</p><p>Mientras tanto, en las pantallas de los celulares, la danza de rostros continúa. Nuestro pulgar se desliza y nos muestra miles de opciones para corazones que, irónicamente, se sienten más solos que nunca. En una de esas falta la valentía necesaria para quedarse cuando todo nos invita a escapar. Porque al final del día, el amor no se trata de encontrar a alguien perfecto, sino de construir una historia con alguien que, al igual que nosotros, está dispuesto a no soltarnos la mano cuando el camino se pone empinado.</p><p>Ahí está el verdadero amor. En el que no se baja del subte.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/2ILi003RZSagYMifi6WyS1w3ftA=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/04/amores.png" class="type:primaryImage" /></figure>Un recorrido íntimo que contrapone la lógica del compromiso con la cultura del descarte contemporáneo.]]>
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                                <updated>2026-04-19T13:05:07+00:00</updated>
                <published>2026-04-19T12:54:47+00:00</published>
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        <title>
            Malvinas
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                <![CDATA[Raúl Vázquez]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/3tXnbGdTMMDhPmEfWJOdOtiFtUI=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/04/malvinas.png" class="type:primaryImage" /></figure><p>Recuerdo con una mezcla de estupor y nostalgia la mañana en que nos juntamos con mis compañeros de primaria a juntar chocolates. Recuerdo también la inocencia con la que tratábamos de enviar en cada envoltorio la misma cantidad de gramos, como para ser justos con cada soldado. Con el tiempo, me di cuenta de que ese acto de justicia fue tal vez el único o el último que la sociedad había tenido con esos chicos que nos defendían del invasor.</p><p>La Escuela Gendarmería Nacional de la calle Juan Agustín García, en la que se cobijaba mi infancia, se había hecho eco, como tantos otros colegios, de la idea de dedicar algunas jornadas a enviar chocolates y cartas a los soldados. Necesitaban armas, abrigo, órdenes coherentes y nosotros les enviamos chocolates y dibujitos.</p><p>Con la inocencia de los doce años, llenos de esperanza, en la certeza de que estábamos ganando y envueltos en la ignorancia de creer que el imperio británico no iba a venir desde tan lejos a reclamar lo que habían robado, algunas decenas de chicos de primaria resolvieron hacer patria de la manera en que podían. En mi caso, además, era la oportunidad de estar cerca de Ana María, aquel amor esquivo del que ya hablé en esta columna. Lo cierto es que esa mezquina idea de armar paquetitos de dulces al lado de la compañera que me gustaba, más la posibilidad de dejar de sufrir con las matemáticas, puso un poco de manifiesto esa idea de que la guerra nos parecía a todos algo distante. Como un juego que, amparados en la seguridad de Buenos Aires, nunca íbamos a padecer. Porque estábamos lejos.&nbsp;</p><p>Tan lejos como el principito de Buckingham o la casa de Alexander Haig. Para nosotros, la guerra era una aventura lejana, una película de las de antes, pero con nuestros colores. Y esos chocolates en bolsitas de nylon, y esas cartas, iban a ser recibidas por soldados que eran para nosotros gigantes invencibles protagonistas de una película que iba a tener final feliz.</p><p>A medida que la mañana pasaba con Ana María siempre distante y mientras las Titas y las Rhodesia se iban en tándem con los alfajores Milkybar, había algo en el aire de ese otoño que no terminábamos de entender, pero que nos llenaba el pecho de orgullo. Mis compañeros y yo teníamos la edad en la que dejábamos de jugar a los soldaditos para empezar a mirar el mapa con una seriedad impostada, creyendo que el destino del mundo pasaba por el patio de la escuela. Después, cuando meses más tarde la derrota nos puso delante de la verdad revelada, todo fue desengaño.</p><p>Recuerdo el frío de esa mañana que, más que para bufanda y guantes de lana, era como un frío conceptual que salía de la radio, de las voces graves que hablaban de una gesta mientras nosotros, en el recreo, jugábamos a ser Kempes en el Mundial 82. Recuerdo también, aunque vagamente, ver al director de la escuela, un tal Tomasi, ayudando con alegría en la logística de los chocolates. Y, en un instante, emerge de mi memoria su imagen en la Dirección. Leía el diario en silencio, encorvado sobre la tinta, con el ceño fruncido impuesto por lo que sucedía en Puerto Argentino, mientras el humo de su pipa dibujaba formas que a mí me parecían barcos hundiéndose en el techo del colegio.</p><p>En Villa Luro, las ventanas comenzaron a vestirse con las banderas que estaban guardadas desde el Mundial 78. Pero igual había una vibración sorda que no llegábamos a comprender. Creíamos en la victoria con la fe ciega de los que todavía no conocen la trampa de las palabras. De a poco, la sensación fue cambiando. El chocolate que mandábamos sabía más amargo. Las noticias empezaron a llegar con cuentagotas y el tono de la tele se volvió bastante más denso, más oscuro, parecido al cielo antes de la tormenta. Como ya no jugábamos a los soldaditos, empezamos a mirar a los pibes de veinte que caminaban por la calle con otros ojos, porque sabíamos que ellos podían ser los de las fotos. La inocencia se nos estaba escurriendo por las costuras de los bolsillos.</p><p>Desde nuestros doce años, lo que más nos costaba digerir no era la estrategia militar o el alineamiento de Estados Unidos con el enemigo, sino la prepotencia de lo ajeno. Para nosotros, el mapa de la Argentina en el manual de Geografía no era una opinión política, era una suerte de dibujo sagrado, como el patio de casa o el frente de la escuela. Y de repente, ese imperio que sólo conocíamos por los Beatles o por las invasiones de 1806 y 1807 que luego leeríamos en el libro de Ibañez, se volvía real, tangible y gélido. Era la sensación de que alguien, con la fuerza y la soberbia de quien se sabe superior, ponía un dedo sobre nuestro mapa y decidía que ese pedazo de turba y frío le pertenecía por un derecho de fuerza que nuestra lógica infantil no lograba procesar.</p><p>Lo que dolía, además de la muerte, por esa sensibilidad a flor de piel de la preadolescencia, era la indiferencia de esa maldita bandera cruzada. Para ellos éramos (hoy también lo somos) un punto perdido en el Atlántico Sur. Un trámite administrativo. Para nosotros, Malvinas fue el despojo de un pedazo de identidad. El colonialismo es, en el fondo, una forma de decirnos que nuestros sentimientos no valen nada frente a los intereses de la corona y el acero. El imperio británico no solo nos ganó una guerra; nos robó la idea de que el mundo era un lugar donde las cosas pertenecían a sus dueños. Nos enseñó, y de la peor manera, que la geografía se escribe con la tinta de los que mandan, aunque no tengan razón. Por eso arriesgo y digo que quien admire a ese imperio merece mi desprecio.</p><p>Volvamos a la escuela. Promediando junio y séptimo grado, el invierno se nos instaló adentro para siempre. Recuerdo la cara de Tomasi, quien debía enfrentarnos mientras izábamos la bandera sin saber qué decir. Recuerdo a Ana María llorando porque el alma de su primo se había quedado para siempre en las Islas. Recuerdo un silencio largo, espeso, que cubrió el patio del colegio y las calles del barrio con una neblina que no se iba con el sol. En esos días comprendí que se podía llorar por gente que no conocías. Aprendí que los mapas también duelen. Y que la derrota era mucho más que perder unas islas que nunca habíamos pisado. Perder también fue descubrir que nos habían mentido con la misma facilidad con la que nos cuentan un cuento antes de dormir.</p><p>A los doce años, la derrota de Malvinas tuvo para nosotros un agrio sabor a hierro y sal marina. En el momento exacto en el que supimos que los chocolates y las cartas jamás llegaron, nos dimos cuenta de que el mundo ya no era un lugar seguro, que los gigantes también caen y que, a veces, los barcos no vuelven. Nos quedamos ahí, sentados en el patio del mástil, con las banderas guardadas y el alma un poco más vieja, mirando hacia el sur, mientras el frío de Malvinas se nos quedaba a vivir en los huesos. Aquel otoño, sin darnos cuenta, y aunque el almanaque decía lo contrario, dejamos de ser chicos.</p><p>El tiempo, siempre hostil y autoritario, pasó. Para algunos, mientras tanto, las heridas de la guerra fueron sanando. Pero no para todos; porque los muertos viven en la memoria indeleble de sus familias y en el lejano cementerio de las islas.</p><p>Por vergüenza, por desinterés, por miedo, por ignorancia, por política o por lo que sea, nos fuimos olvidando de la guerra y, lamentablemente, también de los veteranos y de aquellos que murieron en ella. Recordamos su valentía y su dignidad eternas sólo en días como hoy, cuando tomamos la bandera en un puño y juramos defenderla en el café de la esquina.</p><p>En fin. Así somos. Pido perdón por la parte que me toca.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/3tXnbGdTMMDhPmEfWJOdOtiFtUI=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/04/malvinas.png" class="type:primaryImage" /></figure>El fin de la niñez y un recuerdo entre chocolates, amor no correspondido y un gusto amargo de carácter nacional.]]>
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                                <updated>2026-04-13T19:30:09+00:00</updated>
                <published>2026-04-02T10:12:38+00:00</published>
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            Los muchachos de antes de antes no usaban corpiño
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                <![CDATA[Raúl Vázquez]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/-8ZMkSKpsbhxxoaoGJdR70n00j0=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/03/hombres.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Todo comenzó una mañana de estas, cuando hablamos con un amigo, mitad en broma y mitad en serio, de algunos hombres que han volcado sus costumbres. O que han volcado, directamente. Me contó, y tal vez no sea novedad para muchos de ustedes, que la moda masculina impone de a poco el uso de una suerte de corpiño para evitar que los pectorales, y su gravedad hija de los años, se marquen demasiado. Así es: algunos hombres de mi generación, y de la tuya, querido lector, usan corpiño para que la camisa se vea mejor.</p><p>Claramente, hay algo en el hombre de hoy que desconcierta a primera vista. Uno entra a cualquier oficina, bar o reunión y descubre un fenómeno curioso: tipos prolijos, perfumados, con la camisa impecable y debajo (en algunos casos, seamos justos) se adivina una prenda que hasta hace no tanto pertenecía a otro universo. No es una metáfora, es cierto. Hombres que usan una suerte de remera ajustada (llamémoslo sin pudor por lo que realmente es: un corpiño masculino) para que no se marque nada, para que la tela caiga perfecta, para que el cuerpo no interfiera en la estética. Y para que el mundo, definitivamente, sea otro.</p><p>Enseguida aparece la tentación: la risa, el comentario rápido, el chiste fácil, el “mirá adónde hemos llegado” y hasta las antiguas comparaciones fuera de moda que contemplan la elección de género. Inclusive te aventurás a pensar en el desengaño de la mujer conquistada, que verá con sorpresa a su amante con una suerte de vendaje salvador antes del amor. En fin. Todo eso. Como si el pequeño detalle de un corpiño en un hombre fuera la prueba irrefutable de la gran decadencia universal. Como si un elástico debajo de la camisa, a modo de liposucción artificial, explicara todo un cambio de época.</p><p>Como suele pasar, al rato descubrís que el síntoma es más interesante que la burla. Porque ese hombre que hoy cuida su imagen al extremo, que se mira, que se ajusta, que se revisa, no es simplemente más blando o más coqueto. Es, en muchos casos, producto de un tiempo que exige cosas distintas. Un tiempo donde la exposición es constante, donde la cámara es un Dios que todo lo ve, donde la belleza del cuerpo dejó de ser secundaria y pasó a ser lo único. Un tiempo donde no alcanza con estar, sino que también hay que mostrarse.</p><p>Este rincón en el que cada quince días intentamos rescatar algunas cosas del pasado, se nubla definitivamente y se sorprende ante la noticia de un masculino Natalia Natalia que va por la vida con corpiño. Podríamos dar por terminada la nota acá. Podríamos decir que el mundo puede explotar tranquilo, que es hora de partir y que las tinieblas por fin han tocado a nuestra puerta.</p><p>Pero no. Ahí empieza la comparación inevitable. ¿La Generación de Cristal o la de Hierro?</p><p>Los invito a analizar algunas cosas que, quién sabe, desemboquen en una nueva forma de entendernos. No hagamos foco en el corpiño. Intentemos centrarnos en una suerte de humilde análisis sociológico del hombre de hace 50 años y el hombre de hoy. Vos y tu viejo, por ejemplo. Sincerémonos un poco y veamos qué resulta. Desajústese el ñocorpi y venga, hombre. Póngase cómodo. Tengo unas pocas certezas pensadas y un puñado de postulados imperfectos para empezar.</p><p>Los hombres de antes venían sin manual. Y no es una metáfora romántica. Venían sin manual emocional, sin GPS afectivo, sin botón para la configuración de sentimientos. En todo caso, venían con una brújula medio rota que siempre apuntaba al mismo lugar: No te quejes y seguí, era el norte.</p><p>En los 70 y 80, el hombre promedio era un sobreviviente de lo cotidiano. Laburaba (elijo no decir se deslomaba para no generar rispideces), llegaba a su casa, comía y se sentaba frente al televisor como quien llega de una guerra que nadie le había declarado. No hablaba mucho. Tampoco hacía falta porque el silencio era el idioma de la época. Si algo le dolía, se lo guardaba. Si algo lo emocionaba, también. Había una épica del aguante. Una épica áspera, de ojos entrecerrados y puños apretados. Pero épica al fin.</p><p>Hoy es protagonista la Generación de Cristal. Ahí es donde muchos levantamos la ceja, fruncimos el ceño y sentenciamos: “Estos pibes no se bancan nada”. Pero ojo. Porque tal vez no es que no se bancan nada, sino que no están dispuestos a bancarse todo. El hombre de antes se rompía y seguía. El de ahora, cuando se rompe, pregunta por qué. Y en esa pregunta se esconde algo incómodo para el viejo mundo: la conciencia. La duda de esa pregunta es ya la certeza de que algo no está bien y debe ser revisado.</p><p>Cuando éramos chicos, llorar era un accidente. Los grandes no lloran, era la frase. Hoy llorar puede ser hasta una decisión estratégica. Antes, cuando un grande pedía ayuda, era casi una confesión de derrota. Ahora, una lágrima se parece más a un acto de transparencia que es muy bien visto por todo el mundo.</p><p>Claro que hay exageraciones. Siempre las hay. Hay sensibilidades que rozan lo frágil, susceptibilidades que se inflaman por cualquier cosa. Pero también hay algo que el viejo modelo no tenía, el registro de uno mismo y de sus sentimientos. Porque el problema de los hombres mayores en nuestra adolescencia no era la dureza, ni la educación, ni el sufrimiento que implicaba ser hijos de una Europa sangrante y pobre. El problema era el costo. El precio silencioso y eterno de no hablar, de no procesar, de no parar, de no sentir. Familias enteras sostenidas por tipos que nunca dijeron “me pasa algo”. Y eso, tarde o temprano, pasa factura.</p><p>La Generación de Cristal, con todas sus contradicciones y con sus adelantados de nuestra edad que usan corpiño o se depilan el pecho, vino a romper ese pacto tácito que implica el silencio y seguir. Y sí, a veces se pasa de rosca. Pero en ese exceso también hay una búsqueda. En ese exceso aparece la idea de vivir un poco más conscientes, un poco menos anestesiados.</p><p>Entonces, ¿quiénes son mejores? Mala pregunta. No se trata de mejores o peores. Se trata de contextos. Los hombres mayores que habitaban en el Villa Luro de mi infancia eran duros porque el mundo lo exigía. Los de ahora son sensibles porque el mundo lo permite. Tal vez el desafío no sea elegir entre dos modelos, sino lograr algo más difícil: hombres que puedan resistir sin romperse y sentir sin avergonzarse. Ni de hierro. Ni de cristal. De carne y hueso.</p><p>El problema es cuando el péndulo se va demasiado para un lado o para el otro. Como en la política argentina, que votamos para que el pasado no se repita, vienen en nombre del futuro y resulta que son el espejo de lo que vinieron a combatir. La grieta es el problema. Acá también. El equilibrio, como siempre, es lo más difícil.</p><p>El error quizás sea plantear esta discusión como una guerra entre generaciones. Como si hubiera que elegir un bando. Como si los hombres de antes fueran héroes incomprendidos y los de ahora víctimas exageradas. La realidad es bastante más compleja. Excede el corpiño masculino. Y es también bastante más interesante. Porque los hombres de antes hicieron lo que pudieron con las herramientas que tenían. No había espacios para hablar de emociones, no había modelos alternativos, no había discursos que habilitaran otra forma de ser hombre. Había que ser fuerte. Admirablemente fuertes. Pero también, muchas veces, eran profundamente solitarios. Los hombres de ahora, en cambio, tienen más herramientas. Más información. Más discursos. Más opciones. Pero también tienen más ruido. Más exigencias. Más presión por definirse, por posicionarse. Y eso también agota.</p><p>Si antes el problema era no sentir, hoy el problema es sentir demasiado. ¿Quién está mejor preparado entonces? ¿El que aguanta todo o el que cuestiona todo? La respuesta es incómoda: ninguno. El mundo real, y tal vez la vida, termina exigiendo una combinación de ambas cosas. Capacidad de resistir y capacidad de registrar. Fortaleza y sensibilidad. Acción y reflexión. El desafío es construir algo nuevo. Un modelo que tome lo mejor de ambos mundos. Un hombre que pueda sostenerse en momentos difíciles sin desmoronarse, pero que también pueda sentirse superado sin creer que pierde valor ante el desconsuelo.</p><p>Tal vez la clave esté en un hombre algo más humano, más imperfecto, más real. Con cicatrices y con el registro indeleble de esas cicatrices. Con la capacidad de avanzar, pero también de detenerse cuando haga falta. Con la oportunidad de revisar lo que heredó. De elegir qué vale la pena conservar y qué conviene soltar. Porque no todo lo de antes era mejor. Pero tampoco todo lo de ahora es necesariamente superador. Como es lógico, hay valores que no deberían perderse. La responsabilidad, el compromiso, la lealtad, la capacidad para sostenerse, de cumplir y de hacerse cargo.</p><p>Si algo muestra este cruce de épocas es que el modelo de hombre está en transición. Y como toda transición, es incómoda, movilizante, insegura. Genera ruido, resistencia, exageraciones. Y, por fin, genera evolución.</p><p>En esta búsqueda todavía imperfecta, todavía en construcción, hay algo que, incluso con sus contradicciones, merece ser valorado: la intención de ser un poco más honestos con lo que nos pasa. Aunque a veces incomode. Aunque a veces duela. Aunque nos deje sin manual ni botones de arrepentimiento. Un poco menos de lo que debemos ser y algo más de lo que queremos ser.</p><p>Los dejo. La seguimos en un par de semanas. Y usted, Domínguez, sáquese el maquillaje que su mujer lo está mirando, hombre!</p>]]>
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                                <updated>2026-04-13T19:30:09+00:00</updated>
                <published>2026-03-29T15:12:08+00:00</published>
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