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    <title>Newstad</title>
    <subtitle>Últimas noticias de Argentina</subtitle>
    <updated>2026-05-11T23:32:13+00:00</updated>
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            Milei puteador: antes te decían ‘Hitler’, ahora lloran por ‘mandril’
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                <![CDATA[Franco Ceruti]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/OW2CMeRRkUPxnJGhdvKVaesdD8g=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/05/insultos.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Durante años, en Argentina se construyó una idea bastante curiosa: que la violencia tenía buenos modales. Que podía venir envuelta en consignas, en cánticos, en discursos épicos… y que por eso dejaba de ser violencia.</p><p>Hoy, en cambio, la violencia es grosera. Dice “culo”. Dice “mandril”. Y claro, eso sí escandaliza. Porque si algo parece insoportable en la Argentina actual no es la agresión en sí, sino la falta de elegancia con la que se la ejecuta.</p><p>El presidente Javier Milei insulta. Eso es innegable. “Lloren mandriles”, “zurdos de mierda”, “les duele el culo”. Frases que hacen que más de un panelista entre en crisis existencial en vivo, como si hubiera presenciado el colapso de la civilización occidental. Pero la pregunta incómoda es otra:¿esto empezó ahora? Spoiler: no.</p><p>Durante aproximadamente 16 años —cuatro gobiernos si contamos desde Néstor Kirchner— la Argentina vivió bajo una forma de violencia mucho más sofisticada: la violencia con relato. No te gritaban “mandril”. Te decían “fascista”. No te insultaban.Te deshumanizaban con elegancia.</p><p>Porque si no estabas de acuerdo con ciertas políticas, no eras alguien con una opinión distinta. Eras Hitler. Literalmente Hitler. O gorila. O enemigo del pueblo. O, en el mejor de los casos, un ignorante al que había que “educar”. Y mientras tanto, en el plano físico, pasaban cosas.</p><p>Cortes de calles, rutas, autopistas. Tres personas con una bandera podían decidir que miles no llegaran a trabajar. Porque su derecho —curiosamente siempre más importante— justificaba todo. La Constitución, ese detalle técnico menor, quedaba en pausa hasta nuevo aviso. ¿Eso no era violencia? Claro que lo era. Pero tenía buena prensa.</p><p>También era violencia que durante años se bloquearan fronteras internacionales, como ocurrió con el conflicto por las papeleras con Uruguay, con consecuencias económicas reales para miles de personas. Comercios fundidos, actividad paralizada… pero todo en nombre de una causa noble. Y cuando la causa es noble, parece que el daño colateral es decorativo.</p><p>Ni hablar de los métodos más creativos. Hubo campañas organizadas donde personas simulaban conversaciones en supermercados o transporte público para instalar la idea de que el país estaba en ruinas. Actuaciones pagas. Teatro militante. Una especie de Truman Show versión conurbano.</p><p>Eso tampoco era violencia. Era “militancia”. Y en el medio de todo eso apareció Mauricio Macri, con modales, con tono calmo, con esa lógica ingenua de que responder con altura era suficiente. ¿Resultado? Lo pasaron por arriba. Porque en un ring donde uno pega y el otro explica, el resultado suele ser bastante predecible. Y así llegamos al presente.</p><p>Donde la violencia no desapareció. Solo cambió de estética. Ahora es explícita. Burda. Sin filtro. Y por eso molesta más. Pero también hay un cambio cultural evidente: hoy ya no hay monopolio del insulto. La respuesta existe. La reacción existe. El ciudadano común ya no se queda callado frente a ciertas narrativas.</p><p>Tomemos un ejemplo reciente: el caso Adorni. Parte del periodismo decidió investigar… su baño. Su hipoteca. Sus tostadas. Un seguimiento digno de un documental de National Geographic, pero aplicado a la vida cotidiana de un funcionario. El intento era claro: construir sospecha.</p><p>Pero en ese intento se escapó un detalle devastador para el relato: si realmente estuviera robando, probablemente no estaría pidiendo una hipoteca. Es decir, la realidad arruinó la historia. Y eso genera frustración. Porque durante años, construir relatos sin demasiada resistencia era relativamente fácil. Hoy no tanto. Hoy hay respuesta. Y no siempre viene en tono diplomático.</p><p>¿Es agradable?No.</p><p>¿Es elegante?Tampoco.</p><p>¿Es sorprendente?En absoluto.</p><p>Es, en muchos sentidos, la consecuencia lógica de haber normalizado durante años una forma de violencia más sutil pero igual de efectiva.</p><p>Porque también fue violencia decir que había que “temerle un poco” al poder.Fue violencia financiar espectáculos políticos con dinero de todos.Fue violencia imponer una única mirada como moralmente superior. Pero como no decía “culo”, no escandalizaba.</p><p>Hoy el lenguaje cambió. Se volvió más crudo. Más directo. Más incómodo. Y de repente, los que durante años ejercieron la agresión desde un pedestal moral descubren algo inesperado: que la violencia también puede volver. Y que no siempre viene con buenos modales. ¿Es esto deseable? Probablemente no. ¿Es comprensible? Bastante más de lo que muchos quieren admitir. Porque las sociedades no cambian de tono por casualidad. Cambian por acumulación.</p><p>Y lo que hoy algunos ven como un exceso, otros lo sienten como una devolución. Como un rebote. Como ese momento incómodo en el que alguien finalmente responde. Quizás con menos elegancia.Pero con más volumen. Y en ese ruido —incómodo, desprolijo, exagerado— hay algo que no se puede ignorar: No es el inicio de algo. Es la consecuencia de mucho.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/OW2CMeRRkUPxnJGhdvKVaesdD8g=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/05/insultos.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>La mirada de Franco Ceruti sobre los insultos y la batalla cultural. De las buenas formas de Macri al caos liberal.]]>
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                                <category term="opinion" label="Opinión" />
                <updated>2026-05-11T23:32:13+00:00</updated>
                <published>2026-05-11T23:30:27+00:00</published>
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            No es Skynet, es Excel caro: la verdad incómoda de la inteligencia artificial
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        <link rel="alternate" href="https://www.newstad.com.ar/no-es-skynet-es-excel-caro-la-verdad-incomoda-de-la-inteligencia-artificial" type="text/html" title="No es Skynet, es Excel caro: la verdad incómoda de la inteligencia artificial" />
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                <![CDATA[Franco Ceruti]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/K9E7VDNIkLxWHTSLCqj5L5Ngy-Y=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/05/ia.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Hay una nueva religión global, una especie de culto moderno donde los gurúes ya no usan túnicas sino hoodies negros y presentan productos en lugar de milagros. Se llama "inteligencia artificial" y promete exactamente lo mismo que todas las religiones exitosas de la historia: salvación, abundancia… y, en este caso, desempleo masivo. Según esta narrativa —repetida con entusiasmo por tecnólogos, empresarios y algún que otro exconductor devenido en futurólogo— en cuestión de meses vamos a ver robots caminando por la calle, haciendo las compras, trabajando en oficinas y, probablemente, escribiendo esta nota mejor que yo. Spoiler: no. O, mejor dicho: no todavía. Y probablemente no en el plazo en el que te lo están vendiendo. Porque lo primero que hay que entender es que la inteligencia artificial, en su estado actual, tiene un pequeño problema: funciona increíblemente bien… dentro de límites muy específicos. Fuera de eso, es como ese compañero que parece brillante hasta que le pedís que piense por sí mismo.</p><p>La IA no tiene ideas. No tiene iniciativa. No sabe cuándo terminó su trabajo. No "piensa" en el sentido humano. Lo que hace —y lo hace muy bien— es reorganizar información existente.</p><p>Es como tener un bibliotecario hiperactivo con acceso a todo internet, pero sin capacidad de crear un libro nuevo. Y sin embargo, el discurso dominante insiste en que estamos a meses de ser reemplazados por máquinas. Que los trabajos de oficina van a desaparecer. Que los robots van a dominar todo. Claro. Y Papá Noel también está tercerizando con drones. Ahora bien, incluso si ignoramos esa limitación fundamental, hay otro detalle bastante incómodo que rara vez aparece en los discursos motivacionales de LinkedIn: la energía.</p><p>La inteligencia artificial consume cantidades obscenas de electricidad. No "mucho". No "bastante". Obscenas.</p><p>Modelos avanzados requieren centros de datos gigantescos que consumen lo mismo que ciudades enteras. Y no, no es una metáfora. Es literal. Cada vez que le preguntás a una IA quién ganó el Mundial del 86, estás utilizando una infraestructura energética digna de una película de ciencia ficción… para obtener un dato que podrías haber googleado en tres segundos. Ahora imaginemos —solo por diversión— el escenario que nos venden: reemplazar millones de trabajos humanos por sistemas de inteligencia artificial funcionando 24/7. ¿De dónde sale esa energía? No sale. No existe. No está. No hay forma física de sostenerlo hoy sin reventar la red eléctrica global o, en el mejor de los casos, convertir el planeta en una parrilla a carbón tamaño Tierra. Pero claro, este pequeño detalle técnico no aparece en las presentaciones. Porque no vende. Lo que sí vende es el miedo. Y el marketing.</p><p>Porque lo que estamos viendo no es solo una revolución tecnológica. Es una campaña de adopción masiva financiada por algunas de las empresas más grandes del planeta.</p><p>Hoy, usar inteligencia artificial es relativamente barato. Sospechosamente barato. ¿Por qué? Porque está subsidiada. Cada consulta que hacés cuesta más de lo que pagás. Bastante más. Es como si cada vez que comprás un café, alguien pusiera plata de su bolsillo para que te salga más barato. No es magia. Es estrategia.</p><p>Primero te acostumbran. Después te cobran.</p><p>Mientras tanto, nos cuentan historias fascinantes. Que una IA "intentó escapar". Que "se volvió peligrosa". Que "hubo que limitarla porque era demasiado poderosa". Curiosamente, esas historias siempre vienen de las mismas personas que venden el producto. Es como preguntarle al dueño de una fábrica de alfajores cuál es la mejor merienda. Y después sorprenderse cuando dice "alfajores". El nivel de objetividad es, digamos, discutible. Pero volvamos a la realidad. Hoy, la inteligencia artificial no está reemplazando a los trabajadores de alta calidad. Al contrario: los está potenciando. Programadores, diseñadores, analistas… todos rinden más usando IA. No desaparecen. Se vuelven más productivos. ¿Y los trabajos repetitivos? Bueno, esos sí podrían verse afectados. Pero nuevamente: no por capacidad tecnológica absoluta, sino por límites físicos y económicos. No alcanza la energía. No cierran los números. Y acá es donde la historia se vuelve aún más interesante. Porque el único escenario realmente viable a gran escala que se está discutiendo es… sacar la inteligencia artificial del planeta. Sí, literal. Proyectos que proponen montar infraestructura en satélites con paneles solares gigantes para alimentar estos sistemas desde el espacio. Porque acá abajo, simplemente, no alcanza.</p><p>Es decir: para que la inteligencia artificial haga todo lo que prometen… hay que mandarla al espacio.</p><p>Tranquilos, seguro eso está a seis meses también. Mientras tanto, seguimos en la Tierra, donde la realidad es bastante menos cinematográfica. La inteligencia artificial sirve. Mucho. Es una herramienta espectacular.</p><p>Pero no es Skynet. No es Terminator. No es el fin del trabajo humano.Es Excel con esteroides.</p><p>Y como toda tecnología sobrevendida, conviene mirar un ejemplo paralelo: el auto eléctrico. Durante años nos dijeron que era el futuro. Limpio, eficiente, perfecto. Y en ciertos contextos, lo es. Pero tiene un pequeño detalle: funciona bien… si no lo usa todo el mundo. Porque si todos tus vecinos cargan el auto eléctrico al mismo tiempo, la red colapsa. Si hace frío, la batería rinde menos. Si viajás, podés terminar esperando horas para cargar. Es decir: funciona perfecto… en el escenario ideal. Exactamente como la inteligencia artificial. La diferencia es que una cosa es una herramienta útil y otra muy distinta es una revolución que va a reemplazar a toda la humanidad en seis meses. Así que la próxima vez que escuches que los robots vienen por tu trabajo, relajate. Primero tienen que conseguir energía suficiente. Después aprender a pensar.&nbsp;</p><p>Y recién ahí… hablamos.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/K9E7VDNIkLxWHTSLCqj5L5Ngy-Y=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/05/ia.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>Primero te acostumbran. Después te cobran. Cómo las empresas subsidian hoy la IA para crear dependencia.]]>
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                                <category term="opinion" label="Opinión" />
                <updated>2026-05-07T14:15:06+00:00</updated>
                <published>2026-05-04T12:19:47+00:00</published>
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            Periodistas o guionistas: quién escribe la realidad en Argentina
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                <![CDATA[Franco Ceruti]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/YtoyVVtzL_E7rJ7bxfD-jJ_mlW8=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/04/franco_1.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>En Argentina, el periodismo tiene una relación peculiar con la realidad. No es que la ignore —sería simplificar demasiado—, más bien la reinterpreta. La edita. La versiona. A veces incluso la adelanta, como quien spoilea una película… pero con un final que después resulta ser otro.</p><p>El caso más emblemático sigue siendo el de 2015. Seis de la tarde, urnas recién cerradas, y Roberto Navarro anunciando con una seguridad admirable —envidiable, incluso— que Daniel Scioli era el nuevo presidente. Sin matices. Sin dudas. Sin red. Horas después, la realidad hizo su entrada triunfal: el ganador era Mauricio Macri. Pero bueno, en ciertos sectores del periodismo la realidad no es un dato: es una sugerencia.</p><p>Después está la economía, ese terreno donde algunos comunicadores logran hazañas conceptuales difíciles de igualar. Como aquella periodista de Crónica TV que explicó, con total convicción, que imprimir billetes en el exterior evitaba generar inflación. Una teoría fascinante: no importa cuánto emitas, lo importante es la dirección del envío. Inflación no, logística monetaria internacional. Un Nobel esperando ser entregado.</p><p>El patrón se repite. Víctor Hugo Morales, por ejemplo, ha construido durante años editoriales donde la emisión no genera inflación y donde cualquier problema económico es, en última instancia, culpa de factores externos, conspiraciones varias o simplemente “los mercados”. La economía como relato épico, donde los números son secundarios y la épica es obligatoria.</p><p>El “dólar futuro” también tuvo su momento de gloria mediática. En su momento, fue presentado por algunos como una herramienta casi técnica, inofensiva. Tiempo después, el tema escaló a niveles judiciales y dejó de ser tan simpático. Pero para entonces, el daño narrativo ya estaba hecho.</p><p>La muerte de Nisman, por su parte, fue el festival del apuro. En cuestión de horas, algunos periodistas ya habían decidido qué había pasado, cómo y por qué. La investigación podía esperar; la opinión no. Total, después si hay que corregir, se corrige… o no.</p><p>Durante la pandemia, la precisión tampoco fue una prioridad. Se afirmaron certezas donde había dudas globales, se pontificó sobre vacunas, contagios y escenarios como si fueran verdades absolutas. El “no sabemos” nunca fue una opción atractiva frente a la necesidad de llenar horas de aire.</p><p>Y si hablamos de economía en televisión, el nivel de confusión a veces roza lo experimental. Inflación mensual mezclada con anual, reservas brutas confundidas con netas, análisis que parecen más un ejercicio de improvisación que un intento serio de informar. Pero se dice con seguridad, que es lo importante.</p><p>Ahora bien, el caso más interesante —y más actual— es otro. El de Manuel Adorni.</p><p>En las últimas semanas, buena parte del periodismo decidió convertir su vida personal en una especie de reality show: que reformó el baño, que pidió una hipoteca, que se compró un departamento, que desayuna tostadas. Un seguimiento casi obsesivo de detalles irrelevantes, presentado como si estuviéramos frente a una investigación de alto impacto.</p><p>Pero en ese intento por construir sospecha donde hay rutina, se escapa un detalle incómodo: si Adorni estuviera realmente robando del Estado, como tantas veces vimos en la política argentina, probablemente no estaría pidiendo una hipoteca para comprarse una propiedad.</p><p>Ese pequeño dato —casi insignificante en medio del show— destruye toda la narrativa.</p><p>Pero claro, eso no genera rating.</p><p>Porque el problema no es el error. El problema es la intención de instalar una idea, aunque la realidad vaya en sentido contrario. Es la construcción sistemática de relatos donde los hechos son maleables y la coherencia, opcional.</p><p>Y así llegamos a un punto donde el periodismo ya no solo informa mal: informa en función de lo que necesita que sea cierto.</p><p>El resultado es una especie de ficción colectiva, donde el dato importa menos que el encuadre, y la verdad es apenas una variable más dentro del guion.</p><p>Y en ese contexto, la desconfianza crece.</p><p>No por casualidad.No por campaña.Por acumulación.</p><p>Porque cuando los errores siempre apuntan para el mismo lado, dejan de ser errores.</p><p>Y pasan a ser otra cosa.</p><p>Algo más estructural. Más intencional. Más difícil de ignorar.</p><p>Por eso, quizás, cada vez más gente empieza a mirar al periodismo con una mezcla de escepticismo y cansancio.</p><p>Y en ese clima, empieza a resonar una frase incómoda, provocadora, exagerada si se quiere… pero cada vez menos ajena:</p><p>Como dice el presidente Milei, no odiamos lo suficiente a los periodistas.</p><p>&nbsp;</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/YtoyVVtzL_E7rJ7bxfD-jJ_mlW8=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/04/franco_1.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>Casos emblemáticos muestran cómo la urgencia por opinar muchas veces reemplaza a la necesidad de verificar.]]>
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                                <category term="opinion" label="Opinión" />
                <updated>2026-04-24T09:05:07+00:00</updated>
                <published>2026-04-24T09:04:40+00:00</published>
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            No fue magia: fue política… y ahora la jubilación no alcanza
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        <author>
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                <![CDATA[Franco Ceruti]]>
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        </author>
        
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/1Syx8o30-rpsLHXjX9m8ikiocHc=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/04/jubilaciones.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Hay una pregunta que aparece siempre, como el impuesto inflacionario o el discurso de campaña reciclado: ¿por qué los jubilados en Argentina cobran tan poco? Y la respuesta, aunque incómoda, tiene menos misterio que un truco de magia explicado paso a paso. Lo curioso no es el resultado. Lo verdaderamente fascinante es la cantidad de gente sorprendida por él.</p><p>Porque el sistema jubilatorio argentino no colapsó de un día para el otro. No fue un accidente. Fue una obra colectiva. Una especie de “trabajo en equipo” entre políticos creativos y ciudadanos entusiastas que aplaudieron cada decisión… hasta que llegó el recibo.</p><p>Empecemos por una escena clásica.</p><p>Si un jubilado hoy te dice que no llega a fin de mes, probá con una pregunta incómoda:—¿Usted disfrutó del fútbol gratis?Si responde que sí, podés darle la noticia: no era gratis. Nunca lo fue. Lo está pagando ahora. En cuotas. Con intereses. Y sin posibilidad de refinanciación.</p><p>Pero eso es apenas la superficie.</p><p>El verdadero golpe estructural vino en 2008, cuando el Estado decidió que los fondos de las AFJP —es decir, los ahorros previsionales privados de millones de personas— eran demasiado tentadores como para dejarlos en manos ajenas. Entonces hizo lo que cualquier gobierno con vocación de corto plazo haría: los absorbió. Más de 30.000 millones de dólares pasaron mágicamente a la órbita estatal con la promesa de un sistema más justo, más solidario, más… bueno, más todo.</p><p>El problema es que ese “todo” incluía también gastar.</p><p>Porque ese dinero, lejos de ser preservado como un fondo previsional, empezó a financiar de todo: déficit fiscal, programas políticos, parches económicos y, por supuesto, la ilusión de que la fiesta podía durar para siempre.</p><p>Ahora bien, hagamos un ejercicio incómodo.</p><p>Si esos fondos hubieran permanecido invertidos, con un rendimiento moderado —digamos un 4% o 5% anual en dólares, algo bastante conservador a largo plazo— hoy el capital acumulado sería sustancialmente mayor. Traducido a ingresos: un jubilado promedio podría estar cobrando fácilmente entre 800 y 1500 dólares mensuales, dependiendo de sus aportes y del rendimiento acumulado.</p><p>Pero claro, eso implicaba algo casi revolucionario en Argentina: no tocar la caja.</p><p>Sigamos.</p><p>En 2010 apareció otra joya del realismo mágico económico: el famoso 82% móvil. Una ley que buscaba que las jubilaciones mínimas representaran el 82% del salario mínimo. Sonaba lógico. Sonaba justo. Sonaba… caro.</p><p>¿Y qué pasó?</p><p>Fue vetada el 14 de octubre de 2010 por Cristina Fernández de Kirchner, la misma que hoy, desde la comodidad de su celda lujosa y vía Twitter, se desgarra en una seguidilla de insufribles “che Milei” fingiendo una preocupación repentina por los jubilados.</p><p>Porque claro, en aquel momento la cuenta no cerraba. Pero hoy, con el diario del lunes y sin la lapicera en la mano, la sensibilidad social florece con una facilidad admirable.</p><p>Y como todo buen sistema que ya venía tambaleando, llegó el golpe final: las moratorias previsionales.</p><p>Durante años, se incorporaron millones de personas al sistema jubilatorio sin los aportes correspondientes. Se estima que más de 3 millones de jubilaciones se otorgaron bajo este esquema. Es decir, personas que no habían contribuido lo suficiente —o directamente nada— pasaron a cobrar como si lo hubieran hecho.</p><p>¿El resultado? Un sistema donde cada vez hay más beneficiarios y menos aportantes reales.</p><p>Una ecuación que ni el más optimista de los economistas podría defender sin sonrojarse.</p><p>Pero lo importante, una vez más, fue el aplauso.</p><p>Porque en el corto plazo, todo funcionaba. Más gente cobrando. Más consumo. Más sensación de inclusión. ¿El financiamiento? Un detalle técnico. Algo para discutir más adelante. Bueno… este es “más adelante”.</p><p>Hoy el sistema jubilatorio argentino es una estructura sostenida con alfileres, donde los que aportaron reciben poco, los que no aportaron reciben igual, y el Estado hace malabares para que todo no se desmorone completamente.</p><p>Y en medio de todo esto, aparece la queja.</p><p>El jubilado que no llega a fin de mes. Que tiene razón. Absolutamente.</p><p>Pero también aparece una pregunta incómoda: ¿cuánto de este presente fue celebrado en su momento?</p><p>Porque el problema no es solo económico. Es cultural.</p><p>Durante años, se premió la viveza, el atajo, la solución mágica. Se votaron políticas inviables, se aplaudieron medidas insostenibles y se creyó —con una fe casi religiosa— que alguien más iba a pagar la cuenta.</p><p>Spoiler: ese alguien era el futuro.</p><p>Y el futuro llegó. Con recibo.</p><p>Por eso, la situación actual no es una tragedia inesperada. Es una consecuencia lógica de decisiones acumuladas. Decisiones políticas, sí. Pero también sociales.</p><p>Y acá viene la parte más incómoda de todas.</p><p>Porque el jubilado argentino de hoy se parece, en cierto sentido, a alguien que se queja del resultado sin hacerse cargo del proceso. Se indigna por lo que cobra —con razón— pero rara vez revisa qué apoyó, qué votó o qué celebró cuando esas decisiones se tomaban.</p><p>No es una cuestión de culpas individuales. Es algo más amplio.</p><p>Pero tampoco es completamente ajeno.</p><p>Porque al final del día, el sistema no se destruyó solo.</p><p>Se aplaudió.Se votó.Se defendió.</p><p>Y ahora… llegó el momento de pagar.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/1Syx8o30-rpsLHXjX9m8ikiocHc=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/04/jubilaciones.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>Un recorrido por las decisiones políticas y sociales que llevaron al deterioro del sistema previsional argentino.]]>
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                                <category term="opinion" label="Opinión" />
                <updated>2026-04-16T13:38:11+00:00</updated>
                <published>2026-04-16T13:38:02+00:00</published>
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            Hablan de derechos, pero te castigan por usarlos: la trampa progresista
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        <link rel="alternate" href="https://www.newstad.com.ar/hablan-de-derechos-pero-te-castigan-por-usarlos-la-trampa-progresista" type="text/html" title="Hablan de derechos, pero te castigan por usarlos: la trampa progresista" />
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                <![CDATA[Franco Ceruti]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/ijKUcYBLMwOj7dmxwjmJtyUn7CI=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/04/franco.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Hay algo profundamente irónico —y peligrosamente ridículo— en ver cómo quienes se autoproclaman defensores de derechos terminan convirtiéndose en administradores del silencio. El progresismo, ese movimiento que alguna vez se vendió como la vanguardia de la libertad, parece haber desarrollado una curiosa alergia a la libertad de expresión… siempre y cuando esa expresión no coincida con su catecismo.</p><p>Porque de eso se trata, en el fondo: no de ampliar derechos, sino de delimitar cuidadosamente cuáles son aceptables y cuáles deben ser castigados. Una especie de libertad con manual de instrucciones. Una libertad condicionada. Una libertad, en definitiva, bastante poco libre.</p><p>Tomemos un caso emblemático en Argentina: la sacralización de una cifra. Los “30.000 desaparecidos”. Un número que, más allá de su carga simbólica y política, ha sido elevado a la categoría de verdad indiscutible. Tanto, que cuestionarlo —no negarlo, cuestionarlo— puede derivar en sanciones, multas o escraches públicos. Durante la gestión de María Eugenia Vidal en la provincia de Buenos Aires, por ejemplo, se impulsaron normativas que abrían la puerta a sancionar expresiones consideradas negacionistas en el ámbito educativo.</p><p>El mensaje es claro: hay temas que no se discuten. No porque estén completamente saldados desde el punto de vista histórico, sino porque han sido blindados políticamente. Y ahí es donde la cosa se pone incómoda. Porque cuando una sociedad deja de debatir por miedo a la sanción, deja de ser una sociedad libre para convertirse en una donde el consenso se impone por coerción, no por convicción.</p><p>Pero no hace falta quedarse en Argentina para ver este fenómeno. En Brasil, el caso de una abogada que realizó un gesto imitando a un chimpancé en una discusión se convirtió rápidamente en un escándalo judicial, con pedidos de prisión incluidos. Más allá de lo desagradable o repudiable del gesto, la pregunta incómoda es otra: ¿desde cuándo la estupidez es un delito penal?</p><p>Porque ese es el punto. No se trata de defender el contenido de ciertas expresiones —muchas son ofensivas, desagradables o directamente idiotas— sino de defender el principio de que el Estado no puede convertirse en árbitro de lo que se puede o no decir sin abrir la puerta a abusos mucho más graves.</p><p>Y ejemplos sobran.</p><p>En distintos países occidentales, se han multiplicado los casos de personas sancionadas, multadas o incluso detenidas por comentarios en redes sociales. En algunos lugares de Europa, hacer chistes considerados ofensivos puede derivar en consecuencias legales. En Canadá y el Reino Unido, hay antecedentes de investigaciones policiales por “discursos de odio” que incluyen desde opiniones polémicas hasta comentarios irónicos mal interpretados.</p><p>El problema no es solo jurídico. Es cultural.</p><p>Se ha instalado la idea de que ciertas sensibilidades deben ser protegidas por ley. Que el derecho a no sentirse ofendido está por encima del derecho a expresarse. Y eso, llevado al extremo, convierte a la sociedad en una especie de campo minado donde cualquier palabra puede detonar consecuencias.</p><p>Pero lo más contradictorio es que esta lógica convive con un discurso permanente sobre la igualdad.</p><p>Porque si algo queda claro en este esquema es que no todos son iguales ante la ley. Hay discursos permitidos y discursos prohibidos. Hay personas que pueden decir ciertas cosas y otras que no. Hay ideologías que gozan de protección y otras que son directamente penalizadas.</p><p>La igualdad, entonces, deja de ser un principio para convertirse en una herramienta selectiva.</p><p>Y eso es profundamente peligroso.</p><p>Porque cuando la ley deja de ser neutral y empieza a reflejar preferencias ideológicas, deja de ser ley en el sentido pleno. Pasa a ser otra cosa: un instrumento de disciplinamiento.</p><p>Y la historia —esa que algunos quieren convertir en intocable— está llena de ejemplos de cómo termina eso.</p><p>La defensa de la libertad de expresión no es una defensa de lo agradable, ni de lo correcto, ni de lo políticamente conveniente. Es, justamente, la defensa de lo incómodo. De lo que molesta. De lo que incomoda al poder, sea del signo que sea.</p><p>Porque si solo podemos decir lo que está permitido, entonces no estamos hablando de libertad.</p><p>Estamos hablando de permiso.</p><p>Y lo mismo aplica a la igualdad ante la ley. No puede ser un principio flexible, adaptable según quién habla o qué dice. O somos todos iguales, o no lo es nadie.</p><p>Perder cualquiera de estas dos cosas —la libertad de expresión o la igualdad ante la ley— no es un detalle menor. Es el inicio de algo mucho más serio.</p><p>Y lo más irónico de todo es que ese camino suele empezar con gente convencida de que está haciendo exactamente lo contrario.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/ijKUcYBLMwOj7dmxwjmJtyUn7CI=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/04/franco.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>Cuando el disenso se penaliza, la discusión deja de ser libre y pasa a ser controlada.]]>
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                                <category term="opinion" label="Opinión" />
                <updated>2026-04-13T19:30:09+00:00</updated>
                <published>2026-04-07T12:45:31+00:00</published>
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            Espejito, espejito: cómo Cristina pasó de reina del poder a eco en X
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        <link rel="alternate" href="https://www.newstad.com.ar/espejito-espejito-como-cristina-paso-de-reina-del-poder-a-eco-en-x" type="text/html" title="Espejito, espejito: cómo Cristina pasó de reina del poder a eco en X" />
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        <author>
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                <![CDATA[Franco Ceruti]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/nrsU5zF_Tn7_kZ3wG4NxHUfwxxo=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/03/cristina.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Hay algo fascinante —casi poético, si uno tiene estómago para ese tipo de ironías— en ver cómo ciertos liderazgos que alguna vez se autopercibieron eternos terminan reducidos a una versión doméstica de sí mismos. Como esas figuras que pasan de ocupar el centro del escenario a comentar la obra desde un costado, intentando convencerse —y convencernos— de que todavía son protagonistas.</p><p>En esta versión criolla del relato, Cristina Fernández de Kirchner parece haberse convertido en una especie de figura atrapada en su propio castillo narrativo. No uno de piedra medieval, claro, sino uno mucho más frágil: el de su propia construcción discursiva. Desde allí, cada tanto, abre la ventana —o más bien Twitter— y lanza sus ya característicos “che Milei”, como si todavía estuviera en condiciones de marcar el ritmo de una música que ya no dirige.</p><p>La escena tiene algo de tragicomedia. La ex figura central del poder argentino hoy ensaya una versión comentada de la política, como si estuviera reaccionando a un programa que ya no conduce. Opina de todo. Interpreta todo. Se adjudica todo. Incluso lo que no le pertenece.</p><p>El caso YPF es un ejemplo casi perfecto de esta gimnasia narrativa. Intentar apropiarse de un resultado que responde a decisiones actuales es como llegar tarde a una obra, subirse al escenario en el último acto y reclamar los aplausos. Una mezcla incómoda entre memoria selectiva y necesidad urgente de seguir siendo relevante.</p><p>Y es en este punto donde la imagen de la reina malvada de Blancanieves encaja con una precisión incómoda.</p><p>Porque durante años, Cristina no necesitaba preguntarle nada a ningún espejo. Era, sin discusión, la figura central del reino político. Pero cuando ese lugar empieza a desvanecerse, aparece la duda. Y con ella, la necesidad de confirmación constante.</p><p>“Espejito, espejito… ¿quién es la más poderosa del reino?”</p><p>Hoy, ese espejo ya no responde lo mismo. O peor: responde otra cosa.</p><p>Y entonces llegan los tweets. Los “che Milei” funcionan como esa pregunta repetida, insistente, casi desesperada. No para interpelar al otro, sino para reafirmarse a sí misma. Como si nombrar al nuevo protagonista pudiera devolverle el lugar perdido.</p><p>Pero el espejo no miente. Y la realidad tampoco.</p><p>Mientras tanto, la Argentina real —la que no vive en relatos ni en nostalgias— sigue avanzando, con cambios económicos bruscos, tensiones sociales y una reconfiguración política que ya no gira alrededor de las mismas figuras. Un país incómodo, en movimiento, donde el protagonismo no se declama: se ejerce. Y cuando no se ejerce, se pierde.</p><p>Pero desde el castillo, la voz insiste.</p><p>“Che Milei…”</p><p>Otra vez.</p><p>Como si el eco pudiera reemplazar al poder.</p><p>Y ahí es donde la escena deja de ser irónica y pasa a ser evidente.</p><p>Porque ya no estamos viendo a alguien ejerciendo poder, sino a alguien recordándolo en voz alta.</p><p>Y eso nunca termina bien.</p><p>Cristina no es ya la reina en el trono. Ni siquiera la villana en pleno poder. Es, en todo caso, su propio nombre escrito en la arena.</p><p>Durante años, ese nombre fue enorme. Ocupó todo. Tapó todo. Parecía imposible de borrar.</p><p>Pero ahora vienen las olas.</p><p>Primero una. Después otra. Y otra más.</p><p>Y con cada avance del agua, las letras se desdibujan un poco más. Ya no tienen la misma fuerza. Ya no se leen igual. Ya no imponen.</p><p>Hasta que en algún momento —no con estruendo, sino con la naturalidad de lo inevitable— dejan de estar.</p><p>Y lo único que queda es la arena.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/nrsU5zF_Tn7_kZ3wG4NxHUfwxxo=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/03/cristina.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>Entre ironía y desgaste, el intento de sostener relevancia en un contexto que ya cambió de protagonistas.]]>
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                                <category term="opinion" label="Opinión" />
                <updated>2026-04-13T19:30:09+00:00</updated>
                <published>2026-03-31T13:29:12+00:00</published>
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            Predican igualdad, ignoran dictaduras: el doble estándar de la izquierda al desnudo
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        <link rel="alternate" href="https://www.newstad.com.ar/predican-igualdad-ignoran-dictaduras-el-doble-estandar-de-la-izquierda-al-desnudo" type="text/html" title="Predican igualdad, ignoran dictaduras: el doble estándar de la izquierda al desnudo" />
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        <author>
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                <![CDATA[Franco Ceruti]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/jToNsGqXr6_gyMRWfLI1Oyyedfg=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/03/politica.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>En algún punto entre la indignación selectiva y el teatro ideológico, la izquierda decidió que no solo tenía razón, sino que además tenía altura moral. Así nació ese artefacto invisible, inmaterial pero sorprendentemente concurrido: el famoso “atril moral”. Una estructura imaginaria desde la cual se reparte superioridad ética con la misma liviandad con la que se ignora la historia.</p><p>Porque subirse ahí es gratis. Lo que sale caro —carísimo— es lo que hay debajo.</p><p>Y debajo hay números. Números incómodos. Números que no entran bien en pancartas.</p><p>Stalin, por ejemplo, no fue un malentendido histórico ni un líder “complejo”. Fue responsable, según múltiples historiadores, de entre 6 y 20 millones de muertes: purgas políticas, ejecuciones, gulags y hambrunas provocadas por decisiones deliberadas. Mao Zedong, en una escala aún más grotesca, acumuló entre 30 y 45 millones de muertos, principalmente durante el Gran Salto Adelante, una política tan desastrosa que convirtió el hambre en política pública sistemática.</p><p>Pero desde el atril moral, esto se archiva como si fueran notas al pie. Detalles. Imperfecciones del experimento. Como si estuviéramos evaluando un software con bugs y no regímenes que trituraron vidas humanas a escala industrial.</p><p>Y si el pasado incomoda, el presente directamente molesta.</p><p>Corea del Norte no es un país: es una prisión con bandera. Un lugar donde la libertad no es un derecho, sino una idea peligrosa. Donde tres generaciones pueden ser castigadas por el “delito” de pensar distinto. Donde el hambre no es consecuencia, sino herramienta.</p><p>Venezuela, mientras tanto, pasó de potencia regional a caso de estudio del colapso: inflación descontrolada, pobreza estructural, presos políticos y millones de personas huyendo. Pero desde el atril, todavía hay quienes hablan de “bloqueos” con la misma convicción con la que ignoran la devastación interna.</p><p>Cuba completa el cuadro con su museo viviente de la revolución: autos de los años 50, discursos de los años 60 y libertades del siglo XIX. Disentir sigue teniendo costo. Pensar distinto, también.</p><p>Pero nada de esto parece afectar demasiado la estabilidad del atril moral. Porque no está hecho de hechos. Está hecho de relato.</p><p>Y cuando el relato empieza a hacer agua, aparece el giro más grotesco de todos: la defensa —explícita, implícita o vergonzosamente tibia— de regímenes como el de Irán.</p><p>Sí, Irán. Donde, curiosamente, muchos de los que gritan “patriarcado” en Occidente hacen un silencio digno de biblioteca cuando miran hacia Teherán.</p><p>Hoy, sectores de la izquierda son capaces de justificar o relativizar ese régimen sin que se les mueva un músculo, como si la opresión dependiera del código postal.</p><p>Porque en Irán, las mujeres no solo enfrentan desigualdad. Enfrentan un sistema diseñado para limitar cada aspecto de su vida. Por ejemplo:</p><p>• No pueden elegir libremente su vestimenta: el uso del hiyab es obligatorio, y mostrar el cabello puede implicar multas, detenciones o agresiones por parte de la “policía de la moral”.• No pueden circular con total libertad: pueden ser detenidas en la vía pública por cómo están vestidas o por comportamientos considerados “inapropiados”.• No tienen igualdad en tribunales: en muchos casos, el testimonio de una mujer vale la mitad que el de un hombre.• No pueden divorciarse en igualdad de condiciones: los hombres tienen muchas más facilidades legales para hacerlo.• Pueden perder la custodia de sus hijos automáticamente bajo ciertas circunstancias legales.• Necesitan autorización del esposo para obtener un pasaporte o viajar al exterior.• Tienen restricciones para acceder a ciertos trabajos o cargos públicos.• No pueden asistir libremente a eventos deportivos en estadios en igualdad de condiciones.• Están sujetas a castigos por “delitos morales”, que pueden incluir desde multas hasta penas más severas.• Su autonomía personal está condicionada por un entramado legal que las considera, en muchos aspectos, ciudadanas de segunda.</p><p>Y aun así, desde el atril moral, hay quienes encuentran la manera de explicar, contextualizar o directamente mirar para otro lado. Porque al parecer, la opresión no es un problema universal: es un recurso narrativo.</p><p>Ese es el truco. Ese es el corazón del asunto.</p><p>El atril moral no está construido sobre principios. Está construido sobre conveniencia. Sobre a quién criticar y a quién perdonar. Sobre qué víctimas importan y cuáles son incómodas.</p><p>No es una cuestión de ignorancia. Es una elección activa.</p><p>Y por eso el atril moral de la izquierda no solo es invisible. Es inexistente. Es una ficción sostenida por doble vara, por omisiones deliberadas y por una necesidad casi desesperada de sentirse moralmente superior mientras se pisa un suelo lleno de contradicciones.</p><p>Pero lo más interesante —lo verdaderamente irónico— es que cuanto más alto creen estar, más evidente se vuelve que no hay nada debajo.</p><p>Ni atril.</p><p>Ni altura.</p><p>Ni moral.</p><p>Solo gente hablando desde el aire… y esperando que nadie mire hacia abajo.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/jToNsGqXr6_gyMRWfLI1Oyyedfg=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/03/politica.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>Un recorrido incómodo por las contradicciones ideológicas que marcan el debate global actual.]]>
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                                <category term="opinion" label="Opinión" />
                <updated>2026-04-13T19:30:09+00:00</updated>
                <published>2026-03-24T03:15:00+00:00</published>
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        <title>
            Inflación, relato y amnesia: manual rápido de la discusión eterna
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        <author>
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                <![CDATA[Franco Ceruti]]>
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        </author>
        
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/2lJAoNv7jtmDzCOmiuXP-IShCrk=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/03/tato.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Yo soy un hombre sencillo. Prendo la televisión y escucho a los kirchneristas decir que Milei está arruinando el país. Y ahí me agarra la duda existencial: ¿cómo se puede arruinar algo que ya estaba arruinado cuando se fue Alberto Fernández?</p><p>Porque yo recuerdo —tengo memoria frágil pero no tanto— que cuando terminó el gobierno anterior había inflación de tres dígitos, reservas en terapia intensiva y el dólar haciendo crossfit. Entonces me pregunto: si el país estaba roto… ¿lo están rompiendo o lo están barriendo?</p><p>Ante semejante confusión, salgo corriendo a ver a un economista serio. Me recibe —pongamos— Carlos Melconian, que tiene cara de haber visto más balances que yo facturas de luz.</p><p>—Decime una cosa —le digo—, ¿el país estaba arruinado o lo están arruinando ahora?</p><p>Me mira, suspira, acomoda los anteojos y me dice:</p><p>—Estaba arruinado. Ahora están intentando ordenarlo, pero fíjate que en mi ejemplo de los fideos con tuco…</p><p>—Ah… —lo interrumpo—. O sea que estaba en llamas y ahora están discutiendo si el balde es rojo o azul.</p><p>Lo dejo rezongando solo y como soy inquieto, me voy al Congreso. Encuentro a mi queridísimo amigo Juan Grabois plantando perejil en el piso de su nueva banca. Agricultura parlamentaria.</p><p>—Tato, dejamos un país maravilloso.</p><p>—¿Maravilloso?</p><p>—Popular, inclusivo, solidario. Solo falta la reforma agraria, y me señala el perejil que aúnno nació.</p><p>—Pero eso son ideas viejas que no funcionaron, de la U.R.S.S. de 1917.</p><p>—¡No te voy a permitir Tato! ¡Esto es totalmente distinto! -me grita mientras sacude la cabeza y el olor a repasador húmedo nos invade-.</p><p>Miro alrededor: asesores que no asesoran, diputados que votan sin leer, micrófonos que no funcionan.</p><p>Si eso es maravilloso, Disney es una unidad básica.</p><p>Salgo corriendo del congreso y en la calle me cruzo con un gordo que lo transportaban en un camastro cual rey egipcio, era Mayans, que llevándose una uva a la boca me grita:</p><p>—Están vendiendo la patria —me grita.</p><p>Yo pienso: hace décadas que la patria está en liquidación, en 24 cuotas y sin interés.</p><p>Salgo despavorido ante semejante imagen de realeza egipcia, y me voy a San José 1111. Me recibe la señora con la tobillera titilando como faro institucional de la década ganada.</p><p>—El país quedó muy bien —me dice.</p><p>—Pero la inflación…</p><p>—No creas todo lo que leés.</p><p>—Pero usted era vicepresidenta…</p><p>—Yo estaba, pero no estaba. Estaba espiritualmente.</p><p>Me explica que la inflación la inventó Milei en una servilleta el primer día de gobierno y que antes los precios subían por amor.</p><p>Confundido, intento ir a los archivos de Clarín a chequear cuánto era la inflación durante su gobierno, pero en la puerta me dicen que hoy no atienden memorias selectivas. Así que salgo con más dudas que certezas.</p><p>Paso por Constitución y un empresario histórico me susurra:</p><p>—Tato, antes todo era más simple. Le vendíamos al Estado al doble y todos contentos. Ahora compiten precios… ¡Esto no respeta las tradiciones!</p><p>Y se pierde entre bocinazos mientras 3 travestis en una esquina le ofrecen servicios.</p><p>Desesperanzado, me voy a Puerto Madero a ver a mi amigo Alberto. Me recibe cantando la chacarera de las tragedias globales.</p><p>—¡Primera! Pandemia, guerra, sequía…</p><p>Si aparecía un meteorito también lo anotaba en el Excel.</p><p>—Pero la gente estaba mejor conmigo Tato —me asegura mientras le da un golpe a un gato que intentaba tomarle el güisqui.</p><p>Claro. Tanto mejor que votó cambio por demolición -le digo- Y siento que los ojos se me dan vuelta como tragamonedas sin premio.</p><p>Me marcho, mientras el grita: ¡Segunda! Y trata de meter el meteorito que extinguió a los dinosaurios en su mandato…</p><p>Sigo hasta la Villa 31.</p><p>—Este es el mejor país del mundo —me dice un vecino—. El plan aumentó 500%.</p><p>—¿Y la inflación acumulada?</p><p>—200%, es alta, pero nosotros resistimos con aguante.</p><p>—Pero aumentaron mucho los servicios -le digo- ¿Y la luz?</p><p>—La pagan los giles formales Tato, nosotros en la villa tenemos los servicios subsidiados.</p><p>Ahí entendí el nuevo pacto social: unos producen, otros resisten.</p><p>Ya con la lengua por las rodillas me voy a Casa Rosada. Karina no me atiende porque está ocupada con cuestiones doméstico-estratégicas, estaba consolando a Adorni que lloraba porque se fue de viaje con la mujer. Entonces, buscando un poco de datos, me cruzo a hablar con Caputo.</p><p>—¿Estaba arruinado o lo están arruinando?</p><p>— Pero Tato, —me dice Caputo— mirá los números: superávit fiscal después de años de déficit crónico, inflación mensual bajando desde el pico heredado, brecha cambiaria reducida, riesgo país retrocediendo desde máximos, exportaciones energéticas creciendo, la economía creció 4,4%…</p><p>Me tira tantos datos que salgo con vértigo estadístico.</p><p>Ya huyendo paso por el Congreso y veo a Nancy Pazos encadenada a un ñoqui de la municipalidad de Quilmes. Gritando por los derechos laborales, tratando de no pisarse una goma. Y a otra periodista con un apellido parecido a Catedral gritándole desde la esquina que la obligo a facturar, y la despidió sin indemnización. La revolución es freelance.</p><p>Salgo de la vorágine de capital y viajo a La Plata donde me recibe Axel tomando mate bajo la sombra de un perejil que plantó Grabois.</p><p>—¿Sabés qué pasa? —me dice el gobernador—. Me quieren reemplazar, a mí que soy el mejor gobernador de la historia de la provincia de Buenos Aires, a mí que nunca en mi vida agarréun libro.</p><p>—Pero la provincia debe miles de millones por decisiones pasadas…</p><p>—Difamación neoliberal —responde, mientras firma papeles con épica académica.</p><p>Es maravilloso: la deuda es un invento óptico.</p><p>Decido volver a Capital porque razonar con el gobernador no se “pudio”. Y en una esquina me cruzo al gordo D’Elía quien a los gritos me explica que todo es culpa del sionismo interplanetario. Ya no pregunto nada. Asiento por reflejo defensivo, y lo dejo gritando que Irán es la mejor democracia de la galaxia.</p><p>Por último, entro a una cueva de la city a ver a mi amigo José Beto “La Posta”, que mientras me sirve un vermut me dice:</p><p>— Cada argentino tira para su quintita. Este país es un manicomio a cielo abierto, dirigido por sus propios internos.</p><p>Y ahí me cae la ficha.</p><p>Si estaba arruinado, nadie fue.</p><p>Si lo están arruinando ahora, tampoco nadie fue.</p><p>Si la inflación empezó ayer, entonces los precios subían por entusiasmo patriótico.</p><p>En la Argentina el pasado no existe, el presente es culpa del otro y el futuro es un PowerPoint.</p><p>Yo no entiendo nada.</p><p>Pero algo sí sé: en este país todos son oposición… incluso cuando gobiernan.</p><p>Vermut con papas fritas.</p><p>Y good show.</p><p>Homenaje al eterno Tato Bores.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/2lJAoNv7jtmDzCOmiuXP-IShCrk=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/03/tato.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>Entre números, excusas y relatos, el pasado desaparece y todo vuelve a empezar.]]>
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                                <category term="opinion" label="Opinión" />
                <updated>2026-04-13T19:30:09+00:00</updated>
                <published>2026-03-17T05:13:28+00:00</published>
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            Se busca culpable: que tenga empresa propia
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                <![CDATA[Franco Ceruti]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/LX9QYrnWvLhFoJLBYqSEa62sVog=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/02/franco.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Hay historias que parecen escritas por un guionista con resaca y vocación por el absurdo. El caso del restaurante Piegari entra cómodamente en esa categoría. Un mozo que cobraba alrededor de 100 mil pesos terminó ganando un juicio laboral por una cifra cercana a los 200 millones. Sí, leyó bien: 200 millones. Es decir, el equivalente a más de 166 años de sueldo. Ni Matusalén con delantal y bandeja habría alcanzado a justificar semejante indemnización.</p><p>La lógica indicaría que una compensación busca reparar un daño, no financiar una dinastía. Pero en la Argentina creativa, la matemática es una rama opcional del derecho laboral. Entre multas, punitorios, intereses, actualizaciones e imaginación militante, el número final se convierte en una obra de arte abstracto. Y como toda obra contemporánea, nadie la entiende del todo, pero muchos la aplauden por compromiso ideológico.</p><p>Mientras tanto, cruzando el charco, en ese pequeño experimento racional llamado Uruguay, el monto máximo de indemnización por despido equivale a seis sueldos. Seis. No seiscientos. No seis generaciones. Seis. El empresario uruguayo, con ese límite claro, puede calcular riesgos, proyectar inversiones, tomar decisiones. Sabe que, si algo sale mal, el costo es previsible. La previsibilidad, ese concepto exótico que en Argentina se estudia como si fuera mitología nórdica.</p><p>Aquí, en cambio, el mensaje es cristalino: contratar es una actividad de alto riesgo, casi un deporte extremo. No se necesita casco; se necesita abogado. Porque el verdadero problema no es el conflicto puntual, sino el clima. Ese aire espeso donde cualquier empleador es sospechoso por definición y cualquier empleado, una víctima en potencia canonizada antes del juicio.</p><p>Y en ese caldo cultural florecen las fantasías. Últimamente se han publicado advertencias apocalípticas sobre la reforma laboral: que nos obligarán a trabajar 12 horas por día, que el salario se pagará en fideos, que el descanso semanal será reemplazado por una palmada motivacional. La creatividad del miedo no tiene techo. Si mañana alguien propone simplificar un trámite, habrá quien anuncie el retorno del feudalismo con convenio colectivo y látigo simbólico.</p><p>Se instala así una narrativa cómoda: el empresario es un villano de caricatura que se despierta cada mañana preguntándose a quién explotar antes del café. No importa que la mayoría de las empresas en Argentina sean pymes que sobreviven a fuerza de crédito caro, impuestos asfixiantes y reglas cambiantes. No importa que muchos dueños trabajen más horas que sus empleados, y pongan en juego su patrimonio personal. El empresario, para cierto catecismo ideológico, es culpable hasta que se demuestre lo contrario. Y a veces incluso después.</p><p>Lo curioso es que la economía no funciona con consignas, sino con incentivos. Un país necesita empresas. Necesita que exporten, que generen dólares, que inviertan, que innoven. Necesita que ganen dinero. Sí, ganen. Esa palabra que provoca urticaria en algunos sectores. Porque cuando una empresa gana, no es solo el dueño quien sonríe: hay salarios, proveedores, impuestos, logística, servicios, cadenas enteras que se mueven. La rentabilidad no es un pecado capital; es el combustible del sistema productivo.</p><p>Sin empresas competitivas no hay exportaciones sólidas. Sin exportaciones no hay divisas. Sin divisas, el país entra en esa rueda conocida de crisis cambiaria, inflación y empobrecimiento generalizado. Pero es más sencillo culpar al “empresario malo” que revisar un marco legal que convierte cada contratación en una ruleta rusa con toga.</p><p>La simplificación moral —todos los empresarios son malvados, todos los empleados son carmelitas descalzas— es intelectualmente cómoda y económicamente desastrosa. Hay empresarios honestos y empresarios sin escrúpulos. Hay empleados comprometidos y empleados oportunistas. Como en cualquier grupo humano. La condición moral no viene adherida al CUIT ni al recibo de sueldo.</p><p>El odio sistemático hacia quien invierte y arriesga no construye justicia social; construye desconfianza. Y la desconfianza es el impuesto invisible más caro de todos. La envidia, convertida en política pública, sello de los gobiernos Kirchneristas, no genera prosperidad; apenas reparte frustración. Celebrar un fallo desproporcionado como si fuera una victoria épica puede dar satisfacción instantánea, pero a largo plazo envía un mensaje inequívoco: aquí producir es peligroso.</p><p>Tal vez haya llegado el momento de abandonar la caricatura. Entender que un empresario que gana dinero no es un enemigo del pueblo, sino alguien que, en el mejor de los casos, está creando empleo, pagando impuestos y generando divisas. Que las reglas claras no son un privilegio corporativo, sino una condición básica para que haya inversión y, por ende, trabajo.</p><p>Por eso, aunque a algunos les duela admitirlo, deberíamos estar satisfechos de que se haya aprobado una reforma laboral orientada a introducir mayor previsibilidad. No porque implique desproteger a nadie, sino porque a largo plazo significa algo mucho más concreto y menos épico: más empresas dispuestas a contratar, más inversión, más actividad y, en definitiva, más trabajo para todos. El empleo no nace de la indignación ni del resentimiento; nace de la confianza y de la posibilidad real de producir sin temor.</p><p>Porque sin empresas no hay empleo. Sin empleo no hay salarios. Y sin salarios, ni siquiera habrá fideos para pagar en cuotas.</p><p>&nbsp;</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/LX9QYrnWvLhFoJLBYqSEa62sVog=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/02/franco.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>Un juicio millonario reabre el debate sobre indemnizaciones y previsibilidad en Argentina.]]>
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                                <category term="opinion" label="Opinión" />
                <updated>2026-04-13T19:30:09+00:00</updated>
                <published>2026-02-23T14:06:32+00:00</published>
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            La casta encadenada
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                <![CDATA[Franco Ceruti]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/AEI14Fq6wCMYzjF0Dl2eG2a_LUQ=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/02/casta_pazos.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>La reforma laboral argentina llegó envuelta en ese perfume inconfundible a herejía moderna: la palabra “flexibilización”. Una palabra que, según quién la pronuncie, puede sonar a dinamismo económico o a látigo medieval. En teoría —y solo en teoría— flexibilizar implica simplificar contrataciones, reducir litigios eternos, acotar costos de despido imprevisibles y, sobre todo, bajar el riesgo de contratar. Es decir: que tomar un empleado no sea una ruleta rusa jurídica donde el empresario apuesta su capital y la Pyme su continuidad.</p><p>La lógica es sencilla. Si despedir es menos incierto y menos ruinoso, contratar también es menos dramático. Si los juicios laborales no tardan lo mismo que una carrera universitaria, quizás el sistema funcione con algo más de racionalidad. Y si las reglas son más parejas, tal vez —solo tal vez— el mercado deje de ser la industria del juicio laboral que es hoy.</p><p>Pero en el corazón de este debate aparece una escena casi teatral: Nancy Pazos encadenada frente al Congreso, en defensa del Estatuto del Periodista. Una postal épica, digna de una remake sindical de Los Miserables, aunque con mejor cobertura mediática, claro está. Porque, casualmente, el estatuto que se pretende derogar no es el del obrero metalúrgico ni el del empleado de comercio. Es el del periodista.</p><p>Y aquí es donde el relato se pone interesante.</p><p>El Estatuto del Periodista Profesional establece condiciones especiales que, en la práctica, otorgan ventajas por encima del régimen general de la Ley de Contrato de Trabajo (artículo 245). Traducido: no todos los trabajadores son iguales ante la ley. Algunos son más iguales que otros. Y no hablamos solo de procedimientos administrativos más ágiles —que ya de por sí implican un privilegio— sino también de indemnizaciones superiores, con adicionales y rubros específicos que elevan el monto final.</p><p>Veamos un ejemplo sencillo.</p><p>Un obrero que trabajó 6 años cobrando 1.000.000 de pesos mensuales, bajo el artículo 245, tendría derecho a una indemnización equivalente a un mes de sueldo por cada año trabajado.</p><p>6 años = 6 sueldos.6 x $1.000.000 = $6.000.000.</p><p>Los números son correctos: seis salarios mensuales por seis años trabajados.</p><p>Ahora tomemos un periodista en idénticas condiciones: 6 años de antigüedad y 1.000.000 de pesos mensuales. Bajo el Estatuto del Periodista, al cálculo básico se le suman particularidades propias del régimen —como indemnizaciones agravadas y conceptos adicionales específicos del estatuto— que elevan el resultado final.</p><p>En términos prácticos, el monto termina rondando los $7.680.000.</p><p>Mismas condiciones. Mismo salario. Mismo tiempo trabajado. Resultado distinto: el periodista percibe aproximadamente un 28% más que el obrero. La diferencia, en este ejemplo, asciende a $1.680.000. Y además, el trámite suele ser más expeditivo. Es decir, no solo cobra más, sino que cobra antes.</p><p>Aquí es donde la narrativa heroica empieza a mostrar algunas costuras. Porque cuando Nancy Pazos se encadena, no está defendiendo la jornada de ocho horas ni la erradicación del trabajo infantil. Está defendiendo un régimen diferencial que coloca a su profesión en una posición ventajosa respecto del resto de los trabajadores.</p><p>En otras palabras: no está peleando contra la precarización universal. Está peleando contra la pérdida de un privilegio sectorial.</p><p>El problema no es que los periodistas tengan derechos. El problema es que esos derechos sean sustancialmente superiores a los de un obrero bajo idénticas condiciones. Si la reforma busca homogeneizar reglas, el reclamo no es por justicia social sino por excepcionalidad corporativa.</p><p>Y aquí aparece una palabra que incomoda: casta.</p><p>Porque la casta no es solo el político que vive del Estado ni el empresario prebendario. También es quien, desde un micrófono, exige igualdad mientras defiende para sí un régimen especial. Casta es quien reclama sacrificios generales, pero no tolera perder un beneficio propio. Casta es quien convierte un privilegio sectorial en una causa épica.</p><p>La cadena frente al Congreso, entonces, deja de ser un símbolo de resistencia popular y se transforma en la metáfora perfecta de alguien aferrándose —literalmente— a un sistema que le garantiza ventajas sobre el ciudadano común.</p><p>Al final, la discusión no es sentimental sino estructural: ¿debe existir un régimen laboral privilegiado para una profesión específica cuando el resto de los trabajadores se rige por normas menos beneficiosas?</p><p>Si la igualdad ante la ley es un principio, lo es para todos. Incluso para quienes tienen micrófono.</p><p>Y por eso la frase de Javier Milei resuena, provocadora e incómoda: “no odiamos lo suficiente a los periodistas”.</p>]]>
                </content>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/AEI14Fq6wCMYzjF0Dl2eG2a_LUQ=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/02/casta_pazos.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>La protesta frente al Congreso expone tensiones entre beneficios especiales y equidad jurídica.]]>
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                                <category term="opinion" label="Opinión" />
                <updated>2026-04-13T19:30:09+00:00</updated>
                <published>2026-02-16T11:10:18+00:00</published>
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            Helena del Congo
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                <![CDATA[Franco Ceruti]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/UKUO8j-E-se8TdcKbwmVDlg8rkw=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/02/lupita.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Dicen que Nolan está preparando su próxima película épica. Algunos aseguran que se trata de una reinterpretación de la Odisea, que incluye una mirada sobre el mito de Helena de Troya. Y como todo rumor de Hollywood nace entre humo de vape, traumas de infancia y una reunión de diversidad en Zoom, la noticia bomba no tardó en salir: Helena será interpretada por una actriz negra.</p><p>Sí, leyeron bien: Helena. De. Troya. Negra.</p><p>La mujer por la que ardió una ciudad entera, cuya belleza era considerada “la del rostro que lanzó mil barcos”, ahora vendría directamente de… el Congo. Y no, no se trata de una adaptación futurista, ni de una producción africana que reversiona el mito con un enfoque distinto. Es Hollywood, el de siempre, el que un día despierta con culpa de ser blanco y decide resolverlo cambiándole el color de piel a personajes clásicos. Porque es más fácil eso que escribir un buen guion.</p><p>La idea de una Helena afrodescendiente no es un caso aislado. En realidad, es parte de una epidemia creativa donde, cuando faltan ideas, se reemplaza el ingenio con cuotas forzadas de inclusión racial.</p><p>Recordemos a Blanca Nieves, o mejor dicho: Marron Nieves. Disney decidió que su protagonista ya no necesitaba tener “la piel blanca como la nieve”, como dice literalmente el cuento. No, ahora basta con que tenga una sonrisa grande, carisma, y que represente “la nueva visión del mundo”. Ah, y que no quiera ser salvada por un príncipe porque eso también está mal. Lo curioso es que siguen llamándola Blanca Nieves. No Nieves. No Rosa Nieves. Blanca. Como la nieve. Pero con tono oliva caribeño.</p><p>Y si eso les parecía confuso, HBO fue más allá con su futura serie de Harry Potter, donde trascendió que el nuevo Severus Snape podría ser interpretado por un actor negro. ¿Detalles menores como que J.K. Rowling lo describió como un hombre blanco, de piel extremadamente pálida y apariencia vampírica? Bah, tecnicismos. Total, ¿quién necesita fidelidad a las fuentes cuando tenemos likes en Twitter y notas en BuzzFeed alabando la “valentía del casting”?</p><p>Esto no es inclusión. Es tokenismo perezoso.</p><p>Porque si se trata de diversidad real, ¿por qué no escribir historias nuevas con protagonistas negros, asiáticos, latinos, o lo que sea? ¿Por qué tomar personajes consagrados, que tienen un contexto, una descripción, una estética, y pintarlos de otro color como si eso fuera hacer justicia histórica?</p><p>Imaginen si mañana anuncian que Brad Pitt interpretará a Shaka Zulu.Con rastas, claro. Pero con esos ojazos celestes.¿Ofensivo? Totalmente. ¿Inaceptable? Por supuesto. ¿Una burla? Obvio.Y sin embargo, eso es exactamente lo que está haciendo Hollywood… solo que al revés.</p><p>El argumento suele ser que “los tiempos cambian”, que “necesitamos más representación”. De acuerdo. Pero eso no justifica mutilar historias clásicas para encajar con una agenda. Porque si la única forma de representar minorías es borrando el color original de personajes preexistentes, estamos frente a un fracaso doble: ni se crean nuevos íconos ni se respeta lo ya construido.</p><p>Y ahí es donde vale traer a colación un ejemplo perfecto: Coco.Una película hermosa, entrañable, celebrada mundialmente. Todos los personajes son mexicanos. Hablan como mexicanos. Piensan como mexicanos. Se visten, cantan, y viven como mexicanos. ¿Hay algún blanco nórdico colado en el medio para cumplir con alguna cuota? No. Y ¿alguien se quejó? Nadie.Porque cuando una historia está bien contada, no necesita correcciones de color.</p><p>Lo que ofende no es ver actores negros en pantalla. Lo que ofende es ver cómo la corrección política mata la creatividad. Ver que un casting ya no se hace por talento, sino por cuántos casilleros de diversidad se marcan. Ver que los guiones se reescriben para evitar “ofender sensibilidades” antes de pensar si la historia tiene alma.</p><p>El público no es idiota. Y aunque una parte hace ruido en redes, la mayoría ve estas decisiones por lo que son: intentos desesperados por gustar a todos, que al final no le gustan a nadie.</p><p>Entonces, ¿qué aprendemos de Helena del Congo?</p><p>Dos cosas.Primero: Cuando una marca, un estudio o una producción decide dar lecciones de cómo vivir en vez de contar una buena historia, pierde.La gente no va al cine para que le aleccionen. Va a emocionarse, a distraerse, a conectar. Si querés enseñar algo, hacelo con sutileza y talento, no con el mazo de lo políticamente correcto.</p><p>Y segundo: el público woke parece gigante en internet, pero en términos de consumo es una minoría sin poder real de compra.La inclusión forzada no fideliza audiencias. Al contrario, espanta a quienes buscan coherencia y autenticidad.</p><p>Crear personajes negros no es el problema. El problema es no crear nada nuevo, y arruinar lo que ya existía solo para que una minoría ruidosa aplauda 10 segundos… antes de pasar al próximo escándalo.</p><p>Y así, Helena de Troya, la mujer por la que ardieron mil barcos, termina ardiendo una vez más. Pero no por su belleza, sino por una guerra moderna: la del algoritmo contra la coherencia.</p>]]>
                </content>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/UKUO8j-E-se8TdcKbwmVDlg8rkw=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/02/lupita.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>Sobre cómo la corrección política impacta en la forma de contar historias tradicionales.]]>
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                                <category term="opinion" label="Opinión" />
                <updated>2026-04-13T19:30:09+00:00</updated>
                <published>2026-02-09T14:59:09+00:00</published>
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            Go woke, go broke: cuando el marketing progre espanta a los clientes
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                <![CDATA[Franco Ceruti]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/Flj1ANDx6P83ECtRARw7k_W1wEM=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/02/woke.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>En internet todo parece más grande, más urgente, más real de lo que realmente es. Las redes sociales, especialmente Twitter y TikTok, amplifican las voces más extremas, más ruidosas y más moralistas. Basta con que un grupo minoritario convierta una causa en trending topic para que las marcas entren en pánico. Y ahí comienza el show. Reuniones de emergencia en departamentos de marketing, agencias creativas proponiendo campañas “valientes”, y ejecutivos convencidos de que, si no abrazan el progresismo digital, sus ventas van a colapsar.</p><p>Lo que no entienden —o lo entienden cuando ya es demasiado tarde— es que el volumen en redes no se traduce en ventas, y que muchas veces esa supuesta ola de “conciencia social” es solo espuma. Las marcas, en su intento desesperado por parecer modernas, inclusivas y “conectadas”, terminan alienando a su público real: el que paga. Los ejemplos sobran.</p><p>Caso #1: Gillette – De rasurar barbas a rasurar cuentas bancarias</p><p>¿Quién necesita vender afeitadoras cuando puedes dar lecciones de moralidad sobre la masculinidad tóxica? Gillette decidió en 2019 subirse al tren del sermón publicitario con una campaña que, en lugar de hablar de hojas más afiladas o mejor tecnología, prefirió sermonear a sus propios clientes. ¿El resultado? Una pérdida de más de 8 mil millones de dólares en valor de marca, sin mencionar la caída en ventas. Parece que los hombres no querían que su afeitadora los llamara opresores mientras se peinaban el bigote.</p><p>Caso #2: Bud Light – Un brindis con gas lacrimógeno</p><p>Luego vino Budweiser, una marca construida sobre parrillas, camionetas y fútbol americano, que decidió que su nueva imagen debía estar representada por Dylan Mulvaney, un “influencer” trans. Porque, claro, no hay nada que diga “cerveza bien fría con los amigos” como un anuncio de diversidad forzada. ¿El resultado? Un desplome en las ventas de Bud Light que la dejó fuera del top de cervezas más vendidas en EE.UU., y una pérdida de más de 20 mil millones de dólares en valor de mercado. Brindemos por eso… pero con otra marca de cerveza.</p><p>Caso #3: Jaguar – Del rugido a la queja corporativa</p><p>Y como no hay dos sin tres, Jaguar también quiso demostrar que el marketing “woke” no perdona a nadie. Su campaña Reimagine buscó renovar la marca con un enfoque progresista, lleno de slogans sobre diversidad, equidad y sostenibilidad, mientras anunciaban la electrificación total de su flota para 2025. Hasta ahí todo bien… salvo por un pequeño detalle: las ventas cayeron un 27% entre 2020 y 2022. Eso se tradujo en pérdidas por más de 500 millones de dólares, sin contar la pérdida de confianza de sus compradores tradicionales, que no querían lecciones sociales con su coupé deportivo. Parece que al público le interesaba más el rugido del motor que los discursos desde el volante.</p><p>Los tres casos lo dejan claro. Bud Light fracasó estrepitosamente porque es, o era, un ícono cultural profundamente asociado a lo más tradicional de Estados Unidos: barbacoas, estadios, camionetas y amigos. Su público base no entendió, ni pidió, un giro identitario en su cerveza de toda la vida. Y cuando sintieron que les estaban imponiendo un discurso ajeno, simplemente se fueron… y no volvieron.</p><p>Gillette, por su parte, cometió el error de darle sermones sobre masculinidad tóxica a su base de consumidores: hombres comunes, trabajadores, padres, hermanos, que simplemente quieren afeitarse sin que una máquina les diga cómo comportarse. No es que estén en contra del respeto o la igualdad —eso es un invento de Twitter—, simplemente no quieren pagar para ser culpabilizados cada mañana frente al espejo.</p><p>Jaguar, un símbolo de estatus, elegancia y éxito, de esos autos que tradicionalmente han sido deseados por hombres de más de 40 años, ejecutivos o empresarios de perfil clásico, decidió hablarle a un público que ni siquiera puede pagar un test drive. Mientras trataba de convertirse en un emblema de diversidad y sensibilidad corporativa, perdió la conexión con aquellos que históricamente sostenían la marca: los que efectivamente compraban los autos.</p><p>Todo esto nos lleva a dos conclusiones inevitables:</p><p>Cuando una marca decide dar lecciones de cómo vivir en vez de vender su producto, pierde.</p><p>No importa qué tan noble o “necesario” parezca el mensaje. Si tu público siente que lo estás regañando, juzgando o empujando a pensar de una manera que no pidió, te va a dar la espalda. Porque los consumidores no compran productos para recibir discursos. Compran para resolver una necesidad, o satisfacer un deseo. Todo lo demás es ruido innecesario.</p><p>El público woke hace mucho ruido en internet, pero es una minoría sin poder de compra.</p><p>Las redes sociales inflan percepciones. Un grupo pequeño puede parecer una mayoría abrumadora si tu única fuente de información es Twitter. Pero en el mundo real, el público mayoritario es tradicional. Tal vez no milita ninguna causa, pero tiene billetera. Y ese público no quiere que le cambien los códigos culturales cada vez que en TikTok alguien se ofende. Quiere productos que respeten su forma de ver el mundo, o al menos que no lo traten como si estuviera moralmente atrasado.</p><p>Las marcas que olvidan esto se enfrentan a la misma lección, una y otra vez: si querés vender, vendé. Nadie te pidió sermones.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/Flj1ANDx6P83ECtRARw7k_W1wEM=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/02/woke.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>Intentar agradar a Twitter puede costar millones fuera de la pantalla.]]>
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                                <category term="opinion" label="Opinión" />
                <updated>2026-04-13T19:30:09+00:00</updated>
                <published>2026-02-02T03:40:25+00:00</published>
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        <title>
            El progre: siempre indignado, nunca informado
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                <![CDATA[Franco Ceruti]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/IMt8TrneNVC3hM29jK6muFoW-Ho=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/01/progres.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>¿Estás agotado de ser progre? Tranquilo, no estás solo. Ser progre en 2026 es más estresante que tratar de explicar el reguetón feminista sin caer en contradicciones. Ya no alcanza con tener la superioridad moral; ahora también hay que hacer malabares con la realidad para que no se te desmorone el castillo de indignación en el que vivís.</p><p>Porque ser progre no es un estilo de vida: es un deporte extremo. Y como todo deporte extremo, viene con su buena dosis de riesgo, adrenalina y una tonelada de negación selectiva. Es que, para mantenerse en ese éxtasis permanente de indignación ética y estética, hay que hacer un esfuerzo diario —casi olímpico— por ignorar montañas de datos, hechos, videos, declaraciones y cualquier cosa que pueda poner en jaque el relato.</p><p>Así que, si estás sintiendo que tu progresismo se está desgastando más rápido que el rímel en una marcha bajo la lluvia, no te preocupes. Acá te traigo una lista práctica —y dolorosamente real— de todas las cosas que tenés que ignorar para seguir siendo un progre de pura cepa sin que te explote la contradicción en la cara.</p><p>1. ICE: solo malo cuando lo hace el otro</p><p>Indignarse con los arrestos del ICE durante el gobierno de Trump es el ABC del progresismo moderno. Pero cuidado: no se te ocurra googlear las estadísticas durante los gobiernos de Obama o Biden, porque ahí sí te agarra una crisis de identidad.</p><p>Spoiler: Obama no fue “el presidente de la esperanza”, fue el deportador en jefe. Pero shhh, eso no se dice.</p><p>Y si Biden se despacha con cifras de deportaciones récord, simplemente cambiamos el término: ya no es “racismo institucional”, ahora es “gestión humanitaria migratoria con enfoque de derechos”. Y listo, seguimos marchando.</p><p>2. Venezuela: la dictadura buena</p><p>¿Te molestó que capturaran a Maduro en una operación sorpresa? ¿Te pareció “una jugada imperialista”? Bueno, ignorá por completo que en Caracas se largaron a festejar como si Argentina hubiese ganado el Mundial.</p><p>Gente llorando en la calle, presos del Helicoide abrazándose con las esposas puestas... Pero claro, ellos no entienden nada, pobrecitos. Seguro están confundidos.</p><p>Lo importante es mantener el discurso: Maduro es víctima del imperialismo y los venezolanos felices son cómplices del neoliberalismo. Ah, y no olvides acusar a la CIA, aunque no sepas bien de qué.</p><p>3. Israel vs. Palestina: blanco o negro, sin grises</p><p>Todo progre que se respete debe tener en su biografía de Instagram un hashtag de “Free Palestine”, una kefiya mal puesta y una condena automática a Israel. ¿Que Hamas masacró civiles? Bueno, eso fue “una reacción”, “un contexto”, “una respuesta a años de opresión”.</p><p>Ignorá los videos, los testimonios, las decapitaciones, los rehenes. Todo eso es propaganda. Lo que importa es mantener la narrativa de que hay un solo villano en esta película y, si se puede, añadir la palabra “genocidio” en cada oración, aunque no sepas definirla.</p><p>4. Feminismo selectivo: depende quién lo haga</p><p>Si un político de derecha dice una barbaridad machista, ¡indignación nacional! Marchas, hashtags, cancelaciones. Pero si un presidente afín hace comentarios misóginos o tiene varias denuncias de acoso... bueno, ahí hay que separar la vida privada de la pública, ¿no?</p><p>¿Y si la víctima es mujer pero no se alinea con el relato? Entonces no cuenta. Punto.</p><p>Porque, como bien sabemos, el patriarcado solo existe cuando gobiernan otros.</p><p>5. Censura buena vs. censura mala</p><p>Cuando Elon Musk compra Twitter y elimina cuentas por desinformación, es censura fascista. Pero cuando el Ministerio de la Verdad versión 3.0 borra publicaciones “para proteger la democracia”, es regulación responsable.</p><p>Acá el truco es simple: la censura es mala solo si no la estamos aplicando nosotros.</p><p>6. Justicia: depende a quién le caiga</p><p>¿Un político opositor es imputado por corrupción? ¡Un triunfo del Estado de derecho!</p><p>¿Un expresidente afín es procesado? “Lawfare”, “persecución judicial”, “golpe blando”.</p><p>No importa la evidencia. No importa el juicio. Lo importante es saber quién es el acusado. Si está en la lista de los buenos, es inocente incluso con pruebas en video.</p><p>La justicia es justa cuando conviene. Si no, es un brazo del poder económico concentrado.</p><p>7. Los pobres: útiles mientras voten bien</p><p>No hay progre completo sin una buena dosis de romanticismo con “el pueblo”. Pero ¡ay! si ese pueblo vota mal, como en cualquier elección en la que gana la derecha.</p><p>Ahí, mágicamente, dejan de ser sujetos políticos y pasan a ser “ignorantes manipulados por los medios”.</p><p>Traducido: “pobres sí, pero obedientes”.</p><p>Conclusión: ser progre hoy es extenuante</p><p>Mantener la indignación constante en un mundo cada vez más complejo y contradictorio es una tarea agotadora. Requiere práctica, concentración y una habilidad casi ninja para ignorar los hechos inconvenientes.</p><p>Y lo más importante: una memoria selectiva más afilada que la lengua de un panelista de chimentos.</p><p>Así que si estás cansado, confundido, frustrado o a punto de tirar la toalla… ¡bienvenido! Es parte del camino.</p><p>Ser progre hoy no es fácil. Pero mientras tengas un buen filtro ideológico, algo de creatividad para renombrar las cosas y la capacidad de hacer malabares con la doble vara, todavía podés mantenerte en pie… aunque no sepas muy bien por qué.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/IMt8TrneNVC3hM29jK6muFoW-Ho=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/01/progres.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>Cuando la moral exige esfuerzo diario y la realidad se convierte en un estorbo persistente.]]>
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                                <category term="opinion" label="Opinión" />
                <updated>2026-04-13T19:30:09+00:00</updated>
                <published>2026-01-26T03:14:17+00:00</published>
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        <title>
            El peligro de confundir celebridad con conocimiento
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                <![CDATA[Franco Ceruti]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/4cLWRjdjY6WMkMHnY2mB0uO0MNE=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/01/actores.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>La escena resulta casi teatral: un actor millonario, cuya labor consiste en simular crisis existenciales durante dos horas, se presenta como experto en la vida real. Habla con la seguridad de quien apenas ha leído un titular o visto un documental entre rodajes. Su experiencia con la escasez se limita a esperar la aprobación de su próximo contrato millonario en Netflix. Sin embargo, su diagnóstico sobre la economía suena categórico, como si hubiera crecido entre comités de planificación y no en sets de filmación repletos de catering.</p><p>Este ritual se repite con la puntualidad de una telenovela: en cada entrega de premios, la cámara enfoca, el actor sonríe y, entre sorbos de champán, ofrece el consejo woke del momento. El socialismo, hábilmente empaquetado en frases emotivas y hashtags pegadizos, se vende mejor que cualquier perfume de diseñador. Critican el capitalismo desde yates, mansiones y cuentas bancarias que harían sonrojar a cualquier ministro de economía.</p><p>Predicar la redistribución desde la suite presidencial de un festival de cine tiene una teatralidad innegable: se exige a los demás que renuncien a privilegios que el propio predicador no está dispuesto a abandonar. Leonardo Di Caprio, por ejemplo, produjo un documental sobre el cambio climático y señaló con el dedo a la sociedad por su impacto ambiental. Sin embargo, la huella de carbono que genera en un solo año con sus vuelos en jets privados supera con creces la que una persona promedio acumula en toda su vida.</p><p>Para entender mejor las diferencias ideológicas, conviene distinguir entre los distintos grupos profesionales. Estudios realizados por la Universidad de Cambridge y encuestas como ANES, Pew y Eurobarómetro revelan que artistas, académicos y trabajadores creativos suelen inclinarse hacia posiciones de izquierda, mientras que empresarios, ingenieros y trabajadores de producción tienden a identificarse más con la derecha.</p><p>Según el psicólogo clínico y profesor universitario Jordan Peterson, existe una relación causal entre la ocupación y la orientación ideológica. Peterson sostiene que, al no poder medir de manera tangible su producción, los artistas y creativos sienten la necesidad de protección estatal. Por el contrario, quienes trabajan en sectores donde los resultados son cuantificables —como empresarios, ingenieros y trabajadores de producción— confían en su capacidad para generar valor sin depender de ayudas externas.</p><p>Por otra parte, como señala Diego Recalde, los artistas suelen padecer una especie de “enfermedad de importancia”: se habitúan tanto a ser el centro de atención que terminan creyendo que cualquier cosa que expresen, por trivial que sea, es una verdad digna de ser escuchada.</p><p>No debemos confundir el cinismo con la ignorancia revestida de buenas intenciones. Muchos de estos discursos surgen de una combinación genuina de empatía y desconocimiento técnico. Si bien la empatía es valiosa, la ignorancia se vuelve peligrosa cuando se presenta como autoridad. Recomendar políticas complejas desde la comodidad de un camerino equivale a sugerir una cirugía mayor tras haber visto 3 capítulos de Dr. House: puede sonar persuasivo, pero expone al paciente a riesgos reales. La economía no es un relato emotivo, sino una red de incentivos, costos y consecuencias que no desaparecen por más que Pablo Echarri lo explique con voz grave y buena iluminación.</p><p>La retórica suele apoyarse en dos trucos sencillos: simbolismo y teatralidad. Un cartel, una foto en blanco y negro, una frase lapidaria en Instagram: todo eso sustituye al trabajo duro de entender cómo funcionan los mercados, las instituciones y las limitaciones presupuestarias. El público aplaude la coherencia moral, no la coherencia técnica. Y así, la opinión se convierte en espectáculo y el espectáculo en política.</p><p>La hipocresía logística merece un capítulo aparte. No es raro ver a quienes abogan por la abolición de la riqueza privada disfrutando de exenciones fiscales, y contratos millonarios. Prefieren financiar causas desde la comodidad de su estatus en lugar de someterse a las reglas que proponen para los demás. Un ejemplo elocuente es Mark Ruffalo, quien, desde su mansión valuada en cinco millones de dólares, y con una fortuna de cuarenta millones, nos exhorta a combatir el capitalismo. De modo similar, Pablo Echarry y Nancy Dupla promueven el consumo nacional, y vivir con lo nuestro, desde sus IPhones vacacionando en Miami o Brasil. No es necesariamente un crimen; es una contradicción que debería ser, al menos, entretenida de observar. Predicar austeridad desde una mansión es el equivalente moral de dar clases de humildad con un megáfono de oro.</p><p>También está la falacia del testimonio: creer que la buena intención equivale a conocimiento. Vivir en un país con controles, escasez y burocracia no se aprende en un foro benéfico ni en un documental de dos horas. Es una experiencia que moldea expectativas, hábitos y respuestas ante la adversidad. Por eso estos cínicos caraduras le hablan de las bondades del socialismo, y el derecho internacional a los venezolanos, que hace 26 años 11meses y 17 días que soportan abusos, violaciones a los derechos humanos, y conviven con el hambre del socialismo del siglo XXI.</p><p>Artistas que trabajan poco, y cobran mucho, explican cómo debe vivir la gente que trabaja mucho, y cobra poco. Es un intercambio desigual de autoridad: la fama compra micrófonos, y los micrófonos compran credibilidad. La pregunta incómoda que nadie en la alfombra roja parece formular es simple: ¿por qué la voz de quien no comparte las consecuencias prácticas debería pesar más que la de quien sí las sufre?</p><p>Por eso no olvide: obedecer al artista de turno, cuando reparte recetas de moral y economía desde su palco de privilegio. Es la forma más rápida, y elegante, de convertir un país en un decorado ruinoso; es el plan perfecto: buena intención, cero experiencia, y un micrófono que convierte la ignorancia en dogma. Dejando al país como un set de filmación abandonado: luces apagadas, extras sin cobrar, y el director huyendo con el catering.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/4cLWRjdjY6WMkMHnY2mB0uO0MNE=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/01/actores.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>La izquierda de champagne explica la vida real desde suites cinco estrellas.]]>
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                                <category term="opinion" label="Opinión" />
                <updated>2026-04-13T19:30:09+00:00</updated>
                <published>2026-01-19T12:23:15+00:00</published>
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            Renee Good, wokismo y muerte: el precio de una ideología ridícula
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        <link rel="alternate" href="https://www.newstad.com.ar/renee-good-wokismo-y-muerte-el-precio-de-una-ideologia-ridicula" type="text/html" title="Renee Good, wokismo y muerte: el precio de una ideología ridícula" />
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                <![CDATA[Franco Ceruti]]>
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        </author>
        
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/0J8Rzrbk2efxESv5_CPuMlmhtgk=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/01/renee_1.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Ser “woke” implica vivir en un estado de alerta moral constante: detectar injusticias incluso en los detalles más mínimos, como los subtítulos de una serie, pedir disculpas públicas por bromas hechas hace años y acumular etiquetas identitarias como si fueran pegatinas. Es una conciencia social intensificada, noble en su origen, pero a menudo incómoda en la práctica.</p><p>El término “woke” proviene de la expresión inglesa “stay woke”, utilizada originalmente en comunidades afroamericanas como un llamado a mantenerse vigilantes frente al racismo sistémico y las injusticias sociales. Con el tiempo, su significado se ha expandido para abarcar otras formas de desigualdad y ha ganado popularidad en distintos contextos.</p><p>El “wokismo” se manifiesta, por ejemplo, cuando alguien reprende al mozo que, de manera inocente, sirve una cerveza al hombre y un café a la mujer. ¿Cómo se atreve el mozo a asumir que la cerveza es para el hombre? ¡Patriarcado! Entonces, la actitud “woke” surge con fuerza, impulsando a quien la detecta a pronunciar un discurso que busca avergonzar al mozo, generando así una situación muy incómoda para todos los presentes. Este tipo de reacción, lejos de fomentar el entendimiento, solo contribuye a crear un mal ambiente y a polarizar aún más las posturas.</p><p>Dicho estado de conciencia es un camino, y siempre el primer paso es el “virtue signaling”. Es el arte de anunciar tu bondad en altavoz para que el algoritmo y tus conocidos te aplaudan. Es la tarjeta de presentación del “woke” moderno. Porque ser “woke” es despertarse con la intención de corregir el mundo desde la comodidad del sillón: aprender el léxico correcto, coleccionar causas como stickers y convertir la empatía en un espectáculo con subtítulos. Por eso debés enviar señales de tu virtud, llevar la bandera de Palestina o Ucrania en tu perfil, tus pronombres en tu perfil, indignarte hasta lo imposible con cualquiera que no piense como vos y llamarlo Hitler. Firmar peticiones para cosas de las cuales ni sabés el impacto y, si es posible, donar dinero por alguna causa de moda. Denunciar públicamente a quienes no piensan como vos, pidiendo que los silencien. Aunque gritarías desgarradoramente censura si te hicieran eso. En conclusión, cuando sos “woke” todos los demás son fascistas, y es tu deber decirlo.</p><p>El siguiente escalón en la senda “woke” puede volverse peligroso: cuando el fervor moral alcanza tal intensidad que la persona se convierte en activista. En ese punto, la necesidad de transformar el mundo trasciende las redes sociales y se traduce en acciones concretas, como bloquear calles en defensa de Palestina o impedir el acceso a un restaurante para proteger a los animales. Surge entonces la convicción de que es necesario educar a los demás sobre qué causas deben preocuparles, cómo deben alimentarse y cómo deben comportarse. Quien se considera “iluminado” por esta conciencia siente el deber de guiar a todos a través de la acción, convencido de que su visión es la correcta y de que los demás son estúpidos e ignorantes.</p><p>Así fue como Renee Nicole Good pasó de “woke” a activista y luego a activista extrema, organizando grupos de bloqueo contra I.C.E. (policía de inmigraciones de Estados Unidos). Renee se sentía iluminada por su causa, convencida de que cercar a la policía era más importante que respetar la ley. Para ella, todos los demás eran fascistas; no importaba si los inmigrantes arrestados eran ilegales, si habían cometido delitos o si los procedimientos de I.C.E. estaban justificados. Lo único relevante era su propia moral, y se arrogaba el derecho de dictar lo que los demás podían o no podían hacer.</p><p>La semana pasada, Renee decidió obstruir una redada de I.C.E. Cuando un policía se paró frente a su auto y le ordenó bajarse, ella puso primera y aceleró, intentando claramente atropellar al oficial. No estaba tratando de huir, ya que su esposa estaba fuera del vehículo grabando videos para TikTok, mostrando la virtud “woke” en redes sociales. Al ver el peligro, el policía sacó su arma y disparó. Renee falleció convencida de que su causa era tan justa y su virtud tan elevada que ni las balas podían tocarla.</p><p>La primera bala atravesó el parabrisas, demostrando que el auto se dirigía directamente hacia el policía. En Estados Unidos, un automóvil es considerado legalmente un arma, y acelerar hacia un oficial tras una orden de alto se interpreta como intento de homicidio. El oficial que disparó no enfrentará cargos, ya que actuó conforme a la ley.</p><p>Ahora, Renee ha sido convertida en mártir del “wokismo”. Su vida, en realidad, nunca importó tanto como la publicidad que el movimiento puede generar, mostrando solo los videos donde la situación parece confusa y ocultando aquellos en los que se ve claramente el intento de atropello. Hasta ayer, los “woke” ya habían recaudado un millón y medio de dólares en donaciones para la familia. Renee se ha transformado en una bandera que ondea sobre una mentira: la supuesta superioridad moral de quienes solo respetan la ley cuando coincide con su ideología.</p><p>Renee no es un mártir, sino víctima de su propia necesidad de protagonismo, cabalgando sobre el pony bautizado “wokismo”.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/0J8Rzrbk2efxESv5_CPuMlmhtgk=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/01/renee_1.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>La tragedia de confundir superioridad moral con derecho a todo.]]>
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                <updated>2026-04-13T19:30:09+00:00</updated>
                <published>2026-01-12T10:00:00+00:00</published>
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